Hey, hey people! What's up? Yeah I'm back again. Esta vez no me tardé nada verdad? Fácil, es por dos razones: Una, voy muy en serio con este fic porque estoy demasiado obsesionada con HTTYD, y dos, porque ando de vacaciones.
Pensaba publicarlo como regalo de navidad, pero a medida que iba escribiendo se iba extendiendo y extendiendo y se me iban ocurriendo más y más cosas… ustedes saben que jamás me gusta lo que escribo. Pero! Tienen que darme el CRÉDITO porque… LES HE ESCRITO FUCKIN' 35 páginas de Word. Ajá. Think 'bout it.
Quiero aclarar unas cosas: los nombres de los personajes, las especies de dragones y ciertas interjecciones se quedarán en inglés. Punto. No hay cambios. Así se queda. ¿Qué por qué? Porque así es mejor. Piénsenlo, gente. Honestamente, los nombres en español son una complete bullshit. Es decir, de Toothless a Chimuelo? O de Hiccup a Hipo? Santo Dios.
Sé que se están preguntando cuándo viene la acción: las peleas, si es que hay, todo eso, y también sé que quieren que deje de lado la maldita depresión! Pero es necesario. Todavía.
Hiccup es un personaje más complejo de lo que parece. Ha sufrido mucho, y por tanto necesita todo un análisis. Luego de que hayamos visto todo, entonce viene todo lo happy.
Sin más los dejo con el fic.
Hiccup no quería que lo encontraran.
Sabía que lo estaban buscando, pero quería estar solo. No había nada que la compañía ajena pudiera ofrecerle que la soledad no le diera ya.
No obstante, sabía que en algún momento tenía que dar la cara, pero ahora no sería ese tiempo.
Corrió a campo traviesa durante horas hasta llegar a los límites de la aldea. Se persignó, más por costumbre que por creencia, y se lanzó a las callejuelas repletas de vikingos, intentando andando con naturalidad para no llamar la atención. El sonido metálico de su prótesis sobre la grava no le ayudaba mucho, pero aun así se las arregló para llegar a cubierto.
Entró al granero de los Haddock y encontró allí a Stormfly, que cuidaba de sus crías ya más creciditas. Ella lo miró ir y venir dentro del granero, mientras él llenaba una gran canasta de pescado para la dragona que lo esperaba en el bosque.
Por su lado, Stormfly olisqueó con curiosidad el olor a dragón nuevo en él. No conocía a esa hembra. "¿Quién será? Por una buena brizna, sólo espero que no lo mate de un susto.", pensó. La idea de que un humano le tuviera miedo a los dragones era absurda, pero bueno, a veces esos animales de dos patas eran así.
—Adiós, Stormfly. No digas a nadie que estuve aquí. —añadió, mirándola fijamente. La dragona asintió vagamente y volvió a sus crías. En efecto, Hiccup le había asegurado en muchas ocasiones que lo único que les hacía falta los dragones era hablar.
Justo en el momento en que él salía corriendo del granero, Astrid entraba. Se salvó por los pelos. Salió silbando, intentando aparentar normalidad, en caso de que alguien en la tribu hubiera sospechado del hurto.
Se sintió como un vil ladrón, y supo que si su padre se enteraba de lo que había hecho lo castigaría de por vida, pero no le importó. Era por una buena causa. O por lo menos le gustaba pensar que así lo era.
Nunca había aprendido a pescar porque siempre se ponía a cazar troles, así que lo que le quedaba era tomar lo que ya era de otros. Si tan sólo hubiera hecho caso a su padre cuando intentaba enseñarle…
Encontró un atajo para llegar a la cueva y se demoró tan solo una hora en arribar al lugar. La dragona seguía en la misma posición en la que él la había dejado. Al verlo llegar, mostró los dientes y se metió corriendo dentro de la cueva, dejando tras de sí un rastro de escamas negras. Las dejaba caer como si fueran pelo.
Siguió gruñéndole al joven durante cinco minutos más, mientras él desataba la enorme canasta de pescado y la dejaba caer al césped.
La comida cayó y el olor ocre del pescado impregnó el bosque.
Ella no se acercó, pero sí levantó la cabeza.
—Si tienes tanta hambre, ¿por qué no te acercas? —preguntó más para sí mismo que para ella, y entonces notó que respiraba pesadamente. Quizás demasiado.
La examinó con más cuidado y reparó en que algo le sobresalía a un costado. Frunció el ceño.
—¿Qué tienes allí? —intentó acercarse y ella gruñó. Hizo otro intento y otro gruñido lo detuvo. Lo intentó de nuevo, esta vez con los ojos cerrados, y ella lo aceptó de buena gana.
"Si tienes la suficiente confianza como para prescindir de tus preciados ojos, entonces no eres tan peligroso" razonó la dragona, acercándose a él.
No entendía la fisonomía de aquel humano. Y de ningún otro, la verdad. No tenía escamas, ni garras, se mantenía en dos (a decir verdad, en una) pata y sus dientes eran lisos, sin punta. ¿Cómo desgarraría la carne al comer?
Siguió cada movimiento de las piernas humanas con los ojos bien abiertos y frunció el hocico cuando la palma de Hiccup se aproximó a sus fosas nasales, temblando de miedo, con los dedos pálidos y sudorosos. Sin embargo, miró la canasta de pescado por el rabillo del ojo, luego a él, y acercó el hocico frío a la mano del joven. Un escalofrío casi lo manda volando al otro lado del claro.
Valor, hombre. No saltes como niña.
—Bien Hiccup, ahora hay que ver qué es lo que sucede aquí.
La dragona resopló y se apartó de él muy al estilo Toothless. Él le acercó la canasta de pescado a la cueva para que comiera y se adentró en las tinieblas, frotándose los ojos para acostumbrarlos a la oscuridad.
Se llevó los nudillos a la boca para ahogar un jadeo. No comía no porque no quisiera mostrarse, sino porque una gran estaca de madera le atravesaba el costado izquierdo. Entonces lo entendió. Ella estaba muriendo. Por eso estaba perdiendo tantas escamas.
Doble mierda. Sweet Jesus Mother of God.
—Tengo que ayudarte. —la voz le tembló. El pobre animal estaba quizás en sus últimos días de vida y él tenía que hacer algo pero ya. No había tiempo para idioteces de ningún tipo.
Antes de echar a correr hacia la aldea, estrechó entre sus manos la cabeza de la dragona. Al principio hubo resistencia, pero luego ella se habituó al calor del abrazo y sintió el cariño traspasar la ropa del joven y las duras escamas de su propio cuerpo. Ronroneó y cuando él se apartó resopló con desdén, como si le avergonzara su propia conducta.
"¡NO! ¡Esto no está bien! Los humanos y los dragones son enemigos a muerte." Se dijo desesperadamente la dragona. ¿Por qué esa rata de dos patas insistía tanto en tocarla, darle comida y hacerle compañía? Sabía que iba a morir, no le gustaba ni la condescendencia ni la lástima ajena. No necesitaba a nadie: su sentencia ya había sido firmada y lo había aceptado.
—Está bien, quédate aquí mientras consigo algo con qué curarte. ¿Entendido? —Ella lo miró con las pupilas agrandadas, y apartó la mirada de la suya, sin terminar de entender lo que él había dicho. Porque vamos, el nórdico todavía no era lo suyo.
Lo miró por el rabillo del ojo, mientras él se alejaba paso a paso, sin dar media vuelta todavía—
No era tan desconfiada después de todo.
Sin embargo, era más orgullosa que una yegua.
Él lo tomó como una afirmación y, de nuevo, emprendió una carrera hacia la aldea.
Estaba pensando en lo que necesitaría. Necesitaría madera, abundantes paños y, si era posible, algo que pudiera traspasar la piel de un dragón. Con unos doce puntos bastaría para cerrarle la herida a la hembra. Necesitaría unos veinticinco internos, pero allí ya se las arreglaría.
¿Qué cómo lo sabía?
Hiccup había prestado el servicio con la Cruz Roja hacía tiempo, durante un año entero, junto con Astrid. Jamás aprendió a entablillar piernas como ella, pero hizo su mejor intento. Cuando la bomba en la universidad de Copenhague estalló, fue de los primeros adolescentes en ir al frente a movilizar a los heridos.
En Dinamarca se las arreglaban para que sus estudiantes estuvieran preparados, bueno, en todo lo posible.
Llegó otra vez a la aldea y reunió lo que necesitaba en un santiamén. Nadie le prestaba tanta atención a los desconocidos, igualmente.
—Ahora, algo para coser esa herida… —se dirigió a la fragua. —Mierda— murmuró al ver a Gobber trabajando en una silla para algún aldeano. Se movilizó con rapidez mirando a ambos lados, con tan buena suerte que a los pocos segundos encontró una gran aguja de acero, especialmente usada para coser cráneos. La tendría que afilar, pero serviría.
Fue a la casa Haddock en busca de opio o alguna droga para dormir a la dragona, lo encontró y, al devolverse, no contó con el hecho de que Eret doblaba la esquina en ese momento, y lo vio.
—¡Hey! —exclamó. —¡Niño, detente!
—¡Sweet Mary! —gritó Hiccup antes de desaparecer en una carrera a muerte hacia los bosques.
Eret le siguió le paso durante unos quince minutos, luego, se rindió.
