Soy extremadamente sincera, porque si bien he estado ocupada con cosas sin importancia, el capitulo lo escribí todo anoche, todito, eh, es que esas inspiraciones que te llegan, vaya.
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Aquella noche ocultaba secretos, ¿en qué mala hora Elizabeth se había comprado ese tipo de secretos?, con la conciencia fresca y la lucidez mental que obraba sus futuros actos. Actos que muy pronto se convertirían en esos secretos que ella no confinaba habitualmente en el ritual de su vida.
Decisiones.
¿Qué era lo que en realidad la llevaba a tomar esa clase de decisiones? ¿Pero en que estaba pensado? ¿En amor? ¿Acaso en sexo?
Menuda hipócrita estás hecha, pensó, tú, que deberías tener más cuidado que nadie con lo que haces, tan irresponsable cómo en el pasado, tan inconsciente, y es que ya no tienes catorce años para andar fantaseando por ahí con actores y noviecillos, cometiendo error tras error.
Ya cubierta por el calor del restaurante, sonrió con ironía, algún día le pasaría algo y acabaría muy mal. Su madre siempre se lo decía, le repetía una y otra vez que se daba demasiados caprichos y se despreocupaba en exceso de su vida. Cuidado con eso, Elizabeth, podrías tener consecuencias trágicas. ¿Has visto ya que otras no hacen lo que tú? Mira que luego te pasa lo que te pasa… Pero qué horror. Ya estaba harta. Durante años pensó que se acostumbraría a su independencia solitaria, a no tener un lugar específico en donde vivir, estando aleatoriamente en hoteles reencarnándose en la piel de personajes idílicos y sin siquiera saber cocinar un grano de arroz, pero con forme se acercaba a los temidos cuarenta lo que antes eran rutinas asimiladas casi de forma automática se le hacían ahora muy cuesta arriba, como si nunca antes hubiese tenido problemas de salud y acabase de caer enferma de repente. Vivir así no era vivir bien, aunque todo en la vida merecía de cierto sacrificio para ser recompensado. Quizás era eso lo que esperaba Dios de ella, que se dejase de tonterías y que empezase a vivir un poco. Como San Agustín de Hipona, que se dio al hedonismo hasta que alcanzó su madurez, aunque en su caso sería un poco lo contrario. Tampoco le apetecía comenzar ahora con una vida de libertinaje, la sola idea le producía náuseas.
Un sorbo tomó de su Mojito, no había ser humano que pudiese con ello. Estaba de mal humor, siempre le pasaba cuando se ponía asentar cabeza en momentos inoportunos, quiso salir de allí e ir a algún otro lugar, otro menos la habitación de su hotel.
Alzó la vista e hizo una mueca de disgusto al contemplar toda esa carne, grasienta y cosida, que el mesero encorvatado llevaba en una mano alzada equilibrando la bandeja de plata, carne que alguna vez perteneció a algún animal. Eso de ser vegetariana ya llevaba mucho tiempo.
Si comiera sólo un poco de esa carne, sólo un trozo, quizá esa puerta cerrada que yacía en una zona escondida de su cabeza se descubría abierta al instante, si hiciera algo diferente… si tan solo…
No, jamás.
La miraba sentado del otro extremo de la mesa, las risas y las voces se mezclaban con la música del restaurante, ella con el ceño fruncido y la mirada indiferente, no hacía más que callar.
Se la imaginaba años antes y pareciese que de aquella adolescente de amplia y arrogante sonrisa ya no quedaban más que los rasgos de un rostro hermoso de mujer.
Si Peter se la hubiera encontrado en el pasado, la recordaría así: con el pelo corto y revuelto, las piernas largas y finas asomando por sus pantalones cortos y las camisas anchas intentando ocultar un generoso busto pese a los esfuerzos de ella por disimularlo poniéndose sujetadores deportivos. Elizabeth la brava, la de la adolescencia ardiente e imprevisible como el fuego. La que era capaz de romper piernas por un amigo y jugarse la vida por una apuesta infantil. La que no sentía miedo por nada ni nadie, y siempre que iniciaba algo lo llevaba hasta el final.
