CAPÍTULO 3
Greg estaba tan sumamente avergonzado que mientras explicaba cómo había resuelto el caso, no podía mirarle a los ojos. Y sin embargo, Mycroft parecía estar pasándoselo en grande. O al menos esa era su impresión.
Los cinco, Mycroft, Bickerton, John, Sherlock y él estaban sentados en los sillones del despacho que había junto a la chimenea y los únicos que parecían relajados eran Mycroft y Bickerton. Sherlock estaba enfadado porque su línea de investigación no había llevado a ningún sitio, y John... Bueno, él había tenido que soportar el genio de Sherlock. Eso le justificaba cualquier cosa.
—Tras hablar con este chico, Newport, fui a buscar el informe del caso de Ana Schmidt—omitió la parte en la que se había quedado dormido, que aunque había sido fundamental le parecía en ese momento sumamente irrealista—. Mis sospechas resultaron ser correctas: antes de su muerte ella mantenía una relación con Christoffer Lindström, el que más tarde sería embajador sueco y uno de los secuestrados. Además descubrí un error en el informe de Schmidt. Ella, aparte de una pareja estable, tenía también un amante, Charlie Russ, pero la policía le consideró solamente como el fontanero. Russ había escondido tan bien su relación con ella que los policías habían sido incapaces de descubrirlo.
—¿Y tú cómo lo supiste? —preguntó John realmente interesado.
—Lo deduje—miró de reojo a Sherlock, sabiendo que había copiado su método—. Tal y como venía en el informe, Russ trabajaba como fontanero y una de sus chapuzas fue en la casa de Schmidt. Pero no estuvo con ella el tiempo suficiente como para que les diera tiempo a conocerse. Por eso la policía pensó que él la mató sin motivo alguno, achacándolo a un desorden mental. No tenían pruebas aparte de los exámenes psicológicos, y su defensa fue tan buena que tuvieron que dejarle libre—Greg tomó un sorbo a su té para mojar su boca seca y miró un momento hacia Mycroft, que le miraba intensamente. Apartó rápidamente la mirada a causa de la vergüenza y siguió con su relato.
—Russ y Schmidt se conocieron mucho antes, y los policías no supieron verlo. En la vida de ambos hubo un lapso en el que coincidieron en Austria. Schmidt estaba en Viena terminando su doctorado, y Russ estaba de vacaciones en Salzburgo. No sé cómo pudo pasar, si coincidieron en una de las dos ciudades, en un vagón-restaurante o haciendo turismo, pero se conocieron, se enamoraron y los dos atrasaron al mismo día los billetes de vuelta a sus respectivos países. Desde que volvieron cada uno mantuvo la comunicación con el otro pero de un día para otro cesaron. Debieron tener una relación a distancia pero no pudieron con ello. Aparte de la distancia hay que pensar que él era un fontanero y ella una abogada de prestigio con un gran futuro. A la larga debieron ver que no era factible la relación y lo dejaron, de ahí que cortaran de repente la comunicación con el otro país.
»Cada uno debió seguir con su vida: Russ siguió con su trabajo en Londres y Schmidt terminó su doctorado en Ucrania. Ella empezó a sobresalir como diplomática y en uno de sus muchos viajes conoció a Lindström y empezaron una relación. El mismo embajador lo afirmó en su declaración. Pero entonces, Schmidt se tiene que quedar una larga temporada en Londres a causa de su trabajo así que alquila una casa, se muda y se rompen las tuberías. Llama al casero, el casero llama a la empresa de fontanería y la empresa envía a Russ para allá.
Greg paró un momento, intrigando sin quererlo a su pequeña audiencia que le miraba expectante. Aunque Sherlock no mucho.
—Los dos se reencontraron en la casa de Schmidt, y volvió a surgir la chispa entre ellos. Russ la visitó varias veces más a su casa, según los informes de la empresa porque las tuberías estaban mal soldadas, y entonces él se debió enterar que Schmidt mantenía una relación con Lindström. Fue un golpe muy duro para él, y si se junta con sus problemas mentales es lógico que la matara en un momento de debilidad.
—Una historia muy enternecedora, DI Lestrade—dijo Mycroft, y Greg no tuvo más remedio que mirarle. Estaba sonriendo el muy capullo, realmente se divertía con la actitud de Greg hacia él—, pero tiene muchísimas lagunas. ¿Cómo contará a la prensa que esto tiene que ver con los secuestros?
—Yo no habría dejado tantos espacios vacíos en la explicación—dijo Sherlock con la actitud de un niño pequeño, y John tuvo que golpearle con la pierna para que se callara. Greg suspiró, deseaba que esa reunión se terminara cuanto antes.
