el cielo va a odiarme

— ¿Por qué estás tan nerviosa? — me encontraba al borde de la cama, balanceando mis piernas en el aire y jugando con los bordes de mi camisón — ¿Acaso es tu primera vez con una chica?

— No, yo... no es eso — Elsa caminaba de un lado a otro, acomodando obsesivamente su cabello frente al espejo con cada pasada —. Solo que no estaba preparada para esto.

— Ven aquí — palmeé mis piernas en un intento por seducirla, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no reír al verme sonrojada en el espejo.

Acerqué su rostro para besarla en una forma lentamente tortuosa, moliendo su entrepierna con mi rodilla hasta el grado de hacerla sollozar. Estaba desesperada, podía sentirlo por la forma en que sus manos apretaban mi cadera murmurando mi nombre entre cada beso. Bordeé su labio con mi lengua y sonreí cuando se contrajo contra mi cuerpo. La tenía bajo mi control.

Durante los últimos años me había tocado aceptar cada tarea y petición que noche tras noche diversos hombres me pedían, era lo que ellos consideraban su juguete, su objeto de placer sexual; y por primera vez era yo la que decidía cuándo y dónde tocar, sintiendo satisfacción con cada súplica que Elsa me profesaba.

Descendí mis besos por su cuello, mordisqueando y chupando la blancuzca piel hasta tornarla rosácea para luego proceder a lamer la herida formada. Todos debían saber que era mía, la había perdido una vez y ahora no iba a dejarla ir tan fácilmente.

— An... Anna, por f... Ah! — mordí su hombro con la fuerza suficiente para hacerla gritar, temerosa de quizás haberme excedido un poco.

— Calma, mi amor — abandoné su cuello para observar su rostro. Dios, es tan hermosa. Su cabello platinado estaba completamente desordenado, cubriendo sus ojos y haciéndole parecer una niña pequeña —. Sé paciente.

Acomodé mejor mi cuerpo para estar a la altura de sus senos, subiendo su camisón hasta la cintura sin mostrar interés en desnudarla por completo. Mi lengua pronto se encontró con su pezón izquierdo, ya endurecido por el juego previo, el cual empecé a lamer hasta lograr que la fina tela se transparentara por completo, permitiéndome ver su pequeña aureola rosada. Elsa intentó sacar el molesto albornoz de en medio, deslizando como podía las tiras por sus hombros solo para volver a ser colocadas en su lugar por mí. Una mirada desaprobadora le bastó para saber que yo estaba a cargo, permitiéndome volver a mi acción.

Le di al otro seno el mismo trato que al anterior, alternando entre masajes y lamidas, y viendo como Elsa se derretía cada vez más bajo mi toque. Toda su sensibilidad parecía concentrarse allí pues podía sentir como mi rodilla se humedecía con sus fluidos, goteando hasta llegar al piso.

— Mírate, estás toda empapada — acaricié tímidamente el interior de sus muslos haciendo que Elsa se estremeciera sobre mi cuerpo —. Sí que eres un desastre pegajoso.

Introduje un poco mis dedos llevando conmigo parte de su ropa interior, quise entretenerme un rato antes de poner rienda a mis ideas por lo que simplemente opté por frotarla ligeramente sin llegar a penetrarla por completo, viendo como Elsa molía sus caderas contra mi mano y murmuraba en frustración.

— Sí que es impaciente, srta. Arendelle — la besé en un intento por hacerla sonreír.

— ¿Siempre eres tan molesta con tus clientes? — Elsa empezó a jugar con las puntas de mi cabello, deslizándolo por mis mejillas para tratar de hacerme cosquillas.

— Soy tu hermanita, es mi trabajo molestarte.

Volvimos a besarnos esta vez con más pasión, de alguna forma el recordar que estábamos relacionadas nos hacía desear más a la otra, como si de esta manera repondríamos todos esos años que nos mantuvimos separadas.

Presioné mis dedos contra su boca para hacer que probara su esencia en ellos, los cuales lamió con rapidez, desde la punta hasta los nudillos y con una expresión de placer en su rostro. Nos acostamos en la cama y con un ligero movimiento finalmente decidí desnudarla, colocándola abajo de mí para así acariciar mejor su busto, pellizcando y retorciendo sus pezones con la fuerza suficiente para hacerla suspirar.

