Toda la historia peretenece a la increíble Jennifer L. Armentrout. Nombres de los personajes a la maravillosa Sthepenie Meyer.

Capítulo 3

A Alice literalmente le tomó nada más que un puñado de horas par tomar todo lo que le había dicho, tirarlo por la ventana y atropellarlo con su Volkswagen. Volvió del supermercado con bolsas de mierda y una gran sonrisa en su rostro, y supe que había encontrado a nuestra vecina.

Cuando le pregunté sobre ello, pasó volando por mi lado como un maldito colibrí, rehusándose a contestar ninguna pregunta sobre qué demonios estaba haciendo, pero un poco después de la una, desapareció por la puerta principal. Siendo el buen hermano mayor, por un puñado de minutos, fui hasta la ventana para asegurarme de que todo estaba bien.

Pero Alice no había ido a su auto. Oh, no, había caminado directo a la casa de al lado. No es que estuviera sorprendido. Había estado o en el pórtico de la chica, o en la maldita casa. Era lo suficientemente difícil mantener un ojo en ella durante el año escolar, ¿pero ahora esto?

Alice me evitó cuando finalmente volvió a la casa, lo que estaba bien por mí. No confiaba en mí mismo para no comenzar a gritarle, e incluso aunque era un idiota certificado de primera clase, no me gustaba perder la calma con mi hermana.

Había dejado la casa en mi SUV esa tarde, consiguiendo no mirar a esa maldita casa ni por un segundo. A mitad de camino a la ciudad, llamé a Alec, el gemelo de Eathan y el hermano Denali que hacía juego con mi temperamento y personalidad. En otras palabras, éramos jodidas bolas de luz de sol.

Iba a encontrarse conmigo en el Smoke Hole, un restaurante no demasiado lejos de Seneca Rocks, la cadena de montañas cercana que contenía cuarzo beta, un cristal que tenía esta capacidad asombrosa de bloquear nuestra presencia de lo que la mayoría de los Luxen considerábamos nuestro verdadero único enemigo, los Arum. Pero incluso si el cuarzo beta bloqueaba a los Luxen, una vez que los Arum veían a un humano con una huella sabían que había Luxen cerca.

Me senté en la parte trasera, cerca de la chimenea enorme que siempre estaba encendida durante el invierno. El restaurante era bastante genial, con formaciones de roca sobresaliendo entre las mesas. Como que me gustaba toda la onda terrosa que emitía.

Alec era alto y rubio las cabezas se daban vuelta mientras entraba caminando a zancadas entre las cabinas.

Yo había tenido el mismo efecto en los clientes más temprano.

Podría sonar como si estuviera expidiendo una buena dosis de arrogancia, bueno en realidad sí, pero era la simple verdad. La mezcla de ADN humano y Luxen y la elección que tomábamos al respecto, típicamente significaba que estábamos muy bendecidos en el departamento de las apariencias. Es decir, si pudieras elegir lucir como cualquiera, ¿no elegirías a los que se vieran más calientes? Mis ojos verdes eran un rasgo familiar y mi cabello tendía a rizarse un poco en las puntas, lo quisiera o no, pero mi cuerpo impresionante de metro ochenta y tanto y buenas apariencias de estrella de cine, bueno, esas simplemente encajaban con mi personalidad estelar.

Alec se deslizó en el asiento enfrente de mí, sus ojos de un azul vibrante al igual que los de Eathan e Irina. Alzó su barbilla hacia mí a modo de saludo.

—Te lo advierto. Irina sabe que me venía a encontrarme contigo. No te sorprendas si aparece por aquí.

Estupendo.

Mantuve una expresión agradable en respeto hacia ella y su hermano sentado enfrente de mí, pero un encuentro con Irina no era algo que necesitara en este momento.

—Lo último que supe era que no estaba muy contenta conmigo, así que estaría algo sorprendido si se presentara.

Rio.

—¿Estarías sorprendido? ¿En serio? Conoces a Irina de toda la vida. La chica vive por las confrontaciones.

Eso era verdad.

—Al igual que tú —añadió Alec, sonriendo ligeramente cuando alcé una ceja—. No sé lo que está sucediendo entre ustedes dos.

