N/A:

Hola! Espero que todos esten bien y les agradezco MUCHISIMO su apoyo hacia esta historia. Me hace muy feliz que todas esten esperando lo que ocurrira en el futuro. Les adelanto que en este capítulo estarán muy complacidas =D

DISCLAIMER:

Bleach NO me pertenece, es propiedad de Tite Kubo. (por fin podré decirlo!) Esta historia SI es de mi completa propiedad. TODO es mío, incluso la nueva personalidad de Hime, así que cero Plagio, tampoco se podrán realizar adaptaciones, etc...

Disfruten ;)


DAYS LIKE THIS

Por Killerqueen04


CAP III:

A NEW HOPES

En menos de treinta minutos, yo había empacado toda la ropa que cupo en una de mis maletas, recolecté todos los productos enlatados, botellas de agua y todo lo que pensé que me sería útil para ese viaje sin retorno. Tsubaki me observaba de reojo, viéndome caminar de un lado a otro cargando las cosas hacia la camioneta que yacía estacionada en el garaje.

Cuando yo era pequeña, siempre me imaginaba bajando por las escaleras de mi casa la maleta con todas mis pertenencias. En aquel entonces, soñaba con que ese suceso ocurriría porque me iría a la universidad o por que iba a casarme. Me imaginaba a mí misma despidiéndome efusivamente de mi hermano y comenzando a llorar por despedirme de mi dulce hogar.

Jamás pensé que me despediría de esta manera.

Deseaba poder llevarme todo lo que había en la casa, porque cada uno de esos objetos tenía impregnado algo de mi personalidad, de mis recuerdos y de mi vida. La nevera que me recuerda a los momentos de silencio incomodo por parte de mis padres… las decenas de fotografías de mi familia… los cuadros de Van Goh de mi madre… cada vez que descendía por las escaleras, unos deseos de derrumbarme y comenzar a llorar allí mismo me invadían. Era demasiado doloroso tener que partir de mi hogar durante diecinueve años de esta manera.

No sólo allí yacían mis recuerdos buenos, sino mis recuerdos malos. Allí he llorado, me he escondido y había sobrevivido durante casi dos años.

¿Y ahora? ¿Qué sería de mí y de Tsubaki? ¿Encontraríamos algún lugar donde refugiarnos?

Yo no lo sé y eso me frustra, me irrita y me preocupa. Me siento deprimida, no sé que ocurra de ahora en adelante. Es como si caminara a oscuras por un terreno completamente desconocido, donde sabes que si das un paso en falso caerás y ya no tendrás oportunidad para sobrevivir.

No pude contener las lágrimas que ya se deslizaban de manera silenciosa por mis mejillas. He llorado muchísimo durante estos días y no sé si sea algo normal o si es un problema hormonal. Ya no hay médicos que te evalúen, así que mi estado de salud es totalmente desconocido para mí. Podría tener en estos momentos cáncer terminal y desconocerlo. Pero he de admitir que sé muy bien que mis continuos arrebatos y mis constantes depresiones no se deben a las hormonas, se deben al tiempo en el que estoy viviendo. Mi cordura se está yendo al mismísimo infierno y yo no puedo evitarlo. Ya no son ocho meses, son casi dos años desde la última vez que vi a un humano vivo…

…y hace apenas una hora que había visto a mi mejor amiga convertida en una cosa de esas.

Tatsuki, mi gran amiga. Lo que era su recuerdo y el tener que marcharme de mi casa, estaban provocándome una dolorosa e irritante jaqueca. Respiré hondamente y bajé el resto de los escalones, dirigiéndome al garaje para subir el resto de mis cosas al maletero. Tenía que encontrar un mapa de la ciudad urgente, necesitaba poder ubicarme bien y buscar algún lugar donde pudiese encontrar no sólo comida y agua, sino armas. No puedo ir por ahí con tan pocas municiones.

