¡Hola a todo el mundo!
Lamento la demora, pero fue un poco difícil sacar este capítulo.
Un agradecimiento especial a mi Beta Reader por su paciencia y su hermosas correcciones.
DISCLAIMER: Los personajes no me pertenecen, todos los derechos a su respectivo creador.
CAP 2
Al día siguiente, Arnold se dirigió temprano a la casa de su mejor amigo; ya que este le ayudaría a buscar una manera lo suficientemente impactante para poder hacer la pregunta.
El rubio se rió para sí mismo, pensando que quizás debería conseguir un anillo ya que parecía propuesta para matrimonio y no para ser novios. No es que el estuviera en contra de eso y no iba a negar que ha habido ocasiones en las que ha fantaseado con una vida de casado con Helga, solo que esta vez era mucho mejor que el sueño que alguna vez tuvo en cuarto grado.
Él estaba decidido a tener en su futuro algo como lo que compartían sus padres y sus abuelos, pero para eso debía seguir el consejo de Gerald y hacer algo realmente especial para demostrarle a Helga que todos sus miedos existían solo en su imaginación y que realmente nadie haría algo en contra de ellos.
Mientras caminaba, Arnold sintió como los rayos del sol calentaban con fuerza sus mejillas y no pudo evitar soltar un suspiro enamorado, el cual provenía desde el fondo de su alma, en tanto pensaba en lo increíble que era Helga y cuanto había anhelado que hubiesen paseado tomados de la mano la tarde anterior.
Ella realmente tiene una bonita sonrisa, recordó Arnold maravillado.
Y deseó poder verla reír más, deseó poder perderse en sus profundos y brillantes ojos azul cielo, poder naufragar en ese mar de poemas no contados, poder descubrir de dónde venía toda esa determinación y poder quemarse en el fuego de su pasión.
Él quería muchas cosas y para eso debía dar el primer paso. Debía demostrarle que realmente todo estaría bien, que él siempre estaría a su lado y lo único que le pedía a cambio era que ella estuviera en el suyo y ni siquiera sabía si esa condición era válida ya que él no se imaginaba a sí mismo alejándose de ella.
El chico aceleró sus pasos con ese y muchos otros pensamientos en mente para poder comenzar a idear un plan junto a Gerald.
En la cocina de la residencia Pataki, Helga se encontraba parada encima de una de las sillas buscando algo de comida en la despensa y la cual, como siempre, estaba casi vacía.
—¡Criminal! ¿Por qué nunca hay nada en esta casa?— reclamó irritada.
No es que en la casa Pataki le faltase el dinero, nuevamente, sino que sus padres eran unos idiotas desconsiderados y en vez de preocuparse de ir a comprar alimentos fueron a desayunar a un caro restaurant; ya que Olga venía de visita y su estúpido vuelo fue a primera hora de la mañana.
Ella realmente no comprendía a su familia, hace un par de años estuvieron en la bancarrota, pero gracias a SU esfuerzo por vender los localizadores pudieron reinventar el negocio, pero ¿alguien le agradecía a Helga? Nadie. Siguió rebuscando entre los potes vacíos hasta que encontró una olvidada caja de avena.
—Aburrida avena…— murmuró antes de bajar un salto y cruzó los dedos para que hubiese leche en la nevera—. Hubiese ido con ellos, pero escucharlos ser la familia tan perfecta me dan ganas de vomitar—, habló a la nada.
Claro, ahora eran dueños de una cadena de electrodomésticos y su economía iba cada vez mejor, pero ¿por qué se seguían sin preocuparse de ella? Ojalá siempre hubiese comida en su casa, ojalá Bob se esforzara por notarla, aunque se un poquito, realmente deseaba que Miriam dejase de ser tan distraída y Olga dejara de ser tan perfecta y actuara más como una hermana normal.
Lamentablemente para Helga, su familia seguía sin comprenderla, y con un poco de suerte pudo comer su insípido desayuno. A ella realmente le hubiese gustado ir con ellos, pero ¿de qué servía? Si solo sería una silla vacía en la mesa y un café bebiéndose solo. Olga le presumiría todos sus premios y haría un drama cuando no reaccionara como ella quería, Bob se enojaría por no felicitar a su hermana y no recordaría su nombre y Miriam solo en ese momento vería que ella estaba ahí, ¿para qué repetir el círculo?
Con un suspiro melancólico, la chica pensó que lo mejor era no seguir con ese tema, entre más pasaban los años más se cuestionaba su existencia en esa familia y a pesar de que intentaba no darle importancia, realmente dolía y por lo mismo decidió que no dejaría que sus pensamientos tomaran ese rumbo.
Ella era más fuerte que todo eso.
Arnold y Gerald habían pasado más de dos horas buscando ideas, pero eran tantas, que en vez de ayudar a Arnold hacían que se sintiera terriblemente confundido.
—Wow. No puedo creer que ese tipo haya comprado todos esos Bphone para que lo rechazaran—, comentó Gerald mientras pestañeaba incrédulo, recordando el último video que habían visto.
—Bueno definitivamente no haré eso. Primero, porque es muy excesivo y segundo, ¿de dónde sacaría todo ese dinero?— señaló Arnold.
—Tienes un buen punto, hermano—. Gerald rayó en su libreta esa idea, aunque si lo pensaba bien ni si quiera debió haberla anotado desde un principio—. Bien, verifiquemos lo que hay.
Y así fue como repasaron cada una de las ideas que habían estado recolectando en internet.
