*Asoma la cabeza con cuidado evitando la turba furiosa* Dejo esto por aquí, espero y no me maten.
Lamento si hay errores -horrores diría yo- ortográficos, pero siempre checo todo, hasta el más mínimo detalle, pero nunca logro erradicar eso y esto se ve reflejado una vez que lo publico.
Disclaimer: Los personajes mencionados aquí no me pertenecen -salvo algunos que no conozcan- le pertenecen a Sir Arthur Conan Doyle y a la adaptación de la BBC Sherlock, quienes sus creadores son Steven Moffat y Mark Gatiss. Yo solo cree la trama y jugué un poco con los personajes a mi conveniencia.
III. I pretend I'm alrigth, but it's never enough
La última junta de ese día había sido un completo caos. No podía comprender como es que las personas de su alrededor fueran tan lentas y cerradas de mente. No es que se quejara de su trabajo, puesto que en verdad lo disfrutaba y mucho. De lo único que se podía quejar era que las personas no fueran lo suficientemente influenciables en todo momento —ya que si pedía que fueran igual de inteligentes que él, entraría en un gran conflicto y no hubieran aceptado sus condiciones que no eran del todo justas para ciertas personas, pero si eran suficientes para traer paz—, y es que lo que se suponía iba a hacer el representante de aquella diminuta nación era solamente firmar y terminar con todo ese meollo, pero en vez de eso comenzó a cuestionar cada pauta que se le estaba ofreciendo en el contrato y se negaba a cada uno de los puntos que planteaba.
Mycroft Holmes era un hombre de palabras más que de acción, pero estaba seguro que en ese momento iba reaccionar como uno si ese hombre no cedía y se dejaba manipular como muchos otros antes que él lo habían hecho. Por suerte llegó uno de los consejeros de aquel representante y lo persuadió a que accediera a lo que el político le presentaba. Más aun así, no se pudo reponer todo ese tiempo en el que había pasado en tratar de persuadirlo de la manera más educada.
Ahora iba en su auto, con la mano en el puente de la nariz y sintiéndose tremendamente cansado. Toda aquella semana había sido un completo martirio para la temple del hombre de hielo. Y es que a pesar de toda la sobre carga de trabajo que se había adjudicado, aún no podía entretenerse para despejar su mente del vacío y dolor que le sentaba la muerte de Gregory Lestrade. Recibió visitas de John Watson a su oficina para saber de su estado, Anthea varías veces le preguntaba sobre su humor, aun así no dejaba de pretender que todo estaba bien. Lo que pasaba era que no podía darse el lujo de lanzar todo por la borda y abandonarse a su dolor. La vida seguía y él debía de caminar con ella.
Pero los días, o más bien el tiempo en su enorme y vacío departamento no hacían más que torturarlo poco a poco, haciendo que a cada rincón que se encontrara un pedazo de la esencia de Gregory lo atormentara, ya fuera con una risa o la imagen de una mirada que siempre el inspector tenía solo para él, haciendo que su tiempo en aquella casa se volviera tormentosa y lo evitara a toda costa, aun cuando se encerrara en su despacho para evitar todos aquellos recuerdos y tratara de trabajar en el caso relacionado con el asesinato de su pareja, la bruma y la soledad no lo dejaban estar. La última vez que recordaba fue durante la cena que tuvo en el comedor, se había servido una copa de su adorado licor y se había dispuesto a disfrutar de aquel exquisito platillo que había preparado solo para él, pero la las risas de Lestrade, seguido con la imagen de él en su habitual silla, lo hicieron temblar y perder por completo el apetito y desear huir de aquella habitación y de aquella casa. Y de eso ya habían pasado dos días. A nadie le extrañó encontrarlo a la mañana siguiente tan temprano en la oficina con una pinta un tanto fuera de él —con el pelo algo desaliñado y con parte del saco marcado en el rostro—, como tampoco les pareció raro que no hubiera regresado a su casa a dormir en aquellos dos días. Hubiera pasado más tiempo en su oficina sino es que su fiel asistente no le hubiera reprendido como quien reprende a un niño que se la pasa toda la noche jugando videojuegos y lo hubiera mandado a la cama.
Era por eso que ahora iba en aquel fino automóvil con rumbo a su casa para "descansar", pero tanto Anthea como Mycroft sabían que no lograría cumplir dicho objetivo. Su casa ya no cumplía el mismo cometido que antes, ahora solo lo hacía sentir miserable y más solo que nunca. Pero Mycroft trataba de luchar contra eso con todas sus fuerzas. Ya una vez pudo evitar caer en una espiral de dolor, esta vez podía hacer lo mismo.
El auto se movía por la fría noche de Londres, recorriendo las vacías calles. Ya era muy avanzada la noche y, a pesar de ser una ciudad muy transitada, ese día en particular el paso vehicular no era tan concurrido. Una vez dejó de masajear el puente de su nariz, posó su mano en el mango de su sombrilla y dirigió su mirada hacia la ventanilla de su lado. Las casas pasaban a su lado a una velocidad en las que era fácil detectar cada detalle de ellas, pero podían pasar desapercibidas por igual. Era un barrio no muy rico, pero si modesto. Tenía casas con una vista muy atractiva y otras con una vista un tanto monótona que le rayaban en lo ridículo para sus gustos. ¿Cómo la gente normal no podía tener, siquiera, una pizca de buen gusto? Era algo que aún no terminaba de entender.
No pudo evitar sentir como el corazón se le detenía cuando sus ojos se posaron por una casa de color blanco, con una fachada demasiado sencilla que no podía ser más perfecta para alguien que fuera tan sencillo, pero a la vez tan único e inigualable. Las manos le temblaron ligeramente y sus ojos se abrieron grandes. Hacía más de un año que no había visto aquella casa. De repente los recuerdos comenzaron a abrumarlo y hacerlo sentir mucho peor que cuando los recuerdos de su propio hogar lo alcanzaban. Y es que como no sentirse de esa forma cuando veía la casa de Lestrade en donde toda su relación formal surgió.
— Detenga el auto, ahora. — ordenó serio.
-.-
Su ira iba en aumento. ¿Cómo pudo haber pasado eso? ¡¿Y bajo sus propias narices?! Mycroft no podía culpar del todo a John Watson, el hombre estaba ahora cumpliendo otro papel en su vida como hombre casado. Y era obvio que sin el cuidado adecuado de ese hombre y con la soledad que le traía la ausencia del soldado, Sherlock iba a caer de nuevo en las drogas. Aun recordaba lo que había detonado todo aquello: la soledad. Era algo que se veía venir, pero que él no previó, y por eso la culpa lo hacía sentir tan molesto. Por eso cuando recibió la llamada del médico sobre el estado de su hermano, no pudo evitar el comenzar a buscar culpables. Estaba irritado y lo primero que debía de hacer era confrontar a su hermano y limpiar todo rastro de la droga en su departamento, después de todo, ambos tenían una imagen que cuidar.
Pero su ira no hizo más que incrementar cuando, después de haber retado y presionado lo más que pudo para tratar de culpar al mismo Sherlock de aquella recaída, su hermano lo atacó de una manera física en la euforia de la misma droga y el Dr. Watson le hubiera dicho que hacer. Y es que nadie podía tocarlo de aquella forma, sumándole el hecho de que él no podía tener la culpa de la recaída de su hermano, ¡Era Mycroft Holmes, por Dios! Él nunca se equivocaba, a él nunca le ordenaban que hacer. Él era el que siempre tenía todo bajo control, quien movía los hilos. Sus subordinados se equivocaban, nunca él. Así que la idea de culpar a uno de sus subordinados era más sencilla que afrontar la realidad de que había descuidado a su hermano y había permitido que sufriera una recaída. La primera persona que cruzó por su mente para aquel cometido no fue otra que Gregory Lestrade.
Su auto se detuvo frente aquella casa blanca que antes había visitado y había percibido tan acogedora, antes de que la mentira de la muerte de su hermano se revelara, antes de que el DI lo echara de su vida momentáneamente por haberle mentido con respecto a Sherlock. Ahora su visita tenía otro propósito. Entró con facilidad usando la copia de la llave de la que una vez pidió prestada, se acomodó en el sofá en donde solía hacerlo y esperó a que el dueño de aquella casa llegara, permaneciendo en su habitual pose y dejando que la ira fuera en aumento irracionalmente. Y es que Mycroft Holmes no podía aceptar el hecho de que había cometer un error y le era más sencillo señalar a alguien más, antes de afrontar la realidad.