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La parte fácil para Hiccup fue echarle opio al pescado de la dragona y esperar a que durmiera. La difícil, empezar. Desinfectó como pudo los implementos con la lejía que trajo y enhebró el hilo en la grandísima aguja que había conseguido.
Tendió a la hembra sobre una gran sábana y empezó la labor.
Sudaba a mares. Trató de mantener la cabeza fría e ignoró como nunca jamás lo había hecho al pálpito de su brazo, porque por primera vez en su vida sentía una gran responsabilidad.
Dejó la estaca ahí: no quería pronunciar la hemorragia. Detuvo la misma con una de las muchas sábanas que había conseguido y continuó. Retiró primero la sangre seca y luego continuó con la nueva. Era increíble que la hembra hubiese durado tantos días viva con aquella estaca clavada en su flanco, por no decir milagroso.
Sacó la gran astilla y presionó firmemente en la herida. La roció con lejía y en menos de medio segundo ya había empezado a coser. El área, por completo libre de escamas, era suave y blanda y no le costó tanto trabajo. Sin embargo, la hemorragia aumentó bastante y por un momento temió perder la vida de la dragona.
Mientras él trabajaba, el sol se movía de un lado al otro del cielo, tiñéndolo de naranja, rosado y ocre. La luna se pronunció entre las nubes. Hiccup jadeó de cansancio, pero no le importó.
Tenía algo por lo cual luchar allí y no pensaba perderlo por nada del mundo.
Cuando terminó, se lanzó hacia atrás y tosió para quitarse el tufillo de la lejía de la nariz.
La dragona despertaba. Aún estaba dopada, pero aun así estaba enojada con Hiccup por haberla drogado. Le gruñó e hizo amago de lanzarse hacia él para arrancarle el cráneo cuando sintió algo en su costado que la hizo detenerse.
La estaca. No estaba. Miró hacia atrás y, efectivamente, no la tenía clavada al cuerpo. No sentía ya aquel dolor fulminante en el flanco que la consumía día a día. Lo miró con los ojos abiertos de par en par y las orejas alzadas. Parpadeó varias veces.
"¿Por qué lo hiciste?". Su mirada fue muy diciente, y él la entendió a la perfección.
Él se encogió de hombros.
—No podía dejarte morir. —fue su única excusa, cuando él sabía perfectamente que era más importante que eso. Esa dragona probablemente le había alegrado los últimos cuatro días. Le sonrió.
Ella miró la herida recientemente cerrada y vendada con un apretado torniquete y le devolvió la sonrisa con su boca desdentada.
Todo el mundo de la dragona se derrumbó entonces, con ese simple intercambio. Todo lo que sus progenitores le habían enseñado, todo por lo que había luchado y se había escondido, todo perdió su significado al lado de ese ser humano, que de repente ya no era un cachorro enclenque, sino un adolescente lo suficientemente fuerte como para salvar a una bestia de trescientos cincuenta kilos él solo.
"Pero yo pensé… pensé que los humanos eran malos… que eran unos desalmados asesinos…" sacudió la cabecita, aturdida. Hiccup la miró con asombro.
Era más inteligente de lo que creía.
La dragona volvió a sonreírle tímidamente y se acercó a él, lista para darle las gracias. Hiccup enarcó una ceja al ver su boca desdentada.
—Con razón Toothless se llama así. ¿Qué dices, Woodiepie? —el nombre había surgido así como así, nada más, al ver la estaca ensangrentada al lado de las sábanas rotas.
Ella respondió nada más oírlo.
Al parecer, que te salven la vida potencia la confianza hacia la otra persona. Saltó hacia Hiccup para lamerle la cara pero él la cortó en seco con ambos brazos. Le señaló la sábana teñida de rojo por la sangre.
—¡No, no saltes! La herida puede abrirse. Tienes que descansar.
Ella, de momento, obedeció. Más tarde haría lo que le viniera en gana. Avanzó con la cabeza gacha hacia la nueva sábana que él le tendió y, luego de quemarla por completo, se sentó con gusto sobre las cenizas como toda una dama, con ambas patas delanteras cruzadas. Lo único que le faltaba era la tacita de té encima.
Ambos mantuvieron un cómodo silencio durante unos minutos, hasta que Hiccup lo rompió.
—Tarde o temprano tendré que regresar, ¿por qué no vienes conmigo? —ella gruñó. —Sí, lo sé. A mí tampoco me gusta la idea. Hice algo horrible allí, ¿qué tal que me devuelvan al bosque? O peor, ¿qué tal que me encierren? —Tenía una vena muy melodramática.
—Santa Madre, jamás podré volver a mirar a Astrid a la cara. —Woodiepie alzó la cara al escuchar el nombre de Astrid. Él respondió a su interrogante. —Es la chica que me gusta. —ella parpadeó. No entendía. —Ya sabes, eh, mi compañera. —La dragona hizo un gesto de "Aaah". —Pero ella no me quiere. —Woodiepie ladeó la cabeza, como preguntando "¿Por qué?".
Hiccup suspiró. ¿Qué por qué Astrid no lo quería? Diablos, ¿por dónde empezar?
—Pues porque hay tipos más machos que yo, como Snotlout, o más simples, como Tuffnut, o porque yo soy un nerd, o porque yo soy…— Woodiepie lo mandó volando con su cola al otro lado del claro. Tenía una mirada que claramente decía "Deja de joder". —¡Oye! ¿Pero qué te pasa?
Ella rezongó y le dio la espalda.
Peleaban como niños.
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—¿Dices que lo viste? ¿Dónde? —preguntó, casi gritó, Hiccup.
—Pues saliendo de tu propia casa. —contestó Eret.
—¿Estaría robando comida? —preguntó Astrid.
—Lo dudo mucho. Es un niño extrañísimo. Llevaba un gran hatillo de sábanas en las manos, pero no olía a pescado.
—¿Adónde fue? —preguntó Hiccup.
—Al Oeste, en dirección contraria a Raven Point. Probablemente ya debe haber cambiado su ubicación ahora mismo, ese chiquillo… —por alguna razón que nadie llegaba a comprender, encontrar a ese chico era tan importante como encontrar a un prisionero de guerra fugado. Sólo que peor.
—Ahora mismo iré a buscarlo… —dijo Hiccup, pero Astrid lo retuvo por el brazo.
—No. No lo hagas. Él vendrá solo. ¿No es así? —preguntó a Astrid, que se encontraba al fondo de la habitación, escuchando en silencio la conversación, absorbiendo en silencio cada palabra que los adultos decían. Ella tosió para disimular su vergüenza, porque justamente había pensado unirse a la búsqueda al instante.
—Eh… supongo. —tosió. —Él vendrá cuando sienta que debe hacerlo.
—Bien. —refunfuñó Hiccup. —Pero no me gusta que pase solo allí afuera la noche.
—A nadie le gusta, pero es lo que hay.
—Sí… es lo que hay… —murmuró Astrid, mirando hacia la nada.
Por Dios, ¿qué habían hecho ella y los demás? ¿Qué les costaba haberle dado un poco de cariño a su amigo?
Y más importante, ¿por qué jamás había aprovechado al chico cuando lo había tenido cerca?
Ahora, el escozor en el corazón que le provocaba su ausencia era irritante e inevitable. Y muy, muy culpable.
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Al octavo día de haber llegado al pasado, Hiccup por fin pudo convencerse a sí mismo y a Woodiepie de que necesitaban regresar a la aldea. O por lo menos, él necesitaba regresar, ella nunca había ido. Simplemente no podía seguir viviendo de pescado rostizado y agua lluvia (que por cierto, estaba sin hervir).
Necesitaba con urgencia un baño de jabón, y una jarra de Ginger Ale. Ni hablar de lo mucho que extrañaba levantarse con la alarma de su celular todas las mañanas. ¡Extrañaba la alarma de su teléfono! Tenía que estar volviéndose loco para extrañar eso.
—Vamos, Woodiepie. No podemos seguir viviendo en el bosque. Además, necesito cambiarte esos vendajes. Mira cómo están de sucios. —intentó razonar con ella, pero la dragona estaba metida hasta el fondo de la cueva y no quería salir.
Ni siquiera la suciedad de sus vendas la coaccionó. Y ella era una dragona muy limpia.
Hiccup se adentró en la cueva e intentó halarla hacia fuera, pero ella pesaba mucho y no pudo rodarla ni un milímetro.
—¡Vamos, Woodiepie! ¿Por favor?
Ella negó rotundamente con la cabeza y se pegó más a la pared de la cueva.
—Genial— resopló el chico. Se llevó las manos a las caderas y luego se desordenó la cabellera. —Mira, —y para enfatizar sus palabras se llevó las manos a la barbilla. Descubrió con horror que necesitaba una afeitada. Urgente. —Te prometo que cuando lleguemos a Berk te confeccionaré la más bonita silla de montar que jamás hayas visto. Serás la dragona con más clase de toda la isla.
Aunque la idea de una silla aún no terminaba de gustarle a Woodiepie, aquello funcionó mejor de lo que esperaba. Lo miró atentamente y se despegó un poco de la pared de la cueva.
—Y además, cuando lleguemos podrás conocer a Astrid, ¿la recuerdas? Es la chica de mis sueños. Y se podrán hacer amigas.
