Los personajes no me pertenecen, son propiedad intelectual de Rumiko Takahashi, esto lo hago sin fines de lucro.

Capítulo 3.

Desperté en aquel lugar, era demasiado frío para ser el infierno y me sentía demasiado adolorida como para que fuera el cielo. Permanecí un par de minutos inmóvil, con mis ojos aún cerrados intentando comprender que había sucedido, esa borrosa niebla en mi cerebro no tardó mucho en disiparse, habría preferido que nunca lo hiciera. Ese horrible accidente en el que casi muero de la angustia, para luego enterarme de que todo fue una vil trampa, un cruel teatro el cual como una ilusa creí de principio a fin. De la tristeza y la autocompasión pasé a una furia pocas veces vista, abrí mis ojos decidida, regresaría como fuera, les haría saber que lo escuché todo, le escupiría en la cara a Ranma lo poco que me importaba romper el compromiso y me marcharía, pero esa vez con una meta clara; convertirme en una poderosa artista marcial que no necesitara de nadie.

Lo primero que vi fue ese desconocido techo mohoso, continué inspeccionando el lugar, reconociendo el territorio que, en esos momentos no sabía, se convertiría en mi confinamiento por tanto tiempo. Era una habitación muy sucia y deteriorada, no había ventanas, y la poca luz que iluminaba el sitio se filtraba por debajo de la puerta y a través de las numerosas grietas en el techo y las paredes. No había muebles, de hecho no había nada aparte del mugroso colchón tendido sobre el piso en el cual desperté. Intenté incorporarme, llamaría a la persona que me llevó allí y le agradecería por ponerme al resguardo, luego me marcharía y buscaría la forma de regresar.

Pero no pude sentarme siquiera, algo me lo impedía… gruesas cuerdas amarradas fuertemente a mis muñecas y tobillos, aseguradas en estacas soldadas al suelo, me lo impedían. Forcejeé con ellas, sólo eran cuerdas, por más resistentes que fueran sabía que podría romperlas, pero no lo logré, me sentía demasiado débil, levantar, aunque fuera sólo un poco, mi brazo resultaba una tarea absolutamente dolorosa, aún así lo intenté durante largo rato.

Para cuando la puerta se abrió, yo ya estaba respirando agitadamente por el esfuerzo, esperando a recuperar fuerzas para seguir intentándolo. Un hombre de mediana edad y aspecto descuidado entró, no me gustó su mirada, detesté sentir esos depravados ojos recorriéndome.

-Parece que la bella durmiente despertó- comentó mientras se sentaba en el sucio suelo a mi lado.

-¿Quién es usted? ¿Por qué me tiene atada? Suélteme por favor- le pedí, intentando ignorar su repulsiva sonrisa.

-Eres muy descortés niña, soy tu salvador, si no te hubiera encontrado habrías muerto en ese lugar, deberías agradecerme.

-Lo siento, muchas gracias por todo, pero… ¿Por qué me ató?

-Porque no me gusta que mis cosas se pierdan- no me gustó el tono en que lo dijo, pero lo siguiente me gustó aún menos –Y tú… ahora eres mía.

-¡¿Qué dijo?- pregunté escandalizada, sintiendo una mezcla de miedo y furia.

-Qué ahora eres mía, yo te recogí de la calle y por lo tanto pasaste a ser de mi propiedad. Ahora harás todo lo que yo quiera.

No puedo describir lo que sentí en esos momentos, ese maldito daba una excusa tan estúpida, como si eso justificara el tenerme allí atada. Le grité lo insulté, enfureciendo más a cada instante, su risa burlona no se detenía mientras yo intentaba desesperadamente soltarme, estaba muy seguro de que no lograría romper las amarras. Nunca supe si fue por aburrimiento o porque notó que las cuerdas comenzaban a ceder, pero unos minutos después él salió de la habitación dejando la puerta abierta, creí que sería mi oportunidad para escapar… nunca imaginé que tan equivocada estaba.

Regresó de inmediato con una caja en sus manos, vi con horror como sacaba de su interior una jeringa y la llenaba con un líquido transparente. Intenté evitarlo a toda costa, pero acabó inyectándome, continué forcejeando y gritando, mientras el ardiente líquido continuaba su recorrido por mis venas, no eran insultos, ahora clamaba por ayuda, pero nadie me escuchó, hasta ahí llegan mis recuerdos de ese día.