La puerta se abrió después de diez minutos exactos. Escuchó como el dueño de la casa avanzaba a través del pasillo y lanzaba las llaves y otras de sus pertenencias hacia uno de los sillones sin siquiera reparar en la presencia del político. Aquello no agradó al pelirrojo, por lo que no dudó en hacerse notar ante el otro.
— Pensé que le había encargado el cuidado de mi hermano, Detective — señaló con voz gruesa, demandante.
El aludido dio un salto al percatarse de la presencia del otro, asustado, dejando caer el maletín que traía en las manos y girándose para encarar al político que estaba sentado en su sala.
— ¡Dios! — exclamó con asombro mientras su respiración se notaba acelerada y llevaba una mano a su pecho. — ¡Casi me matas de un susto, Mycroft! — el rostro del pelirrojo ni se inmutó ante el reclamo, por lo que Lestrade optó por continuar hablando, a la par que comenzaba a acercarse al otro. — Supongo que sería una estupidez el preguntar el cómo entraste, siendo quien eres, así que, ¿Qué es lo que ocurre con Sherlock?
Mycroft apretó con más ímpetu el mango de su sombrilla mientras endurecía a cada instante la mirada.
— Sherlock sufrió una recaída — en ningún momento apartó la mirada del hombre frente a él.
El policía suspiró y llevó una mano a su rostro para restregárselo con molestia para al final terminar con este hecho puño sobre sus labios. El político estudiaba cada gesto que realizaba detenidamente.
— Era algo que se veía venir, después de todo — confesó mientras su mano se posaba sobre su cintura y se deslizaba dentro del bolsillo de su pantalón. — Ambos sabemos que Sherlock no puede vivir solo por tanto tiempo. La compañía a todas horas de John era un perfecto freno para evitar que cayera de nuevo a las drogas. Réstale eso y…
— Y todo esto fue culpa tuya. — Lo acusó sin más, interrumpiendo deliberadamente la explicación del de pelo gris.
— Espera, ¿Qué? — se apuró a decir, sorprendido. Su posición relajada cambio a una a la defensiva. — ¿Cómo que mi culpa?
Mycroft se puso en pie y recargó su peso sobre su fiel sombrilla, denotando su superioridad.
— ¿Qué no es obvio? — observó detenidamente al otro hombre. — Tú siempre has sido mis ojos cuando de cuidar a Sherlock se trata. Si tú no estabas al pendiente de él, era obvio que recaería de nuevo a las drogas.
Una de sus manos viajó hasta su cadera, haciendo a un lado parte de su saco. Su mirada aguileña buscando tumbar el temple del otro y hacerlo caer en su red de persuasión. Mycroft era muy persuasivo, si quería hacer creer a Lestrade de que era el responsable de que Sherlock hubiera recaído en las drogas, podía hacerlo en un santiamén, sin siquiera sentir remordimiento por aquello, muy a pesar de que el hombre frente a él era el hombre del que estaba enamorado. "Los sentimientos son una desventaja" recordó haberle dicho alguna vez a su hermano y era su lema de vida. No permitiría que aquello le hiciera fallar en su propósito de aliviar de alguna manera su culpa. Ni siquiera sus sentimientos hacia Gregory Lestrade.
Nadie perdía ante Mycroft Holmes y sus habilidades de persuasión e intimidación.
El rostro del dueño de aquella casa comenzó a llenarse de enojo, algo que Mycroft no había previsto, y sus manos comenzaron a empuñarse a sus costados.
— Oh, no. — Comenzó señalando acusadoramente al político. — Veo lo que intentas hacer y no pienso caer ante esto. Ya no, Mycroft — el aludido se tensó un poco, pero rápido recuperó la compostura, evitando ceder ante el otro. — No puedes culparme por algo de lo que ya no soy enteramente responsable. Tengo mis propios problemas, Mycroft, como para centrar mi vida en Sherlock Holmes.
Pasó de largo al político y avanzó hasta la ventana que estaba a espaldas del sillón donde Mycroft estaba sentado. El pelirrojo logró identificar el sonido que hacia como que estaba encendiendo la lámpara de la estancia, para después ver su acierto al percibir la luz que provenía de sus espaldas. Escuchó como el cuerpo de Lestrade soltaba todo el peso sobre el mullido sillón que tenía en la sala para su lectura personal.
Pudo percatarse como es que el detective dejaba de lado la conversación por terminada tras aquellas palabras y aquel acto. Comenzó a sentir rabia al sentirse ignorado y falto de control cuando se percató que no había sido él quien había dado final a una conversación. ¡Por Dios, aquello era inaceptable en el mundo perfecto de Mycroft Holmes! Su creciente personalidad Anancástica no le permitía perder el control en ninguna situación, ni siquiera en aquello tan simple que era deslindarse de una culpa que a cada segundo lo hacía sentir más miserable y mal. Debía de deshacerse de aquel sentimiento en cuanto pudiera. Y si no era ahora, sabía que la siguiente semana no podría siquiera hacer algo productivo sin terminar lastimándose.
Se puso en pie como resorte y volvió sus pasos hacia donde se encontraba el otro, quien había tomado un libro, puesto sus lentes y había comenzado a leer algo que no le interesaba reconocer.
— Debo recordarle, Inspector, que usted y yo teníamos un trato con respecto a mi hermano y su estabilidad — señaló con voz demandante. Lestrade ni se inmutó, siguió en su supuesta lectura. — ¿Oh es que ya olvidó por quien es lo que es y lo que ahora tiene?
Aquello sirvió para dar en el clavo del hombre de pelo blanco, quien se puso en pie y soltó el libro de sus manos.
— ¡YO! — se apuró a señalar mientras enfrentaba al político. — ¡Yo he sido quien ha hecho sus propios méritos! ¡No necesité de nadie para lograr estar en donde estoy!
La ceja de Mycroft se alzó, sonriéndole con ironía.
— Todos en esta nación son lo que son porque yo lo he permitido, Detective. Soy un simple funcionario de gobierno con más poder inclusive que la misma reina.
» Nadie mueve un dedo sin que yo lo sepa y lo ordene — finalizó mientras se acercaba a unos pasos más del policía.
— No todos bailamos al son que Mycroft Holmes toca. — apuntó molesto, en tono bajo el mayor de los dos. La mirada castaña del policía dejaba relucir todo el hartazgo que ese afloje y jale de su relación como jefe–empleador había causado en él. Mycroft no pudo más que comenzar a preocuparse. — Ya basta de eso. Al menos, para mí…. Fue suficiente.
Y tras esas palabras, se alejó del mayor de los Holmes y caminó firme a la puerta de la entrada, la abrió y fijó su mirada a la salida, evitando el contacto con lo penetrantes ojos del político. Aquello hirió al Holmes. Aun cuando no lo dijera con palabras, estaba implícito que el otro hombre lo estaba corriendo de aquel lugar, en donde, por segunda ocasión y parecía ser que para siempre, ya no era bienvenido en aquel hogar. Se golpeó mentalmente por aquella estupidez.
— Lestrade — comenzó en un ligero susurro, buscando arreglar su error.
— Mycroft, ya es tarde — lo interrumpió antes que continuara, su voz parecía suplicante. — Estoy cansado, tuve un día muy pesado y no quiero continuar esto.
El aludido sostuvo con fuerza su paraguas y, tras un suspiro que intentó parecer imperceptible, avanzó con rumbo a la puerta mientras buscaba la mirada del mayor. Había estado muy al pendiente de cada reacción del otro hombre durante sus dos años de sostener una relación más allá del trabajo: la amistad. Mycroft entendía la orientación del hombre, pero tras todo aquel contacto entre ambos, aquellas formas de hablarse y de llevarse los habían acercado cada vez más. Había observado que, en ocasiones, Gregory se veía ansioso por verlo. Tal era la vez que lo encontró fuera de Scotland Yard, fumando un cigarro mientras tenía su vista perdida en la calle, como si pareciera esperar algo.
