"Black Mirror"


Cap. 03: Sensible.


Suspirando por enésima vez, el Hermano Merring meneó la cabeza significativamente de lado a lado mientras depositaba compresas frías aquí y allá sobre los contusionados miembros de los chavales que tenía sentados en fila, unos al lado de otros, antes de iniciar su tirada de magia curativa. Era mejor bajar las hinchazones antes de comenzar con un procedimiento serio de regeneración para que la sangre no se acumulase demasiado ni los músculos se resintieran con un proceso (que ya era natural en el cuerpo de por sí solo) acelerado en un 200%, además de que el frío era un analgésico excelente para casos como éstos.

Por no mencionar que tendría que ir uno por uno. Con aquellos golpes un hechizo de Restauración en grupo les iba a hacer más mal que bien.

- Ay, ay, ay, ay... qué malita estoy... ay, qué malita estoy... - cómo no, la primera en vocalizar una frase medianamente coherente después de aquella somanta palos era la chiquilla Farlong, cuya nariz sangraba profusamente por el orificio izquierdo – Qué malita estoy y qué poco me quejo...

- Urgh... - gimió el joven Estornino, sentado a su lado y sujetándose una compresa mojada contra ambos ojos morados. Tenía una ceja partida y los labios agrietados que, dada la sequedad de su boca, trataba de humedecerse sin mucho éxito.

La aprendiz de maga Helecho, blanca como el papel, se hallaba sentada al otro lado de la diablilla, encogida sobre sí misma. Y tenía tal revoltijo en el estómago a causa del rodillazo que se había llevado ahí mismo que era incapaz siquiera de producir sonido alguno.

- Blergh... creo que voy a vomitar... - rezongó a su vez el rubio Ward Mossfeld, la parte afeitada de su cabeza llena de rasguños y algún que otro chichón a juego con los cuantiosos hematomas que lucía en cara y cuerpo – Dame una palangana Hermano Merring o te vomito el desayuno aquí mismo...

Sin decir ni mu, el religioso procuró el solicitado recipiente al joven y éste se aprestó, sin más dilación, a vaciarse las tripas sin omitir ni los sonidos desagradables ni los aspavientos pertinentes.

A la derecha de Ward, su gemelo Webb tenía los congestionados ojos llorosos y veía doble. Hacía relativamente poco que había recuperado la consciencia y, además de jodidísimo de la vida a consecuencia de los muchos palos que se había llevado, se sentía tan desorientado y mareado que se maravillaba de poder aguantar medianamente erguido sobre el taburete en el cual estaba sentado.

Por último, el mayor de los tres hermanos, el brutal Wyl, hallábase con la cabeza entre las piernas separadas al tiempo que se sujetaba las sienes sangrantes con una pareja de compresas heladas que le estaban dejando las orejas insensibles.

- Farlong, hija de puta... - musitó con la boca llena de una desagradable mezcolanza espesa de saliva y sangre al tiempo que escupía en el suelo un molar suelto – Qué fuerte pegas, cabrona, qué fuerte pegas...

- Que te jodan, Mossfeld... - replicó la planodeudo tomando el pañuelo de algodón que el Hermano Merring le tendió en silencio para taponarse prontamente el orificio nasal sangrante.

- Debí haberte partido la cola antes de que la usaras para arrearme en la cara... por tu culpa ahora tengo dos dientes de menos, cacho zorra...

- Señora Zorra para ti, mamón. Así te salga una ortiga en el ojo...

- ¿Por qué no vienes aquí y me la comes un rato, eh...?

- Métete el dedo en el culo y aprieta, Mossfeld. A lo mejor te gusta y todo...

- Tu madre...

- La tuya, que es más zurulla...

- Bueno, ya está bien. - les regañó Merring, la más leve nota de irritación presente en los matices de su voz suave – Habéis combatido como iguales en un terreno duro y ambos habéis recibido lo que os tocaba, solucionando vuestras diferencias mano a mano. No lo estropeéis ahora llenándoos la boca con insultos y expresiones malsonantes.

Tanto Desdémona como Wyl refunfuñaron en voz baja, soportando cada uno el dolor físico como buenamente podían dados sus presentes estados de ánimo.

Había sido una pelea cuanto menos... extraña.

Extraña porque, de acuerdo al plan estratégico de la planodeudo, Amie había conseguido de veras distraer a Wyl con posturitas y guiños de ojos hasta que Bevil y Desdémona habían podido con los gemelos... Aunque lo de "podido" era más bien un decir ya que, tras unos cuantos bandazos de clava deliberadamente mal dirigidos, Webb Mossfeld había acorralado a la chica y, acercándose a ella... le había pedido en voz baja, literalmente, que le pegase.

Desdémona había alucinado en colorines al principio mas, no obstante, se había tomado en serio el tema de ganar y, sin hacer una sola pregunta aprovechándose de la evidente falta de ganas del muchacho, le había doblado a golpes hasta que Ward había venido en su ayuda y le había propinado a la chica un buen puñetazo en toda la cara.

Tras aquello, a Bevil se le había ido la olla y había comenzado a darles de golpes a los gemelos, uno en pie y magullado, otro doblado en el suelo de dolor, hasta que se había hartado.

Después de aquello habían ido a por Wyl y... la cosa no había salido muy allá.

Bevil se había llevado la peor parte ya que el mayor de los Mossfeld le había cruzado la cara varias veces entretanto las dos chicas se asían como lapas a su contrincante para limitarle el radio de movimiento.

Con los aspavientos, Amie se había llevado un rodillazo en todo el estómago que la había dejado en el sitio y Desdémona un mordisco en la mano y algunas patadas antes de que entre ella y Bevil lograran tumbarle y ya, para rematar la faena, ella le diera de coletazos en la cara hasta hacerle gritar que se rendía.

El Hermano Merring todavía se preguntaba hasta qué punto aquel enfrentamiento había sido... reglamentario.

Pese a que el equipo de la joven Farlong había resultado en última instancia ganador, todos habían salido muy magullados de la refriega y los ánimos estaban un poco por los suelos.

Wyl ni siquiera estaba la mitad de cabreado de lo que fingía estarlo, sólo... quería que le curaran para largarse a beber aguamiel de la cosecha, de ése que Lazlo Buckham fabricaba en su casa para eventos especiales. Necesitaba un trago y, por otra parte, estaba harto de hostiarse con la gente. Habían herido su orgullo y ahora le tocaba recomponerlo pieza por pieza.

- Las damas primero. - sonrió el religioso girándose entonces hacia la joven Helecho, quien aún estaba con los ácidos estomacales convulsos por el golpe – Déjame ver ésa contusión, Amie.

Y uno por uno, dejando al execrante Wyl el último por tratar pese a ser las suyas las heridas, con diferencia, más graves del grupo; el Hermano Merring curó sus maltrechos cuerpos con toda calma, orando al Señor del Alba por, quizás, un nuevo amanecer en las tensas relaciones entre el mayor de los Mossfeld y la joven Farlong.

Así pues, tras haberse marchado cada grupo por su lado sin mediar ni una sola palabra entre ellos, Amie asió la mano de Desdémona y caminaron juntas frente a Bevil balanceando perezosamente los brazos unidos.

Desde que eran unas niñas habían desarrollado ésa costumbre de ir enlazadas del brazo o de la mano cuando les apetecía tener el llamado "Momento Chicas" tras alguna dificultad o éxito recientes. Bevil solía dejarlas un poco a su aire, secretamente encantado y secretamente algo celoso de no poder compartir aquel lazo especial por el estúpido, más ineludible hecho de que ya era un hombre y no podía andar por ahí de la mano con mujeres que no fueran... pareja suya.

Y nada en el mundo le hubiera gustado más que tomar la suave mano de Amie entre las suyas, como cuando eran pequeños y no tenía motivo alguno para avergonzarse por sus sentimientos.

- No sé si estáis pensando lo mismo que yo... – comenzó Desdémona tras unos minutos de bendito silencio caminando hacia ningún lugar en concreto. El bullicio de la Feria en aquel momento se había localizado en torno a los puestos de comida y la taberna local al ser ya una hora más que decente para hacer una pausa y comer – Pero, pese a que sé que ya hemos ganado tres de las cuatro Competiciones y podemos hacernos con la Copa... me apetece mucho tentar un poco más a la suerte y ver de qué va la que nos falta.

La mano de Amie apretó la suya ligeramente.