Tener un dragón hembra como Woodiepie, a diferencia de las otras dragonas, era como tener una mezcla entre una amiga y una hija. Difícil de tratar.
Lentamente, salieron de la cueva y se prepararon para montar el vuelo. Cuando Hiccup estuvo a punto de subir a la silla, Woodiepie lo abofeteó con su cola y entrecerró los párpados para mostrarle a las claras cuánto desaprobaba la situación. Él hizo como que no se dio cuenta de nada y amarró sus muñecas a la cuerda hecha de tela que había confeccionado.
La dragona y el jinete se lanzaron al aire y en el bosque sólo quedó el eco de un grito cargado de adrenalina.
En su primer vuelo, Hiccup y Woodiepie habían tenido varios desacuerdos: dónde colocar la prótesis, cómo nivelarse mejor para evitar una hemorragia… pero habían ciertas cosas que ni siquiera el dolor físico podía contener.
La excitación se había apoderado de ambos a medida que se iban adentrando en el cielo, la presión amenazando con partirle los tímpanos a Hiccup en cualquier momento. El viento silbaba contra sus sienes con tanta fuerza que apenas podía escuchar el aletear de las alas de Woodiepie.
Se lanzaron en una carrera hacia la nada, desesperados por hallar lo que les hacía falta en su soledad. Hiccup rio lleno de dicha y sintió el cuerpo de Woodiepie temblar bajo sus piernas. Montar a pelo no era tan malo después de todo, se dijo.
"No puedo entender por qué quiere una silla de montar", pensó Woodiepie con cierto nivel de fastidio.
—This is amazing! —gritó, antes de aferrar la sábana entre sus manos e inclinarse hacia adelante. La dragona sacó la lengua, anticipándose a la emoción, y soltó un agudo ronroneo que hizo reír a su jinete.
Hiccup salió de sus pensamientos cuando su dragona lo golpeó con una sus orejas. Rio y le palmeó la cabeza, tocándose ligeramente la barba de tres días. Definitivamente una afeitada no le sentaría nada mal.
—¡Vamos, Woodiepie! —Y se perdieron entre las nubes como una gran flecha negra, gigante y letal.
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Cuando los aldeanos de Berk veían un Night Fury sobrevolar sus casas, estaban acostumbrados a que fuera su jefe el que lo montara. Una pequeña sombra azabache siempre moviéndose en el cielo como un dardo, en constante amenaza a la gente en tierra. No obstante, aquella vez Toothless se hallaba a una distancia decente ayudando a reparar el techo de una casa.
Así que, al en caer en cuenta de aquel hecho, todas las cabezas salieron disparadas hacia arriba, atónitas. Empezaron a murmurar, a cuchichear y gritar señalando hacia las nubes, sin poder dar crédito a lo que veían. ¿Otro Night Fury? ¿Sería posible?
—¡Night Fury!
—¡Abajo!
No se perdían las viejas costumbres.
Hiccup aterrizó poderosamente en tierra y le quitó a Woodiepie la cuerda hecha de sábanas de alrededor del cuello. Se veía horrible, porque estaba rota y además estaba llena de sangre, pero eso sólo aumentó la aprensión de los aldeanos.
—Ya está. Te la quité. —ella meneó el cuello con gusto y rio quedamente.
Hiccup le rascó la cabeza y se dirigió a la casa Haddock ante la mirada atenta de todo el pueblo. Le empezó a arder la nuca por la cantidad de miradas puestas en él. Se inclinó un par de veces ante unos ancianos, otras ante ciertas gentes que sabía eran importantes en la tribu y siguió caminando, fingiendo que no le importaba ser el centro de atención, cuando la verdad era que sentía como si lo estuvieran martirizando. ¡¿Es que no podían ver otra cosa?!
Genial. Ahora es peor que en la escuela. Qué suerte la mía.
Hiccup tuvo que llevarse una mano a la boca para cerrársela. ¡Su otro yo! ¡Y con otro Night Fury! Diablos, tuvo que reconocerlo, el chico era bueno si se lo proponía.
Astrid dejó escapar un gritito de felicidad. ¡Hiccup había vuelto! Incluso le pareció como si las heridas recientes que se había hecho los días anteriores, cuando había intentado entrenar con el hacha de Astrid, dejaran de dolerle. Santo Dios, ¿qué me pasa? Rápidamente, intentó buscar una excusa y se refugió en lo más seguro. ¡Debe ser el complejo de culpa, eso es!
Woodiepie agachó la cabecita al llegar a la aldea, sintiéndose apabullada al ser el centro de atención. Todos los dragones hembras de la aldea tenían sus ojillos fijos en su cuerpo pero, más que nada, en su herida. Podía oírlas murmurar entre sí todo tipo de cosas.
¿Estará bien?
¡Mírala, está sangrando!
Viene con el Mini Jefe, ¿por qué todos los Night Fury quieren estar al mando de todo?
Siempre y cuando no se coma mi pescado todo estará bien.
Los últimos comentarios la irritaron hasta los huesos.
Los amigos de Hiccup se reunieron en torno a él, exaltados por volverlo a ver, mientras Woodiepie le iba a la zaga, alzando la cabeza para enfrentar todas las miradas de los aldeanos. Caminó como toda una dama de la alta sociedad, de forma pausada y alzando las patas.
Toothless no la había visto aún. Dejó de mirar al joven Hiccup, reunido otra vez con sus colegas, para ver lo que los demás aldeanos miraban, y se supo perdido para el resto de su vida.
Fue de efecto inmediato.
Quedó como un tonto, con la mirada ida y la lengua fuera. Incluso dejó escapar lo que pudo haber sido un suspiro.
—¿Pero y a ti qué te pasa? —le preguntó Hiccup con burla mal disimulada.
Ella lo miró primero con sorpresa, luego con desprecio. Le gruñó y se tornó agresiva de un momento para otro. Toothless la miró con curiosidad y embeleso, Woodiepie volvió a gruñir, le enseñó los dientes y atacó.
—¡Woodiepie!
—¡Toothless!
Es natural que las hembras Night Fury ataquen al macho la primera vez que lo ven, para marcar su territorio y dominarlos. A Woodiepie le importaba una mierda que Toothless fuera el macho alfa, que estuviera prendado de ella, o que fuera el dragón más amigable en los próximos kilómetros a la redonda. Ella era la hembra, ella era la que atacaba. Y, sobre todo, ella era la que mandaba.
Las Astrid del mundo estarían muy orgullosas de ella.
Hiccup trató de ayudar a su amigo, pero la dragona se lo impidió. Intentó razonar con ella, desviar su atención y un sinfín de cosas más, pero de alguna manera Woodiepie parecía empeñada en hacerle la vida imposible a Toothless. En una de esas, se acercó demasiado a ella y Valka tuvo que alejarlo en el momento preciso para que la dragona no le saltara a la yugular también al pobre vikingo. El castaño tampoco podía entender cómo es que Toothless no se defendía en absoluto. Simplemente se dejaba morder y rasguñar salvajemente por la Night Fury, como si no le importara lo que le estuviera haciendo. Incluso tenía los párpados caídos, como si la situación le resultase de lo más aburrida. James Dean le habría sugerido que se fumara un cigarro.
Luego de unos segundos, Woodiepie paró. Se alejó tambaleándose del macho, aturdida aún por la cantidad de adrenalina que le había recorrido el cuerpo. Se lamió la cara para acicalarse y le dedicó una mirada de disculpa a Hiccup por haberlo "avergonzado" en público.
Los aldeanos no daban crédito a lo que veían sus ojos. En nombre de Thor, ¿es que ese animal estaba loco? ¡Nadie enfrentaba a Toothless y salía vivo! Y lo decían porque usualmente el instinto suicida del dragón y su jinete era a prueba de tontos y de, básicamente, la muerte misma.
"¿Terminaste?", preguntó Toothless a Woodiepie. "Diablos, chica, me destrozaste una oreja."
Ella miró hacia otro lado, molesta por haberse dejado llevar de aquella manera por sus impulsos. "Pues esa era la idea".
"Eventualmente terminaré gustándote". Ella lo ignoró y trotó débilmente hacia su jinete, respirando como si el solo hecho de estar viva le costara horrores. Sacudió la cabeza y trató de enfocar la vista, pero sus sentidos le fallaban. Su cuerpo le fallaba.
Miró aterrada a Hiccup.
"¡Hiccup, ayúdame!" gritó.
—¿Qué diablos le pasa a tu dragón? —exclamó Hiccup, señalando a Woodiepie. Toothless estaba al lado de ella, tocando su costado con su cabeza, olisqueándola.
Miró al adolescente y sus pupilas se convirtieron en apenas una fina línea.
"¿Pero qué haces ahí? ¡Ven y sálvala!"
—Yo… yo… no lo sé. —Woodiepie, aun con el dolor, gruñó y se interpuso entre ambos hombres. Enseñó los dientes al adulto y protegió tras ella al joven adolescente, que enrojeció cuando notó que el pueblo había hecho un corro en torno a ellos.
Los dos Hiccup. Los dos Night Fury. Y muchas palomitas de maíz.
—Woodiepie, no seas grosera. —amonestó Hiccup, y entonces notó que el torniquete que le había hecho en el abdomen a la dragona había empezado a sangrar. Seguramente por haberse peleado con Toothless. —¡Woodiepie, estás sangrando! Mierda. Ven conmigo.