—Y no es algo que vaya a hablar contigo, Oprah. —Además del hecho de que eran hermanos, vamos, también era difícil de poner en palabras. Me gustaba Irina. Demonios, me preocupaba de verdad por ella, pero estaba aburrido de todo el tema, la expectación de nuestra gente de que terminaríamos juntos. No me gustaba ser predecible.

Alec lo ignoraba.

—Pero sabes lo que se espera de nosotros. —Su voz descendió mientras su mirada encontraba la mía. Una de las meseras aquí era Luxen, pero el noventa y nueve por ciento de los que estaban alrededor nuestro eran humanos—. No hay demasiados de nuestra especie de nuestra edad, y sabes que Aro quiere…

—La última maldita cosa que me importa es lo que Aro quiere. —Mi voz estaba mortalmente tranquila, pero Alec se puso rígido al otro lado de la mesa. Nada me hacía enojar más rápido que tratar con el Anciano conocido como Aro—. O lo que cualquiera de ellos espere de mí.

Sus labios se curvaron hacia un lado.

—Hoy algo se te metió en el culo.

Sí, y ese algo me hacía acordar a un pequeño animal peludo e indefenso.

—¿Cuál es tu problema? —continuó—. Justo ahora tienes esa mirada en tu rostro que dice que o estás verdaderamente hambriento o quieres matar algo.

Sacudiendo mi cabeza, colgué mi brazo del respaldo de la cabina.

Los Denali obviamente no sabían de la chica mudándose al lado, y por alguna razón pensaba que era mejor si las cosas se quedaban de esa manera por tanto tiempo como fuera posible. No porque me importara, sino porque una vez que se dieran cuenta de que había un humano viviendo en la casa de al lado, iba a tener que lidiar con ellos quejándose.

Y hoy estaba lo suficientemente enojado por todos nosotros.

Comimos y luego volví a casa. El sarcasmo de Alec podía aligerar mi estado de ánimo, pero todo se había puesto negro de nuevo cuando estacioné en mi camino.

Era la noche de los Denali de hacer patrullas, pero estaba demasiado inquieto como para quedarme sentado en casa. Nuestras familias eran las más fuertes de todos los Luxen, de allí que la colonia ya estuviera planeando el casamiento de Irina y yo, por lo que era nuestra tarea hacer la mayoría de las rondas y entrenar a los nuevos reclutas.

Pasé la mitad de la noche afuera, sin encontrar nada que hacer para desahogar la frustración en aumento. ¿En aumento? Infiernos. Eso era cómico. Era más como un estado constante de enojo que había estado presente desde que Emmett… Desde que había muerto. Muy pocas cosas lo aliviaban. Ciertas cosas con Irina habían podido, pero la paz siempre era fugaz y nunca valía la pena por todas las ataduras que venían después.

Me quedé dormido en algún momento alrededor de las tres de la mañana y desperté demasiado malditamente tarde, cerca de las once, con toda la energía reprimida todavía vibrando en mis venas. Me arrastré de la cama, cepillé mis dientes, y luego me puse unas sudaderas y un par de zapatillas.

Alice ya se había ido cuando salí de la casa al clima húmedo de verano. Su auto estaba en el camino, pero la chica estaba desaparecida. Infiernos. Estaban juntas. Por supuesto. Mi ira casi llegó a niveles de derrame cerebral.

Si en realidad pudiera tener un derrame.

Bajé pisoteando los escalones del pórtico y comencé a trotar por el camino de entrada. Cuando llegué al final, crucé la calle e hice mi camino a través de los árboles. Me mantuve corriendo a ritmo humano para poder quemar tanta energía como fuera posible y me obligué a vaciar mi mente. Cuando corría, intentaba no pensar en nada. Ni en los Arum. Ni en el DOD. Ni en lo que se esperaba de mí. Ni en Alice. Ni en Emmett.

Ni en la chica de al lado.

El sudor bajaba por mi pecho y mojaba mi cabello. No tenía idea de cuánto tiempo había pasado cuando finalmente comencé a sentir mis músculos quemar y emprendí la vuelta a casa. Para cuando llegué al camino de entrada, probablemente me podía comer una vaca entera.

Y la entrada no estaba vacía. Su auto estaba allí de vuelta.

Reduje la velocidad mientras me fijaba en una pila de bolsas detrás del baúl del auto. Frunciendo el ceño, corrí el cabello de mi frente.

—¿Qué demonios?