Habían visto todo tipo de propuestas desde chicos saltando en paracaídas hasta pizza con mensajes divertidos hasta globos, y de corazones llenos de helio hasta menús con la pregunta; sin embargo, no todas tuvieron el final esperado.
—No estoy seguro de esto, Gerald. Siento que nada es lo suficientemente especial para Helga.
Gerald, al ver el rostro desconsolado del chico, pensó que era el momento perfecto para sacar su carta de debajo de la manga.
—Bien, Arnie. Estaba guardando esto como último recurso, y créeme, viejo, esta será a la altura de tus expectativas, pero antes de mostrarte de qué se trata, debes saber que necesitaras poner mucho tiempo y esfuerzo en ello. ¿Estás dispuesto a hacerlo?
—Por supuesto que sí—, asintió con entusiasmo el chico.
—Deberás trabajar durante días y noches sin cesar. ¿Estás seguro?
—Sí—, Arnold volvió a asentir entusiasmado.
—Tendrás que olvidarte de comer, dormir, e incluso ir al baño. ¿Aun así quieres hacerlo?
—Sí…— Arnold empezó a sentirse ligeramente irritado ante la ansiedad de no saber qué es lo que Gerald tramaba.
—Tendrás que prácticamente dejarte la piel en esto, hermano, y ¿aun así estás dispuesto?
—Gerald…
—Tendrás que…
—¡Gerald!
—Está bien, está bien. Yo solo decía. Entonces, amigo mío, tendrás que ponerte de cabeza al trabajar en esto—, dijo Gerald confiado mientras le mostraba el enlace que había estado guardando.
Arnold se acercó a la computadora con una muy buena corazonada por lo que estaba a punto de ver y no estaba equivocado; él se sintió totalmente asombrado ante la vista y una ancha sonrisa se formó en su rostro mediante las imágenes avanzaban. ¡Eso era perfecto! No tenía idea como lo construirían, sin embargo, él pondría de todo su esfuerzo para que las cosas salieran bien.
Solo ver el rostro emocionado del rubio fue más que suficiente para que Gerald le informara a Phoebe por medio de un mensaje que su idea había sido la ganadora y así ambos chicos se pusieron en marcha para conseguir los materiales necesarios con el propósito de comenzar a trabajar lo antes posible.
Para el domingo Arnold y Gerald habían construido gran parte de la esfera de papel mache y juntos decidieron que como aún le faltaba un par de capas para que esta fuera más resistente, se quedaría en la casa de Gerald y luego la llevarían a la casa de huéspedes para poder pintarla.
Después de haber limpiado el desorden, Arnold se despidió de su amigo, dirigiéndose a su hogar en donde sus padres y abuelos lo esperaban con una cena caliente que no pudo rechazar a pesar de haber comido pizza con anterioridad.
El chico, sintiéndose completamente satisfecho tanto por dentro como por fuera, le dio las buenas noches a su familia y se preparó para ir a dormir.
Una vez en su cama no podía negar que sentía los nervios atravesarle el estómago y la inquietud intentaba instalarse en su pecho ante la ansiedad; ya quería ver la cara de Helga. De seguro le brindaría esa bonita sonrisa y saltaría a sus brazos besándolo mientras gritaba síes de emoción.
Ya era miércoles cuando Helga se dio cuenta que para usar el bonito vestido que recibió el día anterior necesitaba un par de zapatos adecuados, los que lamentablemente no tenía. Sopesó sus posibilidades revisando el armario de su madre y el de Olga, y para su desdicha no encontró nada que le sirviera. Irritada, decidió que no le quedaba de otra que ir al centro comercial después de rechazar a otro perdedor.
El día anterior Helga había recibido una nota y un regalo en su casillero, el cual a pesar de que le dio muy mala espina no podía ignorar ya que el que supuestamente era un humilde presente (según lo que decía la nota) era un par de pendientes de oro rosado y diamantes y algo le decía que no eran falsos e incluso tuvo que llevarlos consigo por miedo a perder algo que podía costar una fortuna y luego tener que pagarlos.
Unas horas más tarde, Helga estaba frente a su casillero alistándose para poder concluir sus tareas cuando escuchó la voz de Rhonda llamarla. Cerró los ojos fastidiada antes de suspirar y girar en su dirección.
—Rhonda.
—Helga, querida, te estaba buscando. Necesito confirmar una cosita contigo.
Pasaron un par de minutos en que las chicas intercambiaron miradas hasta que Helga decidió que había perdido el tiempo suficiente.
—Corta la mierda, Princesa, y dime de una vez que es lo que quieres—, dijo con aburrimiento, no es que la odiara o algo por el estilo, si no que desde que entraron a la escuela media no habían hablado mucho por decir lo menos, ya que realmente no hablaban nada.
Rhonda decidió ignorar su hostilidad y con fingida dulzura fue directo a la yugular.
—Escuché que irás al baile con Arnold. ¿Es eso cierto?
Esa pregunta detuvo por completo las acciones de Helga, haciéndola apretar los puños. ¿Cómo se había enterado? Dudaba mucho que Arnold se lo hubiese contado y estaba segura de que ni Gerald o Phoebe lo hablarían con nadie más.
Sí, podía parecer que los muros con los que se había protegido por tanto tiempo habían desaparecido, pero en el fondo seguía siendo la misma chica que temía el rechazo de Arnold. El miedo seguía ahí como un monstruo feo y oscuro esperando su oportunidad para destruir completamente todos sus sueños y esperanzas, dejándola desamparada bajo la lluvia.
