Summary Reconstruir una nación requiere de sacrificios. Sabiendo que la Nación del fuego no aceptará a una Maestra Agua, Katara se hace a un lado de su incipiente relación con Zuko y lo incita a buscar la grandeza de la nación junto a la noble de la Nación del Fuego Mai. Zutara

Ritmo de lluvia

Capítulo Tres

Por DamageCtrl

Disclaimer: No soy dueña de Avatar: El último Maestro Aire ni nada relacionado con él.

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N/T: Yo no soy dueña del argumento, sino que pertenece a DamageCtrl, yo sólo me limito a traducir lo que ella escribió en inglés, con su autorización por supuesto.

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Alguien golpeaba apremiantemente las pesadas puertas de madera que conducían al dormitorio de Zuko. Katara se giró en la cama, cuidadosamente apenas retiró la frazada de su cuerpo, mostrando solo la cabeza. Parpadeó, ajustando sus ojos a la luz del sol que entraba por las ventanas.

-¿Quién es…? –refunfuñó.

-Katara, querida –la voz de Iroh le respondió del otro lado de las puertas-. Me temo que tendré que pedirte que te levantes.

-¿Qué…? –Katara volvió a darse vuelta y observó la cama de dosel que no le era familiar, encima de ella. Entornó los ojos. ¿Cuándo instalaron eso?

-Tu hermano no te encontró en tu cuarto y te está buscando. No puedo ni imaginar lo que hará si descubre que estás durmiendo en la cama de mi sobrino.

Eso la despertó. Se sentó en la cama, rígida y alerta con los ojos escrutando esa habitación que le era desconocida. Cama con dosel rojo. Paredes rojas. Cortinas rojas. Miró hacia abajo y tragó con dificultad. Sábanas rojas... Cerró los ojos y gimió, partiéndose la cabeza, tratando de recordar que había pasado. Se había quedado dormida afuera, junto al estanque… alguien que olía a té la había traído adentro. Ese alguien probablemente fuese Iroh. Y después… Zuko la había encontrado.

Recuerdos vagos de esa mañana regresaban a su cabeza, haciéndola ruborizar. Parte de ella encontraba difícil de creer que él se había disculpado tan descaradamente por haber "llegado tarde". Le había tomado la mano mientras ella estaba acostada sobre esas almohadas sumamente mullidas. Se sentía segura y abrigada. Y a Katara eso le gustaba.

-Entonces quédate.

Sintió que se le aceleraba el corazón, al recordar sus palabras. ¿Realmente quería que se quedara? Una amplia sonrisa atravesó sus labios y se dejó caer de vuelta en la cama, contenta.

-¿Katara? ¿Katara, estás despierta? –volvió a llamar Iroh.

-¡Sí! –gritó, incapaz de dejar de sonreír abiertamente.

-Será mejor que te levantes pronto. De un momento a otro, tu hermano vendrá en tu busca y me temo que terminemos con un Señor del Fuego menos –Iroh soltó una risita ahogada.

Katara entonces rió tontamente y agarró el borde de la manta. Se la quitó de las piernas y se escabulló a un lado de la cama. Brevemente, se preguntó por dónde andaría Zuko. La última vez que lo vio, salía por las puertas… Se estremeció en la orilla de la cama. Apretó las sabanas con fuerza, recordando la frialdad de sus palabras al marcharse.

-¡Iroh! –Katara dio un paso adelante tropezando, y se apuró en llegar a las puertas. Tomó el picaporte y las abrió apenas, sorprendiendo al simpático viejo general-. Iroh, ¿dónde está Zuko?

-Está en una reunión con algunos nobles –le respondió-. Hubiera ido con él, pero me dijo que aún estabas durmiendo aquí.

El corazón de Katara se aceleró y se pasó una mano por la cara.

-¿Cuándo terminará la reunión?

-¿Quién sabe? –Iroh se encogió de hombros-. Esos nobles… lo único que hacen es hablar y hablar y hablar…

-¡Necesito hablar con Zuko! –Suplicó tomándolo del brazo-. ¿Dónde está?

-Está en el auditorio –dijo. Katara inclinó la cabeza y comenzó a avanzar. Iroh la agarró del brazo antes de que pudiera salir corriendo.- Katara –empezó serio-, ¿no puedes esperar hasta que termine la reunión?

-¿Eh? –preguntó sin entender. La única cosa que tenía en la cabeza era Zuko y cómo reaccionaría. ¿Por qué se había enfadado tan de repente?

-Zuko necesita el apoyo de esos nobles. Piensa lo que pasaría si entras ahí e interrumpes la reunión –le explicó.

Ella bajó la vista y asintió.

-Por supuesto… entiendo –meditó. Él la soltó y ella suspiró, sacudiendo la cabeza-. Lo siento… no estaba pensando claramente –admitió mirándolo nuevamente. Sonrió débilmente-. Esperaré hasta verlo más tarde. Sé que es un hombre ocupado.

-Hmm... –Iroh arqueó una ceja y se rascó la barba pensativamente-. ¿Sabes lo qué necesitas? Un poco de té –sonrió ampliamente-. Ven conmigo y te conseguiré algo agradable y caliente para tomar.

-Ah… pero… Sokka todavía me esta buscando –le recordó.

Iroh sacudió su mano quitándole importancia.

-No te preocupes por eso. No atacará a Zuko si te encuentra tomando té conmigo –sonrió con complicidad y Katara se relajó.

Ella asintió con la cabeza y lo siguió a través de uno de los pabellones justo afuera de los cuartos reales. Él llamó a una criada y le ordenó traer algo de té de jazmín para él y su acompañante. Ella le dedicó una reverencia antes de marcharse apresuradamente. Katara se sentó en una de las sillas que estaban alrededor de la mesa y esperó a que Iroh tomara asiento frente a ella.

-Perdóname por haber hecho que te perdieras de la reunión –se disculpó suavemente.

-¿Estás bromeando? –inquirió sorprendido -. Prefiero mil veces tomar té con una bonita jovencita que estar atrapado en un cuarto mal ventilado con esos nobles todo el día.

Katara soltó una risita tonta y sonrió alegremente.

-Aún así, gracias –insistió-. Tú me llevaste al cuarto de Zuko está mañana, ¿verdad?

-Ah… ¿Cómo supiste que era yo? ¿No hay de posibilidad de que me hayas confundido con un atractivo joven?

Ella rió y negó con la cabeza.

-Hueles a té. Como que me di cuenta que eras tú –le aseguró.

-Lamento no haberte encontrado antes. De haber sabido que estabas dormida ahí afuera, te habría ido a buscar más temprano.

-No, no, es mi culpa –suspiró-. Fui obstinada y me quedé afuera cuando debí haber ido a mi cuarto.

Iroh la miró con cuidado y sacudió la cabeza.

-Si alguien tiene la culpa, es mi sobrino. Pasó toda la noche practicando fuego-control. No creo que haya dormido, pero si dejó a una joven dama en el frío…

-Iroh –lo interrumpió de repente, y vaciló antes de hacerle la siguiente pregunta-. ¿Cómo sabía que me había dejado ahí afuera?

Pudo ver la breve mirada de pánico en sus ojos antes de que suspirara profundamente, resignado.

-Yo sé que tú y Zuko… se encuentran de vez en cuando en el estanque. Yo duermo en los cuartos reales, por lo que he pasado una vez o dos -O varias veces por semana…

-Ah –Katara se sonrojó levemente y bajó la vista a la mesa. Uno de los sirvientes apareció y colocó frente a ellos una bandeja que contenía una tetera de porcelana, dos tazas y una bandeja pequeña con masitas.