Arrastró a la dragona (porque ella apenas podía estarse en sus cuatro patas) con ayuda de Toothless hacia la casa Haddock y cerró con fuerza la puerta tras su espalda.
Sus amigos se miraron los unos a los otros e hicieron lo propio en menos de lo que canta un gallo.
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—¿Por qué haces tanta mierda, eh? —preguntó Hiccup a Woodiepie mientras desinfectaba la herida por última vez y volvía a hacerle otro torniquete.
La dragona lo ignoró olímpicamente, pero tuvo la precaución de enviarlo volando al otro lado de la habitación con un movimiento de su cola. Definitivamente, era su movida favorita.
—Ahora sí, ¿serías tan amable de explicarnos qué diablos pasó allí afuera? —preguntó Astrid entrando a la casa. La dragona sonrió ampliamente a la embarazada y le sacó la lengua, con su típica sonrisa desdentada.
Hiccup se levantó y volvió hacia Woodiepie, fulminándola con la mirada.
"Gracias". Le lamió la cara. Hiccup se apartó de ella, asqueado, limpiándose la baba de la ropa y procurando quitarse los restos de saliva de su barba de tres días. Fulminó a los gemelos con la mirada, pero ellos ni se inmutaron y siguieron riéndose de él.
—No tengo ni puta idea. —dijo el joven, recibiendo el trapo que Astrid le había prestado y agradeciéndole con la mirada. —Si ustedes no saben, yo menos. Pensé que esto era de todos los días, ya saben, cosas de dragones y así.
—Pues no. Estamos tan perdidos como tú. —dijo Hiccup. —Jamás había visto a Toothless comportarse así. Él siempre se defiende. —Miró a su amigo, que se lamía el sobaco en el rincón de la sala, y negó con la cabeza. Algo le decía que a Toothless le seguirían muchos días de estupidez congénita por culpa de ese dragón. — A propósito, ¿por qué eres tan mal hablado?
—Cuando era pequeño tuve un profesor de matemáticas que era muy mal hablado. Era de Estados Unidos. Me enseñó un poco de inglés.
—¿Estados Unidos? —preguntó, perdido. —¿Inglés? —Demonios, esos muchachos hablaban en un código secreto. Y diablos, él empezaba a sonar como un anciano recalcitrante.
—Un país al otro lado del mundo. —respondió Hiccup.
—Por el fantasma de Odín, tengo que ver eso antes de morir. —dirigió entonces su atención al torniquete que Hiccup le estaba haciendo a Woodiepie. —¿Inglés?
—Digamos que puedo hablar con los sajones de la isla de al lado. —zanjó el tema y procedió a lavarse las manos con el jabón de hierbas que Astrid le había conseguido.
—¿Qué le sucedió? —la rubia señaló a la dragona tendida al otro lado de la sala, que los miraba a todos con una expresión expectante, como si esperara que algo horrible pasase. —Es un él, ¿verdad?
—Una ella. ¿No ves cómo tiene el cráneo más pequeño y afilado que Toothless y sus alas son más grandes? —señaló Hiccup. Los demás la analizaron y ella volvió a exhibir su sonrisa desdentada.
"Esta gente no es tan mala después de todo" comentó Woodiepie. Toothless la miró de reojo mientras seguía en lo suyo.
"¿Por qué elegiste al más pusilánime de todos ellos?". No es que Hiccup le cayera mal, pero vamos, había notado que el chico era un asustadizo bebé. Ni siquiera su jinete había sido así en un principio. Woodiepie le siseó y afiló la vista.
"Desde que fue capaz de salvarme la vida él solo, no es ningún pusilánime. Se merece todo nuestro respeto". Y lo ignoró, negando con la cabeza. Ese comentario le había restado millones de puntos al dragón azabache.
—Tenía una estaca clavada en el costado. Unos días más y habría muerto. —lo dijo con tal frialdad que a todos se les heló la sangre. Un poco más y la especie de Toothless se habría extinto. —Listo. Puedes levantarte. —Woodiepie caminó por la sala, probando el nuevo torniquete, y al parecer se sintió satisfecha pues se retiró a descansar.
—¿Cómo la encontraste? —le preguntó Astrid mientras el castaño se iba tras un biombo en la cocina para afeitarse con tranquilidad.
—Yo diría más bien que nos encontramos ambos. —aclaró Hiccup. —Escucha, quiero disculparme por lo de… —se dirigió a Hiccup.
—No tengo la más mínima idea de lo que estás hablando. —lo cortó en seco. No quería que el chico se rebajara de ninguna manera. Y, en cierto modo, lo entendía.
—Sabes de qué estoy hablando.
—No, no lo sé.
—Sí, sí lo sabes.
—Que no.
—Que sí.
—Que no.
—Que sí.
—Que no.
—¡Me van a volver loca, por Thor y las Valkirias! Cállense y alístense para cenar. Woodiepie, hasta que tu herida no haya sanado dormirás aquí al lado de la chimenea. Toothless, en el granero tienes una canasta fresca de pescado. —dijo Astrid. Un dolor acuciante en su panza la obligó a sentarse. Su marido la ayudó a servir la cena y los adolescentes se despidieron los unos de los otros, algunos acariciando a Woodiepie y otros jugando a las luchas con Toothless.
Media hora más tarde, los Haddock estaban compartiendo una rica cena en compañía de Valka, quien más bien estaba cenando al lado de la dragona, que daba muestras de llevarse bien con cualquier miembro del sexo femenino independientemente de quién fuera.
—Mamá, ¿podrías sentarte a la mesa? Mira nada más el mal ejemplo que le estás dando a tu nieto. Erik, siéntate a comer, se te está enfriando la comida. —riñó Hiccup. Erik no le prestó atención a su padre y siguió corriendo alrededor de la mesa. —¡Erik Stoick Haddock II! ¡Siéntate y obedece ahora mismo! —inmediatamente, el niño dejó de sonreír y se aproximó a su sillita de madera, con la cabeza gacha.
Astrid le sonrió con orgullo. Diablos, cómo amaba a ese hombre.
Sabía que gritar no era lo de él, pero a veces Erik lo ameritaba.
Valka rio ligeramente y se acercó a la mesa, se sentó al lado de Hiccup y le dio viaje a la comida. Él se tensó como la cuerda de un arco ante la cercanía de su madre (bueno, de la madre de su otro yo) y alejó la silla un poco. Para nadie pasó desapercibido aquel hecho.
—¿Sucede algo malo, querido? —preguntó ella. Su voz destilaba cariño puro y duro. Aquel niño le inspiraba tanto dolor y furia que le daban ganas de asesinar a aquellos que lo habían herido. Y no era la única. Hiccup y Astrid habían comentado entre ellos aquel problema. Querían ayudar al chico, pero él no dejaba que nadie se le acercara. O huía, o ponía malas caras y muecas. Parecía más herido y hostil que la mismísima Woodiepie. Una prueba era que apenas estaba tomando su primera cena en el pueblo, junto a ellos.
Había preferido el bosque antes que a ellos, sus ancestros.
—No… no hay ningún problema. —apartó la mirada. Las esmeraldas rehuyeron las esmeraldas.
—Puedes decirme mamá. Después de todo, eres mi hijo en otro tiempo, ¿no? —lo tocó en el hombro y él saltó en la silla como si le hubiera quemado.
—¡No me toques! —estalló. Las imágenes vinieron otra vez a su mente. El hospital, las lágrimas en el rostro de sus padres, las noches en vela y, por último, el doctor apagando la máquina…
Erik y Gunne prorrumpieron en llanto. Ambas Astrid los levantaron y decidieron darles a los Haddock un tiempo a solas para hablar.
—Vamos, querida. No llores. Vas a ver que cuando terminen de hablar todos estarán riendo a pierna suelta. —aseguró Astrid a la menor, que tenía los ojos acuosos porque sabía a qué se debía la actitud agresiva de su amigo, y subieron las escaleras.
—¿Qué pasa, corazón? ¿Qué sucede? —preguntó Valka, con los ojos cristalizados. Hiccup respiraba como si hubiera corrido una maratón.
¿Por qué su vida precisamente tenía que ser tan jodida? ¿Por qué él? ¿Por qué no otro?
—Tú no existes en mi tiempo. —escupió, lleno de resentimiento.
Valka sintió como si le hubieran atravesado el corazón con un hierro candente.
—¿Qué? Eso no es posible… —rebatió Hiccup. Su yo joven lo calló con una mirada severa que no daba pie a réplicas.
—Venías del zoológico de Copenhague, donde trabajabas ayudando animales heridos, cuando un hijo de puta armado te perforó un pulmón por el dinero en tu cartera. Ni papá ni yo nos lo hemos perdonado jamás. Intentamos salvarte pero… pero… los malditos del hospital no hicieron nada y… —Sólo entendieron lo indispensable, y sintieron una amargura tan profunda que sus corazones bajaron al infierno y regresaron.
¡Por Loki y el Ragnarök! ¿Es que acaso la vida de aquel chico podía ser más dura?
Cuando le buscaban la vena depresiva se la encontraban, sí señor.
Una voz en la cabeza de Hiccup gritó "¡YA BASTA!". Y al parecer no fue el único. Miró a su madre y ella le devolvió la mirada más resuelta que jamás le había visto en la cara.