- La dirige Tarmas. - explicó la aprendiz de maga vagamente – Creo que se llama el Desafío del Pícaro, del Granuja o algo de ése estilo... no tengo muy claro de en qué consiste y el título ya de por sí sugiere el uso del ingenio. No creo que en éste pueblo estén muy dotados para ése tipo de pruebas, de modo que puede que tengamos una posibilidad.

- ¿Tú qué dices, Bevil? - inquirió la diablilla girando la cabeza hacia su amigo sin dejar de caminar.

El joven miliciano se encogió de hombros.

- Por mí, bien. - contestó – He roto la maldición de los Estornino. Desde Lorne siempre habíamos perdido la Competición de la Pelea, ningún Estornino había ganado el Trofeo. - añadió pensativo.

Amie y Desdémona se detuvieron en seco, se dieron la vuelta y contemplaron a su amigo sonreír tristemente.

- Bevil... - comenzó la pequeña planodeudo.

- ¿Sabéis?, todavía me acuerdo de la vez en que mi hermano se afeitó la cabeza, unas semanas antes de que se fuera. - rememoró el joven con la mirada ausente, como si estuviera viendo aquello en ése mismo momento – Dioses, cómo se enfadó mi madre... dijo que el corte de pelo le hacía parecer un huevo cabreado. - aspiró aire un momento por la nariz profundamente – Cuando papá se puso enfermo, Lorne comenzó a obsesionarse con el tema de ganar la Copa de la Cosecha... No hacía otra cosa que entrenarse él solo tras la granja, corriendo, levantando pesos y haciendo flexiones... o se internaba en el pantano y desaparecía durante horas sin que supiéramos nada de él. Muchas veces salía con las primeras luces y no volvía hasta la hora de la cena... creo que quería estar en casa lo menos posible. - su mirada angélica descendió hasta la punta de sus propias botas - Fue extraño cuando se enfrentó con Cormick y perdió... no sé por qué pero siempre pensé que ésos dos eran amigos o algo, podían haber competido juntos como nosotros, no uno contra el otro.

Desdémona frunció el ceño, se soltó de la mano de Amie y, sin decir agua va, rodeó la cintura de Bevil con sus finos brazos de alfeñique y le dio un testerazo cariñoso con los cuernos en el pecho de la cota de malla, lo mismo que una cabritilla.

- Eres un pequeño gran mastodonte tonto y demasiado sensible para tu propio bien, Bevil. - le dijo, tratando en todo momento de camuflar sus fuertes emociones, que sentían en el alma la tristeza de su amigo – Que le den a Cormick y a ésa maldición, hoy vamos a grabar nuestros nombres en el Trofeo seguidos del lema "Somos campeones, métete con nosotros y te pisaremos los cojones".

El chico rió suavemente y levantó en vilo a su amiga agarrándola por debajo de las axilas, como a un niño pequeño.

- Y tú eres una canija deslenguada y con muy mala leche, Desi. - le dijo sonriente, toda la melancolía lavada de sus facciones lo mismo que cenizas de un árbol quemado tras un torrente de lluvia purificadora.

- Eh, es lo que siempre digo: aquí manda mi cola. - repuso la chica tranquilamente desde arriba meneando su larga extremidad prensil de lado a lado juguetonamente – Wyl Mossfeld no se lo creía y ha acabado con dos dientes de menos.

Aún riendo, Estornino la depositó nuevamente en el suelo y, reanudando la marcha, los tres fueron derechos a la solitaria y colorida tienda a rayas rojas y blancas que había en la parte Este del pueblo.

Realmente fueron allí no porque hubieran atinado a distinguir la enjuta figura de Tarmas a la distancia, ya que el mago debía de hallarse bien a cubierto dentro de la carpa con objeto no ya sólo de evitar a los cuantiosos insectos revoloteantes del lugar, sino también para evitar que le diera el sol ya que el hombre tenía la cosa de querer parecerse tanto psíquica como físicamente a los curtidos, toscos y tostados habitantes de Puerto Oeste lo menos posible.

Fueron allí porque cabía de esperar que el mago hubiera elegido aquel punto en particular del pueblo, un lugar que la gente tendía a evitar en la medida de todo lo posible y que, consecuentemente a ello, otorgaría la tan ansiada tranquilidad lejos del mundanal ruido amplificado por las festividades al invocador. Es que era matemático.

Mientras que Bevil y Amie fueron directos hacia la lona rojiblanca, Desdémona quedó quieta un momento, girando levemente la cabeza en la misma dirección a la que venían a posarse siempre sus ojos cada vez que los pies le conducían cerca de aquel lugar.

Aquella área se hallaba ligeramente más hundida que el resto del pueblo, formando una especie de hondura que se acentuaba paulatinamente se llegaba al centro de la misma. Un centro, por otra parte, constituido por una suerte de... "cicatriz" terrestre.

Cicatriz, sí, pues ninguna otra palabra hubiera podido definir mejor aquella porción de terreno, aquella muesca, aquel pequeño cráter cubierto por entero de una extraña, casi inquietante, capa negruzca.

El suelo allí era ceniciento, como si un fuego particularmente virulento lo hubiera requemado a conciencia. Nada echaba raíces allí y la propia hierba, tan presente en el resto del pueblo, parecía retirarse de aquel punto casi como si le diera miedo crecer ahí. Ninguna vivienda o sembrado hallábase asentado a menos de quinientos metros del lugar y nadie parecía lo que se dice muy dispuesto a probar suerte allí pese a que, salvo la zona de la cicatriz, del radio de una persona con los brazos extendidos, el resto eran tierras muy verdes y tiernas, ideales para cultivo de regadío.

Aquella cicatriz cenicienta había estado siempre presente en el pueblo... o, al menos, siempre había estado desde que Desdémona pudiera recordar. Nadie hablaba de ello y Retta, la madre de Bevil, pese a las continuas preguntas a las que le había sometido la pequeña diablilla a lo largo de los años acerca del tema en cuestión, no añadía gran cosa al misterio general salvo que era una "cosa de hace muchos años" y que "lo mejor era no tocarlo y dejarlo tal cual estaba".

A veces, al mirar aquel boquete negruzco, Desdémona sentía una cierta inquietud reptarle desde el pecho hasta la parte posterior de su cráneo, como un escalofrío. Como estudiante de magia que era, con el tiempo y tras intensos debates del asunto en compañía de Amie, habían llegado entre las dos a la conclusión de que la energía despedida de aquel punto no era maligna... pero tampoco era buena.

No sabría describirlo con exactitud, pero... aquella mácula oscura tenía algo así como... vida propia, presencia... y se hacía notar con extraordinaria contundencia conforme se iba uno acercando a ella. Como si el cuerpo en sí vibrara, como si la tierra yerma y oscura tuviera algo que decir y, de algún modo, "gritara" cada vez que otra presencia viva se le ponía a tiro.

Y, al recorrer las estrías sombrías que conformaban el borde de la marca terrestre con sus ojos azabaches, Desdémona recordó algo.

"Preciosa, preciosa... niña de los ojos de noche.

No toques ésa tierra enferma, que el tiempo ya la sanará.

No te embebas en sus trazos sombríos, que la hierba es dulce y fragante unos pasos más atrás.

Preciosa, preciosa... niña de voz gentil.

Corre a tu casa, que tu padre espera sentado.

Con la vista puesta en el horizonte, su ceño advierte de que está preocupado.

Preciosa, preciosa... niña de piel clareada.

Mi voz es tu guía. A través de las palabras, déjame protegerte.

Mi devoción es verte crecer día a día. A través de la distancia, déjame quererte.

Preciosa, preciosa... vete a casa cuando aún es de día,

pues no sabes los peligros que de noche acechan éstas tierras sombrías."

¿De dónde se había sacado aquello? Cosecha suya no era, desde luego.

Tal vez lo hubiera oído por ahí hace ya mucho tiempo, pues no podía ubicar ni el quién, el cuándo, el dónde y o el cómo. Aquella composición de rima fácil y versos sin medir se le antojaba tan anónima como aquella primera vez en que le enseñaron a colocarse el violín en el hombro y a rascar las cuerdas con el arco.

Porque, por más que lo intentara, no lograba ponerle cara al alma cándida que tuvo a bien darle las más leves nociones en lo referente al violín.

