LOS EXTRANJEROS

Capítulo 3.- El Callejón.

A la mañana siguiente, me lo encontré sentado a la mesa del desayuno. En cuanto me acerqué, se escondió tras el periódico, pero me dio tiempo a percatarme de que tenía unas ojeras profundas y amoratadas. No era raro que pasara la noche en blanco, sobre todo en los últimos meses, pero cuando le pregunté si había dormido, se limitó a responderme con un no indiferente y apático, parapetándose tras el papel.

Su actitud me hizo sentir una enorme impotencia, tuve ganas de agarrarle de la bata y zarandearle, exigirle a gritos que me explicara qué le pasaba, qué tenía que hacer yo para que todo volviera a ser pacífico entre nosotros; pero no nos dijimos ni una sola palabra. Ni siquiera le oí masticar, se tomó el té a pequeños sorbos, lentamente, como si le costara un gran esfuerzo. A mí se me quitó el hambre, me encontraba más cansado de lo normal y notaba calor, como si tuviera unas décimas de fiebre. Su teléfono sonó y, por fin, salió de detrás de la barrera. Lestrade, otra vez. Vi cómo se dibujaba una expresión de inmensa sorpresa en su rostro.

- Tenemos que irnos—dijo

- ¿Qué ha pasado?

- Pentonville. La prisión. Hay decenas de cadáveres

- ¿QUÉ?

Nunca había visto tantos coches de policía, tantas ambulancias, tantos vehículos de emergencia. En medio de tanta gente, nos costó llegar hasta el portón en el que Greg nos esperaba. Me quedé estupefacto al ver que llevaba puesto un aparatoso traje de protección, como el de un astronauta, con una fea mascarilla negra en la boca; para colmo, llevaba en la mano un extraño artilugio amarillo, una especie de radio con una gran aguja en mitad de una pantalla cuadrada. Al vernos, se levantó el cristal que le cubría la cara y extendió el otro brazo, del que colgaban otras dos indumentarias plateadas como la suya. Sherlock lo observó con un cierto desdén, pero Lestrade insistió con firmeza en que nos pusiéramos aquello, ya que sólo así nos dejaría entrar con él en el penal. Mycroft le había avisado la noche anterior del peligro: los cadáveres desprendían radioactividad, por eso estaba usando un *contador Geiger. El hermano de Sherlock no había querido o podido darle más información, pero en los muertos había impactado un tipo de energía similar a la nuclear que estaban investigando. Mi compañero soltó un silbido de admiración, lo estaba pasando bien, pero a mí se me pusieron los pelos de punta. Atravesamos el patio de la cárcel como tres hombres del espacio perdidos en una ciudad fantasma, comunicándonos con dificultad gracias un pequeño transmisor. Un equipo científico rastreaba la zona y tomaba muestras.

Todos los supervivientes, a los que habían encontrado inconscientes, ya habían sido trasladados a hospitales o a otros centros penitenciarios. Solo quedaban los cadáveres a la espera de nuestra inspección ocular. Las cámaras de seguridad no habían servido de nada, estaban quemadas, fundidas. Tampoco había luz eléctrica, los plomos habían saltado y aún no habían conseguido que el diferencial volviera a funcionar. El primer muerto estaba en el suelo sucio de uno de los baños, cerca de un retrete, tendido de costado, con una gran brecha en la frente y el rostro ensangrentado. En la pared, debajo de una pequeña ventana que se abría casi por debajo de la línea del techo, una gran mancha de sangre chorreante brillaba con los escasos rayos de sol. Le habían estrellado contra aquel muro y la cabeza había golpeado la superficie sólida a dos metros y medio de altura. Sherlock se arrodilló junto a él pero, antes si quiera de que sacara la lupa del bolsillo, Greg nos hizo un gesto para que le siguiéramos.

