Capítulo 3

Maquinaria exquisita

La vida orgánica era un misterio.

Caprichosa y perecedera, se las había arreglado para encontrar su lugar en el universo.

Espectáculo morboso para algunos, objeto de estudio para otros… Lo cierto era que no había Cybertroniano que no se hubiera maravillado alguna vez de las excentricidades de la vida orgánica, especialmente desde que la milenaria guerra entre Autobots y Decepticons había traspasado las fronteras de la inteligencia artificial.

Entre todas las diferencias, había una que era en sí misma un abismo, que hacía imposible cualquier argumento en torno a probables similitudes entre la vida orgánica y la mecánica.

El transcurso del tiempo.

Mientras que los Cybertronianos habían sido bendecidos con la juventud eterna, los orgánicos empezaban a morir desde el momento mismo en que nacían. Sus fluidos y órganos se deterioraban a cada segundo que pasaba, cumpliendo un ciclo de vida tan frágil como reducido.

Pero esa contradicción era precisamente lo que hacía de la vida orgánica una maravilla, algo cercano a un milagro.

Milagro, o un desperdicio.

Mientras los ópticos de Nocturne contemplaban el planeta Tierra por primera vez, el escenario cumbre de la existencia de la vida orgánica, no pudo evitar pensar en que todas esas diferencias entre vida artificial y natural se habían disuelto para ella.

¿Qué importancia tenía la juventud eterna, si su vida podía terminar en cualquier momento por el capricho de otros?

Todas las expectativas que se había hecho sobre la primera vez que sus ópticos contemplaran el planeta Tierra se destruyeron en un instante, eclipsadas por su incierto y maldito destino.

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Astrotrain entró en la atmósfera terrestre de la misma manera como tantas otras veces lo había hecho antes: indiferente.

Los sensibles circuitos de Nocturne captaron la composición de gases que creaba esa frontera invisible entre el espacio exterior y el planeta orgánico. El nitrógeno predominaba por mucho, pero pronto la atención científica de Nocturne fue desviada hacia el elemento que monopolizaba la mayoría de la plana superficie de ese mundo extranjero.

El enorme manto azul de hidrógeno y oxígeno recibió a su nueva visitante con olas furiosas.

Fue con asombro como Nocturne contempló esa enorme extensión acuática, que expresó su magnífico poderío de vida y muerte.

Viendo la interminable danza azul, no pudo evitar maravilllarse ante la belleza del oceáno terrestre. El planeta Tierra era sin duda una maravilla. Era como si fuera una entidad viva. Cada ola era un respiro, un pulso intermitente que mantenía el ritmo perfecto de las armonías de la vida misma.

La Tierra… la maquinaria más exquisita.

Y aún así el planeta tenía una gran ironía. La evolución avanzaba rápidamente. De la gran portadora de vida y belleza que era ahora, pronto se convertiría en un desolado mundo muerto. Era el testamento, el precio que tendría que pagar el planeta Tierra a cambio de sus presentes glorias.

El Océano Atlántico embraveció su rabia cuando una inmensa torre metálica emergió entre sus olas y una enorme compuerta se abrió. Atrás de ella, sólo se veía oscuridad.

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El temor regresó cuando el cielo y el mar desaparecieron de la vista para dejar su lugar a una violácea pared metálica. Nocturne trató de aferrarse al recuerdo de ese fugaz paisaje terrestre, último vestigio de libertad.

Sintió, más que oyó, una presencia acercándose a ella. Nocturne tembló pero se atrevió a mirar sobre su hombro. Soundwave, su amo, estaba de pie justo atrás de ella.

¿Qué se suponía que debía hacer ahora? Sabía muy poco del mecanoide que había sido designado como su dueño, pero era más que obvio que el Oficial de Comunicaciones Decepticon era bastante silencioso y frío.

Se levantó del piso por instinto. El viaje había terminado y la verdadera pesadilla comenzaba ahora.

Soundwave se dirigió hacia la escotilla abierta de Astrotrain y ella lo siguió. Los otros Decepticons ya habían abandonado la nave.

