En el que se habla de reuniones forzadas
3
Zura retirando las cenizas y reemplazándolas con lo que alguna vez fueron, empezó a frotar una varilla para reanimar la hoguera. Hacia más frío que la noche anterior, de tal modo que los dientes le castañeaban. Pero, aun con todo, decidió darles un poco de privacidad a Gintoki y Takasugi. Tras el violento intercambio de hacia un rato, sabía que lo mejor era mantenerse apartado.
Gintoki consideró mojar y envolver con alguna de las mantas los pies de Takasugi pues su fiebre era tan alta que el samurái tenía escalofríos y, a juzgar por como apretaba el ojo, quizá también le dolía la cabeza. Takasugi resopló cuando sintió que sus pies eran envueltos en una manta empapada en agua helada, o al menos así lo creyó.
Takasugi se abrazó a sí mismo, como si de ese modo pudiera recobrar algo de calor. Gintoki hacía rato que le había quitado las sabanas que le cubrían y cuando, patéticamente le suplicó que se las devolviera, este se había negado.
–Hay que bajarte la fiebre –le había dicho en tono suave, casi neutral.
He de estar hecho una mierda, pensó Takasugi, concluyendo que si alguien que estuvo a nada de matarlo, luego se mostraba comprensivo, entonces era porque realmente debía lucir muy mal. A sabiendas de que solo sufría de una infección, se sentía morir. Las heridas recibidas con espadas durante los años las recordaba como algo menos doloroso. A ratos no podía ver con claridad y, aunque trató de dormirse, los escalofríos que le recorrían de pies a cabeza no se lo permitieron.
Gintoki colocó su mano en la frente del enfermo, esperando que no siguiera poniéndose más caliente. Maldijo al notar que no únicamente seguía ardiendo sino que su temperatura parecía incrementar rápidamente. Esperaba no tener que vaciarle encima un balde con agua fría, que en cualquier otro momento, hubiese resultado algo divertido de hacer. Apartó el flequillo de Takasugi que, dado el sudor, se le pegaba a la piel.
–Alguna vez estuviste enfermo y Shouyou-sensei estuvo a tu lado, ¿lo recuerdas? –dijo sin estar muy seguro de si Takasugi estaría lo suficientemente lucido como para entenderle. O si en realidad quería revivir esos recuerdos. Ahora estaba claro que Takasugi no iba a poder moverse aunque lo deseara, pero Gintoki habló con la clara intención de distraerle. Esperaba que el samurái se diera cuenta y no se enojara.
No hubo ninguna mirada furiosa en respuesta, todo lo contrario; Takasugi posó su ojo en Gintoki, vacío de cualquier tipo de emoción. Puede que no le hubiera escuchado. En realidad parecía estar confundido.
–Se quedó toda la noche contigo. Quizá te haya contado una historia. No estoy muy seguro. Espiamos Katsura y yo por la puerta, pues estábamos celosos: el sensei nos había prometido que vería un combate entre los dos.
–Sí, eso lo recuerdo… –Takasugi interrumpió perdido en sus memorias–. Pero no me contó nada. En realidad, hizo que yo le contara algo, justo como tú ahora… –Gintoki sonrió ante la calmada reacción.
–¿Sí? ¿Qué le dijiste? –dijo con sincera curiosidad.
–Me preguntó porque había estado molesto los días anteriores a que me enfermara, creo que incluso durante esa semana te rete a muchos más duelos de los acostumbrados. Me batí en duelo también con Katsura.
Gintoki alzó una ceja. Ese detalle no lo había recordado.
–Seguramente perdiste cada una de las peleas.
–Sí, así es –dijo para sorpresa de Gintoki–, perdí, una vez tras otra, enfrente del resto. Y cada vez que regresaba a casa, lleno de moretones y cortes, mi padre me reñía y amenazaba con desheredarme… por eso estaba enojado. En más de una ocasión me dejo colgado de un árbol como escarmiento.
La imagen de Takasugi sostenido por una cuerda atada a la rama de un árbol vino a la mente de Gintoki. Lo había visto ahí, innumerables veces, pero nunca le dijo nada. Zura era el único que se había acercado a él durante sus castigos.
–Pero si en ese entonces, Shouyou-sensei me dijo algo, lo he olvidado –Gintoki vio que el ojo de Takasugi se llenó de lágrimas que no dejó escapar. Tomó nuevamente el paño húmedo y lo pasó por su rostro, secando sus lágrimas. Se había conmovido, al punto de sentir los ojos escocer.
–No olvidarías nada de lo que él dijo, seguramente solo se quedó escuchando y sonriendo, dijeras lo que dijeras. Siempre estaba sonriendo, pese a lo imbéciles que éramos.
–Aun cuando nos pegaba –Takasugi rio pasándose la mano por la cara.
–Sí… –Gintoki se frotó la cabeza, como cuando Shouyou les dejaba chichones punzantes. Takasugi ante el ademán, y la creciente fiebre, pensó que no podría seguir reprimiéndose.
–Pero ya no importa… si recuerdo o no lo que alguna vez dijo o hizo, ¿qué sentido tiene? Aunque lo desee, aunque lo quiera en serio, no voy a verle otra vez. Ni siquiera cuando muera. Es por eso que no entiendo como Katsura y tú pueden soportarlo. ¿Por qué no, al igual que yo, buscan a los culpables de todo el odio que sienten? No pueden negarlo, está en su mirada, está en la mía. No puedes olvidar ese día, te vi llorar, lo último que mi ojo destrozado vio fue esa expresión tuya. Te quebraron y no hay forma en que se pueda reparar el daño.
Hubo una pausa.
–Tienes razón, Takasugi –dijo Gintoki. Pensó en Shouyou-sensei y el día en que se vio forzado a quitarle la vida; sus manos temblaron, como cuando blandió su espada y cortó la carne de su maestro–. Tienes razón y nadie puede entenderte mejor que Zura y yo. Es por eso que tenemos que mantenernos vivos: para detenernos los unos a los otros. Nadie más podría hacerlo. Por eso te pido que no dejes que el odio te consuma, siéntelo, pero no dejes que te venza porque en ese momento el discípulo del sensei dejara de existir.
–Es más fácil decirlo que hacerlo. Yo soy un pecador y eso es algo que no puedo cambiar. Soy una bestia negra en busca de venganza –su ojo brilló, como si quisiera confirmar lo dicho.
–Yo puedo pasar eso por alto, me atrevo a decir que el sensei también te perdonaría. Nos perdonaría a todos.
Takasugi guardó silencio, meditando las palabras de Gintoki quien, aprovechando el momento de silencio, se levantó para volver a poner agua en las vasijas.
Al salir se encontró con Katsura. Por su expresión melancólica podía suponer que había escuchado toda la conversación. El samurái asintió al tiempo que se envolvía más en su yukata.
–Deberías entrar. Tener que lidiar con un imbécil enfermo es más que suficiente –dijo Gintoki adentrándose con las vasijas apretadas contra su pecho.
–Estoy bien –dijo Zura con la boca oculta tras los pliegues de su ropa–. ¿Cómo sigue?
Gintoki tardó en responder.
–No lo sé. Por lo visto, ni siquiera estar al límite le es impedimento para hablar.
N/A: sé que es más corto pero espero les guste.