Desde que la conoció ella siempre había tenido la capacidad de conquistar, de hablar y ser escuchada, de llegar y dejar a todo el mundo con la boca abierta. Sin vergüenza y con una inconsciencia que en más de una ocasión le había dado un buen susto, Elizabeth pisaba fuerte allá por dónde iba, con su extraña aura magnética atrayendo a todos los que tenían la suerte –o la desgracia– de cruzarse en su camino.
Sí, Elizabeth era la reina en todos lados. Ella había nacido para conquistar, ya fuese siendo una escuálida quinceañera con las piernas largas y un par de kilos de menos o una mujer adulta de cuerpo bien definido y ojos fríos como el hielo.
Menudo asco de noche, qué pereza de verdad.
Del otro lado de la mesa allá pensaba Elizabeth. Pero es que se pasaba por el forro aquello que Peter tenía en mente. Jodida estupidez eso de andar enamorándose.
Jodida estupidez haber caído en ello.
—No, no de verdad —se negaba Ashley— que no me gusta el pan con ajo.
—Venga, a que nunca le has probado —le tendió la hogaza Kellan— si es delicioso.
Al percibir el hedor del ajo Ashley reprimió aquellas nauseas que venían amenazándola desde que pusieron el cestón en la mesa.
—Déjala quieta —intervino Peter— que no le gusta hombre.
Kellan arqueó una ceja.
—Cómelo tú Facinelli.
—Qué va, —arrugó la nariz—, yo sólo como pan Italiano. Esto es cien por ciento Peruano.
Bill rió entre dientes.
—No me jodas ya, que no os vuelvo a invitar a ningún lado.
Elizabeth le echó un vistazo a Roberth quien pasaba los platos rebosantes de ensalada y carne como a una pelota de playa que empujaban fanáticos en un estadio.
El plato que iba para Elizabeth lo tenía ya Jhackson, a su izquierda Nikki y luego Kristen. Al dejarlo en sus narices agradeció que más ensalada había que carne.
Menos mal que hambre no tenía.
Sintió unos dedos toquetearle el hombro izquierdo, sólo había una persona –excluyendo a sus sobrinos– que le toqueteaba el hombro así.
—¿Has visto ya a Peter? —comentó Nikki de pasada, susurrando sobre la espalda de Kristen, quien se inclinaba un poco hacía delante— ¿Tú qué crees? No he conocido a un tío más cabezota y boleta en mi vida, eh.
—¿En serio? —Elizabeth cogió uno de los vasos de agua que el mesero había colocado hace un rato—. Yo sí que conozco a alguien bastante parecido.
Miró a Nikki entre cerrando los ojos y ella enarcó una ceja.
—No me jodas.
—Venga. Ya. ¿Qué pasa con él?
Kristen se removió incomoda.
—¿No sientes como que te están traspasando con la mirada?
Ocupada estaba quejándose de su vida que no había reparado en ello.
Sonrió sin querer evitarlo, pero qué capulla es Nikki a veces. Qué idiota, joder, y menuda mierda de confianza se tienen. A veces Elizabeth pensaba que si tuviese que dejarle a alguien su dinero en herencia se lo dejaría a ella, puede que se lo gastase en irse a San Francisco y dejar aflorar a la diva loca que nunca ha sido, pero le daría igual porque es la única persona a la que le confiaría su dinero en herencia si muriese. Pero porque son colegas desde la primera vez en que se vieron, eh, que nadie se piense que es una moñas ni nada de eso.
—¿Te acuerdas cuando me dijiste que eras marica? —le preguntó Taylor a Roberth en voz alta mientras Elizabeth se giraba para mirarles—. ¿Te acuerdas de lo que te pregunté?
—Sí. Que si estaba loco —asiente al tiempo en que todos bajan la voz para escucharles.
