Tensión

Primero de enero

El primero de enero, el equipo de Temari volvió de su misión en las fronteras, con caras largas y de fastidio por no haber podido llegar a tiempo para pasar el año nuevo en Suna.

Lo primero que quiso hacer la líder jōnin fue ir a su casa a ducharse y quitarse el enojo antes de descargarlo sobre el primer pobre diablo que se le cruzara en el camino, en cambio Matsuri, corrió sin premura a la torre del Kazekage.

Al entrar, disminuyó su velocidad, pero no lo suficiente como para que los demás no notarán que llevaba mucha prisa y ansias. Pasó frente a un espejo y frenó en seco, se miró, se quitó una ramita que venía colgando de su cabello, se peinó un poco y trató de quitarse la tierra de la cara. De allí, se enfiló muy contenta hacia el despacho del Kage.

Tocó y abrió despacio. Y allí estaba él, de pie, recargado en el marco de la ventana con vista a la calle; se veía tan serio y tranquilo como siempre. Seguro la había visto llegar corriendo como idiota, eso la avergonzó un poco, pero no por eso retrocedió; tragó saliva y entró.

Vaya que quería arrojarse a su cuello y darle un enorme abrazo; la misión había durado mucho más de lo planeado y lo había extrañado tanto, pero Gaara, por su puesto, no era afectuoso y ella no quería establecer con él un contacto físico que lo molestara, aunque desde tiempo atrás ya venía tentando el terreno y había avanzado lo suficiente para tocar sus brazos y sus hombros en ciertos momentos.

Por ahora, sólo podía dedicarle una sonrisa.

–Hola, Gaara-sensei, aquí está el reporte de nuestra última misión –dijo acercándose y entregándole un par de pergaminos.

Gaara se quedó callado unos instantes antes de tomarlos, la observó de pies a cabeza y notó su respiración un poco agitada.

–¿Y Temari? –preguntó en seco dejando los rollos sobre el escritorio sin mostrarles interés.

–Temari-san fue a su casa a darse una ducha, sensei –contestó cruzando los brazos detrás de la espalda, sonriéndose un poquito– ella está... digamos algo molesta porque la misión se retrasó mucho y no llegamos anoche; ¿sabes? pasamos el año nuevo en una cueva fría, y, bueno, por eso yo te traigo el reporte de la misión.

El Kage la siguió observando serio

–No había prisa –observó.

–Bueno, no... –ella giró el rostro algo abochornada– pero...

Matsuri luchó para no mostrarse avergonzada, sabía que no importaba que se retrasara en entregar los reportes, había shinobis que tardaban meses en hacerlo y no tenían problemas, lo único que ella quería era volver a ver a Gaara; habían sido casi dos meses. Sentía tanta emoción de verlo que no podía ocultársela a nadie, mucho menos a él.

–Estuve bastante tiempo lejos, realmente quería venir a saludarte –admitió dirigiéndole una miradita tímida–; siempre me da gusto verte.

Gaara esbozó una media sonrisa y ella se estremeció; estaba tan feliz de tenerlo tan cerca y de poder tener la confianza de expresarle cuanto lo había extrañado. Sonrió aún más al imaginarse que, tal vez, él también la había extrañado.

A la chica se le descompusieron los nervios y por poco se le para el corazón cuando repentinamente, él alzó su brazo hacia ella y enredó un dedo en su cabello, pasando a un milímetro de su rostro.

–¿Una misión agitada? –preguntó sacándole una ramita del cabello.

–Un poco... sí – contestó pasándose rápido los dedos por el cabello en busca de más ramas– Ah, por cierto, Gaara-sensei, tengo algo para ti... –dijo desviando el rostro antes de perder la cordura y lanzarse a besarlo, llevándose una mano atrás para sacar algo de su bolsa.

Le extendió una cajita envuelta en papel rojo y un moño que Gaara tomó confundido y la observó brevemente.

–¿Y esto?

–¡Es un obsequio, por su puesto! –sonrió divertida– Una chica me lo dio hace un rato, cuando llegábamos a las puertas de la Villa, y me pidió que te lo diera porque sabía que yo te vería...

Gaara rodó los ojos y se sentó en su escritorio.

–No vas a creer mi torpeza, pero no recuerdo su nombre –admitió azorada por su falta de atención– ¿era Ayumi? Azami... empezaba con A.