Iroh sirvió algo de té y la instó a tomar uno de las masitas.

-Sabes, mi sobrino es un buen chico. Y se está convirtiendo en un magnífico joven. Estoy feliz de que finalmente haya encontrado amigos de verdad.

-¿No tenía amigos en el colegio? –preguntó tomándose su té.

Iroh se rió entre dientes y negó con la cabeza.

-Me temo que, la mayor parte de su vida, he sido su único amigo. Zuko es solitario por naturaleza, pero incluso los solitarios necesitan confidentes. Especialmente ahora entre todo esto… -Iroh dijo mirando alrededor. Estaban en medio de uno de los jardines, pero ella comprendió que se refería a la situación en la que se encontraba la Nación del Fuego-. Necesitará todo el apoyo posible de sus amigos. La corte es un lugar peligroso para un nuevo Señor del Fuego. Los nobles son como predadores, el ejército es demandante y tiene miles de ciudadanos de los cuales ocuparse.

Katara asintió.

-Es mucho trabajo… pero estoy segura de que Zuko puede manejarlo.

Iroh sonrió ligeramente y bebió un poco más de su taza.

-¿Y qué hay de ti? ¿Cómo sigue el trabajo en la enfermería? Los doctores me han dichos cosas buenas sobre ti.

Una amplia y vergonzosa sonrisa se dibujó en la cara de Katara y ella apartó la mirada, tímida.

-No hay nada de lo que alardear. Sólo hago lo que puedo.

-Aún así, los pacientes que curaste han sanado mucho más rápido que los que no curaste. Tu agua control es un don. Deberías estar muy orgullosa.

Ella sonrió y asintió.

-Lo estoy... gracias.

-Será muy triste cuando te vayas –le dijo con calma-. ¿Debes hacerlo pronto?

-Eso me temo –respondió-. La tribu necesita maestros agua y no podemos esperar que los maestros aguas de la Tribu Norte se queden para siempre.

-Supongo que es verdad… -no completó la frase-. ¿Por cuánto tiempo te irás?

Katara movió bruscamente su cabeza.

-¿Por cuánto tiempo?

-Bueno, vas a regresar, ¿no es así? –preguntó-. Aún hay un montón de cosas por hacer aquí y necesitaremos toda la ayuda posible. Además, para la gente tú representas al Avatar. Teniéndote aquí le damos paz.

Katara abrió la boca ligeramente, tratando de encontrar las palabras para explicar sus planes.

-General Iroh… –empezó cuidadosamente-. No planeo regresar.

Iroh casi deja caer su taza. Abrió los ojos como platos y miró la maestra agua de ojos azules.

-¿No planeas regresar? Pero…

-Me necesitan en el Polo Sur. No sé cuanto tomará reconstruir nuestra pequeña villa e incluso si la reconstruimos y la fortificamos, los maestros agua son necesitados para curar y enseñar –vio la desilusión crecer en su ajado rostro mientras bajaba la taza y asentía comprensivamente.

-Has estado tanto tiempo aquí… que, casi naturalmente, parecía que ya pertenecías aquí.

Casi rió ante la idea. Ella nunca podría pertenecer allí. Katara negó con la cabeza.

-Es un lugar hermoso y, bajo diferentes circunstancias, quizás me quedaría. Pero me debo a mi familia y a mi gente en el Polo Sur. Extraño a mi abuela y a mi padre. Añoro la nieve y los pingüinos.

Iroh sonrió amablemente y asintió.

-Ya veo… pero se los extrañará, a ti y a tu hermano.

-No… -Katara sacudió su cabeza mordiendo una tortita. La masticó tranquilamente antes de tragarla-. Están completamente repletos de doctores competentes que atenderán la enfermería…

-Creo que no me entiendes –le dijo- serás extrañada –Katara ladeó la cabeza y lo miró, confusa.

-Creo que no sé a que te refieres…

Iroh suspiró y mordió su masita. Se dio cuenta de que su taza estaba vacía y estaba por tomar la tetera cuando una voz se oyó a través del pabellón.

-¡Aquí estás! –Exclamó Sokka corriendo mientras corría por el sendero principal en el corredor cubierto-. ¿Sabes por cuánto tiempo te busqué? ¿Dónde estaban?

-Ah, joven Sokka –Iroh sonrió con calidez-. Es mi culpa. Vi a tu hermana esta mañana y le insistí para que tomara el té conmigo. ¿Te nos unes? –le invitó.

Sokka sintió que toda su frustración y ganas de discutir se evaporaban cuando el viejo hombre levantaba un pequeño plato de masitas.

-Parece que nos dejamos llevar con la charla –agregó Katara.

-Ustedes dos siempre están ocupados y han estado aquí por meses. ¡Aún así nunca habíamos tomado té juntos! –se lamentó-. Pensé que sería agradable que nos sentásemos y nos conociéramos un poquito mejor.

Sokka arqueó una ceja mientras mascaba, con ganas y haciendo ruido, un puñado de pasteles.

-Umm… General Iroh, hemos viajado juntos por un tiempo, ¿recuerda? Siempre solíamos tomar té con usted.

-Sí, ¡pero eso era entonces! ¡Extraño la compañía! –Iroh hizo un puchero.

Katara rió ahogadamente y se terminó su tortita.

-Iroh, gracias por el té y las masitas, pero me temo que debemos irnos a la enfermería.

-No, no debemos –indicó Sokka. Katara lo miró con curiosidad-. Prometiste tomarte un descanso. No es bueno para ti que estés todo el día en la enfermería y nunca tomes un descanso. Incluso los doctores se turnan.

-Sokka, ¿qué es lo que piensas que podemos hacer? –suspiró-. Hemos deambulado tantas veces por el castillo que se vuelve aburrido. No quiero pasar el día sentada y haciendo nada.

-No sé… -Sokka se encogió de hombros-. ¿Quizás podamos ir a la ciudad?

-¿Por qué no van de compras? –Sugirió Iroh-. ¡No hay nada más divertido que comprar!

-Pero no tenemos din…

-¡Creo que iré con ustedes! –anunció. Se puso de pie y les instó a seguirlo-. Déjenme reunir a algunos soldados y arreglaré una salida para nosotros a la ciudad. ¡Ustedes vayan y prepárense! ¡Nos encontraremos en el patio central en veinte minutos!

-Pero, Iroh… -empezó Katara, vacilante.

-¿Para qué necesitamos guardias? ¿Nos van a atacar? –preguntó Sokka.

-No, por supuesto que no –aseveró yendo hacia la puerta-. Son para que carguen con nuestras bolsas.

-Iroh, esto es demasiado –volvió a decirle Katara mientras entraban al palacio, seguidos por Sokka y media docena de guardias, que cargaban montones de bolsas, cajas y variados paquetes-. Realmente no debiste.

-No podemos dejar que vuelvan a su casa sin los recuerdos apropiados para todos –jadeó Iroh.

-¿Ah, sí? –Farfulló Sokka pasando por su lado, las piernas le temblaban y parecía que en cualquier momento se caería por el peso de los paquetes-. ¿Exactamente, a quién planeas darle ESTO? –en sus brazos estaba una gran réplica de madera de un pato-tortuga, así como dos vestidos de seda azul.

-Gran-Gran se merece algo lindo para usar –argumentó su hermana.

-¡Estoy hablando de esta cosa! –dijo casi gritando, sacudiendo el pato-tortuga en sus brazos. Katara simplemente se encogió de hombros y miró al viejo general que estaba contento a su lado.