—Russ, consciente del peligro que estaba corriendo, contactó con unos antiguos compañeros suyos. Unos compañeros que tenían lazos estrechos con determinada banda terrorista—miró de reojo a Sherlock, que se puso alerta a causa de esa mención—. Le ayudaron a ocultar su relación con Schmidt, y aunque la policía le interrogó no pudieron hacerle nada. El caso se cerró, pero él no podía olvidar la traición de Schmidt... Sólo conocía el nombre del novio, y era lo suficientemente importante como para no poder obtener ningún tipo de información sobre él. A lo mejor se olvidó del tema hasta que un año después supo quién era el novio. Y con la ayuda de sus contactos planeó su asesinato—Greg recordó el sentimiento de ira que tuvo durante el sueño, mientras él era el asesino, y tragó saliva—. Solo una muerte no le parecía suficiente.
—Así que con la ayuda de la banda terrorista—continuó Sherlock—organizaron el secuestro durante la visita del embajador a Londres, y en el único punto débil de su ruta.
—Así es—afirmó Greg—. Solo que algo debió salir mal, porque ni el embajador de Ucrania ni el de Egipto tenían que verse envueltos en el asunto. Se llevaron a los tres embajadores en una furgoneta que había robado Russ un año después del asesinato de Schmidt y les dejaron encerrados en un piso franco de Chichester. El resto ya lo sabéis: deduje toda la historia y Bickerton dio orden de busca y captura sobre Russ. Le encontraron en el piso franco, y allí... —Greg recordó el momento en el que entraron todos armados hasta los dientes, sin saber si los embajadores seguían vivos o muertos. Afortunadamente no les había pasado nada, y pudieron encontrar todos los documentos y pruebas necesarios para demostrar la historia de Greg—. Aparecieron todas las pruebas. Ropa con sangre de Schmidt, facturas, fotos de Lindström... Y el mismo Russ.
El autor del asesinato de Schmidt y de los secuestros sabía que le estaban buscando, que le habían descubierto. Cuando Greg entró en su dormitorio del piso franco se le encontró colgado de una viga del techo, con el cuello partido. Se había suicidado, y con él todos los datos que les faltaban para terminar de completar el caso.
Tras unos instantes de silencio absoluto, oyeron unos aplausos muy lentos y alargados entre ellos. Todos giraron la cabeza hacia el autor del ruido, Mycroft.
—Estoy realmente impresionado, DI Lestrade. Muy, muy impresionado. Creo que es la primera vez en mi vida que veo a alguien dejar en ridículo a mi hermano.
Greg se sorprendió al ver la sonrisa sincera de Mycroft, era mucho más cálida que antes.
—Mi teoría no estaba del todo equivocada—replicó Sherlock con un mohín de boca propio de un niño pequeño—. En cierta forma sí estaban involucrados los terroristas.
—Sí, pero no habían organizado un plan de destrucción mundial, querido hermano—le contestó Mycroft e inmediatamente después de puso de pie. Los demás le imitaron, por supuesto—. No tengo ninguna pega con el caso, ni tampoco con el informe que me han enviado. Muchísimas gracias por su servicio, señores—le estrechó primero la mano a Bickerton, que se veía claramente alagado, y después a Greg—. Lo único que siento es que la prensa vaya a estar siguiéndole las próximas semanas.
Llevaban ya varios días siguiéndole, pero se las había podido arreglar. Sin embargo, ahora que oficialmente se había resuelto el caso de Ana Schmidt, sabía que no le iban a dejar en paz. El apretón de manos con Mycroft se alargó un segundo más de lo estrictamente necesario, o eso le pareció a Greg, y cuando se separaron notó que sus manos ya no estaban sudorosas como antes.
Sherlock se acercó a él y también le extendió la mano:
—Ha sido un buen trabajo, Lestrade—Greg le conocía lo suficientemente bien como para saber lo mucho que le costaba decir esas palabras.
—Muchas gracias—le devolvió el saludo, pero no iba a dudar usar ese caso alguna vez en el futuro para fastidiarle. Sherlock entrecerró los ojos, a lo mejor sabiendo lo que estaba pensando, pero no dijo nada más y se fue con John detrás, quien también le felicitó.
Se quedaron los tres solos, y aunque Bickerton quería quedarse para que Mycroft le halagara un poco más, dijo que también tenían que irse.
— ¿Puedo hablar un momento con usted? —preguntó Greg a Mycroft, quien parecía sorprendido, al igual que Bickerton.
—Por supuesto—dijo Mycroft con un tono que afirmaba que estaba sorprendido.