Y es que no podía siempre mostrarse reacio a aquellos detalles que el canoso hombre le daba —ya que cada detalle para él era importante y no podía dejarlo de lado—, pero tampoco podía vivírsela de ilusiones. Ese no era el caso de Mycroft. Y en vez de vivir de ellas, comenzó a plantarlas firmemente en tierra para de esta forma poder hacer una realidad lo que vivían ambos, ya que Mycroft siempre lograba lo que se proponía. Más no esperaba que aquello fuera una de sus grandes excepciones y, si podía presumir, la única. Lo único que no podía controlar, amenazar y persuadir para que actuara a como se le antojara era el detective que tenía frente a él. Y seña de eso era que ahora, en vez de hacerlo liberar de su culpa por lo de Sherlock, ahora estaba decidido a apartarlo de su vida, hundiéndolo en un doble remordimiento que no había vuelto a sentir en alguien externo en su familia después de ella.
— Es tu hermano — oyó decir al otro con una voz trémula. Los ojos del hombre buscaron por unos instantes los del político, haciendo que el corazón de este diera un brinco ante la antelación de lo que veía venir. — Tú eras quien debía de cuidar de él — guardó silencio en donde desvió su vista a otro lado y pasaba su mano libre por su cabello. — Y quiero que entiendas, y no te ofendas, que cuando te digo que Sherlock ya es mayor y no necesita que siempre estés sobre de él… A veces las personas se sienten sofocadas con tu constante presión y control sobre de ellas…
Los ojos del político se abrieron grandemente. ¿Acaso él…?
— Entiendo — soltó firmemente a la par que sentía que su corazón se encogía cada vez más. — Evitaré, si ese es el caso, de prescindir de su presencia, Inspector. A partir de ahora, nuestra sociedad queda disuelta, por lo que ya no lo necesitaré para ningún trabajo.
» Adiós, Gregory — soltó con amargura aquello, saboreando por última vez el nombre del otro.
Y sin más, salió de aquella casa.
Y es que por más que todo mundo lo señalaba como el hombre de hielo, un dragón desalmado, Mycroft Holmes tenía sentimientos y emociones. Le dolía cuando lo herían, sentía ira, enojo y tristeza. El problema es que no estaba tan acostumbrado a sentirlas porque no se relacionaba hasta ese punto con las demás personas, su trabajo no se lo permitía puesto que debía de ser lo más objetivo posible si quería tomar las mejores decisiones.
En su mente comenzó a realizar una enorme nota mental: "No volverse a involucrar nunca más". Lo había hecho una vez y había salido terriblemente herido, pero como había sido una sola vez, estaba seguro que las variables no volverían a repetirse, por eso se dio la oportunidad con Gregory Lestrade, pero el mismo se había dado a la tarea de sabotearlo y ahora ya no tendría ninguna oportunidad de remediar aquello. Gregory tenía razón al señalarlo como lo había hecho, era muy amante de controlarlo todo y no quería justificarlo a su TOC —Trastorno Obsesivo-Compulsivo o personalidad Anancástica—, sino que era más allá de eso; era su culpa y de nadie más. Y en todo su obsesión por controlarlo todo no se había dado cuenta que había logrado sofocar a todos, sobre todo al único hombre que en verdad le importaba. Ahora debía de enfrentar las consecuencias y apartarse. Era lo mejor, debía de dejar de estarle fastidiando siempre la vida.
Cuando comenzó a bajar las escaleras, algo en su muñeca lo hizo detenerse. Giró su rostro para inspeccionar que era lo que lo retenía, más nada lo preparó para lo que vio. El rostro lleno de terror de Gregory estaba sobre él, la respiración parecía dificultarse y su pulso —por lo que podía ver en su cuello y sentir en la muñeca de la mano que lo sostenía— era acelerado.
Sintió como sus penetrantes ojos lo atravesaban, queriendo ahondar cada vez más en él.
— No — susurró con ímpetu, su voz parecía ronca, insuficiente para hablar con la fuerza que lo caracterizaba. Quiso preguntar, pero aquella mirada tan profunda y llena de terror se lo impedía. — P-por favor… no.
— Gregory — lo llamó, intentando soltarse, buscando encontrar lógica a aquello que estaba presenciando.
Cuando trató de zafarse del agarre, la mirada del otro se trasformó en miedo puro, por lo que no vio más remedio que lanzarse sobre de él. Los labios de Lestrade sobre los suyos lo tomaron por sorpresa, intentó sujetarse a algo pero el mismo impulso del mayor los había llevado hasta la pared del final del recibidor de la casa del policía. Los labios de Gregory buscaban apresarlo y saborear cada parte de él haciendo que Mycroft perdiera el poco control que tenía y cediera ante el beso.
¿Cómo había pasado aquello? Habían pasado de discutir, decirse la verdad a cada quien, prometerse salir de sus respectivas vidas para siempre y comenzado a besarse. No entendía el sentido a todo aquello, pero sería mentir al afirmar que Mycroft no lo estaba disfrutando.
La mano de Lestrade se fue hasta la mejilla del pelirrojo mientras que la de este se hundía en los grisáceos cabellos del otro.
Cuando el aire se les había acabado, tuvieron que separarse. Los ojos del Detective no parecían tener ni una pisca de culpa, de hecho, parecía sentir un enorme terror, como si todo aquello no fuera verdad y en cualquier momento se desvanecería. Pegó su frente contra la del pelirrojo, quien su respiración se había vuelto irregular.
— No te vayas, Mycroft — oyó decir al canoso, su corazón latiendo cada vez más fuerte. — Por favor, Mycroft, no te vayas nunca de mi vida. No me gustaría perderte.
Y aquellas palabras habían sido las causantes de que en ese momento el político se sintiera un completo estúpido y las causantes de la decisión de querer pasar el resto de su vida al lado de ese imbécil que tenía frente a él. Su propio pez dorado.
-.-
La mano de Mycroft acarició el relieve de la pared en donde una vez él y su pareja se habían dado su primer beso, buscando sentir el calor que su propia espalda había dejado en aquel lugar, para luego comenzar a recorrer aquel departamento tan nostálgico.
Le había sido fácil entrar, al fin y al cabo la cerradura no había sido modificada y nadie había habitado aquel lugar a petición de él. Una vez había ordenado al chofer detenerse frente al lugar, descendió del coche y avanzó a paso lento, con miedo de lo que pudiera encontrarse ahí, aun cuando estaba seguro de que era imposible, tenía la leve esperanza de que su novio pudiera encontrarse ahí. Usó la llave que colgaba de su útil llavero personal y se adentró en la que una vez fue la casa de su pareja. Sintió una punzada de decepción al darse cuenta de lo evidente: Gregory ya no estaba ahí. Lo único que seguía en aquel lugar eran una serie de recuerdos que no hacían más que llevarlo hasta el fondo del dolor, golpeando su rostro con la inminente realidad de que ya no podría verlo, puesto que por más que quisiera debía de aceptar que Gregory Lestrade estaba muerto y que él mismo lo había sepultado.
Después de recorrer por unos momentos aquel lugar que una vez llamó hogar, se dispuso a salir de este, cerró la puerta blanca de madera, para después adentrarse de nuevo al auto y ordenar, de la manera más molesta lo siguiente:
— No vuelvas a tomar esta ruta, nunca más. ¿Entendido?
— Sí, señor — y tras esto, encendió el auto y avanzó. Mycroft se prometió nunca volver aquel lugar, nunca en su vida.
Era difícil que Anthea dudara en algo. Siempre era demasiado inteligente para prever que los problemas pudieran tomar distintos caminos de los cuales no tenía contemplado, más debido a su intuición lograba ver más allá y saber atacarlos antes de que si quiera su jefe se enterara, algo difícil de considerar ya que Mycroft Holmes era un ser con la capacidad de la casi omnividencia ante casi todo lo que le concernía.
Y no es que fuera una mujer toda poderosa, lo que pasaba era que su capacidad de permanecer calmada y objetiva ante las más duras pruebas la ayudan a la resolución de las mismas. Siendo sinceros, era una mujer digna de admirar y una de las más codiciadas en toda Europa debido a su eficacia y belleza. Por fortuna para ella Mycroft Holmes había puesto sus ojos sobre su ser antes que nadie y había aprovechado eso para sacar a relucir todo el potencial que tenía para dar, y eso era algo que Anthea apreciaba de su jefe. No quería decir que lo amara como se ama a un amante inalcanzable, sino que lo tenía en un muy alto estima y lo respetaba mucho, sabía todo de él como él de ella y eso estaba bien, le era suficiente para su extraña convivencia laboral.