—Sólo a un loco no pueden gustarle las tetas.
—Y yo te dije que a las chicas no les gustaban las tetas. Al menos no a las chicas heterosexuales, claro.
—Y yo te respondí que todas las tías estaban locas, así que me estabas dando la razón.
Carcajadas incrementaban unas a otras sin poder evitarlo. Peter reía con gusto mirando la sonrisa de Elizabeth, sólo la sonrisa.
—¿Pero te acuerdas de lo que te pregunté luego?
—¿Qué? —sonrió con malicia— ¿Qué si había o estaba tomando demasiado tequila y me había enamorado de ti? Pues claro, me estuve descojonando en tu cara una semana entera.
—¿Y qué querías que pensase? Tío, que soy yo.
—Precisamente por eso, yo no soy tan masoquista, tío.
Kristen se bufó.
Elizabeth ahora no sonreía, ahora se debatía por escapar un rato por el parque o quedarse allí sentada.
En silencio, mientras los demás comían y hablaban jocosamente, echó su silla para tras y se levantó. No le prestaron atención al hacerlo, ni siquiera su colega.
Sobraban esos ojos azules que se clavaban en ella.
Dejó su bolso colgando en el espaldar de la silla y se alejó con la intensión de hacer creer a quien la haya mirado qué nada más al baño iba.
Al fin y al cabo fue, no mucho tardó allí dentro, ni mirándose al espejo estaba, ni en el retrete sentada se encontraba.
Salió rápido y se perdió en la mescolanza de gente que abarrotaba la entrada. De tras, al final de del otro salón, se hallaba aquel parque.
Parecía que en un globo, en vez de pintura, de estrellas le habían llenado, y que el cielo de la noche rebajado a un lienzo se había convertido. El globo de estrellas en el lienzo, después de ser lanzado y haber colisionado, se transformó en aquel cielo oscuro e iluminado por aquellos puntos brillantes que miraban por encima del hombro como dioses a los mortales.
Se encontró con una fuente de piedras que dejaba caer su agua sin clemencia alguna, esta chisporroteaba gotas por todos lados, Elizabeth no se preocupó en mojarse un poco la ropa. Se sentó cerca y allí se quedó.
La noche alberga todo tipo de fantasmas que navegan por las sombras de las ciudades, jugando al gato y al ratón con los transeúntes que se dejan engatusar por sus formas y colores de neón. Los espectros que surgen de océanos alquitranados pueden fascinar y aterrar al mismo tiempo; la fauna que transita las callejuelas encharcadas por el rocío de la madrugada pertenece a una especie que todo el mundo teme pero admira al mismo tiempo, un estrato social olvidado por aquellos que viven más tranquilos siendo respaldados por los rayos del sol. Ellos tienen una doble cara, como la misma noche.
La doble cara que la noche le jugaba a Elizabeth albergaba todos los fantasmas que ella cargaba en su mente, estos salieron a jugar con ella como un pequeño niño travieso.
El no saber cuál era su necesidad la dejaba parapléjica.
Y es que ella nunca había sido de las que se tenían sus dudas, eh, a Elizabeth podías verla con un aspecto siempre firme, erguida inhiesta con un gesto arrogante y provocativo, y mandando a la mierda a todo el mundo pero jamás dejaría que la sociedad intrépida viera aquello que le atormenta.
Esa noche la desnudaba como a una cebolla, capa por capa, hasta que no quedaba más que un cuerpo inerte a costas de su incertidumbre.
Llenó sus pulmones de aire con una lentitud agobiante, demasiado lento, inspiró el aroma a rosas y rocío que se mezclaba con el de la comida. Cabe destacar, haciendo un inciso, que Elizabeth aquellos olores almizclados le repugnaban.
Desbloqueó su celular y revisó en las llamadas perdidas con una desesperación idílica. Su buzón estaba desierto, nada más las llamadas que no contestaba cuando su madre se las jugaba de muy protectora y posteriormente llamadas sin real importancia. Las que Gavin le hacía en las mañanas y la que le hizo su hermana desde Nueva York.
