Disclaimer: Los maravillosos personajes de Card Captor Sakura son propiedad de Clamp, sólo el argumento de la presente historia me pertenece.

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Capítulo 3


[Sakura]

Le di un manotazo al despertador para que dejara de sonar con ese tututú tututú tan exasperante. Pedí a mi misma dormir un poquito más y me lo concedí, hasta que el aparato volvió a alterar mi sueño, obligándome a desperezarme y meterme en la ducha cual zombi.

Sonreí mientras el agua repiqueteaba en mi pelo y se deslizaba cálida por mi piel, pensando en las cerca de tres horas que anoche me pasé conversando con Yukito a través de Skype. Muy avergonzada terminé contándole lo del balonazo, cosa que lo preocupó en un principio, pero que luego desembocó en risas por parte de ambos. Mi mala suerte había sido graciosa, en cierto modo, aparte de dolorosa. Había que intentar verle el lado bueno.

Me alegra que estés bien, después de todo — me decía sonriente mientras comía las típicas galletas con forma de media luna que horneaba su abuela. Su mirada se perdió un instante, como recordando algo — Quizá... tu cabeza echaba de menos que le cayera algo encima.

¿Eh? — no entendí.

Como cuando tu cabeza atraía al bastón durante tus prácticas con las animadoras.

Lo había soltado con tanta ingenuidad que, pese a que llegué a inflar mis mejillas ofendida, no fui capaz de enojarme con él. Nunca podía.

Tampoco es que en general me diera motivos. En serio: era un amor de muchacho.

Me volví a reír bajo el agua. Cada vez que se me estampaba el bastón Yukito se me acercaba preocupado, si es que andaba por ahí, y me acariciaba la zona superior de la cabeza. Jamás me recriminaba por mi torpeza. Lástima que ayer no había podido estar ahí para consolarme luego de tamaño golpe.

¿Cuáles eran los nombres de tus nuevos compañeros? — preguntó repentino.

Tomoyo, Meiling... y Li.

Las culpables de mi incomodidad al momento de pronunciar el apellido del chico eran su amiga y su prima. Por supuesto, durante la conversación con mi novio omití comentarios sobre cómo éstas habían intentado ligarme con el chico en cuestión, quien daba la casualidad hablaba japonés y… para qué hacerme la tonta, aparte era guapo.

Yukito asumió que Tomoyo, por ser japonesa y todo, sería quien más me prestaría ayuda.

Yo no acababa de comprender qué me había dado por ocultar información respecto de mi compañero de banco. No estaba mintiendo, sólo omitiendo, pero igual me sentía un tanto mal.

Mi novio no era celoso, hasta donde yo sabía, sin embargo tenía la leve sospecha de que... tal vez me trajera problemas, no sé. Eso de tener que pasar más tiempo con otro hombre que no fuera él me avergonzaba en cierta forma.

Por otro lado, me causó gracia recordar que éste comentara que todos mis amigos y compañeros de Japón echaran de menos mis carreras en pos de llegar temprano a clases, puesto que ya nadie interrumpía a los profesores durante los primeros cinco o diez minutos de la mañana, pidiendo permiso para entrar mientras hacía girar ansiosamente un casco de bicicleta entre las manos, como lo hacía yo.

Hablamos de todo un poco, hasta que al final me fue inevitable largarme a llorar porque lo extrañaba muchísimo. A él, a mis amigos, a Tomoeda y hasta al Instituto Seijo. Echaba de menos a los profesores y a mi acogedora casita amarilla, esa en la que siempre había vivido: el lugar que había dado origen a gran parte de mis recuerdos.

Volviendo de golpe al presente, abandoné lo más rápido que pude la ducha con un estremecimiento de por medio. Este era mi segundo día de clases en Hong Kong y esperaba – por favor - no tener que pasar por momentos incómodos.

Me restregué el cabello mojado para secarlo y pasé la toalla por el espejo empañado, donde noté que el impacto de ayer me había dejado la piel un tanto verdosa. Era desagradable a la vista y daba un poco de asco, así que me espolvoreé cuidadosamente algo de maquillaje para disimularlo. Dolía.

