Disclaimer: Los personajes utilizados a continuación pertenecen a la grandiosa J. K. Rowling.

La historia es mía por completo y no obtengo un céntimo por su escritura. No permito que publiquen mi trabajo en otro lugar sin mi previa autorización.

¡Disfruten la lectura!

Revuelo

Las ruedas de su maleta brincaban en el asfalto mientras la arrastraba hacia la mansión de los Malfoy. Habían tenido que aparecerse a una calle de la casa, ubicada en Wiltshire, un distinguido vecindario mágico, ya que sólo los que habitaban oficialmente en la mansión podían aparecerse dentro de sus terrenos, como ocurría en la mayoría de los hogares de magos dada la necesidad de privacidad.

Hermione no podía creer lo que le estaba sucediendo. Desde niña era una persona a la que le gustaba seguir las normas a rajatabla y ser lo más honesta posible. Nunca le importó que Harry y Ron se burlaran de ella por su amor a las reglas, ya que sentía que estaban allí para ser cumplidas. Era lo correcto. Ahora, no sólo tenía que renunciar al respeto casi reverencial que sentía por las normas, sino que tenía que renunciar a su integridad y a su amor propio. Tenía que engañar a sus seres queridos para tratar de protegerlos.

Cuando Malfoy llegó a su pequeño apartamento, no se lo podía creer. La "cita" no había terminado en los mejores términos y ni siquiera con su fértil imaginación pudo pensar en una razón que lo llevaría a hacer esa visita tan intempestiva.

― Por Dios Hermione, al menos hazla levitar. ― Dijo Malfoy con fastidio, refiriéndose a la maleta.

A Hermione no se le había ocurrido hacerlo. Hacía mucho que no le sucedía esto de olvidarse de la magia. Todavía recordaba cuando era una niña de doce años y tuvo que enfrentarse al lazo del diablo que protegía la piedra de Nicolas Flamel. Había recordado a tiempo cómo enfrentar la planta, pero se le había olvidado que podía hacerlo con magia.

― Querías que la trajera un elfo a cuestas, entonces es lo mismo que lo haga yo. ― Dijo, negándose a reconocer ante Malfoy su descuido. El olvidarse de la magia no era una cualidad muy buena para un auror, por lo que ni con mil cruciatus iba a confesarlo.

― Willa se hubiera aparecido aquí, hubiera tomado tu maleta y se hubiera vuelto a aparecer en casa. Ya te dije que todos los que viven oficialmente en la mansión ― dijo torciendo el gesto― pueden aparecer y desaparecer a su antojo en ella.

― Bueno, no me di cuenta ― Resopló Hermione por el esfuerzo de tener que cargar con la maleta. ― Pensé que, bueno… que el elfo tendría que llevársela a cuestas.

― Pensaste que pudiendo llevarla con un sencillo mobilicorpus, iba a hacer que uno de mis elfos la cargara hasta la casa. Pues te equivocas Granger, yo no maltrato lo que es mío.

Malfoy estaba más que harto de la castaña, siempre pensando lo peor de él. Los elfos que vivían en su casa recibían un buen trato desde que Lucius se había marchado. Él nunca había sido como su padre. Por más que éste luchara por conseguirlo.

― Ellos no te pertenecen. ― Dijo Hermione sin dar su brazo a torcer. ― Son seres pensantes, con derechos.

― Eso díselo a ellos .Ninguno se ha enterado todavía, y no creo que quieran enterarse. ― Le dijo Malfoy con expresión despectiva.

Pronto llegaron a la mansión. En la entrada los esperaban dos elfos, uno que parecía hembra por sus labios rellenos y largas pestañas, y el otro, un varón con algunos pelos blancos sobresaliendo de sus orejas. Ambos iban vestidos con sendos paños a modo de toga, muy blancos e impecables. Al contrario de cómo vivía Dobby en el lugar.

― Amo Malfoy, lo estábamos esperando. ― Dijo la elfina con voz aguda, retorciéndose las manos con aire nervioso. ― Notamos la aparición de otra persona con usted. No sabíamos si preparar una habitación de invitados.