—Suficiente. No estoy dispuesta a tolerar esto por más tiempo. Ven aquí, hijo. —Lo atrajo a sus brazos y dejó que las lágrimas del adolescente empaparan su pechera. —Ven tú también. —señaló a su otro hijo y los tres permanecieron abrazados largo tiempo.
Eran solo ellos contra el mundo.
Toothless se apareció por allí y respiró sobre Hiccup para darle apoyo moral. Woodiepie hizo otro tanto.
Astrid los observaba llorando desde el vano de las escaleras, y Astrid ahogó un gemido mordiéndose los labios.
El destino era algo curioso. A unos les disponía la mejor crema, y a otros, bueno, los arrastraba por la mierda. Era cuestión de ver qué te tocaba.
—Mami, ¿por qué hermano llora? —preguntó Erik, nervioso. No le gustaba ver llorar a la gente.
—Porque está muy triste, amorcito. —le dijo Astrid la joven, acariciándole el cabello.
—¿Tú también estás triste, hermana? —de repente Erik tenía muchos hermanos.
—Un poco, sí.
—Todo estará bien. —la consoló Astrid.
—Ojalá. —deseó la rubia menor.
"Porque no sé cuánto más pueda seguir así".
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Al día siguiente, Hiccup se levantó sintiéndose extrañamente feliz.
Acostumbrado a madrugar, abrió los ojos cuando la noche era aún cerrada y respiró el aroma a rocío, metal y madera que lo rodeaba. Recordó las noches en las que se quedaba trabajando hasta tarde en la fragua y sonrió con melancolía.
Se cambió con las ropas que Hiccup le había dado la noche anterior, un suéter verde con sobretodo negro y un pantalón marrón con botas de piel. Frunció la boca. Tendría que trabajar en eso, porque francamente esa ropa no le gustaba.
"Tiene más estilo que tu ropa de nerd. Acéptalo", dijo una voz en su cabeza, pero ni siquiera eso pudo bajarle el ánimo.
Bajó y encontró la casa en absoluto silencio. Calculó que serían como las cuatro y media de la mañana. Miró a Woodiepie, que dormitaba junto a los restos de leña en la chimeñena, y se dirigió a la cocina. Tostó unos pedazos de pan, les untó grasa y comió sintiéndose pleno.
Incluso respirar se sentía diferente.
¿Qué diablos le pasaba? ¿Acaso la catarsis en el mundo vikingo sí tenía un efecto liberador? Porque los terapeutas de Copenhague habían intentado cualquier tipo de métodos con él, y nada había funcionado.
"La familia es la mejor terapia, pero tu padre es tan terco que no quiere hacerme caso", le había dicho Gobber alguna vez.
Y tal vez tenía razón.
Pero Hiccup, como siempre, no se lo había tomado en serio y lo único que había dicho fue: "Desciende de vikingos. Tiene problemas de terquedad".
Su padre estaba demasiado ocupado con su trabajo, sus amigos y cualquier otras estupideces que Hiccup no quería ni deseaba entender. "En cuanto termine la escuela y entre a la universidad, desapareceré… desapareceré de su vida", se decía siempre. Ahora no estaba tan seguro de querer dejar sola a una de las pocas personas que sabía lo amaba, a su manera, pero lo hacía.
Empezó a fritar algunos trozos de carne de yak y Woodiepie se despertó con el olor. Hiccup le dedicó una amplia sonrisa y le lanzó un trozo. Ella lo pilló al vuelo y él rio como nunca.
—¡Eso es, chica! —ella sacó la lengua, satisfecha.
"¿Qué es esto? ¡Se siente diferente!" pensó la dragona, gustosa. Era la primera vez que veía a su "nene" feliz, y le agradaba la sensación.
Terminaron de comer entre risas, muchas babas, juegos y llaves a las caderas, y se dirigieron a la fragua en un santiamén.
Woodiepie respiró plasma y encendió la forja, y Hiccup estaba a punto de ponerse manos a la obra, cuando pareció notar algo.
Miró atentamente a Woodiepie y ella ronroneó, inclinando la cabeza como un pajarito.
—¿Qué es lo que acabas de hacer, chica? —ella se encogió de hombros, dando a entender que había hecho "lo de siempre".
—No, no, no me refiero a eso. —se llevó las manos a la frente en plena desesperación y luego hizo ademán de echar a correr a la trastienda de la fragua. —Miró a Woodiepie con ansiedad. —No-te-muevas. —ella asintió y lo escuchó trajinar tras ella de un sitio tras otro, mientras encendía velas, buscaba papeles y básicamente invadía el espacio personal de Hiccup.
Entonces, el adolescente se apareció con una gigantesca hoja de papel que rezaba una sola palabra: Plasma.
—Esto. Esto es lo que estoy buscando. Desde que tengo once años, he dedicado mi vida a este proyecto. Si lo consigo, seré uno de los científicos más grandes de la historia. Estaré al nivel de Tesla, de Einstein, de Newton… —Woodiepie ladeó la cabeza y lo miró como si se hubiera vuelto loco.
Facepalm.
¿Has perdido la cabeza? ¡No puedes explicarle ciencia a un dragón!
La cuestión era básicamente una: Hiccup necesitaba obtener el plasma que Woodiepie producía cuando respiraba fuego. Por eso había construido aquellas bobinas. Por eso la universidad de Copenhague andaba pisándole los talones.
Siguió dándole al tema: El problema del plasma era que no existía tal como se creía, sino a un nivel puramente eléctrico
Si tan solo hubiera sabido que los Night Fury existían años atrás… pero entonces desechó aquel pensamiento egoísta. Woodiepie no existía solo para ayudarle por el bien de sus proyectos, ella era su amiga. De momento, la única persona en la que podía confiar.
Vio de reojo a Woodiepie y notó que se rascaba suavemente la panza con las patas traseras. Rodó los ojos. Dios, esa dragona todo lo hacía con estilo.
Bueno, le sobra lo que a ti te falta.
Siguió pensando.
No tenía electricidad en esa época. Estaba sencillamente jodido. Aunque estaba acostumbrado a trabajar con poca luz en la fragua, no podía decir lo mismo de la casa. Y no podía andar holgazaneando mientras estuviera en Berk. Tendría que adelantar su trabajo sobre el Plasma, pero, ¿cómo?
—¿Cómo podrás ayudarme, chica? —se preguntó, mirando fijamente a la dragona.
Poco a poco, fue dejando el tema de lado y se concentró en cosas más importantes.
Fundió grandes trozos de metal para hacer una silla baja a dos mandos y luego se dio a la tarea de coser la montura.
Pasadas las cinco y media, había hecho el diseño básico y tuvo la oportunidad de probarlo en la dragona.
—Veamos qué tal te queda. —Apenas ella sintió tensarse la última correa, acomodó las patas y ni siquiera dio tiempo a Hiccup para acomodarse cuando se lanzó hacia el aire como un dardo, cortando el aire frío de la noche, dando vueltas, subiendo, bajando y buscando la mejor corriente de viento.
—¡Eso es, nena! —gritó Hiccup, riendo de júbilo mientras cabalgaba con ella el mar de la isla.
El viento silbó en los oídos de Hiccup a medida que subían más y más en el aire. Decidió soltar los mandos un par de veces para ir agarrando más confianza con Woodiepie y se carcajeó al notar que las manos apenas y le temblaban, y eso, del frío.
De pronto, Woodiepie frenó en seco y agudizó el oído. Sus pupilas se dilataron, un par de diamantes negros en medio de la oscuridad. Siseó y gruñó hacia las tinieblas, como si algo los estuviera acechando desde allí. Enseñó los dientes y se preparó para embestir en cualquier momento.
Hiccup trató de calmarla, pero ella sólo intentó morderle la mano.
—¿Qué pasa, chica? ¿Qué hay allí? —Hiccup alzó la mirada hacia el horizonte, tratando de distinguir algo además de las estrellas, pero la falta de luz se lo impidió.
"¡No es hora de 'chica', Hiccup, hay que salir de aquí ya!" pero ambos, tanto dragona como jinete, estaban paralizados.
No del miedo, aquella etapa ya la habían superado hacía aproximadamente cuatro o cinco días, sino de la curiosidad. Ambos eran tan curiosos como un gato. Y pronto se caerían del tejado si seguían así.
Hiccup tuvo un mal presentimiento.
—Mejor demos la vuelta, preciosa. No hay nada aquí que… —se detuvo abruptamente cuando algo pasó zumbando justo junto a su cara y le abrió una herida en la mejilla. Siseó al sentir la sangre empapándole el lado derecho del rostro.
Se emputó. No había nada ni nadie capaz de arruinarle el buen día que iba a tener.
—¿Quién está allí? —exclamó. Oyó un aletear en la distancia. —¿Sabes qué, Woodiepie? No me molestaría si le dispararas una buena ración de fuego a lo que sea que nos haya estado espiando… —ella asintió, y se preparó. Cuando lanzó el fuego, en vez de obtener la iluminación que desearon, sólo se encontraron con que la bomba de Woodiepie había chocado con otra, que los lanzó hacia atrás en medio de una bocanada de humo. Fue una llamarada de menor calibre y carente de plasma, pero igualmente letal.
Empezaron a perder altura.