Nos condujo por el pasillo principal de la prisión, en cuyos laterales estaban las celdas, todas abiertas, con los barrotes retorcidos o reventados o desaparecidos. La mayoría estaban vacías, pero en algunas había presos tirados y despanzurrados. El traje me hizo sentirme aislado del exterior en un primer momento, como si estuviera adentrándome en un mundo inexplorado y lúgubre, pero a medida que encontrábamos a aquellos desgraciados, todos con esa expresión de horror como de haber estado a las puertas del infierno, me pareció estar dentro de una película de terror. Caminaba por un piso de piedra gastado y rugoso, entre paredes negruzcas, casi a oscuras, y el aire parecía frío y denso. Al llegar al comedor, donde encontramos muchos, esparcidos por todas partes, me sentí en el epicentro de una explosión, como cuando cae una bomba en el campo de batalla y todo lo que queda al disiparse el polvo son cuerpos de ojos abiertos a los que la muerte ha pillado por sorpresa. Cuando me topé con una neblina azulada que flotaba en una de las esquinas, sentí escalofríos. Lestrade me cogió entonces del brazo y vi su cara a través de la máscara transparente: estaba pálido y desencajado. El medidor de radiación, esa máquina diabólica, no paraba de pitar. Sherlock estaba más serio que nunca, con la mandíbula apretada y un brillo temeroso en los ojos.

Las quemaduras eran infames; las que formaban la palabra asesino eran las más numerosas, pero otras marcas decían torturador, violador, terrorista… Todas las víctimas eran, según Greg, criminales de la peor especie, auténtica escoria, aunque aún no los habían identificado a todos. La mayoría de los cadáveres, salvo algunos, como el que encontramos en el baño, no tenía ni heridas ni traumatismos apreciables a primera vista; daban la espantosa impresión de haber muerto de miedo. Llegamos a contar hasta cincuenta y tres. La voz de Sherlock sonaba metálica y entrecortada a través del transmisor:

- ¿Dónde está Moran?

- No estaba aquí, Sherlock—respondió Lestrade, en un tono que mostraba agotamiento. Yo me alarmé.

- ¿Cómo que no estaba aquí?

- Se fugó hace dos días. Lo siento, chicos. Detuvieron al guarda que le ayudó a escapar y estamos buscándolo desesperadamente, no creo que llegue muy lejos

- ¿Que no crees que llegue muy lejos? ¡Por Dios bendito, Greg! Ese tío no parará hasta matarnos a Sherlock y a mí.

- Lo sé.

Salir de aquel escenario dantesco fue una liberación. Cuando nos despojamos de las protecciones y pude respirar aire fresco, me di cuenta de que estaba empapado en sudor frío y de que me dolían las articulaciones. Lestrade no dijo una palabra, solo echó una mirada interrogativa a Sherlock, que parecía haber recuperado su seguridad:

- Bien. Ya tenemos algunas pistas más. Tengo que ver a Mycroft.

Mi compañero salió a grandes zancadas del recinto y yo me apresuré tras él. El inspector se reunió con otros miembros de Scotland Yard mientras nosotros buscábamos un taxi, pero todos nos quedamos paralizados al oír los gritos de Donovan que llegaban con fuerza desde el otro lado de la calle.

- ¡Aquí! ¡Aquí hay otro!

Nos dirigimos corriendo hacia allí. Era otro hombre arrojado como un despojo en mitad de la calzada, pero no llevaba la ropa de la prisión, sino el uniforme de un conductor de autobús. Sus gafas rotas y achicharradas, colgando en el extremo de la nariz, y unos dientes grandes y separados, le daban un aspecto grotesco. La piel abrasada decía "pederasta". Sherlock me leyó el pensamiento en voz alta: "Otro ¿Tantos hay?". Los agentes se apresuraron a cortar el tráfico para evitar accidentes. El vehículo estaba junto al cadáver, así que Lestrade se introdujo rápidamente en él y nosotros le seguimos. Solo había tres pasajeros: dos ancianos, un hombre y una mujer, sentados en la parte delantera, con la cabeza del uno apoyada en la del otro, desmayados, como un matrimonio feliz que se hubiera quedado dormido en el sofá, y una chica que tiritaba de arriba abajo en la parte de atrás y que nos miraba con una expresión enloquecida. Sherlock se lanzó hacia ella y la agarró por los hombros:

- ¿Qué has visto?

- Una luz —dijo, débilmente—Una luz azul, muy fuerte. Me quemaba los ojos, yo…

- ¿QUÉ MÁS?

- ¡Nada más, señor! ¡Nada! Hacía mucho frío ¡No pude ver nada! —La muchacha estaba muy nerviosa.

