Ambos sentían la soledad paralelamente. Mientras Vegeta andaba perdido por el mundo, posiblemente con la mente fija en su objetivo de superación personal en pos de vencer a su eterno rival, Bulma se enfrascaba en nuevos proyectos en el laboratorio para mantener su mente ocupada y no pensar en el príncipe. Los días pasaban y éste no daba señales de vida, mucho menos de un posible retorno. ¿Significaba entonces que ya no estaban juntos? ¿Que realmente no volvería y ni siquiera acabarían siendo amigos? Sólo el tiempo conocía esas respuestas.

La peliazul decidió tomar un relajante baño para sacudirse el estrés de encima y, conforme entraba en el agua y suspiraba por el contraste de temperatura, escuchó cómo picaban a la puerta. Alzó la mirada casi al instante algo temerosa, ¿sería él? ¿Estaría por fin en casa?

—¿Sí? —preguntó con cierto nerviosismo, esperando oír su voz o, en su defecto, verlo entrar tan serio como siempre sin mediar palabra alguna y ponerse a afeitarse por ejemplo; en su lugar fue la voz del pequeño Trunks quien contestó:

—¿Puedo pasar? —quiso saber, apoyando la cabeza en la puerta mirando a la misma. Inicialmente la respuesta iba a ser un "no", pero eso sólo hubiese implicado más insistencia por parte de su hijo y no tenía ánimos para batallar, por lo que accedió. Lo vio entrar y rápidamente cerró los ojos para no incomodarle en caso de que fuese a hacer sus necesidades, sin embargo, el joven se acercó a ella con la misma seria actitud de la que su progenitor solía hacer gala.

—¿Has comido? —. Hubo un breve silencio que compensaba con una gran incomodidad. Bulma pensó que lo mejor sería optar por una evasiva, recriminarle el hecho de que estaba desnuda y que saliese, aunque de alguna manera eso sólo hubiese acrecentado la tensión entre madre e hijo, por lo que optó por no hacerlo. En su lugar le miró a los ojos suplicante, esperando que de alguna manera aquel niño entendiera que la mujer no estaba pasando por su mejor momento, y así fue, pero no por ello iba a dejarla en paz, o mejor dicho sola.

—¿Y vas a comer? —prosiguió algo molesto a la par que preocupado, cruzándose de brazos. Su madre deslizó sus ojos hacia el agua evitándole la mirada a modo de negativa, lo último que quería ahora mismo era comer nada. Trunks soltó un pesado suspiro y se arrodilló a su lado, apoyando su antebrazo izquierdo en el borde de la bañera y acarició la mejilla de Bulma con su mano derecha en un intento de reconfortarla. Lo miró, dolida, y se sintió débil, por un instante más flaqueó. ¿Cómo podía permitirse que su hijo la viese así? Es más, que tuviese que ser él quien la consolase cuando por naturaleza debería ser al revés...

—Trunks, yo... Haré el esfuerzo, cariño. Gracias. —Le sonrió lo más amablemente que pudo en aquel momento de flaqueza, sonsacándole otra sonrisa al pequeño, quien a pesar de su esperanzado rostro sentía el mismo miedo de que su padre no regresase; pese a todo no quería ponerse en lo peor. —¿Aunque, no podías esperar a que saliese para decírmelo? —añadió con una pequeña risa aún sabiendo la respuesta.

—Claro que no, te encierras en el laboratorio el resto del día y no hay quien esté contigo. No te preocupes, ya sabes cómo es papá, se le pasará. Es terco como una mula, pero nos quiere mucho. Volverá —aseguró, confiando más en otorgarle fe a su madre que en retorno de su padre. Ella asintió con algo más de ánimos y, tras mirarle de arriba a abajo como si de un escáner de madre se tratase, le dijo:

—¿Has estado jugando con Goten, verdad? Mira qué sucio vienes. —Trunks no consideraba que fuese cierto, y a decir verdad su propia madre tampoco, pues tan sólo buscaba una excusa —Vamos, coge una toalla y báñate conmigo, "que luego me encierro en el laboratorio" y no me ves.


Trunks realmente había conseguido alegrarle el día, muchos de sus amigos lo había intentado pero sólo su hijo había sido capaz. Observó unos instantes cómo el brillo de sus ojos peligraba, cómo a él mismo le estaba costando creerse las palabras que había mencionado previamente y frunció el ceño dispuesta a arreglarlo, pues no podía dejar que la única luz del día se apagase. Le lanzó la esponja con un simple movimiento de muñeca acertándole en el pecho y, cuando sus miradas se cruzaron le salpicó un poco de agua con los dedos, arrancándole sin pudor la diversión contenida.

El joven en lugar de responderle al ataque cogió algo de champú llenándose la palma de la mano con el líquido para después llevárselo a la cabeza. Cuando ya se había formado la espuma a raíz de ello fue cuando contraatacó, llenándole la mejilla a Bulma dejándole una expresión de sorpresa en el rostro.

—¿Pero qué modales son esos, enano? —rió acercándose a él y le llenó de cosquillas. Un nuevo ataque por parte del niño tuvo lugar acto seguido, traspasando gran parte de la espuma de su cabeza a la de su madre, quien lo aprisionó con un abrazo y le acribilló la mejilla con cientos de besos. Al darse por vencido lanzó una mirada asesina sobre la mujer, sumándole a ello una expresión de descontento para nada acorde con sus adentros, pues se sentía orgulloso de haber hecho feliz a su madre.