—¡Criminal! ¿Y a ti qué te importa con quien yo vaya o deje de ir?— dijo molesta, intentado evitar dejar que sus antiguos temores volvieran, y antes que Rhonda siguiera cuestionándola, cerró de un portazo su casillero—. Mira, Princesa, fue un gusto saludarte y todo eso, pero ahora tengo que caminar hacia otro lugar y si sigo aquí llegaré tarde. Así que Sayounara*.
Rhonda arrugó la nariz ante el claro desdén de la joven, sin embargo, eso no la haría retroceder, y antes de perderla de vista aceleró el paso. Lo había estado pensando mucho, durante el fin de semana, llegando a la conclusión que hacer algo en contra de Helga era inmaduro y estúpido, y lo mejor era invitarla unirse a su grupo de manera cordial.
En cuanto la rubia cruzó la entrada, avanzó a paso raudo hasta la plazoleta que estaba solo a unos metros de su escuela, sin notar que la otra joven le seguía el paso unos metros más atrás, sigilosamente.
La plaza era una escasa porción de tierra con juegos infantiles, bancas y una pequeña fuente que apenas tenía agua, lo único que la hacía distinta de otras era el enorme sauce que cubría con su sombra gran parte del lugar y ahí estaba él.
Asumió que el chico que estaba bajo la sombra del árbol era Michael, la persona que había dejado la nota en su casillero, y nuevamente tuvo ese mal presentimiento mientras lo contemplaba a lo lejos. Él era lo que algunos cánones de belleza definirían como un chico guapísimo, pero definitivamente jamás seria su estilo.
Para la mala suerte de Helga, Michael se consideraba uno de los mejores partidos de la secundaria, él estaba en décimo grado, era el capitán de futbol americano, uno de los chicos más guapos y populares e hijo de uno de los empresarios más exitosos de la ciudad. Lamentablemente todas esas "cualidades" lo hacían ser un muchacho terriblemente arrogante y egocéntrico.
Él había visto, por primera vez, a Helga exactamente hace un par de días en el parque. Ella estaba acompañada por un chico que tenía una extraña cabeza en forma de balón americano, el que después se enteraría que se llamaba Arnold.
Ese día algo en ella lo cautivó lo suficiente, a pesar de su uniceja, para no poder sacarla de su cabeza durante todo el fin de semana, y para el martes ya sabía todo sobre ella. Desde su nombre hasta su número de seguridad social, y ahora estaba listo para salir con la joven, por supuesto él no contemplaba ni remotamente la posibilidad que lo rechazaran.
—Uhm, ¿hola? Tú eres Michael, ¿cierto?
—Hola, preciosa. Veo que eres una chica muy puntual—, dijo el chico, evaluándola desde la cabeza a los pies, y siendo casi imposible, se sintió más confiado de lo normal al ver el bonito vestido rosa que la chica llevaba puesto y que dejaba ver los lechosos muslos de la joven.
Al ser tan descaradamente evaluada, Helga se sintió terriblemente disgustada. La mirada que él le dirigió fue muy distinta a la que Arnold le había dado. Con Arnold se sintió agradable, con Michael no pudo evitar que un desagradable escalofrió le recorriera la columna e incluso estuvo a punto de abrazarse a sí misma con la esperanza de poder protegerse de su mirada perversa. Nuevamente llegó a ella ese pensamiento: algo no estaba bien con ese chico.
—Sí, si, lo que sea—. La joven rebuscó en su bolsa el objeto que no quería seguir llevando con ella por ningún segundo más—. Escucha… Yo solo vine para devol…— Aunque antes que Helga pudiera terminar de hablar el muchacho la silenció poniendo un dedo en sus labios.
—No digas una palabra más, mi cielo. Entiendo lo enormemente obnubilada que puedas sentirte al saber que alguien como yo, haya puesto los ojos en ti y entiendo que no sepas como agradecerme—, habló coqueto.
—¿Qué? ¡No! Si me escuchas por un segundo…
A pesar de que Helga intentó corregir la situación, él solo la ignoró para continuar con su monólogo.
—Pero no hay nada que agradecer, eres una joven bella y aunque no acostumbro a salir con chicas más jóvenes y de otro status, estoy más que preparado para dejarte que me agradezcas de la manera que más me gusta. Mi limosina nos espera para sacarnos de este lugar e ir a cenar a un hotel y luego tener la privacidad que necesitamos en la habitación que tengo preparada para nosotros dos.
Decir que Helga estaba impactada era poco… ¿Él realmente estaba insinuando, lo que estaba insinuando? Ella tenía solo catorce años y él debía estar cerca de los dieciocho. ¿Realmente esperaba que ella aceptara esa proposición? Tenía razón con su mal presentimiento, él estaba completamente enfermo y debía alejarse de él lo antes posible.
—Tú estás loco.
—Entiendo que te haya impresionado mi generosa oferta y créeme, no se la hago a cualquiera, pero sé que eres una chica casta y por eso no hay riesgos para mí.
—¿Casta?— Él se refería a que ella era… ¿virgen? Él… ¿la estuvo investigando? ¡OH dios! El solo hecho de pensar que alguien estuvo indagando sobre ella de esa manera le causó una completa repulsión.
—Y bien, ¿qué dices?— el chico confiado posó su mano sobre el hombro de Helga.