— Monstruo — oí la voz apagada de Touya desde el pasillo— Llegarás tarde.

Salí del baño envuelta en la toalla pensando en que, por mucho que me cambiara de país o ciudad, de colegio o casa, siempre sería la misma… y siempre tendría la misma maldita costumbre de llegar tarde a la escuela.

Me vestí tan rápido como pude e intenté peinarme un poco el cabello húmedo, sino tomaría formas extrañas cuando se secara completamente.

— Que tengas un muy buen día, hija — me deseó una somnolienta y alegre Nadeshiko cuando estaba por alcanzar el picaporte.

Me devolví unos pasos y la besé en la mejilla.

— ¿No vas a desayunar?

— Estoy atrasada, ¡nos vemos luego mamá!

Por esas cosas del destino, llegué justo a tiempo al paradero para tomar el bus. Sin embargo, una masa de gente se abarrotaba en el interior como ganado que llevan al matadero. El día anterior no me había topado con tanto ser humano acumulado dentro.

Escasos minutos después clamaba por aire, apretada entre dos señoras obesas y un tipo alto que me cernía una mirada burlona, tan parecida a la de mi hermano. Supongo que lo hacía porque él podía respirar sin problemas allí arriba, total medía casi dos metros el muy cretino, mientras que yo tenía que llevar la cabeza hacia atrás y ponerme de puntillas para lograr dar las bocanadas de aire que me mantuvieran con vida.

Lamentablemente, no sólo era el exceso de personas lo que me impedía respirar bien, sino que también la mezcla entre el calor humano y el calor del clima de aquella mañana. Y para qué hablar de los hedores…

Y resulta que, de no ser porque casi la misma masa de personas que abordó el bus conmigo se bajó donde justo necesitaba bajar yo, llevándome como a quién lleva una ola, lo más seguro es que no habría podido hacer nada para salir de allí.

Ya afuera pude aspirar aire fresco.

Ok, si esto sería así prácticamente todos los días, mejor intentaría ir a la escuela en bicicleta al igual que lo hacía en Japón. He ahí mi poca costumbre a ir como una sardina dentro de un bus o el metro. Aunque claro, si es que me quería ir en bici primero tendría que comprar una, puesto que la mía se había quedado al cuidado de Yukito.

Corrí en dirección a mi salón y me arreglé como pude el uniforme arrugado, cortesía de esas señoras.

Cuando hallé la puerta cerrada y los pasillos prácticamente desiertos, acumulé aire en mis pulmones para recitar las tan repetidas disculpas que mi boca se sabía de memoria… en japonés. Las pensé en inglés, esperando que ojalá surtieran el mismo efecto y me dejaran entrar.

Un chico, que también venía corriendo, pasó por delante mío y entró al aula. Lo oí murmurar cosas y sentí cierto alivio por no ser la única que llegaba tarde. Fui tras él y comencé a pronunciar las atropelladas palabras mágicas:

— Discúlpeme por favor, profesor. Yo…

Un hombre joven me miró extrañado al igual que todos los desconocidos alumnos de la clase. Busqué desesperada los rostros "familiares" de Tomoyo y Li, pero no estaban donde se suponía debían estar. En cambio, me encontré con la sonrisa jocosa de la bella Meiling Li, que se sentaba en un puesto cercano a la puerta.

— Tu clase es la de al lado, Kinomoto — me informó divertida.

Los litros de sangre que había en mi cuerpo no tardaron en irrigar la piel de mi rostro y colorarla de un carmesí furioso. No había otro modo de que pudiera percibir tanto calor acumulado en la cara. Debía parecerme a un semáforo en rojo durante la noche, estaba segura.

Realicé unas cuantas torpes reverencias y me retiré de ese salón, entrando intempestivamente en el que me correspondía.

— ¡Siento llegar tarde! — casi grité — Y-yo…

— No se preocupe… señorita Kinomoto — me tranquilizó una mujer de cabello corto, cano y pequeñísimos ojos — Sé que es nueva y se lo perdonaré por esta vez. Tome asiento.