Subí a la camioneta a mi perro y estuve a punto de subirme, cuando recordé que había dejado la fotografía de mi hermano Sora y yo en la habitación del segundo piso. Yo no podía dejarla, ese era posiblemente el último recuerdo que tendría de mi hermano y yo simplemente no podía dejarlo allí tirado.

Subí de dos en dos los escalones y me dirigí a la habitación, encontrando la fotografía colocada sobre la cama. La tomé rápidamente y salí de allí sin permitirle tiempo a mi mente de que comenzara a recordar el pasado. En cuanto salí, me di cuenta de que si mi hermano de por casualidad llegaba a buscarme (comenzaba a creer, aunque fuera muy doloroso, que él no llegaría) él no me encontraría y podría pensar que yo había caído. Recordé que en su oficina él tiene un par de marcadores de colores para rotular sus tubos de ensayo, así que los busqué y me dirigí al primer piso.

Hay una larga pared en el corredor donde mamá lucía de manera orgullosa no sólo un sinfín de fotografías familiares (la que lamentablemente no podría llevar conmigo debido a que son demasiado grandes) sus hermosos cuadros de Van Gogh. Claro, sólo uno de ellos es autentico, los demás son copias, pero que una persona normal sin conocimiento alguno en arte, pensaría que se trataba de uno verdadero.

Quité todas las fotografías y todos los cuadros, dejando la pared amarillenta vacía. Con el marcador rojo, comencé a escribirle un mensaje a mi hermano.

"Sora, si llegas, sólo quiero que sepas que trato de cumplir mi promesa. Trato de sobrevivir. Hermano, te he extrañado mucho y quiero que sepas que te amo demasiado. Si no nos volvemos a ver jamás… por favor, nunca me olvides…" con el dorso de mi mano limpié las lagrimas que surcaban por mis mejillas. El olor a marcador me hizo arrugar la nariz y continuar escribiendo "…trataré de dirigirme al norte, trataré de encontrar algún lugar con sobrevivientes. Sora… no me busques, sólo sobrevive. Por favor, no me busques." Sé que probablemente él me haría caso omiso, pero yo no podía dejar de intentarlo. Si por alguna casualidad mi hermano estaba vivo y venía por mí y yo ya no estaba aquí, sólo deseaba que él se fuera de nuevo, que sobreviviera y que continuara, tal y como estaba haciendo yo en esos momentos…

…el fuerte ruido de la puerta del sótano me hizo saltar del susto. Desde donde me encontraba, podía ver una mano magullada y mugrienta saliendo por el medio de un agujero. La mano se movía de manera frenética, mientras que los quejidos retumbaban en la silenciosa casa. La puerta comenzó a moverse fuertemente y yo me quedé allí paralizada.

¡No, no de esta manera! Yo no quería estar presente para ver como ellos se apropiaban de una parte de mi vida. ¡Esa era mi casa! Y ahora ellos la proclamaban como suya. ¡Eso no era justo, Dios! ¿¡Por qué!?

En el momento que vi a un caminante de no más de diecisiete años salir del sótano, mi instinto despertó y salí corriendo hacia el garaje, cerrando la puerta tras de mí. Tsubaki ladraba histérico en el interior de la camioneta, seguramente podía olerlos desde allí. Me subí al auto y abrí la puerta del garaje, dejando al descubierto a unos veintitantos caminantes que esperaban afuera por que el pedazo de carne fresca (ósea yo) saliera.

—Mierda, mierda, mierda…— maldije mientras retrocedía el vehículo y empujaba de manera suave a los caminantes que comenzaban a pegarle al maletero y a las ventanillas de los pasajeros. Joder, eran demasiado y los ladridos de Tsubaki me estaban enloqueciendo. Mi perro ladraba sin parar, se había ido a los asientos traseros de la camioneta, ladrándole irritado a los caminantes que le pegaban a las ventanillas.

Bueno, siempre he dicho que es vivir o morir y que me importa una mierda pasarle por encima a los caminantes. Pues estaba por hacerlo.

