¡Buenos días y feliz miércoles!
Gracias a Lui . Nott y DaliaGreen por los reviews del capítulo anterior.
Los juegos de Rabastan
o—o
En los días siguientes, las cosas no hacen más que empeorar.
Selena no quiere hablar con Andrómeda, Emer y Ludo, Emer está más irritable que nunca con Andrómeda, Ludo discute hasta la saciedad con Emer y Andrómeda va a volverse loca como las cosas no vuelvan a su cauce pronto.
Intenta hablar con Selena en la habitación –porque sabe que intentar hacer cambiar de parecer a Emer es una soberana pérdida de tiempo; la pelirroja suele ser más razonable– pero su amiga o bien la ignora o bien le da respuestas mordaces antes de irse, y luego se pasa las clases mirando por la ventana, pensando en Merlín sabrá qué.
Andrómeda trata también de convencer a Emer –pese a que sabe que es una empresa vana– para que se disculpe con Selena. Para su sorpresa, la Ravenclaw no se muestra altiva, como es habitual en ella, sino que sus ojos grises brillan con tristeza.
—No me hace caso, ¿sabes? Es decir… no quería decirle lo que le dije, pero no hay manera de que me escuche.
Ludo es el único con el que Selena habla a veces, ya que se sientan juntos en Transformaciones. De modo que Andrómeda y Emer–con el hacha de guerra enterrada– van al entrenamiento de quidditch para preguntarle a él.
Andrómeda ve a su amigo desviar las bludgers y piensa que no lo hace mal. No entiende mucho de quidditch, pero desde luego es capaz de ver que Ludo se mueve más y golpea más pelotas que el otro golpeador.
El que sí que no falla es Rabastan Lestrange, piensa. Desde que Emer y ella han llegado al entrenamiento, no ha dejado que le metan ni un solo gol. Su cabello desprende brillos rojizos a la luz del sol que se filtra por las nubes, y sus ojos azules centellean, como si todo el asunto le pareciese parte de un gran juego.
—Es guapo—comenta Emer.
Andrómeda se sonroja sin poder evitarlo y –a su pesar– aparta la vista de Rabastan para mirar a su amiga.
—Normalito—replica.
Emer sonríe de lado.
—Ya, claro. Te falta ser como ese grupo de pavas de Gryffindor que van siempre detrás de uno de los cazadores, silbándole y subiéndole el ego.
—Rabastan no me gusta.
—No sería un problema que empezara a gustarte—Emer le guiña un ojo—. Ya sabes, con eso de que te quieren casar con él y toda la pesca. Sería más fácil si lo quisieras, ¿no?
Andrómeda vuelve a notar un vacío en el estómago al recordarlo. No le gusta pensar en ello. Además, todavía queda más de un año para su supuesto compromiso con Rabastan. Podrían ocurrir muchas cosas: que las dos familias tuviesen demasiadas diferencias como para querer unirse otra vez, que sus padres decidan dejarla elegir con quién quiere pasar el resto de su vida…
—Todavía no es seguro—murmura. Piensa en algo para cambiar de tema—. Por cierto, ¿has convencido a Lockhart de que salga contigo?
Ahora es Emer quien se pone colorada.
—No he hablado con él. Es que es muy guapo, y hace más caso a las chicas de su curso. Yo soy más pequeña…
Andrómeda no replica; no era su intención hacer sentir mal a su amiga, simplemente evitar que siguiera recordándole algo que le pone bastante nerviosa.
Por suerte, apenas unos minutos más tarde Rabastan decide dar por concluido el entrenamiento. Andrómeda y Emer bajan hasta el césped cuando ven a Ludo dirigirse a la salida.
—Hola, Andy—saluda el muchacho—. Hola—agrega al mirar a Emer, con la irritación impregnando su voz.
—No empecéis—les pide Andrómeda al ver que su amiga va a replicar—. Ludo, oye, a ti Selena te habla.
Él asiente, echándose la escoba al hombro.
—¿Puedes intentar que nos diga qué le pasa?
—No—responde Ludo inmediatamente.
—¿Y eso?
—Es un pacto—explica él—. No quiere volver a hablaros porque sabe que no la dejaréis en paz, pero se siente sola, así que a mí me habla a cambio de que no le pregunte nada.