— Anna... — sus ojos se encontraban cerrados en éxtasis — Tócame.

— Pero Elsa, te estoy tocando — había cierta expresión burlona en mi rostro, quería llevarla al extremo para hacerla suplicar — ¿Acaso no lo ves?

— Sabes de lo que hablo, tonta… ¡Ah! — presionó los dientes cuando sintió como mordisqueaba su pezón.

— Oh... ¿quieres que me encargue de esto? — recogí un rastro de sus fluidos con mi dedo, ella solo asintió — ¿Quieres que tu hermanita se haga cargo de ti?

— Por favor — me atrajo para besarme con desenfreno, nuestras lenguas parecían batallar por tomar el control, restregando nuestros cuerpos sin ningún pudor alguno y separándonos solo para respirar.

Ok, dadas las circunstancias de la situación creo que es hora de ser completamente honesta con ustedes, y el asunto es que nunca en mi vida he estado con una chica. Increíble, ¿cierto?

Yo, Anna Summer, sin duda la chica más hermosa de toda la ciudad — el cabello rojo es un punto a favor, jamás había tenido una experiencia lésbica. Mi vasto conocimiento se resumía a videos porno que veía en el modo incógnito de mi ordenador y a escuchar en bucle infinito I Kissed A Girl en mi iPod camino a clases, temiendo que llegase el momento de tener que complacer a una mujer en la cama.

Y justamente para mi mala-buena suerte este era el día.

Elsa estaba acostada frente a mí, sus piernas ligeramente abiertas permitiéndome ver su vagina humedecida, sus senos endureciéndose aún más por el frío y aquella sonrisa enamoradiza en su rostro. Me arrastré hasta quedar entre sus piernas conteniendo el temblor en mis manos cuando deslicé mis dedos por su vientre, no podía dejar que fuera consciente del temor en mis ojos.

Hundí mi rostro en su intimidad, lamiendo sus pliegues con fiereza y sintiendo como se escurría por mi mentón. Su sabor era dulce, aunque algo ácido al final, que alegraba mi paladar al tragarlo, como si se tratase de un bocadillo de media tarde. Elsa arqueó la espalda cuando, a la par con mi lengua, decidí atacarla con mis dedos, curvándolos de tal manera que pudiese llegar a su punto clave para raspar su interior.

— Ann... An-nah! — sus pies se tensaban contra mi espalda y su voz, como podría describirla, era apenas murmullos inaudibles que aumentaban conforme mordía y succionaba su clítoris.

Una idea descabellada invadió mis pensamientos y aprovechando los fluidos que se deslizaban por sus muslos decidí penetrar aquella zona más allá de su feminidad, deslizando mi dedo en su ano y sintiendo como este se contraía contra él. Un ligero gruñido de dolor me hizo parar, alzando la vista para encontrarme con lo que creí sería Elsa observándome enojada, más una sonrisa enternecedora me invitó a seguir, acariciando mi rostro y guiándome nuevamente a su entrepierna.

Movía mis dedos con rapidez, escuchando los sollozos que me indicaban lo mucho que lo estaba disfrutando. Pronto su respiración se tornó más errática conforme sus piernas empezaban a temblar, sabía que estaba cerca y no quería prolongar más su espera. Con una última penetración sentí como Elsa se contraía bajo mi toque, gritando mi nombre en una forma gutural y acurrucándose en la cama para tratar de recobrar la respiración. Sus fluidos corrían por mis dedos y mejillas, pintando de blanco mis pecas y haciéndome lucir como un completo desastre por lo que decidí lamer todo rastro de su potente orgasmo, haciendo que sus muslos ahora brillasen gracias a mi saliva y plantando pequeños besos en su intimidad.

De haber sabido que teníamos un sabor tan adictivo hubiese cambiado mis atenciones al otro sexo hacía ya mucho, aunque quizás solo Elsa tenía este agradable sabor, dejando envidiosa a más de una. No era nada comparado al semen, el cual siempre había sido amargo para mí, de un sabor asqueroso y agrio hasta el grado de no poderlo tragar, teniendo que escupirlo sin que mi cliente se diera cuenta para luego limpiar mi boca con el revés de mi mano.