-Tío, ¿qué es todo esto? –una voz horrorizada exclamó desde el vestíbulo.

-Mmm… esperaba que aún estuviera en la reunión –murmuró Iroh decepcionado. Zuko se acercaba a grandes zancadas, con los ojos arrugados y los labios apretados, lanzando a los soldados miradas fulminantes.

-¿Quién dijo que podías irte de compras? No puedo creer que me hayas dejado solo con esos… esos lobos mientras tú callejeabas por ahí comprando… -rugió Zuko haciendo grandes señas con las manos al enorme pato-tortuga de madera-. ¡Lo que sea que sea ESO!

-Zuko, cálmate – pidió Iroh agarrándole las manos con tranquilidad-. Acompañé a Katara y a su hermano al mercado hoy. Sabes que ella está voluntariamente trabajando en la enfermería y no tiene dinero. ¿No crees que lo menos que podíamos hacer era dejarla tomar un descanso del palacio y pasear por la ciudad?

El Señor del Fuego soltó un gruñido frustrado.

-¿Estás tratando de decirme que estás cosas son de ella? –demandó, señalando a la maestra agua de ojos azules.

Iroh sonrió.

-Sí.

-¡Ugh! –Zuko alzó los brazos en el aire y miró enfurecidamente a Katara -¿De verdad es tuyo? –toda la intención de hablar con Zuko sobre lo que había pasado esa mañana desaparecieron repentinamente y se encontró nerviosa ante su mirada fija en ella.

Katara echó un fugaz vistazo por encima de su hombro, a Iroh que asentía enérgicamente.

-¿Sí? –preguntó débilmente. Zuko bufó y puso los ojos en blanco. No le creía, pero lo dejo pasar.

-¡Tío, necesito hablar contigo! AHORA –enfatizó. Dio media vuelta y empezó a desandar el camino que había hecho.

Iroh se paro al lado de uno de los guardias y disimuladamente le entregó una moneda de oro.

-Asegúrate que el té llegue a mi cuarto.

-¡Sí, señor!

El viejo general se volvió hacia sus acompañantes y les dedicó una sonrisa triste.

-Me temo que no cenaré con ustedes esta noche. Pero por favor, disfrútenla.

Katara sacudió la cabeza.

-Gracias por el té y las compras, Iroh…

-¡Tío! –Zuko gritó a lo lejos en el vestíbulo.

-¡Ya voy, Zuko! –le contestó también a los gritos. Suspiró profundamente-. Ese chico… tan impaciente…

A propósito, se tomó su tiempo en ir al pequeño salón dónde Zuko iba y venía de un lado a otro. El rostro del Señor del Fuego le dedicó el Señor del Fuego cuando Iroh les hizo señas a las guardias de cerrar las puertas detrás de él.

-Tenías razón –empezó Zuko cuando el sonido de las puertas cerrándose resonaron en la estancia. Dos ojos dorados se clavaron en los de Iroh-. Ya comenzaron.

-No pierden el tiempo, ¿verdad? –meditó Iroh. Se sentó en la silla más cercana mientras Zuko continuaba paseándose delante de él. ¿Qué pasó?

-Esta reunión fue simplemente para restablecer a aquellos que fueron perdonados y que conservaron sus títulos, estatus y riquezas –exclamo-. ¡Entonces, mientras les estaba diciendo mis proyectos para la reconstrucción post-guerra, alguien menciono la posibilidad de una esposa o consorte! ¡Incluso dieron algunos nombres de sus hijas, nietas, sobrinas y lo que sea podían ser posibles candidatas! ¿No entienden que hay cosas más importantes que eso? ¡Acabamos de salir de una guerra!

-Tienes razón, Zuko. Aún estamos inestables. Esa es la razón por la que han estado soltando esas indirectas. Todos los nobles que han sido leales a tu padre están recelosos de ti por eso.

-¡Pero ya los he perdonado!

-Eso no importa. Lo que ellos quieren es seguridad. Seguridad para ellos mismos, para sus familias y sus intereses –le explicó-. Si te tomas unas de sus hijas como esposas o consorte, se sentirán seguros.

-No tengo ningún interés en las mujeres ahora, Tío. ¡Tengo una nación que reconstruir!

-Y necesitarás a alguien a tu lado para que te ayude.

-Te tengo a ti.

-Yo no estaré por siempre –añadió a regañadientes. Zuko dejó de pasearse y se volvió para mirarlo.

-Estás empezando a sonar como ellos –gruñó.

-Bueno, yo entiendo a que viene todo esto, Zuko, yo no te estoy pidiendo que te cases o que elijas a una de sus hijas. Sólo estoy diciendo que no deseches la idea tan fácilmente. Muéstrales que consideras su propuesta en vez de de hacerles caso omiso inmediatamente.

-Lo sé, lo sé... –suspiró. Alzó su manó y se rascó la frente cansinamente-. Es que… no creo que esté listo para casarme

-Podemos tratar de entretenerlo por un rato, pero no serás joven para siempre –le dijo-. Pronto, empezarán a pedir un heredero que asegure el trono. Es importante que le des uno a la Nación.

Zuko inhaló profundamente y echó la cabeza hacia atrás.

-No quiero pensar en eso aún… Todavía el caos sigue en algunos lugares, mi gente se está muriendo al otro lado del mar y en mi nación. Necesito concentrarme en tomar el control de todo.

-Has tenido un día duro –manifestó poniéndose de pie y atravesando el cuarto. Puso una mano afectuosa en el hombro de Zuko-. Pero tengo el remedio perfecto para ti. Hoy compré una caja nueva de té del Reino Tierra.

Zuko frunció el ceño y miró a su tío.

-Pensé que habías dicho que esas cosas eran de Katara –aseveró, molesto.

Iroh abrió los ojos como plato por un segundo y sonrió ampliamente.

-¿Puedes creer que me compró un regalo?

Katara se sentó sobre la roca plana y nerviosa, contempló su reflejo en el agua. Las ondas creados por los patos-tortuga distorsionaban su imagen, pero no le importaba. Pasó la mano por la pechera de su vestido, estirando las inexistentes arrugas de la seda azul. Nerviosa, levantó las manos y jugó con su cabello suelto y ondulado, que enmarcaba su rostro. Quizás era demasiado…

Cuando llegó, los patos tortugas comenzaron a graznar y a nadar hacia ella como solían hacer. Sin embargo, cuando se acercaron lo suficiente, se detuvieron, como si se preguntaran si no era otra persona. Katara río entre dientes y les aseguró a las pequeñas criaturas que era ella misma e incluso les ofreció un poco de pan. Sintió sus mejillas colorearse. Tal vez se había sobrepasado con el vestido nuevo y el pelo suelto.

Después de la cena, había dado vueltas con Sokka por un par de horas antes de retirarse a su habitación. Cuando entró, vio las cosas que Iroh le había comprado todas tiradas y se sintió mareada, comenzó a buscar entre todas ellas. Cada pequeña cosa que veía había sido casi comprada para ella. Solamente se las arregló para detener al entusiasmado hombre cuando le aseguró que, pensándolo bien, los broches para el pelo, los vestidos, las joyas, los zapatos y las variadas baratijas no eran tan bonitos como, en un principio, habían pensado que eran.

Sin embargo, al final, había terminado con un guardarropa completamente nuevo. Nunca había visto tantos matices de tela azul en su vida. Una docena de vestidos nuevos, la mayoría diseñados de acuerdo a la moda de la Nación del Fuego estaban sobre la cama. Había dado vueltas alrededor de ellos varias veces, decidiendo cual probarse primero.