Por eso, cuando al llegar aquella mañana antes de su jefe a la oficina y percatarse de que el foco rojo de aquel aparato parpadeaba, comenzó a dudar de su verdadera capacidad ante la resolución de problemas. Se apresuró a presionar el botón de información y leyó la fecha en la que ese botón había comenzado a parpadear. Su corazón se aceleró y su ser se llenó de pesar cuando cayó en la cuenta de la realidad: la contestadora personal y de emergencias de Mycroft tenía un mensaje por parte de Gregory Lestrade del mismo día en que este había fallecido.
Se preguntó cómo había sido posible que aun estuviera parpadeando el foco en señal de que el mensaje no había sido siquiera escuchado, luego recordó la titánica semana que habían vivido tanto su jefe como ella y meditó en la posibilidad de que su jefe ni siquiera se había percatado de esta. Y entonces cayó en la cuenta, de que debía de informarlo a su jefe.
Y ahí se encontraba ella, debatiéndose en un dilema entre informarle a Mycroft sobre el mensaje o no. Por una parte el político tenía todo el derecho de saber qué era lo que tenía para decirle su pareja, al fin y al cabo, es posible que fueran sus últimas palabras. Por otro lado, y dadas las circunstancias de la muerte, pudiera ser un doloroso mensaje por parte de Greg que solo destruiría más al pobre político que parecía no estarlo pasando muy bien.
Anthea lo conocía y muy bien, y para ella no era bueno el ver como su jefe seguía su vida como si nada hubiera pasado, al contrario, atiborrándose de trabajo extra. Podía leer entre líneas que estaba evitando volver a su casa para evitar la soledad, muy a pesar de que su semblante y eficiencia siguiera como la de antes. Hasta podía apostar que el hombre siquiera estaba durmiendo y comiendo como debería de ser, y ahora en la ausencia del Detective podía apostar que nadie podría contra él para que cuidara como debía su salud. Aun podía recordar el día en que Greg había ido a la oficina de su jefe buscándolo, para la sorpresa de ambos no estaba en donde se suponía debería de estarlo. Anthea lo creía en la oficina del Detective, puesto que había salido hacía más de una hora por él y, al contrario, Gregory creía que se le había hecho tarde por estar trabajando en la oficina.
La carrera no se hizo esperar por parte de ninguno de los dos, preocupados de que algo le hubiera pasado al pelirrojo. Anthea, por suerte, recordó mientras iban en el auto del Detective que su jefe había mencionado que pasaría un momento primero a su casa por unas cosas. Greg obedeció a la implícita orden de la mujer y, tras girar drásticamente por una calle en último momento, se dirigieron a la casa del hombre.
Al llegar allí, Anthea reconoció el auto del servicio personal de Mycroft, esperando afuera del lugar, y tras eso pudo ver como el rostro de su acompañante se mostraba con miedo temiéndose lo peor. Una vez la mujer logró abrir la puerta principal con una de sus llaves, tras haber llamado varías veces sin haber obtenido respuesta alguna, tanto ella como los otros dos hombres —Gregory y el chofer— se apresuraron al interior y comenzaron a llamar al político, paseando por todas las habitaciones en busca del mismo. El potente grito con el nombre del político alarmó a Anthea y se apresuró al lugar a donde antes había visto irse a Greg, encontrándolos a ambos en el suelo pero Greg sosteniendo a un inconsciente Mycroft quien lucía mucho más pálido de lo que normalmente era.
— ¡Llama a emergencias de inmediato! — recordó haber escuchado ordenar al hombre mientras en su rostro se podía leer el más sincero y atroz terror que nunca antes había visto en nadie más.
Una vez en el hospital, Greg nunca se apartó del lado de su jefe, en espera de que despertara. Cuando lo hizo, Gregory estalló en una serie de regaños en contra del político y era de esperarse. Después de haber sido ingresado y estabilizado, el doctor les había informado sobre el grabe estado anímico que tenía el hombre debido a su falta de ingesta de alimentos y a su mínimo, o hasta nulo, tiempo de descanso, cosa que molestó tanto a ella como al hombre de canas. Tras ese incidente, recordaba que Gregory era el que controlaba toda la dieta y las horas de sueño que el político tenía a lo largo de su día y su semana.
Pero ahora que este ya no estaba, dudaba siquiera que el hombre que había arribado a la oficina tuviera siquiera la suficiente cantidad calórica que su cuerpo requería para funcionar en las óptimas condiciones.
Mycroft Holmes hizo un ligero movimiento con su cabeza hacia ella, a lo que la mujer arremedó. Un saludo muy típico de ellos. Dejó su maletín y su sombrilla en su respectivo lugar y se sentó sobre su silla, frente al enorme escritorio y se dispuso a continuar con el papeleo que había frente a él, tal como lo había estado haciendo en la última semana. La chica de cabellos castaños lo observó detenidamente, analizando cada centímetro de él para evaluar la salud que su jefe poseía aquella mañana, notándolo un poco más pálido de lo que normalmente era, unas pronunciadas ojeras habían adornado su rostro resaltando en contraste con su piel blanca.
— Esta mañana desayune un poco de los cinco grupos necesarios para completar un desayuno balanceado y dormí dos horas más de las que normalmente duermo — señaló sin levantar la vista de los papeles, tomando por sorpresa a la mujer. — Así que deja de evaluarme y comienza a trabajar que es posible que el embajador de Ucrania llegue antes de tiempo.
Ella evaluó por un instante la razón por la que estaba ahí, para luego asentir y caminar rumbo a la puerta de la oficina. Tal vez no era el momento de hacerle saber a su jefe la existencia de aquel mensaje. Tal vez debía esperar a que las cosas no estuvieran tan recientes. Tal vez debía ella escuchar el mensaje y evaluar si era apropiado y necesario que Mycroft supiera de su existencia. Solo tal vez…
— Anthea — la llamó, haciéndola salir de su ensoñación. La mujer detuvo sus pasos, sintiendo un frio recorrerle todo el cuerpo. Giró su cuerpo y encaró a su jefe.
— ¿Si, señor Holmes?
Los ojos del político seguían clavados sobre la enorme pila de papeles del escritorio mientras seguía trabajando en estos.
— ¿Cuándo tenías pensado decirme sobre el mensaje de mi contestadora personal? — la pregunta la tomó por sorpresa, haciendo que se paralizara en su lugar.
Mycroft alzó el rostro y, dejando los papeles de lado, posó su mirada sobre la de su asistente a la par que sus manos se entrelazaban y se posaban sobre su boca.
La castaña tragó pesado mientras buscaba tranquilizarse. Tal vez era mejor así, si Mycroft lo escuchaba de una vez por todas, ya que, después de todo, lo que fuera que dijera aquel mensaje no era de su incumbencia.
El pelirrojo alzó una ceja en la espera de una respuesta por parte de la mujer.
— Le iba a informar una vez la junta de las ocho finalizara, señor — expuso sin más.
— ¿Está desde el sábado de la última semana? — preguntó sin dejar tiempo a nada.
— Si — apresuró a responder.
— Gracias, Anthea.
Ella inclinó la cabeza.
— Comenzaré a trabajar con el informe del embajador de Ucrania por usted, para que pueda atender a ese mensaje — se excusó con una ligera sonrisa. — Lo dejo, señor.
Dio media vuelta y avanzó de nuevo hacia la puerta.
— Sabes que yo no te guardo ningún secreto, Anthea. Puedes quedarte si quieres.
Aquellas palabras la hicieron detenerse y girar con rapidez hacia el escritorio. Había entendido muy bien el mensaje explícito de aquellas palabras, lo que le sorprendía era el mensaje implícito de la oración antes dicha.
Sin lugar a dudas Mycroft Holmes no le tenía ningún secreto a su asistente personal, como tampoco ella los tenía para él. Por eso pudo leer en ella lo de aquel mensaje y por eso ella pudo entender la verdad tras aquellas palabras: no quería estar solo cuando el mensaje de Gregory comenzara a reproducirse para él. Y ella no permitiría que eso pasara, no dejaría que su jefe —y en este tipo de ocasiones su amigo— se hundiera cada vez más y solo.
