Compaginar las prácticas en la enfermería con estudiar la estaba dejando agotada. Por lo que, a pesar de que le encantaba su carrera, suspiró aliviada cuando llegó la hora de volver a casa.

Sin embargo, aún tenía que ir a la biblioteca para sacar unos libros de medicina que le vendrían muy bien para hacer el trabajo que debía exponer en unas semanas. Tendría que decirle a Wells, su mejor amigo e hijo del Canciller Jaha, que quedasen otro día para estudiar, ya que estaba demasiado cansada como para quedarse en la biblioteca, así que estudiaría mejor y más cómoda en su casa. Estaba segura de que su amigo lo entendería.

De pronto, divisó una figura alta al final del pasillo frente a ella que le sonreía con arrogancia. Eso la sacó de sus pensamientos, haciéndola olvidar a su amigo Wells y hundiéndose en aquellos ojos color avellana.

—¿Qué hace una chica de Phoenix por los bajos pasillos de Walden? —le preguntó levantando una ceja, pero sin perder su sonrisa engreída. Pero en seguida, su rostro se puso serio—. Es peligroso que vengas por aquí tú sola.

—Bueno, sí. Lo sé —admitió la chica—. Pero quería llegar cuanto antes a la biblioteca —ella no se dio cuenta de que había hablado en pasado—, y tampoco es que se nos prohíba el paso a los de Phoenix. Además —añadió con altanería pero divertida—, no necesito que nadie me defienda. Puedo hacerlo yo misma. Aunque dudo que alguien se atreva a hacerme daño.

Bellamy dejó escapar una risa breve, ahora también divertido.

—No dudo de que seas capaz. Pero te sorprendería la de locos que hay sueltos por Walden a los que no les importaría echarte la mano encima —esto último lo dijo realmente serio.

Entonces, Clarke frunció el ceño. Pero no por el comentario —ella no tenía miedo a que la asaltasen, ya que sabía defenderse, como le había dicho a él hacia un momento—, sino por algo de lo que se había dado cuenta.

- ¿Eres de Walden?

—Sí, lo soy —esta vez fue Bellamy quien frunció el ceño a la vez que cruzaba sus musculosos brazos sobre su amplio pecho. La creía diferente a cualquier chica de Phoenix; no, a cualquier chica en general. Y no quería llevarse un chasco—. ¿A caso importa?

—No, no. Claro que no —se apresuró a aclarar la chica—. Aunque nunca había conocido a nadie de Walden. Ya sabes, toda esa mierda que nos enseñan de la división entre sectores —el muchacho soltó una carcajada a causa de su comentario despectivo y a Clarke le gustó haber provocado esa reacción en él. Sin embargo, continuó hablando—: Está mal visto en cualquier distrito relacionarse con gente de otro sector. Aunque a mí eso me parece bastante absurdo. Pero en Phoenix tampoco sois exactamente bienvenidos —continuó—, por eso me preguntaba qué hacías el otro día en mi distrito.

—Bueno —sonrió con picardía—, al igual que tú, estaba tomando un atajo.

—Ya, claro —dijo Clarke levantando incrédula una ceja. Supo al instante que era un embuste. Sin embargo, lo dejó estar.

—Bueno, ya en serio, princesa. No deberías ir por aquí tú sola. Es peligroso.

La chica sonrió levemente.

—¿Estás preocupado por mí? —Bellamy notó la picardía en su voz y le gustó.

—Ese es mi trabajo, princesa —le dedicó una sonrisa traviesa. Ahora era él quien le seguía el juego—. Mantener a salvo a todas las chicas guapas en el Arca.

Clarke soltó una gran carcajada.

—Eres idiota —bromeó la muchacha, con una enorme y maravillosa sonrisa.

En aquel momento, al chico le pareció aún más hermosa, si cabía; allí plantada frente a él. Su cabello rubio estaba recogido en una trenza con algunos mechones sueltos, lo que la hacía parecer aún más informal. Por un momento, se sintió absorto en su mirada azul; era preciosa.