—Eh... En ese caso te espero en la oficina, Lestrade.
Bickerton se marchó a regañadientes, y finalmente se quedaron ellos dos solos. La vergüenza de Greg iba en aumento, pero sabía que no podía dejar las cosas de esa manera con Mycroft.
—Usted dirá, Lestrade. ¿O debo llamarle superior?—Mycroft claramente se estaba burlando de él, y Greg sabía que no podía reprenderle por ello.
—Quería disculparme por mi horrible comportamiento y por el malentendido. No debí haberle confundido con un policía, pero todos iban vestidos de etiqueta y no me paré a pensar. En ningún caso tuve que haberle hablado de esa forma... —Mycroft seguía con esa sonrisa en los ojos, claramente divirtiéndose con la situación—. No intento justificarme, pero ese día había sido muy duro para mí y...
—No hace falta que se disculpe más—le cortó Mycroft—, lo entiendo—esa vez fue Greg quien le miró sorprendido—: terminar con un matrimonio tan largo como el suyo siempre es muy complicado, y aún más si ella le engañaba. Y un coche al que hay que golpear para subir la ventanilla desesperaría también a cualquiera. No me quiero imaginar qué me habría gritado si no hubiera vuelto a fumar para calmar los nervios—Greg estaba, literalmente, con la boca abierta. ¿Acaso todos los que se apellidaban Holmes podían hacer eso?—No se preocupe, de verdad. Entiendo el malentendido, y acepto sus disculpas sin ningún problema—Mycroft volvió a sonreír y agarró su paraguas—. De todas formas, yo también le pido una disculpa por derramarle encima el café. Le debo una camisa nueva, y un café. ¿Le apetece ir ahora a algún sitio? Tengo un rato libre, le puedo invitar si quiere.
Greg se esforzó por cerrar la boca, y como volvía a estar en blanco aceptó automáticamente. Era un hombre mucho más razonable de lo que había imaginado, e incluso simpático. No se parecía en nada a su hermano, aunque físicamente sí podía ver parecido entre los dos.
Siguió a Mycroft a través de los pasillos y salieron a la calle, donde les esperaba una limusina completamente negra. El chófer les aguantó la puerta, y Greg pasó primero. Mycroft le dio unas indicaciones al chófer y se sentó frente a él en la limusina. Qué cómodo debía ser no tener que estar dando golpes a la puerta para que suba la ventanilla.
—Han abierto hace poco una cafetería muy humilde y recomendada a la que tenía ganas de ir. ¿Le apetece, Lestrade?
—Sí, suena bien. Y llámeme Greg, por favor.
—Gregory, entonces. Y tutéame, por favor, al fin y al cabo no somos tan desconocidos.
Llegaron a la cafetería y les sentaron en una mesa junto a la ventana. Greg sólo podía decir que esa cafetería de humilde no tenía nada. Solamente con el precio de un café Greg podía comer en un restaurante medianamente normal, por no hablar del precio de una taza de té. Pidió lo más barato que vio, un simple café con leche ya que aún no podía disfrutar de su aumento de sueldo, mientras que Mycroft se pidió un té de 15 libras. A Greg le gustaría saber qué le ponían al azúcar en ese lugar, y sobre todo si era legal.
—Tranquilo, todo aquí es legal. Ya lo he comprobado.
— ¿Por qué todos los Holmes tenéis que hacer eso?
Mycroft se encogió de hombros.
—De hecho sólo lo hacemos mi hermano y yo. Nadie en nuestra familia tiene esa capacidad, aunque sospecho que pudimos heredarlo de alguien de la rama de mi madre. Una artista en concreto, francesa. Los cuadros que conservamos de ella son una maravilla, o eso dicen.
Como Greg no sabía qué decir, no dijo nada. Siguieron callados hasta que les trajeron sus bebidas, y mientras Mycroft se echaba el agua hirviendo en la taza, Greg no pudo evitar decir lo que tenía en la cabeza.
—Me ha extrañado mucho que aceptaras tan bien mis disculpas, la verdad.
Mycroft sonrió mientras dejaba la tetera sobre la mesa.
—Oh, bueno, aunque lo haya dicho realmente no lo he hecho—tomó un sorbo de su té y le miró por encima de la taza.
—Eh... ¿Qué?— ¿Cómo se suponía que Greg debía reaccionar ante eso?
—Me siento inclinado a hacerlo, por supuesto. Muy pocas veces he visto que los razonamientos de mi hermano erraran, y nunca pensé que vería el día en que alguien acertara en su lugar. Sin embargo tú lo has hecho, y yo lo he visto. Simplemente por eso me gustaría perdonarte. El problema reside en que, aparte de mi madre y de Sherlock, nadie me había gritado de esa forma antes. Y eso no me gusta.