Habían bolsas de abono y tierra; bolsas jodidamente pesadas de abono y tierra.

Frenando, alcé la vista hacia la casa con los ojos entrecerrados. Ah, sí, plantas para el cantero que lucían como algo salido de una película de terror. ¿Alice estaba con ella, en serio? Se me escapó una risa. ¿Alice iba a ayudar con las flores? Eso era malditamente gracioso. No podía diferenciar entre césped salvaje y el verdadero, ni era fan de que la tierra se le metiera en las uñas.

Rodeé la parte trasera del sedán y luego paré. Alzando mi vista al cielo, sacudí mi cabeza y reí ruidosamente con humor genuino. Dios, era patético. Me creía todo malo pero no podía pasar al lado de una caja pesada o una bolsa y no ayudar a la chica. Retrocedí y recogí las bolsas, gruñendo por el peso. Moviéndome increíblemente rápido, las deposité en una pila ordenada al lado del arriate patéticamente descuidado y luego entré a mi casa para ducharme.

Fue entonces, mientras estaba debajo del rocío constante de agua, que me di cuenta de que no podía recordar la última vez que me había reído de verdadera diversión.

Justo cuando salía de la ducha, mi teléfono comenzó a sonar desde la mesa de luz. Caminé hacia él, con mis cejas alzándose cuando vi que era Anthony.

Anthony no era mucho más viejo que todos nosotros, pero se había vuelto algo así como el padre sustituto, dado que nuestros padres no habían llegado aquí. Como nosotros, vivía afuera de la colonia, y enseñaba en el instituto. Sabía sin lugar a dudas que haría lo que fuera por los Denali y nosotros. Sin embargo, no era de usar mucho el teléfono.

—¿Qué pasa? —contesté, agarrando unos vaqueros que pensé deberían estar limpios de una pila en el suelo.

Hubo una pausa.

—Eleazar estuvo aquí. Sin Stefan.

—Está bien. —Me quité bruscamente la toalla y la arrojé al baño—.¿Quieres añadir algo más?

—Estaba preparándome —dijo Anthony mientras me ponía los vaqueros—. Eleazar dijo que estaban rastreando movimiento Luxen no autorizado cerca de aquí. Ya sabes lo que eso significa.

—Mierda —murmuré, abotonando los pantalones—. Arum entrando.

Después de todo este tiempo, el DOD no podía diferenciar entre Luxen y Arum, y nuestras dos especies no se parecían en nada. Idiotas. Probablemente era porque nunca habían capturado a uno de los bastardos, dado que siempre llegábamos a encargarnos de ellos antes de que el DOD tuviera una oportunidad de arrinconarlos, como hacían con nosotros. Era imperativo que el gobierno no se diera cuenta de que había una diferencia, porque incluso aunque el DOD había atrapado nuestros traseros, no sabían lo que éramos completamente capaces de hacer.

Tenía que continuar de esa manera, pero no sería así si se daban cuenta de que los Arum eran otra especie totalmente distinta.

—¿Saben cuántos? —pregunté.

—Suena como un equipo completo, pero cuando hay un grupo de ellos, sabes que siempre hay más.

Bueno, ¿no eran noticias maravillosas? Mi estómago retumbó, recordándome lo completamente hambriento que estaba. Fuera de mi habitación, bajé las escaleras de a dos escalones y me dirigí a la cocina.

Cambiando de opinión a último momento, salí al pórtico.

Y las vi.

Ambas chicas estaban trabajando en el arriate, y tenía que admitir que desde donde estaba, la cosa ya se veía mejor. Habían removido un montón de las malas hierbas y plantas muertas, que llenaban la bolsa negra de basura en los escalones.

Alice lucía absolutamente ridícula, tirando delicadamente de las hojas de una nueva planta como para girarla cuando ya estaba metida en la tierra, y no tenía ni idea de lo que estaba intentando hacer.

Probablemente estaba intentando que no se le metiera barro en las uñas.

Mi mirada flotó hacia la otra chica. Estaba arrodillada, una mano plantada en tierra fresca, su espalda ligeramente arqueada y su trasero levantado hacia el cielo. Mis labios se abrieron, y sí, mi mente inmediatamente viajó allí, imaginándola ásperamente en la misma posición con menos ropa.