—...esperando, así que debería irme ya —de pronto, Clarke le había sacado de sus pensamientos al escuchar que tenía que marcharse ya, y se dio cuenta de que ella había estado hablándole mientras él la miraba embobado como un completo idiota. Por suerte, ella no pareció darse cuenta. O tal vez, se hizo la loca.

—Sí, tienes razón. Además —añadió entre pequeñas risas inteando disimular la vergüenza que sentía al haberse perdido en ella como un tonto—, no queremos que demuestres tus dotes de defensa en este momento —la chica le rió la gracia alegremente. Bellamy la miró algo más serio, pero aún con una leve sonrisa en el rostro—. Será mejor que...

Pero, antes de que pudiera terminar la frase, unos comentarios lo interrumpieron.

—¿Qué está haciendo esa por aquí? —le dijo una chica al muchacho que la acompañaba. Ambos miraban a Clarke con asco y con un brillo de desprecio en los ojos—. ¿Cómo se atreve a pasar siquiera por aquí?

—Hay que tener mucha cara —contestó el chico.

Clarke se limitó a poner los ojos en blanco. Sin embargo, Bellamy les lanzó una mirada gélida y muy seria a los chicos, quienes rápidamente bajaron la mirada intimidados, y siguieron su camino en silencio.

—¡Vaya! —silbó Clarke asombrada—. Eres bastante intimidante —la joven le sonrió—. Los has callado con una sola mirada.

Los labios del chico se curvaron de nuevo en esa sonrisa engreída.

—Bueno, es una de las ventajas de ser cadete; la gente te respeta.

—Espera, ¿no eres guardia? —le preguntó Clarke algo sorprendida. Aunque le echaba más o menos dos o tres años más que ella, había pensado que ya era guardia.

—No, aún no —dijo mirándola—. Todavía estoy de prácticas como cadete, pero en cinco meses seré un guardia de verdad —antes de continuar se dio media vuelta y dio un paso hacia delante, haciendo un gesto con la cabeza para que lo siguiera—. Vamo, te acompaño.

—¿No estás de servicio? —preguntó Clarke levantando una ceja.

—No, no lo estoy —dijo sonriendo y echándose los brazos a la espalda y caminando derecho con la espalda recta, tan propio de los cadetes y los guardias—. Acabo de terminar mi turno y volvía a casa. Pero —su sonrisa se ensanchó aún más, volviéndose ahora más pícara—, aunque lo estuviera, mi deber es proteger a la gente y mantener el orden —y le guiñó un ojo, divertido.

—Está bien —sonrió la chica.

Caminaron muy juntos el uno del otro, casi rozándose los brazos.

—A los cadetes no se nos permite tener armas cuando estamos de servicio —continúo Bellamy con la conversación. Se sentía muy a gusto con ella—, ya que sólo estamos de prácticas. Sólo nos permiten utilizarlas en los entrenamientos bajo la supervisión de un superior. La única arma que nos proporcionan para los servicios —dijo llevándose una mano al cinto atado en su cadera. Clarke le echó un vistazo— es la porra eléctrica. Pero los cadetes tenemos prohibido usarla con menores de edad, así que tenemos que reducirlos por la fuerza física.

—Así que, si yo fuera una chica mala, tú no podrías reducirme con eso —sonrió la joven con malicia.

Bellamy soltó una risotada.

—¿A caso eres una chica mala?

—Podría serlo.

Ambos rieron a carcajadas.

—Así que, ¿tú también estás de prácticas? —dijo echándole un vistazo al uniforme de enfermera que Clarke llevaba puesto.

—Sí —contestó ella con un suspiro—, lo estoy.

—Pareces cansada —observó el chico. Sabía que la mayoría de las chicas de Phoenix escogían la misma profesión que sus madres sólo para seguir su ejemplo, incluso si no les atraía el trabajo. Bellamy frunció el ceño. Clarke no parecía que fuera de esas chicas. Por lo poco que la conocía sabía que era una chica decidida e independiente. Así que se preguntó por qué la chica había elegido estudiar aquella carrera tan dura—. ¿No te gusta?

