Capítulo 2.

El mayor se estremeció ante la voz seca del más bajo y el sonido de los huesos de los guardaespaldas traqueando.

–S-sobre eso… Hubo un pequeño…

–No lo esperábamos tan pronto –interrumpió Annie apareciendo de la nada, viendo a los dos hombres tras el mayor–. ¿Y ellos son?

–Erwin y Mike. Ignóralos –respondió haciendo un además para que los hombres relajaran un poco el gesto–. Ahora, ¿dónde está mi nuevo esclavo?

–En unos minutos lo traerán. Vimos conveniente arreglarlo de manera adecuada para que fuese de su agrado.

–Bien, pero que no tarde, tengo cosas que hacer –alegó cruzándose de brazos mientras movía hacia un lado su cadera de forma algo afeminada.

–Falta poco, señor Ackerman. Le pido que sea más paciente –concluyó la rubia antes de retirarse con paso lento y despreocupado rumbo a la habitación donde terminaban de preparar al castaño.

–Tch, espero que valga la pena.

-/-/-

El pequeño Eren se mordía el labio inferior, permaneciendo sentado en la camilla, con las piernas colgando debido a la altura que le daban las patas metálicas. Aprovechando aquello, mecía los pies de adelante hacia atrás con ansiedad y la mente divagando los rincones de sus fantasías raras.

Entre recuerdos y pensamientos pesimistas, el castaño se debatía entre intentar huir sin éxito, o solo quedarse allí esperando para ver qué era lo que tanta preparación ameritaba; pero más importante aún: quién era ese tal Ackerman del que tanto murmuraban en esa sala, ¿un tirano sin alma acaso? Porque su fama no era buena.

–Ya quedaste bien –sonrió uno de los que le ayudaba, levantándolo de un tirón suave.

–Disculpe, quería saber si…

–Recuerda ser cortés con el señor Ackerman, no le gustan los chicos groseros.

–Pero, respecto a eso…

–No te pasará nada, tranquilo. Supimos esconder bien las evidencias –le interrumpió de nuevo, no queriendo responder a nada de lo que le preguntaba–. Debes irte ya, que tengas suerte.

–Es que…

–Adiós, Eren.

La puerta se cerró una vez lo dejaron fuera de esa sala de "cirugía". Un par de médicos llegaron hasta donde se encontraba y le tomaron de los brazos, empezando a tironearlo como si fuese un muñeco de trapo o arena. Un objeto pesado que debían cargar.

El castaño forcejeó en un principio, sintiendo cómo sus zapatos –nuevos y elegantes– se deslizaban por el piso blanco y brillante. Como si caminara en hielo.

Pasaron por el mismo pasillo largo por el que había ingresado, y el agarre de los tipos se aminoró al tiempo que aparecía la rubia de antes, ¿cómo era su nombre?

–Qué bueno que ya estés listo, Eren –dijo la mujer de nariz aguileña para sujetarlo esta vez ella, haciendo una ademán para que los otros dos se largaran–. Dejemos algunas cosas en claro. La primera: serás entregado como esclavo a un vampiro de casta noble, que buscaba primerizos.

–Pero yo no…

–La segunda: Le mentiremos acerca de ti. Eres el único que solo ha sido mordido una vez.

¿En qué demonios estaba metido ahora?

–La tercera: Si le dices que ya te han mordido, quien sufrirá el daño serás tú, no nosotros.

El castaño tragó saliva.

– ¿Entendido?

–Sí.

–Bien, compórtate entonces –le ordenó soltándolo para empezar a caminar–. Es por aquí.

Caminó detrás de ella con las manos sujetas enfrente, viendo el saco gris de cuello tortuga, el pantalón de vaya a saber quién qué material, y sus zapatos sin cordones. Debía ser muy costosa esa ropa, ya que nunca en su vida como humano –no esclavo–, la hubiese llevado puesta.

Se acomodó un poco el cabello y sintió un escalofrío cuando salió a la sala de espera, donde muchos más de su raza le vieron desde sus asientos, no sabía si era lástima o envidia lo que le enviaban con esas miradas, pero se sintió mucho más tenso al sentir la mirada pesada, fría y calculadora del que sería su dueño.

–Señor, aquí está el primerizo.

El pelinegro lo examinó, lucía tímido y resguardado. "Virgen" pensó, rodando los ojos, se notaba que era la primera vez que veía a tantos vampiros juntos.

Hizo un ademán ordenando a los dos rubios que lo acompañaban que fueran al auto, lo que hicieron al instante.

–Nombre.

– ¿Disculpe? –Indagó el muchacho con voz queda, escuchando cómo la rubia aclaraba la garganta y le veía con el par de ojos fríos que podrían competir contra los otros azules y sombríos que le veían–. Oh, perdone, mí señor. Soy Eren.

