Disclaimer: Hetalia no me pertenece es obra de Himayura-sensei. Tampoco me pertenece la historia, es de Kate Noble.

Advertencias: semi-nyotalia.

Todo está en juego.

2: En el que nuestro protagonista conoce a alguien un poco a la fuerza.

Mientras el carruaje se alejaba de la mansión Braginski de Grosvenor Square, Arthur no pudo disimular su alivio. Después de haber sido formalmente presentado a las señoritas casaderas de las altas esferas, necesitaba marcharse lo más lejos posible. A Tombuctú o a la selva de la India. A las Américas o a la Luna. O por lo menos al otro lado de la ciudad.

Y necesitaba tomarse una copa.

El té había sido lo peor de todo, un té caliente demasiado dulce para un día cálido de mayo. Y había tenido que tomarse un estanque entero mientras charlaba con la hija del conde de tal y con la sobrina del vizconde de cual. De lo único que tenía ganas era de salir corriendo. Con su tendencia a esfumarse en alerta máxima, Emily lo había llevado de grupo en grupo de señoritas, todas ellas por fortuna muy educadas. Ninguna había intentado arrinconarlo detrás de los arbustos ni encerrarlo en un sótano para abordarlo.

Al recordar aquello se estremeció. Verdaderamente aquellas tres señoritas habrían podido alejar a un hombre de las mujeres para siempre.

La tarde no había sido terrible del todo. De hecho, Emily le había presentado a unas cuantas jóvenes capaces de ruborizarse y pestañear en los momentos adecuados sin tartamudear ni amenazar con desmayarse. ¡Dios, unas cuantas sabían incluso mantener una conversación amena! Una joven, la señorita Lily Zwingli, si mal no recordaba, incluso había sabido tomarle el pelo.

—El seto sur.

—¿Sí? —Había levantado la cabeza al oír aquello.

—Creo que probablemente es la vía de escape más fácil. —La señorita Zwingli lo había mirado directamente a los ojos, tímida y sonriente. Como él se limitara a guiñarle un ojo, continuó—: Puedo distraerlos un momentito, si le hace falta. Así podrá escapar corriendo.

Entonces el único sonrojado que tartamudeó fue él.

—¿Tanto se nota que me siento incómodo? —le había preguntado.

—No. A lo mejor he explorado el seto para ser yo la que salga corriendo. —La señorita Zwingli había reído para sí misma. En aquel momento, la voz de su madre había interrumpido sus cavilaciones.

—Y tiene que ver la pintura de mi hija, lady Emily, ¡no hay nada igual! —decía, pavoneándose ante su hermana.

—Bueno, lástima. Me temo que me han pillado —le había susurrado la señorita Zwingli.

—A mí también —le había contestado Arthur igualmente en susurros, entre pesaroso y divertido, y luego había prestado atención a las otras damas del corrillo.

El recuerdo de aquel momento lo consoló, si no por otra razón, porque había sido el único pequeño éxito en un mar de mera supervivencia. La pregunta que Iván le había planteado, así como lo que él había respondido le acosaban mientras el carruaje traqueteaba por las calles adoquinadas hacia el Támesis y Somerset House.

¿Por qué estás tan decidido a casarte?

Porque es lo que toca ahora.

«Porque es lo que toca.» Qué respuesta tan poco concreta y tan vacía. Sí, casarte era lo siguiente en la lista de su vida. Había asumido el papel de duque de Rayne. Había aprendido a llevar la hacienda. Y, si bien no se sentía realizado, al menos, la mayoría de las veces. estaba satisfecho. El matrimonio era lo siguiente. Seguramente no era la sentencia de muerte que todos sus amigos (casados) le aseguraban, infatigable pero alegremente. Desde luego que no. Al contrario. Sería la cura para la vaga soledad que había empezado a amenazar su vida. Sería un comienzo. Sería lo próximo.

Así que, ¿por qué no podía acallar aquella familiar y urgente necesidad de salir corriendo y esconderse?