En toda su vida, Katara solo había tenido unas pocas mudas de ropa. No tenía sentido tener cientos de ropas en una pequeña aldea donde no había tiempo para elegantes banquetes o elaborados bailes. Se sintió mimada mientras se probaba un vestido tras otro frente al gran espejo que estaba contra la pared. Con un vestido particular; un conjunto con batas azul oscuro y la tela interna, blanca que resaltaba las mangas y el cuello; se desenredó el cabello y lo ató.

La suave tela se sentía maravillosamente bien contra su piel mientras caminaban en círculos frente al espejo, tratando de ver su espalda. Katara se ruborizó. Se sentía como una princesa.

Lo que la había llevado a encontrarse con Zuko en su nocturna reunión para alimentar a los patos-tortuga engalanada con el vestido de una mujer noble la abandonó de repente y empezó a preguntarse si no se veía como una tonta.

¡Por supuesto que te ves como una tonta! Esta acostumbrado a verte con tu bata o con tus ropas del Polo Sur. ¡Probablemente piense que te ves ridícula con un vestido de la Nación del Fuego! ¡Cómo la última vez! Hizo una mueca al recordar la última vez que había intentado usar un vestido en público.

La expresión de su rostro al verla en su fallido intento había quedado impresa en su memoria. Katara apretó la servilleta de tela en la que solía cargar el pan y de inmediato se levanto de su asiento en la piedra. Se iba a cambiar. Quizás podía hacerlo antes de que Zuko llegara. De ninguna manera él iba a verla así. Determinada, se dio la vuelta.

No alcanzó a dar ni un paso cuando quedó congelada en su lugar ante la imponente figura del Señor del Fuego. Abrió los ojos como platos al mismo tiempo que unos ojos dorados reflejaban su mirada de sorpresa. Su corazón se aceleró mientras la vergüenza inundaba su cuerpo. Comenzó a maldecir mentalmente la estúpida idea de vestirse para… para… ¿impresionar a Zuko? ¿Qué había estado pensando?

A sus espaldas, Zuko había estado acercándose al estanque cuando vio la silueta azul sentada sobre la piedra. Por un momento, se preguntó si había comprado una nueva bata, pero a medida que se acercaba a ella, notaba el complicado bordado en los bordes de la tela y luego el estilo del vestido. Parte de él estaba sorprendido mientras que la otra mitad se había quedado en blanco repentinamente.

-Mmm… -Katara empezó, nerviosa-. Ya regreso. Necesito cambiarme –bajó la cabeza, evitando su mirada mientras trataba de pasar.

Levantó su mano y la agarró del antebrazo. El material de sus batas era muy fino y de pronto ya no se encontró enojado con su Tío por haberlo dejado esa mañana para ir de compras.

-¿Compraste este vestido?

-En realidad, tu Tío lo hizo –contestó ella tímidamente. Aún desviaba la vista y Zuko sonrió con suficiencia-. Espero que no te moleste.

-No, es bonito –¿Bonito? Había pasado vaya Agni a saber cuanto tiempo mirándola embobado antes de que se volteara y lo descubriera y lo único que podía decir era "bonito". Iroh estaría riéndose de su idiotez. La tiró hacia atrás suavemente y la mantuvo a un brazo de distancia-. Si te queda esta vez.

Ella cerró las manos en un puño a los costados y apretó los dientes.

-Fue diseñado para que me quedara –siseó, a la defensiva.

-Ataste las fajas correctamente –añadió. Katara le quitó su brazo bruscamente y se echó hacia atrás.

-Solo quería ver como era ponérmelo. Toma –le entregó el pan-. Sostén esto. Regresaré después de cambiarme.

El ladeó la cabeza.

-¿Por qué?

-¿Qué quieres decir con "por qué"? –Preguntó exasperada-. Para sacármelo –explicó, señalando el vestido.

-Exacto, ¿por qué quieres quitártelo? –inquirió-. Ya estás aquí. El vestido no se arruinará si te sientas en la piedra.

Ella abrió la boca tratando de discutir, pero se encontró sin habla.

-Yo… pero…

Zuko suspiró profundamente y apartó la mirada, incapaz de mirarla a los ojos.

-Las batas te quedan… bien. El color resalta tus ojos. Mi Tío tiene buen gusto… -admitió.

Los ojos de Katara se ensancharon una vez más.

-¿Te… gusta?

-Te queda bien –masculló. Se dio media vuelta y marcho a su asiento habitual-. ¿Te vas a quedar parada ahí toda la noche o vas a venir a alimentarlos conmigo? –demandó. Katara sonrió lentamente, levantó los dobladillos de sus batas y se apuró a ir a su lugar, al lado de él.

Le dio algo de pan y comenzaron a darle de comer a los patos-tortuga.

-Tu Tío me compró tantas cosas. Realmente no tenía que hacerlo.

-No te preocupes por él. Se desata comprando –le contestó-. Incluso cuando estábamos exiliados miraba todos los escaparates.

Katara rió y asintió con la cabeza.

-Eso se parece a él. Insistió todo el tiempo para que comprara cosas para la gente de mi aldea. Así es como terminamos con el pato-tortuga de madera.

Sus movimientos se hicieron más lentos al recordar que ella se iba. Zuko bajó la vista y la clavó en sus manos que rasgaban pedacitos de pan para las aves.

-Entonces de verdad te vas.

Katara se detuvo cuando estaba arrojando un pedazo al agua. Bajó los ojos y asintió.

-Por supuesto. Me necesitan en casa.

-¿Cuándo te vas? –preguntó con un tono solemne.

Katara inhaló profundamente.

-Pronto –respondió con suavidad-. Me han pedido que me quede unos días más para monitorear algunos pacientes. Cuando el último sea enviado a casa, Sokka y yo también nos iremos a casa.

-Ya veo –permanecieron sentados en silencio hasta que terminaron el pan que Katara había traído-. ¿Odias este lugar?

Rápidamente, Katara dio vuelta su cara para mirarlo.

-No… no odio este lugar

-¿La única razón por la que regresas al Polo Sur es para ayudar a reconstruir?

-Bueno, extrañó mi casa. Zuko, tú sabes como se siente –susurró-. Antes de conocer a Aang y viajar con él por el mundo, no había conocido otro lugar más que mi aldea. Y de repente me descubrí a mi misma lejos de mi hogar por un año… y lo extraño.

El sabía cómo se sentía ella. Había extrañado tanto a la Nación del fuego mientras estuvo desterrado que casi se había perdido en atrapar al Avatar para poder regresar.

-Supongo que el Polo Sur también necesita reconstrucción. Quizás más que la Nación del Fuego.

-Bajo diferentes circunstancias, Zuko… me quedaría –admitió. Cerró los ojos y acercó sus largas piernas a su pecho-. Pero esas circunstancias están bastante lejos de las de ahora.

-Debes regresar –afirmó severamente. Ella percibió algo más en su voz. Algo más que una demanda.

-No. Yo no soy de aquí.

-Tú eres de dónde quieres ser –le dijo con brusquedad. Cuando Zuko la enfrentó, Katara apartó su rostro-. ¡No entiendo! Si te quieres quedar, ¿por qué no te quedas?

-Ya te lo dije, Zuko, no pertenezco aquí. Soy del Polo Sur…

-Oí lo que le dijiste al Avatar –le espetó de repente. Los ojos de Katara se abrieron bien grandes-. ¿De verdad aquí no hay nada para ti?