El chico rasgó lento y sin interés la envoltura de su regalo, oyendo de lejos la voz divagante de Matsuri.

–... o tal vez no empezaba con A, era Nasumi... –ella se sentó en la silla frente al escritorio con la mano en la barbilla– ¡Sí! Su nombre era Azumi. Lindo el detalle ¿no crees, Gaara-sensei?

Gaara terminó de abrirlo dejando a la vista una caja de chocolates; los miró sin ninguna expresión.

–¡Chocolates! –sonrió Matsuri ampliamente– Esos son muy buenos.

Él levantó la vista y se quedó observándola; ella se notaba tan feliz que no podía quitarse la sonrisa de la cara aunque se notaba que lo estaba intentando.

–Este... Gaara-sensei... –lo llamó recuperando un poco la seriedad al recordar que tenía algo imporante que decirle– bueno, el motivo de nuestro retraso fue porque al pasar por uno de los pueblos fronterizos, los aldeanos nos detuvieron y dijeron que antiguos ninjas renegados habían pasado por allí para abastecerse de provisiones.

Gaara la miró con atención; no eran las primeras noticias que le llegaban de renegados, y como cada día los rumores eran más fuertes, comenzaba a planear un grupo de búsqueda.

–Temari-san decidió que nos quedaríamos a indagar un poco –continuó ella– pero al parecer se esfumaron sin dejar ninguna pista.

–Hablaré con Temari al respecto –puntualizó Gaara–. Gracias, Matsuri

Matsuri sonrió desviando los ojos.

–Y, bueno... –susurró ella– feliz año nuevo, Gaara-sensei –Gaara sonrió un poquito– te deseo que este año sea mejor que el anterior y... –se detuvo un momento para pensar– y todo ese montón de cosas que seguro ya te han dicho todas las personas a las que has visto hoy y ya te fastidiaron...

–Sí –dijo él para dar por terminadas las felicitaciones, abriendo con cierto descuido la caja de dulces, empujándola un poquito sobre el escritorio en dirección a la chica– ¿quieres?

Ella sonrió con muchas ganas, mordiéndose el labio inferior para apaciguar la emoción que le daba un hecho tan simplón como que Gaara le ofreciera chocolates, pero es que la hacía tan dichosa e inexplicablemente feliz que le parecía incluso una exageración. Se acomodó mejor en la silla frente al escritorio, tomó con calma uno y se lo llevó a la boca mordiéndolo despacio.

–Gracias... – ronroneó con dulzura mirándolo a los ojos, haciéndolo esbozar una casi sonrisa.

Gaara se quedó observándola mientras comía, cruzando los brazos y recargándolos en la mesa, ella sentía los colores subirle a la cara y trataba de no verse demasiado torpe mientras degustaba los dulces.

–¿Tú no quieres uno? –preguntó ella intentando parecer serena.

–Son para ti –le contestó sin dejar de mirarla con su pequeña sonrisa que sólo le reservaba a unas poquísimas personas, y Matsuri era una de ellas.

–Oh, no; no puedo aceptarlos –masculló– fueron un regalo para ti de alguien más.

–De acuerdo –aceptó él tomando la caja y sacando la mayoría– entonces sólo llévate algunos –jaló la caja a la que ya le quedaban sólo unos cuantos y la guardó en un cajón del escritorio.

Matsuri rió un poquito– Gracias... –tomó los chocolates y los guardó en su bolsa, de seguro no se los comería; podrían pasar siglos antes de que Gaara le volviera a dar algo, así que seguro los guardaría para sólo mirarlos de vez en cuando. Agarró un último chocolate, lo desenvolvió y lo mordió sintiéndose avergonzada y feliz al mismo tiempo.

–¿No vas a leer el reporte de la misión? –preguntó buscando un tema de conversación que le ayudara a apartar su mente del deseo que tenía de tocarlo.

–No.

–¿Por qué?

Gaara ladeó un poco la cabeza clavándole la mirada y quedándose pensativo un momento –En vista de que prefieres estar aquí –dijo estirando un brazo hacía ella y enredando los dedos en su cabello– en vez de ir a quitarte las ramas que traes colgando –le quitó otra ramita haciéndola perder la respiración– puedo dejar mi trabajo un momento y estar sólo contigo –finalizó arrojando la ramita un bote y volviéndose a recargar en el respaldo.