Me dejé caer desparramada en mi puesto, suspirando y echándome aire con las manos por el calor que me había generado la carrera y el nuevo bochorno que podía anotar en mi lista recientemente inaugurada de Sakura haciendo el ridículo en Hong Kong.

¿Es que todos los días de mi estancia aquí tendría que pasar vergüenza, de alguna u otra forma?

Si pasaba una vez por supuesto que podía haber una segunda… y desde luego una tercera, y así hasta el fin de los tiempos.

— Buenos días — saludó Daidouji con una sonrisa similar a la que me había ofrecido Meiling, algo menos maliciosa.

Yo le sonreí de vuelta a modo de saludo. Me quité el sweater del uniforme y pasé a llevar el brazo de Li, quien se volteó a observarme.

— Lo siento — conseguí decir.

Él pareció examinar mi frente y asintió, serio.

Iba a comenzar a buscar mi cuaderno y lápiz, pero caí en cuenta de que no había traído mis cosas, salvo mi uniforme, mi cabeza y la tarjeta para pagar el bus.

Me llevé la mano a la cara producto de mi estupidez y, no faltaba más; me pasé a llevar la zona dolorida por el golpe de ayer. Emití un leve quejido.

— Psst, Sakura — me llamó al mismo tiempo Tomoyo, tendiéndome lo necesario para poder tomar apuntes.

Me confortó que ya se hubiera dado cuenta - seguro antes que yo- porque aquello me demostró lo atenta y buena persona que era. Le agradecí con un puchero involuntario, puesto que recién me conocía y tenía esos gestos tan amables conmigo.

Me topé con la, he de decir, intimidante y curiosa mirada de mi compañero de banco.

— No trajiste tus cosas — afirmó incrédulo, en japonés.

Negué con la cabeza, avergonzada. Le enseñé la tarjeta del bus y, para variar, en ese preciso momento mi estómago decidió que era una excelente idea rugir como un maldito monstruo clamando por comida. Mi hermano lo hubiese celebrado, con lo pesado que es… Y bueno, creo que toda la clase lo pudo escuchar, en particular Li, quien alzó una ceja en el acto haciéndome sentir aún más vergüenza.

Mi rostro se puso de todos los colores habidos y por haber. Intenté fijar la vista en la tapa azulina con espirales del cuaderno que me había prestado Daidouji, como si fuese lo más llamativo que había visto en la vida.

Tristemente, no sólo había olvidado mis cosas, sino que además me había saltado el desayuno gracias a mi atraso y, considerando que suelo tener muy buen apetito por las mañanas, no es de extrañar que mi pobre estómago se quejara tan… abierta y dramáticamente.

Suspiré irremediablemente y escribí la fecha en la esquina de una hoja. Escuché a Li hurguetear en su bolso.

— Oye.

Atendí a su llamado y lo vi tenderme una barrita de cereal por debajo de la mesa.

— G-gracias, pero…

Con la otra mano tomó con delicadeza mi muñeca. Soltó la barra en mi palma e hizo que mis dedos se cerraran en torno a ésta, sin admitir réplicas.

No me quedó otra que agradecer nuevamente y aceptar el regalo con una sonrisa enternecida, pensando en lo verdaderamente amables que estaban siendo estos chicos conmigo.

Noté que el semblante de Li se tornó bastante más serio de lo que ya era. Sin emitir comentarios, se dispuso a hacer cosas en su iPad.

Me encogí de hombros teniendo en cuenta lo hambrienta que estaba.

Procurando hacer el menor ruido posible, abrí con cuidado el envase de la barra de cereal. Le di una mordida – sabía rico - y me dispuse a copiar el diagrama del pizarrón. A esta hora nos tocaba Química y, gracias a Dios, no era tan negada para eso como sí lo era para Matemáticas y Física. Al menos ya podía relajarme un poco.


[Syaoran]

Aquella mañana me encontré con Feimei lloriqueando en el comedor mientras Lixue, una de las criadas, le ofrecía un pote de mantequilla de maní. Mi hermana introdujo una cuchara y se la llevó colmada a la boca, sonriendo débilmente como si de una moribunda se tratara.

Rodé los ojos. Era la Drama Queen de los Li.