Apenas había puesto un pie fuera cuando la voluminosa forma de Astrotrain se transformó en su modo bípedo y redujo su tamaño considerablemente. Pocas veces había visto Nocturne un Transformer capaz de reacomodar de esa manera su volumen. Los Triplechangers eran famosos, además de sus dos modos alternos, por su habilidad de expandir o contraer, según fuera el caso, sus dimensiones reales cuando se transformaban.

Pero cualquier rastro de interés científico se esfumó cuando captó los lujuriosos ópticos de los tres Coneheads, que la miraban con descaro mientras sostenían su decodificador de frecuencias.

Nocturne bajó la cabeza. A pesar de estar rodeada de un panorama tan desolador, nunca faltaba algo que le recordara justo cuán cruda era su situación. Dudaba que alguna vez se acostumbraría, aunque estaba segura de que su vida sería bastante corta.

-Soundwave, inicia la fase dos inmediatamente. No pasará mucho tiempo antes de que Prime tome represalias por nuestro regalo,- dijo Megatron, rompiendo el incómodo silencio.

-Como ordenes, Megatron.

La monotónica voz de Soundwave reverberó por toda la plataforma de lanzamiento mientras descendía hacia su destino final en el fondo del oceáno. Los avanzados sensores auditivos de Nocturne decodificaron la melódica frecuencia de esa voz, cada armónico una perfección en sí mismo. Bajo otras circunstancias, la científica Autobot la hubiera encontrado hermosa.

La plataforma de lanzamiento tocó fondo y las puertas dobles se abrieron. Nocturne titubeó. Si le quedaba alguna vana esperanza de libertad, murió en ese momento. Una vez adentro de la base Némesis, no había retorno para un Autobot.

La fémina miró instintivamente a Soundwave, que ni siquiera parecía notar su presencia. Megatron salió primero, seguido de los tres Coneheads. Nocturne estaba a punto de dirigirse hacia Soundwave cuando una mano azul se estrelló violentamente contra la pared al lado de ella, impidiéndole el paso y casi tocando su rostro.

-Dos ciclos,- susurró Starscream, sus ojos entrecerrados brillando con lujuria y rozando con su boca el cuello de Nocturne. –En menos de dos ciclos serás mía.

Fue todo lo que el Comandante Aéreo Decepticon dijo antes de salir de la plataforma, no sin antes dirigir una mirada asesina a Soundwave, que le respondió con estoica frialdad.

El inexpresivo visor rojo brilló fugazmente. Habían pasado apenas unas pocas horas pero Nocturne ya estaba aprendiendo a interpretar las escasas señales de reconocimiento que el Decepticon le dirigía. Su presencia la atemorizaba, pero sin duda fue mejor esa férrea fachada a la multitud de miradas perversas que se clavaron en ella en cuanto puso un pie fuera de la plataforma de lanzamiento.

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Los rumores viajaban más rápido que la luz, su velocidad muy cercana al del razonamiento mismo.

Los cuerpos de los Autobots asesinados en el espacio todavía estaban calientes cuando Dirge ya se había encargado de hacer llegar las buenas noticias a sus camaradas en la Tierra.

Empezaron las bromas, los comentarios obscenos, las manifestaciones de la lujuria común… Desde que los Decepticons habían sido reactivados en el planeta Tierra, ninguna noticia había sido recibida con tanto entusiasmo.

Una prisionera femenina… ¿Qué podía ser mejor?

Por supuesto, el que la Autobot hubiera sido otorgada a Soundwave era un obstáculo mayor, pero no lo suficiente para reprimir la algarabía general.

Por eso no fue sorpresivo que cada Decepticon que habitaba la base Némesis estuviera presente para recibir a la ya famosa prisionera. Multitud de ópticos rojos se deleitaron con la vista del objeto general de deseo, que evitó a toda costa hacer contacto visual con cualquiera de sus captores.

-Primus, está aún mejor de lo que dijo Dirge…- murmuró Scavenger, sintiendo que su temperatura corporal subía al punto de ebullición.

-Muy delgada para mi gusto. La partiría en dos antes de que realmente pudiera empezar a disfrutarla,- espetó Onslaught con desdén.

-Brutos como ustedes no saben nada. Una obra maestra de la ingeniería como esa requiere de cuidados especiales que sólo un maestro de la seducción como yo puede otorgar,- intervino Skywarp, paseando su mirada indiscriminadamente por cada curva del cuerpo de la Autobot.

