Perdonad la tardanza, la universidad me tiene loca. ¡Espero que os guste!


Capítulo 3:

En cuanto giró sobre su espalda en la cama para apagar el infernal ruido del despertador lo notó.

Su cabeza comenzó a latir dolorosamente como cada vez que una migraña la acechaba. Sentía el cuello rígido, sobrecargado, y supo sin lugar a dudas que iba a ser un largo día lleno de ibuprofenos que no conseguirían suavizar sus dolencias. Con un suspiro de resignación, luchó contra el mareo que se apoderó de ella al levantarse y se encaminó al baño en busca de un poco de claridad.

Dejó que el agua caliente empapara sus rizos, alborotados después de girar mil y una veces en la cama tratando de huir de los monstruos que la perseguían en sueños. De el monstruo. Ese que siempre volvía a ella en cuanto se dormía, en cuanto la oscuridad la rodeaba. Ese que deslizaba su reluciente bisturí por el cuello ya lacerado de ella, su aliento caliente contra su piel. Abrió y cerró las manos mientras observaba el agua resbalando por ellas, esquivando las cicatrices que sobresalían en un recordatorio de lo que había ocurrido un año atrás. Pero no era esas marcas las que preocupaban a Jane, sino las de carácter permanente que hacían que retrocediera cada vez que veía un bisturí, cada vez que alguien le comentaba que olía a lavanda.

Un poco más relajada muscularmente hablando, salió de la ducha y se envolvió en una toalla. Quitó el vaho que había cubierto el espejo y se observó a sí misma: el agotamiento se leía en su rostro. Tenía ojeras bajo sus ojos, los cuales estaban apagados, sin su brillo travieso habitual; se dijo mentalmente que solo era culpa de la falta de sueño y del dolor de cabeza con el que se había levantado, pero bien sabía quién era el verdadero culpable de todo aquello. Desde hacía un año, rara era la noche que no se despertaba gritando, toda sudorosa, y con las palmas de las manos palpitándole horriblemente, como si todavía estuvieran clavadas al suelo. Un estremecimiento la recorrió violentamente, haciendo que la toalla resbalara de su despreocupado enganche y cayera echa un guiñapo a sus pies. Un rápido vistazo a su cuerpo antes de salir desnuda del baño y vestirse le bastó para ver que su madre tenía razón cuando la regañaba diciéndole que no se cuidaba nada, que tenía que comer más sano.

Hizo una mueca al ponerse la camiseta, pasando de llevar una interior debido a la fina capa de sudor que ya lucía su piel a pesar de acabar de salir de la ducha. Sí, había sido con agua caliente pero, al fin y al cabo, era agua. Odiaba esas olas de calor, más aún si coincidían con un día que tenía migraña. El calor solo hacía que se sintiera más embotada de lo que ya estaba, más lenta en sus razonamientos, casi febril.

Con otro suspiro de cansancio, salió de su casa sin desayunar, diciéndose a sí misma que seguro que ya llegaba tarde a la autopsia. Permitiéndose solo una breve parada en Boston Joe's para comprar una taza de café para llevar, bien cargado, y usando la excusa de una "emergencia policial" para saltarse la cola que casi llegaba a la puerta de entrada; frenó con más brusquedad de la necesaria y, reprimiendo un gemido por el bote que dio su dolorida cabeza, sacó las llaves del contacto y cerró el coche a sus espaldas. Entró corriendo en la comisaria, casi arrasando a una familia de expresión compungida que se disponían a salir en ese preciso momento, y dejó que su disculpa flotara tras ella mientras hacía un sprint por el pasillo y se precipitaba escaleras abajo. Brevemente, pensó que era una suerte que se hubiera olvidado el café a medio tomar en el reposavasos del coche porque, a ese ritmo, se lo habría derramado por encima.

Irrumpió en la planta baja como un huracán de alborotados rizos negros.

- ¡Chang! – saludó a la técnico cuando se cruzó con ella.

- Oh, hola, detective Rizzoli – respondió la joven nerviosamente. Jane no comprendía por qué se ponía tan alterada cuando ella andaba cerca. - ¿Está aquí por la autopsia?

- Sí, espero no llegar muy tarde.

- Bueno, la Dra. Isles hace una hora que llegó pero me comentó que se lo iba a tomar con calma porque había mucho daño en los huesos.