Le pegué al acelerador y saqué la camioneta a toda velocidad del garaje, atropellando a un par de cuerpos putrefactos. Estaban tan demacrados que en cuanto las gomas le pasaron por encima a unos cinco o seis de ellos, pude escuchar (sentí unas nauseas horrendas) como los huesos crujían. Cambié la mirada, no estaba preparada para ver esos cadáveres pegados al suelo.

Por los quejidos y gritos histéricos, supe de inmediato que todos los que habían entrado a mi casa desde el sótano, ya se habían reunido con sus compañeros afuera. Lástima, yo no iba a estar ahí para ver dicha reunión. En cuanto salí del garaje, aceleré una vez más y me llevé a un par de caminantes enredados en el camino.

Había una chica caminante, que por su aspecto físico deduje que no debía tener más de treinta años, que comenzaba a mortificarme. La maldita estaba agarrada (creo que su mano se encajó) del salpicadero (n/a: cobertor del motor) y no dejaba de gruñir y mirarme con esos enormes ojos amarrillos con gran excitación.

Moví el auto de un lado a otro y gracias a Dios, la caminante se calló, aunque me dejó un muy 'dulce' recuerdo. Su mano se había quedado atorada en el salpicadero y por mí, aunque fuera extremadamente bizarro, podía quedarse ahí por toda la vida. Yo no tenía pensado en bajarme de la camioneta hasta que no estuviera muy lejos de mi pueblo.

Tsubaki se volvió a sentar en el asiento de copiloto. Mi pequeño amigo tenía su lengua afuera y me observaba con cierta alegría, yo le sonreí y acaricié sus orejas con cariño. Habíamos sobrevivido hasta el momento.

Tengo fe de que continuaríamos con vida durante un par de días más. Quién sabe, quizás sobreviviría por un par de años…

Tomé la autopista por primera vez en mi vida (bueno, al menos siendo yo la que conduce) y fue bastante chocante ver el estado de ella. Había decenas de autos apilados, algunos con las puertas abiertas y otros con sus ventanillas cubiertas de sangre o con los cristales rotos. En una que otra ocasión me encontré con algún cuerpo descompuesto en medio de la calle y con uno que otro caminante extraviado.

Comenzaba a oscurecer y me vi obligada a encender las luces de la camioneta. La autopista ya no tenía luz en los postes, así que era horriblemente escalofriante recorrerla incluso con las luces encendidas. Puse un par de CD de música para mantenerme despierta y comencé a tatarear una que otra canción para evitar el recordar mi casa siendo invadida por esas criaturas y a Tatsuki convertida.

Fue curioso como ella y yo nos hicimos amigas. Nosotras somos (éramos, aun me cuesta mencionarla en pasado) completamente diferentes. Ella en ocasiones era gritona, fuerte de carácter y no tenía miedo de decirles a las personas lo que pensaba. También era deportista, no poseía las mejores calificaciones del grupo, pero ella era astuta y tenía una excelente memoria. Ella era una completa 'mariposa social', siendo fuerte de carácter y en ocasiones un poco ruda, Tatsuki lograba capturar la atención de todos y conseguir que hicieran lo que ella quería. Yo, por el contrario, no hablaba en voz alta, no poseía un carácter fuerte y se me hacía difícil hacer amigos. Tenía un buen promedio, pero no era por mi memoria, sino porque debía estudiar a diario para aprender.

Las dos éramos completamente diferente, pero como mi hermano siempre me decía, 'los polos opuestos se atraen'. En la naturaleza es algo común que un polo positivo y otro negativo (Tats no era negativa y creo que yo tampoco, pero es una forma de explicarlo) se atraigan y creo que eso hacía que ella y yo fuéramos tan buenas amigas. Ella sabía cosas que ni siquiera Sora conocía (mi hermano era demasiado sobreprotector como para decirle cuando un chico me parecía adorable) y yo conocía cosas de ella que nadie más sabía (entre ellos su fobia hacia los payasos y hacia las cucarachas).

Yo iba a extrañarle muchísimo y jamás podría olvidarle.