Andrómeda y Emer arquean las cejas a la vez.
—¿Y no estás preocupado?
Ludo sacude la cabeza.
—Sí, bastante—admite—. Sel está muy rara. Pero sospecho que tiene que ver con Gibbon, porque últimamente habla mucho con él. Además, parece estar peor cuando alguien le recuerda lo que quiera que le pase, así que no me entrometo para que al menos no se agobie.
Andrómeda se siente mal de repente. ¿Ha estado agobiando ella a su amiga? No lo cree, sólo le ha preguntado unas… vale, muchas veces. Pero no demasiadas, intenta convencerse. Además, dejar que Sel siga callada no es la mejor opción. Si la joven se lo dice, existe la posibilidad de que puedan ayudarla a solucionarlo.
o—o
Rabastan supone que no está haciendo nada malo.
En un año sus padres lo comprometerán con Andrómeda Black. Tiene que disfrutar de la libertad que va a tener hasta ese momento, al menos la libertad bien vista. Cuando su futuro matrimonio sea seguro, lo que tendrá atraerá miradas de desaprobación.
Besa el cuello de la joven y busca los botones de su camisa. Ella se aferra a él y enreda los dedos en su pelo cuando los labios de Rabastan bajan por su piel. Al mismo tiempo, sus manos suben por los muslos de la muchacha y exploran bajo la falda.
—Ya—susurra ella. Rabastan gruñe y la ignora, sabiendo que no está diciendo ni por asomo la verdad. Sólo hay que ver cómo se sigue pegando a él y respondiendo a sus movimientos—. Maldita sea, para.
—Apártate—replica él, quedándose quieto.
Tras varios segundos de silencio, la joven agarra las manos de Rabastan y las separa de ella. Él la mira a los ojos, sonriendo con diversión.
—Ya me he apartado—dice la joven, tan colorada como su pelo y con la respiración agitada—. No quiero seguir con esto. No está bien.
—Técnicamente, no está mal. Todavía soy libre.
—Técnicamente, te van a casar con Andrómeda. Es mi amiga.
Rabastan se encoge de hombros.
—Por lo que sé, a ella la idea le hace tanta ilusión como a mí. Bueno, ¿te apetece seguir, o te has levantado estrecha?
Selena sacude la cabeza.
—Creo que empiezo a comprender por qué os comprometen. Nadie en su sano juicio querría casarse contigo.
—Y a pesar de ello, sigues viniendo a buscarme.
La muchacha se muerde el labio.
—No volveré a hacerlo—le jura—. Ni siquiera eres tú a quien quiero.
Rabastan sonríe al verla salir del aula.
—Repítetelo hasta que te lo creas, encanto, y luego olvídalo y vuelve—le dice a la puerta.
o—o
Andrómeda nunca se ha planteado seriamente el suicidio.
Al menos, hasta que la profesora Vector les ha mandado ese condenado trabajo de investigación. Está convencida de haber buscado en absolutamente todos los libros de la biblioteca. Y no encuentra lo que busca por ningún lado.
—¿Estresada?—le pregunta una voz burlona.
Andrómeda alza la vista y mira a Rabastan, que está sentado en la mesa de enfrente, haciendo sus propios deberes. Entorna los ojos. No sabe exactamente qué siente cuando lo ve, pero está claro que no es nada parecido ni remotamente cercano al agrado.
—No te importa—replica, volviendo al índice del último libro consultado. Se tira un poco del pelo, agobiada. Tiene que entregar el trabajo para el viernes y ni siquiera ha empezado.
Rabastan se acerca a ella y se inclina a su lado para mirar el título de su redacción –que de momento es, junto a su nombre, el único contenido del pergamino– y sonríe. Andrómeda intenta ignorarlo, pero cuando ve su sonrisa burlona le es imposible. Y… oh, Rabastan huele bien. No logra identificar el aroma concreto, pero invita a perderse en él y olvidarse del resto del mundo. La muchacha no se había dado cuenta hasta ahora.
—Yo hice este trabajo hace tres años—comenta él—. No vas a encontrar nada en esos libros—agrega, señalando el montón—. Vector preparó el contenido a traición.
—Entonces, ¿de dónde saco la información?
—De un libro…—pero Rabastan parece recordar algo y sonríe de nuevo—. No pensarás que te lo daré porque sí, ¿verdad?