Anthea cerró la puerta que había abierto y regresó sobre sus pasos, volviendo a la silla en donde solía sentarse cuando lo acompañaba en algunos trabajos de pápelo en las noches de vela.
Mycroft tomó el aparato y, sin dejar de mirar a la mujer frente a él, presionó el botón.
"¡Hey! Soy yo" se escuchó la firme voz de Gregory, era él. Dudó unos segundos antes de que se escuchara de nuevo su voz, está vez un poco más nervioso. "Es obvio que soy yo… soy el único que tiene este número" soltó unas risas. "Sé que no es la mejor forma de decirlo, pero te extraño. Y sí, yo fui el que huyó de casa, pero necesitaba tiempo para mí. Mi vida había comenzado a girar solo en torno a ti y a todo lo que hacías por mí, que comencé a sentirme desvalorizado, que no podía hacer nada…"
— Estúpido — soltó entre dientes el político.
"Y, esto me afectaba" continuó el mensaje, "yo sólo quiero ser alguien digno de ti, no alguien que depende de ti. Sé que todo empezó porque tú me heriste, sino soy alguien importante para ti, al menos quiero recuperar mi propia importancia, mi valía. Por eso quiero hacer cosas por mí, sin la ayuda tuya o de Sherlock. Soy una persona estupenda" se volvieron a escuchar risas. "¡Dios! Sueno como esos tipos motivadores…" volvió su tono más serio. "Pero tengo que demostrármelo de nuevo… Cuando termine este caso, volveré a plantarme frente a ti, con la frente en alto y siendo algo para mí. Si para entonces sigo sin tener importancia para ti, supongo que debemos dejar esto".
"Te amo, a pesar de todo lo que pase. Eres lo mejor que pudo pasarme. Y agradezco a todas las estupideces que hice de joven que me llevaron hasta ti". Guardó silencio. "Tengo que dejarte" logró escucharse como si estuviera comenzando a llorar. "La próxima vez que te diga que te amo, lo diré de frente, mientras mi cuerpo está sobre el tuyo y tus ojos no dejan de mirarme como si fuera lo más maravilloso que tengas. Nos veremos luego. Hasta pronto, Mycroft Holmes". Y el mensaje terminó.
Anthea pudo ver como el puño del pelirrojo se cernía con fuerza sobre el escritorio. Los ojos de la mujer buscaron los del hombre, quien había bajado la mirada. Su rostro, aquel que siempre parecía firme, sin una pizca de emoción, parecía querer estallar con tanto contenido dentro de él. La castaña sonrió con pesar, conmovida ante lo que estaba viendo. Tomó la mano hecha puño y la comenzó a acariciar. Aquel no era un gesto que acostumbraba a hacer, puesto que el hombre frente a ella era alguien que demostraba lo fuerte que podía ser, pero, como todo ser humano, tenía límites. Lo había visto una vez de esa forma y fue cuando Sherlock había asesinado a Magnussen, más aun así su rostro solamente cambió ligeramente, nada perceptible a simple vista. En esta ocasión era distinta, su rostro era el vivo reflejo de lo que en verdad sentía le estaba afectado, le dolía y mucho, ya no podía ocultarlo más.
Mycroft volvió sus ojos a su asistente y le regresó el gesto con la mano. Ella pudo ver como luchaba por controlar sus emociones, el remolino que sentía. No lo conoció de joven, pero nunca pudo imaginarse a Mycroft Holmes de otra forma que no fuera a como era: alguien duro, fuerte, que cargaba con demasiado peso para su edad.
— Estoy aquí, Mycroft — se permitió decir su nombre. Nunca lo hacía por el respeto que le tenía al hombre y por lo que significaba su trabajo, pero no le importó en absoluto. Quería que supiera que podía contar con ella, al fin y al cabo ambos habían sido cómplices de muchas cosas juntos, cubriéndose el uno al otro.
La sonrisa del aludido se dibujó ligeramente sobre sus labios.
— Gracias, Kate — la llamó haciendo que esta se sonrojara ante el uso de su nombre real en diminutivo.
En verdad, se conocían. Y ella no podía evitar fidelidad ante este hombre, el cual, después de todo, veía como a su verdadero padre.
Toda Scotland Yard estaba atenta. Y no es que el lugar fuera en realidad muy grande; claro, las oficinas son las que normalmente estaban siempre concurridas y cuando ella se refería a toda Scotland Yard sólo podía tomar las oficinas en las que ella trabajaba como referencia.
La gente siempre estaba atenta a todo lo que pasaba, sobre todo después desde los atentados a uno de los DI más queridos de aquel lugar. Gregory siempre se llevó bien con todos y siempre les realizaba favores y muchos de ahí lo apreciaban, por eso fue grande la pena cuando se enteraron del fin que tuvo aquel buen hombre durante uno de sus casos.
Con toda esa conmoción, todo el mundo estaba atento a la acalorada discusión que comenzó con la llegada del joven detective consultor.
Como siempre, había entrado a las oficinas como si de su casa se trataran, violando todos los estándares de permiso. Cuando Sally Donovan lo vio cruzar aquella puerta, no dudó en dejar lo que estaba haciendo —como el terminar de dar información nueva sobre un caso que había llegado— y plantarse sobre el hombre.
— ¿Qué haces aquí? Sabes bien que tú no eres bienvenido aquí, freak — soltó con voz potente, ante la mirada atenta del moreno.
Sherlock pareció no tomarle importancia. Alzó una ceja y la pasó de largo, yendo hasta una de las oficinas de los otros DI.
— ¡Oye! — exclamó la mujer dándose la vuelta para ir tras el hombre. Lo sujetó de un brazo y, para sorpresa de ella y de todos, este se detuvo. — ¿Cómo te atreves a venir después de lo que hiciste?
— Disculpa, pero yo no hecho nada para no ser bienvenido aquí — aclaró con voz ronca, parecía como si no hubiera tomado nada de agua en todo el día. — Ahora, si me permites Donovan, necesito hablar con Dimmock sobre unos asuntos impor-
— No puedes hablar con él — mencionó mientras sujetaba con más fuerza a Sherlock, quien ya había empezado a soltarse.
El moreno bufó para luego soltarse con rudeza y darse la vuelta para encarar a la mujer.
— ¿Por qué?
— Porque tú no puedes estar aquí, no más — su tono era serio y desafiante, su mirada se había posado sobre la clara de Sherlock, sin temor, ya no.
Su mente se había alimentado todo ese tiempo con la ridícula idea que la asaltó en el entierro de su mejor amigo y jefe mientras las risas del moreno estallaron. ¿Quién demonios se reía en un entierro? Nadie más que él. Un completo psicópata que no siente nada, por nadie. Se lo había dicho a John en una ocasión y a Lestrade miles de veces. "Algún día encontrarían un cuerpo, un asesinato, un crimen bien planeado y todo será obra de aquel hombre al que tanto admiran. Tanta perfección no podía ser cierta". Y estaba segura de ello, ahora lo estaba. El asesinato de Gregory Lestrade estaba tan enredoso que el único que podía saber cómo había sido era el hombre que lo había generado y ese era nada más y nada menos que Sherlock Holmes.
— Eso no es razón suficiente — avanzó de nuevo.
— Lo es para mí y para todos aquí — lo volvió a interceptar. — Tú eres el único culpable de todo esto.
La mirada del hombre se tornó confusa.
Lo había dicho, tenía que sacarlo y pudo sentir como toda las miradas de las personas a su alrededor la observaban. Ya no podía retractarse.
— Por tu culpa, un agente de Scotland Yard perdió la vida — tomó un poco de aire y paseó rápidamente su mirada a su alrededor. — Greg murió por tu culpa. Por ti.
Sherlock pestañeó velozmente durante unos segundos, lo que sea que traía en sus manos fue a dar al suelo, sin hacer mucho ruido. Los murmullos en todo el lugar no se hicieron esperar.
Sally se sintió con fuerzas al ver como el hombre se quedaba callado. Por primera vez había podido acallar a Sherlock Holmes, debía de anotárselo como un gran logro personal.
Pareció abrir la boca para hablar, pero ella fue más veloz.
— Todos a tu alrededor sufren por ti. Siempre terminan perdiéndolo todo en el fuego cruzado, en esta lucha que sostienes por llamar la atención, aparentando ser el más listo de todos, el mejor. Pero nunca vez lo que realmente pasa.