Al menos, cuando aquella necesidad se apoderaba de él no tenía que irse lejos. Su conductor detuvo el carruaje con una sacudida en un lugar familiar, y sus criados abrieron la portezuela frente a Somerset House, un edificio neoclásico de grandes dimensiones situado a orillas del Támesis que albergaba las asociaciones más doctas de la época: la Royal Society (por todos conocida como la Royal); la Sociedad Londinense de Anticuarios, y la Sociedad de Arte Antiguo y Arquitectura del Mundo Conocido o, resumiendo, la Sociedad Histórica, refugio personal de Arthur. De algún modo, durante los últimos años, a la par que se ocupaba de su patrimonio y... bueno, ejercía de duque, había conseguido terminar un largamente pospuesto trabajo académico titulado «Daños de la arquitectura medieval en las ciudades europeas después de las guerras napoleónicas». Y, una vez publicado aquel panfleto (en su propia imprenta, de la que se había convertido en accionista mayoritario hacía apenas una semana, pero publicado al fin y al cabo), había solicitado ser miembro de la Sociedad Histórica, y le habían aceptado. Ya podía usar a placer sus despachos y salones. Era básicamente su club, aunque distinto de White's o Brook's o del resto de establecimientos de St. James. Aquel club albergaba algunas de las mentes más preclaras del país, algunos de sus tesoros más interesantes y, lo mejor de todo: a absolutamente nadie de allí se le habría ocurrido que él fuera a proponerle matrimonio.

Se apeó del carruaje y saludó con la cabeza al cochero.

—Esta pequeña aventura tal vez me lleve más tiempo del previsto —dijo, lo que le valió una carcajada socarrona de Bones, que repuso:

—Sé lo que eso significa. Quiere decir que me vaya directo a casa a cenar y que a lo mejor volverá

alrededor de las tres de la madrugada.

—Eso ha pasado una sola vez —lo rebatió Arthur, pero sonriendo. Bones llevaba muchos años con él, y habían pasado juntos más de una desgracia, así que su informalidad con el patrón era fácilmente perdonable.

—Vete a cenar —le dijo Arthur—. ¡Pero vuelve dentro de dos horas a recogerme!

Bones, que no quería desaprovechar la generosidad de su patrón, puso los caballos al trote antes de que el duque cambiara de idea.

Arthur dio un profundo suspiro, saboreando la completa libertad. ¡Por fin! Por primera vez en todo el día se sentía liberado de la agotadora tarea de intentar encontrar una compañera, libre del peso de ser el duque de Rayne. Podía entrar en el edificio de varios pisos, con columnas, como un hombre cuyo único propósito era perfeccionar y entretener su mente con otros hombres interesantes.

¡Ah, la libertad!

Arthur tomó hacia la izquierda por el patio, hacia el ala de la Sociedad Histórica, y fue entonces cuando chocó con la mano de la dama de cabello leonado que resultaría ser el origen del peor embrollo de su vida.


La señorita Isabel Fernández no tenía intención de chocar con el joven caballero. Realmente no era ésa su intención. Simplemente, él se abalanzó contra su mano. Verdaderamente nadie podía culparla de tener la mano tan extendida, aunque Sadiq lo hubiera hecho.

Todo había empezado al doblar la esquina de Aldwych hacia Strand, unos minutos antes de que apareciera el majestuoso carruaje en el que iba el pobre con el que había chocado accidentalmente. Estaba tan sorprendida de encontrarse frente a Somerset House, tan de repente, el edificio que albergaba todas sus esperanzas y aspiraciones, que por un momento le había fallado el coraje. Había tenido que detenerse en el patio y tomarse un momento para recuperar el valor.

«No dejes que esto te abrume», se dijo Isabel, apretando la carpeta contra el pecho. Por un momento deseó haberse puesto el abrigo grueso, porque un escalofrío le recorrió la espalda. Pero el abrigo estaba pasado de moda, y en Londres tenía que ir al menos tan a la moda como pudiera permitirse. Además, era un día cálido, y el escalofrío podía achacarse fácilmente a otros motivos aparte del clima. «No estás haciendo nada que contravenga sus normas, ni que vaya contra la ley. Te han invitado. Incluso tienes una carta de presentación.»

Mientras los caballeros con sombrero de copa y abrigo pasaban a su lado para subir o tras bajar los escalones y más de uno miraba con curiosidad a la mujer bajita parada junto a la fuente central, ella dio unos cuantos pasos inseguros.