Mycroft volvía a tener esa sonrisa que no le llegaba a los ojos, una sonrisa que Greg estaba empezando a temer.
—Ya te he pedido perdón. No se me ocurre qué otra cosa puedo hacer.
—Sinceramente, a mí tampoco. Esperaba que se te ocurriera algo—mientras Mycroft se terminaba su té, Greg pensó que definitivamente esa era la conversación más rara de su vida—. Y a la vista de que a ninguno se nos ocurre nada, lo dejaremos pendiente para la próxima—Mycroft dejó encima de la mesa dos billetes de 20 libras y se levantó de la mesa.
— ¿Para la próxima qué?
—Para la próxima vez que tomemos un café, por supuesto. Me has impresionado, Gregory, y eso sólo lo pueden decir muy pocas personas en todo el planeta. Tengo curiosidad por conocerte.
—Aunque no soportas que te haya gritado—"aunque no me soportas", corrigió mentalmente.
La sonrisa de Mycroft se atenuó, pero esa sí era verdadera.
—Exactamente. Hasta la próxima, Gregory.
En la recepción le dieron su abrigo, su bufanda, su paraguas y se fue del local. Greg vio cómo subía a la limusina y desaparecía entre el tráfico de Londres.
Se terminó el café con tranquilidad, pensando que Mycroft era el hombre más extraño que había conocido en su vida, y qué podía hacer para compensar todos los gritos que le había dado. Pero no encontraba ninguna solución. La primera impresión que le había dado a Mycroft era muy mala, lo que haría que la opinión sobre él no mejorara. No le caía bien a Mycroft, tendría que ir asumiéndolo.
O-O-O-O-O
Llegó en taxi hasta su casa, asombrosamente vacía de periodistas, y subió los cinco tramos de escaleras hasta su piso alquilado. Abrió como pudo la puerta atrancada, la cerró ruidosamente y encendió la luz. Era en momentos como ese en los que se daba cuenta de lo bajo que había caído con el divorcio. Con el poco dinero que le había quedado sólo podía permitirse ese piso que consistía en un salón en el que sólo entraba el sofá de dos plazas, la televisión, una mesilla y una pequeña librería sin apenas libros; una cocina abierta y tan pequeña que prácticamente estaba integrada en el salón (apuntó en un papel que debía comprar un microondas); una habitación que sólo podía tener una pequeña cama de matrimonio (aún no había sacado su ropa de las cajas, así que también lo apuntó en la lista de cosas que hacer); y finalmente un baño en el que había que hacer maniobras para lavarse las manos.
Tiró el abrigo sobre el sofá, se puso el pijama que tenía doblado bajo la almohada y se acostó sin cenar. Era pronto, sí, pero estaba tan cansado que sentía que podía dormir 15 horas seguidas.
Y volvió a soñar con Ana Schmidt, con su mueca de odio y su cuerpo destrozado, y volvió a sentir alegría, pero esa vez porque él la había ayudado. Y como pasó en su primer sueño, la cara cambió. Pero no apareció la de Susie como él esperaba, sino la de Mycroft, sonriéndole malvadamente mientras daba vueltas a su paraguas.
¡Muy buenas! ¿Qué tal os ha parecido este capítulo? Espero que me lo comentéis, me encantaría saber lo que opináis, si hay algún error del que no me he dado cuenta... En fin, esas cosillas :D Y muchísimas gracias a los que me habéis comentado los capítulos anteriores, de verdad me habéis alegrado muchísimo (¡estaba incluso nerviosa!) y espero que la trama os siga interesando.
Poquito a poco se van conociendo Greg y Mycroft, son tan especiales los dos que a saber cómo acabará todo... (bueno, yo sí lo sé xD). Por cierto, tengo que aclarar que el caso de Ana Schmidt me lo he inventado, pero sí hay un relato de Conan Doyle en el que Lestrade resuelve bien el caso, no Sherlock. Eso sí, no me preguntéis el nombre del relato porque no me acuerdo :S Aun así, Ana Schmidt aún dará unas cuantas sorpresas más, jajaja.
Y también aclaro que el personaje de Bickerton también me lo he inventado, no sé si en la serie de Sherlock aparece el nombre del superior de Greg, pero como esto es un Fanfic me tomo la licencia de ponerle un nombre :P
Poco más tengo que contar, excepto que intentaré no tardar mucho en colgar el siguiente capítulo. Por fin voy entendiendo cómo funciona FanFiction (me siento como si hubiera descubierto un hito científico o algo:D)
¡Un beso a todos!