― Hazlo Willa, por favor. Prepárale a la señorita una habitación en el ala oeste.

Willa miró a Draco boqueando. Hermione imaginó que no estaba acostumbrada a que Malfoy mandara a preparar habitaciones aparte para las mujeres que llevaba a casa. Luego la elfina murmuró un "ahora mismo" y con pasos ligeros se alejó de la entrada. El otro elfo miraba impasible la escena, sin dejar entrever su reacción ante nada.

― Nilo, debes avisarle a los demás que Granger ― Dijo señalando a la chica ― Será una invitada especial en la casa. La tendremos por aquí por algún tiempo.

El elfo ni pestañeó cuando escuchó lo que Draco le dijo.

― Como guste, amo. ― Contestó tomando la maleta de Hermione con parsimonia, esperando que lo siguiera al interior de la casa.

A pesar de que la mansión le traía muy malos recuerdos, Hermione no pudo evitar un dejo de asombro al observarla. Era magnífica. No una magnificencia oscura y misteriosa como la de Hogwarts. Era luminosa y elegante, llena de antigüedades que debían de valer como el presupuesto anual de un país pequeño. Parece que Malfoy se había lucido con la redecoración. Estaba muy diferente a aquel aciago día en que la había visto por primera vez.

Siguió a Nilo escaleras arriba hacia el ala oeste de la mansión, mientras Malfoy se dirigió a su estudio sin dirigirles una segunda mirada. Cuando ya tenían un buen trecho recorrido y se encontraban frente a una puerta increíblemente ornamentada, Hermione dijo:

― Y dime, Nilo ¿eres feliz trabajando para Malfoy?

El elfo, sin voltear a mirarla, le contestó:

― No necesito ser feliz señorita Granger, sólo necesito que el amo Malfoy lo sea. Por favor, me avisa si necesita cualquier cosa, ésta será su habitación.

Hermione resopló con frustración al ver nueva vez sus intentos de liberación a los elfos miserablemente fallidos.

Cuando Nilo la dejó a solas y pudo echar un vistazo a la habitación, Hermione se quedó sobrecogida. Y no era porque, sólo en el baño, cabía su apartamento al completo, era por la increíble calidez que emanaba la decoración.

Nunca se hubiera imaginado que una casa que había sido testigo de tantos horrores, pudiese tener lugares tan hermosos. Se paseó por la estancia dando vueltas a su alrededor como una niña, tratando de captar todo el esplendor de la habitación. Pasó por el baño y abrió los diferentes grifos de la inmensa bañera que adornaba el lugar. Se había dado una ducha antes de salir de casa, pero no iba a desaprovechar la oportunidad de relajarse en un baño como el que disfrutaba cuando era prefecta en el colegio.

Ya en la bañera se puso a recapacitar sobre cómo había llegado Malfoy a convencerla de ésta locura.

Prepara tu maleta Granger, nos vamos a mi casa.

Hermione lo miró como vería un muggle a un hipogrifo de dos cabezas.

¿Estás tomando polvos de doxy Malfoy? Porque su consumo es ilegal y no pienso encubrirte. ― Preguntó la muchacha pensando que esa era la única explicación para tan increíble pedido.

No te creas que me gusta la situación más que a ti Granger, pero las cosas acaban de complicarse y vas a tener que venirte a vivir conmigo.

No, Malfoy― dijo Hermione con algo parecido al horror en la voz. ― No puedes ponerte a bromear sobre estas cosas. Ni de coña viviría en esa horrible mansión que llamas hogar. Y mucho menos contigo.

Al decirlo, Hermione comenzó a pasear con nerviosismo por la pequeña sala de su apartamento.

Draco recordó lo que había sucedido en Malfoy Manor, de cómo Bellatrix había torturado a Granger a base de cruciatus. Entonces decidió contarle la otra noticia para hacerla olvidar por unos instantes que tendría que irse a vivir al lugar donde había sido torturada una vez.