—¿Qué? ¡No, claro que me gusta! —se apresuró a aclarar alzando la vista hacia él—. ¡Me encanta! Sé que ésta es mi vocación: ayudar a la gente; salvar vidas —dijo muy segura. Luego, suspiró—. Es sólo que compaginar las prácticas con los estudios y los trabajos es agotador. Apenas tengo tiempo para otras cosas.

—Entonces, ¿no lo haces para seguir los pasos de tu madre? —era más una afirmación que una pregunta.

—No. ¡Qué va! —una sonrisa, que a Bellamy le pareció preciosa, apareció en el rostro de la joven—. Yo puedo pensar por mí misma —esta vez fue ella quien le guiñó a él. Definitivamente, ella era totalmente distinta a cualquier chica que el joven había conocido—. Podría haber sido profesora o cualquier otra cosa que quisiera. Pero esto es lo que me gusta.

Bellamy la miró profundamente mientras Clarke le contaba cosas sobre ella. Extrañamente, estaba disfrutando mucho con la presencia de la chica.

—Entonces, ¿qué edad tienes? —le preguntó ella poco después, mirándolo.

—Cumpliré los veintiuno en unas semanas.

—Vaya, pues me sacas tres años y medio. Yo cumplí los diecisiete hace cinco meses —añadió sonriendo.

Clarke se quedó mirándolo unos segundos y pensó en lo bien que le quedaba el uniforme a Bellamy. Él se dio cuenta de su mirada y le sonrió.

—¿En qué piensas? —le preguntó el chico con curiosidad.

Ella se sorprendió y, seguramente roja de la vergüenza porque él la hubiera pillado mirándolo, tuvo que pensar rápidamente en una respuesta.

—Me preguntaba si alguna vez habías tenido que reducir a alguien estando de servicio —mintió.

—Bueno... —dijo pensativo mientras llegaban a un pasillo bipartito y la guiaba por la salida de la derecha. Cuando la gente pasaba junto a ellos se quedaba mirándolos susurrando entre ellos por lo bajo—..., a los cadetes no se nos suele asignar misiones demasiado peligrosas. Pero una vez tuve que reducir a un hombre que estaba armando un escándalo —empezó a relatarle, recordando los acontecimientos—. En realidad, eran dos —rectificó, frunciendo el ceño, pensativo—. Se estaban peleando, aunque no recuerdo el motivo; fue ya hace varios meses —dijo mirándola. Ella escuchaba atentamente—. Yo estaba vigilando unos pasillos al sur de Walden, nada peligroso. Entonces, los escuché discutir con un tono de voz demasiado alto. Uno de ellos parecía realmente enfadado y el otro simplemente se defendía. Yo me acerqué a ellos e intenté calmarlos. Pero el hombre que estaba furioso se abalanzó sobre el otro y le dio un puñetazo, así que tuve que separarlos e intenté razonar con el hombre rabioso; sin embargo, se abalanzó sobre mí, ya que me interpuse entre los dos. Lo inmovilicé con una llave. No quise utilizar la porra eléctrica en un principio, pero el hombre se resistía y me era imposible llevarlo conmigo al centro de los guardias, así que me vi obligado a usarla. Después lo esposé para llevármelo conmigo y mandé al otro a su casa. Ese es el único percance serio que he tenido —dijo sonriendo a la chica—. Los servicios de los cadetes suelen ser aburridos —le lanzó una mirada traviesa a Clarke—. Excepto cuando conoces a chicas guapas que piden coca-cola en una fiesta.

La joven no pudo evitar soltar una carcajada a causa del comentario del cadete, lo que provocó la mirada despreciativa de un grupo de chicos que pasaba por allí en aquel momento. Sin embargo, Bellamy y Clarke los ignoraron deliberadamente y siguieron su camino, sin darse cuenta de que aquellos cuatro chicos comenzaron a seguirlos.

—Debía de ser un hombre menudo para reducir tú sólo a un hombre mucho mayor que tú —bromeó Clarke entre dientes.

Bellamy fingió ofenderse.