Helga no sabía quién era este tipo, ni le interesaba conocerlo por un segundo más y si no dejaba de tocarla en ese momento tendría la buena (o más bien mala) suerte de conocer a la vieja Betsy.
—Digo… que eres—, Helga llevo su mano a la de él—. Eres la persona más malditamente egocéntrica que he tenido la desgracia que conocer—, dijo mientras apretaba entre sus dedos la muñeca del joven para apartarla de sí.
—¿Qué?— preguntó sorprendido. Nunca nadie le había hablado así antes.
—Lo que escuchas, querido—, dijo recalcando con sorna el querido—. Vine, hasta acá, con la mejor de las intenciones para devolverte algo que definitivamente no puedo aceptar, pero en vez de intentar escucharme, empiezas a alardear de cómo me estás haciendo un favor al salir con alguien como yo—, sacudió su cabeza, pestañeando incrédula ante tanta arrogancia—, y no solo eso, sino que me haces la insinuación más asquerosa creyéndote la bendición de Dios. ¿Qué clase de patán pervertido, egocéntrico y caprichoso eres? No sé ni me interesa saber con qué clase de chicas sueles salir, aunque me puedo dar una idea, pero si antes no tenías una posibilidad, ahora puedo decir con certeza que jamás me involucraría con alguien como tú—, finalizó soltando con disgusto la muñeca no sin estrecharla con rudeza una vez más.
Cuando por fin Michael pudo recuperar su mano, la frotó, intentando que la sangre volviera a recorrer la extremidad. Por un segundo él pensó que ella le iba a arrancar el brazo y juraría que pronto aparecerían hematomas en su piel mientras miraba estupefacto a la chica. ¿Quién se creía esa mocosa? Estaba a punto de agarrarla para llevársela a otro lado y hacerla pagar cuando el chillido de otra joven cruzó el lugar.
—Helga, ¿qué crees que es lo que estás haciendo?— gritó Rhonda, reconociendo al joven al que la chica había atacado.
—¿Rhonda? ¿Qué mierda es lo que haces acá?
La muchacha ignoró olímpicamente a su compañera para tomar con delicadeza el antebrazo del joven.
—¿Estás bien? ¿Te duele mucho?— Rhonda quitó su vista del joven para enfocarla en Helga—. Por eso dicen que, aunque la mona se vista de seda, mona se queda.
—No te metas en esto, si no quieres que…— La joven rubia estaba a punto de agitar su puño enfrente de su compañera.
—Si no quiero, ¿qué? ¿Me vas a golpear? Esto es a lo que me refiero. Por fuera puedes verte muy linda y educada con tu cambio de ropa y peinados, pero por dentro sigues siendo la triste e ignorada abusiva de siempre.
—Escucha, Rhonda, será mejor que ni te intentes meter en esto. No tienes ni la menor idea de la clase de perdedor que es este tipo—, dijo Helga intentando hacerle entender a la chica que no era buena idea que las dos estuvieran solas con él.
—Tú eres la que no sabe quién es, pero tienes suerte; hoy me siento generosa y te ilustrare. Él es Michael Billinghurst y es el hijo de uno de los mayores inversores de este lugar. Por eso deberías tenerle más respeto, aunque no sé porque me asombra tu ineptitud, si solo eres una perra ignorante—, dijo altanera.
—¿Cómo me dijiste?— preguntó Helga dándole la oportunidad de retroceder.
—Vamos, Helga. Tú y yo sabemos que podrás ser estúpida, pero no sorda, y si por si acaso no lo entendiste a la primera lo repetiré: Eres una perra ignorante y bruta.
Rhonda sabía que estaba tentando su suerte, pero maldita sea, aún no podía creer que una chica como Helga fue capaz de llamar la atención de Michael. Ella misma no había podido lograr más que sonsacarle al muchacho más que un saludo forzado y completamente desinteresado, y ahora se lo encontraba coqueteando con Helga.
—Escúchame Rhondaloid…
—¡No! ¡Tú me vas a escuchar! Es lo mínimo que puedes hacer después de haber soportado por años de tu insufrible personalidad y honestamente ni si quiera entiendo cómo es que Phoebe o el mismísimo Arnold siguen a tu lado. Después de todo ni siquiera tu familia es capaz de sopor…
Solo el sonido de la palma cruzar la mejilla de la pelinegra pudo acallar, brevemente, las malintencionadas y venenosas palabras.
—¡Cállate! ¡No sabes de lo que hablas!
Rhonda se llevó la mano a la cara sintiendo el ligero hormigueo donde la mano de la rubia había chocado, sin embargo, ni si quiera eso la detuvo.
—¿Por qué no me sorprende que utilices los golpes? Pero te equivocas. Claro que sé de qué estoy hablando, Helga. Sé que eres totalmente invisible en tu casa, nadie se preocupa por ti y los que llamas amigos solo siguen ahí porque te tienen lástima—, dijo burlona.
Helga no sabía porque no podía replicar, decir algo para detenerla y solo pudo quedarse paralizada escuchando a la joven frente a ella exteriorizar sus miedos.
—Dime, Helga. ¿Realmente crees que tu cambio es suficiente para atrapar a Arnold?— le preguntó sabiendo exactamente donde más dañar—. ¿Crees que porque ahora luces un poco más bonita él se enamorará de ti? No te engañes, querida. Puede que él te haya invitado al baile, pero es solo porque está encandilado con tu nueva apariencia. Una vez que te haya usado, él te ignorará—. La joven tomo una pausa para agregar maliciosa—. Entiéndelo de una vez por todas. A nadie le importas y nadie jamás te querrá. Después de todo ¿quién amaría a alguien que ni su propia familia puede recordar su nombre?