La detective contuvo una mueca y le agradeció a Susie su ayuda, a lo que esta replicó con una sonrisa y, recolocándose las gafas, continuó su camino. Jane, por su parte, respiró hondo ahora que podía antes de abrir lo más discretamente que pudo la puerta de la morgue y entrar dentro.

En seguida, una ola de aire frío chocó contra su piel, erizándola y desvaneciendo la capa de sudor adherida a ella como si fuera una cubierta protectora. Las fuertes luces de la sala de autopsias la forzaron a guiñar los ojos, lanzando punzadas de dolor a sus sienes. El olor a descomposición mezclado con desinfectante abrasó sus fosas nasales y le quemó la garganta al coger aire. Respira por la boca, le había aconsejado el detective Moore cuando había presenciado las arcadas de la joven, te resultará más fácil engañar al cerebro y lo hará más llevadero. Si no, siempre puedes recurrir al VapoRub. Solo la forma de sonreír del veterano había disuadido a Jane de rendirse y aplicar una suave capa en su labio superior, de manera que, cada vez que respirase, solo captara olor a mentol. Desde aquel día, no podía evitar considerar débiles a los que usaban el VapoRub.

- ¿No saludar es tu forma de indicar que no estás nada interesada en mantener una conversación? – La voz de Maura hizo que la detective perdiera el hilo de sus pensamientos. Frunció el ceño, ladeando la cabeza, tratando de discernir si era un comentario borde. La rubia se giró ligeramente para mirarla y Jane solo vio curiosidad, como si quisiera oír la respuesta únicamente para saber cómo actuar.

- No, perdona, me he quedado algo abstraída – se disculpó dando unos cuantos pasos hacia la mesa metálica que ocupaba su esqueleto.

- No sabía que la ciencia pudiera resultarte tan atractiva.

Jane resopló con sorna. Enganchó los pulgares en la hebilla de su cinturón como siempre hacía, un gesto inconsciente. ¿Por qué no?

- No es la ciencia lo que encuentro tan atractivo.

Oh, sí. Maura giró sobre sus talones, mostrando brevemente una expresión de desconcierto, como si no terminara de creerse lo que había escuchado. Abrió la boca para replicar, entrecerrando sus ojos al observar la actitud de total diversión de la detective, pero decidió abstenerse de hacer algún comentario sobre aquel burdo intento de ligar por parte de la morena y lo eliminó de su cabeza sin vacilar. Por su parte, Jane contuvo una sonrisa al ver la reacción de la rubia.

- En ese caso, te informo de que casi he terminado.

- Pero Susie me dijo que…

- Me he dado cuenta de que, para una persona sin experiencia forense, las fracturas se ven de manera más clara en los rayos X.

La morena acusó el golpe sin saber si Maura lo había dicho con el propósito de molestarla o si había sido un comentario totalmente inocente. Por la mirada que la forense le lanzó, Jane se inclinó más por la segunda opción. Los ojos verde avellana de la Doctora mostraban sinceridad pero ni una pizca de malicia. La detective se dijo a sí misma que se encontraba frente a un caso inédito: una mujer de impresionante belleza, solo comparable a su inteligencia, con el inconveniente de que carecía de filtro al hablar. Suspiró, sabiendo que el futuro le deparaba grandes dosis de desconcierto cada vez que estuviera con Maura.

- Vale. – Aceptó sin rechistar. Al fin y al cabo, ella era una persona sin experiencia. - ¿Has podido averiguar la identidad de nuestro John Doe? – inquirió dejando que su mirada abandonara la figura de la forense para centrarse en el esqueleto que yacía en la mesa metálica, totalmente expuesto bajo el potente foco de luz blanca que colgaba sobre ellos.

- Estoy a la espera de sus informes dentales – replicó Maura sin apartar la mirada de lo que estaba terminando de escribir. Con un gesto vago, señaló con el capuchón del bolígrafo la perfecta hilera de dientes que, a pesar del tiempo, se habían mantenido en buen estado. – Con el aspecto que presentan y, a juzgar por la fina barra metálica colocada tras los dientes inferiores, llevó aparato, así que tiene que haber un…

- Registro que nos diga quién es – terminó Jane por ella sin darse cuenta. Sus ojos se encontraron, cada una a un lado de la camilla, y la morena fue la primera en apartarlos ante la intensidad de la mirada de la forense.

- Respecto a la causa de la muerte, – continuó la rubia como si jamás la hubiera interrumpido. – no fue por la fisura orbital superior, como tú creías. Eso le habría causado diplopía, parálisis de los movimientos extraoculares, incluso ceguera; pero en ningún momento la muerte.