Ningún mensaje nuevo.
Gavin no daba señales de vida.
Profirió un quejido y se guardó el teléfono en su bolsillo, ya cruzada de brazos se sintió muy estúpida ¿Por qué ella no lo llamaba y ya basta de este drama?
Pareciese que la luna le afectara en las neuronas, y Elizabeth no era de las que creían precisamente en esas cosas, no era de las que se leía su horóscopo al levantarse, o de las que iban a la Iglesia todos los domingos, no.
Joder, pero qué frío tenía. Se frotó los brazos una vez más, y aun que llevaba un suéter encima, las ráfagas de viento esa noche le acuchillaban el cuerpo.
Pero allí dentro no volvería. Sonrió: Que es una lástima que se pierdan de tan maravillosa compañía.
Se puso en pie de nuevo y empezó a caminar, la grava crujía bajo sus botas. Se paseaba perezosamente por entre los arbustos, como quien camina por su casa, le dio una vuelta a la fuente y se quedó allí parada de espaldas al restaurante, contemplando con indiferencia los chorros que esta dejaba caer, las gotas salían disparadas sin advertir de ello, como suelen suceder las cosas importantes o los acontecimientos de gran trascendencia. Tocaban la tierra y explotaban en centenares de gotitas más pequeñas todavía, como una bomba que estalla y salpica a todos los que se implicaron en su camino.
Pero su vista se vio obstruida, y entonces se hallaba en una oscuridad abrumadora de repente, se alteró, como unas manos le sellaban los parpados, unas manos tibias y fuertes, pero que no le hacían daño.
Las tocó y calentaron las yemas entumecidas.
Más relajada entonces, sonrió sin poder evitarlo.
—Ya. Qué misterio. —Dijo.
—Pero dime quién soy.
Se hizo la indecisa.
—¿Anita la huerfanita?
Este rió.
—Soy el que te pone.
Con una voz más seductora.
—¡Peter Alexander Joseph Facinelli! —Bramó Elizabeth.
Él rió entre dientes y la soltó. Cuando le vio el rostro notó como sus mejillas ardían. Pero jamás perdió la frialdad en sus ojos.
—¿Por qué escapaste?
Elizabeth arqueó una ceja con gracia.
—Bill es un inoportuno, ganas tenía por salir de allí.
Peter se dio cuenta, hace horas, que muy callada se encontraba, y sólo porque era el único que no le quitaba el ojo de encima.
Pero que buena era con eso de actuar, una que otra carcajada se había hecho, y en su compostura, daba la impresión de que ni bien ni mal se la estaba pasando.
Que sí, que mala cara ponía de rato en rato, sin embargo así no se le notaba el bajón. Mantenida con una sonrisa orgullosa, eso si, y tan erguida como nunca.
Peter se preguntaba cómo lo conseguía, cómo podía ser siempre tan valiente y mantenerse tan serena. En todas las ocasiones, con sus ojos verdes, a veces grises chispeantes y una mueca irónica en el rostro. Sonriendo con orgullo, con arrogancia, sabiéndose mejor que todos ellos.
—Estas preciosa, Elizabeth —comentó, volviendo a mirarla de hito en hito, aunque esta vez con cierto deje de fascinación en los ojos.
—Siempre he sido una mujer bastante atractiva —lo cortó ella con frialdad—, que me lo cuentes resulta un tanto redundante.
—Muy bien. —Peter ignoró el mal humor que Elizabeth emanaba por los poros mientras se sacaba un cigarrillo y se lo encendía—. Pero quiero que sepas, que cuando se te bajen esos ataques de furia que te dan a veces, yo no seré ese con el que te descargues al final, eh, tía.