Hiccup se precipitó hacia el mar, con sus pestañas curiosamente calientes y su ropa hirviendo. Los restos de su camisa se quedaron atrás y volaron, convirtiéndose en pequeñas cenizas brillantes en la distancia.
Mierda.
Y ni siquiera eso le iba a arruinar el día.
Woodiepie se lanzó tras su humano y él montó su dragona en el aire. Tras estabilizarse, se dirigieron hacia la aldea, cortando los cielos, procurando alejarse del sitio lo más rápido posible.
Volaron hacia la isla, y Hiccup dirigió una última mirada hacia el lugar donde había estado.
¿Qué diablos estaba pasando?
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—¿Qué te pasó en la cara? ¿Dónde estabas? —le preguntó Astrid apenas lo vio, llegando a la aldea, sin camisa, chamuscado, con el pelo tieso y los pantalones rotos. Supo que no auguraba nada bueno y se temió lo peor. Un terrible dolor en su pecho le cortó la respiración durante unos segundos, y ella se dio unos cuantos golpes para restablecerse. ¿Qué rayos…?
El sol despuntaba en el cielo y teñía las nubes de rosado. Los aldeanos empezaban sus tareas, algunos hasta felicitaban a Hiccup por haber ganado su primera "herida de guerra", otros le preguntaban cómo le había ido su primera pelea. Porque saltaba a la vista que era una herida hecha por una flecha. Lo que nadie llegaba a entender era por qué casi había perdido las pestañas. ¿Quizás había tenido algo que ver con la parienta de la esposa de su primo, Astrid? Porque se notaba a las claras que era un poco agresiva.
—Como podrás ver, no tengo ni idea. —la llevó aparte, a la trastienda de la forja, para que Gobber no los escuchara. Lo que ellos no sabían era que el vikingo los tenía vigilados hasta los dientes. —Estaba volando con Woodiepie, y fui atacado por un desconocido.
Astrid tragó en seco cuando él cerró la puerta tras de sí y se quedaron a solas. Una irritante gota de sudor recorrió el valle entre sus pechos cuando lo detalló ahora que andaba de aquí para allá, sin camisa.
Diablos.
El trabajo le venía como anillo al dedo.
No era un hueso de pescado parlante, o alguna estupidez semejante. Incluso se las había arreglado para sacarse unos abdominales de lo más decentes. Los músculos de sus bíceps estaban bien definidos y los huesos de su pelvis se recortaban contra sus caderas, cubiertas apenas por el pantalón chamuscado.
Estaba muy… pero muy bien.
¡Jesus, Astrid! ¿Qué pasa contigo? ¿Desde cuándo te fijas en Hiccup? Es más, ¿desde cuándo te fijas en nadie?
Astrid se abanicó cuando él se dio la vuelta. Fue peor, porque pudo ver cómo se movían todos los músculos de su espalda, nudosos y llenos de nervios. Eran aún más impresionantes.
¡Contrólate!
Hizo un esfuerzo por hablar coherentemente.
—¿De aquí, de la tribu? —él se encogió de hombros.
—No lo sé, no le vi ni un pelo. Esto me da mala espina.
—¿Por qué?
¡Por Dios, ponte una camisa ya!. Como caída del cielo, él abrió unos cajones empotrados a la pared y sacó una túnica negra que ya había pasado a mejor vida. Astrid liberó su tensión y volvió a respirar. ¿Desde cuándo había dejado de respirar?
—¿No crees que es algo extraño que solo me haya pasado a mí? ¿Y a esas horas? —ella pareció sopesar la idea.
—¡Sí, claro! Tiene sentido. ¡Es como una advertencia!
—Mierda. —él se dio la vuelta y se desordenó el cabello.
Bueno, te odiaban en la escuela. Es lógico que te odien aquí también. Hiccup oyó cómo le decía con amargura la voz en su cabeza.
—Alguien te odia. —él rodó los ojos y suspiró.
—¿Por qué siempre tiene que haber alguien que me odie? Todo el mundo aquí quiere a mi otro yo.
—Honestamente, Hiccup, si lo pienso bien, no creo que sea alguien de la isla. —dijo Astrid.
—¿Por qué lo dices? ¡Puede ser quien sea! ¿No crees que tus conclusiones son muy apresuradas?
—No, por el sencillo hecho de que aquí eres el primo del Jefe. Eso te amerita al instante el aprecio de todo el pueblo. Créeme. Estos vikingos son sinceros, Hiccup.
—¿Qué hago?
—No lo sé.
—Por el momento me mantendré la boca callada. No quiero crear problemas.
—¿Estás seguro? —la idea no le gustaba mucho a Astrid. Si hubiera sido ella, ya hubiera hablado con Hiccup, pero bueno, tenía que respetar su decisión.
—Totalmente.
Más tarde se arrepentiría de haber dicho aquello, pero él jamás había sido reconocido por su buen juicio.
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—¿Qué te pasó en la cara? —preguntó Hiccup a su yo menor. El aludido sólo rodó los ojos y contestó con desgana.
—Quise hacerme un piercing en la fragua, pero fallé masivamente. Necesito una antitetánica. —dijo sarcásticamente, señalando su prótesis.
—¿Qué es…? —inquirió Hiccup.
—Una inyección diseñada precisamente para prevenir lo que me pasó en la pierna.
—Ah. ¿Y qué es…?
Hiccup lo calló con un gesto que daba a entender que no quería dar más información.
Hiccup hizo una O con la boca y luego señaló a Woodiepie, que luchaba contra sus impulsos para no perseguir una mariposa. Simplemente estaba sentada observándola, con ambas patas delanteras cruzadas, como la damita que era. —Sabes, es bastante absurdo pensar que te hayas roto así la cara considerando el buen trabajo que hiciste en tan pocas horas.
—¿Verdad que sí? Y eso que estoy poco acostumbrado a trabajar sobre la marcha. —el chico empezó a caminar hacia su dragona para montar el vuelo otra vez y Hiccup rio con plena felicidad.
—Cuando te sientes bien no hay quien te pare, ¿cierto?
—Esa es la idea. —le guiñó un ojo y desapareció entre las nubes junto a su dragona.
"Es injusto que un chico tan inteligente y agradable sea tan menoscabado", pensó Hiccup. "Sé que me está mintiendo, pero eventualmente todo se arreglará".
—Ahora, ¿qué demonios es un piercing…? —la incógnita no lo iba a dejar tranquilo, lo sabía.
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Los adolescentes formaron una V en el cielo con sus dragones y atravesaron la isla con pasmosa rapidez, haciendo temblar los tejados de las casas que dejaban a su paso. Los aldeanos alzaban la cabeza y vitoreaban a tan poderoso grupo que pasaba por sobre ellos.
En poco tiempo, los chicos se habían sumado exitosamente a la comunidad.
Pocas horas después del incidente, Hiccup había descubierto que el vuelo le sentaba mejor que el descanso a Woodiepie, así que se la pasaba casi todo el día arriba con ella.
La Night Fury avanzó por el cielo en el centro del grupo, poderosa como nunca. Estaba recuperando sus escamas otra vez.
Con Astrid a su derecha, a lomos de su Deadly Nadder llamada Fireclaw; Snotlout a su derecha, sobre su Monstruous Nightmare , un macho al que llamó Bloodspeaker; los gemelos un tanto más allá cabalgando un zippleback de dos cabezas, cuya una recibía el nombre de Dirt y la otra Dart, y por último Fishlegs, sobre un Gronckle cría de Meatlug que había bautizado como Crabface, Hiccup se sentía pleno, con gente que lo quería por lo que era, sin la sombra de la tristeza persiguiéndolo a cada segundo de su vida.
Así era lo que se sentía ser feliz.
De un momento para otro, le dieron ganas de hacer una locura, así que se levantó de la montura y cabalgó a Woodiepie en pie.
—¿Pero qué diablos haces? —gritó Snotlout. Si llegaba a casa con su primo muerto su padre lo mataría.
Y era verdad. Cuando Hiccup había nacido, es decir, unos años después de él, su padre Spitelout le había encargado la responsabilidad de cuidar y velar por el bienestar de su primo. Jamás lo había hecho bien, eso no hacía falta decirlo, pero ahora quería hacer las cosas como eran debidas. Aún le gustaba burlarse de él y hacerle la vida imposible, pero eso de dejarlo sin compañía, pudriéndose en su soledad, había dejado de parecerle tan divertido como antes.
—¡No tengo idea! —gritó Hiccup a través de su casco, hecho de acero puro con tiras de cuero. —¡Yeehaw! —Y se lanzó al vacío.
Astrid rio histéricamente y luego gritó el nombre de Hiccup con desesperación. ¡Estaba loco!
Pero Woodiepie conocía la maniobra. Entrecerró los párpados y resopló.
Aficionado.
Se lanzó en picada tras su jinete, rompiendo la formación, y no tardó en ponerse a su nivel. Le dio una sonrisa desdentada.
Siguieron cayendo y, al último momento, él montó otra vez y se alineó con los demás.
Estaba sudando y respiraba trabajosamente, pero sonreía como nunca y se notaba orgulloso de sí mismo.
—Yo que ustedes lo intento.
—No necesito que me lo digas dos veces. —le contestó Astrid, y al instante corrió sobre Fireclaw, dio una voltereta sobre ella, hizo un saludo militar y desapareció entre las nubes.