Lo primero que se me vino a la mente era que había terminado con su novio o algo así. Sin embargo, pronto me percaté de la bolsa de semillas calientes que sujetaba contra su bajo vientre. Debían de ser molestias femeninas, supongo.

Tendría que tener mucho cuidado con lo que decía si es que no quería ganarme gritos o zapatos voladores de su parte. En este periodo del mes solía ser más histérica que de costumbre.

— Buenos días, señor — me saludó Wei.

Yo detestaba que me trataran de "señor", o "señorito" en el peor de los casos, sin embargo mi madre lo había estipulado así desde que tenía uso de memoria. Por más que pidiera que el servicio no me llamara de aquella manera, lo seguían haciendo gracias a sus órdenes.

El mayordomo situó un tazón repleto de cereal de hojuelas chocolatadas frente a mí. Acompañado de leche sabor chocolate, por supuesto.

El cacao era maravilloso.

— Buen día Wei y Lixue — la mujer cabeceó en saludo.

Observé a mi hermana y decidí no arriesgarme.

— ¿Y acaso yo estoy pintada? — chilló de repente — Maleducado.

Detuve el cereal a medio camino de mi boca.

— Buenos días, Feimei — saludé cansino.

La aludida me dirigió una mirada entrecerrada, chupeteando su cuchara con mantequilla de maní con actitud de niña pequeña.

— Oh, cállate, Xiao Lang — bufó, con ojos acuosos — Sólo son buenos cuando no tienes útero. Ni ovarios.

Eh… ¿quién demonios la entiende?

Bien. Mejor comía y me mantenía en silencio.

— Buenos días — saludó a nivel general Fuutie, quien apareció temprano a desayunar por milagro, o quizá por nuestro amague de conversación de ayer.

Me causó gracia notar cómo la menor de los Li miraba a Feimei con recelo y decidía sentarse en el otro extremo de nuestra mesa rectangular, junto a mí.

— Tampoco serán buenos para ti cuando tus cosas comiencen a funcionar — sentenció Fei, alzando la barbilla y zampándose otra cucharada de aquella espesa pasta.

— Si tanto te duele, ¿qué haces en pie? — cuestionó Fuu, dándole una despreocupada mordida a su tostada con mermelada de mora.

— Tengo que rendir un examen en la universidad.

Puso énfasis en la última palabra, con cierto orgullo. Luego se despidió de Wei y Lixue, dando las gracias, mientras que se refirió a Fuu y a mí como los mocosos no-sé-qué-cosa, siendo que nos llevábamos por menos de dos años en diferencia de edad.

Desde que había entrado a la universidad que se las daba de madura y otras tonterías, siendo todo lo contrario. No sé a quién esperaba impresionar con esa actitud de mierda, pero en fin.

— Supe que hay una chica nueva en tu aula — comentó Fuutie en el camino a la escuela.

— Sí, viene de Japón.

La oí reír.

— Anoche Michelle me contó que le diste un pelotazo a la pobre, ¿es cierto?, porque durante la cena no nos lo dijiste… Menuda bienvenida.

¿Por qué todo tenía que saberse en esa maldita escuela? Hasta los niños de doce años habían oído acerca del percance.

— Fue un accidente — gruñí — Dile a tu amiga que deje de ser tan cotilla.

— Xiao Lang, ¡te sonrojaste! — su boca formó una perfecta "o" y me puse a caminar más rápido. No iba a permitir que una cría me molestara — ¡Espérame!

Por fortuna ya estábamos llegando. La acribillé con la mirada cuando noté que se aventuraría a preguntar disparates acerca de mi supuesto sonrojo y la dejé atrás. Fue recibida por Michelle Hao a quién, de haber sido perro, le hubiese ladrado.

Me caía mal la gente chismosa, en especial Tomoyo y Meiling cuando andaban en esas, porque les daba por etapas. Al final me terminaba enterando de asuntos que no me importaban, de gente que me importaba mucho menos y de la manera más gráfica posible, puesto que ambas se ponían a chismorrear en mi presencia. No me parecería extraño que lo hicieran por joderme, después de todo les encanta molestar y hacerme enojar.