Los recuerdos de esa mañana acudieron a ella y Katara asió con fuerza la tela de sus batas.

-No puedo quedarme… -repitió con calma.

-¿Por qué no? –exigió en voz alta. El dolor de su admonición lo estaba carcomiendo-. ¿Qué es lo que no te permite quedarte? ¡Dímelo!, rogaba mentalmente. Dímelo y lo haré desaparecer.

Katara negó con la cabeza y lo miró.

-¿Has estado en la enfermería?

-¿Qué? –gritó ahogadamente-. ¿De qué estás hablando?

-¿Has estado en la enfermería, Zuko? ¿Sabes lo qué dicen? –preguntó ella. Zuko lentamente sacudió su cabeza, inseguro de a dónde quería llegar-. Todos los días escucho cosas llenas de odio dirigidas a mí. Los soldados no confían en mí. Piensan que estoy detrás de ellos. He oído... cosas horribles sobre mí. Cosas que implican que la única razón por la que no me han matado aún es porque… ¡estaba teniendo relaciones contigo! –Zuko abrió los ojos bien grande.

-Me… me dijeron que el hostigamiento había disminuido –dijo como ahogado. Katara negó con la cabeza.

-No es que no haya disminuido, es que su hospitalidad se desvanece –explicó-. Los soldados y sus familias, incluyendo a los niños, no me aceptan, Zuko. No creo que pueda vivir en un lugar donde me desprecian.

-No te desprecian –siseó él-. Esos soldados no saben lo que dicen…

-Sí saben, Zuko –insistió Katara. Volvió su cabeza y despacio se puso de pie. Se peinó el cabello detrás de la oreja y se sacudió el vestido-. Nunca seré aceptada aquí… sin importar cuanto lo desee –susurró mirándolo.

Zuko sacudió la cabeza y también se paró.

-Estas últimas noches…

-Detente –rogó quedamente levantando las manos. Sus ojos se clavaron en los de ellas mientras cuando le agarró la cara con sus manos-. Somos jóvenes, Zuko, no estúpidos. Si seguimos con esto, las cosas se saldrán de control.

-Katara, ¿de qué estás hablando? –susurró, conteniendo la respiración.

Con cariño describió pequeños círculos alrededor de sus ojos.

-Será mejor si seguimos siendo amigos.

Sintió como si le acabaran de pegar una patada en el estómago. Desesperadamente, buscó en sus ojos.

-Somos amigos. Lo que estamos haciendo ahora…

Ella sacudió la cabeza y él arrugó el entrecejo.

-No es que no haya nada para mí aquí, Zuko. Es que no puede haber nada para mí. A lo dónde sea que alimentar a los patos-tortugas nos esté llevando, no es un lugar al que podamos ir.

-Estás loca –la acusó débilmente-. Todo lo que estábamos haciendo era darle de comer a unos estúpidos animales.

-Creo que es mejor si cortamos acá antes de ir más lejos.

-¿Cortar qué? ¿Ir más lejos con qué? –se mofó. El pecho le dolía. Era un dolor lento y aplastante que se esparcía por todo su cuerpo, haciéndolo débil. Odiaba sentirse así.

-Zuko…

Apartó con brusquedad sus brazos de él y se dio vuelta, indignado

-Te estás imaginando cosas –replicó fríamente mientras se alejaba de ella-. Si estás pensando que posiblemente pudiera haberme sentido atraído por ti, estás lamentablemente equivocada. Estoy aquí para alimentar a los patos-tortuga y asegurarme de que estén bien. ¡Eso es todo!

Katara cerró los ojos con fuerza mientras se volvía. Las lágrimas húmedas ribetearon sus fajas.

-Ya veo –se quejó quedamente. Él estaba mintiendo. Ella sabía que estaba mintiendo-. Creo que malinterpreté todo.

Zuko apretó sus puños, controlándose para no explotar.

-Ya que te vas pronto, será mejor que no sigas viniendo al jardín para alimentarlos –exclamó en voz baja-. Te sugiero que te vayas. Esta área es solo para miembro de la familia real. No eres nada más que una ingenua campesina de la Tribu Agua.

Se mordió el labio inferior, que le temblaba, para no gritar.

-Perdóneme, entonces – soltó ahogadamente mientras pasaba a su lado-, su Alteza.

Es más fácil así, Katara. Sería más duro si siguieran. Dolería más.

Zuko la observó correr hacía las escaleras tan rápido como podía. Se tropezó dos veces con las largas batas azules que volaban alrededor de su cuerpo. Los delicados colores desparecieron en la oscuridad del corredor y Zuko cayó de rodillas. Sus ojos aún en el lugar por dónde había desaparecido. ¿Por qué dolía tanto…?

Un trueno sonó a lo lejos y Zuko alzó la vista al firmamento. Unas nubes negras se habían juntado sobre su cabeza y gruesas gotas de lluvia caían del cielo. El Señor del fuego cerró los ojos mientras la lluvia limpia y fría bañaba su cuerpo. Katara era agua para el. Un rayo destelló y Zuko abrió los ojos.

-¿Dónde estarás, Katara… la próxima vez que llueva?

-Espero haber sido de alguna ayuda –Katara inclinó respetuosamente su cabeza a los doctores que la rodeaban-. Gracias por su hospitalidad.

-No, no… somos nosotros los que debemos agradecerte, Katara de la Tribu Agua –insistió uno de los doctores-. La mitad de estos hombres no lo habría logrado sin tu ayuda.

-Y lo otra mitad habría sufrido mucho más –añadió otro-. Gracias por tu ayuda

-Será mejor que me vaya –dijo y los doctores se pusieron de pie-. Aún tengo que empacar algunas cosas.

-Siempre serás bienvenida –el jefe de médicos le dijo-. Pero esperemos que no necesitada –agregó con amabilidad. Katara sonrió y asintió concordando.

Contempló de vuelta la habitación de los heridos. Mientras los doctores la despedían, extrañamente el lugar había ido quedando en silencio. Les dedicó una débil sonrisa y se dirigió a la puerta.

-¿Ya está? –preguntó Sokka. Se empujó de la pared donde había estado apoyado y miró a su hermana.

-Sí… todos los pacientes ya están estables.

-¿Y qué hay de ti? –Sokka estudió de arriba abajo a la figura cansada frente a él-. ¿Estás seguro que quieres viajar?

-¿Estás bromeando? –rió entretanto él se ponía a su paso-. Entre más pronto coma el cocido de ciruelas de mar de Gran-Gran, mejor –Sokka rió entre dientes y se acarició su abdomen.

-Es un hecho –los dos hermanos caminaban por el corredor cuando el sonido de unos pasos se hacía cada vez más fuertes a sus espaldas.

-¡Espere! ¡Espere! ¡Señorita Doctor! –Katara y Sokka intercambiaron miradas de confusión antes de darse vuelta. Una niña de cabello oscuro se acercaba corriendo a ellos, apretando una pequeña flor azul en una de sus manitos gordinflonas.

-¿Yo? –inquirió curiosa. Se arrodilló al mismo tiempo que la pequeña tropezaba para detenerse frente a ella.

-¡Si! –La niña sonrió de oreja a oreja-. ¡Esto es para ti! –levantó la flor y la colocó en la mano de Katara. Los ojos de la maestra agua se abrieron de sorpresa-. Los doctores dijeron que gracias a ti, mi papi está vivo. ¡Gracias por salvarlo!

Sus ojos se enternecieron mientras las lágrimas se agolpaban en ellos.

