Bleach

Ichigo / Rukia

Advertencia: ninguna


Capítulo III

Había decidido firmemente en seguir ignorando a esa mujer como lo había estado haciendo. Ella había dicho que él era su objetivo y encontraba que era demasiado el descaro. El haber tratado de llamar su atención aludiendo a algo tan básico como el sexo hablaba que involucrarse con ella podía ser peligroso, aunque muy a su pesar, ella había logrado que pensara en ella, porque había decidido no darle cabida de ninguna manera, pero la curiosidad que sentía por Kuchiki más de alguna vez lo tenía pensando en cuál sería su próximo movimiento. No quería que ella lo encontrara desprevenido, porque era impredecible. Toda la situación era nueva para él; nunca había sido objeto del deseo de nadie.

En la soledad de su habitación recordó los distintos géneros y con vergüenza remembró algunas cosas que ella había mencionado. Sabía lo que era el "yuri" y el "yaoi" porque había oído a sus compañeros alguna vez hablando de eso, pero él no estaba familiarizado con los otros conceptos y se sonrojó al descubrir lo que era un "harem" el "shota" y el "loli" y compartió con Kuchiki el desprecio cuando dijo "tentáculos". Le había resultado repulsivo la sola imagen, pero ella se había quedado corta con la cantidad de géneros del hentai que existían; eran demasiados para memorizarlos y los había para, literalmente y gráficamente, todos los gustos.

¿Cuál género sería el manga que ella le había dejado y que él con había botado? Trató de recordar algo pero no fue capaz de remembrar el nombre. Pensó una vez que llegó a casa que eso había sido grosero de su parte el haberlo tirado al tacho de la basura, no debió haber botado algo que no le pertenecía y tendría que pagárselo, aun cuando él no se lo había pedido.

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Kuchiki no llegó a ir al examen del día siguiente, ni el resto de la semana.

—¿Han notado que Kuchiki falta mucho a clases y que nunca la reprueban? —comentó una chica.

—Debe pagar por pasar de grado. No le importa venir, después de todo tiene la vida asegurada —dijo otra con sorna.

—¿Por qué no irá a una escuela privada? —cuestionó una tercera chica.

—No deben haberla aceptado. Sus calificaciones no son las mejores —agregó la primera chica que había hablado.

Él suspiró. Lo cierto es que lo que decían era verdad, ella faltaba bastante a clases y le molestó que esas chicas que dijeran eso fueran las misma que habían estado con ella tan solo la semana anterior. No le agradaban las personas que hablaban a espaldas de otras y peor, que luego les sonreían.

Tampoco fue la semana siguiente y él no quería aceptarlo, pero estaba empezando a cuestionar si él no había tenido algo que ver ¿la habría hecho sentir mal? No se veía afectada por sus palabras, pero nuevamente, de ella no sabía nada. Nadie tenía realmente idea de ella.

Ichigo había comenzado a masturbarse con cierta frecuencia. Un día sí y otro no, pero en la última semana lo había empezado a hacer todos los días y no sabía por qué, pero recordó el perfume de la chaqueta mientras lo hacía y con rabia se había puesto todavía más duro. No había necesitado hasta entonces para acabar nada más que su excitación, pero esa noche en su celular buscó material e intentó ver porno real, pero no si ya no se sentía cómodo con el hentai, el porno real era demasiado para él y fue inevitable acabar viendo un hentai que casualidad o no, la protagonista tenía cierto parecido con Kuchiki: bajita, pelo oscuro y ojos brillantes y entonces supo que ella no le era indiferente, más que sólo encontrarla linda le gustaba, pero su convicción era más fuerte y él era bueno acallando sentimientos y estaba convencido de que si ignoraba esa atracción eventualmente esta dejaría de existir, pero por las dos siguientes noches intentó ver hentai con mujeres que no tuvieran un mínimo parecido a Kuchiki, pero lo cierto es que sólo prolongaba la sesión de onanismo; él eyaculaba sólo cuando encontraba cierto parecido en la protagonista con esa chica pervertida.