- ¿Diplo qué?

- Diplopía, comúnmente conocida como visión doble.

- ¿Entonces qué le / la mató?

- Oh, definitivamente le. Fíjate en la pelvis, – un dedo enguantado señaló el hueso en concreto, guiando las explicaciones de Maura. – el arco púbico es agudo, si fuera mujer sería amplio. Además, el sacro es más largo en los hombres dado que tienen pen…

- Vale, vale – la cortó Jane alzando una mano con cara de disgusto. – Lo he captado. Es un hombre.

Creyó ver la sombra de una sonrisa reprimida en los labios de la forense pero fue un gesto tan fugaz que bien se lo podía haber imaginado.

- Respondiendo a tu pregunta, nuestro John Doe murió de shock.

- ¿Shock en plan… - puso expresión de susto – o en plan…? - se llevó una mano a la garganta y comenzó a fingir espasmos.

Esta vez Maura sí que no pudo aguantar la risa y soltó una carcajada. Sacudió la cabeza, dejando que un mechón rubio cayera momentáneamente sobre su rostro antes de volver a recogerlo tras la oreja. Por primera vez, la detective apreció la belleza de su sonrisa. Le iluminaba la cara entera, sus ojos chisporroteaban, su expresión se suavizaba.

- Ninguno de los dos – contestó con los restos de la risa en su voz. – La víctima habría mostrado piel pálida, fría y pegajosa; sudoración, dolor torácico, pulso acelerado pero débil, respiración superficial y probablemente pérdidas de conocimiento.

- ¿Cómo lo sabes? – inquirió Jane. Aquello había captado su atención.

- Porque fue torturado.

- R&I –

Frost se sentó en su silla por primera vez desde que había entrado a las cinco de la mañana en la comisaría y dejó escapar un suspiro de alivio. Secándose el sudor de la frente, se aflojó la corbata lo suficiente para soltarse los dos botones superiores y librarse de esa sensación de ahogo que sentía cada vez que los llevaba abrochados.

Su mirada tropezó con la mesa vacía de su compañera, justo frente a la suya. Frunciendo el ceño, sacó el móvil de la funda que tenía colgada en la cadera y miró la pantalla vacía. Sin señales de vida por parte de Jane. Aunque este era un comportamiento cada vez más normal por parte de la detective, Barry no podía dejar de preocuparse.

- ¿Esperando algo en especial? – preguntó Korsak desde su sitio, a la izquierda de las mesas de Frost y Rizzoli, encarándoles.

- Solo miraba si Jane me había contestado – replicó el detective con un ligero encogimiento de hombros.

El excompañero de la morena arqueó las cejas y sacudió la cabeza antes de volver a su ocupación: estar frente al ventilador para combatir el calor.

- No te lo tomes como algo personal – aconsejó al joven. – A veces se lía a trabajar y se abstrae del mundo hasta horas más tarde.

- Lo sé, solo que… Con lo que pasó…

Korsak apretó la mandíbula y no pudo evitar lanzar una mirada dolida a Frost.

- Eso fue cosa de una vez – sentenció entre dientes.

El moreno asintió sin convicción y volvió a girarse hacia su mesa, pasando hojas con la información que había recabado sobre los diferentes propietarios de la casa y que Jane le había pedido con urgencia.

- Prueba en la morgue – habló Vince sin mirarle.

- ¿Qué?

- La Dra. Isles probablemente estará haciendo la autopsia y a Jane le gusta estar presente.

Frost titubeó, dudando entre su impulso de darle lo que había conseguido a Rizzoli y su repulsión hacia los muertos. Siempre que le era posible rehuía cualquier contacto con la planta baja fuera de lo estrictamente limitado al laboratorio, a donde bajaba esporádicamente cada vez que su compañera recibía el aviso de que un informe estaba listo y no quería lidiar con Pike o estaba ocupada con otra cosa. Tragó saliva, recogiendo su Moleskine de la mesa y dirigiéndose al ascensor con la vitalidad de un hombre que sabe que está cavando su tumba.

- No es como si te fueran a atacar los muertos, ¿sabes? – le gritó Korsak con una expresión de infinita diversión.

- Uh, mira quién habla, al que solo le falta sacar la lengua para parecer un perro – espetó el moreno marchándose antes de darle la oportunidad de contestar.