–Eren –repitió el pelinegro–. Bien, sígueme.

El menor asintió y le dedicó una mirada fugaz a la rubia y pudo ver a Armin saliendo de las donaciones, ambos se vieron en silencio, sorprendidos, luego la puerta que durante años había observado en espera de su madre se cerró tras él, abriéndose ahora la del auto del vampiro.

–Sube –volvió a ordenar una vez estuvo dentro. El castaño espabiló y asintió tomando asiento en la ventana contraria al desconocido, mordiéndose el labio inferior.

El transcurso hubiese sido silencioso de no ser porque el vampiro cada nada atendía llamadas. Se notaba ocupado y con la agenda llena hasta el tope, lo cual al parecer era lo que le mantenía frunciendo siempre el ceño. O eso creyó.

El cambio de escenario había sido drástico para él, había pasado del barrio hogareño y feliz de los humanos, a cruzar la vía del hospital y descubrir un universo de empresas enormes, rascacielos, muchos autos lujosos, mujeres con abrigos de piel que paseaban perritos que más que eso tenían pinta de ratas finas, luces públicas que empezaban a encenderse, vías perfectas, orden extraordinario y casonas. No muy abundantes, pero enormes.

En una de esas debía vivir el vampiro, en una casa grande, de dos pisos, con diez habitaciones, tres baños y un patio trasero cercado, con un perro grande. Sí, debía ser así.

–Deja esa cara de idiota –escuchó de pronto, haciendo que se girara.

–Lo lamento –se encogió de hombros y continuó viendo por la ventana, esta vez, disimulando su asombro.

Pero el auto no se detuvo en las casonas. Para nada, continuó andando, lo que le tomó desprevenido. Quiso preguntar, pero prefirió esperar otro poco, lo que le alarmó aún más cuando empezó a ver hogares mucho más grandes e imponentes. Y llegó a ver uno que no pudo creer como propiedad del pelinegro, sino de uno de esos sabios de los que tanto hablaban. Pero no, era allí. Demonios. Qué palacio más hermoso.

Y jodidamente grande. Demasiado para una persona y su esclavo.

Ingenuo.

El auto aparcó y pudo bajarse una vez el rubio número dos –pues no sabía sus nombres–, de barba y ojos oscuros y pequeños, abrió la puerta. Una vez fuera abrió los ojos con fascinación, encontrando ese lugar de arquitectura barroca más hermoso que nada en el mundo.

–Es… –hizo silencio, no porque su amo pudiese enojarse, sino porque sintió cómo alguien le olisqueaba el cuello de forma descarada y le hacía ponerse rígido.

–Oi, Mike, déjalo.

El rubio lo vio y asintió, empujándolo un poco para que avanzara e ingresaran.

Un par de puertas enormes se abrieron de par en par, mostrando un enorme recibidor, con un sofá rojo de bordes hechos en madera tallada, en frente una mesa mediana de baja altura, otros dos asientos a juego, y una chimenea. Todo en medio de un par de escaleras anchas en mármol de carrara cubiertas por una alfombra pulcra –roja también– que daban al segundo piso, y antes de todo eso, un séquito de mucamas y mayordomos –todos humanos solo mordidos por el noble presente–, inclinados haciendo una calle de honor para dar paso al pelinegro y su nuevo integrante. Una voz coreada de hombres y mujeres dio la bienvenida al hombre y los demás mientras caminaban, Eren dando saludos discretos una vez los sirvientes se irguieron, Levi caminando como si nada, y los hombres de atrás empujando al castaño como si fuese un preso yendo hacia su celda.

Aunque así era como realmente se sentía.

Caminaron por el lugar, el pelinegro ingresó a su vestíbulo junto con los mastodontes, mientras una de sus mucamas, Petra Ral, acompañaba al castaño y le llevaba a su habitación.

Ella le había contado un poco sobre las costumbres de su señor, para que no le tomaran por sorpresa a la primera.

–Entonces… –El castaño mantuvo la voz suave, sintiendo que había orejas en las paredes–. ¿Es un adicto a la limpieza?

–Es otra forma de decirlo, sí.

–Por eso escoge primerizos.

–Sí –la mujer vaciló un poco y se acomodó. Ambos estaban sentados en la cama del chico–. A él le causa… asco, saber que sus esclavos pudieron haber sido mordidos por otro. Más que una cuestión de orgullo, es de higiene.

–No puedo creerlo –se cubrió la boca, asombrado.

–También se toma su tiempo. –Vio el gesto confundido del castaño y continuó, sonriendo–. Él prefiere que el humano se acople y no ande lloriqueando para cuando lo muerda, así que le da un tiempo.