Comenzaba a cabecear debido al cansancio pero me obligue a mantenerme despierta. Diablos, como extrañaba una buena taza de café. No soy amante de dicha bebida, pero siempre sucede que cuando no tienes algo al alcance, unos antojos increíbles suceden y no pueden dejar de recordar su sabor, su olor… y tú estomago comienza a gruñir como lo estaba haciendo el mío en esos instantes. Argh, ¡deseaba una taza de café!

Y lo triste de todo es que probablemente jamás volviera a tomar una.

El sol comenzaba a salir y yo a bostecé cansada. Mis piernas me dolían por tanto frenar para esquivar algún caminante perdido o un cuerpo putrefacto y por mantener el pie sobre el acelerador. Necesitaba bajarme y estirar mis piernas y mi cuerpo, aparte de prepararme algún desayuno rápido para luego continuar el camino. Tsubaki, como todo buen perro, se mantuvo tranquilo durante todo el trayecto, con su vista clavada en el paisaje que íbamos dejando atrás.

Encontré una salida que me llevaría a un pequeño (y probablemente) desierto. Eso era conveniente. Necesitaba buscar algún garaje para abastecer los galones de gasolina y ver si por suerte alguna encontraba algún mapa del país.

—Pronto desayunaremos, amigo. Te lo prometo— le dije a Tsubaki, apagando el radio. Me encanta la música, pero escucharla por tantas horas corridas tiende a hartar. Mis oídos me dolían y aun no superaba la jaqueca. Con suerte y encontraba algún paquete de aspirinas.

Tal y como había deducido, aquel pueblo era un completo desierto. Había atravesado un sinfín de pequeñas calles con cuatro o cinco casas y no había visto a nadie. Ni animales, ni humanos ni caminantes. Absolutamente nada. Parecía un pueblo fantasma (eso me pone los pelos de punta, porque creo en los fantasmas) y en cierta parte era bueno.

Ósea, no es que me agrade el hecho de que estoy sola en medio de un pueblo desconocido, sino el mero hecho de que no hay caminantes. Quizás por unos instantes no tendría que ver sus rostros putrefactos o escuchar sus irritantes quejidos.

Allí no había nada. O eso creo.

Me estacioné frente a una pequeña gasolinera que parecía estar en orden. Parecía ser que en ese pequeño pueblo nadie sintió la necesidad de ir a robar por que se los había llevado el gobierno para los puntos seguros o (me inclino más por esta opción) todos habían sido convertidos en caminantes.

Me bajé de la camioneta, dejando una vez más a Tsubaki en el interior de ella. Tomé el bate de beisbol y dejé a Rikka. No tengo demasiadas municiones como para ir desperdiciándolas por ahí. Tengo que ser precavida y utilizarlas con sensatez y moderación y sólo en caso de emergencias.

Además, soy mejor bateadora.

Miré todo a mí alrededor, observándome en el reflejo del cristal de la puerta de la gasolinera. He rebajado un par de kilos durante este tiempo y creo que me sienta bien. Fui bendecida en lo que al departamento del busto se refiere y gracias a Dios, aun el efecto de la gravedad no me había comenzado a atacar (y espero que no lo haga hasta por lo menos dentro de diez o veinte años). Había amarrado mi cabello en una coleta algo despeinada desde que había salido de mi casa y ahora comenzaba a molestarme. En parte creo que es el gran causante de mi jaqueca. Solté mi cabello y este me calló por la espalda en rizos. Tenía un poco de frizz pero eso no era nada del otro mundo.

Entre con el bate en mano al interior de la gasolinera, reconociendo de inmediato el pestilente olor a muerte. Claro, esta vez no se trataba de un cadáver, sino del olor a pudrición proveniente de los caminantes. Mordí mi labio inferior mientras caminaba de forma lenta hasta dar la vuelta a uno de los estantes repletos de aceite para vehículos. Allí, en el suelo, había uno de los empleados de la gasolinera (convertido en caminante) comiéndose a un pobre e infeliz gato.

