Disclaimer: Los personajes y escenarios le pertenecen todos a Rowling, en esta historia se utilizan sin ningún ánimo de lucro, sólo para el entretenimiento de mentes enfermas como la mía.


3. Sorprenden a 7 (George) borracho.

Se acercaba el día de San Valentín. Ciertamente quedaba muy poco, cada vez, menos, apenas una semana, ni siquiera eso, menos todavía, unos días, tres, dos días, ya estábamos a jueves y encima este San Valentín caía en sábado.

George Weasley no tenía en absoluto ninguna gana de vivir este San Valentín. Aunque, mirándolo por el lado bueno, no podía ser peor que el de su tercer año en Hogwarts, con Lockhart, duendecillos feos corriendo por todas partes, el gran comedor inundado de corazones rosas y rojos y todas las niñas apiñándose por los pasillos, cuchicheando al paso de él y su hermano Fred.

Cualquiera diría que al ser hermanos gemelos ligaran por igual, atrajeran lo mismo a las chicas ya que en ocasiones ni siquiera su madre podía diferenciarlos, pero no. No podía ser así. A George esas semanas, esos días previos al 14 de febrero se le estaban haciendo eternos, no porque estuviera nervioso pensando a qué chica declararse, o pedir salir, o lo que fuera, o porque tuviera un importantísimo partido de Quiditch.

Los gemelos Weasley eran conocidos en todo el colegio, por ser gemelos y por ser una de las mejores parejas de golpeadores en la historia del colegio pero sobre todo, eran conocidos por ser los mayores alborotadores que los jóvenes alumnos podían imaginar. Los profesores que más tiempo llevaban enseñando sí que podían recordar a algunos alborotadores similares o incluso algo peores que ellos pero eso fue hace muchos años, casi podían ser los maestros, los padres de los gemelos, y la memoria de los alumnos no llegaba tan lejos.

Esa fama de alborotadores gustaba a muchos chicas, y no eran pocas las que se habían rendido a los pies de los rompecorazones gemelos pelirrojos, a pesar de que muchas no eran capaces de diferenciarlos.

Sin embargo la situación era bastante diferente de lo que la gente pensaba y George, ahora que se acercaba San Valentín, pensaba especialmente en ello. A muchísimas chicas les gustaba el rollo alborotador rebelde, deportista y divertido y eso se había demostrado en la enorme cantidad de invitaciones a salir que habían recibido. Fred, radiante de alegría y de ego, no se había percatado, había recibido más de una docena de invitaciones, proposiciones de niñas cursis con intenciones decentes y no tan decentes, de chicas pequeñas, mayores, rubias, morenas, gryffindor, hufflepuf… de todo tipo de chica que se pudiera encontrar en el castillo (salvo el tipo de chica Hermione Granger, claro, ella estaba ocupada con otro pelirrojo, aunque aún no lo sabía). Pero en cambio, George no había recibido ni una invitación, ni una sola. Su gemelo, su otra mitad, con docenas de chicas a sus pies y él completamente solitario. Al parecer todo el mundo se fijaba en su hermano pero no en él, a pesar de que eran prácticamente iguales, que vestían igual, eran igual de altos, desgarbados, bromistas y divertidos, puede que hasta tuvieran el mismo número de pecas en los mismos lugares. Y aún así toda muchacha a la que le gustaran los gemelos Wesley se declaraba a Fred, Fred Weasley, el de la cama de la derecha, el que se subía un pelín más los calcetines, el deseado, el guapo, el provocador, el rompecorazones. Pues chicas, físicamente ambos gemelos son exactamente idénticos.

Gracias a ellas George había desarrollado un creciente complejo de inferioridad, de poco agraciado, no deseado, aburrido, insulso, de feo. Y, por supuesto, deseaba con todas sus fuerzas que el sábado pasase rápido, en un suspiro, y ese suspiro se le pasase metido en la cama sin bajar las mantas más allá del remolino que se le formaba en lo alto de su cabeza.

Es por eso que cuando el sábado llegó (qué pronto ha llegado, pensaba él) y que por cierto, no pasó en un suspiro, George agarró una botella de whisky de fuego de importación (directamente importado secretamente de la despensa de las Tres Escobas) y por uno de sus conocidos se escabulló a la torre de astronomía a pasar la tarde ahogando sus penas.

Era un plan abocado al fracaso.

Desde el principio de la tarde, cuando el sol aún se dejaba ver entre las nubes, George comenzó a probar la botella, intentando no pensar en lo solo que se sentía, en lo discriminado, lo poco querido, sin éxito. Las horas se hicieron eternas, ahí arriba hacía cada vez más frío y cada vez menos luz, pero eso no importaba, lo único que necesitaba ver y continuaba ahí hora tras hora, pegada a su mano y a sus labios.