Exclamaciones similares se escucharon libremente entre las dos decenas de Decepticons que se empujaban entre ellos para obtener un lugar preferencial en el curioso espectáculo que era la angustiada Autobot.

-¡Silencio!- rugió Megatron. -¡Regresen de inmediato a sus deberes!

Había algo aterrorizante en la manera en que Megatron movía su brazo derecho cuando imponía una orden. Mortales figuras se formaban en el aire a medida que cierto cañón de fusión se movía imponente.

La multitud se disolvió con desgano, aunque no dejaron de violar a Nocturne con sus miradas ni de imaginar diversas maneras de disfrutar su cuerpo.

Soundwave sujetó el brazo de Nocturne y la arrastró hacia una puerta adyacente. Ella no se resistió, abrumada por cada mirada y por cada comentario obsceno que seguía llegando a sus audios.

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El área de celdas era oscura; eso no fue ninguna sorpresa. Débiles luces apenas alumbraban el pasillo, dejando los calabozos casi a oscuras.

Nocturne miró de reojo a Soundwave, quien aún sujetaba su brazo. El Oficial de Comunicaciones Decepticon caminaba mirando al frente, su inexpresivo rostro imposible de leer.

Nocturne se preguntó qué estaría pensando. Imposible saberlo, como también imposible saber qué le esperaba al final de ese pasillo. Ese Decepticon no podía ser muy distinto a los otros. Tal vez Soundwave sólo estaba esperando para tener un poco de privacidad antes de concretar los peroes temores de la Autobot.

Él la atemorizaba, mucho más que los otros. Se sabía que los Decepticons eran enemigos de las sutilezas, brutales por naturaleza y enemigos de cualquier manifestación de compasión. Pero Soundwave parecía ser diferente. Su frialdad era demasiado profunda; tenía que tener un origen mucho más complejo que la mera falta de expresión. Nocturne se preguntó a cuántos Autobots habría matado el silencioso Decepticon sin que su chispa sintiera el menor indicio de emoción.

Incluso la manera como la sujetaba no reflejaba nada. Era un agarre firme, en absoluto delicado, pero tampoco agresivo.

Llegaron al final del pasillo y, sin decir palabra, Soundwave empujó maquinalmente a Nocturne dentro de una celda abierta. Siguiendo un comando mental, unos barrotes de energía pura se activaron y separaron a la esclava de su amo. Dueño y propiedad se miraron el uno a la otra, sus rostros iluminados por los brillos púrpura de los barrotes.

El visor óptico de Soundwave encontró los ópticos azules de Nocturne. Más que una mirada fugaz, hubo algo casi intenso en la manera cómo la miró, casi como si estuviera tratando de entrar a su chispa misma. Pero fuera de eso, el Decepticon no transmitió nada más que indiferencia. Ni lujuria, ni odio… un completo vacío.

Nocturne sostuvo su mirada intrigada. Los brillos purpúreos de las barras de energía crearon duras sombras en la alta figura del robot azul y blanco. Cara a cara por primera vez, su ahora dueño era un completo enigma.

-Laserbeak, Buzzsaw, emerjan. Operación: vigilancia,- dijo Soundwave, rompiendo el silencio mientras oprimía un botón en su hombro. Su compartimiento pectoral se abrió y dos formas estrechas y cuadradas emergieron. Se transformaron de inmediato en un par de bestias aladas robóticas que volaron hacia el techo y se convirtieron en dos estatuas inmóviles, sus ópticos fijos en la celda de Nocturne.

Sin decir nada más, Soundwave dio media vuelta y se alejó, sin dirigir una última mirada a la que ahora era su posesión.

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Cuando el sonido de los pasos de Soundwave no era más que un recuerdo, Nocturne contempló su prisión, analizando minuciosamente cada detalle. Las paredes metálicas reflejaban débilmente las luces del corredor de afuera. Era el resplandor de los barrotes de energía lo que bañaba la celda en una fantasmagórica oscuridad púrpura.

Miró con un escalofrío las celdas vacías que estaban enfrente y al lado de la suya. Se preguntó cuántos Autobots habrían pasado sus últimos momentos ahí. ¿Cuántos habrían sido torturados, despojados de toda dignidad?