Vince se quedó mirando el ventilador que tenía colocado para que le diera en la cara y lo apartó de un manotazo. Mientras tanto, Frost pulsó el botón de la última planta y casi pudo imaginarse que ya sentía el olor a muerto y desinfectante enrareciendo el aire. Con esos pensamientos en la cabeza, para cuando cruzó el pasillo acristalado que llevaba tanto a la morgue como al laboratorio, se sentía enfermo y con ganas de vomitar.

- Detective Frost – le llamó una suave voz de mujer. Se giró y encontró a Susie, la ayudante de Pike y ahora de la Dra. Isles, mirándole con preocupación. - ¿Se encuentra bien?

- Mmm, más o menos. ¿Está Jane por aquí?

- Sí, la Det. Rizzoli llegó hace unos minutos, está en la morgue.

Ambos se giraron para mirar a través de los gruesos cristales a la amplia habitación, intensamente iluminada y llena de mesas metálicas vacías a excepción de una, donde un esqueleto, su esqueleto, descansaba totalmente expuesto, la sábana doblada cuidadosamente a sus pies. Barry tragó saliva, notando su estómago retorcerse y un sudor frío recorrerle la espalda. Entonces su mirada tropezó con la Dra. Isles y Jane. Ambas mujeres estaban paradas frente a las cajas de luz y examinando unas placas de rayos X allí colgadas. Maura estaba enfrascada en una explicación, su dedo enguantado señalando lo que explicaba; y Jane, por raro que le pareciera al detective, estaba escuchando y asentía, proponiendo cosas que, a veces, arrancaban sonrisas a la rubia. En esos momentos, la detective dejaba de prestar atención para observar atentamente a la mujer que tenía junto a ella.

Notando la química entre ambas incluso desde fuera, Frost se olvidó momentáneamente de su propio malestar y esbozó una sonrisa traviesa. Con eso, tendría material para picar a Jane por meses. Pero lo más importante es que hacía tiempo que no veía una sonrisa tan sincera en el rostro de su compañera, y eso le alegraba.

- Pensándolo bien… – habló girándose hacia Susie y guiñándole un ojo con complicidad. – no es tan urgente.

- R&I –

- Nuestro John Doe mostraba numerosas fracturas – comenzó a explicar Maura aproximándose a las radiografías. Haciéndole un gesto a la detective para que se acercara, se giró, encarando las placas. Comenzó con la de la pierna derecha. – La rodilla estaba destrozada por la bala, los huesos hechos papilla…

- Puré – la corrigió Jane.

La forense perdió el hilo de sus pensamientos al oír la voz grave de la detective en su oído derecho, el calor que desprendía el cuerpo de la morena alcanzando el suyo. No necesitaba mirarla para adivinar la sonrisa en su rostro. Cuando le había dicho que se acercara, había estado pensando en tenerla a su lado, no pegada a su espalda. Sacudió la cabeza imperceptiblemente.

- ¿Qué? – preguntó con un hilo de voz.

- Se dice "hechos puré".

- Pues hechos puré. Los dedos de las manos están rotos, y con intervalos de tiempo entre unos y otros a juzgar por los diferentes grados de calcificación de los huesos. – Señaló hacia una radiografía colgada a su derecha, junto a su rostro, y sintió el cuerpo de Jane inclinándose sobre el suyo para captar mejor los detalles. – Si te fijas, el pie izquierdo muestra señales de un golpe contundente que destrozó su escafoides.

- ¿Eso se puede causar con un pisotón? – inquirió la detective girándose para mirarla.

Sus ojos se encontraron en el pequeño espacio que separaba sus rostros, hasta el punto de que sus respiraciones se entremezclaban, y Maura casi olvidó la respuesta que tenía pensada.

- Erm… Tendría que hacer algunas pruebas para darte una contestación segura.

- ¿No puedes hacer una suposición momentánea?

- Como ya te he explicado, Detective, yo no supongo. Yo solo aporto datos fiables. – Replicó la forense con un tono más frío de lo que pretendía.

- Está bien – suspiró Jane. – Esperaré.

La rubia asintió, conforme, y volvió a centrar su atención en los rayos X, tratando de olvidar el cuerpo de la detective casi rozando su espalda, su respiración acariciando su cuello desnudo.

- La fractura ocular superior fue causada con un objeto de base redonda. Un golpe seco y directo a la sien habría bastado para crearla.

- Podrían haber intentado que perdiera el conocimiento.