–Y… ¿de cuánto tiempo hablamos? –Indagó el chico, jugando con sus manos, nervioso.

–Eso depende de lo que demore cada uno.

–Pero… ¿cómo podría saber cuándo se siente listo o no?

–Le decimos.

–Imposible. Es un chupa sangre, a ellos es mejor no permitirles tocarte un pelo. Son repulsivos –dijo en voz baja pero odiosa, haciendo un gesto cargado de odio.

–Eso dices ahora. Eso decimos todos recién llegamos –aseguró la mujer, suspirando–. Pero te acostumbras. Llegará el punto en que te resignes y le des de tu sangre.

– ¿Por qué? No la merece.

–Porque fue lo suficientemente paciente como para aguantar el odio que le profesó cada uno de nosotros durante ese proceso –hizo una breve pausa y se sentó más erguida–. Aunque intentásemos ocultarlo, él ya sabe diferenciarlo.

El muchacho no entendió en absoluto cómo es que la mujer hablaba así de una de esas bestias.

–Algún día entenderás –le aseguró la joven, mostrando una sonrisa cansada y forzada, levantándose para salir de la habitación.

Eren solo suspiró, dejándose caer en la mullida y cómoda cama que le habían preparado, era de esas antiguas camas matrimoniales, grande, con cuatro columnas delgadas de madera tallada que daban hasta un poco más abajo del techo, donde había una placa de madera liviana y delgada cubierta por tela negra que parecía ser seda y un poco de espuma, para darle sensación de abullonado, sus bordes eran tela tejida en arandelas, y de allí caían cuatro velos hasta un poco más arriba del suelo. Sobre esos velos, cortinas rojizas, ambas cosas recogidas en cada columna de madera con un listón amarrado en un moño perfecto. Y ni hablar del tendido, las almohadas cómodas y el colchón.

Podía darse el lujo de pensar, por un momento, que se encontraba en la edad media y era un príncipe o un rey.

Qué cosa.

-/-/-

En el vestíbulo, por el contrario, Levi se mantenía sobándose las cienes, irritado.

–Señor, él no…

–Ya lo sé, idiota. No tengo tan mal olfato. –Gruñó el pelinegro, casi tirando uno de los adornos que descansaba sobre la mesa frente al sillón donde estaba sentado, frente a otra chimenea, enorme e imponente, ardiendo justo en ese momento–. Los idiotas me vieron la cara.

–Señor, si nos permite podríamos encargarnos de eliminar al doctor y a la mujer que le ayudaba.

–No podemos. Si les permitiera eso tendría a todo el consejo de sabios encima. No. –Negó con voz fuerte, levantándose con una copa de vino añejo, caminando hasta estar frente de las llamas que reclamaban con furia, crujiendo–. Tráelo –ordenó de pronto con tono de voz rasposo y enojado, haciendo que Mike se tensara y asintiera con sigilo, levantándose de su lugar para retirarse viendo por última vez a su colega y amigo, Erwin, quien asintió hacia él como si le diera su apoyo.

-/-/-

El castaño, luego de unos minutos de descanso, levantó la mirada al sentir el toque suave de Petra en la puerta, quien sonreía forzado de nuevo, lo que ya no le parecía raro.

–E-Eren… ¿podría salir un… un momento? –Dijo de pronto, abriendo los ojos como si le advirtiese de algo.

–Claro –dijo levantándose, con la interrogante marcada en la cara a medida que avanzaba y la muchacha mascullaba cosas entre dientes, nada que él entendiese.

Un pie afuera, uno y fue suficiente para que Mike tomara de los brazos a Eren y se lo echara al hombro como si de una maleta de escuela se tratase. El muchacho no alegó, intentó soltarse a la primera, pero no hizo ruido alguno de protesta, solo se descolgó viendo la figura de petra que susurraba un suave "Lo siento". No importaba, de todas formas no creía que recibiendo las señales de alerta que le había dado, hubiese podido haber hecho algo.

Suspiró resignado e intentó hablar con el rubio, estando algo nervioso y tenso.

– ¿Qué está sucediendo, señor? –Murmuró con voz temblorosa, lo cual no había salido como él hubiese querido.

–Debes decirle todo.

–No entiendo de que…

–Todo acerca del que te mordió primero.

Sus sospechas se esfumaron y se vieron reemplazadas por un pánico que se instaló en su pecho de forma insoportable, causándole una sensación de vértigo y mareo. Lo mataría, el tipo ese lo mataría y no había sido culpa suya. Ah, vida triste.

Llegaron al vestíbulo y se abrió la puerta, desde donde el rubio lanzó al chico, haciendo que diera contra el suelo y soltara un gimoteo, adolorido.