De aquel evento en particular no recordaba a una persona, sino más bien a una figura encapuchada difusa, casi onírica, vestida con ropajes viejos, holgados y descoloridos. Una figura que olía a lluvia y hierbabuena. Una figura efímera a la que había acudido corriendo a preguntarle, sin pararse a pensar que pudiera secuestrarla o hacerle daño, si estaba usando bien su reciente hallazgo musical. Una figura de manos suaves que, tomando con suma delicadeza las suyas, pequeñas, infantiles y torpes, le había adecuado la postura al instrumento y, marchándose prontamente sin mediar palabra, había dejado a la pequeña diablilla rascando las cuerdas, que chirriaban lastimosamente bajo sus deditos inexpertos como si de un gato mareado se tratase.

- ¡Desi! - exclamó la voz de Bevil a su lado asiéndola del codo - ¡Que te nos pierdes! Anda ven, que Tarmas no se ha ido a comer, está en la tienda.

- Como si el hecho de privarme de la exquisita compañía de la gente del lodazal a la hora de comer fuera a suponerme un severo trauma emocional que mi muy sensible naturaleza no pudiera digerir adecuadamente. - replicó la voz cínica y extrañamente atiplada para alguien de su edad de Tarmas, el tutor legal de Amie, mientras salía al exterior ligeramente encorvado sobre su plato de empanada de cerdo con verduras, posiblemente adquirida en uno de los puestos de venta al público mucho antes de darse la pertinente marabunta del mediodía – Finalmente habéis decidido venir a buscarme dejándome el último en vuestra lista de pruebas ridículas por ganar una Copa que tendréis que devolver el año que viene, ¿me equivoco? - inquirió ceñudo, observando primero a Amie, luego a Desdémona, ignorando deliberadamente la presencia de Bevil - ¿Puedo preguntaros de qué me sirve tener dos aprendices cuando, al final, he de ocuparme de todo yo solo?

- Yo también me alegro de verte, Tarmas. - repuso la planodeudo descaradamente al tiempo que hinchaba un carrillo haciendo ver el poco o ningún crédito que le daba a las continuas quejas del mago.

No obstante, Amie se apresuró a intervenir. El jueguecito que siempre se traían Desdémona y Tarmas era que la una provocaba al otro verbalmente con grandes cantidades de ingenioso sarcasmo y, de ésta manera, el hombre podía proseguir con su actuación de mártir picajoso indefinidamente.

De todos modos se recoge lo que se siembra ya que no había sido otro que Tarmas quien había iniciado a su tardía pupila híbrida en los matices del lenguaje y en cómo emplearlos con precisa eficacia lo mismo que el más afilado estoque.

En el fondo ambos disfrutaban con aquello. Quizá demasiado.

- Lo sentimos, Maestro. - dijo de un modo tan respetuoso como apaciguador. Amie tenía ésa manera especial de tratar a la gente cuando la situación lo requería... ésa manera de ser diplomática sin caer en la altanería o la frialdad.

Esa manera de saber decir las cosas en su justa mesura... una de las muchas cualidades de las que Desdémona carecía enormemente, y no por incapacidad de aprenderlas, sino por pura testarudez en mantenerse en sus trece siendo una insolente.

- ¿Y qué me cuentan mis dos escurridizas gastadoras compulsivas de ingredientes alquímicos, mmm? ¿Disfrutando de la feria? - inquirió el mago enarcando una ceja y dándoles una mirada lánguida y aburrida a los tres chavales frente a él - Manadas de criajos sueltos en busca de baratijas, hombres ya creciditos aporreándose con palos... - en esto que entornó los ojos y le dirigió una mirada crítica a la joven Farlong - ¿Cómo va ésa nariz, querida?

Desdémona le dio una sonrisa colmilluda. Así que, después de todo, el mago había estado cotilleando por ahí a ver si pasaban o no las pruebas. Encantador.

- De fábula. - replicó muy ufana – Encasquetarse un pañuelo a lo largo y ancho de todo el tabique nasal tiene su encanto, Maestro, deberías probarlo.

Amie rodó los ojos.

- Oh, lo tendré en cuenta, créeme. - replicó a su vez el conjurador con cada palabra goteando puro y duro sarcasmo sin adulterar. Tarmas era un hombre ya bien entrado en la mediana edad, de unos cuarenta y muchos. Palidísimo, delgado y enjuto, era de los que preferían ir tapado hasta las cejas a las cinco de la tarde en un caluroso día de verano con tal de preservar lo regio de su porte, siempre aderezado con un amplio muestrario de túnicas de seda bordadas en hilo de plata y de colores sobrios tales como el negro, el marrón y el azul marino. Tenía los ojos grises y el cabello un tanto entrecano, pulcramente recortado y peinado hacia atrás, más no lo suficiente para disimular no ya sólo las evidentes entradas capilares de la frente, sino la incipiente calvicie de la que su coronilla comenzaba a hacer gala – Muy bien, tras las galanterías de rigor me gustaría preguntaros si habéis venido o no por el denominado Desafío del Granuja. Rodeados de barro y hedor... ¿Por qué no animar a nuestros críos a que también sean ladrones? Es lo que siempre les digo. - resoplando, aún con el plato de la empanada en la mano, se las arregló para cruzarse de brazos – Os interesa saber que os puedo dar una pista acerca de la ubicación de los objetivos... pero puede que os sangren los oídos y a mí se me caiga la cara de vergüenza si os la recito.

Desdémona enarcó una ceja.

- ¿Esto va de abrir cerraduras y choricear cosillas? - inquirió – Si me dijeras de desactivar trampas todavía, ya que las sueles poner hasta en las retortas vacías del laboratorio. Pero lo de ir mangando cosas...

- Oh, no es que me queje. - repuso el mago con una mueca que pretendía remedar una sonrisa – El hecho de que no seáis lo bastante diestros para ésta Competición no hace otra cosa que henchir mi vehemente fe por las juventudes porteñas de éstos lares. No obstante tendréis que encontrar a alguien que pueda vaciar bolsillos, encontrar baratijas ocultas y descerrajar candados si queréis participar.

Amie barrió un instante el perímetro con la vista, como buscando algo, hasta que dio con quien suponía acabaría asomando la nariz cerca de la tienda de su cínico Maestro.

Sonriendo levemente, se acercó a hurtadillas levantándose levemente las faldas del vestido con la punta de los dedos para que no arrastraran y, de un rápido movimiento, cortó la vía de escape al escurridizo chiquillo que había tratado de introducirse en la lona rojiblanca aprovechando la ausencia del mago dentro de la misma.

- ¡Te pillé! - exclamó la chica alegremente.

Acto seguido se oyó un boqueo acompañado de la siguiente exclamación:

- ¡Jolín, qué susto! - y surgiendo de entre las sombras con las que parecía diluirse como una aparición, un niño paliducho y ojeroso, de unos ocho años, esquivó en un instante a la joven aprendiz y echó a correr a toda velocidad hasta que Desdémona lo interceptó a medio camino lo mismo que un portero de fútbol intercepta un balón particularmente fuerte - ¡Eh!, ¡eh!, ¡que todavía no he hecho nada! - protestó el chiquillo debatiéndose furiosamente en los brazos de la sonriente planodeudo.

Tarmas alzó las cejas cuando tuvo a su aprendiz delante con el crío aún entre sus brazos.

- ¿No es éste el chico que robó mis pestañas de basilisco? - bufó - Y no una... ¡sino cuatro veces!

Viendo que su captora no le soltaría, el chiquillo le lanzó una sonrisa dentuda y caradura al mago; tenía una extraña y desordenada mezcla de dientes de leche y definitivos conformando su desigual y un tanto llena de sarro dentadura.

Iba descalzo y vestido con ropa vieja y desgastada, con el pelo desordenado y la cara pecosa y sucia, nada linda o entrañable, sino más bien todo lo contrario.

De ojos saltones, nariz respingona, boca grande, mentón insolente y cuello flaco, aquel niño era una criatura más bien feúcha... feúcha y, no obstante, a juicio de Desdémona, sumamente encantadora. Lo que tenía de feuchillo lo compensaba con su actitud de pillastre simpático.

Porque ya conocía al monicaco de antes.

- Pues sí. - replicó el rapazuelo con increíble desparpajo, en absoluto avergonzado de admitir tan flagrante acto de latrocinio - Mi rana necesitaba pestañas. Luego le encontré una novia, que también las necesitaba.

- ¿Y para qué narices iban a querer unas ranas llevar puestas unas pestañas, enano? - preguntó Desdémona, conteniéndose a duras penas de no soltar la carcajada. Aquel crío era un gamberro cabroncete, y le gustaba precisamente por ello - ¿También les pintas los labios o qué?

Kipp, pues así se llamaba el susodicho cabroncete, le dirigió a su captora otra sonrisa caradura, pestañeando dramáticamente como si quisiera imbuir el asunto de falsa inocencia.