Hubo un momento en el que empezó a subir la temperatura, el pelirrojo cada vez tenía menos frío y sus pensamientos eran cada vez más confusos.

−Malditas mujeres, niñas tontas… Que sepáis que yo soy el guapo de los dos, que soy más gracioso y os debería gustar más. Que lo sepáis.

El nivel de alcohol en su organismo empezaba a alcanzar niveles preocupantes si hubiera habido alguien cerca que pudiera advertirlo, pero él sólo tenía cada vez más calor, a pesar de quitarse la capa y el jersey, a pesar de que la noche era abierta y corría un aire helador.

−Que sepas, Freddie, hermanito, que eres imbécil, somos igual de guapos, no… ¡yo lo soy más! Pero te eligen a ti porque eres más fácil. ¡No tienes clase! – a estas alturas del monólogo el pelirrojo, arremangado y con la corbata en una posición extraña ya gesticulaba contra la nada, acusando con el dedo− Te lías con cualquiera que te lo pide. Y que sepas…−sus ojos brillaron amenazadoramente− que eres idiota por ligarte a Angiel… Angelina, es una chicha fea, y juega al quidit mejor que tú. Capullo.

Cerró los ojos y, botella en mano, se quedó un momento en silencio, balanceándose peligrosamente.

Puesh te lo voy a decir, y te vas a enterar.

Efectivamente se iba a enterar, porque se marchó de la torre completamente decidido, tan decidido que se dejó allí su capa y su jersey, pero de la botella sí que se acordó. Por suerte tenía tan grabados en la memoria los pasadizos del castillo que ni en esas condiciones se perdió o fue descubierto por alguien. Lo que no fue en absoluto una suerte fue que, después de entrar en la sala común como un tornado torpe y tropezón, subir las escaleras de caracol a los dormitorios como pudo, la mitad de pie y la mitad a gatas, al entrar al dormitorio se encontrara, así de sopetón, de golpe y porrazo, a su hermano y su querida Angelina en la cama, besándose, tocándose, a medio desnudar. Fue la primera visión que tuvo nada más abrir la puerta, de hecho casi se chocó con ellos al entrar hecho un vendaval. Casi se choca porque estaban en la primera cama, como si no hubieran tenido tiempo de llegar a otra cama, la cama de la derecha, por ejemplo, de la que Fred era dueño. No, tenían que estar desnudándose en la primera cama nada más entrar, la de la izquierda, la de George.

Después de unos cinco segundos de shock George casi le rompe la botella en la cabeza a su hermano.

−¡George! – gritó Angelina.

−Vaya, así que sabes diferenciarnos, guapu… guapa. Y qué, ¿te gusta mi hermano? ¿tanto que no podías esperar a llegar a su cama y os teníais que acostar EN LA MÍA?

−Ey, Georgie− intervino Fred− ¿qué te pasa? ¿estás borracho?

−Pues claro que estoy bruacho imbécil. ¿Y tú? ¿Te lo pasas bien? Porque tendo guatro cosas que decirte. ¡YO, soy más guapo que tú! Eres idiota por ligarte a tantas niñas. No eres más gacioso que yo. Estoy bruacho y esa a la que metes mano es una frucia.

−¡GEORGE! –gritó a la vez la pareja.

−¿Qué? ¿Queréis que me una? Idiotas…

−Angelina,− reaccionó Fred− está muy borracho, déjame que hable con él, ¿vale? Ya… nos vemos mañana.

Enfadada, la chica se fue de la habitación, teniendo cuidado de llevarse toda su ropa al salir.

− ¿Se puede saber qué te pasa, George? Por si no te has dado cuenta, estaba ocupado.

−Sí, estabas perfrectamente ocupado con tooodas tus admiradoras, y con Angielina. Pues, ¿sabes qué? Que te follen.−a estas alturas de la discusión Fred estaba perplejo, incapaz de entender qué le pasaba a su hermano, al que siempre había comprendido, del que siempre había sabido sus pensamientos antes de decirlos. Aún así, no pudo evitar bromear, algo enfadado.

−Gracias a ti ya no.

−¡Pues me alegro!−gritó George, antes de dejarse caer en la cama de su hermano y pegar un puñetazo a la almohada. Fred, seriamente preocupado, se acercó a él y le agarró de los hombros.

−Georgie, hermano, ¿qué te pasa?

−Me pasan muchias cosas, −masculló− me pasa que eres un caradura, que te vas con todas las cicas que se insinúan, me pasa que eres mi gemelo− George levantó la cabeza, mirando a su hermano a los ojos, con ojos brillantes de borracho, de sueño, de no comprender bien lo que estaba diciendo−. Me pasa que te quiero, joder.

Antes de que el gemelo no tan borracho pudiera responder, o hilvanar siquiera sus pensamientos, el gemelo más borracho se quedó dormido, apoyado en su hombro.

Los borrachos y los niños siemore dicen la verdad.