Uh, ha pasado mucho tiempo, ¿verdad? Bueno, lo siento. Si alguien ha sido tan genial de pasarse por mi perfil, habrá visto que me encontraba en un estado de hiatus por tiempo indefinido. La cosa es que me sentía bastante mal teniendo este fic recién empezado y sin actualizar, así que me dije a mí misma: "Boogie, tienes que escribir, ¡se lo debes a tus lectores!". So, aquí estoy, con un nuevo capítulo y muchas ganas de volver al ruedo, como se dice por aquí. :)

Antes de comenzar el capítulo -"oh, vamos, cállate ya, Boogie"-, quiero dar las gracias a los que dejáis un review en el anterior capítulo:

Nitta Rawr - Gintoki sakata - Ultear Milkovich - Wincy Jaeger - Fairy Osphim - SamuneHikari - StingLover - AnikaSukino 5d - C. L. AyA - Reveire

Me gustaría dedicar este nuevo capítulo a dos personitas que me han apoyado -y ayudado- mucho durante mi sequía mental. So, Reveire-chan, C. L. AyA, este capítulo es para vosotras. :3


Cuenta atrás para la extinción.

Magnolia, Fiore. 19 de abril, 1934.

Ha pasado exactamente un mes desde que vi por primera vez a la enfermera Rayo de Sol. No sé su nombre, el celador Nanagear no quiere decírmelo, así que la he bautizado así. Es el nombre que mejor le queda, su pelo consigue resplandecer más que el Sol; también la he visto muy poco, igual que al astro rey. Su piel, su piel parece tan suave. He pasado un mes pensando en el tacto que debe tener, en lo bonita que es su mueca de disgusto. La sangre, el color rojo que manaba de su brazo, era incluso más resplandeciente que el color sangre que salía de mi dedo aquel día. Rogue se ríe de mí muchas veces, siempre dice que la enfermera Rayo de Sol es como el resto, sólo que yo me he enamorado de la sangre. Por supuesto, se lo desmiento cada vez que lo insinúa, porque yo también tengo sangre y no estoy enamorado de ella.

La enfermera Rayo de Sol es especial. No es como las demás enfermeras, no es blanca. Es brillante, suave, del color de las nubes y de color sangre, también.

No empieces otra vez con esa mujer, Sting, dice Rogue, que aparece de golpe a mi lado en el mohoso colchón de la habitación, estoy cansado de ella. ¡No es más que otra opresora!

-Silencio, Rogue. Ella no es así.

¿Y tú qué sabrás? Ni siquiera has hablado con ella, imbécil.

-Lo sé. Hay una conexión entre nosotros dos, no necesito hablar con ella para saberlo.

Y yo que te tenía por alguien con sentido común… Qué decepción.

En ese momento se abre la puerta de metal blanca de mi cuarto. Las paredes blancas captan la luz y me ciegan por un momento. Rogue desaparece con un bufido y una estela oscura. La silueta esbelta y que hace un mes me parecía preciosa se dibuja a contraluz; ahora la enfermera Strauss ya no me parece tan bonita, porque ella es como la Luna, y yo ya he encontrado mi Rayo de Sol. La Luna sólo sale de noche, cuando todo está oscuro y los colores pasan a ser todos blanco o negro. Recuerdo que, antes de entrar aquí, a Fairy Tail, la noche me daba miedo. En mi mente se cuela la imagen de una mujer mayor que mis enfermeras, se parece mucho a mí. Está oscuro porque es de noche y yo le estoy diciendo que se quede conmigo, que tengo miedo. Y ella sólo me mira decepcionada, tuerce el gesto y apaga la lámpara de aceite, en contra de mis llantos y lágrimas para que no lo haga. Todo se queda de color negro, yo me cubro con las mantas y trato de que los monstruos no me escuchen llorar.