- Eh, tú eres un demonio y te pones lazos, ¿no? - dijo señalando el complicado y desmadejado peinado de la chica – Pues a las ranas les gusta verse guapas. También tienen derecho.

- ¿Qué estabas haciendo en la tienda de Tarmas, Kipp? - preguntó Amie aguantándose también una sonrisa que amenazaba con florecerle de un momento a otro en los labios.

Aún retenido, el chiquillo se encogió de hombros.

- Estaba echando un vistazo. - respondió despreocupadamente.

- Sí, claro. - replicó Tarmas, ceñudo – Y también ver si, de paso, me birlabas algún ingrediente exorbitantemente caro e increíblemente raro de encontrar por éstos lares para jugar... ¿O tal vez estés más interesado en mi empanada a medio terminar? - añadió mostrando deliberadamente el plato con la susodicha vianda que portaba en las manos.

El crío fijó la vista en la comida y la contempló, si bien contenido, con evidente ansia voraz. Su cuerpecillo esquelético era testimonio suficiente de que la criatura pasaba más hambre que los perros famélicos del viejo desgraciado de Lewy Jons, el individuo más oscuro, mísero e indeseable de toda la vecindad.

Sin variar un ápice su mueca de absoluto desagrado, Tarmas le tendió el plato en silencio al niño y éste tiró un momento para atrás, repentinamente desconfiado. Entonces alzó la vista, observó las canicas negras que quien le sujetaba tenía por ojos y, al ver a la chica demonio asentir, avanzó y asió la empanada rápidamente, como si se temiera que estuvieran jugando cruelmente con él y se la fueran a retirar en el último segundo.

Soltándole, Desdémona y los demás le observaron comer en silencio hasta que el chico terminó chupándose los dedos, casi reverentemente. Probablemente aquella hubiera sido la primera comida decente que habría catado en días.

- Hum… - dijo con una mirada que denotaba incomodidad al alzar la cabeza y dirigirse a Tarmas – Te devolvería las pestañas del basilisco ése... pero es que ya no las tengo.

- Vaya, ¿acabamos de oír una disculpa del ladronzuelo? - replicó el mago, intentando no sonreír. No fuera a ser que en aquel lodazal comenzaran a pensarse que era simpático y todo – Las maravillas nunca cesan en éste pueblo, por lo visto.

Desdémona evaluó con ojo crítico al chiquillo un momento.

- Ey, ¿qué os parece la buena pieza ésta? - sonrió, cruzándose de brazos y señalándole con la vista – Tiene potencial, ¿no?

Kipp observó a la chica con gesto interrogante.

- Hombre... - repuso Amie pensativa – Ya sabes, siempre está escamoteándole viales a Tarmas, y ya que está aquí...

- Oh, por favor, no os preocupéis por mí, en serio. - replicó el hombre con gesto avinagrado, retomando su eterno papel de melodramatismo cínico - Ya me ocuparé más tarde del joven artista aquí presente y de sus ranas.

El crío frunció el ceño.

- ¿De qué narices habláis? - preguntó finalmente. Para ser un niño de tan pocos inviernos tenía la voz rasposa y varios tonos más grave de lo que cabría esperar en alguien de su edad.

La joven Farlong dio una zancada hacia él, se agachó a su altura y puso su frente pálida y dura contra la del chiquillo apretando ligeramente, lo mismo que una cabra desafía a otra.

- Dicen las malas lenguas, pequeño chorizo, que sabes lo que te haces en temas de abrir cerraduras y otras yerbas. - repuso mostrándole todos los afilados dientecillos en una sonrisa juguetona - ¿Lo niegas?

Sin amilanarse, Kipp apretó a su vez su frentecilla sucia contra la de la chica demonio.

Le gustaba cómo le hablaba, parecía que le cayese bien. Además, antes al agarrarle ni siquiera le había hecho daño o le había pegado como solían hacer la mayor parte de los mayores que le pillaban haciendo alguna trastada. Tenía el trasero insensibilizado de llevarse tantos azotes.

- Pfff... la gente dice eso porque puedo colarme por sitios pequeños y trepar a lugares muy altos y ellos no... Y mangar cosas cuando me peta. - replicó, desafiante a su vez - Están celosos, así de fácil.

- Pues si eres tan bueno y sabes mantener la boca cerrada... - dijo Desdémona con entonación grandilocuente y dejando unos tensos segundos de silencio para darle expectación al asunto - … Tal vez te deje que te unas a nosotros.

La carita sucia y pecosa del chiquillo experimentó una ligera contracción de susto para luego iluminársele y observar a la planodeudo con los negros ojillos brillantes llenos de ilusión.

- ¿Qué...? ¿De verdad? - dijo pasmado, apartando su frente de la de la chica para observarla mejor - ¿Te refieres a competir por el Trofeo?

- Seh. - replicó Desdémona irguiéndose de nuevo – De todos modos es una apuesta ganadora: ya hemos reventado las otras tres Competiciones; pero queremos el extra, ya sabes... – y le guiñó un ojo – Para ponerle la guinda al pastel.

Y un pelo le faltó a Kipp para ponerse a dar saltitos de emoción.

- ¡Genial! - exclamó y, girándose en dirección al hasta ahora silencioso Bevil, le dio una sonrisa dentuda - Siento haberle atizado en la cabeza a ese torpe grandote tantas veces. - dijo señalándole con el dedo - No quería hacerle daño, pero es que se pone muy gracioso cuando se enfada.

Ahí la cara del joven Estornino pasó de la más absoluta tranquilidad angélica, tan habitual en él, a una de sorpresa seguida de una indignación increíble.

- ¡¿Eras tú?! - preguntó incrédulo, poniéndose rojo como la grana por segundos, no se sabía si por enfado o por vergüenza - Todos los días en los entrenamientos me daban con bellotas... ¡y era éste crío! - exclamó frunciendo el ceño y dándole una mirada feroz al chico - ¡No puedo creer que nadie me lo haya dicho! ¡Y Georg me había convencido de que eran los pixis!

El niño se echó a reír. Amie y Desdémona trataron de no contagiarse de aquella risa y Tarmas se limitó a observar al muchacho con una ceja alzada; creerse las historias de Redfell demostraba lo mucho que la Milicia estaba atontando a Bevil Estornino quien, bajo su punto de vista, ya de por sí solo no tenía lo que se dice demasiadas luces.

- ¿Lo, ves, lo ves? - le dijo Kipp cómplice a la planodeudo sin dejar de señalar a Bevil - ¡Parece un toro! ¡Sólo le falta echar vaho por las narices!

El miliciano se cruzó de brazos, entornando la vista.

- Promete que no volverás a hacerlo. - le dijo con tono de advertencia – O la próxima vez que me dé una bellota, cierto macaco acabará con el pelo cortado a cuadritos.

- Oh sí, te lo juro. - replicó el chiquillo sonriendo traviesamente y mirándole con evidente intención - Por todos los pixis del pantano.

- ¡¿Qué?! ¡Maldito crío...! - prorrumpió Bevil atragantándose con sus propias palabras para evitar decir la mayor obscenidad que se le pasó en aquellos instantes por la cabeza.

Sin poderse contener más, las dos amigas comenzaron a carcajearse mientras Tarmas alzaba la mirada a los cielos preguntándose en qué hora bendita había accedido a las molestas súplicas de Redfell para dirigir aquella absurda Competición. La magia, en verdad, era un negocio tan interesante por aquellos lares... Esconder chucherías sin valor, redactar versos bochornosos... y a nadie le importa si un mago sirve verdaderamente para algo de mayor provecho.

Dulce Mystra, necesitaba darse un baño. Urgentemente.


Con la larga cola prensil de la chica demonio sobre los hombros, Kipp iba tan telendo dando saltitos de tanto en tanto con las tres plumas tintadas de colores en la mano, pues ésos habían sido los objetivos a conseguir en aquella última Competición de latrocinio.

No había sido muy difícil. Incluso antes de oír la pista rimada que el viejo mago les había recitado, él ya sabía dónde se encontraban los objetivos antes de empezar. Había estado observando a los demás críos del pueblo levantar piedras y leños aquí y allá y se había reído para sus adentros, sabiendo exactamente en qué estaban fallando.

Una pila de leña protegida con una trampa eléctrica que no hacía daño pero sí daba por saco e impedía acceder al tan preciado tesoro... Luego un cofre con candado, más clásico imposible... Y, para terminar, un hombre vestido de verde de los pies a la cabeza como un elfo silvano al que había que vaciar los bolsillos sin que se diera cuenta.