Y eso me hizo enojar, porque ese era el último lugar al que debía viajar. Ni siquiera la encontraba tan atractiva, por el amor de Dios. De ninguna manera. Para nada.

Se sentó en sus talones y Alice le dijo algo, y luego giró su cabeza lentamente en mi dirección.

—Oye —dijo la voz de Anthony en mi oído.

Alejé mi mirada, frunciendo el ceño mientras frotaba mi mano sobre mi pecho. Mierda. No tenía camiseta.

—¿Qué?

—¿Aunque sea estás prestando atención a lo que estoy diciendo? —demandó Anthony.

—Sí. —Hice una pausa, distraído. Observé a la chica volver al cantero, donde comenzó a cavar furiosamente con una pala—. Alice tiene una amiga nueva. Es humana.

Hubo un suspiro al otro lado de la línea.

—Estamos rodeados de humanos, Edward.

No me digas.

—Sí, pero ésta se mudó a la casa de al lado.

—¿Qué?

—No tengo idea de por qué lo permitieron. —Hice una pausa mientras las observaba. Mi hermana le entregó algún tipo de planta que lucía como maleza sana—. Pero Alice ya fue a presentarse y sabes como es. Desde… Emmett y Rosalie, ha estado desesperada por… —Desesperada por todo lo que Emmett era y yo no. Esa era la maldita verdad, justo allí.

—La escuela es una cosa —dijo Anthony, comentando lo que yo no había dicho pero definitivamente colgaba entre nosotros—. Pero tan cerca… ¿tu casa y la colonia? ¿Qué demonios estaba pensando el DOD?

—No creo que estuvieran pensando. —Pero eso no parecía correcto.

Nunca hacían nada sin tener una razón.

—Tienes que ser cuidadoso.

—Siempre soy cuidadoso.

—Estoy hablando en serio. —La exasperación inundaba su tono.

—Me encargaré —le prometí—. Todavía no le digas nada sobre ella a los Denali, ¿está bien? No necesito tener que lidiar con la forma en que van a reaccionar encima de todo esto.

Anthony aceptó y luego se puso a despotricar por cerca de treinta minutos, alternando entre mi nueva vecina y los Arum. Prestaba atención a pedacitos de la conversación mientras observaba a las chicas desde donde estaba en el pórtico. No necesitaba que Anthony me dijera lo serio que era que los Arum estuvieran cerca o las precauciones que teníamos que tomar, y creo que él lo sabía, también. Pero era Anthony, el profeta de la fatalidad.

Con la confirmación de Arum entrantes, esta mierda entre Alice y esa chica tenía que terminar antes de que sucediera algo y trajera a uno de esos bastardos directo a nosotros, como había sucedido con Emmett.

Cuando colgué el teléfono, entré y tomé una camiseta, y luego volví a salir a pesar de mi estómago vacío y gruñón. Estaba hambriento y molesto. Nunca era una buena combinación.

Alice se paró y cruzó el camino de entrada, limpiando el césped de sus manos, pero la chica se quedó en el suelo, golpeando la tierra. Dejé caer mi brazo alrededor de los hombros de Alice, manteniéndola en su lugar cuando intentó de liberarse.

—Hey, Alice.

Me sonrió con esperanza en su mirada. Sólo Dios sabía lo que pensaba de que apareciera, pero de verdad iba a decepcionarla.

—Gracias por mover las bolsas —dijo.

—No fui yo.

Alice puso los ojos en blanco.

—Como sea, cabeza de chorlito.

—No me hables así. —La acerqué, sonriéndole cuando arrugó la nariz. Sentí ojos en nosotros y cuando alcé la vista, vi a la chica observándonos. El sol había sonrojado sus pómulos, o lo había hecho algo más. Su cabello estaba atado pero el sudor había humedecido los mechones sueltos alrededor de su nuca. La sonrisa desapareció de mi rostro. Ella iba a ser un gran problema—. ¿Qué estás haciendo?

—Estoy…

—No estaba preguntándote a ti —dije, interrumpiéndola mientras dirigía mi atención a Alice—. ¿Qué estás haciendo tú?

La chica se encogió de hombros y tomó una planta en maceta, sin inmutarse en lo absoluto, y mis ojos se estrecharon hacia ella. Actuaba como si ni siquiera estuviera de pie aquí. Inaceptable.

Alice me golpeó en el estómago. Sabiendo que podía golpearme mucho más fuerte que eso, la dejé ir.