- Bueno, en cierto modo, lo habría hecho. Le habría dejado paralizado y mareado, incluso ciego de un ojo. Pero fueron todas las lesiones en conjunto las que hicieron que su presión sanguínea bajara drásticamente y sufriera un shock.

- O sea que, supongamos… - un carraspeo la detuvo. Giró la cabeza y una mirada de aquellos ojos verde avellana le bastó para comprender qué pasaba. – Es un nosotros genérico. – No, eso tampoco valía. – Vale, vale – dijo con exasperación. – Como yo me imagino que pasó, John Doe recibió un disparo en la rodilla con el fin de evitar que huyera. Le ataron a una silla y comenzaron a torturarle.

- Primero el pie – dijo Maura. - ¿Ves el color blanco de los huesos justo en el borde fragmentado? Cuanto más intenso sea, más tiempo tienen las heridas.

- Bien, entonces primero le dieron un pisotón. Como vieron que así no contestaba, comenzaron a romperle los dedos uno por uno, pero tomándose su tiempo. ¿Entonces para qué golpearle en la cabeza? – hizo la pregunta mirando a la forense pero sin verla realmente, perdida en sus pensamientos, los pulgares enganchados en la hebilla de su cinturón una vez más.

- Eso queda en tu campo de trabajo – Con un encogimiento de hombros, la rubia puso una necesitada distancia entre Rizzoli y ella. La claridad volvió a su mente, calmándola inmediatamente. No le gustaba sentir que no controlaba la situación.

Jane frunció el ceño con más intensidad, pero el dolor de cabeza no la dejaba concentrarse. Su cerebro funcionaba lentamente, sumido en una neblina de atontamiento. Se masajeó el cuello en un intento de relajarlo y suavizar la tirantez que subía a lo largo de su nuca y parecía hundirse profundamente dentro de su cabeza, como una garra que se apretaba cada vez más, amenazando con hacerla explotar si seguía acumulando tanta presión. Dibujó suaves círculos en las sienes, aplicando presión, recordando que su madre solía hacerle eso cuando sufría de migrañas y que siempre conseguía rebajar un poco el dolor.

Soltó un gemido de frustración cuando vio que no funcionaba antes de recordar dónde se encontraba y con quién. Alzó la mirada, ligeramente asustada, solo para encontrarse con unos ojos verde avellana observándola atentamente.

- Han llegado los registros dentales – informó Maura para sorpresa de la morena. – Vamos a mi despacho y…

A Jane se le ocurrieron múltiples formas de terminar esa oración y ninguna de las cuales sería en la que la forense estaba pensando. O sí. Quién sabe… La Doctora cerró la puerta de caoba detrás de ellas, otorgándole a la habitación un aspecto de confidencialidad, como si cualquier cosa que se dijera entre esas cuatro paredes no pudiera salir de allí por arte de magia.

- Bonito despacho – comentó la detective girando sobre sus talones con curiosidad.

- Gracias.

- Es mucho más acogedor ahora que cuando los diplomas de Pike colgaban de todos sitios – Rizzoli sonrió con picardía. – Cada vez que entraba aquí, había uno nuevo. Siempre tuve la sospecha de que los imprimía solo para tapar huecos.

La fría mirada que le lanzó la rubia hizo que Jane dejara de hablar y se dedicara a investigar más de cerca la lujosa máscara que estaba expuesta en un mueble.

- ¿Has estado en África? – preguntó jugueteando con una de las pajas que sobresalían de un penacho.

- No – replicó la forense sin apartar la mirada de la pantalla del ordenador. – Bueno, sí, pero no la compré allí, si es lo que quieres saber.

- En parte – confesó la morena. - ¿Y cómo es?

- ¿El qué? ¿África?

- No, el Polo Norte. ¡Claro que África!

- Pues… Árido – dijo Maura escuetamente. – Y pobre. Es una experiencia conmovedora.

La detective murmuró algo a modo de asentimiento y se acercó hasta la estantería acristalada de exposición. Inclinándose contra el cristal, inspeccionó lo que había dentro, pero pronto perdió el interés por los pequeños objetos cuidadosamente colocados y fue hasta la mesa de la Doctora. Sentada en un borde, hizo girar la voluminosa bola del mundo hasta que su dedo la hizo parar sobre un sitio aleatorio.

- ¿Y qué te llevó a África?

- Fui con Médicos Sin Fronteras.