Admito que a veces me llegan a inducir impulsos femicidas; ganas de ahorcarlas y esas cosas. Estar rodeado de mujeres exasperantes te lleva a generar ideas algo macabras. Pero ya decía yo que jamás he golpeado a una.

Salvo a Kinomoto con un balón.

Divisé el cabello rojizo de Zhu a la distancia y me escurrí lo más rápido que pude a mi salón, rezando porque no viniera a saludarme. Si en algo tenía razón Tomoyo era que esto se estaba tornando cada vez peor, en particular desde el beso que me robó el día anterior. Porque, en serio, yo no tenía ganas de aquello.

— Hace días que no nos besamos — me había reprochado durante el recreo en que se me pegó como un molusco — Ni siquiera nos juntamos este fin de semana… y yo que te dije que mis padres andarían de viaje. Sabes que hubiera sido la oportunidad perfecta.

Recuerdo que su tono reflejó cierta tristeza y me angustió que deseara perder su virginidad conmigo. Si es que en verdad era virgen, claro. Según ella sí… A mí a veces me entraban las dudas.

Eran contadas las ocasiones en que mis bajos instintos tomaban el control y hacían que las cosas se me fueran de las manos. Más que nada pasaba cuando iba a alguna fiesta y bebía un poco, entonces Zhu se ponía bastante osada. Ella era abstemia, así que no podía achacar al alcohol su insistencia en obligarme a que la tocara por todas partes.

Bueno, tampoco es que realmente me moleste en demasía, total casi siempre es por encima de la ropa. Sin embargo, la última vez me tomó la mano e hizo que la metiera por debajo de su sujetador. Como me fui un tanto a la mierda - vamos, que no tengo un pelo de marica y eso de tocar tetas es toda una experiencia - saqué mi mano lo más rápido posible de ahí, pero ella volvió a tomarla e intentó meterla esta vez por debajo de su falda. Esa fue la gota que colmó el vaso, porque no podía ser tan apurona y querer que hiciéramos de todo cuando llevamos tan poco juntos. Es a causa de aquellas actitudes que me pongo a cuestionar su supuesta virginidad… Pues yo sí soy virgen.

La gente puede llamarme afeminado si quiere, pero no estoy dispuesto a hacer ese tipo de cosas con cualquier chica por mucho que me caliente. Zhu quiere fehacientemente que tengamos relaciones. Para mí el requisito mínimo para llegar a ese punto es estar enamorado, y no lo estoy, por lo tanto no va a pasar. No con ella.

De las tantas conversaciones que tuve con mi padre, entre las últimas estuvo el tema del sexo. Para él no era un tema tabú. Incluso me llegó a contar que su primera vez tuvo lugar durante una fiesta, con una chica desconocida. Eso pasó en su último año de escuela. Comentó que se arrepentía muchísimo de ello, dado que habría deseado hacerlo con alguien que al menos quisiera. Entonces, me aconsejó que intentara no ser impulsivo al respecto y que aprendiera a esperar, a ser paciente, ya que al final así era mucho mejor.

No conviertas en ordinario algo que debería ser sagrado, me decía.

Sé que a muchos sus padres les enseñan todo lo contrario. Que mientras más tipas se tiren, más hombres - o machos - serán y adquirirán mayor experiencia en dicho ámbito. No me caben dudas acerca de lo último, no obstante, prefiero intentar quedarme con algo de la sabiduría que me intentó transmitir mi padre.

Valoro inmensamente las palabras, los consejos y todas esas enseñanzas que alcanzó a entregarme: era y será por siempre mi modelo a seguir.

Cuando niño, mi padre era lo más cercano a un héroe que pude llegar a conocer.

— ¡Siento llegar tarde!

Estoy seguro que todos en el aula se voltearon a observar a la recién llegada, así lo indicó el pequeño alboroto que hubo alrededor. Yo me obligué a mantener la vista pegada en la ventana.

Si es que Kinomoto llegaba a tener un enorme hematoma en la cara por mi culpa, no quería verlo.

Sus pasos rápidos se acercaron al puesto a mi lado y el roce que sentí en el codo me hizo mirarla.