» John lo sufre, tus clientes lo sufren, todos aquí en Scotland Yard lo sufren y Gregory… Él fue el que pagó las consecuencias de todo, y a un alto costo… Y todo porque tu danzabas a su alrededor como un campo minado a punto de estallar en cuanto alguien se adentrara más en ti, en tu vida. Y algún día, John lo pagará también — su voz en ningún momento se quebró, pero al terminar de hablar, una lagrima se deslizó sobre su mejilla.
El cuerpo inerte del moreno inspiró profundamente minutos después de haber recibido aquel mensaje. Paseó su vista alrededor, posando sus ojos tan solo unos segundos en los presentes, como evaluándolos. Volvió abrir la boca, pero no pronunció nada. Apuñó su mano derecha, haciendo crujir el guante que la cubría, para después dar media vuelta y salir a la misma velocidad a la que llegó.
Sally lo observó, sintiendo como la rabia iba descendiendo, pero aun así, anonadada por lo que acababa de ocurrir. Acababa de vencer en una discusión contra Sherlock "maquina" Holmes, se debía de sentir orgullosa por aquello, gloriosa y alguien fuerte, más sin embargo ninguno de esos sentimientos la envolvían, de hecho se sentía vacía, hueca y no sabía porque.
Escuchó la puerta a sus espaldas y no pudo evitar salir de su ensoñación.
— Disculpen… — comenzó Dimmock con una voz un tanto agarrosa, tosió un poco llevándose la mano a la boca. — No… ¿No ha venido Sherlock por aquí? Es que quedé de verme hoy con él por lo de unos casos relacionados a lo de Lestrade y se me figuró haberlo escuchado.
El corazón de Donovan se contrajo con grande fuerza. Volvió su vista aterrada al suelo y vio lo que antes había dejado caer el moreno. Eran unos papeles. Se agachó a recogerlos y comenzó a hojearlos. Eran notas mal ordenadas, manchadas y uno que otro pedazo de periódico arrancado bruscamente. Trató de poner en orden todo aquello, pero no encontraba ningún sentido a eso.
— ¿Donovan? — la llamó el DI.
Ella se puso en pie y encaró al hombre, sintiendo de nuevo todas las miradas de los ahí presentes.
— S-si… vino y dejó e-esto — su voz se quebraba, se acercó casi temblando al hombre y le entregó los papeles. — L-luego se fue…
— ¡¿Cómo que se fue?! — pareció alarmado. — ¡Dios! Este hombre sí que puede parecer una diva. No entiendo cómo es que Lestrade soportó su humor por tanto tiempo — trató de ordenar los papeles pero pareció obtener el mismo resultado de ella. — Tardaré horas en descifrar esto. Por favor, avísame si vuelve. Esto es de suma importancia, parece ser que ya casi da con los responsables.
Y tras esto cerró la puerta frente a la cara de la mujer, quien había comenzado a sentirse el peor ser humano sobre la tierra.
La casa le parecía un lugar desolado por lo que buscaba cualquier pretexto para no estar ahí, pero su fiel asistente no había dudado en ordenarle en que fuera a descansar. Los días seguían pasando y él debía de descansar, nada se detendría por su pena, pero tampoco debía de excederse.
Observó todo a su alrededor y nada le pareció más interesante que ir a la cocina y comenzar a hurgar en algo en que cocinar. No es que tuviera hambre, pero sabía que en algo debía de ocupar su tiempo, por lo que se quitó el saco, se dobló las mangas de su camisa y se colocó un mandil para disponerse a preparar lo primero que se le viniera en mente.
Comenzó realizando un batido en un bol, picó algo de verdura y comenzó a freír todo en un sartén. Sazonó con vino y poco de especias. Podía sentir como su mente se veía liberada poco a poco. Ahora recordaba lo mucho que adoraba cocinar, el preparar distintas cosas con diferentes sabores. El poder llegar a tocar un punto en el paladar que hacía a la persona sentirse en las nubes y llegar a un éxtasis culinario era lo que más disfrutaba. De hecho, muchas veces su madre y ella le cuestionaron por qué no dedicarse a la gastronomía en vez de las ciencias políticas, incluso Gregory se lo había dicho en varias ocasiones en broma. Pero lo que él siempre respondía era que no lo veía como un reto o algo en donde sus verdaderos dones pudieran ser en verdad explotados.
Una vez terminó de cocinar, puso la mesa y sirvió. Una vez en la mesa, listo para degustar, fue cuando se percató que había cocinado para dos, al igual los platos en la mesa. Se dejó caer en su silla, observando el lugar vacío que le pertenecía a Greg.
"Está delicioso. Deberías de comer algo".
La voz de su antigua pareja hizo eco en aquella habitación. La soledad volvió abrumarlo y la poca paz que había logrado al cocinar se perdió al recordar aquellas palabras que fueron dichas en uno de los cumpleaños de Gregory. Lo había invitado y él mismo había preparado todo. Ese día el trabajo había sido poco por lo que se permitió aquel detalle, algo que el otro hombre agradeció y alabó la excelente sazón que poseía. Recordaba también el resto de la noche, como pasaron de charlar durante horas a simplemente permanecer uno al lado de otro, disfrutando de su cercanía.
Una media sonrisa se dibujó en su rostro después de haber terminado de comer un poco de lo que había en su plato. Por más que lo negara, todo en esa maldita casa le recordaba a Gregory y era algo que no podía evitar, lo que lo llevó a plantearse lo mucho que había influido el canoso en su vida y hasta qué punto lo que hacía podría evocarle recuerdos. Sabía que todo aquello que sentía debía de enfrentarse mediante un proceso de duelo, pero Mycroft no tenía el suficiente tiempo para realmente sobrellevarlo como debía de ser, por ello su mejor opción era el replantearse el comenzar a eliminar cosas de su mente…
El sonido de su celular lo tomó por sorpresa, sacándolo de sus pensamientos. Alzó el aparato y al ver el nombre de su hermano en pantalla, no pudo evitar soltar un suspiro de molestia.
— Espero que sea de importancia, Sherlock — contestó con voz trémula, tras llevarse el aparato al oído.
La respiración agitaba de su hermano no hizo más que levantar sospechas en el pelirrojo, ¿y ahora en que se había metido? Sacó el aparato de vigilancia de su bolsillo que servía para localizar a Sherlock. Nunca antes lo había usado, solo fingía y falsificaba los reportes acerca de este que debía entregar a seguridad nacional tras el acuerdo al que había llegado para condicionar la libertad de su hermano en Londres mientras el caso de Moriarty seguía abierto. Lo vio situado dentro de los terrenos de Baker Street, lo cual lo llevó a la conclusión de que era posible que su hermano hubiera encontrado la forma de poder retirarse sin sonar las alarmas. Suspiró, no era algo que lo sorprendiera.
— ¿Qué información tienes acerca del grupo delictivo Rosenkreuz? — su voz parecía sonar agitada, como si hubiera estado corriendo por aproximadamente veinte minutos sin descanso. Al parecer a su hermano le hacía falta más condición.
La ceja de Mycroft se alzó, extrañado. ¿Era enserio?
— Sherlock — comenzó tras soltar una ligera risa —, si me vas a preguntar sobre historia de masonería sería mejor que…
— No seas ridículo Mycroft — bufó ofendido. — Existe un grupo actual con dicho nombre, supongo que ya lo has de haber encontrado durante tu investigación del caso de Lestrade.
El cuerpo del pelirrojo se volvió a tensar ante la mención del nombre de su antigua pareja. Buscó rápidamente en su memoria mientras llevaba sus dedos a su frente y comenzaba a masajearla, tratando de salir de su creciente ansiedad.
— Es un grupo que ha liderado, los últimos tres años, ataques de vandalismo menores. De hecho son considerados como un grupo un tanto ridículo.
» No había representado gran amenaza para el estado hasta hace unos meses atrás…
— ¿Qué clase de actos ha realizado últimamente?
— ¿No deberías de sacarle este tipo de información a tu red de vagabundos? — preguntó molesto.
Del otro lado se escuchó como chasqueaban la lengua.
— No son de mucha ayuda cuando necesito datos del gobierno.
— También estaba la opción de que volvieras a robar mi laptop — presionó la herida con desdén, aún no podía perdonarle el que lo hubiera drogado y asaltado.
