Disclaimer: Axis Powers Hetalia no me pertenece, tampoco Artestella ni mucho menos el Cardverse.

Advertencias: Casi nada aún…

Parejas involucradas: En este capítulo: Francia/Inglaterra. Creo que nada más 8D.

Palabras: 1,838.

Resumen: Los guardias no advirtieron la presencia de los extranjeros, que pronto enfilaron hacia el Castillo de torreones azules y banderines que mostraban con arrogancia sus emblemas al viento.

Sucesos históricos relacionados: Basado en Cardverse, repito. Nada histórico.

Nota de autor: Tercer capítulo. Y nos acercamos poco a poco a aquello que nos convoca ;DD Gracias por el comentario único xD Me anima a seguir en esto.


Capítulo III: Una Reina necesita galletas para su té.


Arthur ignoró la venda en su mano al alzar su taza de té. Lentamente, sorbió del líquido color caramelo, la rosa salvaje mirándole desde el florero con agua; rehidratándose tras el largo viaje desde el verano al invierno del Reino de Espadas, allí donde llovía durante cinco años, casi sin parar, sin detenerse hasta que a las nubes se les antojaba apartarse un poco. Y Arthur no sabía si debía agradecer la lluvia o no. Le gustaba, eso era cierto, pero a veces era demasiado llover, a veces le sobrevenían ganas de llorar por culpa de tanta lluvia golpeteando las ventanas, buscando entrar.

Y lo peor era que faltaban tres años para que entrasen en el otoño, al fin. Y la lluvia diera paso a ventiscas y mañanas soleadas.


Iván tronó sus manos, recalcándole a Elizabeta que era capaz de mucho más. Más que haberle arrastrado a través del salón donde el trono reposaba, más que golpearle piernas y brazos sin piedad alguna.

No había hecho nada malo. Al menos no en la fiesta. Allí había sido tranquila completamente; pero había revelado, tras ello y con una buena cantidad de alcohol en la sangre, al As de Diamantes, los planes de su marido. Que querían aliarse con los Corazones para apoderarse de sus pobrecitos Reinos.

Y cuando Iván se enteró, no necesitó saber más para tomar a Eliza de los cabellos y arrastrarle a vista y paciencia de veinte sirvientes a la hora de la limpieza.

La joven le miró desde el suelo, sus verdes ojos desafiantes, antes de que Iván se levantase rápido y pusiera un pie sobre la cabeza de la mujer, sin presionarle mucho.

- Espero que hayas comprendido la lección. No me gustaría tener que hacer cosas peores que esas contigo, Elizabeta. Sé sumisa por una vez en tu vida, que la información bien lo vale. Sumisa y pegada a mí, desde ahora. Ni siquiera cuando venga el Comodín te dejaré sola con él. Jamás. – Sonrió el alto albino, sus labios estirados de oreja a oreja dolorosamente.

Elizabeta soltó un gemido ante el cual Iván se alejó. Sólo para verla asentir antes de intentar levantarse. No pudo hacerlo.

- ¡Roderich! – Gritó la mujer, al darse cuenta de que no podía ponerse en pie.

El Jota se arrodilló a su lado y le cogió la mano con delicadeza, levantándola y sujetándola por la cintura.

- Llévame a mi trono. – Ordenó la Reina, con una voz aún más fortalecida que antes.

El joven de cabellos oscuros le llevó al trono con paciencia, ayudándole a la mujer a caminar, hasta lograr hacer que se sentara. Roderich la vio poner sus manos en los costados del trono, con una mirada poderosa, aún si tenía el labio y la mejilla heridos y amoratados, y suspiró, alejándose.

- Mi Rey. – Uno de los sirvientes entró, rápido y menudo de tamaño, y se inclinó frente al trono de Tréboles, con una rodilla apoyada en el suelo.

- Habla, Raivis. – Autorizó el Rey verde, sus ojos posados en el cabello color miel de su sirviente, que alzó la mirada azul, temblorosa y aterrada.

- El Rey de Espadas le espera en el Salón de Oro.