De vuelta al presente, la enfermera Strauss entra a mi habitación con cara de disgusto. ¿Le habrá pasado algo malo? Aunque ella ya no me parezca la enfermera más bonita de Fairy Tail, me sigue gustando su compañía, y me sigo preocupando por ella. Normalmente no llega triste a mi cuarto, siempre me dice que yo no tengo la culpa de sus problemas, y que por eso sonríe cuando viene a visitarme. No obstante, ahora me mira con reproche, con los ojos del color del cielo inundados en preocupación, y eso me altera. Rogue vuelve a aparecer a mi lado, posa una mano blanquecina sobre mi hombro y me lo aprieta para transmitirme tranquilidad. Yo sé que él no está tranquilo, porque la enfermera Lisanna nunca está triste o enfadada conmigo. ¿Será que se ha dado cuenta de que la enfermera Rayo de Sol la ha sustituido en mi mente? Me estremezco. No, no puede ser eso; Rogue lo sabría. Él suele saber esa clase de cosas, me habría avisado. La enfermera Strauss se sienta a mi lado sin decir nada, siento el colchón hundirse bajo su peso. Ella respira, sé que intenta serenarse. Aprieta sus labios en una fina línea blanca y mira fijamente al suelo con la jeringuilla en la mano. Me asusto, ahora no me parece buena idea separarme de Rogue, él me va a tranquilizar.

Esto no me gusta, Sting, me dice él, pero tranquilo. Estoy contigo, no voy a irme. Yo asiento levemente con la cabeza, inundado en sudor y pequeños espasmos. ¿Por qué no habla? ¿Por qué se queda ahí, quieta, con la jeringuilla en la mano?

La enfermera Lisanna levanta la cabeza y me mira, está frustrada, se nota. Yo sigo nervioso, la espalda y las manos me tiemblan, tengo la frente inundada en sudor y empiezo a notar que el tic de mi pierna está comenzando. No es buena señal, si sigo así comenzaré a hablar con Rogue en voz alta delante de la enfermera y vendrán el celador Nanagear y sus hombres a por mí. Me llevarán a un sitio sucio, con paredes blancas, pero no como las de mi cuarto; me conectarán cables al cuerpo y empezarán a hacerme daño. Me dirán que todo está bien, que todo es por mi bien, ¡pero yo nunca me siento mejor después de eso! Rogue siempre se enfada y me grita. No me gusta, no quiero eso, no.

-¿Sabes lo que les pasó a las enfermeras que te atendieron antes que yo, Sting?

Los pensamientos cesan, los espasmos se detienen y siento el sudor más frío tras la pregunta de la señorita Strauss. Su voz suena tensa, como si intentase controlarse sin mucho éxito. Veo que sus manos blancas se cierran en puños violentos sobre las piernas de su vestido blanco de enfermera. La cofia a penas sí se puede sostener entre sus cabellos pálidos. Tiene las piernas cruzadas, pero las descruza enseguida. Me mira, esta vez con ansiedad en los ojos del color del mar. ¿Qué es eso en sus mejillas? ¡Es color sangre! Rojas, tiene las mejillas rojas. ¿Significa eso que ella también tiene sangre, como la enfermera Rayo de Sol y yo? Qué curioso. Sonrío ante el descubrimiento, pero la enfermera Lisanna habla de nuevo:

-Responde, Sting. ¿Lo sabes o no?

Dile que no tienes ni idea, Sting. A mi lado, Rogue ha apretado el agarre sobre mi hombro, casi me duele. Respira desacompasadamente y se ha erguido, como un animal preparado para el combate. Díselo. Si no lo haces, volverá la habitación sucia con los cables dolorosos. Parece casi tan ansioso por mi respuesta como la enfermera Strauss, pero yo estoy confundido.

-Claro que lo sé, señorita Strauss –le digo. Ella me mira con rabia y Rogue profiere un gruñido a mi espalda–. ¿Por qué lo pregunta?

Mierda, te he dicho que no digas que lo sabes, imbécil.

-¿Y qué es lo que les ocurrió, Sting?

No, no, no, Sitng. Ni lo sueñes, no contestes a eso.

-Fueron trasladadas a otro pabellón, con otros locos que las necesitaban más que yo. –Me señalo mientras hablo, y luego señalo al exterior de la habitación blanca y mohosa, más allá de la puerta metálica–. ¿La van a trasladar a usted también?