La oí disculparse. Analicé su frente y por suerte todo parecía estar bien.

— Psst, Sakura — llamó Tomoyo.

La vi tenderle una libreta y un lápiz. Entonces caí en cuenta de que no llevaba ningún útil escolar consigo.

— No trajiste tus cosas — le dije, sin creer que pudiera existir persona más distraída.

Negó, evidentemente avergonzada, y escuché cómo se le retorcía el estómago. De manera automática, no sé por qué, saqué lo primero que encontré en mi bolso y se lo ofrecí.

— Oye — la llamé.

— G-gracias, pero…

Como noté que iba a rechazarlo, la obligué a que lo tomara. Sus manos eran suaves y pequeñas comparadas con las mías, que de seguro estaban un tanto ásperas debido al entrenamiento. Cuando nuevamente la contemplé, su sonrisa y su agradecimiento hizo que se me encogiera la zona del abdomen justo bajo las costillas.

Eludí sus ojos verdes. Al rato me fije que Facebook parpadeó en la pantalla de mi tableta.

¿Sakura causando estragos?

Fulminé a Tomoyo, quien hizo revolotear sus pestañas inocentemente mientras sostenía su móvil entre las manos. Se sentaba justo delante de mí.

Le escribí que me dejara en paz. Menos mal Kinomoto no entendía chino... lo digo por si acaso llegaba a ver algo de lo dicho por mi molesta amiga.

En eso me llegó otro mensaje, esta vez de Meiling.

¡Le obsequiaste tu colación!

¡Pero si eres tan adorable, Xiao Lang! Hasta me dio celos.

¿Cómo mierda tecleaba tan rápido Tomoyo? A menos que se lo haya contado mientras ocurría... Nadie podía ser tan metiche.

Eché la cabeza hacia atrás, pidiendo paciencia.

Love is in the air!

A la mierda.

Pronto decidí que lo mejor era cerrar el navegador para poder concentrarme en la clase y no seguir siendo la comidilla de esas dos arpías. Aproveché de apagar el celular también, por si las moscas. Es que estaban locas.


[Sakura]

— Eres muy despistada, hija — me regañó mientras me colgaba el bolso en un hombro y me entregaba el almuerzo — Me deberías haber llamado enseguida para venir a dejar tus cosas, no esperar a que me diera cuenta sola, ¿cómo lo has hecho para tomar apuntes?

Ella vestía un vaporoso vestido floreado, un femenino sombrero beis de ala ancha y lentes de sol grandes. Estábamos en el hall rodeado de ventanales del instituto, cerca del portero. Varios alumnos que andaban del otro lado aprovechaban de curiosear y no los culpaba: mi madre es guapísima. Ocasionalmente trabaja de modelo en revistas.

— Una compañera me prestó un cuaderno y lápiz — respondí, olisqueando mi almuerzo.

Adoro la comida casera hecha por Nadeshiko. Le costó aprender a cocinar bien, pues proviene de una familia acomodada y le hacían todo, pero definitivamente lo logró.

— ¿Y te prestó dinero para un refrigerio también? Dime cuánto para devolvérselo — murmuró mientras rebuscaba en su cartera — Ni alcanzaste a desayunar.

— Me regalaron algo para comer — dije enseguida, recordando la deliciosa barra de cereal con chips de chocolate que me había dado Li hacía un par de horas.

— ¡Qué personas tan amables! — se maravilló.

— Cierto.

Sentí que me tocaban el hombro. Al voltear me encontré con Meiling y Tomoyo, que estudiaban a mi madre con una sonrisa.

— ¿Nos presentas a tu hermana? — consultó Meiling, expectante.

— No es mi hermana, — corregí de buen humor — es mi madre.

Me hacía gracia lo típico que era que la gente se confundiera por la apariencia de mamá y pensaran que se trataba de mi hermana… Se veía tan joven a sus treinta y siete años.

Según ella, el secreto era no tomar sol en exceso - cuidar la piel -, comer bien y "vivir con alegría".

Yo creo que dormir como un tronco también tenía mucho que ver.