–Habla –exigió el pelinegro tan pronto lo tuvo en frente, ordenando a los dos hombres que se fueran.

Las puertas se cerraron y solo quedaron ellos dos.

–Yo no… –se levantó como pudo y gruñó, el tipo lo había estampado con fuerza sobre humana. De seguro le habría roto algo en el proceso.

–Dije que hables.

–E-eso hago…–Alegó, viendo al contrario molesto a más no poder–. No sé nada. Ellos me llevaron a una habitación… La… 666, si no estoy mal –elevó la mirada intentando recordar bien, sentía que con cada vacilación suya la ira del otro aumentaba–. Allí me esperaba una vampiresa, nunca me dijo su nombre, solo me mordió apenas llegué. Lo único que sé es que me hizo sentir como una escoria, un afortunado de que me estuviesen mordiendo. Luego apareció esta rubia cuyo nombre no me dijeron tampoco.

–Annie –interrumpió el otro, para que sus relatos no sonaran tan al azar.

– ¿Ese es su nombre? –No recibió otra respuesta que el traquear de los huesos del otro–. B-bueno, Annie mató a la vampiresa alegando que había causado un desastre en esa habitación, me levantó, llamó a los de limpieza y me sacó de ahí…

Se mordió el labio y lo vio, en verdad era una situación tensa.

–Continúa, no he autorizado que te detengas –demandó su dueño con tono brusco.

–Sí… sí señor –tragó saliva–. Me curaron y sacaron mi sangre del estómago de la mujer, eso creo, y volvieron a ponerla en mi cuerpo.

El rostro del Ackerman se deformó en un gesto lleno de asco y desagrado. Lo que había dicho Petra no era exagerado.

–Luego me curaron las heridas y… me entregaron.

– ¿Por qué no hablaste?

–El miedo no me dejó –dijo honesto, jugando con sus dedos–. Me dijeron que si lo descubría yo sería el único en quien podría descargar la ira… Y… –se detuvo, justo ahora él podría matarlo si quería.

El vampiro lo miraba con verdadera repulsión, lo que le hizo enojarse, aunque experimentaba tantos sentimientos juntos que ya no sabía qué demonios tenía.

Tragó saliva de nuevo y esperó, viendo cómo el pelinegro avanzaba hacia él, haciendo que retrocediera y diera contra la pared junto a la puerta. Allí estampó uno de sus brazos y le miró enojado, mostrándola ese par de colmillos amenazantes y un par de ojos ahora carmesíes y profundos.

–Debería matarte.

Al escuchar eso, casi como acto reflejo, echó a correr haciéndolo a un lado como pudo. Abrió la puerta del vestíbulo y corrió, corrió con todas sus fuerzas, pasando por los pasillos.

Faltaba poco para su habitación, al menos allí podría encerrarse y ver cómo escapaba de es infierno. Tal vez matarse de una forma menos dolorosa de la que pudiera estar planeando ese hombre que le venía persiguiendo como el diablo al que se le escapa un alma. Él era esa alma.

Jah, "como alma que lleva el diablo". O al revés, por ambos lados era lo mismo. Un cazador siguiendo a la presa.

Todos los sirvientes de esa casa quedaron anonadados, nunca habían visto al amo y señor de la casa fuera de sus casillas, mucho menos persiguiendo a uno de sus esclavos a una velocidad que dejaría a cualquiera helado. Lo alcanzó en menos de nada, y cuando iba a atraparlo, con manos que ya parecían garras, sus reflejos le advirtieron de la repentina intromisión de Petra en su camino, quien cayó "accidentalmente" en medio de su recorrido, devolviéndole la ventaja al castaño.

–Lo-Lo siento señor…

–Tch –bufó, continuando con su persecución tras el idiota que no le había dejado terminar de hablar si quiera. Maldito mocoso de mierda.

Eren, por otro lado, llegó a su habitación volviendo a ser alcanzado por el pelinegro, quien envió la mano casi sujetando la espalda del muchacho, hasta que una extraña corriente lo repelió por completo, haciendo que retrocediera y maldijera por lo bajo.

El muchacho miró asombrado, había caído al suelo y visto cómo el vampiro no había podido ingresar a su habitación.

Éste le dedicó una última mirada molesta y frívola para retirarse con paso firme.

– ¿Pero qué…?

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Holi *w*

Lamento mucho la demora con la actualización. Espero que les guste.

Em... quería aclarar a una usuaria -cuyo nombre no recuerdo, lo siento- que Levi no seleccionó a Eren específicamente, él solo preguntó por un primerizo, y salió por azar. Eso fue todo :)

Muchas gracias por los reviews, me animan mucho.

¡Nos leemos!