Sherlock bufó en respuesta, para después agregar:
— No tengo el suficiente ánimo para cruzar Londres de punta apunta solo para arriesgarme a que esa información la tengas almacenada en la mente — rebatió con su característico humor. — Así que… sirve de ayuda y has que esta llamada sea de utilidad.
Pensó por unos instantes antes de responder a su anterior pregunta.
— Su trabajo no se basa más que en la exportación de drogas en los bajos mundos, como también en la venta y compra de armas de menor calibre. Aunque se presume, desde mi punto de vista, que aquello es solo una tapadera. De hecho — enfatizó tras haber profundizado más en su mente —, en la mañana, el MI5 recibió un folder con una orden de situar en estado de alerta a una organización que llevaba escrito un nombre en una grafía a mano pésima, probablemente era diestro y lo hicieron escribir el comunicado con la otra mano… El nombre era Rosacruz.
— Rosenkreuz — oyó decir con entusiasmo a su hermano, mientras sabía que este sonreía. — Era lo que necesitaba escuchar.
Y tras esto, colgó.
Sherlock ya tenía algo, lo podía asegurar debido a todo lo que no le dijo. Eso lo hacía sentir bien. Si Sherlock se encargaba de todo el asunto físico, él podría sacar a flote todo el papeleo necesario para dar fin al caso del asesinato de su pareja. Aun cuando haya sido efímera, la charla con su hermano le sirvió para darse un puñetazo mental y reprender a la idea que había tenido antes de la llamada.
Había jurado hacer pagar a aquellos que habían acabado con la vida de Gregory, por ello debía de seguir trabajando en encontrar a los responsables. Por más que le dolía la ausencia del otro, debía de seguir adelante. No podía permitirse más sentimentalismo, era hora de volver a lo que era antes: el hombre de hielo.
Ordenó la cocina y se lanzó directo a su oficina. La noche apenas era joven y había mucho trabajo pendiente por hacer.
Hacía tiempo que no sentía la adrenalina correr por su venas mientras el viento de la fría y húmeda noche de Londres golpeaba sobre su rostro. Sus piernas palpitaban debido al esfuerzo, pero aquello podía pasar desapercibido debido a su gran entusiasmo.
Podía escuchar como el sonido de los autos hacía eco a lo lejos, en el centro de la gran ciudad. La ciudad no descansaba, ni mucho menos él en medio de tan excitante revelación.
Y es que tras haber colgado a Mycroft todo se había vuelto claro. Todo era cuestión de tiempo para encontrar a los responsables de la muerte de Lestrade. Aquello no fue más que una forma de hacer pagar al hombre que había capturado a uno de los líderes del grupo, hace dos meses atrás. De hecho aún recordaba el caso en el que estuvo inmiscuido dicho líder, nada interesante, nada más que un seis, lo que no tuvo la necesidad de salir de su departamento y tuvo oportunidad de jugar un poco con la hija de John. La forma en que fue capturado fue ridícula, fue un enorme error por parte del criminal al haber dejado tantas pistas que podían inculparlo.
Lo que aún Sherlock aún no terminaba de entender era porque hasta ahora era que el resto del grupo reaccionaba y de esta forma tan extremista. Por lo que pudo evaluar en el caso en el que estuvieron inmiscuidos y gracias a la información de su red de vagabundos, el grupo que estaba casando no era uno muy inteligente y capaz de realizar actos tan extremos. Su mente comenzó a viajar en una posible respuesta justo antes de poder presentarse ante el grupo delictivo, pero decidió dejarlo mejor al tanteo y evaluarlo una vez estuviera frente a ellos, puesto que eso implicaba el detenerse y no podía darse el lujo de seguir perdiendo el tiempo, no después de lo ocurrido en Scotland Yard.
"Déjalo y elimínalo. Los sentimientos solo te hacen más lento" se regañó. Y tenía razón. Lo ocurrido con Donovan en el Yard no lo ayudaría en lo absoluto, puesto que sus palabras nada tenían que ver con el caso. Pero no podía dejar de pensar en el hecho de que parte de su argumento era cierto…
"Es ridículo… Sigue corriendo y piensa en el caso. Mente en el caso" se ordenó y apresuró su paso hacia su destino, apartándose de todo ruido que no lo dejaba pensar con efectividad.
¿Por qué huyes, Sherlock?
Aquella voz lo detuvo, una voz que pensó que había enterrado muy adentro suyo.
— No huyo — soltó el aire mientras trataba de volver a regularizar su agitada respiración.
Y tras esas palabras, le fue difícil el quedarse en el presente.
Todo a su alrededor cambio y se transformó en aquel campo que el tanto conocía y que en su infancia adoró. En el fondo podía ver como se alzaba aquella imponente casa que una vez le perteneció a sus padres cuando aún eran jóvenes y la paranoia de Mycroft no había sido disparada tras haber sido ascendido a un puesto mayor en el gobierno.
Frente a él, en medio de ese enorme campo verde, se situaba aquella fuente hecha de granito en la que tanto el cómo su fiel perro, Redbeard, solían juguetear hasta que la noche caía y su madre se había quedado afónica de tanto gritarle que se metiera.
No era aquello la exactitud con la que había recreado aquella visión, no. No, era algo más, algo —o alguien— que estaba en aquella fuente que pensó haber eliminado para siempre de su Palacio Mental. Sentada en aquella fuente estaba aquella mujer que no pasaba de los veintitrés años, vistiendo uno de sus esplendorosos vestidos floreados hechos por ella misma que no daban nada que desear a un vestido de verano Armani. Su cabello, ondulado y color chocolate, le llegaba hasta muy por debajo de los hombros aun estando sujeto en una coleta de lado que hacía que su cabello pareciera cascada que salía de su cuello. Nada en ella estaba desaliñado, ni un solo cabello, ni una sola arruga fuera de lugar en su vestido, que se ceñía a su cuerpo. Su rostro era iluminado por unos ojos grandes color miel que hacían juego con su bronceada piel debida a su labor netamente de campo.
Sus ojos estaban sobre el moreno con una fuerza enorme, que sólo lo hacía sentir como un adolescente malcriado.
Reconocía bien aquel justo momento, sabía exactamente que palabras ella diría y cómo reaccionaría, más aun así en aquel momento decidió que todo fluyera como si fuera lo más natural. Esa noche había peleado con Mycroft, pero no recordaba exactamente porque, era algo tan común entre ellos dos el pelear por cualquier razón y era común en ella el arreglarlos.
— ¿Por huyes, Sherlock? — la pregunta se volvió a formular con el mismo tono suave y autoritario que antes. — Ven aquí.
El aludido, que en esa ocasión no tenía no más de doce años —aunque muchos decían que por su forma de hablar parecía de hasta de alguien mayor a dieciocho—, se acercó lentamente mientras desviaba la mirada hacia otro lado y maldecía en distintos idiomas.
— Vous savez que je parle français, Sherlock.* — sonrió alzando una ceja, desafiante.
— Je ne veux pas dire que vous ne comprenez pas* — soltó tajante el moreno.
Sherlock se sentó a su lado, con la cabeza baja, a punto de estallar en coraje. Guardaron silencio por unos instantes, antes de que ella suspirara y continuara.
— Entonces, entenderás cuando te contradigo aquello que dices…
— Mycroft es un gordo molesto que debe de aprender a no meterse en mi vida. Punto — la interrumpió, a lo que ella soltó una ligera risa.
La castaña suspiró al instante después. Se acercó más al menor y pasó su brazo por los hombros de este, para después posar su mano en aquellos chinos que cada vez parecían salirse de todo orden. Recordaba haber aceptado aquel tacto, siempre lo hacía si provenía de ella, pero ahora, seguro de que se trataba solo de un recuerdo, rehuyó de este, más el fuerte brazo de la mujer se lo impidió.
— Mycroft es tu hermano — señaló mientras acariciaba su cabello. — Y él siempre se meterá en tu vida porque se preocupa por ti.
Sherlock bufó.
— Si en verdad se preocupara por mí, estaría más tiempo conmigo y no sólo en estas fechas.