Eso es lo de menos Granger. Mañana mismo saldrá un anuncio en el profeta revelando al mundo nuestro compromiso. Compromiso matrimonial. ― Reiteró, con voz arrastrada, al ver que la chica tardaba en reaccionar.

Hermione abrió los ojos de forma desmesurada al escuchar las tonterías que salían de la boca de Malfoy. De verdad que el vino de la cena le había pegado fuerte al rubio. Así que decidió tratarlo como lo que era, un borracho que balbuceaba. Entonces comenzó a seguirle la corriente.

Creo que debes sentarte Malfoy. ― Dijo Hermione señalando el sofá que había comprado en un mercadillo muggle y que ahora adornaba su salita.

¿Estás escuchando lo que te estoy diciendo Granger? ― Le preguntó Draco con incredulidad al ver con lo que le había salido la muchacha.

Claro que te escucho Malfoy. Ahora, espera en el sofá mientras preparo un café bien fuerte.

Draco se dio cuenta de que Granger pensaba que estaba borracho. Como si par de copas de vino pudiesen enturbiarle el pensamiento.

Luego soltó una risotada al caer en lo ridícula que era la situación. De verdad que nunca había conocido a una mujer tan ingenua. Y eso, que había conocido a muchas.

La carcajada de Malfoy fue lo que reafirmó a Hermione en la idea de que el joven no estaba en sus cabales. Suspiró aliviada al pensar que no tendría nada de qué preocuparse, ya que parecía que todo lo que le había dicho no eran más que estupideces.

Luego vio cómo la expresión en el rostro de Malfoy cambiaba lentamente, poniéndose mortalmente seria.

No estoy borracho. ― Le dijo con voz fría, mesándose el cabello platino. Tenía que hacerle entender a Granger de alguna forma cuan seria era la situación.― Poco tiempo después de que saliéramos del restaurante, alguien me abordó. Uno de los Seguidores.

Hermione aspiró con espanto al saber que el grupo sabía que habían cenando en Le Château. Lo que indicaba que los habían estado siguiendo. Y si habían observado la hostilidad que desprendían durante la cena, estaban en problemas para hacerles creer que eran una parejita encantadora.

Me preguntaron por ti― Continuó el mago. ― Les dije que estábamos juntos, tal como acordamos. Pero no me creyeron, así que tuve que tomar medidas drásticas. ― Siguió, con una voz tan fría y arrastrada que estaba consiguiendo ponerla nerviosa. ― Les dije que nos habíamos comprometido y que a pesar de que te vieron enojada conmigo, te tengo bien controlada y que harás lo que te pida.

Hermione lo miraba con incredulidad sin terminar de creerse lo que Malfoy le decía.

No puede ser que hicieras eso.― Le dijo con un dejo de rabia en la voz. ― Nunca accedí a llevar las cosas tan lejos.

Lo siento mucho Granger ― Dijo Draco con una ceja alzada con actitud altanera ― Pero tienes que hacer lo que haga falta, al fin y al cabo, es tu trabajo.

― Dios, ese hombre sabe cómo hacer que los otros hagan lo que él quiere. ― Susurró Hermione medio amodorrada en la bañera, dándose cuenta de que ese último comentario había sido el detonante para que hiciera la maleta casi sin quejarse. Su trabajo era proteger a la población mágica, y eso era lo que debía hacer, no importando las consecuencias para ella.

Entre sueños se levantó de la bañera y se dirigió a la inmensa cama. Sabía que debía desenredarse el pelo antes de acostarse, pero el sueño pudo más que la idea de despertar con un nido de lechuzas por cabello.


El fuego crepitaba en la fastuosa chimenea que adornaba el antiguo estudio de su padre. La única habitación que no había sido víctima de la remodelación que se había hecho en el lugar. Un vaso de wiskey de fuego con hielo tintineó en su mano mientras le daba vueltas distraído. Nada lograba captar su atención. Había comenzado a leer un libro de economía muggle más de tres veces, dejándolo rápidamente de lado, ya que los estúpidos números no lograban entretenerlo. Ahora, el libro se encontraba desparramado en el piso, como si alguien lo hubiese tirado con rabia. Una rabia que nacía de la necesidad de consuelo y algo de ayuda para todo lo que sucedía en su vida.