— Mucho gusto, señora Kinomoto — se adelantó Tomoyo en un japonés que no sonaba muy fluido, como ella misma decía, e hizo una reverencia — Mi nombre es Tomoyo Daidouji.

Meiling hizo lo suyo en inglés.

Por su trabajo, mi madre no tenía problema alguno con ese idioma. Hizo una grácil reverencia a ambas.

— Soy Nadeshiko Kinomoto y el gusto es mío, chicas — les dijo con una sonrisa radiante en la medida que se quitaba los anteojos oscuros — Muchas gracias por ser tan buenas con Sakura.

— Es que nos ha caído genial — comentó Meiling, dirigiéndome una de sus miradas maliciosas — A todos.

Mi madre me pasó un brazo por sobre los hombros y me apretujó, orgullosa. Oí la cancioncita feliz que emitía su celular.

— Un momento — se disculpó y observó extrañada la pantalla, debía ser un número desconocido — ¿Diga?... ¡Por favor, esperen! ¡Estaré allá en unos minutos! — cortó el aparato, me abrazó y abrazó a mis amigas — Tengo que volver a casa para recibir el nuevo frigorífico. Nos vemos luego, chicas.

Nos despedimos de ella y la vimos correr hacia la entrada. De pronto tropezó con algo invisible, lo juro, y cayó de bruces al suelo como si pesara una tonelada. Corrimos para ayudarla.

— ¿Está bien, señora Kinomoto? — preguntó Tomoyo mientras la ayudábamos a ponerse en pie.

Mi madre sonreía como siempre que se caía, porque lo hacía seguido. De ella había heredado mi propia torpeza, aparte de esos ojos que tantos nos piropeaban.

— E-estoy bien no se preocupen. Gracias.

Se sacudió el vestido, nos hizo un ademán de despedida con la mano y caminó a paso rápido en vez de correr.

— Hormigas cabezonas — dije, y las chicas alzaron las cejas sin comprender — Mi madre siempre se cae gracias a las inexistentes hormigas cabezonas, así las llama.

Cuando entendieron, se rieron, aunque no había mucho que entender, en realidad. Podía pasar por un mal chiste si querías.

El portero se nos acercó y me pasó los anteojos de mamá, que seguro se habían extraviado tras su caída. Le agradecí, enganchándolos en el bolsillo de mi blusa.

En el trayecto hacia el salón, Meiling y Tomoyo hicieron comentarios respecto de la belleza de mi madre y de lo "fabuloso" que era su cabello.

— Es modelo, se tiene que cuidar bastante — aclaré.

Y creo que Tomoyo no acabó de entender que la modelo era mi madre y no yo, porque durante el almuerzo se dedicó a tomarme fotos con una de esas cámaras profesionales carísimas. No quise ser pesada, menos cuando se habían portado tan bien conmigo, así que la dejé y hasta posé. Al final lo terminé pasando genial. Usamos los anteojos de sol de mamá.

Resultó extraño observar la expresión… ¿extasiada? de Tomoyo mientras revisaba las fotos que nos habíamos tomado.

— ¡Eres absolutamente divina! — chilló de repente y yo pegué un salto — Un día de estos deberías permitirme retratarte junto a Meiling o junto a… — intercambiaron unas miradas cómplices, de esas que me ponían nerviosa, más cuando acababa de pegarme un susto de muerte — Con mayor producción, claro, y siempre y cuando quieras colaborar con mis trabajos de fotografía.

— Tomoyo está en el club de fotografía, además del coro. Digamos que es algo así como el querubín principal del coro de ángeles — explicó teatralmente Meiling, arreglándose uno de los moños — Yo también canto precioso, es una lástima que los oídos de los demás me escuchen tan mal.

Su comentario me hizo reír, al igual que a Tomoyo, a quién le sacó una risita melodiosa. Y es que Meiling era demasiado graciosa, su actitud y todo.

— ¡Allí va de nuevo esa tipa! — se quejó mirando a mis espaldas.

La seguí y vi a Eriol Hiragizawa y a Li con su novia a algunos metros de nosotras. El novio de Tomoyo, que parecía incómodo en medio de una especie de discusión entre la pareja, nos saludó a la distancia. Pronto se nos acercó al trote.