—Pues, la verdad, era algo más bajo que yo, pero parecía estar bastante en forma —le siguió la broma, aunque lo que había dicho del hombre era cierto—. Podría reducir al mismísimo canciller Jaha sin ningún problema si quisiera —le sonrió.

—Claro. No lo dudo —rió ella, bromeando. Aunque estaba segura de que el chico era perfectamente capaz.

Una voz desde detrás de ellos los interrumpió, haciendo que ambos se volvieran hacia atrás.

—¡Eh, tú! —uno de los chicos adolescentes que los había mirado con desprecio no hacía ni cinco minutos señaló a Clarke con la cabeza. Los otros chicos, tres, lo seguían detrás—. ¡¿Qué coño estás haciendo aquí?! —le gritó con rabia a la chica, quien alzó las cejas sorprendida.

Bellamy dio un paso hacia delante en modo protector.

—¿Y tú eres...? —preguntó Clarke con arrogancia, harta ya de que allí la gente la tratara como basura por ser quien era.

—Un ciudadano de Walden muy cabreado —escupió el chico despectivamente, con ira.

—¿Tienes algún problema, chaval? —le dijo Bellamy muy seriamente. Se irguió en toda su estatura ante el muchacho, interponiéndose entre él y Clarke. Cruzó los brazos ante su pecho, retándolo a desafiarlo.

Pareció que al chico no le gustó la forma en que el cadete le habló; sin embargo, vaciló un momento antes de decir con desprecio:

—Ella es el problema.

—Pues entonces, volved a vuestra casa —les dijo a él y a sus amigos— y así no tendréis que verla. Además —añadió rápidamente, antes de que alguno de los chicos pudiera decir algo—, los pasillos de Walden son de dominio público y cualquiera puede venir por aquí si le apetece —su voz sonó tan fría que intimidó a los chicos.

Por un momento, Clarke pensó que los muchachos darían media vuelta y se marcharían. De echo, vacilaron un momento.

Pero el joven volvió a hablar:

—¡Nos está provocando al venir aquí! —la señaló acusadoramente, haciendo ademán de apartar a Bellamy de su camino, pero éste lo empujó suavemente hacia atrás por los hombros para alejarlo de Clarke.

—Ningún ciudadano de Phoenix se deja caer casualmente por los pasillos de Walden —coreó otro chico.

—Está bien —dijo Bellamy con calma—. Ella sólo quería tomar un atajo. Y yo la estaba acompañando a la salida, ¿vale? Así que ahora podéis volver tranquilamente a vuestras casas.

—¡A mí no me da órdenes un cadete de mierda! —gritó colérico el chico que se encontraba más cerca de Bellamy, lanzándose sobre él y pillándolo desprevenido; por lo que no vio venir el derechazo que recibió en el estómago, haciéndolo doblarse por la mitad.

—¡Bellamy! —gimió Clarke detrás de él.

El chico volvía a arremeter contra él, pero esta vez el cadete fue rápido en reflejos y atrapó su puño en su mano cuando intentó arrearle un puñetazo en la cara. Y con un movimiento ágil, Bellamy le retorció el brazo llevándoselo a su espalda y haciéndolo gemir de dolor. El chico forcejeó intentando soltarse, pero el cadete lo tenía bien sujeto e inmovilizado. Se inclinó sobre el muchacho y le dijo con rabia lo suficientemente alto para que Clarke y los chicos lo escucharan:

—Ahora, tú y tus amiguitos os vais a largar de una puta vez y vais a volver a vuestras respectivas casas —lo soltó con furia y lo hizo darse la vuelta obligándolo a mirarlo. Después, lo agarró por el cuello de la camiseta y lo zarandeó una vez—. ¿Lo has entendido?

El chico, asustado, asintió rápidamente con la cabeza. Bellamy lo soltó tan violentamente que el muchacho casi tropieza con sus amigos. Sin embargo, éstos lo sostuvieron a tiempo y, acto seguido, se alejaron corriendo pasillo arriba.

—¿Estás bien? —le preguntó Bellamy a Clarke, posando con ternura y suavidad una mano reconfortante en su brazo.