Matsuri se sonrojó y lanzó una risita demasiado nerviosa, agachándose para que el cabello le cayera en la cara y Gaara no la viera, luego, llenó los pulmones de aire y volvió a encararlo.

–Es un placer estar contigo –susurró contenta y él le dedicó un pequeña sonrisa que la obligó a bajar la cara de nuevo de vergüenza –, por cierto, sensei... ya se acerca tu cumpleaños...

Gaara rodó los ojos. Su cumpleaños nunca le había causado emoción y desde que era Kazekage le fastidiaba que armaran fiestas por ello.

–¿Harás algo en especial? –siguió ella.

–Tengo que hacer acto de presencia en mi fiesta –contestó sin ánimo.

–Sí, lo sé, bueno... –masculló Matsuri con timidez– sólo pensé que tal vez este año querrías hacer algo más...

–¿Cómo qué?

–No, no sé... –ella, nerviosa, se mordió un labio– Digo, es tu cumpleaños, deberías hacer algo que quisieras, algo que disfrutaras...

Gaara no hacía más que mirarla fijamente, cómo esperando alguna sugerencia. Matsuri ahogó una risilla y retiró su vista de él; su mirada era demasiado intensa, le provocaba cosquilleos en el estómago y le ofuscaba las ideas.

–Podríamos estar un rato en la fiesta... –divagó la joven– luego ir a algún lado más tranquilo...

–¿Sólo tú y yo? –preguntó serenamente– ¿a eso te refieres?

–Sí –sonrió pero se corrigió de inmediato– ¡No! –carraspeó– Si quieres... o con tus hermanos... algo así...

–Sí. Tú y yo podríamos ir a otro lugar... –Gaara tomó uno de los chocolates y lo desenvolvió despacio– podríamos comer algo en las afueras.

–Claro –el corazón de Matsuri estaba a punto de detenerse–. Puedo preparar algo y podemos salir al desierto a comer, creo que las estrellas se verán muy lindas...

Gaara tomó la palma de la chica sobre el escritorio y le colocó el chocolate desenvuelto. Ella lentamente se lo llevó a la boca sin tener fuerzas para mirarlo y luego regresó para acariciar la mano de Gaara que yacía sobre la mesa. Él movió un poco los dedos para atrapar los de Matsuri.

–Me agrada la idea.

Ella sintió un suave calor en su pecho; una de las sensaciones más bonitas del mundo. Había tocado su mano muchas veces cuando él se la extendía para ayudarla a ponerse de pie en sus entrenamientos, pero este contacto era diferente y definitivamente una pequeña victoria.

–Todo lo que tú quieras –dijo ella serenando su expresión y mirándolo a los ojos. Gaara sonrió un poco.

Tocaron la puerta en esos instantes, y una joven asomó la cabeza. Ellos se soltaron las manos lentamente.

–Kazekage-sama, disculpe la molestia –dijo tímida y sonrojada– pero... el Mayor, es decir, Shisoku-sama esta...

–¡Kazekage-sama! –exclamó un hombre que apareció detrás de ella, le puso las manos en los hombros y dedicándole una sonrisa, la hizo a un lado delicadamente, luego entró– ¡Feliz año nuevo! ¡No quería perderme la oportunidad de venir a felicitarlo personalmente!

Gaara no le contestó, apenas asintió levemente con la cabeza, Matsuri se levantó de prisa e hizo una marcada reverencia. El Mayor se acercó y ocupó la silla en la que había estado la chica.

–Lamento haber llegado de una manera tan abrupta –continuó después de no recibir ninguna respuesta–, pero sucede que hay un asunto de suma importancia que quisiera tratar con usted.

El hijo del Daimyō se quedó un momento callado esperando que le contestara, pero sólo se encontró con los ojos claros de Gaara fijos en él y se sintió algo intimidado, así que desvió discretamente la mirada.

Matsuri nunca había visto al hijo del Daimyō tan de cerca como en ese momento y comprobó que era cierto lo que se comentaba entre las muchachas de la Villa; Shisoku-sama era un hombre alto, bastante más alto que Gaara, apuesto y muy fornido, era como un luchador, a pesar de no estar entrenado en artes ninja, pero sobre todo, era muy, pero muy apuesto.

Shisoku, al notar que era observado por la chica, volteó y le dedicó una amplia sonrisa, a lo que ella respondió sonrojándose aún más de lo que ya estaba, pues en verdad su sonrisa era muy encantadora y sus ojos miel eran divinos, tal como se rumoreaba.