El día jueves casi dos semanas después de que ella dejara de venir, apareció. Sintió un vuelco en el estómago y una sensación extraña parecida a un calofrío recorrerlo. Ella parecía más delgada y más pálida de lo usual y de hecho ella no lo miró en absoluto en la clase, tampoco jugó provocándolo con sus labios, no hizo educación física y a la salida el hombre que siempre la esperaba se la llevó rápidamente.

El día viernes ocurrió lo mismo y así el lunes y el martes. Ella no levantaba la cabeza excepto para copiar del pizarrón, y tampoco hablaba. Los profesores nunca le preguntaban algo y él no podía parar de pensar qué algo pasaba.

El miércoles él se acercó a ella cuando sólo quedaban un par de alumnos alistando sus cosas para irse, pero ella sólo lo saludó de regreso con una sonrisa y se despidió con la mano y él se sintió extraño con eso.

¿Había dejado de gustarle ya?

Quiso convencerse que si había sido así era lo mejor para él.

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Esa noche interrumpió su rutina y no sintió deseos de masturbarse. Estaba un tanto desanimado, desde que ella había vuelto se le veía apegada y no es que echara en falta su acoso, pero hacía de sus días algo más divertido y el viernes en un impulso y al ver que ella apoyaba su cabeza sobre la mesa y miraba por la ventana, sola, él se acercó.

—Hola —saludó.

—Hola —respondió ella.

Ella lo miró y después de sonreírle, volvió a mirar por la ventana y a recostarse sobre la mesa.

—¿Estás bien? —preguntó él.

—Sí —contestó.

No era fácil estar hablándole, pero el que no lo estuviera mirando lo hacía más difícil.

—El manga que me pasaste esa vez sufrió un percance —dijo él sin saber qué más agregar.

El tema pareció interesarle y volvió a mirarlo.

—¿Qué tipo de percance? —indagó.

—Se me cayó un vaso de agua encima —contestó con rapidez.

Ella lo miró y no le creyó ni un poco. Había sido una mentira muy mala, pero lo que ella se imaginaba que había pasado ciertamente no había sido.

—¿Un vaso de agua? Mmm… ya —dijo con clara incredulidad.

—Es en serio —intentó convencerla.

—No importa —respondió con desgano.

—Quiero pagártelo.

—No te preocupes por eso —descartó —. Además si hubieses querido pagármelo hubieses comprado otro sin decirme lo que le había pasado al primero.

Ella era lista.

—Lo cierto es que necesito que me digas el nombre —dijo con rapidez.

—Sólo… olvídalo —pidió.

Él notó que ella estaba sudando, lo que era extraño, porque él sabía bien que ella no se había levantado de la silla desde que había llegado en la mañana. Ni siquiera para cuando había llegado el profesor y en un impulso estiró su mano ante la mirada extrañada de ella por el gesto y tomó su temperatura.

—Estás con fiebre —aseguró.

—Sí, eso creo. Tengo frío —dijo con timidez.

Ichigo miró a su alrededor y vio que habían tres ventanas abiertas y sin dudarlo las cerró.

—Gracias —sostuvo ella.

No pudo seguir conversando con ella porque el timbre que anunciaba el final del receso sonó y no pudo dejar de notar que las ventanas que él había cerrado, sus compañeros que venían acalorados porque muchos venían agitados, fueron abiertas y él notó que ella comenzó a temblar. No tenía clara la razón, pero el verla enferma y temblando de frío no le gustó. Se convenció a si mismo que era por sus hermanas, y si fuera alguna de ellas la que se sintiera mal le gustaría que hubiese alguien dispuesto a ayudarla.

—Oye, tengo frío. cierra la ventana —solicitó él.

—¡Pero tengo calor! —rebatió el chico.

—No es mi culpa que corras como una bestia en el receso —respondió.