Somerset House era un edificio con columnas, enorme, una de cuyas caras daba al Támesis y la opuesta a un patio de tamaño colosal. Puesto que era la sede de numerosas sociedades doctas y agencias gubernamentales, resultaba prácticamente imposible que Isa supiera dónde debía dirigirse exactamente.

Las oficinas navales estaban justo delante, eso lo sabía, porque eran fácilmente reconocibles por su cúpula central. Pero luego todo era un poco confuso. Recordó la descripción que su padre le había hecho del edificio. La Royal Society estaba... ¿a la izquierda? No, a la derecha. Tenía una hermosa galería de exposiciones, para los hombres que deseaban ver los progresos del mundo. La Sociedad Londinense de Anticuarios era su pariente más joven, relegada a unas cuantas habitaciones del ático y el sótano. Por tanto, las salas de la Sociedad Histórica tenían que estar a la izquierda del patio.

Se volvió y, con la determinación que infunde un propósito definido, se encaminó hacia su destino... hasta que una mano enorme de hierro la agarró del brazo.

—No tan deprisa —le dijo al oído Sadiq Adnan su primo, entre jadeos. Seguramente había estado corriendo para atraparla.

¡Maldita fuera su estampa! De no haberse detenido al lado de la fuente ya habría estado dentro del edificio. Habría llegado a su reunión con lord Zwingli y Sadiq habría tenido que ventilar su ira a solas, en la calle.

—Me has dejado sentado en el parque con la condenada señora Bonnefoy —le dijo su primo en cuanto pudo recuperar el aliento.

—Y se suponía que ella tenía que impedir que me siguieras. —Isabel puso los ojos en blanco—. ¿Cómo lo has sabido?

—¿Que vendrías aquí? Isabel, no has hablado de otra cosa desde que llegamos a Londres —repuso Sadiq con una sonrisa de suficiencia—. Ni es tan difícil localizarte. ¿Quieres que te diga por qué?

—¿Porque soy la única persona del lugar que lleva falda? —aventuró Isabel.

—¡Porque eres la única que lleva falda! —gritó Sadiq—. Y eso es porque no se permite la entrada a las mujeres en la Sociedad Histórica.

—Sí que se les permite —repuso ella tranquilamente—. Cuando hay exposiciones y conferencias, suelen venir mujeres.

—Eso son actos públicos. —El pelo castaño que le caía sobre la frente tembló peligrosamente—. A las mujeres les está vetada la entrada a los salones porque no son miembros de esta sociedad. Yo tengo que saberlo puesto que, de los dos, soy el único al que se puede considerar como tal.

—Sus estatutos no dicen absolutamente nada acerca de que las mujeres tengan prohibida la entrada —le contestó Isabel, ateniéndose a la razón.

—¿Y cómo sabes tanto acerca de los estatutos de la Sociedad Histórica?

—Porque mi padre participó en su redacción y me lo dijo.

Aquello dejó cortado a Sadiq, que boqueó como un pez.

—Isabel —empezó a decir con calma, pero sin soltarle el brazo—. Me siento responsable de ti, no únicamente porque soy el único pariente vivo que te queda sino, espero, por algo más. Así que, por favor, créeme cuando te digo que esto no es una buena idea. Si deseas tan ardientemente conocer a lord Zwingli, procuraré invitarlo a cenar. Estoy seguro de que os encontrará, tanto a ti como a tu encaprichamiento por la historia del arte, tremendamente entretenidos. Pero aquí no. —Bajó la voz hasta convertirla en un susurro de desesperación—. ¡Y no ahora!

La reacción de Isabel progresó de ligera incomodidad a irritación y luego a profunda ira durante la apasionada perorata de Sadiq, y apretó más su carpeta contra el pecho. Cuando terminó, le dijo muy despacio y con absoluta claridad:

—Sadiq, si quieres que abandone este edificio tendrás que sacarme a rastras de él, pataleando y gritando. —Clavó los ojos en él, con una mirada tan acerada que hubiera podido cortar el diamante—. Delante de toda esta gente a la que te mueres por impresionar. Puede que seas dos palmos más alto que yo y muchísimo más fuerte, pero ¿verdaderamente te parece que imponerte así a una débil mujer te conviene?