–Se trata de mi padre –siguió hablando el invitado.

Esta vez Gaara asintió con la cabeza y dirigió sus ojos a Matsuri.

–Oh –mustió ella–, con su permiso, Kazekage-sama, Shisoku-sama –hizo una reverencia.

–Señorita –él también reverenció con la cabeza.

Matsuri salió del despacho cerrando con cuidado para no hacer ruido, mordiéndose el labio inferior para aguantar la risa y corrió al escritorio de la joven que había anunciado momentos atrás la llegada del Mayor.

–¡Por Dios, Suki-san! –exclamó la castaña sentándose de un brinco al escritorio– tenías razón, Shisoku-sama es malditamente guapo, debe tener un pacto con el diablo o algo así –se rió echándose aire a la cara con las manos– supongo que ya avisaste a todas las mujeres de la Villa que él se encuentra por aquí, ¿no?

–Quizá ya se me escapó un comentario o dos –respondió la chica con una sonrisa pícara– pronostico muchos paseos casuales por donde él ande... sobre todo después de los comentarios que hizo respecto a que quería desposarse con una kunoichi de Suna.

–¡Y que lo digas! –clavó la mirada en la puerta del Kazekage mientras mecía los pies– su sonrisa es... realmente encantadora, como si viniera de otro mundo... ¿Y has visto sus ojos? ¡qué ojos!.

Suki torció la boca y observó a Matsuri con algo de recelo.

–Ya, ya, ya –exclamó–, ¿no te basta con que Gaara-sama sólo te ponga atención a ti? –sonrió divertida y se cruzó de brazos–, al menos déjanos a las demás el consuelo de poder conquistar a Shisoku-sama.

Matsuri se rió nerviosa.

–¡Qué cosas dices, Suki-san!

–Oh, vamos –Suki comenzó a picarle las costillas con el dedo, Matsuri se bajó del escritorio con otro brinco– ¡Escúpelo! ¡Juro que no se lo diré a nadie! ¿Tú y Gaara-sama ya son novios?

–¡Claro que no! –atrapó sus manos para que dejara de picotearla– ¿de dónde sacaste esa barbaridad?

–Toda la Aldea lo dice –levantó una ceja y remarcó cada sílaba–, Mat-su-ri-chan.

–Toda la Aldea está equivocada –se rió y luego ensanchó más su sonrisa desbordada de emoción–, ¿en serio lo dicen?

–Matsuri-chan... –Suki se acercó a ella acorralándola contra la pared sonriendo con picardía– no pretendas ser inocente... pasas largas horas en su oficina, entrenan juntos cuando él no tiene mucho trabajo, a veces salen a comer los dos solos, sólo a ti te mira cuando te alejas y tú llegas a verlo como una desesperada cada que pasas tiempo sin verlo...

–Gaara-sama y yo nos hemos hecho buenos amigos –se defendió Matsuri tratando de restarle importancia– y el tiempo que pasamos juntos es porque él es mi Maestro y yo le estoy muy agradecida de todo lo que ha hecho por mí... estoy agradecida por su amistad.

–Y lo más importante... ¡Acabo de verlos tomados de la mano!

–¡No estábamos tomados de la mano! –Matsuri intentó ponerse seria, pero la sonrisa de su rostro y el brillo en sus ojos eran inevitables.

–¡Cómo no! –Suki alzó una ceja y torció la boca– Anda, ya dímelo, fingiendo sólo pareces tonta.

Matsuri rió.

–Suki-chan –dijo entrelazando sus dedos– Kazekage-sama quiere pasar su cumpleaños conmigo.

La otra ahogó un grito y dio un saltito

–¡Matsuri! –exclamó emocionada– ¡Te odio! ¡Todas te odiamos!

–Pero eso no significa nada –dijo Matsuri también emocionada–, es simplemente que a él le molesta tanto ruido y quiere alejarse de su fiesta...

–Contigo –completó–, perra afortunada.

–No es la gran cosa...

–Tonta, yo veo a Gaara-sama todos los días, todo el día y sé que le gustas; se nota en cómo te mira...

Matsuri sólo agitó la cabeza negando y mordiéndose los labios para tratar de desvanecer su sonrisa. Cuando él la miraba sentía una calidez en su corazón que no podía sentir en ninguna otra situación y cuando le sonreía sentía que no necesitaba más en el mundo. Estaba agradecida de ser su amiga y poder acompañarlo era lo único que pedía, no se atrevía a avanzar más por miedo a arruinarlo todo...