Él sabía que era intimidante y se aprovechó de eso para conseguir que no abrieran las ventanas.

Sin embargo la situación no mejoró y él no pudo concentrarse en sus clases fijándose en que Kuchiki no se sentía mejor. Él escribió un papel y se lo lanzó, pero ella no se dio cuenta, pero el profesor se fijó en él al hacer eso y se acercó para arrebatarle el escrito y entonces al leerlo se dio cuenta de que la chica no se sentía bien.

—Kuchiki ve a la enfermería —ordenó el profesor.

Ella asintió, pero cuando atravesaba la puerta se apoyó en ella y él se levantó más rápido de lo que pensó, en un gesto que ni siquiera notó.

—Ya que está tan preocupado por su compañera, llévela —pidió el profesor.

Escuchó las risas burlonas del resto del curso y avergonzado asintió.

—¿Puedes caminar? —quiso saber él.

—Sí —contestó.

Y efectivamente lo hacía, pero a paso muy lento. Él se quitó el suéter institucional y la tomó en brazos, cubriéndole las piernas con la prenda.

—No necesito que me lleves —dijo con más fuerza de la que parecía tener.

—Quizás no, pero a tu paso llegaremos mañana y yo quiero regresar a clases —agregó él.

La chica no pesaba nada, era muy liviana. El trayecto hacia el primer piso se hizo corto, pero antes de llegar ella le agradeció por lo de la ventana.

—No fue nada —desestimó él.

La recostó en la camilla y se retiró. Ella no volvió a clases en lo que restó de la jornada y sus cosas en algún momento del receso final no estuvieron más.

Pasó otra semana antes de que ella regresara a clases y se especulaban muchas cosas sobre la ausencia de Kuchiki. Algunos rumores eran que estaba embarazada del hombre que siempre la venía a buscar, otros que ir a la escuela para ella era sólo un trámite y otros que tenía a todos comprados; y con ira observaba como las mismas chicas que habían generado esos rumores cuando ella regresó, le preguntaron por su salud. Como si de verdad les importara.

—Kurosaki —le habló Kuchiki a la salida.

La verdad es que se estaba demorando más de lo necesario. Quizás si lo hacía tendría la oportunidad para preguntar él personalmente.

—Gracias por el suéter —agradeció.

Ella le entregó la prenda cuidadosamente doblada.

De nada respondió mecánicamente.

Ichigo observó que ella se veía mejor que la semana anterior y quiso recalcarlo, pero no supo cómo.

—¿Estás bien ahora? —preguntó curioso.

—Muy bien –respondió ella sonriente —. ¿Es eso acaso preocupación por mí?

Eso lo sorprendió porque no esperó que ella saliera con eso.

—Te llevé prácticamente desmayada en mis brazos —dijo él.

—¡Eso no es cierto! —refutó ella.

Él sonrió.

—Te ves mejor –aseguró él.

Observó que ella se sonrojó y por primera vez le tembló la voz.

—Gr…gracias –agregó ella —. Me tengo que ir; me están esperando.

No agregó nada más y se marchó. Él observó como ella caminó coquetamente y sonrió, ella realmente se veía mejor que la última vez que la vio. No tardó en seguirle los pasos y vio inevitablemente ante sus ojos como el hombre que siempre la esperaba estaba ahí sin fallar. No le agradó que él la saludara desordenándole el cabello y verla a ella llamándole a atención por haber hecho eso… ellos lucían demasiado cercanos.

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Llegó a su casa un poco ansioso porque llegara la noche. Tenía muchos deseos de masturbarse y no se atrevía hacerlo durante la tarde, porque lo peor que le podría pasar sería que una de sus hermanas lo descubriera en el acto o bien su padre, dándole la razón a las diferentes indirectas que él le dirigía a diario acerca de "ciertas necesidades masculinas". Ichigo sabía que era una práctica común para los adolescentes, pero él no se suponía que lo hiciera, todavía se negaba al hecho que le gustaba esa práctica más de lo que estaba dispuesto a admitir, pero cuando había recibido el suéter que le había devuelto Kuchiki, el perfume que él recordaba invadió su sentido del olfato. No podía asegurarlo, pero estaba seguro que ese perfume estaba hecho de feromonas, porque obtuvo una erección de inmediato. Estaba condicionado a ese aroma.