Andrómeda se niega a caer en los jueguecitos del joven; cada vez lo aguanta menos y no piensa darle el gusto. Pero al mismo tiempo… Aritmancia no es una asignatura que se le dé precisamente bien –de hecho, ya se arrepiente de haberla elegido– y ese condenado trabajo es una buena excusa para sacar a flote sus notas.
—¿Qué quieres?—inquiere, detestándose por lo que está haciendo. Rabastan acerca los labios a su oído. Andrómeda intenta mantenerse impasible, pero Merlín, huele tan bien… y ni siquiera ella puede negar que es guapo. Y tiene que casarse con él—… ¿Qué?
Rabastan se separa y la mira con una ceja alzada.
—¿Estás sorda, o simplemente en las nubes?—de nuevo, se acerca a Andrómeda, y esta vez le aparta el pelo castaño antes de susurrarle al oído lo que quiere a cambio de la información necesaria para el trabajo.
Andrómeda se pone colorada de golpe. Rabastan la mira y contiene la risa.
—Ni lo sueñes—le espeta la muchacha, hirviendo de rabia. ¿Qué se ha creído ese cretino que es ella?
—Sabes que lo estás deseando—replica él.
—Lo único que deseo es que te abras la cabeza jugando al quidditch—gruñe Andrómeda, con los puños apretados—. Asqueroso.
—Sabes que de aquí a unos años eso no te servirá, ¿verdad?—Rabastan no parece especialmente entusiasmado con la perspectiva, lo cual sorprende a la muchacha—. En fin. Supongo que podrás recuperar Aritmancia el trimestre que viene…
Dicho esto, vuelve a su mesa y sigue con sus deberes. Andrómeda, temblando de arriba abajo, recoge sus cosas y sale de la biblioteca echando humo.
o—o
Bellatrix está empezando a agobiarse con tanto examen.
No es algo que le preocupe en exceso; hace tiempo que decidió que su futuro va a estar al margen de los logros académicos, al igual que lo está el de su prometido y probablemente el de Rabastan también. Pero le molesta lo indecible no ser capaz de hacer algo.
—Te veo cansada—comenta Nathaniel, sentado en uno de los sofás de la sala común. A su lado, Rabastan levanta la vista de su desgastado ejemplar de Quidditch a través de los tiempos para intercambiar una sonrisa burlona con su amigo.
—Los profesores quieren matarnos—comenta Phil desde su asiento, con falsa condescendencia. Bella lo mira con ceño.
—Por cierto, no somos los únicos. Mi hermanita no sabe si suicidarse o escupir en la tumba del inventor de la Aritmancia.
Rabastan arquea las cejas, aparentemente divertido por la información.
—¿Tan agobiada está?
Bellatrix asiente.
—Me ha preguntado por el tema. Como si no supiera que no cogí Aritmancia…—sacude la cabeza y varios rizos negros bailan ante sus ojos—. Por cierto, Rab, tú si la das, podrías echarle una mano.
—Lo haría si me dejara—dice él en tono dramático—. Pero Andrómeda no quiere de mí ni la hora.
—Por qué será—murmura Phil.
Justo en ese momento, Andrómeda entra en la sala común. Parece estar al borde del colapso, porque no saluda a nadie y se dirige a grandes zancadas al dormitorio. No obstante, Rabastan alcanza a ver que tiene los ojos brillantes de quien está a punto de llorar.
Se muerde el labio. Por un lado se muere de ganas por ver cuánto aguantará la joven antes de rendirse a su trato, aunque por el otro no va a negar que se siente un poco mal. Sólo mirando en el libro adecuado tendría el asunto resuelto.
Rabastan sacude la cabeza, intentando con ese gesto calmar a su conciencia. Él le ha ofrecido una solución; lo que Andrómeda Black haga o deje de hacer con su oferta no es asunto suyo.
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Andrómeda tiene unas horribles ganas de llorar.
No hay manera de encontrar lo que necesita para el trabajo. Y tiene la sospecha de que Rabastan Lestrange tiene mucho que ver en ello. Quizá haya escondido el libro que le hace falta para asegurarse de que ella acepte entrar en su juego.