Pan comido. Coser y cantar.

Desdémona marchaba a la cabeza de su equipo sin dejar de sonreír. Habían ganado las cuatro Competiciones de aquel año y estaba de muy buen humor; sentía la rara, mas no por ello desagradable, impaciencia de saber en qué consistiría ése afamado "premio especial" del que Georg les había hablado.

- Kipp, no seas pesado y deja ya la cola de Desi en paz. - regañó Bevil al niño con suavidad.

Pero el otro se giró para sacarle la lengua.

- Es mi nueva bufanda y quiero llevarla puesta. - replicó, todavía maravillado e intrigado por la textura suave y completamente desprovista de vello de la extremidad prensil. Como todo niño, en el fondo envidiaba sanamente aquella larga y elegante protuberancia pálida, que no olía a nada en particular y no era, como cabía de esperar, flácida y sin gracia.

- Déjale, Bevil. - le dijo Desdémona a su amigo encogiéndose de hombros - Es un crío y le hace gracia la cola. Seguro que la mitad de los mocosos del pueblo querrían tocarla por la novedad.

- Sep. – asintió Kipp pasando un dedo de uñas mordidas por la piel venosa de la extremidad – Casi todos te tienen un miedo que flipas, pero siempre están hablando de tu cola y tus cuernos y preguntando si tienes alas de murciélago bajo la ropa. - en esto que hizo una pausa, considerando sus palabras - ¿Las tienes?

Girando la cabeza, la joven Farlong le dio una mirada de hacerse la interesante.

- Tal vez. - contestó juguetonamente.

Kipp entornó los ojos.

- No es verdad. - replicó muy serio.

- Ah, pero los demonios podemos cambiar de forma, ¿no lo sabías? - dijo adoptando un tono profesional y convincente – Vivimos entre la gente y tenemos la apariencia que más nos gusta o más nos conviene. Y ya es muy incómodo pasar la cola por el agujero de los pantalones, con que unas alas...

El chaval resopló.

- Hazme una demostración. - retó – Si puedes cambiar de forma conviértete en un dragón o algo... aunque sea pequeño.

Ah, otro de los sueños infantiles que todo niño desea cumplir: ver un dragón con sus propios ojos.

- Uy, no me conviene. - replicó Desdémona con suma naturalidad – Si me transformase en un dragón aquí mismo, medio pueblo echaría a correr en desbandada.

- ¡Ja!, ¡eso es que no puedes!

- Claro que puedo.

- No me lo creo.

- No hace falta que lo creas o no. - dijo la chica dándole una última mirada intrigante al niño desde arriba – Pero te dejaré con la duda, ya que nunca sabrás... - e hizo la consabida pausa dramática - … Si verdaderamente puedo o no convertirme en un dragón, escupir por la boca el fuego helado de Baator y volar por el cielo sobre las nubes.

Y el chiquillo se limitó a replicar con una risita de indiferencia pese a que, en su joven mente, la duda hizo, efectivamente, honda mella y comenzó a preguntarse qué poderes fantásticos tendría la dueña de aquella cola que tan suave y cálida se le antojaba contra la mejilla.

Amie y Bevil se dirigieron una mirada cómplice a su vez, divertidos con las ocurrencias de la joven Farlong, de imaginación casi tan fecunda como la del propio Georg Redfell. Incluso años después de dejar atrás la infancia y, con ella, buena parte del espíritu de la imaginación y la travesura, Desdémona seguía siendo una fuente de entretenimiento puro y duro.

Posiblemente, de haber sido humana, hubiera tenido a más de medio pueblo riéndole las gracias y pidiéndole más y más inventiva de su cosecha. Tristemente, en Puerto Oeste, los prejuicios no perdonaban a los que son diferentes.

Tarmas les esperaba de brazos cruzados, encorvado sobre el siniestro boquete gris del que tan cerca se hallaba montada su tienda mientras le daba al mismo una mirada fija, inescrutable.

- Por más muestras que tome a lo largo de los años, jamás he encontrado propiedades tan corrosivas e interesantes como las de ésta erosión. - dijo pensativamente una vez tuvo a Desdémona y a su pequeño paje sujetacolas al lado – Las muestras de ésta tierra se comen las retortas que es un gusto y reaccionan mal cuando son expuestas al amoniaco, a la sosa cáustica, al alcohol etílico y al éter, pero no se disuelven.

- Pues usa un crisol de recipiente contenedor, ¿no? - replicó Desdémona alzando una ceja. Aquella desagradable sensación que le iba desde el pecho a la cabeza volvía a hacerse patente en su cuerpo ante la proximidad con la cicatriz terrestre. Quería alejarse de allí cuanto antes.

Tarmas alzó la vista y le dio a su pupila una mirada pensativa.

- Si bien poco imaginativa, la idea no es... descartable. - replicó alejándose del lugar seguido por la diablilla y el niño hasta donde estaban Amie y Bevil - ¿Y bien? ¿Os está entrañando alguna dificultad la Competición?

- Enséñale las plumas, Kipp. - dijo Amie señalando al mago con un movimiento de cabeza.

Tarmas se dio la vuelta y, al contemplar con sus propios ojos las pruebas del éxito de los chavales, dio un largo suspiro de alivio.

- ¡Loados sean los dioses por mis dos aprendices gasta-ingredientes! - exclamó con un exagerado tono melodramático - El Desafío del Granuja ha terminado y yo puedo volver a ser serio y reservado. - su habitual mueca de desdén trocó en un remedo de sonrisa afectada - Os comería a besos, pero ya nadie respeta a los magos cariñosos.

Desdémona alzó las cejas.

- ¿Ah, no? - dijo con cierto tono malicioso hasta que, adelantándose sin que nadie hubiera podido prever lo que iba a hacer, le plantó un beso rápido en toda la mejilla al mago - ¿Ves, Maestro? No tienes nada de qué avergonzarte. - se choteó.

La cara del conjurador primero se puso blanca del susto para luego adoptar un tinte rojo oscuro que se le extendió desde la raíz del pelo hasta el cuello acompañado de una mueca de absoluto horror.

- ¡Diablilla descarada! - exclamó, molesto y aturullado, haciendo aspavientos con los brazos - ¡Fuera de mi vista ahora mismo!

- Oh, me partes el corazón, por lo visto ya tampoco se respeta a las aprendices cariñosas. - replicó la joven Farlong muy ufana, sin remilgo alguno.

El índice del mago apuntando hacia el otro extremo del pueblo como símbolo indicador de que se fueran lo más lejos posible de su presencia fue aviso más que suficiente para que Amie agarrase a Desdémona por el brazo y, agachando la cabeza en señal de disculpa, se la llevara a todo correr seguidas muy de cerca por Bevil y Kipp.

- ¿Se te ha ido la olla? - le dijo Amie a su amiga nerviosamente una vez estuvieron lo bastante lejos de los oídos de su tutor - ¡No te pases, que es Tarmas!, no es como si se lo hicieras a Bevil o algo...

- ¡Eh! - protestó el muchacho tras ellas.

- Ey, no es culpa mía si el hombre se pone a provocar soltando ésa clase de comentarios. - replicó la planodeudo alzando las cejas sugestivamente.

Amie puso cara de dolor de estómago.

- Eres increíble. - bufó meneando la cabeza de lado a lado significativamente – Seguro que eso no se lo harías a Daeghun ni harta vino.

- ¿Que no? - rió la otra – Siempre y cuando le pueda pillar de espaldas, desprevenido y desarmado, el beso en la mejilla está asegurado. - se carcajeó – Lo mejor son las reacciones, porque siempre se pone enfermo de la vida cada vez que lo hago, como si le hubieran echado encima un cubo de mierda líquida.

La rubia aprendiz de maga le dio una mirada culpable. Aquello era casi peor que el más que justo y comprensible azoramiento de su tutor. Que un padre sienta verdadera repulsión porque una hija, por muy adoptiva que ésta sea, le bese en la mejilla, era una noción muy triste.

Y daba igual que Desdémona se lo tomara ahora a cachondeo. De pequeña lloraba mucho cuando estaban las dos solas o con Bevil, porque decía que su papá no la quería por tener cuernos.

Aprestándose a colarse entre las dos jóvenes para volver a hacer presa de la cola de la planodeudo, Kipp restregó la mejilla contra la carne tibia de la flexible extremidad.