La morena se llevó otra vez una mano al cuello, dibujando pequeños círculos con la cabeza. Consciente de la incomodidad de Maura, decidió dejar el tema de su viaje y centrarse en otra cosa, lo que ella pareció agradecer ya que se relajó notablemente y cogió una hoja recién salida de la impresora. Se la tendió a la detective, que la miró con curiosidad.

- Son los datos de nuestro John Doe – informó la Doctora.

- Perfecto, gracias.

- Un placer. – Y no mentía. Aunque a veces Jane la hiciera sentir incómoda, encontraba su compañía refrescante e interesante.

Rizzoli asintió y se dirigió a la puerta del despacho todavía masajeándose el cuello.

- Detective – la llamó Maura antes de que girara el pomo para salir.

La aludida giró sobre sus talones, encarándola.

- No he podido evitar notar que te duele el cuello y, por tus gestos ante los ruidos fuertes, la cabeza. ¿Me dejas ayudarte?

- ¿Por qué…?

- Sé lo incómodo que es trabajar en esas condiciones, por no decir casi imposible. Teniendo la posibilidad de rebajar tu dolor, no veo por qué no debería ayudarte.

Jane pareció dudar pero finalmente asintió con sequedad y se acercó hasta el centro del despacho, donde se quedó parada a la espera de indicaciones. La rubia se levantó y rodeó su mesa, alisándose en un gesto reflejo los pantalones azules del uniforme forense. Señaló una de las banquetas blancas colocadas al otro lado de su mesa y la detective tomó asiento mientras observaba atentamente cómo Maura se acercaba a la estantería de la izquierda y cogía lo que necesitaba.

La detective abrió los ojos de par en par cuando vio la caja que la forense depositó en la mesa junto a su brazo.

- Ni de broma me vas a clavar eso – avisó señalando las agujas que la rubia acababa de sacar.

- ¿Por qué no? Tienen una eficacia más rápida que un simple masaje.

- Maura, no me voy a dejar pinchar. – Le salió solo. Sin pensar. Sus labios formaron el nombre y su lengua lo pronunció antes siquiera de que su cerebro fuera capaz de procesarlo. Pero si a la Doctora le molestó, no lo mostró.

- Bueno, entonces voy a necesitar que te recojas el pelo.

- Eso sí puedo hacerlo.

Una vez tuvo sus alborotados rizos negros bien sujetos a lo alto de la cabeza, esperó la siguiente indicación. La rubia había guardado las agujas de vuelta en su caja y las había sustituido por una crema de rosa mosqueta.

- Mmm… ¿Jane? – Su voz sonaba insegura pero la detective sintió un agradable cosquilleo ante la forense diciendo su nombre. – Voy a necesitar que te quites la camiseta.

Y adiós cosquilleo. Abrió los ojos desorbitadamente por segunda vez en poco tiempo, mirando a Maura con una mezcla de sorpresa, incomprensión y, para qué negarlo, lujuria.

- ¿No te andas con rodeos, huh? – trató de bromear, sus dedos sobrevolando el bajo de su camiseta pero sin decidirse a levantarla.

- Es para no mancharla.

La morena asintió con una seguridad que no sentía. Aguantando un quejido, levantó los brazos por encima de su cabeza, llevándose la camiseta azul clarito con ellos. La dejó en la banqueta que tenía en frente y colocó las manos sobre sus muslos, tratando de ocultar su ligero temblor. Maura atrapó el labio entre sus dientes y apretó con fuerza, tragando la saliva. Había imaginado que la detective estaba en forma pero no había sospechado cuan en forma. Con su mirada deslizándose sin tapujo alguno por su pecho, ni poco dotado ni mucho, en la cantidad perfecta para poder rodearlos con la mano, ataviada con un sujetador de deporte por si tenía que perseguir a algún criminal; bajó poco a poco hasta su liso abdomen, donde se adivinaban los abdominales que ella había visto marcados cuando la detective se había despojado de la camiseta.

Se echó crema en las manos y las frotó para extenderla antes de colocarlas cuidadosamente sobre la suave piel de los hombros de Jane. Empujando con el dorso de las manos, bajó las tiras del sujetador para que no le molestaran y la extensa superficie de la espalda superior de la morena estuviera a su merced. Comenzó a masajear suavemente la juntura entre los hombros y el cuello, donde había visto que ella más se tocaba.

- Estas súper tensa – comentó con sorpresa. Tenía la zona dura como una piedra, incluso inflamada. – No voy a poder tocarte mucho porque te voy a hacer daño.