Esa era una de las cosas más asquerosas y crueles que había visto en mi vida.

Sé que he visto niños caminantes, también ancianos y hasta amigos míos, pero ver a un pobre gato muerto y siendo consumido con tanto gusto por parte de un caminante, me provocó nauseas. El caminante se volteó y me observó con sus labios repletos de sangre. Me gruñó y trató de colocarse de pie, pero yo no se lo permití. Sin pensarlo, le pegue fuertemente en el cráneo, rompiéndoselo de un solo golpe. Estaba muerto pero yo me vi a mi misma volviendo a pegarle una y otra y otra y otra vez.

Esta era la forma donde estaba liberando mi ira y mi depresión por todo lo que había vivido durante esas últimas veinticuatro horas. Dejé de golpear el cadáver del hombre que debía estar en sus cincuenta y tantos años y retrocedí un par de pasos, llevando mis manos a mis labios para evitar las ganas de vomitar.

Él no tenía la culpa de haber sido convertido en eso…y yo tampoco tenía la culpa de haber actuado de esa manera. Ya no puedo controlar mis emociones.

Ya no había nada más que el cuerpo putrefacto y destrozado del caminante y yo. Le pasé por al lado a los dos cadáveres y comencé a tomar todas las cosas que podían servirme. Encontré un par de galletas saladas, un par de refrescos de lata, un mapa, algunos embutidos enlatados y luego abastecí con suficiente combustible la camioneta y un par de botellones donde pude guardar un poco más de gasolina.

Antes de continuar el camino, le di a Tsubaki su desayuno y me subí a la camioneta a comer el mío. Extrañaba mi casa, el poder levantarme temprano, darme una lucha y luego preparar algo de desayuno. Luego hacer un poco de ejercicios en la trotadora de mi hermano y continuar el día viendo alguna película.

Ya no tenía nada de eso.

Olvidé por unos instantes lo que había ocurrido y coloqué mi atención en los alrededores de ese pueblo. Estaba todo demasiado callado y no es que yo extrañara a los caminantes, es simplemente que me parece completamente extraño el hecho de que sólo me había encontrado con uno durante estos pasados cuarenta minutos.

Encendí el vehículo y siguiendo mi curiosidad (oh maldita curiosidad) me dirigí por los alrededores del pueblo. Parecía ser que era una comunidad bastante pequeña y que en sus tiempos no debía tener más de doscientos habitantes.

Las calles estaban solitarias y había muy pocos vehículos estacionados por allí. El trayecto comenzó siendo uno placentero, ya que parecía más bien un recorrido por un pueblo abandonado, para luego transformarse en algo horrible.

¡Claro que no había caminantes por allí! ¡Si todos estaban muertos!

Había un centenar de cuerpos putrefactos amontonados en una esquina. No podía reconocer sus edades o sexos, pero deduje que debía haber más de ciento cincuenta. Sus cuerpos aun tenían piel y eso me dejaba concluir que habían sido asesinados hacia muy poco tiempo.

Quizás una o dos semanas atrás.

Entonces eso significaba que… ¡Oh Dios mío! Eso significaba que debía haber sobrevivientes en alguna parte.

¡Sobrevivientes!

Con una sonrisa de oreja a oreja, salí del pueblo. Me sentía culpable de estar sonriente cuando todos esos caminantes habían fallecido. Aunque fueran esas criaturas horrendas, ellos habían sido antiguamente humanos normales. No sé cómo me sentiría si entre esos cuerpos estuviera el cuerpo de Tatsuki.

Negué la cabeza y aparté esos pensamientos.

Mientras conducía, me tomé un par de aspirinas y volví a colocar la música. La alegría de saber que en algún lugar había sobrevivientes, me hacían mantenerme despierta. No había dormido durante las pasadas veinticuatro horas y sabía muy bien que debía tener unas ojeras que podían competir con las de Drácula.