Bulma dejó tumbado a Trunks encima suyo, permitiendo que éste apoyase la nuca en su hombro mientras le acariciaba con suavidad las manos que reposaban en su barriga. Lo miró de reojo observando cómo cerraba los ojos y sonrió.

—Mi principito, cómo has crecido, y pensar que cuando menos me lo espere te independizarás con la novia y me dejarás tu cuarto de trastero... —Trunks soltó una pequeña carcajada en seco, distraído por la imaginación de su madre.

—Lo dices como si eso fuese a pasar mañana mismo. Primero tendré que tener novia, y trabajo, y todo eso, ¿no?

—Por supuesto. Oye Trunks, mamá va a ir a por unas piezas que necesita antes de cenar, lo digo por si quieres llamar a Goten de nuevo mientras tanto y así no estás sólo. —Aquello era un ticket directo al libre albedrío, por lo que el chaval no pudo rechazar la oferta. Así pues, tras finalizar ambos el baño tomaron caminos separados para volver a encontrarse algo más tarde.


La de ojos color zafiro deambulaba por las calles con cierta parsimonia a pesar de conocerse cada rincón de aquella zona repleta de talleres, concesionarios y tiendas varias. Se detuvo en seco en ver ante sí el inicio de la calle donde se situaba la cafetería donde se despidió de Vegeta la última vez, no pretendía que unos malos recuerdos terminasen la felicidad que los momentos con su hijo le habían otorgado. Siguió avanzando por las calles paralelas hasta volver a detenerse, recordando tras llevar la mano al bolso que no había cogido dinero al salir de casa, sino que se había quedado encima de la mesa del comedor. Por no tener que telefonear a Trunks pensó en acercarse al banco y sacar dinero una vez allí, pero la situación no fue tan fácil al llegar.

Al entrar en el establecimiento un hombre chocó contra ella, tirándola al suelo y cayendo él de igual manera al hacerlo. Bulma sacudió la cabeza y posó los ojos sobre el hombre, quien llevaba un pasamontañas y un arma en la mano. En ver que tras la caída se activo la alarma del local y que uno de los trabajadores sacaba otro arma de defensa propia, el atracador decidió que lo más seguro era tomar un rehén a modo de escudo humano, escogiendo a la propia Bulma por proximidad. Intentó zafarse del agarre además de propinarle algún rodillazo sin éxito alguno hasta que aquel indeseable logró meterla en un coche junto a su compinche, que lo conducía, y emprendieron la marcha saliendo disparados a través de la ciudad.

Pese a no salir conforme habían planeado habían logrado escapar, o quizás eso pensaron en un primer lugar. Algo cayó encima del capó del coche. En un primer contacto pensaron que algo había caído desde algún tejado, para luego descubrir que un hombre era quien había caído desde el cielo clavando los pies en el coche, rompiendo el cristal frontal y agarrando del cuello al conductor, haciéndole chocar después contra la ventanilla a su izquierda. Tal y como vino desapareció, volviendo a hacer acto de presencia esta vez en el asiento trasero junto a Bulma y el delincuente del banco, aplastando entre sus dedos el arma del mismo y lanzándolo fuera del coche de una patada. El hombre tomó en brazos a Bulma en cuestión de apenas un segundo y, a través de la misma puerta por la que había lanzado a su adversario, escapó de aquella prisión metálica dejando que ésta chocase contra un escaparate de una tienda de ropa, creando un gran espectáculo de piezas de maniquíes volando y cabezas rodantes.

—Ve... Vegeta... —murmuró ella viendo a su salvador, abrazándole al instante conforme él bajaba a tierra firme. Trató de librarse de ella sin mediar palabra pero no le soltaban, no quería que se marchase de nuevo.

—Por favor, no te vayas, amor mío. —Le abrazó con toda la fuerza que pudo y más dejando al saiyan anonadado, incapaz de devolverle el abrazo por temor a volver a caer en sus redes. Los labios de Bulma fueron en busca de los de aquel hombre bañados en lágrimas y sollozos, suplicantes por tenerlos cerca para siempre con el mismo miedo de perderle que había sentido al inicio del día, antes del baño con Trunks.

—Ni siquiera debería estar aquí, Bulma —sentenció él con cierto recelo, dudando en cierta manera de si su presencia la protegía como había sido el caso, o si por el contrario la acercaba al peligro como en tantas otras ocasiones.

—Pero estás, y eso es lo importante. Dime, ¿quieres marcharte realmente por tu cuenta? ¿O es por mí? —Sabía lo que estaba haciendo, cómo aquello era un chantaje encubierto bajo falsos intentos de descubrir su opinión, pero aún así estaba dispuesto a caer en la trampa por una vez.

—Yo... yo quiero quedarme contigo —murmuró con cierta rudeza, apartando la mirada de aquellos profundos orbes azules, distraído por aquel sabor a sal que habían dejado las lágrimas en sus labios—, sólo es que no creo que sea lo mejor para ti.

—Y yo quiero que estés conmigo, y que es lo mejor para mí. No lo hagas tan difícil, por favor, Vegeta.

No se dijeron nada durante unos minutos, tan sólo se quedaron abrazados mientras la escena se cubría de ambulancias y coches de policía, una con su cabeza apoyada en el pecho del contrario y el otro con su mejilla rozando el pelo de la dama para finalmente deshacer de nuevo el bloque de hielo y suspense que se había creado.

—¿Vuelves a casa? —No pronunció palabra alguna, pero le vio asentir mientras acompañaba el gesto con unos murmullos de afirmación. Volvió a apoyar su cabeza en su pecho y sonrió satisfecha a la par que aliviada, deleitándose con la idea de contarle a su principito que el príncipe regresaba nuevamente.