-Yo… -empezó. Parpadeó para quitarse las lágrimas y sonrió-. Gracias por la flor.

La pequeña esbozó una enorme sonrisa de orgullo.

-¡Mei! ¡Mei! –una mujer salió apurada de la habitación y soltó un grito ahogado cuando vio a su hija parada frente a dos extraños-. ¿Qué estás haciendo, Mei?

-No estaba haciendo nada malo… -empezó Katara incorporándose, pero la mujer la interrumpió.

-¡Aléjate de mi hija! –se abalanzó hacia delante y tomó a Mei en sus brazos antes de irse rápidamente. Katara echó la cabeza hacia atrás, sorprendida.

-¡Adiós, señorita Doctor! –Mei saludaba con su manita alegremente, ignorando la reacción de su madre. Katara alzó su mano y le devolvió el saludo tristemente.

-Sería grandioso, ¿verdad? –Exclamó Sokka pensativamente mirando a la madre y a la hija desaparecer en el interior de la enfermería-. Que todos fueran como esa niñita…

-Todos empiezan como esa niñita, Sokka –suspiró Katara suavemente-. Pero después se olvidan –sonrió cariñosamente y se puso la flor en el cabello, ajustándola detrás de su oreja-. Entonces, ¿ya está todo empacado?

-Casi. Solo falta lo que queda de tu ropa y lo que traeremos con nosotros está noche al muelle –le contestó.

-Será mejor que me apresure y empaque, entonces.

-Sí, el General Iroh ha preparado una enorme comida para nosotros antes de que nos vayamos –dijo Sokka con una sonrisa torcida-. Mmm… no puedo esperar.

Katara río por lo bajo y sacudió la cabeza.

-¿Lo ves?... Tienes una sola cosa en mente –se despidió de él y dobló en una esquina-. Te veo en la cena.

Sokka se encogió de hombros y se fue al comedor.

Katara sonreía mientras caminaba por los pasillos. De vez en cuando, acariciaba la delicada flor azul en su cabello.

-La decisión del señor Zuko de perdonar a mi hija por su participación en el régimen anterior fue justa –decía un hombre. Katara se detuvo a medio caminar y miró alrededor-. Es un buen hombre.

Las voces venían de la vuelta de la esquina y Katara corrió a esconderse tras una columna cercada.

-Un buen hombre no necesariamente hace a un buen líder –replicó otra voz-. Fue demasiado generoso con las reparaciones de los otros países. La Nación del Fuego tendrá muchos impuestos en los años venideros.

-Por lo que oí, su plan de presupuesto será revelado en una semana o dos –un nuevo hombre añadió-. Pero tienen razón; fue muy generoso con las otras naciones.

-Todo eso esta bien y es bueno para ellos, ¿pero qué hay de nosotros? La gente de la región norte está clamando por estabilidad.

-El Señor del Fuego necesita enviar pronto un mensaje positivo a la gente, de otra forma, una revuelta es inevitable –detrás de la columna, Katara abrió los ojos. ¿Una revuelta? ¿Tan pronto¿ ¿Eran tan infelices esas gentes?

-Es muy joven, es difícil que la gente sigan a alguien tan inexperto en política como él –Katara sacudió la cabeza, resistiendo el impulso de defenderlo. Había visto en carne propia como manejaba la política exterior.

-¿Escuchaste lo de la hija del Noble Wu? Se la ofreció al Señor del Fuego.

-¡Ya! Ni siquiera ha llegado a la edad para casarse –Katara sintió que su corazón se detenía. Se apoyó pesadamente la columna y se resbaló hacia el piso.

-Entonces ya comenzó oficialmente –la primera voz que había hablado, anunció-. Hablaré con Mai sobre el Señor del Fuego.

Otro hombre bufó indignado.

-¿Realmente crees que el Señor del Fuego elegirá a tu hija? ¿Después de que ayudó a su hermana?

-La perdonó, ¿no es así? Seguramente, debe significar algo –las voces se perdieron por el corredor y Katara se envolvió con sus brazos.

Trataba de razonar lo que había escuchado. Zuko era el Señor del Fuego. Un Señor del Fuego soltero. No solo sería natural que su gente quisiera casarlo, si no también que les diera un heredero. Y siendo de la realeza, los matrimonios convenidos eran… inevitables. Cerró los ojos y se apoyó contra la columna.

Sentía que le dolía le corazón. No lo había visto por tres días. Desde aquella noche que salió corriendo del jardín. Lo había estado evitando a propósito cuando estaba en la enfermería y no había puesto un pie cerca de los cuartos reales.

Se había concentrado en su trabajo y en sus pacientes, tratando de mantenerlo fuera de cabeza. Sin embargo, en el segundo en que su cabeza ya no estaba ocupada, su nombre, su cara y su voz volvían y tomaban por asalto todos sus pensamientos.

Era lo mejor que terminar antes de haber comenzado algo. Sin importar lo mucho que había querido que continuara, ella sabía que nunca funcionaría. Quizás… solamente quizás, si Zuko no fuese el Señor del Fuego o si ella fuese de la Nación del Fuego, todo estaría bien. Pero una campesina de la Tribu Agua no tiene derecho a ser la esposa del Señor del Fuego.

Esposa… pensó amargamente. No seas estúpida, Katara… de ninguna manera te vería de esa forma. Es inteligente. Sabe que no funcionaría. Tenían que cortar con esto alguna vez…

Tomó aire profundamente y despacio, se puso de pie. Lentamente se encaminó a su cuarto.

Con el tiempo, Zuko encontraría una magnífica novia. Probablemente, la hija de un estimado noble. Tendría piel blanca, cabello negro y ojos dorados justo como él. Sería rica, vendría de una familia poderosa, elegante, tendría todos los modales de una señorita y de los que carecía Katara. Y Zuko se olvidaría de ella. Pensar eso dolía.

Llegó a su habitación y rápidamente metió la ropa que quedaba en una mochila antes de ponérsela al hombro. Contempló el cuarto que había llamado suyo los últimos meses y trato de grabar esa imagen en su mente. Nunca descansaría de nuevo entre esas paredes.

Cerró la puerta detrás de ella y le entregó la mochila a un sirviente que la aguardaba.

-Por favor, lleva esto al carruaje que espera en el patio de adelante.

El sirviente se inclinó.

-Sí, señorita Katara.

Sonrió tristemente mientras él se alejaba llevando su mochila. Señorita Katara… eso tenía un sonido agradable. Giró en la dirección contraria y marchó al comedor. Al llegar a las puertas, inhaló profundamente y pintó una amplia sonrisa en su cara. Las puertas se abrieron para ella y sonrió a las tres personas reunidas allí.

-¡Justo a tiempo! –exclamó a Sokka mientras su estomago rugía, sin vergüenza-. ¡Estoy muerto de hambre!

-Lo siento, Sokka –rió entre dientes-. Acabo de terminar de empacar. Ya envié mi bolso al carruaje –se sentó al final de la mesa, en el único asiento que quedaba.

-Genial –respondió su hermano. Miró a Iroh que estaba ubicado frente a él- antes de empezar, creo que debería mostrar algunos modales –para el desconcierto de Katara, levantó su taza y se puso de pie -. General Iroh, Señor del Fuego Zuko, en nombre mío y de Katara, me gustaría agradecerles por su hospitalidad durante los últimos meses.

-Tu gratitud es humildemente aceptada –sonrió Iroh, alzando su propia taza. Miró a su sobrino quien estaba sentado a la cabecera de la mesa-¿no es así, Zuko?