Sadiq no respondió. Por primera vez pareció darse cuenta de las posibilidades que había de que montara una escena. Hasta ese momento, hablando sin levantar la voz, eran dos personas normales y corrientes, aunque una de las dos fuera sospechosamente del género femenino; pero, al primer grito, aquellos hombres con sombrero de copa y abrigo que pasaban con la nariz levantada se fijarían en ellos.

Y, como Isabel sabía bien, aquello le daría mala prensa a Sadiq.

Aflojó la presa sobre su brazo. Sólo un poco, pero lo bastante para que Isabel pudiera apartarlo de él... y darle un manotazo al joven que pasaba a su lado.

—¡Qué demon...! —exclamó el caballero, ahogada y confusamente, retrocediendo unos cuantos pasos.

—¡Oh, Dios mío! —gritó angustiada Isabel, cuando la carpeta cayó en el adoquinado y su contenido se desparramó—. ¡No!

—Yo opino igual —dijo el rubio caballero, frotándose el dolorido puente de la nariz.

—¡Ex... excelencia! —tartamudeó Sadiq, que por lo visto reconocía a la víctima de la mano de Isabel como el duque de algo.

Claro que ella le había dado un manotazo a un duque sin querer, se dijo, ruborizándose, pero no podía detenerse a saludarlo con una reverencia. ¡Tenía que recoger los papeles antes de que se le estropearan! ¡Sus artículos... su carta de presentación!

—¡Lo lamento terriblemente! —estaba diciendo Sadiq, intentando inclinarse y, al mismo tiempo, arreglarle el abrigo al hombre.

—Está bien —decía el duque—. Ya sabía yo que no acabaría este día sin que alguien me diera una torta.

—¿Podréis perdonarnos? —le preguntó Sadiq.

—No hay nada que perdonar. La sangre no ha llegado al río... creo. —Se irguió y luego, al darse cuenta de la aflicción de Isabel, dijo—: ¿Necesita ayuda, señorita?

—Yo... —Isabel dejó de recoger hojas—. ¡Oh, vaya! ¿Ya están todas? —Miró frenética a su alrededor. Y el corazón se le paró cuando vio una única hoja de papel flotando en la fuente.

Por el modo en que estaba doblada, supo lo que era.

—¡Mi carta! —gritó. Estiró el brazo, pero no la alcanzaba. Estaba a punto de correr el riesgo de subirse al borde de la fuente cuando una mano se posó en su hombro y la detuvo.

—Permítame —dijo el duque rubio, e intentó recuperar el documento.

Era un palmo y medio más alto que ella, pero apenas lograba alcanzarlo. Al final lo consiguió y le tendió la hoja chorreante a Isabel.

—Gracias, excelencia —le dijo ella, aunque sólo tenía ojos para la carta. «Por favor, que no se haya estropeado. Por favor, que no se haya estropeado...»

—De nada... Además, le he encontrado una utilidad a esto de usar bastón. —Sonrió y luego hizo una leve reverencia—. Señorita...

Pero Isabel, con el corazón en la garganta, fue incapaz de responder. Así que Sadiq llenó el silencio.

—Fernández, ex... excelencia —tartamudeó, inclinándose brevemente—. Yo soy Sadiq Adnan, su primo. Suelo veros en los salones de la Sociedad Histórica, pero parecéis siempre tan ensimismado que no he querido interrumpiros para presentarme.

—Ah, bien. Como parecéis saber, soy Rayne. Señorita, eh... Fernández. —Se volvió hacia la silueta congelada—. ¿Estáis bien?

Pero Isabel no lo estaba. Nada lo estaba. Porque...

—Se ha estropeado —logró decir con un hilo de voz...

Su carta. Su carta de presentación para lord Zwingli, escrita de puño y letra por su padre, no era más que un montón de renglones borrosos sobre papel mojado.

—Lo siento muchísimo —se compadeció de ella el duque—. Ya veo que la página era importante.

¿Importante? Lo era todo. Era lo que le daba legítimo derecho a estar allí.

—No tiene importancia, excelencia —dijo Sadiq adulador, situándose al lado de Isabel—. Sólo eran unas notas, ¿verdad, Isabel? Lo siento, sire, pero tenemos que volver a casa. Mi prima tiene que... vestirse para una cena. Pero me preguntaba, sire, si asistiréis a la serie de conferencias de la semana próxima.