Ambas chicas volvieron a su postura de seriedad porque la puerta volvió a abrirse y el Mayor salió caminando elegantemente.

–Así que, nos veremos mañana, Kazekage-sama –dijo Shisoku-sama a modo de despedida mientras se alejaba.

Gaara se había quedado en el marco de la puerta observándolo y su única respuesta fue asentir levemente.

Al pasar junto a las dos mujeres, él les sonrió encantadoramente y ellas reverenciaron con respeto. Shisoku-sama hizo un par de movimientos con las manos para un pequeño truco de magia, entonces aparecieron entre sus dedos dos florecillas blancas y las ofreció. Ambas aceptaron el obsequio halagadas.

%%%

–Sí, lo recuerdo, montones de chicas taradas aglomeradas casualmente afuera del restaurante dónde almorzó el Mayor –dijo Temari observando el abanico– pero sigues sin explicarme nada.

–Bueno, Gaara-sama me contó después el motivo por el que Shisoku-sama quería hablar con él... –tragó saliva– es decir, le reveló sus intenciones de matar a su padre para convertirse en Daimyō.

%%%

Dos de enero

Gaara y Shisoku-sama, habían quedado para comer el dos de enero. Al Kazekage no le entusiasmaba la idea y hubiera declinado de no haber sido porque aquel hombre había dicho específicamente que lo que tenía que decirle era de vital importancia para la seguridad de la Aldea de la Arena.

–¿Y bien? –habló Gaara, con su tono exigente y frío cuando ambos estuvieron sentados en la mesa.

–Me alegra que haya aceptado mi invitación a comer, Kazekage-sama –dijo el Mayor mostrándole su sonrisa amable mientras revolvía un poco los fideos de los platos recién llegados– ¿cómo va todo? ¿su familia se encuentra bien?

–No vine a hablar de mi familia –declaró seriamente.

–Qué diplomacia –murmuró para sí mismo y luego agregó en voz alta–. Bien, sé que no le gustan los rodeos, así que iré al grano: hay un Golpe de Estado en contra de la Aldea de la Arena organizándose y mi padre está detrás de ello. Quiero negociar esa información.

–No –respondió Gaara exactamente igual de serio.

No. Sólo no. El Mayor se quedó sin palabras por instantes. Esperaba oír preguntas, entablar una discusión, explicar sus motivos, pero le había contestado con un simple no que cortaba todo el resto de la conversación que tenía planeada.

–Si eso es todo –dijo el Kage comenzando a levantarse–, tengo otros asuntos que requieren mi atención.

–¡No, espere! –lo detuvo alzando hacia él una mano– al menos escúcheme, ¿cómo es posible que no le interese?

–El Daimyō ha querido un Golpe de Estado desde siempre –contestó con frialdad–; no me intimida nada que venga de él.

–Kazekage-sama, escúcheme –Gaara volvió a acomodarse con desgano–. No es un secreto para nadie que mi padre y mi hermano menor están en absoluta contra de usted; cuando yo sea Daimyō acabaré con todas sus estupideces, pero también necesito que coopere conmigo.

–Yo coopero con usted –explicó Gaara sin suavizar su tono–; pero si usted estuviera cooperando conmigo no estaría hablando de negociar información.

–No estoy tratando de chantajearte, Gaara, si eso es lo que piensas –replicó deshaciéndose repentinamente de las formalidades. El Kazekage pareció suavizar su expresión–, pero sinceramente creo que haces muy difíciles las cosas para mí, no es justo; siempre te he apoyado.

Gaara se recargó en el respaldo y relajó un poco más su cuerpo. Debía aceptar que le debía mucho a Shisoku-sama; él era vital para la supervivencia de Suna, pero por alguna razón, Gaara seguía sin poder confiar en él, no lo creía leal ¿de verdad estaría siendo tan injusto?. Hasta el momento, todos sus intereses habían coincidido con los de la Aldea, pero si en algún momento dejaba de ser así, seguramente era capaz de apuñalarlos.

Por eso Gaara trataba de mantener su relación con él lo más distante y cordial posible; por su puesto no era alguien que quisiera como enemigo, sería un suicidio, pero tampoco lo quería como amigo.