—Mira lo que hemos hecho —dijo—. Creo que tengo un talento escondido.

Miré el arriate. Sí, habían hecho un buen trabajo. ¿Pero cuán difícil podía ser quitar las hierbas y plantar mierda nueva? Arqueé una ceja cuando la chica me miró.

—¿Qué? —demandó.

Me encogí de hombros, y honestamente no me podía importar menos.

—Es lindo. Supongo.

—¿Lindo? —chilló Alice—. Es mejor que lindo. Quedó increíble. Bueno, Bella lo hizo increíble. Yo sólo le entregaba las cosas.

Ignorando a mi hermana, fijé mi completa atención en la chica.

—¿Esto es lo que haces con tu tiempo libre?

—¿Qué…? ¿Estás decidido a hablarme ahora? —Sonrió y mi mandíbula se apretó mientras agarraba un puñado de abono—. Sí, es un tipo de pasatiempo. ¿Cuáles son los tuyos? ¿Patear cachorros?

Al principio, no estaba seguro de por qué me había dicho eso, porque nadie me respondía. Nadie estaba tan loco. Incliné mi cabeza hacia un lado.

—No estoy seguro de si debería decirlo enfrente de mi hermana.

—Qué asco —murmuró Alice.

El rostro de la chica se sonrojó incluso más, y sentí mis labios curvarse en las comisuras. ¿En qué estaría pensando?

—Pero no es tan ñoño como el tuyo —añadí, haciendo un gesto hacia el arriate.

Se puso rígida. Pedazos de cedro rojo cayeron al suelo.

—¿Por qué es ñoño?

Alcé ambas cejas.

La chica se retiró sabiamente, pero su mandíbula sobresalía mientras volvía a extender el abono, y mis ojos se estrecharon todavía más. Podía adivinar que estaba intentando mantenerse callada, y eso me hizo sentir como un tiburón que olía sangre en el agua.

Alice también lo sintió, porque me empujó.

—No seas un idiota. ¿Por favor?

—No estoy siendo un idiota. —Observé a la chica. Sus cejas se alzaron, y allí estaba. La actitud. No me gustaba… pero sí me gustaba, y darme cuenta de eso me hizo enojar todavía más. — ¿Qué pasa? ¿Tienes algo que decir, gatita?

—¿Aparte de que me gustaría que nunca me llames gatita? No. —Pasando sus manos tranquilamente sobre el abono, se paró y le sonrió a Alice—. Creo que lo hicimos bien.

La chica estaba ignorándome.

—Sí. —Alice me empujó de nuevo, pero esta vez en dirección a nuestra casa—. Lo hicimos bien, no es soso ni nada de eso. ¿Y sabes qué? Creo que soy una ñoña.

Mientras observaba las plantas frescas, todavía no podía adecuarme al hecho de que de pie allí, fingiendo que yo ni siquiera estaba aquí. Esta chica no estaba ni un poquito intimidada. Eso me dejó anonadado. No podía estar leyéndola bien. Sí, la mayoría de las chicas humanas no corrían lejos de mí. Querían correr hacia mí, pero una mirada las haría escabullirse. Esta chica actuaba como si no le importara.

—Y creo que necesitamos esparcir nuestra ñoñez en el jardín de nuestra casa —continuó Alice, prácticamente tarareando por la emoción—. Podemos ir a la tienda, conseguir las cosas y puedes…

—Ella no es bienvenida a nuestra casa. —Molesto, sabía a dónde se dirigía esto—. En serio.

Las manos de Alice se apretaron en puños.

—Estaba pensando que podríamos trabajar en el lecho de flores, el cual estaba afuera, no adentro, la última vez que lo vi.

—No me importa —espeté—. No la quiero allí.

—Edward, no hagas esto. —Su voz bajó, y luego vi sus ojos ponerse demasiado brillantes—. Por favor. Ella me agrada.

Odiando la mirada en sus ojos, exhalé suavemente.

—Ali…

—¿Por favor? —pidió de nuevo.

Maldije bajo mi aliento mientras cruzaba mis brazos. No podía rendirme en esto. Había demasiado en juego, como su vida.

—Alice, tienes amigos.

—No es lo mismo, y tú lo sabes. —Cruzó sus brazos—. Esto es diferente.