Fireclaw resopló justo como Woodiepie. Los humanos eran tan predecibles… Rio y fue tras Astrid.
—¡Booyah! —gritaron los gemelos antes de hacer otro tanto.
Fishlegs era más comedido. Al principio se negó, pero eventualmente terminó haciéndolo, con más éxito incluso que Snotlout, que terminó golpeándose la cabeza contra la de su propio dragón y obtuvo una concusión menor.
Regresaron a la aldea cubiertos de sudor y lágrimas de risa.
La alegría se respiraba por todos lados. La felicidad de Hiccup era pegajosa.
Sólo que no duraría mucho.
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Erik Stoick Haddock II era un niño sencillo. Le gustaba babear a las personas, pero aquella era la única maña que tenía.
No le parecía extraño de repente tener dos hermanos en la familia. De hecho, le gustaba. Hermana Astrid siempre lo cargaba y le hacía carantoñas, le daba la comida y jugaba con él cuando no se encontraba fuera.
Hermano Hiccup, por otro lado, era diferente. No lo tocaba casi, pero era su favorito. Era su modelo a seguir. Quería ser tan alto como él, tan interesante, tan inteligente y valiente. Sobretodo alto.
De momento, tenía que contentarse con jugar con Toothless. En la casa.
Estaba arrastrando a su hermana Gunne por un brazo y la nenita iba limpiando el suelo de la casa con sus pañales de tela cuando entraron ambos adolescentes a la casa, muertos de la risa y cubiertos de sudor.
Hiccup se quitó su casco y lo dejó en la mesa.
Hacía dos días del incidente, y la herida en su mejilla había empezado a sanar. La cicatriz que le quedaría no sería bonita.
"Un poco más y hubiera sido igual a ésta", le había dicho su otro yo, mostrando una herida en su barbilla.
"La tengo del otro lado", había sido su respuesta. "Me la hice afeitándome".
Definitivamente las semejanzas eran impresionantes, cuando mucho escalofriantes.
—¡Hermano! —gritó Erik, y corrió hacia el adolescente. Hiccup perdió la respiración cuando Erik se colgó de su cuello y empezó a balancearse sobre él como si no hubiera un mañana.
—¿Y para mí no hay saludo? —preguntó Astrid, llevándose los puños a las caderas.
Erik sonrió ampliamente y le lanzó gran beso. Luego, salió corriendo y se llevó a Gunne junto con él, arrastrada por el pañal.
—¿Hay alguien en casa? —preguntaron a la nada, y de la cocina salió Valka con una gran sonrisa.
—Hice albóndigas para la cena. ¿Alguien quiere? —Hiccup los había advertido sobre la desastrosa cocina de su madre. Astrid y él se miraron y decidieron que se estaban moviendo sobre terrenos poco sólidos.
—Eh… verás… nos encantaría comer albóndigas contigo pero…
—Sufrimos una grave alergia…
Ella no le tomó ninguna importancia y dijo que entonces así tendría más para ella. Se quitó el mandil de lino y salió de la cocina.
—¿Dónde están los demás?
—Salieron a dar un paseo y me dejaron a cargo de los niños, incluyéndolos a ustedes. —Erik pasó por allí y su abuela aprovechó para empezar el juego del gato y el ratón.
En el segundo piso se armó un escándalo.
Astrid y Hiccup se quedaron a solas.
"Shit. ¿Y ahora qué hago? ¡No tengo nada de qué hablar con ella!", pensó el chico.
Un silencio incómodo se instaló en la habitación. Hiccup se rascó la nuca, azorado. Estaba solo con la chica de sus sueños y no tenía nada que decirle. ¿Qué tan patético podía ser eso?
Astrid tosió ligeramente y de un momento para otro le dio un puñetazo a Hiccup en el brazo.
—Eso es por haberme asustado hoy. —se refería a cuando, volando a mil metros de altura, el instinto suicida de Hiccup le había gritado "¡Lánzate al vacío!" otra vez, pero le había pedido a Woodiepie que no lo fuese a buscar.
Como es la costumbre, los había sorprendido. A unos metros de estrellarse contra las olas, había extendido enfrente de él dos varas de hierro que unió para formar una sola y luego conectó a su espina dorsal activando una serie de pasadores de acero que a su vez iban sacando placas de metal, antes escondidas, que lo ayudaron a planear, como una armadura ligera. Ningún ingeniero aeronáutico habría estado más orgulloso.
Pero bueno, era el diseño de un planeador que él había diseñado para un concurso organizado por la Fuerza Aérea.
Woodiepie lo había felicitado, tanto así que casi le quema las pestañas con una gran bocanada de fuego mezclada con plasma.
—¡Auch! ¡Astrid, qué diablos! Es la segunda vez que lo haces, ¿vamos a continuar así? Porque francamente…
Entonces ella lo tomó por la pechera de la armadura (ya no se limitaba a vestirse con simples suéteres, sino con la armadura de su propia creación y el símbolo de los Night Fury que Gobber había creado) y le dio un beso en la comisura de los labios.
Decir que lo tomó por sorpresa fue poco.
—Podría acostumbrarme. —dijo atontado cuando terminó. Ella rio suavemente y se acomodó un mechón tras la oreja con timidez.
Valka los miró desde un rincón con una gran sonrisa en el rostro. Aquellos chicos podían ser de otro tiempo y lugar, pero eran idénticos a su hijo y nuera.
Definitivamente ni siquiera el tiempo cambiaba las cosas.
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Ruffnut se frotó los ojos, rojos por el esfuerzo, y ocultó el cansancio que sentía.
—No debí haberme quitado los lentes de contacto esa noche…
No disimuló su disgusto cuando vio que Snotlout caminaba por allí, al parecer poniendo a secar en unos ganchos unas cartas recién pintadas. ¿Qué estaba haciendo?
Si tuvieras las gafas ya lo hubieras visto, se dijo a sí misma. Luego hizo un gesto de desagrado, como si hubiera comido algo en mal estado. Odiaba sus gafas.
Volvió su atención hacia Snotlout otra vez. ¿Acaso su otro yo había estado loca al casarse con ese cabeza hueca, ese patán que no hacía más que desastres?
El pelinegro vio a su amiga tirada en el sofá y se acercó a ella. Vio sus ojos y no pudo evitar reír.
—¿Qué te pasó? ¿Estuviste viendo porno toda la noche? —preguntó, intentando sonar sarcástico. Sólo consiguió quedar como un idiota.
"Definitivamente el sarcasmo es sólo para personas como Hiccup" pensó la rubia, reconociendo por primera vez la inteligencia de su compañero castaño.
—Para tu información, idiota, sufro hipermetropía. Y mi hermano también. —"¿Por qué diablos le estoy diciendo esto?"
A él no pareció interesarle en absoluto la información.
"Tal como lo imaginé. Un total cretino."
De pronto les llegó el sonido de un chillido. Ambos hicieron una mueca de horror. Snotlout porque tenía un trauma con los niños, y Ruff porque no sabía cómo entretenerlos.
Ulfie, la rubia bebé de Ruff y Snot, se acercó gateando hacia ellos. De mejillas rosadas y ojos grises, era bellísima. Nadie en la tribu podía entender cómo es que era hija de ese par.
—Ven aquí, preciosa. —Ruff hizo una mueca y la cargó de la mejor manera que pudo. Intentó recordar cómo era que su madre jugaba con ella y su hermano y aprovechó para abandonar a Snotlout en la sala.
No soportaba su presencia.
Sobre todo cuando sabía que él era la clase de hombre que te besaba y luego se iba detrás de cualquier cosa que tuviera trasero. Él era la clase de hombre que se desentendía de tus sentimientos para el resto de tu vida.
Era un desalmado.
Y sabía que nada, ni nadie, podría cambiarlo jamás.
¿O tal vez sí?
Quizás Ulfie fuera la prueba de ello.
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Hiccup iba caminando por las calles del pueblo, directo a los puertos para comprar provisiones para casa, mientras iba pasando de una mano a la otra su más reciente juguete.
Empezó a silbar una alegre canción vikinga y dobló una esquina cuando, de repente, se topó con Snotlout.
—¿Hiccup?
—Santo Dios, Snotlout… Ten más cuidado. Un poco más y casi te mato. —entonces señaló lo que sostenía en sus manos y el pelinegro palideció.
—¿Tienes un taser? ¿Has tenido un taser todo este tiempo y no nos has dicho nada? —Hiccup se notó incómodo.
—De hecho, lo construí esta mañana. Fue un tanto difícil… pero me las arreglé.
—¿Por qué diablos querrías un taser? —preguntó. Hiccup tosió y miró hacia otro lado.
—Ehm… razones personales.
Snotlout lo miró durante otro rato. Luego señaló la baraja que sostenía en la mano izquierda.
—¿Juegas? Vamos a apostar dinero. —sonrió con malicia. —Ya incluso le enseñé a los vecinos.
Hiccup se negó amablemente, pero no pudo evitar preguntar.
—¿Dinero de dónde?
—Oh, ya sabes, de aquí y de allá… ¡Vamos, va a ser divertido!
"Te quitaré todo lo que tengas en menos de lo que canta un gallo, idiota" pensó Snotlout.
Hiccup miró hacia ambos lados, como esperando que alguien viniese a salvarlo.
No le gustaba jugar póker a menos que hacerlo fuese su única opción.