—No —dijo Isabel distraídamente.

—¿No? —repuso el duque al ver que Sadiq no lo hacía.

—No, no tengo que vestirme para ninguna cena. Ni me voy.

—Isabel... —le advirtió Sadiq, sin gritar pero casi.

—Tengo una invitación, Sadiq.

—Ya no la tienes —repuso él, mirando el papel húmedo que ella sostenía.

—De hecho, Sadiq, lamentablemente esa hoja sigue seca.

Mientras su primo la miraba inquisitivo, el duque levantó una ceja.

—¿Una invitación? —preguntó. Aquello había picado su curiosidad.

Entonces Isabel lo reconoció. Hacía diez años era... Arthur Kirkland, marqués de... algo. Ahora era duque de Rayne. Y Sadiq estaba haciendo lo imposible para causarle buena impresión. Isabel estuvo a punto de soltar una carcajada.

—Sí —dijo, erguida de nuevo, recuperada la entereza—. Tengo una invitación para reunirme con lord Zwingli en la Sociedad de Arte Antiguo y Arquitectura del Mundo conocido a mi conveniencia. —Achicó los ojos—. Y ahora mismo me conviene bastante.

Dicho esto, agarró la carpeta y, con el brazo estirado para mantener lejos de sí la página mojada, esquivó limpiamente a Sadiq y al duque, encaminándose hacia la entrada oriental de Somerset House.

Los dos hombres la siguieron. Sadiq caminaba a su izquierda, sin quitar ojo a la carta húmeda, intentando descifrar qué era aquello tan importante para Isabel que decía la tinta corrida. El duque caminaba a su derecha, con las manos a la espalda y la frente adelantada. Y... ¿era posible que estuviera silbando?

Cuando pisaron el suelo de piedra al unísono, Isabel miró de reojo el perfil del duque. Un mechón de pelo increíblemente rubio le caía sobre la frente, por lo demás inexpresiva: un último rastro del niño en el hombre ya hecho y derecho. Sonreía abiertamente.

—¿Esto os divierte, excelencia? —le preguntó con el ceño fruncido.

—En absoluto. —Luego pareció reconsiderarlo—. Bueno, un poco. Un poquito.

—Os aseguro que mi reunión con lord Zwingli no es nada divertida para mí —replicó ella, levantando la barbilla.

—¡Oh! No pretendía decir que su situación sea divertida. La mía lo es.

Como ella lo miraba inquisitiva, se explicó.

—Esto es lo más parecido a una aventura que he vivido en años.

Isabel lo miró directamente a los ojos y luego sonrió un poco para sí.

—Es lo más parecido a una aventura que yo he vivido jamás.

—Excelencia, tengo que rogaros que no la animéis a hacer esto —terció Sadiq—. No sabe en lo que se mete.

—Evidentemente, porque acabamos de cruzar la puerta de la Sociedad Histórica.

Los tres se detuvieron en seco. Isabel le lanzó a Sadiq una mirada rencorosa mientras el duque le indicaba por qué puerta debía entrar.

Isabel tenía ante sí la pesada puerta artesonada de caoba. La atraía, pero los pies no la obedecían. Se quedó mirándola fijamente.

Los caballeros que iban por el pasillo habían formado un corrillo al ver a Isabel con sus dos acompañantes. Murmuraban con cara de sorpresa.

—¿Lo veis? —Sadiq se lo estaba diciendo tanto a Isabel como al duque—. Está montando un espectáculo y todavía no ha pasado de la puerta. Te lo he dicho, Isabel. Ninguna mujer ha entrado jamás en los salones de la Sociedad Histórica.

—Y yo te digo que no hay ninguna norma que lo prohíba —le contestó Isabel, mirando furtivamente al duque.

—Eso es ridículo —dijo Sadiq.

—De hecho es cierto —repuso el duque arqueando las cejas, gratamente sorprendido.

—¿Cómo lo sabéis? —le preguntó Isabel, asombrada.

—Porque he leído los estatutos. Bueno, no iba a unirme a un club sin conocer su reglamento. —El duque se encogió de hombros despreocupadamente—. Una de mis particularidades. Sin embargo —añadió, reconduciendo el tema—, el señor Adnan también tiene razón. Hay ciertas normas implícitas.