- ¡Ha sido muy gracioso! - exclamó encantado - ¡La cara del mago no tenía precio cuando le has besado! Es mejor que verle siempre el mismo jeto de asco a él y al explorador elfo con el que vives, que siempre está amargado. Ésos viejos necesitan sacarse un poco el palo que tienen metido en el culo.

- ¡Kipp! - le regañaron Amie y Bevil al unísono.

- ¿Qué? Tengo razón. - replicó el niño mirando fijamente a Desdémona - ¿A que sí?

Inadvertidamente, al parecer la opinión de la joven Farlong ahora tenía un gran peso para el chiquillo quien, evidentemente, estaba buscando su afecto con lo de la cola y su aprobación con su comentario.

La criatura debía de estar muy sola si inclinaba sus atenciones en pos de un engendro demoníaco marginado por la vecindad de Puerto Oeste... aunque claro, tal vez precisamente por eso la buscara a ella y a nadie más: porque se identificaba con su situación y veía en la chica lo más parecido a un igual.

Desdémona de algún modo entendió esto y, haciéndole cosquillas bajo la barbilla con la punta de su cola, rió.

- Seh. – convino – Ése par necesitan relajarse. Probablemente, si no ofrecieran servicios a la comunidad, la gente de Puerto Oeste les tragaría menos incluso que al viejo asqueroso de Lewy Jons, y eso que el cabrón es un asesino...

- ¡Desi! - exclamó Bevil no ya sólo por el mal ejemplo que suponía decir palabrotas delante de un niño, sino por la grave acusación que acababa de formular contra un vecino del cual, entre otras cosas, no se podía demostrar nada por muy encendidas que estuvieran las sospechas en torno a su persona a consecuencia de lo que le había acaecido a la pequeña Ella Mosby, un año mayor que Bevil y Desdémona y, por tanto, mayor de edad el verano pasado, cuando el padre de la chica la había casado con aquel viejo miserable de Jons y, media estación más tarde, la muchacha había perecido "de viruela".

Todo muy oscuro, muy sospechoso y... por mal que le pesase a la Milicia de Puerto Oeste, indemostrable.

- Es verdad. - convino Kipp – De las pocas veces que he rondado cerca de su casa buscando comida entre las sobras que les da a los cerdos, encontré un día trozos de una calavera entre el barro. Alimenta a sus cerdos con personas.

Bevil comenzó a revolverse, inquieto.

- Probablemente lo imaginarías. - desacreditó – O no serían huesos humanos lo que viste.

- Sé cómo son las calaveras humanas. - se defendió Kipp vehementemente – Cuando los hombres-lagarto atacaron la granja de mis padres hace un año, tenían lanzas, bastones y collares decorados con dientes y cráneos humanos. No me lo estoy inventando.

Al ver que aquella conversación se estaba saliendo de madre con los tintes tan siniestros que iba adoptando, Amie se apresuró a levantar la voz.

- ¡Hum, chicos!, ¡tengo hambre! - exclamó - ¿Quién se apunta a pan de jengibre y tarta de limón? Seguro que ahora, ya pasada la hora de la comida, será más fácil encontrar un sitio donde sentarse y comer sin estar todos apelotonados en el prado con el resto de la gente.

El acuerdo fue ruidoso y unánime.


La enorme hoguera en torno a la cual se habían dispuesto en círculo las mesas y sillas (mobiliario que cada uno había traído de su casa para aportarlo generosamente a la celebración) cubiertas las primeras por manteles, trapos o lo primero que hubiera más a mano y coronadas de cuantiosas viandas, iluminaba la noche estrellada de luna llena sobre el Estero con sendas tonalidades rojizas y anaranjadas que imbuían los rostros de los vecinos presentes de una suerte de aura misteriosa, como alguna clase de aquelarre pagano listo para ofrendar u orar ante las inescrutables fuerzas de la naturaleza.

Daeghun Farlong había regresado hacía un par de horas escasas, con el crepúsculo, cargando a hombros un venado de considerable tamaño teniendo en cuenta la estatura y complexión de quien lo portaba, para la cena comunal. En aquel momento, una vez convenientemente despellejado, eviscerado, relleno de huevos duros y verduras y atravesado por un pincho en el espetón, lo estaban dorando con aguamiel, sal y especias. Las entrañas iban por separado en salazón, muy crujientes y braseadas.

También había tartaletas de frutas y carne para dar y tomar, gorriones asados, cerdo escabechado, algún queso de oveja curado, pan horneado aquella misma tarde y cerveza, aguamiel y aguardiente para un regimiento. Los ánimos estaban impacientes ya que era costumbre no empezar a comer hasta que la pieza principal, en éste caso el venado, estuviera lista para servir.

Con Kipp sentado a su derecha, Amie a su izquierda y Bevil a la izquierda de Amie, cerca de Retta y los niños; Desdémona tenía puesta la mirada en las llamas del fuego pensativamente al tiempo que notaba cómo las glándulas salivares se le ponían en marcha al olor de la carne. Pese a ser cazador, Daeghun y ella disponían de lo justo y necesario y la chica rara vez comía todo lo que su estómago le pedía. Algunos inviernos, especialmente el del último año, habían sido muy duros al punto de tener que apretarse el cinturón un par de muescas más para acallar las insistentes demandas del estómago.

Por eso le gustaban las festividades, especialmente la Feria de la Cosecha: porque, además de cantar y tocar el violín, se ponía de comida hasta el culo.

No obstante, pese a la satisfacción que sabía se daría al buche, la insatisfacción de notar la flagrante ausencia de su padre adoptivo, quien había hecho rápidamente mutis por el forro una vez hubo despellejado al animal y se hubo quedado con la piel y los cuernos para volver por el camino del puente a su casa sin haberse siquiera molestado en saludar o dirigirle la palabra a su hija, se hacía dolorosamente visible en los delicados rasgos de la muchacha.

Lo único que le consolaba era saber que sobre sus pequeños hombros descansaba la capa encantada que Georg y el pueblo habían concedido a los ganadores como premio especial al haber superado las cuatro Competiciones de aquel año. Amie y Bevil habían insistido en que se la quedase ella. Era ligera y suave, de un tono verde hierba sin adornos, de corte sencillo pero regio, muy hermosa. Tal vez mañana, si le pillaba temprano y de buen humor (lo cual, por otra parte, parecía harto improbable), se la mostraría a Daeghun, para ver qué opinaba.

Frente al equipo ganador, sobre la mesa en la que estaban sentados, hallábase el largamente añorado Trofeo de la Cosecha, un orgulloso cáliz de relativo buen tamaño con dos asas forjado en bronce donde, a lo largo de los años, los ganadores habían ido rayando sus nombres para la posteridad. Incluso, si bien muy modestamente tallado, podía leerse también el de Cormick... habían sido tantos años desde aquella fecha fatídica que aquella alegre celebración conmemoraba...

Ahora, enmarcados por un cuadrado que la planodeudo había trazado a cuchillo sobre la pulida superficie de bronce, podían leerse los nombres de su equipo, Kipp incluido, brillar con desafiante fulgor contra el reflejo de las llamas danzarinas de la hoguera.

Era tan... tan maravilloso ser ganadora por una vez... Y sentaba tan... tan bien, sonreír a diente descubierto cada vez que el merluzo de Wyl Mossfeld giraba la vista desde su asiento y contemplaba la Copa con el ceño fruncido...

- Je, la Doña y el Don no se lo creían, pero les he demostrado que "dar problemas" también es hacerse fuerte para poder lograr que mi nombre esté en el Trofeo de la Cosecha. - murmuró Kipp entornando los ojos, dándole una mirada de sumo orgullo y suma avaricia a la Copa – Si por ellos fuera, seguiría fregando platos en ésa granja asquerosa.

Desdémona giró la cabeza en su dirección.

- ¿De qué hablas, yogurín? - inquirió.

- Doña Lannon es la vieja hermana de mi madre... Nos acogió a mis hermanos y a mí cuando los hombres-lagarto mataron a mis padres. - dijo el chiquillo sombríamente sin apartar la mirada del Trofeo - Pero le he dado tantos problemas que me dijo: "Kipp, si no te enmiendas, ya puedes irte buscando otro techo bajo el que dormir". - relató, aflautando la vocecilla rasposa en un intento por emular a la de Ginni Lannon - Así que le hice caso y me largué. Suelo dormir en establos y demás... ¡Y ya no tengo que hacer tareas en la granja!

Desdémona frunció el ceño, dejar a un crío tan pequeño irse por ahí alegremente y apañárselas solo como un adulto le parecía de una irresponsabilidad tremenda por parte de Pitney y de su esposa.