El joven Señor del Fuego mantenía sus ojos apartados de los de Katara. Levantó su taza y asintió.

-Que tengan un viaje seguro de vuelta al Polo Sur –su voz era serena y neutral, casi sin emoción.

Katara alzó la suya también y brindó con los demás antes de seguir su ejemplo y beber.

-Muy bien –dijo Sokka con vehemencia, sentándose de nuevo y empezando el primer plato que tenía enfrente.

Iroh rió al verlo.

-No te preocupes, Sokka. Les he pedido a las criadas que preparen comida para su viaje.

Sokka abrió los ojos bien grande y le dedicó una mirada de absoluto aprecio. Mientras le agradecía al viejo general una y otra vez, despezando un poco de carne con sus dientes, Katara comía calmadamente la comida que había ante ella. De vez en cuando alzaba la vista, para ver de un vistazo a Zuko que comía silenciosamente frente a ella. Ni una vez habló o se molesto en mirarla.

Katara sentía que su corazón se retorcía en su pecho. Solamente quería hablar con él… una vez más. Quería pedirle perdón si lo había herido. Quería decirle que se preocupaba por él… más de lo que se imaginaba. Solamente una vez más… quería estar con él.

-Parece que volverá a llover esta noche –dijo Iroh acercando un poco de comida a sus labios-. Espero que ustedes dos partan antes de que los atrape la lluvia.

-Eso no será problema –sonrió Sokka-. Después de todo, estoy viajando con una de las mejores maestras agua del mundo.

Katara también sonrió y contempló su comida.

-Estoy segura que estaremos bien, Iroh… –su voz se fue apagando a medida que hablaba. El viejo general vio su sonrisa desvanecerse cuando ella no prestaba atención. Sus ojos azules que siempre brillaban cuando estaba emocionada, estaban apagados. Reflejaban la mirada de los ojos de su sobrino.

-Espero que vuelvan a visitarnos pronto –insistió Iroh. Katara levantó la cabeza y asintió cansinamente.

-Por supuesto… algún día…

El sonido de los palitos cayendo sobre un plato de porcelana resonó por la habitación y tres pares de ojos inmediatamente la fuente del ruido. Zuko se estaba limpiando la boca con su servilleta mientras empujaba su silla hacia atrás

-Tengo algunos asuntos que atender –aseveró fríamente, poniéndose de pie y arrojando la servilleta a la mesa. Miró a Katara y a Sokka, brevemente antes de inclinar levemente la cabeza-. Discúlpenme por no poder ir a despedirlos.

-¡Zuko! –llamó su Tío mientras el joven líder se daba vuelta hacia la puerta. Los guardias la abrieron y el dejó el comedor. Iroh se volvió a ver a sus dos invitados-. Ah… está siempre muy ocupado –se disculpó sin convicción.

Sokka simplemente se encogió de hombros y siguió comiendo, pero Katara cerró los ojos con fuerza y se mordió el labio. Contempló su comida y trató de comer un poco más, para no tener hambre más tarde. Después de varios minutos y de haber perdido completamente el apetito, miró a Iroh y inclinó su cabeza.

-Gracias por la comida –dijo respetuosamente-. Estuvo deliciosa.

-Estoy encantado que la hayas disfrutado –sonrió afectuosamente.

Frente a él, Sokka soltó un eructo y sonrió con vergüenza.

-Je… perdón.

-Tomaré eso como que la comida también estuvo deliciosa para ti –rió Iroh. Sokka asintió y le agradeció

-Debemos irnos –anunció-. Nuestro bote se va al atardecer.

-Ah... entonces vayan –concedió Iroh, parándose. Los dos hermanos de la Tribu Agua se pararon y siguieron al hombre hasta fuera de la puerta. Katara miró los edificios del palacio que dejaba atrás, al sol poniente en la distancia. Había nubes negras sobre su cabeza, amenazando con lluvia a la capital de la Nación del Fuego. Katara se mordió el labio. Cuando el sol desapareciera del cielo, ella abandonaría la Nación del Fuego, el palacio, y a Zuko. Su corazón se aceleró en su pecho y su mente luchaba por tomar una decisión.

Repentinamente, se volvió hacia Sokka.

-¡Oh, no! Olvide algo en mi cuarto.

-¿Eh? –preguntó. Se volvió a mirarla, arrugando el entrecejo-. ¿Te olvidaste? Katara… -empezó con un tono fastidiado.

-Te veré afuera –prometió comenzando a correr en la dirección contraria-. ¡No te vayas sin mí!

-¡Katara! –gritó Sokka, solo para ser detenido por la mano de Iroh.

-Ya conoces a las chicas y sus cosas. Es mejor no meterse con eso –le dijo. Sokka suspiró profundamente y siguió a Iroh hacia el frente.

Katara corría por los casi vacíos pasillos del Palacio del Fuego por última vez. Si no lo encontraba, Sokka lo haría primero y la arrastraría a casa. Sus pisadas resonaban sobre el piso y a medida que avanzaba, sirvientes y guardias se apartaban de su camino. Ella no los veía inclinar sus cabezas o murmurar un título honorífico con su nombre mientras les pasaba corriendo por al lado.

Su cabellera morena volaba detrás de ella mientras recorría los corredores que rodeaban al palacio. En los patios por los que pasaba, podía escuchar el sonido de la lluvia cayendo sobre los senderos de cemento. Sokka pronto vendría a buscarla. Siguió un sendero que ya conocía muy bien hasta que vio la salida. Más allá, estaba una serie de tres escaleras que llevaban al jardín cuidadosamente trabajado.

En el centro había un pequeño estanque donde un par de patos-tortuga criaban a sus bebes. Detrás de un árbol a había una gran piedra chata y lisa que terminaba en la orilla del agua. Y atrás de eso, un pasillo cubierto desde dónde él la había visto por primera vez. Cientos de preguntas asaltaban su mente, y miles de veces las ignoró. No quería pensar en lo que haría si él no estaba ahí.

Katara salió del corredor y corrió con poco cuidado por el jardín. La hierba húmeda cubría la tierra que se hundía bajo el peso de sus pies mientras cientos de gotas de agua caían a su alrededor. Sus grandes ojos azules escudriñaron el pequeño jardín privado con desesperación. Entumecida, tropezó hacia delante, abrió los labios, jadeando por aire. Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras sacudía la cabeza, incrédula.

Él no estaba.

Levantó una mano y se abrazó contra el árbol, contemplando el lugar donde se habían sentado juntos tantas veces. Un sollozo amenazó con salir cuando cerró los ojos y se giraba. Había estado completamente segura de que iba a estar ahí.

-Eres tan estúpida, Katara… -susurró. Alzó una mano y se la pasó por la cara. ¿Por qué habría de ir él?

-¡Cuack! –abrió los ojos. Algunos de los patitos-tortuga habían nadado hasta ella y comenzaron a hacer un círculo a su alrededor, esperando.

Los miró con tristeza.

-Lo siento –se disculpó con dificultad y pesar-. No tengo comida para ustedes hoy…

-¡Cuack! –repitieron. Katara sacudió la cabeza y se envolvió con sus brazos.

-Dije que no tenía... –ellos siguieron graznando y Katara sintió que estaba perdiendo el control. ¿No entendían? -. ¡No tengo comida! –gritó.

Una pelotita blanca cayó al agua y se hundió inmediatamente. Katara observó con los ojos bien grandes como los patitos-tortuga comenzaban a zambullirse por comida. Un pedacito tras otro terminó cayendo al estanque y Katara se preguntó si no estaría soñando. Una imagen distorsionada se reflejó en el agua. Su corazón empezó a latir a toda velocidad, con miedo. No podía voltearse. ¿Qué tal si estaba viendo cosas y él no estaba realmente allí? Se quedó quieta y se apretó contra el árbol para evitar desmoronarse a tierra.