Le dio la espalda al corredor y se sumergió en la oscuridad. Las miradas penetrantes de sus captores volvieron a su memoria, agrediéndola con su crudo hedonismo.

Pero el destino incierto que le aguardaba en manos de su silencioso dueño la aterrorizaba aún más. Incluso la muerte sería mejor que los horrores que pronto viviría, de eso estaba segura.

Muerte.

Siempre era una posibilidad en la guerra, aunque nunca como hasta ese momento la fragilidad de la vida fue tan clara.

Tiempo y Muerte; una simbiosis siniestra.

En el silencio que reinaba, Nocturne podía escuchar el sonido de su propio energon circulando por su cuerpo, manteniendo en funcionamiento sus sistemas. Entrecerró sus ópticos y escuchó intensamente, cada pulsación anunciando el transcurso de preciosos astro segundos. El paso de la vida misma.

Cerró sus audios a cualquier otra cosa y se concentró únicamente en ese ritmo, desesperadamente tratando de hacerlo correr con más lentitud, de que le diera más tiempo.

Pero, como un metrónomo, continuó sin piedad su marcha.

Nocturne activó sus ópticos de nuevo y bajó la cabeza. No podía entender cómo las criaturas orgánicas del planeta Tierra podían aceptar sus fugaces existencias tan fácilmente. ¿Cuál era el propósito de la vida si podía extinguirse en un respiro?

Suspirando silenciosamente, se movió más hacia la oscuridad.

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Los pasillos de la base Némesis se comportaban de acuerdo a las circunstancias. Si había un fracaso reciente, se mostraban solitarios; nadie quería arriesgarse a la posibilidad de encontrarse con Megatron y ser blanco de su furia. Por el contrario, un ambiente de relajación predominaba cada vez que una misión culminaba con victoria.

Ese era uno de esos días. No sólo los Decepticons se habían adueñado del último gran invento de los Autobots, sino que les habían infringido una profunda herida también. Un escuadrón completo de enemigos exterminados iba en camino a la Tierra para probarlo.

Animados ecos de conversaciones llegaron a los sensibles sensores auditivos de Soundwave mientras se dirigía hacia el ancho corredor que llevaba a sus cuarteles personales. Sus pensamientos estaban ajenos a cualquier pensamiento perecedero sobre victoria. Sus prioridades eran otras. La labor que le debía al Imperio era interminable, y pequeñas satisfacciones nunca lo habían distraído de su perpetua búsqueda por la gloria suprema.

La presencia de Swindle fue evidente mucho antes de que su sombra fuera perceptible.

Soundwave lo ignoró y continuó caminando, a pesar de que era obvio que el Combaticon lo estaba esperando.

-Soundwave,- dijo Swindle.

-¡Soundwave, espera!- repitió, sujetando el brazo del Oficial de Comunicaciones para enfatizar sus palabras.

El hecho de que Soundwave nunca mostraba emociones ante sus camaradas no le impedía mandar advertencias sobre posible furia.

Un fugaz brillo en su visor óptico fue todo lo que bastó para que Swindle soltara su brazo rápidamente.

-Cálmate, sólo quiero hablar contigo…- se apresuró a explicar el Combaticon. Como todo Decepticon, sabía que había ciertas líneas que nadie podía cruzar con el Oficial de Comunicaciones.

-Hablar: innecesario,- respondió Soundwave, despreciando ese inútil intercambio de palabras que no representaba para él más que una pérdida de tiempo.

-Seré breve,- continuó Swindle, sabiendo perfectamente que la paciencia del Oficial de Comunicaciones era muy limitada en todo lo que no se refiriera a sus deberes. –La chica… es una gran oportunidad, ¿sabes? Todos pagarían muy bien por un rato a solas con ella. Yo arreglaré los encuentros e iremos a medias con las ganancias. ¿Tenemos un trato?

Soundwave no respondió. El Combaticon odiaba eso, el no saber lo que pasaba por la mente de su inexpresivo camarada. Le temía también. Siempre era mejor negociar con mecanoides temperamentales; la violencia siempre era una buena señal. La agresión era fácil de canalizar hacia sus intereses. Pero con Soundwave nunca se podía estar seguro de nada.

