II.

Tuve que pestañear varias veces para ser consciente de lo que estaba ocurriendo. Mi recuerdo de la última vez que lo había visto, dos años y medio atrás, palideció en comparación con el aspecto del hombre que se hallaba ante mí.

Era más alto de lo que recordaba. Tiene el cuerpo alargado y esbelto, un torso interminable y unas extremidades que deberían haberle dado un aspecto desgarbado, pero que por algún motivo no lo hacían. A pesar de ello, sigue teniendo ese porte elegante tan característico de su familia: espalda recta, hombros hacia atrás, y barbilla levantada en señal de superioridad. Y, por supuesto, sigue siendo igual de atractivo que cuando estábamos en Hogwarts. No es que precisamente yo me fijara en alguien como Malfoy -sinceramente, nunca fue mi tipo-, pero siempre había tenido algo especial, algo magnético e irresistible que no podía llegar a explicar, pero que hacía que no pudieras quitarle la vista durante un largo tiempo.

Sé que el señor Wright ha terminado de hacer las presentaciones correspondientes. Noto su mirada verde clavada en mí, como si esperara a que dijera algo, pero, sinceramente, estoy sin palabras. ¿Malfoy mi…jefe? No es que dudara de su capacidad para ostentar este puesto, sino que me sorprende que lo haya conseguido en tan poco tiempo.

Yo llevaba casi tres años dejándome el alma en las oficinas para poder avanzar como el resto de las personas normales: con trabajo y esfuerzo, y alguna que otra lágrima. Pero, no sabía cómo, parecía que Malfoy vivía siempre un escalón por encima del resto de los mortales.

La otra pregunta que no paraba de rondarme por la mente era: ¿qué hacía exactamente en Londres? Lo poco que sabía de los Malfoy tras la guerra lo había leído en la prensa. Tras la resolución de los juicios, donde no habían salido muy bien parados, sobre todo económicamente, habían decidido abandonar Inglaterra de forma definitiva. El Ministerio embargó todas sus posesiones en Wiltshire, sobre todo Malfoy Manor, como forma de pago por los crímenes cometidos allí durante la guerra, y después de eso habían salido corriendo del país. Desde aquel momento, les había perdido el rastro, tanto a él como a sus padres, y la verdad, tampoco me había interesado saber de ellos.

Pero para haber perdido casi toda su fortuna familiar, así como también su reputada fama como una de las familias mágica más conocidas y ancestrales del mundo mágico, parecía que la vida no se había portado nada mal con él. No puedo evitar fijarme de que lleva vestimenta muggle: un elegante traje de chaqueta gris marengo, de corte italiano, que debe haberle costado el sueldo que gano en un mes. Debajo de la chaqueta a medio abotonar, lleva una fina camisa blanca y una corbata negra, fina, perfectamente anudada. Estoy realmente sorprendida de que él, precisamente él, se haya atrevido siquiera a vestir algo ajeno al mundo mágico. Y, para añadir más consternación, le queda como un guante.

Le odio.

No he tenido otro sentimiento que ese por Malfoy en toda mi vida. No sé comportarme de forma civilizada con él porque nuestra relación nunca ha sido especialmente cordial… Por esa misma razón, no sé qué hacer. ¿Le doy un puñetazo en la nariz como en tercer curso? ¿O tal vez le ignoro completamente dándole a entender que me importa lo más mínimo que vaya a ser mi puñetero jefe durante tres meses?

No quiero siquiera pensar en el hecho de que esta misma mañana he firmado el contrato para Nueva York. No hay vuelta atrás. Seguramente a estas horas ya esté todo el papeleo cerrado. Dios… ¿Por qué me ocurren estas cosas a mí?

Noto que sus ojos grises me miran directamente, expectantes. Su mirada no ha cambiado en absoluto, sigue siendo dura y fría. Lleva el pelo en un corte moderno, y no aquel horrible flequillo que solía llevar, lo que me permite verle toda su perfecta cara. Parece divertirle la situación porque arquea una ceja y la comisura de sus labios se elevan como diciendo: "¿Te gusta lo que ves, Granger?".

En ese mismo instante quiero arañarle.

Respiro profundo mientras cuadro los hombros. Vamos, Hermione. Eres una mujer madura y profesional. Ya no tienes quince años y tener un comportamiento inmaduro delante de tu jefe…bueno, tus dos jefes, no te beneficia en absoluto. Simplemente salúdale como si no le conocieras de nada y ya está. Ya tendré tiempo de pensar después de salir de aquí.