- ¿Y tu tía no te fue a buscar cuando te marchaste? - preguntó.

Kipp negó con la cabeza. Y, pese a sus aparentes gestos de indiferencia, se notaba en su mirada lo mucho que aquella situación había afectado a su modo de pensar y actuar.

- Es una vieja amargada, siempre lo ha sido. - replicó – Cada vez que el Don venía de la taberna borracho los dos se ponían a discutir a gritos. Él se largaba a seguir bebiendo o a dormir la mona en otra parte y la vieja se echaba a llorar para luego agarrarnos por banda a mí o a mis hermanos y decirnos que éramos "unos inútiles hijos de un ratero despreciable que no merecía a su hermana" y nos ponía a trabajar, fuese la hora que fuese. Y siempre caía algún palo que otro.

Desdémona no quiso extender más aquel tema ya que sabía positivamente lo muy difícil que debía de resultarle al niño hablar de ello con aquella fingida máscara de serenidad. No tenía ni idea de lo mal que estaba la situación en casa de los Lannon. Tal vez por eso Lucy estuviera siempre tan enfadada y con ganas de partirle la crisma a alguien.

Y entonces tomó una decisión.

- Mañana vas a venirte conmigo al pantano. - le dijo muy tranquilamente, como si aquel asunto careciera de la menor importancia – Iremos a cazar ni que sea un triste conejo. Vas a aprender a usar un arco y a poner trampas.

Kipp giró la cabeza y se la quedó mirando fijamente.

- ¿Para qué? - inquirió.

- Para que aprendas a ser más sigiloso y a cómo manejar un arma. Comerás más que robando trozos de pan y fruta de las casas de los vecinos.

- ¿Estás intentando enmendarme o "guiarme por el buen camino" como dice ése cura de Lathander? - preguntó repentinamente a la defensiva y desconfiado. La chica demonio era guay... pero no quería acabar en su casa barriéndole el porche o tendiendo su colada. Y eso era lo que la gente solía pedir a cambio de su supuesta "generosidad".

- Yo no he dicho que dejes el tema de abrir cerrojos o vaciar bolsillos ajenos. - contestó ella sin variar su aparente tranquilidad, sabiendo que pisaba sobre hielo fino con el chaval – De hecho nunca se sabe para qué podría resultarnos útil en el futuro.

- ¿Resultarnos?

Desdémona entonces sonrió.

- Te propongo una asociación: tú aprendes lo que yo te enseñe y yo, dentro de un par de años o tres, te llevaré conmigo lejos del pueblo junto con Amie a buscar tesoros o lo que sea. - declaró ante el ahora atónito chiquillo – Pero no me sirve de nada llevarme a un socio inútil que no sabe valerse por sí mismo y que sólo sabe mangar cosas pequeñas.

Estaba haciendo una promesa, tomando una responsabilidad que puede que le diera más dolores de cabeza que alegrías, pero...

Como le había dicho el Hermano Merring aquella misma mañana: ella no quería quedarse en Puerto Oeste para siempre. Y desde luego aquel crío no tenía ningún porvenir ni esperanzas de sobrevivir muchos inviernos solo por su cuenta comiendo de allá para cuando. Si le enseñaba un par de cosas útiles y cuidaba de él... tal vez llegase a la edad adulta y pudiera vivir decentemente cazando cosas y no robando por ahí en un sitio en el que, por otra parte, no había nada que mereciera realmente la pena robar.

Se le había ocurrido todo aquello de repente, sin plantearse si estaba verdaderamente preparada para tutelar a un menor... pero quería hacerlo, sin importar el qué era verdaderamente sensato o no. Ya era mayor de edad y tenía que empezar a buscarse las habichuelas. Lo haría más a gusto y contenta acompañada que sola.

Kipp, con la boca abierta, la observaba con una mezcla a partes iguales entre la ilusión y la incertidumbre.

- ¿Lo dices en serio? - preguntó finalmente.

- Sí. - asintió la muchacha solemnemente.

- No me estarás vacilando...

- No.

El chiquillo pareció pensárselo.

- No pienso limpiarte la casa o hacerte la colada. - impuso, desafiante.

- Quiero un aspirante a arquero, no una maldita chacha, retaco de poca fe.

Dudas, dudas... pero ya casi lo tenía donde quería.

- ¿Seguro que no tendré que hacer tareas de tu casa? - probó el crío una vez más.

- Que no, joder. - bufó ella, haciéndose la dura – Pero eso sí: te quiero bien cerca para asegurarme de que no sales por patas a dar por culo por ahí faltando a las "clases" que voy a darte. A partir de ahora vas a dormir en el cobertizo de nuestra casa. Ya te pondré un colchón y mantas o algo. Ah, y te vas a lavar, parece que te ha estallado un petardo en toda la cara de lo guarro que vas. - dictaminó - No te puedo ofrecer más, la casa es de mi padre, no mía.

- ¿Y me puedo llevar a mis ranas?

- Llévate los bichos que te dé la gana. Son tuyos, tú los cuidas. Pero nada de ratas o ratones. - advirtió la joven.

Kipp dejó los ojos negros puestos un momento sobre los de ella, más negros aún.

- Trato hecho. - dijo el niño finalmente, extendiendo la mano.

En vez de la mano, Desdémona le dio la cola, cosa que pareció agradar al chiquillo, quien, riendo, imitó una vehemente sacudida de manos con el apéndice en cuestión.

Y aquel fue el comienzo de una hermosa amistad.


"Al ver mis horas de fiebre

e insomnio lentas pasar,
a la orilla de mi lecho,
¿quién se sentará?

Cuando la trémula mano
tienda próximo a expirar
buscando una mano amiga,
¿quién la estrechará?

Cuando la muerte vidrie
de mis ojos el cristal,
mis párpados aún abiertos,
¿quién los cerrará?

Cuando la campana suene
(si suena en mi funeral)
una oración al oírla,
¿quién murmurará?

Cuando mis pálidos restos
oprima la tierra ya,
sobre la olvidada fosa
¿quién vendrá a llorar?

¿Quién en fin al otro día,
cuando el sol vuelva a brillar,
de que pasé por el mundo,
¿quién se acordará?"

Reteniendo en la memoria aquel poema triste y mortuorio que de tanto en tanto Desdémona tendía a rememorar, hincó un instante la rodilla sobre la tierra compacta del camposanto y dejó todo su cuerpo caer en plácida postura sentada sobre sus talones.

Tras las muchas celebraciones, la cena, los bailes a la luz de la hoguera y la música... ¡oh, la música!, había dado aquel día lo mejor de sí misma, yendo presta a su casa a recoger el instrumento de cuerda con el que embelesaba a las audiencias, para arrancar con la providencial balada del inicio del otoño seguida luego de unos versos sueltos a los que había puesto música que hablaban del amor cortés, desconocido por aquellos lares en los rituales porteños del cortejo, mas anhelado y suspirado por las jóvenes en edad casadera.
Cosechando el éxito entre una audiencia ingrata que atenta escuchaba pero que jamás aplaudía, la joven Farlong había puesto fin a sus horas noctámbulas de fiestorreo deslizándose como una sombra, capa sobre los hombros y Trofeo e instrumento en mano, por los límites del pueblo, deslizándose entre los árboles, recorriendo un camino sin asfaltar que recorría cada año desde que tuviera memoria; de niña de la mano con Daeghun, ahora muchacha sola y sigilosa como un gato bajo la luz de la luna.

El cementerio de Puerto Oeste era un lugar apartado del pueblo al que se tardaba sus buenos veinte minutos a pie en llegar, ubicado al Norte del asentamiento.

No era un lugar particularmente destacable, pues se trataba de una simple planicie sembrada de lápidas de piedra de tosco acabado donde la hierba y las amapolas abundaban durante el estío y se enmadejaban ocultando en ocasiones buena parte de los epitafios que aún el tiempo no había borrado. Nada más.

Pero ella había traído flores, flores y un cuchillo para cortar aquellas yerbas insolentes que se creían con derecho a velar el nombre de a quien debía el simple hecho de existir.

Esmerelle. Su madre.

Al parecer de la mujer no se habían conocido apellido o sobrenombre alguno, de modo que Desdémona llevaba el de su padre adoptivo no sólo por relación legal, sino por ausencia de uno propio. No es que le molestara ser una Farlong ya que, de hecho, aquello le hacía sentir al menos un poquito más cercana al hierático semielfo... aunque sólo fuera en su imaginación.