Iván sonrió, levantándose del trono sin siquiera dirigirle una mirada a Elizabeta antes de partir.

- Ven conmigo, mi Reina. – Gruñó el monarca.

La joven se levantó a duras penas y le siguió lentamente.


Francis sonrió, vistiendo el azul por primera vez en su vida; con una capa que le cubría la cabeza, empapándose allí fuera con la lluvia. El As le seguía de cerca y, de pronto, el Rey naranjo le hizo detener la marcha. Estaban frente la Fortaleza de Espadas, un recinto impenetrable que podía contener el ataque de los Corazones y sus armas, y mantenerse allí hasta el fin de los tiempos si era necesario; con provisiones para décadas de asedio.

Ambas miradas, la azul y la verde, se asomaron al camino, esperando ver pasar a los aldeanos y colándose entre ellos. Los guardias no advirtieron la presencia de los extranjeros, que pronto enfilaron hacia el Castillo de torreones azules y banderines que mostraban con arrogancia sus emblemas al viento.

Con las capas azules mojadas, el Rey de Diamantes y su leal As cruzaron el mercado de la pequeña ciudad refugiada en la Fortaleza; y el joven monarca se dio el lujo de escoger la manzana más roja, dejando una moneda dorada en su lugar, antes de continuar avanzando entre cabras y ovejas, gallinas y verduras aromáticas del Este, mujeres cargadas de tejidos y canastas.

Olía a metal, a tierra mojada y a gente. Olía… a ausencia de Rey. Y eso era lo que provocaba la sonrisa de Francis.

No tardaron demasiado en pasar frente a la Catedral de los Eternos, donde Francis se detuvo como todos los que pasaban e imitó a los demás; siendo imitado, a su vez, por su As. Pero el Dios al que adoraban, el Dios de los Diamantes, estaba tanto en casa como en el bolsillo de ambos. El Dios Dorado; el que controlaba el dinero y que, por lo tanto, hacía que cada transacción fuese un acto divino en el cual aquel Dios decidía para quién sería un buen acuerdo.

- Quiero que le veas primero, y le juzgues. Que me digas que opinas de él, que me digas todo lo que de su persona sabes y conoces. – Musitó Francis, el rostro oculto en la capa y el cabello.

- Así será, mi Rey. – Asintió en el mismo volumen la voz del As.

- Llámame Francis, Antonio. – Le recomendó el monarca, continuando el camino.

- Así lo haré, Francis. – Contestó el moreno, quitándose la capa y agitando su cabello húmedo al pasar bajo un portal.

- Aprendes rápido. – Suspiró el Rey naranjo, observando a la distancia los puestos de guardia en el último cerco que llevaba a la escalera que subía hasta el Castillo.

- Se ve complicado, ¿eh, Francis? – Soltó Antonio, arrugando el ceño al notar en dónde se perdía la mirada de su Rey, dándose cuenta de algo relevante que podía ser de gran ayuda, justo en las puertas del cerco alto que separaba a los Reyes de todos sus vasallos. – Pero gracias a todo lo eterno y divino, tenemos la excusa perfecta para entrar.

Francis dirigió su mirada azul al lugar que su As señalaba, bajo los puestos de guardia. Mujeres y hombres entraban con canastos enormes de frutas y verduras frescas al Castillo, y el cargamento de afuera parecía no tener fin conocido por ahora.

- Vamos rápido, Antonio. Antes de que perdamos nuestra oportunidad. – Rió el rubio, trotando hasta la carreta llena de canastos.

Una mujer les miró con desconfianza, sobre todo porque llevaban las capas puestas sobre los cabellos. Antonio comprendió de inmediato, y se quitó la capucha. Francis le imitó y sus cabellos húmedos se mecieron contra su rostro mientras miraba a la mujer con fervor. Esa mujer era su única entrada al Castillo y al encontrarse con la Reina de Espadas.


- El invierno parece eterno en el Reino de Espadas, mi Reina. – Sonrió Francis, colándose en la fresca habitación en la que el joven de ojos verdes bebía té con lentitud.