Mientras Sadiq sonreía radiante y Isabel cuadraba los hombros decidida, el duque se mesaba la barbilla, pensativo.

—No obstante, supongo que de nuestra falta de concreción vos podéis sacar ventaja, señorita Fernández.

Sadiq lo miró con los ojos desorbitados.

—Vos... ¡Vos no podéis poneros de su parte...! —exclamó, y luego añadió—: Sire. —Inspiró profundamente—. Sé que sois miembro y yo un simple aspirante a serlo, excelencia, pero vos no sois un académico y yo sí. Y a los académicos como lord Zwingli les importan mucho las apariencias. No va a gustarle la presencia aquí de mi prima. De hecho, los... —Dejó de hablarle al duque para inclinarse hacia Isabel—. Isabel, esto es un error.

—Deja que cometa mis propios errores, Sadiq.

Y, dicho esto, Isabel Fernández avanzó y abrió la puerta.


Bueno, ¿qué podía hacer sino seguirla?

Arthur no sabía por qué estaba acompañando a aquella mujer tan tremendamente decidida y a su controlador primo, ni por qué se sentía impelido a inmiscuirse en sus asuntos. Pero, una vez embarcado en aquello, no podía evitarlo.

A lo mejor se sentía culpable por haberle estropeado su aparentemente crucial carta. A lo mejor se debía a que era la primera mujer en casi dos Estaciones que no lo miraba con alguna expectativa en mente. A lo mejor era porque al golpearle la nariz con la mano le había quitado de encima todo el peso del día... el deprimente y aburrido día con el que cargaba. Su mente se había despertado de golpe y había dicho: «Bien, algo interesante, ¡por fin!»

Si hubiera sido una de aquellas damas cultas que tenían por objetivo las instituciones exclusivamente masculinas simplemente para hacerlos sentirse como unos completos canallas empeñados en mantener baja la autoestima del sexo débil, habría sido otra historia. Pero por alguna razón no creía que fuera ése el objetivo de aquella joven. Esas damas no se comportaban como aquella mujercita.

Y tanto que era bajita: apenas le llegaba al hombro. Le recordaba un gorrión. De un solo color. Llevaba el pelo castaño recogido cubierto por un sombrero de paja marrón adornado con una cinta también marrón, guantes de piel marrón claro y el vestido color barro, más oscuro.

Isabel le echó un breve vistazo y él se sorprendió de que tuviera los ojos verdes, clarísimos. Pero todo lo demás... era como si nunca hubiera intentado destacar.

Ahora bien, en cuanto abrió la puerta de los grandes salones de la Sociedad Histórica se hizo notar.

Había algunos hombres presentes, de pie o sentados en conjuntos de sillas o de sofás, departiendo en voz baja. Si era acerca de la importancia de los manuscritos iluminados después de la invención de la imprenta o de una noticia del Times de ese día Arthur nunca llegó a enterarse, porque en cuanto la señorita Isabel Fernández entró por la puerta, todas las conversaciones cesaron de golpe.

Arthur bajó los ojos para mirar al pálido e inmóvil gorrioncito. Ella bajó los suyos para mirar nerviosa el folio que sostenía, pero siguió sin moverse de donde estaba.

De repente, Arthur tomó las riendas del asunto. Se inclinó hacia ella y le susurró al oído:

—Sígame el juego, señorita Fernández.

Aquello pareció sacarla de su ensimismamiento. Justo a tiempo para que el mayordomo de la Sociedad Histórica, Edwards, que se ocupaba de los asuntos internos de la sociedad con tanta eficiencia como discreción, se acercara a Arthur.

—¡Edwards! —lo saludó éste jovial—. Creo que hoy se nos presenta una tarde interesante.

—Excelencia —lo saludó el mayordomo con una inclinación—. Señora —le dijo a la señorita Fernández—. ¿Puedo serle de alguna ayuda?

Lo que, en clave, significaba: «¿Qué demonios está haciendo usted aquí?», se dijo Arthur, reprimiendo una sonrisa.

La señorita Fernández ni parpadeó por el tono de Edward, todo hay que decirlo.

—Sí, he sido invitada a una reunión con lord Zwingli. ¿Puede llevarme hasta él?