Rhonda siempre sabía exactamente donde hundir el cuchillo y no solo eso, sino que retorcerlo para ahondar más en la herida.
Pero Helga no le dejaría ver el daño que le había causado así que puso su mejor cara de póker para responder.
—¿Eso es todo o tienes algo más que agregar?— dijo con sorna y se sintió de cierta manera satisfecha al ver la cara de incredulidad que le dio Rhonda al no poder ver el daño que le hizo, suspiró aburrida y termino de sacar la caja—. Mira, princesita. No sé porque el día de hoy has decidido hacerme tu asunto personal y tampoco me quedaré el tiempo necesario para averiguarlo. En realidad, si necesitas a alguien a quien irritar, ¿por qué no sales con él?
Michael se había mantenido en silencio todo el tiempo en que ambas gatas se enfrentaron, honestamente a él no le importaba si se hubiesen matado entre las dos. Lo que no podía tolerar era el rechazo, la humillación y la forma en que esa perra rubia lo había tratado, es más, ya ni siquiera le importaba salir con ella. Lo único que ahora quería era venganza y esa joven pelinegra lo ayudaría.
—Ella… Tiene razón. Eres Rhonda, ¿no? Creo que ya nos hemos visto, ¿cierto?—Michael no la recordaba para nada, pero al parecer ella sí sabía quién era él y sacaría provecho de eso.
Helga se sintió extrañada ante el repentino cambio de actitud del muchacho, quien aceptó de vuelta los pendientes y siguió hablando con la pelinegra de manera amena. Quizás ella estaba equivocada con él y había sacado conclusiones precipitadas, pero aun así dudó en dejarlos a solas y no dejó de vigilarlos hasta que llegó Nadine, a la que le advirtió que no perdiera la vista por ningún motivo a los dos.
A pesar del daño que Rhonda le había infligido con sus palabras, no podía dejarla en las garras del que juzgó como un pervertido, sin embargo, eso no quería decir que por eso le doliera menos lo que dijo y de cierta manera sabía que había algo de verdad en ello.
En el que debería ser su hogar, no era lo suficientemente importante para nadie y lo más probable que también estuviese en lo cierto con sus amigos; ella no era la mejor amiga para Phoebe o Gerald, siempre los estaba interrumpiendo, en especial a Phoebe para que le diese de su consejo; sin embargo, había algo en lo que Rhonda estaba completamente equivocada y eso era en lo que dijo sobre Arnold.
Nunca dudaría de él, quizás nunca la amara de la manera que ella quería, pero él jamás haría algo así de cruel, ni siquiera si su vida dependiese de ello. Él era demasiado noble y gentil para su propio bien. Ni si quiera estaba segura cómo una persona así de maravillosa había llegado a su vida e incluso se cuestionó ser su acompañante.
Acaso… ¿No sería lo mejor que ella rechazara ser su pareja? Él merecía a alguien tan bueno como él y no a una chica tan problemática e insegura. Puede ser que él se sintiese un poco herido en un principio, pero pronto lo superaría y lo mejor sería acabar luego con su tormento, no quería arrastrarlo a toda esa mierda con ella. Por eso realizaría la llamada más dolorosa de toda su joven vida.
Tanto Gerald y Phoebe se encontraban en la habitación de Arnold, trabajando junto al chico.
Después que Gerald le hubiese mostrado "su carta bajo la manga", habían estado entusiasmados trabajando en ello. Esta se trataba de una especie de piñata japonesa llamada Kusudama*, la cual consistía en una especie de esfera que iba colgada en alto, pero a diferencia de las piñatas normales, esta, en vez de romperse, se abre desde el centro para para desplegar un cartel con un mensaje y confeti de colores.
Arnold estaba muy feliz trabajando en los últimos detalles, ya había escrito el mensaje y comprado el confeti de colores brillantes. Solo quedaba esperar que se secara la pintura y el mismo día del evento, Gerald y él la instalarían en lo alto del escenario y todo eso lo pudo lograr gracias a la ayuda de sus amigos. Y a pesar de que ya se los había dicho muchas veces, tuvo la necesidad de volvérselos a repetir.
—Muchas gracias de verdad a los dos. Realmente no sé cómo agradecer de toda su ayuda.
—De nada, Arnold. Solo prométeme que harás feliz a Helga, la quiero mucho y merece ser tratada con amor—, pidió Phoebe, pensando en su mejor amiga.
—No necesitas pedírmelo, solo quiero cuidarla y hacerla feliz. Realmente me gustaría que sonriera más y se diera un poco más de crédito por la valiosa chica que es—, respondió Arnold soñador.
—Oh Dios, Hombre. ¡Por favor! No te pongas sentimental frente a mí. Cuando llegue el viernes solo pídele que sea tu novia frente a todos; fuerte y claro y con eso sería más que suficiente para demostrarle que sus miedos solo existen en su loca cabeza.
Arnold se rió entre dientes ante el tono exagerado de su amigo, sin embargo, no iba a negar que él deseaba exactamente lo mismo, él realmente anhelaba estar junto a ella como su novio, desde que pudo conocer más a fondo a la valiosa chica detrás del par de puños y el ceño fruncido. Su corazón latía solo por y para ella.
—Entendido. Fuerte y claro—, respondió con buen humor mientras reanudaba su tarea.