—No tengo dinero. —dijo, con la esperanza de que eso lo salvara de la desgracia.
—Yo te presto. —dijo una voz a sus espaldas. El joven se volvió y encontró a Hiccup tras él, sonriéndole.
El adulto había pillado al vuelo la malicia en el tono de Snotlout, y quería librar de esa a Hiccup, pero también quería que enfrentara sus miedos, quería que le callara la boca a su primo, así como él lo había hecho con el suyo a los quince años, el día que se enfrentó a la Red Death. Al parecer, aquel juego era significativo para ellos, ¿por qué no empezar por ahí?
—De verdad que no…
—¿Para qué lo necesitas? —preguntó el hombre.
—Para apostar. —contestó Snotlout por él.
Inclusive los vikingos tenían una idea de lo que era apostar.
—Escucha, yo… —Hiccup trató de que lo escucharan, pero fue inútil.
—¿Cuánto necesita? —señaló a su yo más joven y sacó una bolsa llena de monedas.
Snotlout se la arrebató y luego se la lanzó al Hiccup joven.
—Con eso estará bien. —aseguró, empezando a caminar. Hiccup quiso freírle el cerebro con el taser.
—Patéale el trasero. —susurró Hiccup en su oído, caminando a su lado. El castaño menor suspiró, y luego miró la espalda de Snotlout con el ceño ligeramente fruncido. Las comisuras de sus labios temblaron.
Está bien. Si guerra quiere, guerra es lo que tendrá.
Tuffnut, su hermana, Snotlout, Astrid y Hiccup se sentaron en una mesa fuera de la casa Haddock. Repartieron, y empezaron.
—Hey, esta es la peor baraja que he visto en mi vida… —comentó Hiccup para relajar el ambiente.
—¿Verdad que sí? —secundó Ruffnut.
Snotlout no era un maestro del dibujo. Si las cartas no tuvieran sus letras y números en las esquinas, no podrían saber cuál carta era cuál. Pero se agradecía la intención.
Los que tenían dinero involucrado (léase, los yo adultos de los participantes) se sentaron un poco más lejos mientras Hiccup les explicaba las bases del juego y cómo se iba desarrollando.
Snotlout, como era de esperarse, acumuló, y acumuló, y acumuló fichas (es decir, guijarros), seguido por Astrid y los gemelos. Hiccup se quedó rezagado. El pobre no tenía ni idea. Todos lo miraron con un poco de lástima, excepto su compañera de habitación: ella esperaba que saliera adelante en cualquier momento.
Vamos Hiccup, usa ese cerebro que tienes y gana al menos una piedra.
Varios aldeanos, intrépidos e inteligentes, se sumaron a la mesa. Pronto, ya no eran solo cinco adolescentes paliduchos, sino veinte vikingos moviendo fichas, bebiendo cerveza, gritándose los unos a los otros y llorando o riendo a medida que ganaban o perdían dinero.
Si la tribu no los aceptaba con eso, entonces no los aceptaría con nada.
Después de varios full, escaleras y straight por parte de Snotlout, donde lo apostó casi todo y lo ganó casi todo (Tuffnut empezó a llorar), Hiccup puso de pronto su nuevo taser sobre la mesa de madera e hizo crujir los huesos de su cuello, brazos y manos.
Sonrió entonces como nadie nunca lo había visto sonreír.
A Astrid le recorrió el cuerpo un escalofrío. ¿Qué demonios…?
—Straight. Pair. Double pair. —Y siguió, ante la mirada atónita de los demás, guiándose sólo por sus números, ecuaciones y algoritmos.
Las fichas empezaron a lloverle. Hiccup se levantó del escalón que llevaba a su casa, donde se estaba sentando de momento, sin poder creer lo que veían sus ojos. ¡Ese chico estaba haciendo más dinero en minutos de lo que él había hecho en toda su vida!
—Oh Freya… —uno a uno, todos los jugadores fueron retirándose de la mesa hasta que quedaron solo Snotlout y Hiccup.
El pelinegro tragó en seco y miró a su primo con sorpresa mal disimulada.
—P-pero yo… yo creí que no tenías ni idea de cómo jugar póker… —balbuceó.
Hiccup sonrió con aparente dulzura.
—Cuando estaba en la escuela, lo único que hacía en los clubes de matemática era jugar Skyrim… y póker. Pero con ecuaciones. Y montones y montones de hojas de papel. —explicó. —Ah, y mi profesor de matemáticas, ese que mencioné, tiene prohibida la entrada a Mónaco.
—Shit. —Snotlout miró la mesa. Su primo tenía más fichas que él.
Era el momento decisivo. La hora de mostrar las cartas.
—Adelante, tú primero. —ofreció Hiccup. —Siempre tendrás mi taser para achicharrarte los sesos en caso de que quieras renunciar. —se burló.
—¿Quién eres tú y qué hiciste con el borreguito que siempre atormentábamos? —preguntó Ruffnut, levantándose bruscamente y tirando la silla hacia atrás.
Los demás vikingos solo los miraban como si estuvieran en un partido de tenis.
—Se fue. Temporalmente. —añadió. Luego sonrió con sorna y señaló las cartas de Snotlout.
Él dirigió los dedos temblorosos a su mano y se persignó. Miró a Ruffnut y no pudo desaprovechar la oportunidad. Le llevó un guijarro a la boca de la rubia y ella lo miró con desagrado.
—Nena, ¿querrías soplar…?
—¡Sólo descubre las cartas! —gritaron todos.
Snotlout asintió, avergonzado.
Escalera de color.
Dejó escapar un grito de satisfacción y se cruzó de brazos, prepotente y arrogante.
—Supera eso, idiota.
—¿Seguro que no quieres el taser? Aún estás a tiempo. —dijo Hiccup. Snotlout palideció.
—¿Pero qué dices? Estás tan aplastado como un insecto.
—Yo no diría lo mismo.
Y le enseñó sus dos ochos de picas, que completaban la kicker de la mesa.
A Tuffnut casi le da un infarto.
Astrid gritó de felicidad y se mordió los labios para controlarse. ¡Su dinero no iría a las manos del bastardo de Snotlout!
—Te dije que necesitarías el taser. —aseveró Hiccup con una sonrisa de oreja a oreja, y Snotlout cayó al suelo de piedra con un ruido sordo.
Todos estallaron en gritos de júbilo y corrieron para estrechar la mano del chico, palmearle el hombro y demás cosas parecidas. Les caía bien el muchacho, y se había ganado el dinero "justamente". Porque contar cartas no contaba cómo hacer trampa, ¿o sí?
—Diablos, no habría hecho tanto dinero ni cagando perlas negras, pero qué más da. Sólo quiero comprar un poco de papel, tomen el resto, no lo quiero, yo… —fue acallado por los demás aldeanos. No les interesaba lo que él tenía para decir.
Cuando un hombre hacía su botín luego de una batalla, estaba en su total derecho a quedárselo. Esa era una de las más importantes leyes vikingas.
Debieron haber sabido que sería una desgracia para todos, excepto, bueno, para Hiccup.
Por algo era uno de los mayores prodigios del hemisferio norte y de los preferidos para la universidad de Copenhague.
Muchas personas se habían reunido para ver el juego de azar. Cuando las cosas involucraban dinero, todo era mucho mejor. Incluso Eret, que normalmente se mostraba apático con todo, había decidido mostrar la cara.
La razón por la que a Hiccup no le gustaba meterse en las mesas era porque sabía que era un completo sádico jugando. Y ese no era su estilo, ni su filosofía de vida: él era un pacifista, un defensor de la verdad, de que el todo por todos podía ser posible, así que, ¿cómo podía permitirse perder los estribos de esa manera, convertirse en un maquiavélico descorazonado?
Nah, el póker no iba con él.
Prefería dejárselo a los demás.
De momento, tenía que enterrar en el jardín todo el dinero que había hecho, porque pensaba entregarlo a los hijos de Hiccup y Astrid como un regalo.
El dinero tampoco iba con él.
Horrible no? Si lo que quieren es matarme con un taser entonces háganlo en un review. Son mi fuente de vidaaaaaa! en serio.
Sé que debí dar algunas descripciones, pero bueno, me las salté.
Quiero aclarar ciertas cosas en torno a Woodiepie.
Los que no hayan entendido el nombre (cosa que dudo, porque está más que clara), va así:
No tiene ABSOLUTAMENTE NADA, nada que ver con Pewdiepie, en caso de que lo hayan pensado. Woodie viene por la estaca de madera (Madera=Wood), y Pie porque es una dragona hembra. Ya saben que un pie es un postre delicioso…
También, no estoy sacando su personaje de la nada. De hecho es algo bastante simple. No, no soy yo. Tampoco es mi madre. Es mi gata. Así, idéntica, se comporta igual que Woodiepie. Así que no crean que es una Mary Sue.
Okaaay! Seré sincera con ustedes, tengo escrito ya el siguiente capítulo. Debería postearlo?
Respóndanme en un review! Aaaaah y…. les gustó la descripción de Hiccup shirtless? La hice como cinco veces porque ninguna me gustaba. Esa no me gusta. La terminé sacando del libro que estoy escribiendo.
Díganmelo todo en un review! Yeehaaaw!
(Perdón pero siempre me imaginé a Hiccup gritando eso. No pude evitarlo).