Nunca sabré cuanto tiempo pasó hasta que volví a recuperar la conciencia, sólo sé que lo siguiente que recuerdo acabó con la poca cordura que me quedaba.

Recuerdo el sudoroso rostro de ese extraño, ese intenso dolor dentro de mí, sentía que me desgarrarían por dentro, y esa horrible sensación de haber cometido el peor error de mi vida. Tardé apenas unos segundos en comprenderlo todo… ese hombre estaba violándome. Intenté alejarme de él, resistirme pero no tenía fuerzas, no podía pensar con claridad sólo gritar, golpear, morder, lo que fuera para obligarlo a salir de mí, lo habría matado en ese instante si hubiera tenido fuerzas.

Finalmente se cansó de mi, me lanzó contra una pared como se fuera un trapo sucio, abotonó sus pantalones y se dirigió a la puerta en la cual, enfurecido, dio dos golpes secos mientras yo intentaba cubrir mi denudes con mis manos. No tardaron en abrirle, vi al mismo hombre que me encerró preguntando que había sucedido, mientras el maldito que me había violado tenía el descaro de quejarse porque me puse violenta de un momento al otro, para cuando exigió su dinero de vuelta yo ya iba corriendo rumbo a esa puerta abierta, con un poco de suerte escaparía de ese lugar.

Me atraparon, mientras uno me sostenía el otro me inyectó nuevamente, no pude evitarlo, ese maldito líquido, ese que me dejaba a su merced volvía a recorrerme, y mi conciencia desaparecía poco a poco, para cuando volví en mí, me encontré de pie en una esquina del cuarto, sentía la húmeda pared en mi espalda desnuda, esta vez apenas vestía una minifalda negra, y nada más.

Los recuerdos, esos malditos intrusos, esos que antes me habían ayudado a ser feliz, en esos momentos me dolían como el mismo infierno. Me sentía tan débil, tan deprimida, tan sucia, tan poca cosa que sólo podía pensar en acabar con mi miserable existencia… pero mi molesto instinto de conservación no me permitió convertir mis pensamientos en acción. Busqué alguna prenda de ropa que tapara mi desnudes, pero no había nada allí, sólo ese colchón a mitad del suelo, no importaba ya había perdido mi dignidad, saldría de allí como fuera.

Nuevamente fallé, me descubrieron intentando abrir la cerradura con la hebilla de la única prenda que llevaba puesta, nuevamente me inyectaron, y lo que sucedió luego es un misterio para mí.

Volvió a suceder, infinidad de veces, despertaba mientras tragaba algo a lo que no llamaría comida, mientras hacía mis necesidades en una sucia bacinica, mientras estaba allí parada en medio de la habitación, y en cualquier momento, sin tener recuerdos de lo que había sucedido antes, y siendo atrapada en cuanto intentaba escapar. Lo más traumático era despertar bajo un desconocido, siendo ultrajada, sin tener posibilidades de escapar, cada vez que esa aguja atravesaba mi piel, rezaba por no despertar de esa forma.

En algún momento me descubrí a mí misma provocando conscientemente esas inyecciones. Mis intentos de escape ya no eran más que una actuación, lo que buscaba en realidad era pasar el menor tiempo posible consciente de mis actos, sólo quería olvidar.

Olvidar ese maldito accidente, que no importa si se trató de un mero montaje, aún hoy me provoca pesadillas, olvidar la traición de las personas más cercanas a mí, olvidar que estaba atrapada, olvidar la sensación de esas asquerosas manos recorriendo mi cuerpo y esas rugosas lenguas lamiendo mi cuello y rostro. Había perdido a mi prometido, mi familia, mi libertad, mi dignidad, mi voluntad… me había perdido por completo.

Yo, Akane Tendo, la chica fuerte y alegre que no tomaría un medicamento a menos que realmente lo necesitara, se había convertido en un desecho humano que sólo deseaba drogarse con fármacos para olvidar su miserable vida.

En eso me había convertido, en un cuerpo sin alma ni conciencia, vagando por ese pequeño cuarto con un único deseo, que su muerte llegara pronto..

Continuará.

Ver notas del capítulo anterior.