Conduje un par de horas por la autopista y mientras tatareaba una canción, una silueta a lo lejos llamó mi atención. Caminaba a paso lento y derecho, su cabello resplandecía ante la luz del sol y probablemente debía tratarse de un caminante…

Me fui acercando un poco más a la figura y comencé a distinguirla con más nitidez. No sé si los caminantes cargan mochilas sobre sus hombros, pero parecía ser que este sí. Quizás se la había dejado cuando murió y al no poder quitársela continúo con ella.

En un momento a otro le pasé por al lado y mi corazón dio un salto al reconocer sus facciones.

¡ICHIGO!

¡Él no era un caminante! Lo supe tan pronto vi como sus facciones se sorprendían y sus labios pronunciaban mi nombre. Detuve la camioneta de un frenazo y la apagué, saltando del interior de ella de inmediato.

—¡ICHIGO!—grité tan fuerte como mis pulmones me lo permitieron. Detestaba admitir que me encontraba llorando como una idiota y que probablemente debía verme horrible con esas muy pronunciadas ojeras, pero no me importó.

Ichigo dejó caer su mochila y por primera vez en casi dos años, escuché la voz de otro humano. — ¡Orihime! ¡Estas viva!— sus ojos chocolate brillaban con entusiasmo, mientras que sus labios dibujaban una amplia sonrisa.

¡La primera sonrisa que veía durante todo este tiempo!

Corrí hacia él y me lancé sobre sus brazos, abrazándolo tan fuerte como pude. Me sorprendí al percibir sus manos alrededor de mi cintura y su mentón sobre mi cuello. Él me devolvía el abrazo con la misma o más fuerza y entusiasmo que yo.

Dios, comencé a sollozar sobre su pecho en cuanto percibí su calor corporal, me sentía tan extraña de estar al lado de una persona viva igual que yo. Ichigo estaba vivo, era un sobreviviente como yo. Él me abrazaba con fuerza y puedo jurar que sentí sobre mi cuello un par de lágrimas provenientes de él.

Para cualquier persona podía ser un evento estúpido, pero para nosotros dos era algo grande. Era la muestra de que aun estábamos vivos, de que aun continuábamos luchando por sobrevivir. Sentía como si el tiempo hubiera sido detenido y sólo estábamos nosotros dos. Ichigo y yo. Los dos unidos por un fuerte y casi eterno abrazo, lleno de sollozos, lágrimas y palabras de aliento.

— ¡Oh, Ichigo!— sollocé sobre su pecho, sintiendo sus manos acariciar mi cabello. Nunca imaginé que me encontraría específicamente con él. Bueno, creo que no imaginaba encontrarme con ninguno de mis amigos. Al menos no vivos.

Si alguien me hubiera dicho en el pasado que iba a llorar y a abrazar con tanta fuerza a Ichigo, me hubiese reído. Nosotros éramos amigos, pero no llegábamos al punto de abrazarnos y llorar como en ese instante.

Pero creo que las cosas cambian cuando estas tanto tiempo solo. Creo que si hubiera sido un completo extraño, yo también hubiera reaccionado de una manera similar. Probablemente hubiera llorado, aunque para ser honestos, dudo que me hubiera lanzado a abrazar a un extraño.

Nos separamos tiempo después, ambos con los ojos rojos y con pequeñas sonrisas dibujadas. Mi corazón latía violentamente y tenía ganas de comenzar a gritar y bailar de felicidad. ¡Había encontrado a un humano vivo! ¡A Ichigo!

— ¿Cómo…—él no encontraba la forma de cómo comenzar un tema. Sus ojos mostraban su ansiedad y por unos segundos me pregunté mentalmente si él había platicado con alguna otra persona durante estos meses — ¿Cómo has sobrevivido?— limpié mis mejillas con mis manos y humedecí mis labios antes de encogerme de brazos y sonreír débilmente.

—N-no lo sé— admití de forma tímida —Suerte, quizás…— murmuré. Él me sonrió de forma pasiva y sentía unas ganas de volver abrazarlo e inundarme en su aroma masculino y su calor corporal. — ¿Y tú?— cuestioné luego de controlar mis deseos de volver a abrazarle.