—Y por favor, viejo. Guarden sus cursilerías en privado—, dijo Gerald recordando con un escalofrió de disgusto las veces que pilló a Arnold y Helga en lo profundo del armario del conserje, besándose, no es que fuera la gran cosa considerando que solo tenían once años, pero fue realmente inquietante, para Gerald ver a su amigo ser besuqueado por la chica que alguna vez su atormentadora personal. Arnold definitivamente era un chico audaz.
—Está bien, está bien. Las cursilerías quedarán en privado.
Después de aclarar eso, los tres siguieron trabajando concentrados en lo que quedaba hasta que el sonido de un par de golpecitos en la puerta los alertó, dejando pasar a la madre de Arnold.
—Lamento interrumpir, chicos—, les dijo la mujer para luego dirigir su voz a la joven—. Phoebe, venía a avisarte que tus padres te están esperando afuera.
—¡Oh No! Olvidé por completo que mis padres me recogerían para ir a cenar—. La joven tomo rápidamente sus cosas, recién notando las llamadas perdidas y los mensajes en su teléfono (el que había estado en silencio)—. ¡Gracias, Señora Shortman!— Se despidió pasando como un torbellino al lado de la mujer.
Pasaron solo unos segundos de quietud cuando el mismo torbellino se devolvió sobre sus pasos para lazarse a los labios de su novio en un caluroso beso de despedida. Antes que Gerald pudiese responder la chica se separó sonrojada recordando que tenían público.
La joven murmuró un suave adiós mientras movía rápidamente la mano antes de volver a bajar.
Gerald observó a la chica irse con cara embelesada y agitando su mano de un lado a otro, perdido en su propio mundo de fantasías románticas y cursilerías, mientras Arnold y su madre lo miraban divertidos.
Después de lo que había pasado con Rhonda, Helga intentó llamar a Arnold, sin embargo, él no contestaba su teléfono, ni siquiera el de la pensión, y tras muchas horas de reflexionar los pros y los contras de negarse a ir con él, decidió que no le quedaba de otra que ir hasta su casa para poder hablar directamente con él.
Ella hubiese preferido no tener que verlo a la cara mientras le decía que no quería que fuesen al baile juntos, ¡rayos! Ni siquiera tenía sentido ir a esa fiesta sin él. A ella realmente no le importaban esas banalidades y de seguro Arnold encontraría a otra chica con quien ir. Ver eso definitivamente le rompería el corazón.
Ya era muy tarde, hacía frío y estaba hambrienta, pero si no hacía eso en ese mismo momento no sabía si seguiría teniendo el coraje para poder apartarse de él. Armándose de todo el valor que le quedaba empezó a subir la escalera de incendios.
Después que Phoebe se marchara, ambos chicos cenaron con el resto de los huéspedes y en ese momento estaban intentando subir la esfera hasta el techo de Arnold, estaban a punto de lograrlo cuando escucharon golpes en el cristal de la ventana que daba al callejón.
Ambos chicos se miraron sorprendidos.
—¿Esperas a alguien, viejo?
—No que yo recuerde. Además, la única persona que llamaría a mi ventana en vez de a la puerta seria…
"¡Helga!" Ambos jóvenes se miraron pensando en la misma persona, si ella veía la Kusudama se arruinaría la sorpresa.
—¿Arnold? ¿Estás ahí?
—¿He-Helga?
—Cabeza de balón, necesito hablar contigo. ¿Puedo subir?
—¡Espera un momento!
—Es urgente. ¡Ya voy subiendo!
—¡No! Espera un momento.
—¿Por qué? ¿Me estás ocultando algo?
—N-no es solo que…
—¿Es solo qué?
—Es solo que… ¡E-estoy sin pantalones!— gritó diciendo lo primero que se le vino a la cabeza para evitar que subiera.
Helga se detuvo en el último peldaño antes de poder llegar al techo del chico sintiendo cómo el calor empezaba a quemar en sus mejillas en tanto recordaba otra situación en donde Arnold tampoco tenía pantalones.
—¡Mas te vale que te apures! No te esperaré eternamente—, respondió mientras de un salto volvió al descanso en el que estaba la ventana de Arnold y se cruzaba de brazos, aún sonrojada, mientras se apoyaba contra la pared.
—Sí, solo dame un momento, por favor.
Gerald negó mientras pensaba que de alguna manera Helga era la que había venido sin anunciarse, pero Arnold era el que tenía que doblarse a su voluntad. Mmm, mmm, mmm, Arnold, eres un caso perdido, pensó mientras seguía jalando la pesada bola.
Con un último empujón más lograron terminar de subirla y esconderla bajo la manta que regularmente se usaba para el piano. Ahora solo faltaba que Gerald saliera del lugar…
—¿Arnold? ¿Ya estás decente?
—Casi, Helga…
—¡Diablos! ¿Cuánto tiempo te demora ponerte unos estúpidos pantalones? ¡Está comenzando a hacer frio!
—Solo un momento más…— respondió Arnold buscando donde esconder a Gerald.
—¡Ya me cansé! Estés listo o no, allá voy.
Helga escaló rápidamente hasta llegar al techo de cristal viendo a Arnold totalmente vestido en el centro de la habitación. Abrió la venta y se lanzó a la cama.
—Bien. Derrama los frijoles. ¿Por qué estás tan nervioso?