El pensar en aquel prostíbulo decadente me hizo querer vomitar. Le había dado a Elsa todo el placer que pudo experimentar, presionando su sudoroso cuerpo contra el mío luego de que asimiló su orgasmo y acariciando sus mejillas rosáceas para hacerla dormir. Pero, ¿estaba dispuesta a que Elsa tocase mí desgarrado cuerpo? Todos esos hombres habían hecho cosas desagradables conmigo, habían arrebatado mi inocencia y me habían comprado por menos de lo que realmente valía. Elsa no merecía tener a semejante error en sus brazos, no sería justo para ella.

— ¿Está todo bien? — debió notar una expresión de incertidumbre en mi pues pronto se incorporó en la cama, obligándome a sentarme junto a ella.

— No quiero que me toques — pronuncié firme haciendo que Elsa se intimidara —. No quiero que tus manos toquen lo que otros tocaron, o que beses donde ellos... — me derrumbé por completo frente a ella, llorando sin poder terminar la oración. Cubrí mi rostro con mis manos tratando de secar mis lágrimas e impidiendo que me viera en ese estado. Afuera la luz del sol empezaba a dejarse ver al igual que los restos de una vergüenza que estaba cargando hace mucho.

Elsa me consoló en su abrazo sin decir ninguna palabra, tarareando una melodía que logró calmar mis ansias para así pensar con claridad. Sentí como se levantaba de la cama para hacerme ir tras ella, encaminándome hacia el cuarto de baño y haciéndome parar frente al espejo. ¿Por qué siempre era así de misteriosa? ¿Qué propósito tenía al traerme acá?

— ¿Qué es lo que ves? — se acercó hasta el lavabo para tomar una pequeña pastilla de jabón y humedecerla en el agua.

Yo vacilé con incomodidad, incapaz de alzar la mirada y verme a los ojos.

— Te diré lo que yo veo — se colocó tras de mi para apoyarme en su pecho, sus manos jabonosas se deslizaban por todo mi cuerpo, limpiando y acariciando cada zona posible. Elsa besó el lóbulo de mi oreja, lamiéndolo para luego respirar en el — Veo a una chica que ninguno de esos hombres supo valorar. Veo a alguien que tuvo que pasar por todo eso para poder establecerse — se agachó para enjabonar mis piernas regresando a su posición con rapidez —. Veo a alguien que necesita que la amen desesperadamente porque ella no ha podido amarse a sí misma — me hizo cerrar los ojos para lavar mi rostro, acariciando mis mejillas y besándome con ternura.

Lo siguiente que sentí fue varias gotas de agua recorrer mi cuerpo, estaba terriblemente helada pero por alguna razón se sentía bien. Elsa apartó varios mechones de mi rostro, mirándome fijamente a los ojos y calentando mi interior.

— Estás limpia ahora, Anna — volvió a besarme mientras sujetaba mis muñecas —. Nadie más volverá a tocarte de esa forma, no mientras estés conmigo. Te lo prometo.

Las lágrimas volvían a caer por mis mejillas pero esta vez la felicidad invadía mis emociones. Abracé a Elsa con la mayor fuerza del mundo y, como consecuencia, caímos al suelo al tropezar. Pero no nos importaba, porque estábamos juntas, porque nos apoyábamos en la otra y así conseguíamos tranquilidad luego de haberla buscado hace mucho.

Elsa empezó a besar mi cuerpo con la mayor castidad posible, empezando desde mis mejillas hasta descender por mi vientre, prestando especial atención a mi cuello y mentón. No quería apresurar nada. Quería que me sintiera amada con cada beso y que esa mañana supiera lo que es sentirme especial. Allí estaba la principal diferencia entre nosotras; yo era agresiva, quería que todo fuese rápido y concreto, ella era delicada, tomándose su tiempo en cada acción.