El epitafio era escueto, poco emotivo, y no reflejaba más que la fecha de la defunción, no la de nacimiento.

Era triste, pero por no saber no sabía ni siquiera qué edad podría tener ahora su madre de seguir viva.

Depositando la Copa de la Cosecha a un lado de la estela de piedra, la muchacha sonrió un momento antes de brindarle el ramo de violetas enanas y margaritas que había recogido de camino.

Soy yo, mamá.

Y pasando la mano gentilmente por la lápida, como si la acariciara, sus ojos recorrieron las letras de su nombre.

Hoy ha sido un día plagado de inesperadas emociones.

En su imaginación, la imagen mental que tenía de Esmerelle se sentaría frente a ella, deseosa de oír lo que tenía que contarle.

He ganado la Copa de la Cosecha. Mis amigos y yo hemos superado las cuatro Competiciones y, gracias a ello, no sólo Wyl Mossfeld ha mordido el polvo, sino que tengo una capa nueva preciosa. Tiene encantamientos tejidos entre sus hilos, ¿sabes? Lo noto. No soy muy buena hechicera, pero... las cosas mágicas y yo solemos estar la mayor parte del tiempo... en la misma frecuencia, no sé si me explico. Me pregunto si es algo que me has legado tú o que yace en lo profundo de mis orígenes demoníacos.

Suspiro. Pausa.

¿Sabes qué? Me voy a hacer cargo de un crío. Lo he decidido. No es mal chaval y... creo que le necesito tanto como me necesita él a mí.

Ahí mamá Esmerelle se inclinaría hacia ella con candorosa curiosidad.

Me cuesta mucho vivir con Daeghun. A veces me gustaría poder abrazarle todo lo que quisiera como cuando era una niña... pero los años me van alejando de él cada vez más y creo que piensa que, con mi mayoría de edad, su cometido como padre ha tocado a su fin.

Uuuh... y la quemazón de las lágrimas amenazaba con desbordar de la oscuridad de sus ojos.

Así pues he pensado que si la edad me hace perder un padre... tal vez me otorgue la posibilidad de tener ahora un protegido o un hermanito. Me es indiferente cómo llamarlo. Si le enseño a sobrevivir estaré haciendo algo bueno, y creo que eso debe de ser lo que los religiosos o fieles llaman un "acto de amor". Creo que puede llegar a ser algo muy bonito, en serio.

Sonriendo nuevamente, no notó nada en el ambiente hasta que sintió las manitas sucias y de uñas mordidas posarse sobre sus cuernos ondulados.

- ¿Quién es Esmerelle? - inquirió la voz del niño casi en un susurro.

Helo aquí, mamá. Te presento a Kipp.

- Mi madre. - contestó Desdémona sin girarse.

- ¿Era un demonio como tú?

- Era humana.

- ¿Hace cuánto que murió?

- Dieciséis años, durante la Batalla de Puerto Oeste. Tú no habías ni nacido.

- ¿La recuerdas?

- No. - y reflexionó un instante, ponderando cuánta verdad había en aquella negativa – Tal vez algo, pero creo que sólo son sensaciones... no sé ni qué aspecto tenía, a qué olía o cómo era el timbre de su voz.

Tras ella, el chiquillo calló un instante, cerrando los ojos.

- Mi madre era bajita y castaña, un poco rellena, con la voz aguda. Y siempre olía a flores. - repuso el otro finalmente – No me llevaba muy bien con ella... me caía mejor papá. Él sí que era genial. Y yo era su favorito. - ahí la voz le tembló un instante, finalizando la frase como si la emoción le impidiera hablar.

Y quedaron los dos un momento en silencio. Ella de rodillas, el chico con las manos aún sobre sus cuernos.

Tomando entonces parte del ramo que había traído para su madre, Desdémona se puso en pie.

- ¿Les ponemos flores? - preguntó al niño, observándole con absoluta ternura.

Y a lo lejos, desde las sombras de los árboles, Daeghun Farlong contempló quedamente a la muchacha que había criado y al chiquillo ladrón ir juntos de la mano hasta otra pareja de lápidas cercanas a las de Esmerelle... y Shayla.

Dieciséis años de dolor, dieciséis años de reproches girando en torno a la figura de su desaparecida esposa.

Cada año, fiel a su cita, acudía a visitar la tumba de su mujer. Se le hacía muy duro ver a aquella criatura... aquel ser de sangre procedente de los Planos Inferiores arrodillarse también frente a sus estelas y llevar flores a una madre que jamás conoció siguiendo una tradición que él le había inculcado desde pequeña.

Como en los últimos años, primero le dejaría pagar sus respetos con toda tranquilidad y, una vez se marchara y él pudiera gozar del silencio que tan a menudo se le negaba, marcharía bajo la luz lunar, sus pies de acechador ligeros y silenciosos en la hierba, hasta detenerse frente al nombre de Shayla... su hermosa y adorada Shayla...

Una repentina sensación, aguda como una espina, se clavó de improviso en la parte posterior de su cabeza y supo, inconscientemente, de la presencia intrusa que, al igual que él, deslizaba su sombra entre la bruma arbórea sin ser vista.

Llevándose con calma y tiento las manos a la espalda, la diestra al carcaj y la siniestra al arco que pendía de su hombro, Daeghun Farlong preparó el tiro y apuntó con precisión mortal dirección al punto donde había sentido a la presencia moverse.

"Guarda tus flechas, explorador. No albergo malas intenciones contra ti o los tuyos. Déjame que vigile los pasos de tu hija, pues ella es preciosa para mí en el más amplio sentido de la palabra."

Sin variar un ápice su tensa postura de cazador, el semielfo dejó a la presencia trasladarse de sombra en sombra hasta que, tal como había llegado, desapareció en el silencio de las tinieblas del Estero.

Y, con ella, también Desdémona y el niño se volatilizaron en el aire.


Nota de la autora: como ya había previsto, éste es otro (y ya el último) capítulo en Puerto Oeste. Ya he escrito todo lo que tenía que escribir acerca de la gente del lugar, ya me he quedado a gusto :D

El incluir a Kipp en ésta historia no es puramente casual, ya dije que me iba a tomar unas licencias artísticas considerables (que no por ello faltaré al espíritu de la Campaña original, cuidado) y Kipp, pese a ser un personaje cuya interacción se limita al Tutorial, me cae francamente bien. Es un niño que se ha visto obligado a sobrevivir y es muy suyo, por éso me gusta tanto ^^ Creo que no he leído por ahí nada de él ya que se le ha prestado poca o ninguna atención en los fanfiction de NWN2.

A Ghost-03, quien es es único comentarista que se ha pronunciado por el momento: tus reviews me encantan ya que te expandes en comentar lo que te gusta (y si hay algo que no te guste o te resulte raro también dilo eeeh). Intentaré ser completa y no poner vocabulario demasiado incomprensible o repelente... el problema será cuando lleguemos a Casavir, porque en mi cabeza y por cómo leo yo los diálogos en inglés, el hombre emplea vocabulario culto, a veces hasta incluso un poco rimbombante; y así es como tengo yo al personaje en mi cabeza: de los que te llaman de "vos" y suelta unos palabros del Año Catapúm (y pienso hacer lo mismo con Nevalle, así que...).

En cuanto a lo que le pasa después a Amie... pues ya se verá, me ceñiré a los diálogos originales pero, si veo que son improcedentes o fríos, los adaptaré a mis necesidades y punto pelota :) Y sí, el hecho de que Desdémona sea una Sin Fe es vital en el desarrollo de la historia ya que coincidirá con unos personajes y con otros chocará diametralmente en cuestión de creencias. ¿Y quién sabe?, puede que su alma se salve, puede que no... o puede que la historia de un giro de tuerca retorcido e inesperado :P

Cada vez que vaya presentando personajes, si los considero medianamente relevantes, daré detallitos de ellos jijijiji, los detallitos son mi pasión ^^ Excluiré contenido irrelevante del juego que no aporte nada a la misión principal o a mi desarrollo, pero lo importante se mantendrá en su línea.

Lo dicho, un saludo, disfrutadlo, comentad lo que os parezca (si queréis dar ideas soy una persona que tiene en consideración las sugerencias y, si veo que se adecúan a mi historia, las desarrollo), que yo os contestaré y os lo agradeceré mil y... ¡nos leemos!

PD: primer poema (malo de narices): cosecha mía. Segundo poema: cosecha del maestro Gustavo Adolfo Bécquer.