Sus ojos perdieron el brillo alegre que habían estado presentado durante esos minutos, volviéndose opacos y tristes. Ichigo suspiró —Es una larga historia, Orihime. — no sé por qué (sí, sé que desconozco muchas cosas) pero sentí una profunda tristeza detrás de sus palabras. La forma en la que me estaba hablando me hacia entender que él me estaba explicando de forma intencional detrás de sus palabras lo ocurrido.

Y una vez más, la tristeza se apoderó mi mis pensamientos y de mi cuerpo.

¡Su familia!

Me abalance una vez más sobre él, abrazándolo fuertemente. Su fuerte agarre por mi cintura y recostó su cabeza sobre mi cuello y el percibir nuevamente sus lágrimas deslizándose por mis hombros, provocó que comenzara a llorar.

¡Su familia había caído! Sus padres, sus hermanas y nuestros dos amigos. ¡Todos muertos!

—L-lo lamento, Ichigo. Lo lamento demasiado— sollocé, acariciando su espalda con mis nudillos.

Eso era como una terapia, una bendita forma de liberar nuestras angustias y nuestro dolor. Probablemente él no veía a una persona viva desde hacía mucho, y yo… casi dos años. Perdí la noción del tiempo, pero sé que pasó bastante. Ese fue el abrazo más largo de mi vida y sin duda alguna había sido el más emotivo y el mejor que había tenido.

Su aroma masculino inundaba mis sentidos y el estar tan cerca de él me hacía sentir segura. Deseaba que él no me soltara, necesitaba que él continuara junto a mí. En ese instante comprendí que si Ichigo se alejaba de mí, yo enloquecería. Acabábamos de encontrarnos, pero era como si hubiéramos estado juntos por toda la vida.

—Subamos al auto— dije en voz baja. Él me observó sorprendido y yo sonreí de lado. —Lo siento, pero dudo que pueda dejarte ir ahora que te he encontrado— odie como mi voz sonó. Parecía nerviosa (sí, lo estaba), como si fuese una chiquilla de instituto alterada ante la presencia de su amor platónico.

Ichigo sonrió y ladeó su cabeza —Tampoco estaba en mis planes dejarte ir— mis mejillas se ruborizaron levemente y las de él también. Podíamos ser sobrevivientes de un mundo repletos de cadáveres, pero aun continuábamos siendo dos adolescentes de diecinueve años que nunca habían filtrado con otra persona. Ichigo siempre había sido serio y hasta donde tenía entendido, nunca había tenido una pareja, igual que yo. Así que era algo rara e incluso cómica nuestra interacción luego de habernos abrazado y llorado juntos.

Él tomó su mochila, la que parecía bastante pesada teniendo en cuenta de que parecía llevar una casa de campaña y yo le tomé su mano. Nuestros dedos se juntaron y me sorprendí al ver que encajaban perfectamente y que sus manos eran suaves y al mismo tiempo eran fuertes. Él apretó con suavidad mi mano, captando mi atención de forma inmediata. Ichigo me sonreía, aunque sus ojos estaban opacos y con ese rastro de tristeza que deduje que jamás se marcharía de allí. Imagino que mis ojos también deben mostrar la misma tristeza y apuesto a mi vida que el resto de los sobrevivientes deben mostrarlos igual.

Yo le devolví la sonrisa y ambos nos subimos a la camioneta. Para mi sorpresa, Tsubaki se hallaba en el asiento trasero y recibió a Ichigo con una lambida repleta de baba. Su cola se movía de un lado a otro, emocionado de encontrar a un nuevo compañero humano. Tsubaki se recordó al instante de Ichigo (quizás por su olfato) ya que él había ido en el pasado a mi casa a culminar un trabajo para la escuela y había jugueteado con mi perro.

Con nuestras manos aun juntas y con Tsubaki moviendo su cola de forma entusiasmada, yo continúe conduciendo.

Tengo fe de que las cosas mejorarían.