Sea lo que sea, tiene que entregar la redacción mañana y ni siquiera ha empezado. No ha podido preguntarle a ninguno de sus compañeros porque Vector mandó trabajos individuales. Pero el de Emer es infinitamente más fácil que el de ella.
Andrómeda se muerde el labio y parpadea para contener las lágrimas. Odia a Rabastan Lestrange. Por su culpa va a suspender Aritmancia.
—¿Sabes que no te favorece llorar?
Hablando del Rey de Roma…
Andrómeda ve a Rabastan, que a su vez la observa desde el pasillo central de la biblioteca. Sin dignarse a responder, entorna los ojos con rabia y mira su redacción en blanco. La angustia vuelve a apoderarse de ella al imaginarse a la profesora ridiculizándola delante de toda la clase por ser la única que no ha entregado su trabajo.
Un golpe en la mesa hace que Andrómeda se alarme. La muchacha descubre un pesado libro que, a menos que se haya materializado de la nada, acaba de llegar ahí gracias a Rabastan Lestrange.
—¿Qué haces?
—Lo que necesitas viene en el capítulo ocho—explica él con calma—. Y repito: llorar no te favorece.
—No estoy llorando—replica Andrómeda.
—Por eso te advierto. De nada, por cierto.
Rabastan se da la vuelta y sale de la biblioteca a paso ligero. Andrómeda se queda mirándolo hasta que desaparece, y luego mira el libro. Una parte de ella piensa que no es el texto que necesita y su futuro prometido se está burlando de ella, pero finalmente decide darle una oportunidad. Lo abre, pasa varias páginas hasta dar con el índice y busca el capítulo ocho.
Y, efectivamente, ahí está lo que necesita.
Andrómeda no puede evitar sentirse agradecida. Rabastan la ha librado de un suspenso como una catedral, y finalmente no ha pedido nada a cambio. Aunque la gratitud se le pasa rápido cuando recuerda que el joven la ha tenido desesperándose hasta el último momento, poniéndola a prueba. Andrómeda se siente orgullosa de haber podido con él.
No obstante, se propone agradecerle su ayuda, aunque sólo sea un mero formalismo.
o—o
Rabastan sabía de sobra que volvería.
Selena es demasiado previsible. Demasiado espontánea y demasiado simple: si algo le gusta, repite. Y, indudablemente, lo que Rabastan le hace, aunque no le deje llegar a más, le resulta placentero. La idea de que está con el que próximamente se comprometerá con su amiga parece haber quedado relegada a un segundo plano.
Pero a veces, como ahora, el remordimiento sale a flote:
—No quiero seguir haciendo esto—murmura, separándose de Rabastan bruscamente.
Él arquea las cejas.
—Siempre estás igual. Desde que empezó el curso.
—Me confundes—replica la muchacha—. Porque sé que quien realmente te gusta es Meda, pero luego… luego me hago un lío.
—¿De dónde te has sacado que me atrae tu amiga? Que me vaya a casar con ella no quiere decir…
Selena sonríe con cierta burla.
—Te pones más tieso que una vela cada vez que pasa y rara vez eres capaz de aguantarle la mirada. Además, sé que le hiciste los deberes de Aritmancia sin pedirle nada a cambio, algo que dudo que hubieras hecho con alguien más.
Rabastan sacude la cabeza.
—De todas formas, eso no es asunto tuyo—aunque no puede evitar pensar que la pelirroja tiene algo de razón—. Ya lo hablamos en King's Cross. Quedamos en que yo me encargaba de que mojases las bragas a cambio de que tú te encargases de alejar a Nathaniel de la novia de mi hermano.
Selena entorna los ojos.
—Y como yo ya he decidido que esta forma de pago no es la correcta, aquí termina el trato.
—Genial—replica Rabastan—. Que te diviertas, entonces.
Selena sale de la habitación sacudiendo la cabeza.
Sin embargo, el joven Lestrange apenas ha perdido de vista su melena rojiza cuando la muchacha retrocede hasta quedarse en la puerta, con la mano apoyada en el pomo.
—Meda—musita. Rabastan se queda quieto, sin saber muy bien qué se supone que debe hacer.
—Selena—sí, es Andrómeda Black. Sin duda alguna—. ¿Qué hacías ahí dentro?