Empecé a acariciar su cabello mientras ella descendía aún más por mi cuerpo, peinándolo con mis dedos y presionando cuando la sentía morder suavemente mi piel. La necesitaba. Necesitaba sus besos y caricias en el único sitio que aún no se disponía a tocar, llevándome al borde cuando su lengua rozaba mi pelvis mas no se atrevía a ir más allá, probando mi fuerza de voluntad para no obligarla a hacerme suya en ese momento.

Me hizo sentarme contra la pared, el azulejo era frío contra mi cuerpo pero Elsa se aseguró de mantenerme firme mientras recostaba su rostro en el interior de mi muslo, mirándome con ensoñación.

Lamió dos de sus dedos sin romper el contacto visual conmigo, introduciéndolos cuidadosamente en mi feminidad hasta que sus nudillos fueron la barrera que le impedía llenarme en totalidad. Arañó delicadamente mi interior para luego volver a deslizarlos e introducir un tercer dedo que hizo que mis sentidos se desvanecieran. No sabía qué hacía pero con cada ligera embestida me hacía llegar al abismo, sintiendo como me contraía contra sus dedos y anhelando que su paciencia se agote tanto como la mía. Mi respiración era cada vez más regular y con dificultad podía mantenerme quieta.

— Estás tan húmeda. Y estrecha. Y caliente. Todo por mí — sus movimientos empezaron a acelerar mientras hablaba, generando gemidos de satisfacción que invadían toda la habitación.

— Ah... Els... ¡Ah! — no podía pensar con claridad, mucho menos hablar por lo que quedé resumida a un ser primitivo que solo logra comunicarse con murmullos, ansiando su liberación.

— ¿Qué dices? No logro entenderte, Anna — los sonidos húmedos de mi vagina solo aumentaban más su descaro. Estaba cerca. Elsa sabía que estaba cerca y aun así me hacía ver la meta muy lejos.

— Mmm...

— 'Mmm' no es una palabra — se incorporó para acariciar mi sudoroso rostro — ¿Acaso mamá y papá no te enseñaron gramática? Y yo que creí que te habían educado bien.

¿Y se atrevía a decir que yo era molesta? Interrumpió su charla para besarme en una forma torpe y descuidada, mordiendo mi labio inferior y riendo al verme gemir en su boca. Sus ojos azules brillaban al dar una última estocada para así descender nuevamente y retirar sus dedos de mi interior. Quise intentar reclamar, enserio traté de encontrar fuerzas, pero pronto sentí como su saliva humedecía más mis pliegues, lamiendo mi clítoris hasta que este no pudo hincharse más y succionando en el mayor estado de lujuria.

— ¡Elsa! — sentí como mi orgasmo noqueó mi cuerpo, expulsando chorros por sobre su rostro — Elsa... — aparentemente era lo único que podía pronunciar, y no es que me queje — Elsa...

No recuerdo nada más luego de que caí rendida en el suelo, sus brazos rodeaban mi cintura y su cabellera platino se esparcía por sobre mi vientre. Buscó mi mano para entrelazarla con la suya, quedándonos en esa posición hasta que todo se tornó negro y no tuve más consciencia de mi ser.

Desperté en medio de sábanas arrugadas y cortinas sin abrir, adaptándome al hecho de que la habitación era ajena a primera vista. Estaba sola. Sola en la cama que había compartido con Elsa esa madrugada y cuyo recuerdo me hizo sonreír como una tonta enamorada. El reloj marcaba las 17:28, las doce horas habían llegado a su fin y junto al pequeño aparato grisáceo descansaban cincuenta dólares bajo una nota que explicaba el pago por horas extra.

Sin duda había puesto atención a las reglas.

No sentí la necesidad de vestirme por lo que solo tomé mis bragas y me dirigí hasta su estudio, esperando encontrar a Elsa allí. Estaba sentada tras un escritorio repleto de papeles y anotaciones — todos ordenados según prioridad para así reducir el trabajo lo más posible — atendiendo varias llamadas sin siquiera notar mi presencia en la habitación.