Clarke agradeció el gesto internamente y asintió con la cabeza, sorprendida por la situación que acababan de vivir. Nunca se había encontrado en semejante lío.

—Vamos —le dijo Bellamy, llevando la mano que tenía en el brazo de Clarke a la parte baja de la espalda de la chica y guiándola por el pasillo, en dirección contraria a los chicos—. Será mejor que nos demos prisa.

Siguieron su camino por los pasillos de Walden.

—Nunca me había pasado nada parecido —susurró Clarke, aún conmocionada—. Ya había pasado por aquí otras veces y no había tenido ningún percance.

—Bueno, después de esto dudo que alguien en Walden se atreva a hacerte algo estando conmigo —le dijo sonriendo. Después, se puso serio—. Pero no creo que debas volver por aquí tú sola.

La chica no contestó, aunque estaba de acuerdo.

—Siento que ese chico te golpeara por mi culpa —dijo Clarke sinceramente, después de unos segundos de silencio.

—No te preocupes —la tranquilizó Bellamy—. Los entrenamientos son mucho más duros que un simple puñetazo en el estómago —la chica lo miró y él añadió, insistente—: Estoy bien, de verdad.

Continuaron el camino hablando tranquilamente. Bellamy decidió acompañarla hasta la misma biblioteca mientras Clarke le hablaba de su carrera, sobre todo de las prácticas. También el cadete se burló varias veces de la chica, divertido, y ella le siguió el juego.

Cuando llegaron a su destino, Clarke se detuvo junto a la puerta de la biblioteca para mirar a Bellamy.

—Gracias por haberme defendido —le sonrió al chico.

—Bueno, como ya te he dicho antes —sus labios se curvaron de nuevo en esa sonrisa suya tan engreída—, mi deber es proteger a las chicas guapas en el Arca —y le guiñó un ojo.

La chica volvió a reír alegremente y a Bellamy le pareció una risa maravillosa. Se quedó mirándola un momento.

—Bueno, ya nos veremos.

—Eso espero —aseguró él sonriente.

Clarke le sonrió de nuevo antes de entrar en la biblioteca. Una vez dentro, se apresuró para llegar a la mesa donde siempre estudiaba con Wells, junto a la sección de medicina. Pero su amigo ya no estaba allí.

Suspiró pesadamente. Era normal; segurmamente su amigo la habría estado esperando más de media hora y se habría preocupado, pensando que ya no iría.

Se dirigió a las estanterías y cogió los tres libros que necesitaba para el trabajo para llevarlos al mostrador y dárselos a la mujer, quien puso la fecha de devolución a los libros. Mientras tanto, como siempre, la chica pasó su pulsera identificativa por el monitor —era un requisito para poder llevarse los libros prestados de la biblioteca— y la fecha de devolución fue grabada en su pulsera electrónica con la pantalla de color verde, que indicaba que aún era menor de edad. La mujer le devolvió los libros y Clarke se dirigió a la salida para volver a su casa.

Inconscientemente deseó que Bellamy siguiera fuera esperándola, aunque sabía que no sería así, ya que seguramente tendría cosas que hacer. Rápidamente se reprendió por tener aquellos pensamientos. Aún no estaba preparada para derribar el muro de su corazón.

Cuando salió, Bellamy, obviamente, no estaba allí, y ella se dirigió a Phoenix, hacia su casa.

Cuando llegó junto a la puerta de entrada de su hogar, pasó su pulsera por el monitor, que la identificó como Carke Griffin. Acto seguido, sonó una especie de chasquido mientras la luz roja sobre la puerta se volvía verde. La puerta se abrió dejándole paso y entró, cerrando tras de si. Su madre aún no estaba en casa, pero supuso que no tardaría mucho más en volver, por lo que decidió hacer la cena, no sin antes dejar la pulsera identificativa sobre la mesita de noche junto a su cama, en su habitación, y quitarse los pantalones y la camiseta del uniforme de enfermera para ponerse algo más cómodo. Después, descansaría mientras ambas cenaban, para más tarde dedicarse al trabajo y los apuntes.

Sería una noche larga.