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Kuchiki estaba yendo con más regularidad a clases, pero no había vuelto a ofrecerle mangas impropios y tampoco había vuelto a provocarlo. Era como si todo lo que hubiese pasado meses antes fuera producto de su imaginación y eso lo tenía descolocado, ella había despertado en él una necesidad sexual de la que carecía antes. Había jurado ante ella que nunca conseguiría que se le parara, pero eso no había sido cierto. Casi todas las noches se masturbaba y pensaba en esa única ocasión en la que había tocado uno de sus pechos, dejándolo con la curiosidad de saber cuánto en realidad era relleno. Hasta el dia de hoy se lo cuestionaba, de hecho. Ella había dicho que lo había hecho para llamar su atención, y lo había conseguido, pero ahora parecía haber cambiado de opinión, y no la podía culpar. Él había sido muy tajante con sus respuestas negativas.

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El desinterés de Kuchiki por él no le agradaba, y era inevitable pensar que tal vez había encontrado otro tipo al que le dejaba mangas eróticos como sorpresa en el bolso y el ver que más allá ella conversaba animadamente con un compañero aumentaba la inclinación que tenía por esa teoría.

Las chicas que solían hablar mal de ella cuchicheaban no mucho más allá e Ichigo harto de ellas y de sus deslenguados comentarios, las enfrentó.

—Kuchiki —la llamó en voz alta.

Ella dejó de conversar con el chico frente a ella y le prestó atención. Era la primera vez que le dirigía la palabra no estando ellos solos. El incidente del año anterior no contaba.

—Estas chicas estaban hablando sobre ti, pero creo que tú no podías oírlas ¿podrían preguntárselo ahora directamente? Así ustedes salen de la duda, ya que tanto parece importarles la vida de ella —espetó con enojo.

Kuchiki lo miró más que extrañada, pero entendió a qué se refería él.

—¿Quieren preguntarme alguna cosa? —preguntó con una sonrisa —. Vamos, si quieren saber algo de mí sólo consúltenlo.

Ichigo no estuvo seguro como catalogar la expresión de estupefacción de las mujeres ante su intervención, pero una de ellas refutó la acusación.

—Creo que Kurosaki escucho mal, Kuchiki. No hablábamos de ti —negó una de ellas.

Él estuvo a un tris de hablar su boca y dejarlas en evidencia con algunos de los comentarios que él había oído, pero en el segundo que iba a hacerlo, una mirada de Kuchiki lo detuvo.

—Está bien, fue sólo un malentendido —desestimó ella —. Estoy segura de que si ellas quieren saber algo de mí me lo preguntarían directamente.

Al final con su intervención había sido él el que había quedado en vergüenza y aquello lo irritó.

Tras acabar con la jornada escolar él metió todas sus cosas al bolso y se marchó del salón tan pronto el timbre anunció que era la hora.

—Siempre es lo mismo —escuchó una voz —. No te molestes en defenderme, al final la tomaran contigo. No importa si vengo o no vengo, siempre voy a ser motivo de habladurías… ¿Qué dijeron esta vez? ¿padezco de alguna enfermedad de transmisión sexual? ¿De cuántos meses de embarazo estoy? ¿Mi familia vende drogas?

Kuchiki lo había seguido y estaba detrás. Se volteó y la vio unos escalones más arriba de él y se sorprendió que le dirigiera la palabra siendo que sus mismos compañeros estaban abandonando aún el salón. Ella comenzó a caminar y él la siguió y sus pasos, evitando ser visto por quien fuera que los estuviera observando. El seguirla lo llevó al lugar detrás del gimnasio.