Se veía tan hermosa, su cabello estaba recogido en su característica trenza y sus ojos brillaban bajo una ligera capa de sombra color púrpura. Sonreía como si le estuviesen hablando de tópicos casuales y no de algún aburrido estado fiscal, dibujando el borde de su libreta para así distraerse. Su repisa estaba repleta de libros, algunos incluso redactados en idiomas que jamás yo llegaría a poder pronunciar y de los cuales estaba segura que ella dominaba. Recorrí cada punto anonadada, admirando su exquisita pero sencilla decoración, hasta que dos fotografías acomodadas en lo alto de una repisa captaron mi atención, haciendo que ignorase todo a mí alrededor.

La primera. Mamá y papá, una simpática pelirroja al medio y una tímida rubia sosteniendo su mano. Noviembre 2009, nuestro último recuerdo juntos luego de que todos nos empezáramos a distanciar más y más.

La segunda, Elsa en sus primeros años de adultez acompañada de una pareja que eran desconocidos para mí persona. Se veían sonrientes a su lado, y hubiese dicho lo mismo de ella si no fuese por el vacío en sus ojos y una falsa sonrisa que no lograba engañar a nadie.

— Son mis padres adoptivos — sentí como Elsa rodeaba mi cuerpo en un abrazo y por unos segundos la idea de estar desnuda no me pareció buena opción —. Tomamos esa foto el día de mi graduación.

— ¿Ellos saben todo esto? ¿El que tienes una hermana menor o las razones de tu adopción? — Elsa asintió en silencio.

— Nunca quise dejar de saber de ti, y cuando tuve la edad suficiente contraté a alguien para que te encontrase — besó mi cuello mientras me cubría con su chaqueta — ¿O acaso crees que yo simplemente decidí presentarme en tu trabajo y ya?

Desde que Elsa me confesó que papá la había dado en adopción sentí culpa por haber estado resentida todos estos años, pero el saber que había hecho todo su esfuerzo por encontrarme fue el golpe que faltaba para hacerme sentir miserable. Elsa nunca se mereció el que yo la odiase, creyendo erróneamente que ella sentía lo mismo por mí.

— ¿Por qué lloras, mi amor? — giró mi rostro para besarme notando como las lágrimas volvían a humedecer mis mejillas.

— Lo siento — fue lo único que logré decir —. Por haber dicho que no quería estar contigo, y tratarte mal y...

— Anna no, no, no — secó mis lágrimas con sus mangas —. No pienses más en eso. Estamos juntas ahora, solo eso importa.

Acunó mi rostro para besarme hasta que el llanto cesó y mis ojos brillaban en alegría. En serio la amaba tanto y el saber que ella a mí también me hacía sentir emociones que nunca creí conocer. Elsa me mostró que el cariño puede durar tras los años, me enseñó a poder aprender a quererme a mí misma y me hizo conocer el amor luego de experimentar muchas noches de maltrato. Me sentía completa a su lado olvidando finalmente todo lo que había recorrido para llegar hasta aquí.

— Quiero que veas algo — me encaminó hasta su escritorio para tomar varias carpetas ordenadas en un archivador. En cada documento figuraba mi nombre adjunto a mis datos y las fechas en que estos fueron recopilados.

Nombre: Anna Sioux Arendelle.

Edad: 15 años, 3 meses (a la fecha, septiembre 2014).

Apariencia: Cabello rojizo, piel pecosa, ojos turquesa.

Ubicación: Palo Alto, California.

Nombre: Anna Sioux Arendelle.

Edad: 16 años, 6 meses (presuntamente a la fecha, diciembre 2015).

Ubicación: ?

Nombre: Anna Summers.

Edad: 18 años, 21 días (a la fecha, julio 2017).

Apariencia: Cabello rojizo, ojos turquesa, piel pecosa.

Ubicación: Brooklyn, Nueva York.

Toda la información respecto a mis últimos tres años de vida estaba allí escrita, los sitios en donde viví e incluso las tiendas que había frecuentado. Elsa había estado tras mi pista como un sabueso, buscando recuperar lo que le habían arrebatado.

— Todo fue un poco más difícil cuando decidiste cambiar tu apellido — me acostó sobre el escritorio para hacerme cosquillas en mi vientre — ¿De quién fue la idea pequeña traviesa? Dime.

— ¡Elsa, no! Detent... Sabes que soy... ¡Basta! — me retorcía entre risas tratando de esquivar sus toques y caricias.