Ella aprieta más la jeringuilla con su puño, que ya tiene los nudillos tan tensos que podrían romperse en cualquier momento. Su mirada adquiere más rabia con cada palabra que digo, y yo no entiendo nada. Rogue ha soltado mi hombro y profiere un suspiro aliviado. Me gustaría saber qué está sucediendo, porque presiento que los espasmos van a volver y noto las gotas de sudor mojar y caer por mi espalda.

-¿Así que eso es lo que pasó, las trasladaron? –Pregunta ella–. ¿A todas? –Yo me limito a asentir, si hablo comenzaré a gritar–. Eso es todo… ¿Todo? –Vuelvo a asentir–. Mientes.

Zorra. No la escuches, Sting.

Mi confusión crece a medida que lo hace la ira de la enfermera Strauss. Sé que Rogue se encuentra detrás de mí porque puedo escuchar sus botas oscuras golpear el suelo; su presencia comienza a alterarme más. Quizá le pida a la enfermera que me sede.

No lo hagas. No ahora, ahora no pueden sedarte. ¿Me oyes, Sting? ¡No lo pidas! Ahora tienes que saber que estoy aquí.

-No la entiendo, señorita Strauss –consigo articular al final–. El director Dreyar viene personalmente a informarme de que han sido trasladadas. ¿Por qué iba a mentirme el señor Dreyar?

-¿Las querías?

La pregunta, como todo hoy, me pilla por sorpresa. Sudo más y los espasmos están a punto de convertirse en convulsiones. ¿Qué está pasando? Voy a perder el control, y no quiero hacerlo. Es como antes de entrar aquí, la mujer que vivía conmigo me preguntaba cosas que yo no quería responder. Me obligaba a contestarlas, y, cuando lo hacía, la única recompensa que obtenía eran nuevas cicatrices en la espalda. Me agarro las manos y el tic en la pierna comienza. Miro a todos lados, nervioso. Todo es blanco, todo es blanco. ¡Todo es absolutamente blanco! No puedo soportarlo, no puedo hacerlo. Voy a explotar, no quiero, no quiero, no quiero. No, no, no.

-¿Querías a tus enfermeras, Sting?

Serénate, Sting. Contesta lo que sepas, no dejes que se salga con la suya. Tranquilo, tranquilo. Estoy contigo, estoy aquí.

Asiento, y Lisanna cree que lo he hecho por su pregunta. Se retuerce de nuevo sobre el colchón podrido que es mi cama, la ira emana de ella como si fuera visible. Quizá lo sea.

-¿Está Rogue aquí?

De nuevo, la pregunta me descoloca. La miro con terror y mi mente se bloquea. ¿Qué le voy a decir? Me van a enviar de nuevo a la habitación sucia, me van a hacer daño. No quiero ver al celador Nanagear hoy, no quiero.

-Sí.

Una voz mucho más serena de lo que debería ser sale de mi boca. Es mi voz, pero yo no he hablado. No he querido contestar eso, me van a hacer daño si digo eso. ¿Por qué lo he dicho? ¡Yo no quería!

-¿Y él sabe dónde están las enfermeras, Sting? ¿Sabe Rogue si las han trasladado de verdad?

Tengo miedo, tengo mucho miedo. ¿Cómo va a saber Rogue eso?

-Claro que lo sabe.

No, no. ¡No quiero hablar! ¡Cállate!

-¿Le puedes preguntar?

-¿Por qué no se lo pregunta usted misma, enfermera Strauss?

Y entonces caigo en la más absoluta oscuridad. Ya no existe la señorita Lisanna, tampoco Rogue. La habitación blanca se esfuma, ya no hay colores. No hay nada, sólo gritos, dolor y ese color tan maravilloso que es el rojo.


Ta-dá.

Eso ha sido todo por hoy. Estoy trabajando ya en los capítulos consecutivos, así que no os preocupéis, ¡no pienso volver a abandonaros de nuevo! ;_;

Y recordad, los reviews son el oxígeno del autor, ¡no me dejéis morir tan joven! D:

Hasta dentro de muy poquito. :3

Boogie.