—¿Por qué? —quiso saber él.

Continuó el tema como si no hubiese habido una pausa en el medio.

—Porque es así. Siempre ha sido así —explicó —. Tener dinero hace que te conviertas en el centro de atención. No comprenden que el dinero no es mío.

Él seguía sin entenderlo, pero ya no lo cuestionó.

—¿Y por qué te molestó lo que ellas dijeran de mí? —interpeló ella.

Lo cierto es que ni él lo tenía tan claro.

—Es de mala clase el que hablen de las personas a sus espaldas —justificó —. Si no hubiesen estado hablando de ti hubiese hecho lo mismo por cualquier otro compañero.

Ella asintió y sonrió. Aparentemente le creyó.

—Gracias —dijo ella.

Sin embargo había algo que a él también le provocaba curiosidad y haciendo caso a lo que ella misma había ofrecido, que era responder las preguntas que tuvieran acerca de ella, quiso salir de la duda.

—¿Por qué te ausentas tanto, Kuchiki? —indagó.

Ichigo observó que los dedos de sus manos se tensaron y los convirtió en un puño luego. Era una pregunta con la que ella no se sentía cómoda.

—Te preocupas por mi, ¿eh? —evadió el tema.

—Admito que me causas cierta intriga —respondió.

—¿Hay algo más que yo te provoque? —inquirió —. Algo distinto a la intriga…

A él le empezó a latir el corazón con fuerza. ¿Ella le estaba preguntando lo que él creía?

—¿Algo como qué? —quiso asegurarse.

Ella se aproximó a él y él comenzó a retroceder. Su cercanía lo tenía demasiado nervioso, pero trató por todos los medios de no demostrarlo.

—¿Sigo sin gustarte ni siquiera un poco? —consultó.

No podía seguir retrocediendo porque ya había llegado a la parte más escondida de ese reducido espacio que quedaba entre la pared que separaba a la escuela de la calle y el gimnasio y ella tiró de su corbata para quedar con sus miradas una frente a la otra, a una escasa distancia. Él no fue capaz de responder cuando los centímetros que los separaban fueron todavía menos; cerró los ojos esperando a que ella lo besara, sin embargo pasados los segundos los abrió, y aunque seguían con la mínima distancia, ella no se arrimó más.

—Para no gustarte al parecer mi cercanía no te molesta tanto… —dijo ella divertida.

—Eres muy bonita —admitió él.

Ninguno parecía querer alejarse, pero tampoco dar el paso. Le estaba costando trabajo mantener su respiración normal, pero ella dio un paso atrás y él siguió en la misma posición. Iba a abrir la boca, pero ella tomó el teléfono y contestó.

—¿Qué pasa, Renji? —preguntó ella molesta —. Ahjj está bien. Déjame en paz.

Ella cortó la llamada y se dirigió a él nuevamente:

—Hasta mañana, Kurosaki —se despidió —. Gracias por lo de bonita.

Kuchiki le dio la espalda y él sintió que no quería que las cosas quedaran así y en tres zancadas la alcanzó y sin darle tiempo para que ella dijera otra cosa y para él no arrepentirse y perder el valor, la besó.

Era el primer beso que daba y se sentía torpe y obtuso. No sabía si debía abrir la boca o no, si debía tocar sus labios con la lengua ¿si lo hacía le resultaría muy baboso? Pero no tuvo tiempo de indagar más en sus pensamientos porque ella terminó el beso.

—¿Ves? Te dije que lograría que me besaras... —recalcó —. Hasta mañana.

No entendía que había pasado. Ella se fue y él se quedó avergonzado por lo que acababa de pasar, por primera vez en su vida pensó seriamente en no ir a la escuela al día siguiente por voluntad propia. Se sintió expuesto y ridículo; ella todo ese tiempo sólo había estado burlándose de él, y él había caído.

Continuará...


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