La empresa de la familia, que lo había mantenido cuerdo luego de que ésta se desmoronara, ya no le reportaba el placer de antaño. Tenía gente competente y de plena confianza al mando, por lo que no era necesaria su presencia constante.

Había llegado a un punto muerto en su vida. Cada vez más seguido, dejaba pasar la oportunidad de llevarse a alguna mujer a la cama. Y es que a pesar de que disfrutaba del momento, un sabor amargo le quedaba en los labios cuando se despertaba y ni siquiera recordaba el nombre de la chica de turno.

Se aflojó la corbata y tomó su varita para comenzar a hacer levitar cosas al azar en la habitación. Siempre que amanecía en casa era lo mismo. Se encerraba en el estudio, a sabiendas de que no podría dormir, trataba de destruir lo más posible el lugar y sin darse cuenta, amanecía con el cuello entumecido, acostado sobre la alfombra frente a la chimenea, con la habitación perfectamente acomodada a sus espaldas.

Apuntó al escudo de armas de la familia y con un sencillo movimiento de la mano, lo hizo volar a través de la habitación hasta estrellarse en la pared opuesta. Ésa era su parte favorita. El ver cómo el blasón de los Malfoy se hacía pedazos contra la fría pared, el ver cómo las astillas volaban en todas direcciones, tal como había sucedido con su familia. La única diferencia es que un Malfoy rompía el blasón, el cual los elfos arreglaban apresurados en medio de la noche; y otro había destruido a la familia, la cual estaba rota en tantos pedazos, que ni el más potente reparo podría arreglar.

El estruendo se propagó por todo el lugar y al escucharlo fue consciente de que debía tratar de no hacer ruido. A pesar de que la mansión era muy grande y de que el ala oeste se encontraba lo más lejos posible del estudio, sabía que en esta casa el ruido volaba como si los muros no existiesen. En sus peores noches, todavía escuchaba el grito de muchos al ser torturados entre estas mismas paredes. Todavía escuchaba a una chica gritar de dolor, en una tarde de pascua, protegiendo a sus amigos de una muerte segura.

Sintiendo que la culpa lo carcomía, bajó su varita y dejó su entretenimiento, eso que lo ayudaba una y otra vez a sacarse la rabia de adentro aunque fuera por unas horas. Y por eso la odió un poco más. Por hacerlo sentir más culpable de lo que ya se sentía, por hacer que dejara de lado el único alivio que se permitía.

La noche pasó ante sus ojos al compás del reloj que descansaba en su escritorio, el cual marcaba los segundos con estruendo. En algún momento de la madrugada tuvo que quedarse dormido, porque el sonido de decenas de lechuzas entrando en la estancia lo despertó. Parece que Rita Skeeter había hecho su trabajo.

Antes de pasar a buscar a Granger a su apartamento, se había cobrado un favor que la periodista le debía desde hacía años. Sólo tuvo que recordarle cómo la había ayudado dándole información sobre el trío dorado en el Torneo de los Tres Magos, para que le concediera la primera plana del Profeta con la noticia de su compromiso con la castaña. Para media mañana, toda la comunidad mágica estaría enterada de su reciente compromiso matrimonial. Ya no había vuelta para atrás.

Unos pasos resonaron en el pasillo antes de que la puerta se abriera de golpe. Granger apareció frente a él, vestida con un pijama de franela con leoncitos rojos y el pelo totalmente enredado, blandiendo una carta en la mano.

― ¿Se puede saber qué es esto? ― Dijo furiosa, a pesar de que todavía podía apreciarse un rastro de sueño en su semblante.

― ¿Una carta, quizás? ― Le contestó Malfoy con petulancia, ya totalmente recuperado de su brusco despertar.

― Pues sí, una carta en la que la señora Longbottom, la abuela de Neville, me felicita por mi compromiso. ¡A mí! ¡Por mi compromiso! ― Dijo señalándose a la altura del pecho con la carta, ya arrugada, en la mano. Dios maldijera el día que había aceptado estar con Neville en aquél proyecto sobre mandrágoras, en el que había tenido que estar totalmente rastreable para él.