Como si fuera un chaleco salvavidas, el señor Wright me pone la mano en la parte baja de la espalda y me da un ligero empujón. Corto de repente el contacto visual con Malfoy. Mi todavía jefe me mira y noto que está algo sorprendido por mi comportamiento, y no es para menos. Parece que en algún momento de mi shock se ha agachado a recoger mi agenda ya que me la entrega con la otra mano. Yo la vuelvo a coger, dedicándole una sonrisa amable que sorprendentemente me devuelve, y la coloco a la altura de mi cintura, como si fuera una especie de escudo protector antes de volver a mirar a Malfoy.

Tiene las manos en los bolsillos del pantalón, en una pose desenfadada, y esa estúpida sonrisa en su cara cuando le tiendo una mano mientras le dedico la sonrisa más profesional que puedo.

—Es un placer conocerle, señor Malfoy. —mi voz suena más segura de lo que me siento. Bien, no pienso demostrarle que me afecta toda esta situación.

Malfoy se queda mirando mi mano durante unos segundos, como si estuviera cavilando si devolverme el saludo o no. Al final, clava sus ojos en los míos, a la vez que extiende un brazo en mi dirección. Su mano envuelve la mía en un fuerte apretón y una corriente me recorre la espalda cuando noto su contacto cálido. Me parece ver que sus ojos se oscurecen durante un momento, pero dura poco.

—Me alegra volver a verla, señorita Granger. —su voz es más grave de lo que recordaba y, mientras lo ha dicho, ha arqueado una ceja de forma sarcástica.

No omito el detalle de que el señor Wright no ha apartado la mano de mi espalda en ningún momento. Creo que es la primera vez que tiene este tipo de contacto físico tan directo conmigo, pero no voy a negar que me reconforta que esté a mi lado.

—¿Ya os conocíais? —pregunta con curiosidad Thomas mientras nos mira a ambos sorprendido.

Abro la boca, para decirle que no nos conocemos de nada, cuando Malfoy me interrumpe.

—Fuimos compañeros en Hogwarts. —no da más explicaciones, y ni siquiera nos mira cuando le echa un vistazo a su muñeca, donde hay un extravagante reloj, y pone una mueca. — Pero no he venido a tener reuniones de ex alumnos, señor Wright. Creo que ya lo sabe.

Malfoy ha sido un cabrón maleducado, algo que no me sorprende en absoluto. Thomas se endereza y echa los hombros hacia atrás. Su rostro está demasiado tranquilo y, como le conozco demasiado, sé está aguantando su mal humor para luego.

—Lo tengo presente, señor Malfoy. —no paso por alto su tono cortante y seco.

Se quedan mirándose durante un largo rato, en silencio, y de repente siento que estoy en medio de una lucha de titanes. Mi mirada va de Malfoy, que sigue teniendo esa pose relajada y algo prepotente, a mi jefe, que está completamente en tensión. ¿Qué ocurre aquí? Es el señor Wright quien hace el primer movimiento y señala con la barbilla a la larga mesa que ocupa el centro de la sala.

Malfoy capta su indirecta y pasa por delante nuestra dirección a una de las sillas, ignorándonos por completo, y se sienta en la cabecera de la mesa como si fuera el dueño y señor del mundo. Y exactamente él cree que es así. Pongo los ojos en blanco, intentando morderme la lengua para no hacer comentarios mordaces, y cruzo la sala con la cabeza en alto. Me coloco varios asientos alejados de Malfoy, abro mi agenda y fijo la mirada en ella. Thomas se sienta en mi lado, y pone uno de sus brazos sobre el respaldo de mi asiento. Yo le miro, extrañada por este comportamiento cercano, y él me sonríe. Hoy está sonriendo mucho y eso es demasiado…extraño. Confusa, le devuelvo el gesto.

Draco carraspea, captando toda nuestra atención, y mirarle me ha dejado fuera de lugar. Se ha quitado la corbata, que ha acabado entre sus manos encima de su regazo, y se ha desabotonado la camisa varios botones dejando entrever más piel de la necesaria. Es perturbador. Sacudo la cabeza varias veces, ¿qué hago mirándole? Es más, ¿qué hace medio desnudándose en una reunión? Le miro a la cara, y le pillo observándome. Sus ojos grises me recorren el rostro, de forma lenta, y no sé por qué tengo el impulso de bajar la mirada, pero no lo hago. Si intenta intimidarme lo lleva claro. Al ver que no me rindo, arquea el cuerpo hacia delante y aparta la vista hacia Thomas.

—Le he dado tres meses para buscar a alguien cualificado para acompañarme a Nueva York, Wright. ¿Y todo lo que ha encontrado ha sido… esto? —me señala con una mano, como quien señala a un mueble. En su cara brilla su típica sonrisa maligna, esa que, desgraciadamente, hacía suspirar a todas las chicas de Hogwarts. Menos mal que nunca fui una de ellas.