Una mirada desconfiada al principio, que luego se ablandó y se volvió dura por completo.

- ¿Qué haces aquí, Rey de Diamantes? ¡Y vistiendo de azul, además!

La Reina se puso de pie de golpe, dejando su taza de porcelana en el platito. Francis no le miró hasta dejar una pequeña bolsa blanca atada con una cinta dorada sobre la mesita. Arthur miró la bolsa y luego a Francis con desconfianza renovada.

- Es un pequeño detalle de mi parte para quien se ha ganado mi favor. – Apuntó el de cabellos largos, acercándose a Arthur. – Y también me gustaría bailar nuevamente con usted, Reina mía, mas parece que no tiene músicos que acompañen nuestros pasos.

Arthur vaciló, sonrojándose suavemente.

- Rey naranjo, yo no… No sé…

- Alfred ha salido de viaje, ¿verdad? – Continuó Francis, estirando su mano, ofreciéndosela a Arthur, que tragó saliva en seco.

- Así es. Está bien informado sobre mi esposo, tal parece. – Contestó Arthur, la mirada verde desviada hacia la cerámica blanca a sus pies, sin coger la mano que le era ofrecida y volteando en dirección a la ventana, donde sus ojos no estuviesen tentados a perderse en los azules.

- Me enteré aquí. Tus gentes parecen más relajadas que cuando Alfred está presente. – Suspiró Francis, sacando la manzana de su manga y dándole una mordida pequeña. Masticó durante unos segundos, sopesando el sabor. – Corazones. Vaya delicioso sabor. Si estuviese en el lugar de Alfred, estaría definitivamente deleitado con el sabor de los Corazones. Manzanas rojas y jugosas, y gentes igualmente dulces. Debe ser todo un placer hacer alianzas con ellos.

Arthur le miró tímidamente, sobre su hombro, sintiendo que por una vez en su vida, alguien comprendía sus temores.

- ¿Qué es tu detalle? – Preguntaron los ojos verdes, dirigiéndose a la pequeña bolsa que reposaba en la mesa, ansiando ser abierta.

- De donde vengo, las Reinas comen galletas junto con su té. Parece que aquí las costumbres son diferentes, o quizá hasta los Reyes ahorran. – Soltó Francis, acercándose a la mesa y desatando la rosa que protegía el contenido de la bolsa.

Abrió el pequeño envoltorio y dejó a la vista las más hermosas y diversas galletas que Arthur hubiese visto nunca. Y algunos bombones ocultos.

- Los chocolates guárdalos para tus momentos solitarios, mi Reina. – Sonrió el Rey naranjo, sacando una de las galletas y echándosela a la boca.

- Gracias. La verdad es que no acostumbramos a acompañar nuestro té con galletas en mi Reino, pero sí con algo de alcohol. Ya sabes, por el frío. – Confesó la Reina, mirando a Francis a los ojos, comiéndoselo con la mirada.

Alfred ya nunca llegaba de sus viajes con cosas para él. No le interesaba; pero a este extraño parecía importarle más del doble de lo que a su Rey le importó alguna vez. Y eso era lo peor que a Arthur podía pasarle.

La manzana quedó olvidada en la mesa, con la mordida punzante del Rey de Diamantes, que se había acercado a la Reina de Espadas con los ojos entrecerrados.

- Si ahora se siente menos solo, supongo que va siendo hora de que me marche, mi Reina. – Francis cogió la mano del joven de ojos verdes y llevó sus labios al dorso de aquella mano hacedora de justicia.

Arthur no pudo evitar sonrojarse.

Y antes de que pudiese decirle al Rey naranjo que se quedase, éste había desaparecido oculto en la seguridad de las ropas azules. La Reina de Espadas se detuvo frente a las galletas, y llevó uno de los bombones a sus labios, reparando en la manzana olvidada en la mesa.

Vaya cómo saboreó aquel chocolate.

Cuando Yao entró, le vio con la mirada perdida en la ventana y los dientes hundidos en una manzana roja cuyo origen el Jota desconocía.