― Sí, bueno, Augusta siempre ha sido una mujer muy simpática. ― Le dijo Malfoy con frialdad, sintiendo reminiscencias del odio que había sentido por ella la noche pasada.

― No es eso a lo que me refiero, y lo sabes. ― Dijo Hermione entrando a la habitación y mirando muda de asombro, la cantidad de lechuzas que había en ella, las cuales tiraban las cartas en cualquier sitio y luego volaban por la ventana más cercana. ― Sabía que me habías dicho que iba a ser anunciado hoy, pero pensé que tendría tiempo para convencerte de que me dieras unos días más.

― Sabes que no podemos perder el tiempo. Por cada hora que pasara sin cimentar nuestra supuesta relación, más rápido se desmantelaba el teatro frente a los Seguidores. ― Dijo Draco con una expresión seria. Realmente no le valía un knut que Granger no se sintiera bien con la situación, pero a pesar de todo le dijo:

― No te preocupes, parece que muy pocas lechuzas de tus conocidos te tienen rastreada. Sólo te ha llegado una carta.

― Eso es porque los vociferadores tardan más en llegar.

Justo al decir esto, entraron tres lechuzas en la habitación, cargando dos vociferadores y una carta. Hermione reconoció la lechuza que los Weasley habían comprado para sustituir a Errol, así como la lechuza de la casa de Ginny y Harry. Parece que iba a tener una mañana ajetreada.

― Creo que deberías abrir al menos uno de los vociferadores. No querrás que te estallen en la cara ― Le dijo Draco a Hermione con una mueca burlona.

― Mejor atiende tus asuntos Malfoy. Bastantes cartas tienes que ordenar después del desastre que hicieron las lechuzas. A mí déjame en paz. ― Le dijo Hermione mientras desataba el vociferador que estaba segura provenía de Molly.

― NO PUEDO CREER QUE NOS HICIERAS ESTO HERMIONE, DEJAR A MI POBRE RONNIE POR JUNTARTE CON EL MALFOY ESE. NUNCA HUBIERA ESPERADO ESO DE TI. ES UNA VERGÜENZA. ― Clamó el vociferador con la voz de Molly amplificada varias veces.

Draco no pudo aguantar una carcajada. A pesar de que estaba recogiendo las decenas de cartas que le habían llegado, para luego amontonarlas en una esquina del escritorio, daba miradas de reojo a Granger, mientras ésta, ruborizada, escuchaba la voz de la madre del pobretón.

Mientras el primer vociferador cumplía su cometido, el que le habían mandado con la lechuza de Ginny y Harry comenzó a humear peligrosamente, signo de que estaba a punto de estallar. Rauda, la castaña abrió el sobre para escuchar cómo Ginny le reprochaba el no haberle contado nada de la locura que había cometido. Todo dicho en un lenguaje muy colorido y con un tono de voz excesivamente agudo.

― ¿Y tú qué me miras? ― Le preguntó luego a Malfoy al verlo con las cejas alzadas, asombrado a la vez que divertido por el lenguaje soez que la esposa de Potter había utilizado para referirse a sus partes íntimas.

Hermione estaba muerta de vergüenza. Nunca se hubiera imaginado que Ginny fuera a reaccionar de esa manera. Le daba miedo el pensar qué iba a decir cuando se enterara de que se había mudado a la mansión de los Malfoy. Esperaba que Harry se encontrara con ella en ese momento para que atemperara de alguna manera el fiero temperamento de su esposa.

Tomó la carta de la lechuza desconocida, la cual resultó ser de Harry. La abrió con menos temor, ya que sabía que, a pesar de que era una noticia inesperada para él lo del compromiso, éste se imaginaría de alguna manera por qué había ocurrido.