- Entonces…

- Entonces vas a tener que ir a un masajista habitualmente o bajar una hora cada día para trabajar esta zona y relajarla – dijo Maura dándole suaves golpecitos con el dedo.

Con el pulgar, fue dibujando círculos, su dedo deslizándose sin ningún problema sobre la piel gracias a la crema. Cada vez aplicaba más presión hasta que la detective daba un pequeño brinco por el dolor, entonces relajaba la fuerza ejercida y se movía a otra zona. Dibujo el contorno de su columna vertebral por el cuello, clavando los dedos justo en las dos pequeñas hendiduras en la base del cráneo.

- Oh – gimió Jane.

- Es ahí, ¿verdad?

- Mmmhh…

La forense no se movió de ahí, sabiendo que de esa forma el dolor de cabeza de la detective se suavizaba hasta hacerse casi imperceptible.

- Tienes suerte, estando así de dura no habría podido pincharte – comentó la forense cambiando de posición. Colocó uno de sus antebrazos sobre el hombro izquierdo de la morena, empujando hacia abajo mientras con la otra mano tiraba de la cabeza de la detective hacia el lado contrario. Notó la risa contenida de Jane, pero no comprendía el chiste. - ¿Qué ocurre?

- No sabes lo raro que ha sonado eso.

- Me refería a…

- Te he entendido, Maura, pero ha sonado raro de todos modos.

La rubia se encogió de hombros invirtiendo la posición de los brazos para estirar el cuello de la detective hacia el otro lado. Cuando terminó, hizo que su cabeza reposara en su pecho mientras masajeaba la zona de detrás de las orejas.

- Sí sigues así me voy a quedar dormida – musitó la morena con los ojos cerrados y voz de placer. La Doctora contuvo una sonrisa al clavar un dedo en la zona de los hombros, la que peor tenía. Jane dio un bote en la silla. - ¡Auch!

- Quizá debería dejarte dormir – habló entonces haciendo girar a la detective para encararla. Depositó ambas manos en sus hombros, pero esta vez de frente a ella, y se inclinó para quedar al mismo nivel. - ¿Hace cuánto que no tienes una buena noche de sueño?

- ¿De veras quieres que te conteste a eso? – replicó Jane arqueando una ceja. Su rostro no mostraba diversión, más bien hastío.

- ¿Así de malo? – Maura frunció el ceño. Ahora comprendía por qué la detective estaba como estaba.

- Aprendí a convivir con ello – La detective se encogió de hombros para quitarle importancia al asunto.

- ¿Has probado…?

- De todo. Somníferos de todas las marcas y miligramos, pero eso no me quita las pesadillas.

- Es algo psicológico.

- Oh, sí, créeme.

- Entonces deberías ir a un especialista – aconsejó la rubia con gravedad, pero Jane ya estaba negando con la cabeza.

- Ya he ido. No creo en ellos así que sus terapias no funcionan, o eso me han dicho. – se restregó las cicatrices con nerviosismo, volviendo a sentir las punzadas de dolor. Con incomodidad, cambió de posición en la silla, siendo súbitamente consciente de su desnudez de cintura para arriba. Sin embargo, ahí estaban ellas manteniendo una conversación tan seria y con tanta tranquilidad. - ¿Has terminado?

- Solo una cosa más.

Notando las olas de negativa que desprendía la detective, decidió dejar el tema, al fin y al cabo, Jane había hecho lo mismo cuando Maura había rehuido el tema de su viaje a África. Con su espalda de nuevo bajo las manos, deslizó los dedos hasta rodear su cuello suavemente para no darle la sensación de estarla ahogando. Volvió a aplicar presión en las dos hendiduras de antes cada tres minutos.

Entonces tropezó con algo en el lado izquierdo de la piel del cuello de la detective. Extrañada, lo recorrió con los dedos tratando de averiguar lo que era, pero Jane se puso tensa bajo su roce antes de separarse violentamente. La morena recogió su camiseta y se la puso con tanta brusquedad que una de las costuras del cuello chascó en protesta, pero no se rompió afortunadamente.

Ante la atónita mirada de Maura, la detective Rizzoli salió casi en estampida de su despacho, cerrando tras ella de un portazo. Todavía mirando hacia la puerta, la forense se rozó las yemas de los dedos unas contra las otras, recordando el tacto de la cicatriz bajo ellas.