— ¿Es que no puede dejarlo tranquilo? — volvió a quejarse Meiling — Es tan estúpida que no entiende las indirectas.

— Yo se lo advertí — indicó Tomoyo luego de recibir un beso de Hiragizawa y tomarlo de la mano.

Hiragizawa me saludó y, al notarme confundida por la conversación anti-novia de Li, me dijo bajito:

— Es porque él no la quiere.

— ¿Él no la quiere? — pregunté sorprendida en voz alta, como idiota, causando que las dos chicas se voltearan a verme con renovado interés.

— No la quiere, pero es demasiado considerado y tonto como para darle la patada así como así — murmuró su prima, cruzándose de brazos y echándome encima una mirada de reproche cuya razón no conseguí comprender.

Nadie más emitió comentarios al respecto, ya que el susodicho venía hecho una furia directo hacia donde estábamos nosotros, arreglándose la camisa y murmurando entre dientes. No había rastro de su novia y debo decir que me dio miedo, porque por un momento pensé que Li había oído mi pregunta idiota y que me recriminaría por fisgona.

— ¿Terminaste con ella? — exigió Meiling apenas hubo llegado.

Si las miradas matasen, la pobre hubiese caído muerta de manera instantánea. Se quedó callada.

Para mi horror, Li ignoró los gestos curiosos de sus amigos y se dirigió a mí con el ceño todavía fruncido.

— Kinomoto — pronunció, observando de soslayo a los demás — El señor Hun, el Consejero Estudiantil, me informó que de ahora en adelante tendré que hacer todos los trabajos de carácter grupal contigo, y prestarte ayuda en los individuales de ser necesario — dijo en japonés.

Parecía molesto. Vi a Tomoyo, Meiling y Eriol, quienes nos miraban muy atentos.

— Si n-no te parece bien, no deberías…

— Estoy enfadado por otras razones, no por tener que trabajar contigo — me interrumpió, brusco. Creo que se percató de aquello porque su expresión y su voz se suavizaron ligeramente — En serio. No es una molestia.

— ¡No entiendo! — chilló Meiling de repente — Háblale en inglés cuando estemos nosotros cerca, Xiao Lang.

Lo oí chasquear la lengua e irse sin decir más, tal vez para buscar a su novia. A la que no quería.

— ¿Qué fue lo que le dijo, Eriol? — siguió Meiling, tirándolo del brazo como una niña pequeña.

El aludido me miró con sus profundos ojos azules tras las gafas rectangulares, regalándome una sonrisa enigmática.

— Pues… que tendrían que pasar mucho tiempo juntos.

Y Tomoyo soltó una risita musical.


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Holi!

En primer lugar, muchísimas gracias a quienes me han apoyado desde los dos primeros capítulos: Rosy Misaki, twilight-love, Miss Strawberry, SL007, liriomiriel, HimeVampire, Maru Li, AndreKimiko, Linda Coronado, Elfenixenlasllamas, Cristi Aiko, Ren Miyamoto y sakura-hilary. Disculpen si no contesté a sus reviews, pero tengo tremendo enredo y confusión sobre a quiénes les he alcanzado a responder y a quiénes no u_u aparte que me confundo con los de los otros fics. Estuve echándole un vistazo al Outbox pero ugh, es un enredo total. Para la próxima anotaré a quién le he respondido, porque ni siquiera los contesto en orden xD (soy caótica).

También agradezco a quienes han puesto la historia en sus favoritos :3 (y no me han dejado review ¬¬)

Esperaré atenta a sus comentarios sobre el presente capítulo! Tengan en cuenta que siempre los reviews son más que bienvenidos, puesto que son parte de la "paga" y la motivación para seguir escribiendo :)

En fin, recuerden que pueden contactarme vía Facebook buscando por blondiebtch o Gwlith Greifvögel. También pueden echarle un vistazo a mi Deviantart Bl0ndieBtch, donde he subido un par de dibujos de este fanfic :D y de Simpatía por el Demonio.

Nos estamos leyendo en la próxima!

Bl0ndieBtch