Rabastan no sabe por qué, pero ruega a todas las divinidades en las que no cree que su futura prometida no entre y lo descubra ahí. Pese a que es plenamente consciente de que Andrómeda lo aborrece con cada fibra de su ser, no quiere que la muchacha tenga más motivos para detestarlo.
—Nada…—Selena parece estar pensando lo mismo que Rabastan.
—¿Por qué estás así?
Rabastan sabe por qué. Porque la joven se siente mal, porque de alguna forma y aunque todavía no sea malo está traicionando a su amiga al encontrarse con él. Y él, extrañamente, tampoco se siente cómodo al pensar en lo que está haciendo. Sacude la cabeza y se aleja un poco de la puerta, sin hacer ruido.
—Por nada—miente Selena—. Vamos…—intenta salir, pero Andrómeda la empuja hacia adentro del aula. Rabastan intenta ocultarse, pero la muchacha lo descubre antes siquiera de que haya retrocedido un paso.
Andrómeda mira a Selena y Rabastan, a Rabastan y Selena. Parece estar intentando buscar varias explicaciones a lo que ve. Su mejor amiga despeinada y pálida y su futuro prometido con los ojos abiertos de par en par, buscando un lugar donde esconderse.
—¿Qué hacéis aquí?
Selena mira a Rabastan con súplica. Él sabe que necesita una excusa. Pero ahora mismo, y pese a que es muy buen mentiroso, al joven no se le ocurre ninguna:
—Lo que te imaginas.
Andrómeda clava los ojos en él. Parece dolida, pero se recompone rápidamente:
—Vaya, así que por eso estabas deprimida—le suelta a Selena. La pelirroja se muerde el labio—. ¿Llevo semanas preocupada y ahora resulta que sólo te has estado tirando a éste?
—No he… Meda, de verdad que…
Andrómeda entorna los ojos con desprecio, en un gesto que, a la vez que se yergue en toda su altura y se endereza, la hace más parecida que nunca a su hermana mayor. Mira a Rabastan con la más absoluta indiferencia.
—Gracias por dejarme el libro—más que hablar, escupe las palabras—. Hasta luego.
A Rabastan le parece que sus ojos están algo llorosos antes de que salga del aula.
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Nadie ve a Andrómeda Black durante toda la tarde.
Ella se encarga de eso. Pasa las horas sentada junto al lago, estratégicamente escondida tras unos arbustos para evitar ser descubierta. No le importa el frío, ni tampoco los copos de nieve que ya empiezan a caer, aunque probablemente no vayan a cuajar aún
Está convencida de que pocas veces ha estado más enfadada que ahora. Con Rabastan, con Selena, con su familia y con los Lestrange. Y con el mundo en general.
No sabe en qué momento ha decidido que sería buena idea agradecer a Rabastan el haberla librado de un suspenso en Aritmancia. Pero ha supuesto que sería correcto; si va a acabar casándose con él, mejor que se lleven bien. Así que se ha dirigido a la sala común de Slytherin, suponiendo que el joven estaría ahí con su hermana y el resto de sus amigos, por una vez sintiendo algo bueno hacia él.
Lo que no se esperaba, de ninguna de las maneras, era encontrarse a Selena saliendo de un aula. Pero se ha empeñado en intentar averiguar, una vez más, qué le ocurría a su amiga, y no le ha costado mucho atar cabos. Gracias en parte a Rabastan Lestrange.
Y Andrómeda está más furiosa de lo que ha estado en su vida. Porque aunque todavía Rabastan y ella no sean nada, dentro de poco más de un año sus familias los prometerán, ¿y entonces qué será? ¿La cornuda señora Lestrange? Andrómeda se dice que castrará a su futuro marido antes que ser el hazmerreír de medio mundo mágico. No piensa permitirlo. No señor.
Lanza una piedra al agua, contemplando las ondas concéntricas que produce en la superficie del lago. No le gusta pensar en su futuro. Desde que la idea de que Rabastan Lestrange se casará con ella empezó a calar en su mente, Andrómeda se ve a sí misma como a su madre, una mujer que, aunque es de armas tomar con su marido y puede tener un carácter de los mil demonios, de cara al resto del mundo es una persona tranquila, apacible y que le da la razón en todo a Cygnus Black.
Andrómeda no quiere acabar así. Por nada del mundo.
Los reviews atraen a los entes inspiradores, ya lo sabéis ;)