—¿Yo?— Arnold tragó grueso y desvió la mirada, toda la sorpresa se arruinaría si la chica descubría en ese momento su plan—. Nada, solo estaba por irme a dormir.
Helga entrecerró los ojos mirándolo sospechosa, Aquí había gato encerrado. No veía el pijama de Arnold por ninguna parte y su ropa estaba desordenada, además él se encontraba sonrojado, agitado y diría que hasta un poco sudado.
¿Él estaba con otra persona en la habitación? Miró a todas partes buscando confirmar sus sospechas cuando vio que había dos vasos encima de una mesa. ¿Había otra chica? Ella se había molido los sesos pensando en cómo rechazarlo y él… ¿Ya encontró a otra persona?
¡No! Él era Arnold, ella pondría sus manos sobre fuego por él. ¡Rayos! Incluso si le pidiesen que caminase sobre lava ardiente o vidrio molido lo haría, confiaba completamente en el chico, pero su lado pesimista la hacía dudar y le susurraba que algo estaba ocultando.
Arnold se sintió culpable por mentirle a la joven, sin embargo, ella no podía saber aún. ¡Se suponía que debía ser una completa sorpresa! Aunque la miró curioso cuando ella se acercó hasta su armario para abrirlo de golpe y mirar dentro. ¿Qué estaba haciendo?
Luego de verla suspirar tranquila, ella se sentó en su sofá hasta que se levantó de un respingo y se subió de rodillas, dejándole ver gran parte de su trasero, mientras buscaba algo en el espacio donde se guardaba el sillón.
Después de unos minutos, Arnold por fin pudo desviar su mirada, incómodo, mientras sentía como su corazón latía más rápido. El calor aumentó en la habitación y una placentera contracción en el área abdominal le anunció que estaba empezando a tener un problema. Rápidamente se sentó en su cama cruzando una pierna sobre la otra, sintiéndose rígido y tenso.
—¿Helga? ¿Qué pasa? ¿Qué es lo que necesitabas hablar conmigo tan urgente?
Luego de haber comprobado que el adolescente no escondía a nadie, Helga se sintió muy mal por haber sospechado de él y cuando lo escuchó hablar con preocupación se molestó consigo misma aún más por su maldita inseguridad.
La chica se sentó de manera correcta sobre el sillón e intentó pensar que si no escondía a nadie… ¿por qué estaba tan… ¿agitado? Y su mente pronto llegó a una única conclusión; haciéndola estallar en descontroladas carcajadas.
Arnold se sintió ligeramente irritado al no entender lo que pasaba y no pudiendo aguantar más la situación, se paró frente a ella con el dorso de las manos en las caderas, sin saber que eso la haría reír más fuerte.
—Helga… ¿me podrías hacer el favor de explicarme por qué vienes a estas horas a mi casa y demandas hablar conmigo solo para revisar mis cosas y luego echarte a reír?— reclamó ligeramente enojado Arnold. No entendía porque se empezó a sentir tan molesto e intentó tranquilizarse respirando hondamente.
—Lo… Lo s-siento—, dijo Helga, apenas pudiendo aguantar las carcajadas, pero intentando calmarse.
Arnold al verla reír de esa manera no pudo evitar sentir que su mal humor se evaporara y a pesar de su postura de brazos cruzados por dentro estaba realmente feliz de verla contenta.
Helga se limpió las lágrimas de los ojos para luego intentar recuperar su respiración hasta que se sintió lo suficientemente seria para hablar.
—Lo siento, Arnold. De verdad.
El chico le dio una mirada sospechosa… Helga no se disculpaba tan rápidamente con ella. Era un tómalo o déjalo, y no sabía porque sospechaba que había algo más en la honesta y risueña disculpa de la joven frente a él.
—No sé por qué siento que me estoy perdiendo de algo. ¿Te estás disculpando por haberte reído? ¿O hay algo más?
—Diría que por las dos cosas…
—¿Las dos cosas? No entiendo—, dijo enarcando una ceja. ¿De qué estaba hablando?
—Una es por reírme y la otra es por… bueno…— Helga se sonrojó evitando mirar nuevamente la entrepierna del muchacho—, por haber interrumpido tu tiempo de chico.
—¿Tiempo de chico? ¿De qué estás hablando?
—Doi, Arnold, no intentes hacerte el inocente conmigo, realmente lamento haber interrumpido tú… uhm… tiempo a solas.
—¿Tiempo de chico? ¿Tiempo a solas?— El joven rubio miró desconcertado a Helga, la que evitaba verlo a los ojos. Ella estaba siendo… ¿Tímida? ¿Y por qué estaba tan sonrojada? Y tanto él y Gerald cayeron en cuenta, al mismo tiempo, de lo que ella había estado insinuando que él había estado haciendo. Arnold abrió rápidamente los ojos mientras agitaba las manos frente a él—. ¡No! Te equivocas, yo no estaba haciendo eso.
—Vamos, Arnoldo. No te preocupes… Es bastante normal que los chicos de tu edad se masturben.
El repentino ruido desde la cama de Arnold alertó a ambos, desviando por un momento la atención de lo que estaban hablando.
—¿Qué fue eso?
—¿Qué cosa?— preguntó Arnold, intentando hacerse el sordo.
—Ese ruido… ¿No lo oíste?
Gerald, en su escondite, se llevó las manos a la boca para evitar ser descubierto, pero el hecho de que Helga pensara que Arnold se hubiese estado masturbando fue realmente hilarante.