-Cada noche –dijo una voz grave detrás de ella-. Cada noche después de que te fuiste corriendo, vine aquí esperando verte. Y nunca viniste. Y ahora, la única vez que vengo, creyendo que no estarás, estás –una mano pálida arrojó el último pedazo de pan al estanque-. No te entiendo

Esa voz la había perseguido desde que apareció en su aldea. Katara soltó un quejido y cerró sus ojos con fuerza. Esa voz la perseguiría hasta el día de su muerte. Lentamente se dio vuelta y abrió los ojos.

Zuko estaba a unos pocos pasos de ella, debajo de un paraguas. Sus ojos estaban fijos en ella con un conflicto de emociones. Parte de él quería estar enojado con ella por haberle hecho eso, a los dos. Parte de él estaba enojado consigo mismo por haber dejado que pasara. Y otra parte…

-Zuko…

El paraguas cayó al suelo cuando alzó los brazos para atraparla. Los de ella envolvieron su cuerpo y escondió su cara en su pecho. Katara hundió sus dedos en la tela de su bata mientras unos brazos fuertes la rodeaban, sosteniéndola contra él. Zuko cerró los ojos mientras presionaban sus labios contra un lado de su cabeza, su nariz apreciando la fresca y limpia esencia de su cabello.

-¿Por qué volviste? –inquirió, tratando de mantener su voz firme.

-No lo sé –gimoteó. Ahogó un sollozo y levantó la cara para enfrentar la de él-. Zuko… lo siento.

-Los dos lo sentimos… -murmuró. Su mano acariciaba suavemente su espalda. Katara respiró levemente y con cuidado movió sus brazos entre ellos y lo apartó.

-Bajo diferentes circunstancias…

-No… -dijo Zuko alzando la mano. Un cálido dedo contorneó la comisura de sus labios-. Ambos sabemos que no podría funcionar… -Katara bajó la vista y asintió.

-Por favor… cuida a… ¿los patos-tortuga?

El dijo que sí despacio, sus ojos nunca se apartaron de su cara empapada por la lluvia.

-Gracias por mostrármelos.

Katara sonrió con tristeza y agarró su cara con sus manos una vez más.

-Estás destinado a la grandeza Zuko y sé que guiarás bien a la Nación del Fuego. Eso es lo que un gran hombre hace.

Tales palabras deberían haberlo puesto eufórico, pero en vez de eso, su corazón se encogió. De repente, no quería ser un "gran hombre"

-Si en la Tribu Agua del Polo Sur necesita ayuda, avísame. Yo me ocupare –prometió quedamente.

-¡Katara! –ella pegó un respingo, miró hacia la entrada y frunció el entrecejo.

-Mi hermano me está buscando –susurró-. Debo irme. Nuestro bote parte pronto.

Zuko asintió y la soltó. Su mano aún sostuvo la de ella por un rato más.

-En unos meses, todos los líderes de las naciones vendrán a celebrar mi cumpleaños número dieciocho.

Katara desvió la vista y asintió apenas.

-Ya veo…

-¡Katara! ¿Dónde estás…? –alzó la cabeza y miró hacia al palacio con tristeza.

Zuko siguió su mirada y vio la figura de su hermano acercándose. Los dedos de Katara se desprendieron de los suyos y él con su otra mano la agarró de la muñeca. Ella volvió la cabeza, con la confusión pintada en su rostro cuando la jalaba hacia delante.

-¡Katara! –Sokka detuvo su marcha y abrió los ojos bien grande cuando vio lo que sucedía delante de él.

Parados en medio del jardín, estaban dos figuras empapadas por la lluvia. Una cubierta de azul, la otra de rojo. Los brazos de uno, sostenían al otro fuertemente. Las manos de Katara acariciaban su cara; sus dedos tocaban con suavidad su cicatriz. Cerró los ojos y abrió los labios para respirar antes de que otro par de labios los atraparan. En un abrazo fuerte la mantenía contra él y con la otra mano sostenía su rostro con firmeza.

No supo Sokka cuánto tiempo estuvo ahí parado mirando al Señor del Fuego besar a su hermana. O viceversa. La sorpresa y la confusión llevaron a la ira haciendo que el guerrero de la Tribu Agua arrugara los ojos y rugiera peligrosamente

-¡Zuko! ¡Qué diablos crees que estás haciendo?

Sus palabras se perdieron con el sonido de la lluvia que caía. Katara abrió lentamente los ojos cuando Zuko la alejaba. Sus labios aún estaban abiertos pero las palabras no salían de ellos. Ella vio como su mirada de remordimiento fue rápidamente cubierta por una máscara de indiferencia y antes de que se apartara hacia atrás, coloco algo en su mano.

Katara cerró los ojos y volvió la cabeza.

-¡Ey! –gritaba Sokka. Se acercaba, con una expresión iracunda en su rostro. Antes de que se acercara más, Katara giró lo tomó del brazo.

-Vamos –le dijo con la voz temblorosa.

-¡No! –Bramó y le lanzó a Zuko una mirada fulminante-. ¡Qué crees que estabas haciendo con mi hermana!

-¡Vamos Sokka! –rogó ella. Tiró de su brazo con todas sus fuerzas, haciendo que su hermano tambaleara hacia atrás. Él se volteó para mirarla.

-¿Katara, qué pasa contigo?

-Por favor, Sokka –insistió, aún le temblaba la voz-. Vamos

Zuko observó que la expresión de Sokka iba de la ira a la frustración y finalmente a la preocupación. Le echó un último vistazo a Zuko antes de asentir y llevarse a su hermana. Un par de ojos dorados veían como Katara lo dejaba sin mirar atrás.

El señor del Fuego se sentó sobre la piedra y miró su mano. Una pequeña flor azul descansaba en su palma y Zuko cerró los ojos. Por alguna razón, la lluvia se sentía más fría que de costumbre.

N/A: ¡Gracias por leer! Todos sus reviews han sido muy animadores. :) ¡Muchas gracias! Ya sé que aceleré un poco las cosas. Espero que aún estén razonablemente en el personaje (IC). Voy a tratar de mantenerlos en IC tanto como pueda, pero recuerden que es un fic, así que no será perfecto. :) ¡Nos vemos, espero que estén disfrutando la historia!

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N/T: Gente bella, gracias por sus reviews, Tita me maté de risa con el tuyo (cómo es eso de género diferente? no entendí... :S y que viva que sos, no hay suspenso para vos, jajaja, y gracias a vos por tomarte el tiempo de dejar uno!) ;)Y xxmabelxx, qué decir del tuyo, que ya no te dije. Y perdón GeminiIlion (metí la pata, sorry, no quise decir nada… es tu culpa, en parte… no tienes bio… como iba a saber… mejor me callo, la embarro un poquito más)

Espero que hayan disfrutado el espectáculo y no costará mucho… sólo un rr :) Sean buenos sí, porque esto cuesta trabajo y créanme que animan mucho :) Lo juro… y además hacen adelgazar o eso dicen por ahí… así que critiquen despiadadamente.

(¿Actualicé rápido o qué?)

Besos,

MTBlack

Editado: Perdón por los errores de tipeo y haber dejado ese pedazo de texto en inglés . :S. Hay puntos entre los signos, a veces, porque de otra forma, me los come :S

Re-editado.