Era en momentos como ese que mostraba sus verdaderos colores; él sabía de una conspiración y estaba dispuesto a ayudar siempre y cuando recibiera algo a cambio. Shisoku-sama era un potencial traidor. Irritaba mucho a Gaara porque le recordaba que cualquiera podía ser un traidor.

El silencio fue como una invitación tácita de parte del Kazekage para que el otro continuara con su discurso.

–Quiero una kunoichi de Suna como esposa –declaró con su gesto de triunfo.

Gaara entornó un poco los ojos. Cualquier mujer de la Aldea seguramente lo aceptaría, ¿por qué quería involucrarlo en su búsqueda?

–Pero no cualquier kunoichi –aclaró adivinando los pensamientos de Gaara–; he oído que hay guerreras con un entrenamiento especial; no sólo son amazonas poderosas, también son finas en música y en arte, maestras de la seducción y del amor. He oído que son capaces de llevar sobre sus hombros misiones seduciendo a sus enemigos, que pueden hacer que cualquiera se enamore de ellas y pueden hacerlo durante años, esperando en momento perfecto para atacar sin que sospechen de sus intenciones...

–Las Kishas.

–Sí.

Gaara dejó escapar un imperceptible suspiro. Sabía a qué se refería; eran kunoichi con un entrenamiento extremo que sólo obtenían en el País del Agua, reservadas para misiones de rango S, sin duda de los soldados más valiosos de cada Villa ninja, pares de los ANBU.

–Quiero que una de ellas sea mi esposa.

–No –Gaara sentenció sin dudarlo–. Las kunoichi de Suna no son mercancía.

Shisoku-sama se quedó sin palabras por un instante, bufó una risa y agregó.

–Hay vidas en peligro –su tono era mordaz–. La conspiración, el Golpe de Estado –hizo una pausa y fue capaz de mantener la mirada del otro sin retroceder–. Se acerca un conflicto del que no podré protegerle, Gaara-sama, por eso necesito que coopere conmigo; mataré a mi padre y cuando yo sea Daimyō, Suna podrá dejar de preocuparse. Quiero una de esas mujeres.

–Me esta chantajeando –afirmó Gaara entre dientes y acto seguido se levantó.

Shisoku-sama cruzó los brazos y se echó para atrás en su silla turbado por lo difícil que era siempre tratar con Gaara, y el cielo sabía que lo había intentado innumerables veces en el pasado.

–No ignore la seguridad de Suna –insistió cerrando los ojos.

Gaara apretó un poco los dientes; vaya que sabía dónde estaban sus puntos débiles.

–Buenas tardes –dijo Gaara a modo de despedida y se marchó.

%%%

–¿Kishas? –preguntó Naruto evocando recuerdos, aún sentado en el caro jardincillo del palacio, mientras arrancaba con descuido el pasto– Ero-sennin hablaba bastante de ellas, pero me parecían más bien una alucinación de su parte. ¿Hay kunoichi como ellas en Suna?

Gaara afirmó con la cabeza

–Hay algunas; cada la Aldea cuenta con ellas aunque todas entrenan en el País del Agua. No son cualquier ninja.

–Ya veo –silbó el rubio con los brazos detrás de la nuca– ¿Pero no se suponía que ese tal Shisoku era lo máximo y todos lo amaban? –preguntó enarcando una ceja. Gaara bufó– Todo el mundo hablaba de él como si fuera el dios del universo, incluso Sakura-chan y ella nunca lo había visto en su vida –agudizó la voz para imitar una femenina– "Shisoku-sama, Shisoku-sama, el príncipe del País del Viento"

Gaara miró el piso con desgano y volvió a permanecer callado un rato hasta que agregó:

–Yo fui estúpido –echó la cabeza atrás–. Dejé que me ofuscara el pensamiento; cometí un error muy grande.

–Eso ya no importa ahora –opinó encogiendo los hombros– simplemente... –se quedó en silencio sin saber cómo continuar.

El pelirrojo chasqueó los dientes y lanzó un bufido de fastidio.

–Se lo debí haber dicho a mis hermanos; ellos habrían actuado mejor que yo.

–Gaara...

–En vez de eso, usé todos los reportes de ninjas renegados como excusa para armar un grupo de reconocimiento con mis mejores jōnin y los mandé a buscar pistas acerca del supuesto Golpe de Estado que se avecindaba...