—No, pero debió haber sido una paloma—, dijo Arnold encogiéndose de hombros mientras pensaba en cómo debía estar riéndose Gerald y a la vez sintiéndose muy avergonzado que la chica que le gustaba pensara eso de él—. Helga… ¿Por qué… pensabas que estaba… uhm… teniendo un tiempo a solas?— preguntó desviando la mirada, no era el tema más cómodo de hablar, lamentablemente su curiosidad era más grande y debía saber cómo es que ella llegó a esa conclusión.
—Yo… bueno—, Helga se sintió extrañamente tímida de hablar de eso con él, pero ella era la que había comenzado con el tema—. Bueno, dijiste que estabas sin pantalones y tu pijama no está por ninguna parte.
—Que mi pijama no esté no significa que me estuviese masturbando, podría dormir desnudo, ¿sabes?
La sola imagen del chico en su cama sin ropa hizo que a Helga le diera un vuelco en el estómago e involuntariamente apretara los muslos incómoda y acalorada.
—Es que no es solo eso… también… también estas un poco agitado.
—Por supuesto que estoy agitado. Si llegas de la nada mientras me estoy cambiando de ropa—, se justificó sobre la marcha Arnold.
—Y además que todavía estas un poco "despierto"—. Helga no había querido señalarle lo último, pero se sintió molesta que el chico tuviese excusa para todo y pensó que no había manera que pudiese justificar que estuviese erecto.
—¿Despierto? Por supuesto que estoy despierto—, respondió con obviedad Arnold sin captar el doble sentido en las palabras de Helga.
—No, yo me refiero a que tu cosa todavía está levantada.
—¿Mi cosa esta levantada? ¿A qué te refieres con eso? No lo entiendo—, dijo lo último frustrado; se sentía cada vez más acalorado ante la vista de las piernas cruzadas de Helga. ¿Es que no se daba cuenta cómo se le subió el vestido al sentarse de esa manera?
Mientras Arnold intentaba desviar la vista, Helga era inconsciente de su apariencia y se sentía molesta. ¡Oh dios! ¿Por qué Arnold tenía que ser tan duro de mollera? Pero si no le quedaba de otra le diría sin pelos en la lengua lo que aún le pasaba, sin embargo, antes que la chica pudiese volver a hablar, un ruido la puso nuevamente en alerta.
—Arnold, estoy segura de que escuché algo.
—Te digo que no debe ser nada—, insistió Arnold, rogando a que Gerald se quedara quieto solo un poco más.
—Sí, sí. Hay algo cerca de tu cama—. Helga se levantó de su asiento decidida a investigar—. ¡Apártate, cabeza de balón! Tengo que averiguar qué es ese ruido.
Arnold intentó detenerla, sin embargo, ella fue más rápida y nuevamente tendría una vista más completa del trasero de Helga, la cual se había agachado, con las pompas en alto, para buscar la fuente del ruido bajo la cama sin importarle que su vestido se subiera por completo.
Helga estaba decidida a saber qué era ese ruido cuando se encontró frente a frente con un par de ojos que no esperaba ver bajo la cama de Arnold.
CONTINUARÁ...
NA2: Bien, bien. Si sé que aún no les digo lo que pasó, pero esto era necesario y para hacer el siguiente capitulo necesita explicar un poco más.
Sayounara: Adiós (Japonés)
Kusudama: Se trata de unas bolas llenas de confeti y otros elementos (como cintas) además de un cartel que al desplegarse muestra un texto relacionado con la celebración. Reciben el nombre de kusudama, aunque son más similares a una piñata (a pesar que no se rompen como parte de un juego, si no que la parte inferior se abre al tirar de un cordón). Este tipo de kusudama se mantiene en alto (para aumentar el efecto de la caída del texto y del confeti), e incluso flotando (por ejemplo con un globo). Si aún no entienden lo que es busquen el capitulo de la primera temporada de pokemon (21 o 22) donde entran a una torre con pokemones fantasma y al entrar a un salón, Ash, tira de una cuerda.
***Respuestas a los comentarios***
Kiruru: Falta, falta para llegar a la situación actual, pero ya estoy en ello.
Ale Mora: Helga es empeñosa y pone todo de su parte, sin embargo, no todos logran ver eso. ;) pero ya sabes que todo mejorara.
Guest(1): Arnold siempre ha sido una ternurita y por eso creo que podría a llegar así con un par de años más.
Guest(2): Gracias!, en el próximo capítulo se sabrá.
Annasak2: Pues ¡muchas gracias! Y para bien o mal, este capitulo no lo tenía tan planeado, pero se me alargó un poco mas la historia.
EleonorSaotome: Siento la tardanza, no sé si sea la primera, pero tiene un final inesperado o podría decirse que esperado.
Sandra D: XD ¿Sabes que amo el Shortaki? y amo hacer las cosas enredadas, así que no creo que sea loco lo que estás pensando. :D
Guest(3): Me alegra que te guste la historia.
Guest(4): Thanks! continuado.
Yume Musume: :3 Estaba esperando este comentario. Espero que de todas formas sigas leyendo porque no es solo eso.
metitus: Tranquila, soy cruel, pero justa. XD Nah...Pero Helga está bien.
Gracias a todos por sus amables comentarios y por seguir esta historia.
Deje escrito gran parte del proximo capitulo y espero no demorarme tanto.
Mientras tanto lo próximo que actualizare sera: Escenas eliminadas, El amargo sabor de la venganza, Un besó, un dólar y Martes de tacos.
Saludos a todos!