-Negativo,- contestó simplemente el Oficial de Comunicaciones mientras continuaba caminando por el pasillo.

-Pero… pero… ¡todos darían la mitad de su energon, incluso sus raciones completas! No puedes dejar pasar una oportunidad así… ¡Te daré el sesenta por ciento, el setenta!- suplicó Swindle.

Soundwave ignoró al Combaticon y desapareció por el corredor. Swindle dio un furioso puñetazo en la pared. Sabía perfectamente que una vez que Soundwave emitía una opinión no la cambiaba nunca. Y lo conocía lo suficiente bien como para saber que insistir en ese momento representaba un serio peligro. Y Swindle valoraba su vida. Los mecanoides muertos no podían negociar, después de todo.

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Dos horas.

Ciento veinte minutos terrestres, siete mil doscientos segundos…

Los humanos tenían maneras muy simples de medir el tiempo. Como todo Autobot asignado a la Tierra, Nocturne había sido sometida a un entrenamiento especial en lo referente a las costumbres y cultura básicas terrestres. La medición del tiempo había sido parte importante, por supuesto.

Y había probado ser la más efectiva hasta ahora. Dos horas habían pasado desde que Soundwave la había encerrado en esa oscura celda, en las que su única compañía habían sido la vibración intermitente de las barras de energía y la ininterrumpida vigilancia de las dos pequeñas bestias robóticas en el techo.

Laserbeak y Buzzsaw. Había oído de ellos, pero ningún conocimiento sobre sus características técnicas la preparó para esos dos pares de agudos ópticos rojos que la observaban en silencio, estudiando cada uno de sus movimientos, o su ausencia de ellos en este caso. Nocturne apenas se había movido en esas dos horas, acurrucada en el fondo de la celda.

Oscuridad. Como el cálido abrazo del Universo, la penumbra envolvía el cuerpo de Nocturne con una gentil caricia. Pero esta oscuridad estaba muy lejana del brillo intermitente de las estrellas del espectro espacial. Esta oscuridad era fría y estéril, nacida del odio y la dominación.

Nocturne tembló lentamente. Una mezcla de resignación y desolación la bañó como un envolvente líquido, haciendo que la derrota se deslizara por sus hombros. Sus desesperados ópticos se fijaron en el pasillo en un inútil intento por engañar la claustrofobia, buscando un santuario de las agudas miradas de sus dos silenciosos vigilantes.

Un repentino brillo afuera captó su atención, como un recordatorio momentáneo de las estrellas que estaban tan fuera de su alcance en ese momento. Diminutas partículas de polvo flotaron en el aire, brillando en la escasa luz que proporcionaban las barras de energía. Una sonrisa triste se formó en los labios de Nocturne.

Polvo. Otro manera que tenía el tiempo de manifestarse; una proclamación de la derrota de su vida.

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Nocturne no se había recargado en más de dos ciclos. La fatiga y la necesidad de energizarse activaron las alarmas secundarias de sus sistemas, pero ella se negó a ceder al cansancio. Hasta entonces había corrido con suerte y permanecía sin daño, pero esa pequeña victoria no significaba nada. Estar alerta era su única prioridad.

Rehúsarse a entrar en modo de recarga probó ser una sabia decisión. Pasos furtivos empezaron a escucharse en el corredor, muy alejados de su celda. Dos Decepticons se acercaban. Los sensibles audios de Nocturne siempre habían sido su orgullo pero ahora sólo le traían los presagios de la pesadilla que se avecinaba.

Miró hacia Laserbeak y Buzzsaw pero ellos permanecieron inmóviles, indiferentes a los pasos ansiosos que se acercaban cada vez más.

Nocturne se puso de pie y se acercó a los barrotes, su impotencia creciendo a la par que su miedo. Dos sombras altas ya eran perceptibles, su cercanía anunciando total perdición. Desesperada, clavó su mirada en los fríos ópticos de Laserbeak, que emitió una especie de graznido.

Él podía verlo a través de esos ópticos, estaba segura… Su amo, su dueño… Su aterrorizada mente se aferró a su nombre, el único nombre en el que podía depositar algo que todavía podía llamar esperanza.

Soundwave…

Continuará.



Muchas gracias por sus comentarios. Espero hayan disfrutado este capítulo. Muchos saludos :o)