¿Qué? No lo dirá en serio…

Tengo una media de diez en todas mis asignaturas cursadas en Hogwarts, obtenidas con tesón, duro trabajo y largas horas en la biblioteca, como para que ahora venga un…un capullo egocéntrico a echar por tierra todo ese trabajo. Obviando el hecho de que también llevo casi tres años dejándome la piel en las oficinas, enterrada bajo libros de derecho internacional, leyes y prohibiciones. ¿Quién se cree que es? Seguramente él no haya tenido que trabajar tanto para haber llegado tan alto, probablemente su puesto se lo hayan ofrecido en bandeja, pero eso no le da derecho a tratarme así. Estoy a punto de levantarme de la mesa para gritarle, cuando noto la mano de Thomas apoyarse en uno de mis hombros. Yo le miro con la boca abierta, como pidiéndole en silencio que me deje partirle la cara allí mismo, pero Thomas sólo mira hacia el capullo que está sentado en el otro extremo de la mesa.

—Créame cuando le digo, señor Malfoy, que no contamos en nuestras oficinas con alguien tan cualificada como Hermione para ese congreso. —dice Thomas apenas sin pestañear. —Si quiere aceptarla en el proyecto, bien. Si no ya le puede decir personalmente al ministro que irá a ese congreso con una mano delante y otra detrás. Y ya sabe cómo se toma Shackelbolt los imprevistos de último momento.

La sonrisa de Malfoy se borra de golpe, y yo no puedo evitar sonreír ligeramente. La mención de Shackelbolt parece haberlo achantado algo, y me pregunto cuál será el motivo. ¿Un Malfoy intimidado? Imposible. Estoy bastante contenta por la forma en la que mi jefe, ese ser que creía desprovisto de alma y corazón, me está defendiendo. Veo como Draco aprieta con fuerza la corbata entre sus dedos hasta que sus nudillos se vuelven completamente blancos.

—Considero que nos jugamos mucho en Nueva York como para llevarme a alguien inexperto. No quiero ser la niñera de nadie.

Esto es suficiente. Está dando por hecho que soy una autentica inútil. Y tampoco me beneficia que Thomas saque la cara por mí de esta forma, tengo voz y voto, y no voy a dejar que alguien como Malfoy me haga sentir que no valgo nada. Me levanto de golpe, poniendo las manos encima de la mesa con un sonido sordo, y capto la atención de los dos.

—No vas a tener que ser la niñera de nadie, Malfoy, porque sé hacer mi trabajo a la perfección. He corregido, escrito, traducido y memorizado miles de leyes y decretos en los últimos dos años. Sé la actual situación del mundo, tanto muggle como mágico. Tengo un máster en derecho internacional y derecho laboral, por lo que sé cuáles son los parámetros que se piden en ese congreso. —Malfoy aprieta la boca en una fina línea a medida que voy hablando. Soy una bala, y no hay manera de que frene. — Hablo francés, italiano y español, además de otros dialectos mágicos. Y personalmente redacté las normas del Tratado Europeo de Magia Común. Por lo que sí, estoy perfectamente cualificada para este trabajo te guste o no, y no pienso renunciar a él.

Noto como Thomas se relaja en su asiento, y estoy completamente segura de que está sonriendo, pero mi mirada está clavada en Malfoy. Sigue teniendo la boca fruncida en una fina línea y ha dejado la corbata en su regazo. Sus dedos juegan con los gemelos de su camisa y sus ojos grises me atraviesan como dagas. No me atrevo a moverme, sigo en la misma posición, algo encorvada sobre la mesa. A lo mejor no tendría que haber dicho nada, pero la verdad es que sienta bien poner en su sitio a alguien como Malfoy. Observo que se pasa las manos por el pelo, desordenándolo por completo, y al final se levanta de la silla con rapidez. Mete la corbata en el bolsillo interior de la chaqueta y vuelve a clavar su oscura mirada en mí. No parece muy contento, pero la verdad es que me da igual.

—Bien. Tienes tres días a partir de hoy para preparar el papeleo necesario. Ni uno más ni uno menos, Granger. Mandaré a alguien a buscarla el jueves por la mañana. —su voz suena resentida, incluso enfadada. Luego se dirige a Thomas. — Si esto sale mal, el único culpable será usted, Wright. Que lo sepa.

Tras lanzar esa amenaza, se arregla la chaqueta del traje, nos lanza una mirada ácida, y sale de la sala dando un fuerte portazo.

Respiro profundo por primera vez desde que entré en aquella sala. Relajo el cuerpo, que tengo completamente en tensión, y recojo la agenda sin mirar a Thomas. Éste sigue sentado en la misma posición. No dice nada y yo, sinceramente, lo agradezco. Quiero salir de allí cuanto antes, y lo hago sin pararme a mirar si él me sigue o no.

Cuando me meto en el ascensor rumbo de nuevo a las oficinas, no puedo dejar de pensar de que acabo de meterme dentro de la boca del lobo.