Observando a Bella, sonreí. Lucía como si quisiera lanzarme algo.

—Son nuestros amigos. Son como tú. No necesitas ser amiga de alguien… alguien como ella.

—¿Qué quieres decir, alguien como yo? —demandó Bella.

—Él no lo dijo en serio —se apresuró a añadir Alice.

—Pura basura —dije. Lo había dicho completamente en serio. Esta chica simplemente no entendía lo que verdaderamente significaba.

Bella lucía como si estuviera a punto de desafiarme, y si no hubiera estado tan malditamente molesto, podría haber sido lindo.

—¿Cuál es tu jodido problema?

La confusión pasó a través de mí mientras la enfrentaba completamente. Esta chica… guau. Era más bonita que el promedio cuando sus ojos se encendían con chispas de enojo, pero estaba determinado a no dejar que me importara.

—Tú.

—¿Yo soy tu problema? —Dio un paso hacia adelante, y oh, sí, quería desafiarme—. Ni siquiera te conozco. Y no me conoces.

—Ustedes son todos iguales. —Y maldita sea, era la verdad—. No es necesario llegar a conocerte. Y no lo quiero.

La confusión parpadeó a través de su rostro mientras alzaba sus manos.

—Eso es perfecto para mí, amigo, porque no quiero conocerte tampoco.

—Edward. —Alice agarró mi brazo—. Detente.

No quité mis ojos de Bella.

—No quiero que seas amiga de mi hermana.

—Y a mí no me importa una mierda lo que tú quieras —respondió bruscamente.

Santa mierda. No estaba ni un poquito equivocado cuando pensé que no estaba intimidada para nada, y mi primera e inmediata reacción fue que me gustaba eso.

Y no podía suceder.

Me moví, más rápido de lo que probablemente debería haberlo hecho, pero estaba allí, justo enfrente de ella, mi mirada fija en la suya.

—¿Cómo… cómo te moviste tan…? —Dio un paso hacia atrás, sus ojos ampliándose mientras se estremecía.

Allí estaba. Miedo. Y quizás me hacía un completo asno, pero quería que estuviera asustada porque en mi mundo tener miedo era tener sentido común.

—Escucha con atención —dije, acercándome hasta que estaba contra un árbol y encerrándola. No alejó la mirada de mí—. Únicamente voy a decírtelo una vez. Si algo le ocurre a mi hermana yo… —Mi mirada cayó y vi sus labios abrirse. Maldita sea, no me había dado cuenta de cuán llenos eran sus labios hasta este momento. Cuando levanté la vista, ella tenía esa mirada de nuevo, una que decía que su mente reconocía el peligro en el que estaba, pero su cuerpo no estaba en la misma página.

Se sentía atraída hacia mí, incluso ahora, cuando la había hecho retroceder a través del jardín, se sentía atraída hacia mí. Y eso encendió algo en mí a lo que no quería prestar demasiada atención.

Mis labios se curvaron hacia arriba y bajé mi voz.

—Eres un poco sucia, gatita.

Parpadeó lentamente, como si estuviera aturdida.

—¿Qué has dicho?

—Sucia. —Dejé que la palabra colgara entre nosotros y luego añadí—: Estás cubierta de suciedad. ¿Qué pensaste que significaba?

—Nada. —El sonrojo en sus mejillas decía otra cosa—. Estaba plantando flores. Te ensucias cuando haces eso.

Resistí la risa ante su intento pobre de explicarse, pero todavía estaba encogiéndose del miedo, y eso era algo caliente.

—Hay maneras más divertidas para… ensuciarte. —Me frené a mí mismo. ¿De dónde demonios salió eso? Sí, necesitaba corregirlo—. No que yo vaya a mostrarte cómo.

Ese… interesante sonrojo se extendió por su garganta.

—Preferiría rodar entre el estiércol que dormir contigo.

Tan jodidamente dudosa.

Parte de mí quería desmentirla justo allí. Bajar mi cabeza y probar esa boquita inteligente. Estaba dispuesto a apostar un brazo a que no iba a empujarme, pero la satisfacción momentánea no lo valía. Con una última mirada, me giré y mientras pasaba a Alice, grité—: Tienes que llamar a Matthew. Justo ahora y no dentro de cinco minutos.

Era una mentira, pero como la mayoría de las mentiras, haría su trabajo.