Sherlock se apartó de ella, gruñendo entre dientes. Bajamos del autobús y Lestrade le pidió a Donovan que se hiciera cargo de la joven. Yo estaba desorientado, aquel misterio me resultaba cada vez más incomprensible, más espeluznante y letal y, sin darme cuenta, me puse a dar pasos sin rumbo cerca del cuerpo del chófer, hasta que Sherlock tiró con fuerza de la manga de mi chaquetón:

- ¡La mujer, John! ¡Está ahí!

Me volví en la dirección que señalaba y vi con estupor que tenía razón. Una mujer menuda, vestida con un abrigo de color marrón, nos contemplaba desde una esquina de la calle. Salimos disparados detrás de ella, pero inmediatamente se dio cuenta de nuestra persecución y desapareció de nuestra vista. Al llegar al final de la manzana, tuvimos suerte y volvimos a divisarla. Huía de nosotros a toda velocidad, volando hacia uno de los pasadizos que se abrían entre los bloques y, para nuestra sorpresa, ahora no estaba sola, otra mujer, envuelta en una capa negra, corría a su lado haciendo ondear una larga melena de color rubio platino. Apretamos el paso todo lo que pudimos, pero cuando ya creíamos que estaban en nuestras manos, cuando ya les dábamos alcance, fuimos a desembocar a un callejón sin salida. Y nos paramos en seco. Jadeando como animales por el esfuerzo, miramos como locos por todas partes, atónitos. No estaban. No había ni rastro de ellas. Pero no había puertas, ni ventanas, nada por dónde meterse u ocultarse, solo los muros ruinosos de la parte trasera de un garaje abandonado y dos cubos de basura viejos y agrietados, en los que buscamos sin éxito. Sherlock gastó el poco aliento que le quedaba en proferir todo tipo de maldiciones; yo también me sentía frustrado, pero, sobre todo, no me explicaba cómo era posible que se hubiesen esfumado de aquella manera.

Súbitamente, una tremenda sensación de frío se apoderó de mí y me encogí con un profundo estremecimiento de horror cuando me encontré sumergido en una piscina, flotando dentro de un líquido iluminado por una tenue luz azul. Lo más turbador fue darme cuenta de que no podía ver mi cuerpo, no podía ver nada, solo el agua, como si se me hubiese pegado a los ojos. Moví la cabeza, parpadeé, pataleé, pero no podía sentir mis movimientos, no tenía conciencia del espacio, ni del tiempo, ni siquiera de mis extremidades. La idea de que me iba a ahogar me atravesó como un rayo y me puse a respirar histérico, sin poderme controlar, pero para mi sorpresa, el aire llegaba sin dificultad a mis pulmones. Mi cerebro se puso a dar vueltas, como en una espiral, luchando ferozmente por librarse de la angustia, de aquella opresión inexplicable y aterradora, pero la luz se hizo mucho más potente, se volvió tan brillante que me cegaba. Desesperado, intenté con todas mis fuerzas romper aquella alucinación que me dominaba, hasta que un dolor agudo en la cabeza se desplazó desde mi frente hasta la nuca y me dejó casi sin respiración. Entonces, empecé a contemplar indefenso cómo pasaban por mi mente fragmentos de mi vida, de una forma tan real y tan nítida, que volví a vivirlos como si estuvieran sucediendo en ese momento:

"Papá ha muerto. Está en ese ataúd ¿Qué va a pasar ahora? Mamá está llorando y yo no sé cómo consolarla. Me duele mucho la pierna. No soporto verlas discutir. Harry debería haberse callado ¿A quién se le ocurre decirle a su madre que es lesbiana? Por fin tengo el título de médico, ya era hora, no veo el momento de celebrarlo con Harry y con mamá. Me da vergüenza llorar, pero no puedo remediarlo. Sí, mamá tiene razón, papá estaría muy orgulloso de mí. Estoy agotado, estos días de maniobras van a acabar conmigo. Nos van a mandar a Afganistán. No, otro no, por Dios. Otro niño violado y asesinado, no tiene ni seis años, no puedo ver esto, es insufrible; no entiendo cómo esos afganos se ríen de estas cosas ¿Qué mundo es este? ¡Ha explotado otro coche! ¡Billy! ¡Aguanta! Voy a sacarte de aquí ¡Dios! ¡Me han dado! Oh, Dios, el hombro ¿Qué voy a hacer ahora? No tengo dinero, no tengo trabajo, no tengo a nadie. Tendría que haberme quedado allí, es mejor estar muerto; estoy muerto y a nadie le importa. Mira que es raro el tipo este, Sherlock; hasta el nombre es raro, es un pijo pero me tiene alucinado, qué tío. Vaya noche, casi nos liquidan los chinos, los muy cabrones. Irene está muy buena, pero me da muy mala espina. A veces, no hay quien entienda a Sherlock y yo que pensaba que era un bastardo egoísta. No puede ser que Moriarty quede libre ¡NO! ¡NO! ¡SHERLOCK! ¡Déjenme pasar! Es mi amigo. No quiero llorar, no quiero. Mi mejor amigo está muerto ¿Cómo me has hecho esto? Creí que me moría de dolor, de rabia, de impotencia y tú estabas vivo ¡cabrón! Te quiero. Te odio a veces, cuando no te entiendo, cuando no me entiendes, pero ya no concibo mi vida sin ti. Es raro, muy raro. Deja de pasarte el dedo por los labios, me pone muy nervioso. Me encantan tus ojos, son los más bonitos que he visto en mi vida. Eres muy atractivo para ser un hombre. Tu piel de alabastro tiene que ser muy suave, me muero por tocarla. No ¡basta! ¡no quiero ver eso!¡NO QUIERO VERLO!"

Caí de rodillas sobre el pavimento, conmocionado, como si acabara de salir de un túnel, como si hubiera escapado del fondo de un saco negro y asfixiante. Había vuelto a la realidad, había recuperado los sentidos, tocaba el suelo, olía el aire, sentía mi cuerpo y todo lo que había a mi alrededor. Oí a Sherlock gemir y me volví hacia él, asustado. Estaba sentado en cuclillas en el suelo, llorando en silencio, mirando al infinito. Temblaba como una hoja, con los brazos cruzados sobre el pecho, como si estuviera protegiéndose de algo, con una expresión de tristeza en el rostro que me sobrecogió, como la de un niño abandonado. Me acerqué a él y le llamé a gritos, espantado ante la idea de que estuviera hundido en esa especie de trance por el que yo acababa de pasar, pero fijó su mirada en mí y me di cuenta de que estaba consciente. Lo ayudé a levantarse y él se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Me sorprendió la fuerza con la que me agarró del brazo y cuando nuestros ojos se encontraron, me miró con tanta intensidad que me sobresaltó, como si aquella fuera la primera vez que me veía.

Avanzamos despacio hasta la avenida principal. Sherlock parecía en shock y mi único pensamiento era llegar a casa y que entráramos en calor con una manta y una buena taza de té. Ya en el taxi, mi compañero reaccionó y hablamos de lo que había pasado. Él había sentido lo mismo, el frío, la inmersión, la desconexión entre su mente y todo lo demás, los recuerdos, las vivencias, toda esa avalancha de emociones golpeando su cerebro. No me atreví a preguntarle por qué había acabado en ese estado, pero me preocupaba la desolación que había visto en él, me intrigaba qué era lo que él había visto o sentido, qué podía haberle afectado tanto, hasta el punto de hablar con un hilo de voz, de temblar bajo el abrigo aunque intentara disimularlo. No teníamos explicación para nada de lo que había ocurrido, nada tenía sentido. En un mismo día se habían producido decenas de aquellos misteriosos asesinatos, las mujeres se habían evaporado y habíamos pasado por una experiencia escalofriante sin saber cómo ni por qué. Sherlock se acordó del sueño de Lestrade y a mí me dolió el estómago al recordar las palabras de Mycroft "no sabéis a lo que os enfrentáis". Ninguno de los dos creía en nada sobrenatural, pero ambos teníamos la sensación de que estábamos acercándonos al algo terrible y desconocido, de que nos asomábamos al borde de un pavoroso precipicio.

* Un contador Geiger es un instrumento que permite medir la radiactividad de un objeto o lugar. Es un detector de partículas y de radiaciones ionizantes.