Cuando Peter se refería a Elizabeth como "tía" haciendo alarde de la jerga de los bajos fondos que había ido adquiriendo con el paso de los meses, ella solía fruncir los labios con disgusto. Detestaba aquel acento tan barriobajero que se permitían usar la gente con la que se relacionaban últimamente. Le resultaba de lo más vulgar.
—Sólo estoy cansada, ya sabes, qué difícil fue fingir que frío no había ya en el set.
—Me hubieras pedido un caramelo.
A veces Elizabeth no sabía qué clase de relación tenía con Peter, no sabía si de verdad le amaba, o disfrutaba mejor su compañía como la de un compadre.
—¡Ah! —se quejó él— ¿Pero que no sientes que te congelas aquí afuera también, tía? Qué chungo.
Otra vez aquella jerga. Elizabeth resopló con fastidio.
—Lo chungo es que hables como si no hubieses pasado la primaria. Tío.
Remarcó aquella última palabra para expresar su desagrado. Peter se rió con ganas, le encantaba cuando Elizabeth se comportaba como una borde integral porque le resultaba altamente divertida, era como un personaje de la tele. Y a Peter siempre le había gustado esa clase de personajes, así, desagradablemente honestos. Menos su padre, claro. Su padre no le gustaba un pelo.
Una última calada le dio a su cigarrillo. Y luego soltó el humo tranquilamente.
Tiró el cigarrillo al suelo.
—Lizzie… —fue como si le electrocutaran el cuerpo al momento en que Peter profirió aquel seudónimo, se acercó más entonces— ¿Qué sucede?
—No voy a andarme con rodeos, Peter —Intentó calmar las llamas de nuevo—Esto no va bien y ya lo sabes.
—¿Qué cosa?
—Y que te hagas del tontico tampoco me gusta.
Los ojos de color azul de Peter centellearon.
—Ninguno de los dos ha tenido la culpa. —Dijo.
—Si pero… —Ella chasqueó la lengua con impotencia— Tú, tú sigues haciéndolo. Y me miras, y yo siento que…
—¿Que, qué?
—Peter… es tan incorrecto.
Él se acercó más.
—Quiero que dejes de meter las narices en cosas que te quedan demasiado grandes. —Ella fue directa.
—Lizzie —le susurró— Lizzie… mi Lizzie —y sus rostros casi se rozaban— Olvídate de todo ya, te creas tantas angustias.
Peter no podía ver bien su rostro, pues la de sombra de su cabeza la cubría; solo percibía las contradictorias hondas de deseo y temor que irradiaba su cuerpo.
Después de varios segundos, él dijo:
—¿Te ha impresionado todo lo que has visto aquí?
—En absoluto. —Echó la cabeza un poco hacia delante y lo miró a los ojos—. Simplemente, estoy tratando de digerir la manzana prohibida.
Los labios de Peter esbozaron una sutil sonrisa.
—Cuidado con el gusano, señorita Reaser.
—Demasiado tarde, señor Facinelli. —Dijo ella con gravedad. Sus ojos habían perdido toda su transparencia.
Sus labios se rozaron, pero jamás se besaron, porque ella se apartó rápidamente, sacudiendo la cabeza.
—No. No, no. —decía—. No.
La sonrisa se desvaneció del rostro de Peter.
—¿Es que no me entiendes? —le susurró ella en voz alta— Que sí, que me gustas… pero, yo es que ser segunda opción de alguien jamás. Y que te quede claro, que no soy como esas chicas que carecen de filtros y carácter. Un mero juguete no me considero.
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Me gustaría resaltar que no entiendo por qué en muchas historias que he leído la mujer queda tan sumamente rebajada, es algo que me crispa muchísimo los nervios.
En fin, mas o menos va agarrando rienda esta historia.
Actualizo esto, lo he escrito del tirón y es posible que tenga algún fallo garrafal, no me lo tengáis muy en cuenta que es de madrugada por aquí y lo he hecho todo de carrerilla inspirada.
Espero saber vuestras opiniones sobre este capitulo.
¡Saludos!