Edwards respondió sin dudar un instante:

—Lo siento enormemente, pero lord Zwingli no está en su despacho esta tarde. ¿Quiere dejarle una tarjeta de visita?

Tal vez fue por la mirada de desesperación de la joven al hallarse en aquella encrucijada, tal vez por la cara que puso Sadiq Adnan, de alivio y hasta cierto punto de triunfo, como si él mismo hubiera frenado la locura de su prima, pero quizá, sólo quizá, se debió a esa pequeña parte de sí mismo que todavía disfrutaba metiéndose en líos y hacía tantísimo que no tenía ocasión de hacerlo.

Fuera por la razón que fuese, Arthur se vio convertido en el blanco de todas las miradas asesinas cuando dijo:

—¿De veras? ¡Pero si hoy es martes! Los martes lord Zwingli está siempre en su despacho. Además, vengo de comer con su esposa y su hija, y me han dicho que estaba aquí.

Edwards pareció completamente desconcertado antes de pasar la mirada de la señorita Isabel a Arthur y a otro criado apostado junto a la puerta del fondo del pasillo. La puerta del despacho de lord Zwingli. Sin embargo, la cara de pánico del otro no le sirvió de mucho. Edwards tendría que salir del apuro sin su ayuda, supuso Arthur, ligeramente divertido viendo al estoico Edwards cortado.

—Si lord Zwingli no puede recibirme hoy, puedo volver —dijo la señorita Fernández—. A diario. No tengo demasiadas obligaciones, así que puedo quedarme aquí y esperar todo el día.

Mientras Sadiq gemía, mortificado, Arthur reprimió una risita. Y luego se puso abiertamente de parte de la muchacha.

—¿De veras? —preguntó, apenas capaz de mantenerse serio—. ¿Quiere una silla mientras espera? ¿Le apetece un té, tal vez?

—¡Oh, no! —le sonrió ella—. No quisiera abusar de los recursos de la Sociedad Histórica. Seguramente ya habré desayunado cuando llegue. Pero... —Se frotó la barbilla, pensativa—. Suelo sentirme débil por las tardes si no tomo un tentempié.

—Eso no podemos permitirlo —repuso Arthur—. Imagínese a una señorita como usted desfalleciendo por lo prolongado de la espera para reunirse con lord Zwingli. Sería una historia terrible.

—Pues entonces, tal vez sería mejor... sí, tal vez lo sería... que dispusiera de una silla y una mesa, o quizá de un pequeño sofá, para mí, aquí mismo, delante de la puerta principal. —Sonrió y luego volvió sus ojos relucientes hacia el pobre Edwards—. Una bonita manta sobre el regazo, una bandeja para el té. Incluso podría traerme mi labor de ganchillo y trabajar mientras espero.

Ante la perspectiva de tener a una mujer desmayándose en la entrada mientras esperaba ser recibida en audiencia o convirtiendo los salones de la Sociedad Histórica en su salita, Edwards se dio por vencido.

—A lo mejor puedo localizar a lord Zwingli —dijo en voz baja—. ¿Quién debo decirle que pregunta por él?

—La señorita Isabel Fernández —dijo ella, con la voz clara como una campana.

Aquello despertó murmullos.

«¿Isabel Fernández?», oyó Arthur que preguntaba más de un caballero de los corrillos, todos los cuales habían estado observando la escena con sumo interés.

—¿Fernández? —Edwards enarcó las cejas.

—Soy la hija de Antonio Fernández —le explicó ella. Y luego añadió algo tan escandaloso, tan completamente inaudito, que todas las conversaciones cesaron de nuevo—: Pero su señoría me conoce mejor por otro nombre —añadió, con voz menos firme y cara de susto pero decidida.

Edwards siguió impasible hasta que ella dijo:

—C. W. Marks.


Aquí está la continuación, he tardado más de lo esperado... pero al fin he terminado. Isabel y Arthur por fin se han encontrado, ¿seguirán llevándose así de bien? Eso ya se verá~

Gracias a LittleMonsterStick, Fieldsofhope y Piripipi. Y respondiendo a la pregunta de Piripipi, la adaptación tiene el mismo título que la obra original de Kate Noble.

Añadiré también que a lo largo de la historia va a aparecer lemon más adelante...

¡Hasta la próxima~!