Hermione:

El llegar a la oficina y encontrarme con la sorpresa de que tú y Malfoy tuvieron que anunciar su compromiso, fue una sorpresa muy desagradable. Parece que la situación es más seria de lo que pensaba en un principio, dado que tuvieron que tomar unas medidas tan drásticas. La situación en el Ministerio está un poco revuelta por lo que te ruego te tomes esos días de vacaciones que tienes acumulados, sólo hasta que resolvamos todo esto. Te pido que empiecen cuanto antes a presentarse en sociedad como una pareja formal, para que todo este teatro valga la pena.

Siempre tuyo: Harry Potter

Hermione se quedó muda de asombro. No sólo porque Harry hubiese llegado tan temprano a la oficina. ― Giró la cabeza hacia el reloj que había en el escritorio para confirmar que, efectivamente, eran las siete y cuarenta de la mañana― Sino porque el que tomara los días que tenía de vacaciones significaba casi dos meses sin pisar las oficinas del Ministerio. Y eso era imposible. Y menos ahora que el puesto de director del departamento de Seguridad Mágica estaba tan a su alcance.

― Granger, no te atrevas a desmayarte en mi sala. ― Le dijo Draco al verla pálida y algo temblorosa, luego de leer una carta con un sello del Ministerio. Una carta con esas mismas características llamó su atención desde la pila acumulada en la esquina de su escritorio. La tomó con algo de reverencia en las manos. Por la reacción de la chica ante la carta, mínimo los estaban citando para apresarlos en Azkabán.

Al ver el remitente, una sonrisa de burla asomó a sus labios. ― Parece que Potter no le dio buenas noticias a Granger. ― Pensó.

En la misiva, Potter lo conminaba a comenzar la campaña para combatir los rumores de inmediato. Además, lo advertía de que Granger no podía asomar un pelo de su horroroso cabello por el Ministerio.

― Dios mío, todo esto es un desastre. No puede ser que Harry esté hablando en serio. ― Murmuró la chica con un dejo de terror en los ojos.

― Un desastre tu pijama y tu cabello Granger, el que tengas que quedarte en casa ― Draco adivinó que eso era lo que la había puesto de esa manera ― es la mejor opción en estos momentos.

A pesar de que le doliera admitirlo, Potter tenía razón. Tenían que dejar que se bajaran un poquito los humos de la gente, para después poder contraatacar con fuerza.

Hermione al fin reaccionó, luego de escuchar el tono de reprimenda en la voz de Malfoy y tomó la decisión de que sin más demora, se iba a dirigir al Ministerio para discutir esta… alta por vacaciones tan improcedente. Cuando se estaba dando la vuelta, Malfoy la agarró por el brazo para impedírselo.

― No vas para ningún lado Granger. Potter ya me advirtió de que intentarías colarte en el Ministerio. Él es tu superior y estás en medio de una misión. No creo que le agrade enterarse de que desobedeciste una orden directa.

― Está bien, ustedes ganan. ― Dijo Hermione aflojándose de la mano de Malfoy, la cual le había provocado una sensación un tanto extraña en la piel.

Draco encontró muy extraño que la castaña se rindiera tan fácilmente. Pero Hermione tenía una razón. En fracciones de segundos una idea había arraigado en su mente. ¿Qué mejor manera de conseguir el ascenso que tanto anhelaba, que hacer de manera perfecta la misión más extraña y peligrosa que le había tocada a un auror desde hace años?

Que la comunidad mágica se preparara. Hermione Granger iba a desmantelar a los Seguidores. Y si para eso tenía que convertirse en la chica más enamorada de un Malfoy jamás vista, así sería.

Al ver el ceño de determinación que tenía Granger en sus delicadas facciones, Draco tuvo el presentimiento de que las cosas estaban por cambiar desde ahora en adelante.

Pero nunca se imaginó cuán cierto era.

En este capítulo conocimos un poco mejor a Draco, experimentamos un poco del temperamento explosivo de las pelirrojas y vimos a una Hermione con una actitud muy extraña luego de la carta de Potter.

¿Se imaginan qué será lo que trama la castaña?

Espero por favor que comenten lo que piensan. Estoy muy agradecida por las personas que me agregaron a alerta y a favoritos. A los demás: Dejen Reviews!