Caímos al suelo producto de los forcejeos, Elsa descansaba sobre mi pecho y trataba de ayudarme a recobrar la respiración. Mi cuerpo ya me estaba pasando factura, entre el dolor por las actividades de ayer y el hecho de no haber comido nada hasta ahora me hicieron sentir un ligero desmayo, aferrándome a mi hermana para intentar caminar.

— ¿Qué te parece si te consigo algo lindo que usar y vamos a cenar? — besó mi mejilla —. Yo invito.

— Eso me gustaría, pero... — apreté su muñeca para atraerla hacia mí — hay algo más que debemos hablar.

— ¿Qué sucede?

— Nosotras — agaché la cabeza apenada —. Eso sucede. Técnicamente somos hermanas, ¿tus padres qué dirán al enterarse? ¿O los demás? Quizás no sea muy obvio al principio pero alguien terminará descubriendo todo y... no digo que no quiero que todos sepan que eres mi novia, espera ¿eres mi novia? No quería apresurar nada, aún ni siquiera me lo has pedido y yo... ¿Podríamos decir que tenemos algo peculiar?

Había empezado a divagar. Era mi principal característica y todos sabían lo difícil que me era mantener mi boca cerrada. Diablos Anna, ¿podrías ser un poco más sutil? No, era claro y aunque intentase mejorar las cosas sabía que todo iba a ir de mal en peor — sin mencionar que el incesto no es el mejor tópico de conversación.

Elsa colocó sus manos en mis hombros intentando minimizar mi irrelevante plática, besando tiernamente mis labios y sonriendo al ver que mi rostro estaba enrojecido.

— Sí, eres mi novia — entrelazó nuestras manos besando mis nudillos —. Y a la vez eres mi radiante hermanita menor. Sabremos cómo manejarnos en ese ambiente.

— Hay una cosa más... el dinero, no puedo aceptarlo. Pagaste por mis servicios de compañía, pero en el transcurso conociste a la Anna real, así como yo también lo hice.

— Quédatelo — recogió su trenza en un moño —. Digamos que llamé a tu trabajo mientras dormías y comuniqué que ya no ibas a trabajar allí. Estaban dispuestos a pagarte pero rechacé su oferta, prefiriendo darte yo el monto que ellos te iban a dar.

— ¡Elsa! — no me molestaba en realidad, pero sí que era astuta.

— ¿Enserio creías que iba a dejarte regresar a ese lugar? — frotó mi nariz con la suya — Eso nunca.

Le sonreí dirigiéndonos a su vestidor, tratando de encontrar algún vestido que se ajustara a mi silueta. En el fondo mis inseguridades me seguían atormentando, el cómo viviríamos y si habrían consecuencias por la relación que decidimos tomar; habíamos decidido arriesgarnos, sintiendo la adrenalina al besarnos y éxtasis al hacer el amor, como si todos a nuestro alrededor supieran nuestro secreto, actuando siempre con cautela sin olvidar en ningún instante el amor que sentíamos entre nosotras ni todo lo que tendríamos, seguramente, que afrontar.

Esa noche regresamos al camino, a aquel asfalto que parecía ser infinito a nuestra mirada, con sus luces fluorescentes y los autos yendo y viniendo a su propio rumbo. Conducíamos al límite de velocidad, escuchando las canciones que sabíamos nos deprimían en la secundaria pero que ahora lograban sacarnos una sonrisa. Elsa entrelazó su mano con la mía, besando mis labios sin despegar sus ojos del camino y murmurando un "te amo" al separarnos.

El futuro parecía ser caótico y diferente para nosotras al adentrarnos más y más en la carretera, y por primera vez en muchos años eso parecía estar bien.


Finalmente pude subir el capítulo final, tuve que reescribirlo porque se me había borrado el archivo y eso me atrasó un poco. No soy buena con los finales felices pero intenté esmerarme con este (aunque al leerlo te deja una sensación extraña).

Espero sus comentarios acerca de qué les pareció, eso me anima mucho para seguir escribiendo.

Y muchas gracias por leer.

Edit: Voy a empezar a escribir otra mini historia (se llamará Strangers y se inspira en la canción de Halsey) por si la quieren leer cuando la publique.