Su corazón se encogió, ahora recordaba lo sola que fue parte de su infancia y de su adolescencia. Siempre se la vivió sólo, apartado, por ello nunca aprendió a hacer buenos lazos, nunca entendió que las otras personas sentían, algo que muchas personas habían clasificado como asperger, cuando en realidad era una gran apatía hacia todos a su alrededor que no le parecieran interesante.
— Siempre estoy solo — agregó, lo que en ese tiempo fue verdad, puesto que ahora no podía mentir debido a la existencia de John.
— ¿Te duele el estar sólo? — preguntó ella con voz suave.
Ahora, en la actualidad, sólo demuestra lo que en verdad siente hacia una sola persona, John. Pero recordó que solo ante aquella mujer podía ser quien realmente era, por lo que no vaciló en asentir, mostrándose un tanto molesto.
— Y Mycroft dice que es mi culpa que esté así… Que yo siempre alejo a todos por mi forma de ser tan extremista.
La castaña lo abrazó con fuerza ante aquellas palabras. El moreno sintió como su corazón daba un vuelco, reviviendo los pocos momentos en los que él pudo considerar felices con otra persona fuera de su familia. La mujer acercó sus labios y lo besó con fuerza en la cabellera mientras no dejaba de acariciar sus suaves rizos.
— Tú no tienes la culpa de que el mundo no comprenda lo maravilloso que eres — le susurró para luego tomarlo por las mejillas con ambas manos y poder mirarlo fijo a los ojos, recordaba como su mirada parecía relucir gracias a la luz que salía de la mansión que estaba a sus espaldas, haciéndola ver mucho más hermosa de lo que era. — Mira, Sherlock, llegará el momento en el que una sola persona entenderá cuan genial y asombroso eres, y mientras esa persona lo crea, el mundo podrá decir lo que quiera, te podrá acusar, te podrá golpear y humillar, pero de nada servirá si esa persona — lo señaló en el pecho — lo crea — continuó para luego llevar su dedo índice a su nariz y golpearla ligeramente, sacándole una diminuta sonrisa a Sherlock.
Y esas palabras se habían grabado enormemente en su cabeza, selladas en lo más preciado en su palacio mental y recobraron mucho más sentido una vez que John apareció en su vida. Aquel militar que, con solo menos de unos días de haberlo conocido, ya le juraba lealtad frente a su hermano sin titubear y había apretado el gatillo de su arma sin titubear para acabar con otra persona que amenazaba la vida de él. John se había vuelto su mundo, su pilar a la aburrida realidad humana a la que él muchas veces decidió ignorar, y era quien lo había hecho ser más humano, por ello las palabras de Donovan no debían de hacerle daño, puesto que, a pesar de venir de alguien tan estúpida como ella, él sabía que eran mentira al igual que John lo hacía.
-.-
El camino hacía las afueras de la ciudad había sido más largo de lo que había previsto. Una vez logró reanudar su marcha tras aquel pequeño flashazo de su pasado, su mente logró conectarse de lleno de nuevo con el caso y comenzó a trazar cada línea en el mapa que tenía dentro de su mente. Evaluó cada una de las rutas y el supuesto punto de encuentro en donde se reunía la banda, pero debido a distintas cuestiones — tales como los lugares bloqueados y ciertas desviaciones debido a construcción—, el lugar al que quería llegar parecía alejarse cada vez más de él.
Se detuvo para evaluar su situación. Era extraño que justamente ahora, todas las rutas que daban con aquel barrio estuvieran "aparentemente bloqueadas". Consideró todas las rutas que su red de vagabundos le habían dada esa misma mañana, junto a las que había trazado junto a John y Mary días atrás. Su mente no tardó en conectar todos los pequeños detalles del camino junto a las palabras que poco a poco aparecían en su mente.
"Grupo aguerrido" "Personas con pocos estudios pero que han vivido toda su vida en barrios peligrosos" "Su líder era quien los protegía y el único que en verdad tenía estudios más allá de lo básico"… "Están por todos los barrios bajos de Londres"… Lo que significa que lo conocen todo. Sherlock logró escuchar unos chirridos que lo apresuraron a salir de su palacio mental. Giró con la velocidad que le permitió su cuerpo hacia donde supo provenía aquel molesto chirrido. No fue para nada una sorpresa el encontrarse con uno de los vándalos de aquella organización dispuesto a atacarlo de lleno con una navaja, ni tampoco el que aquel muchacho —que no podía pasar de la mayoría de edad— estuviera acompañado; no, su sorpresa fue que aquellos vándalos hubieran predicho la mayoría de sus movimientos para defenderse de sus ataques y lo hubieran golpeado de igual manera.
Lo dejaron herido en el suelo, con varias contusiones en el pecho, brazos y piernas que sabía se volverían en unos hematomas bien marcados las próximas dos semanas, algunos cortes con la navaja tanto en manos, rostro y brazos, como también un hombro dislocado, de un posible grado tres, y un labio reventado. Pero aún podía ponerse en pie y seguir peleando, pero aquello no fue necesario, puesto que el grupo de jóvenes, que sus edades estaban dentro del rango de quince hasta los veinticinco años.
Los escuchó gritarse los unos a los otros en un español muy fluido, y demasiado coloquial para su gusto que podía clasificarlo como Latinoamericano, mientras iban huyendo y señalaban una y otra vez el edificio que estaba al lado de Sherlock.
Cuando logró ponerse en pie y fijar su vista hacia donde los latinos —después de evaluarlos mejor pudo deducirlo— señalaban, su corazón dio un brinco por el susto que lo que le cayó justo a su lado le causó.
El cuerpo todo despellejado de un hombre, casi irreconocible. El rostro estaba completamente hinchado, el traje que usaba estaba hecho girones, como si lo hubieran estado rasgando una y otra vez. Las piernas estaban quebradas y acomodadas en dirección contraria a su verdadera ubicación, su pies carentes de zapatos estaban morados, como si todo el tiempo estuvo colgado y durante ese tiempo lo hubieran estado torturando. Alrededor de su cuello yacía una soga, la cual era la que la sostenía colgado y parecía venir desde la azotea de aquel edificio abandonado y en pésimas condiciones.
El moreno se sostuvo el brazo como pudo, evitando el perjudicarse más de lo que se encontraba, apartó con la mano buena la tira de la camisa para evaluar el resto del cuerpo, dándose cuenta que aquel atentado no fue por casualidad. Su teoría se confirmó, a Lestrade no lo tomaron por azar, había una especie de venganza en contra de todo el cuerpo policial que estuvo involucrado en el arresto de aquel líder.
Las palabras "Cortaron una cabeza. Destrozaremos todo su cuerpo. Parte por parte" lucían por todo el abdomen del hombre, el cual pudo identificar como parte del cuerpo policial de Scotland Yard.
Cerró sus ojos y puso a trabajar en su mente. El dolor que sentía le servía de incentivo para hacerlo lo más rápido que pudiera. El grupo parecía actuar como un hormiguero: actuaban serenos mientras no se les molestara, pero una vez ponías el dedo en el hoyo podías sufrir un encuentro muy doloroso con todas estas atacándote. Era un grupo bien coordinado, sabían cómo atacar, más inteligente de lo que aparentaba. Lo que aún no terminaba de entender es como pudieron ir más allá de sus movimientos, si se supone que él estaba por delante de los de ellos.
El dolor de sus piernas fue en aumento y lo hizo caer al suelo, haciéndolo soltar un alarido. Buscó presuroso en su chaqueta su teléfono celular y marcó a emergencias. Necesitaba estar en todos sus cabales para poder deducir con exactitud lo que ahí acababa de descubrir. Esta banda era lista, pero no podían ser más listos que él. El dolor se volvió más intenso y su cuerpo le exigía descanso.
Sus ojos comenzaban a cerrársele y solo podía pensar en alguien. Sherlock no dudó en llamar a John.
John Watson había tenido una jornada laboral en el hospital demasiado pesada y su cuerpo no podía más. Una vez llegó tarde esa noche no supo en qué momento se logró quitar la ropa del trabajo, colocarse la pijama y tumbarse sobre su cama al lado de su ya durmiente mujer.
Se había levantado veinte minutos después, puesto que la niña había llorado y para no dejar sola a su mujer con el trabajo de madre, decidió hacerlo él. Quince minutos después ya estaba de nuevo en su cama, disfrutando de la suavidad de esta.
Estaba realmente agotado, podía presumir que estaba muerto. Fue por eso que cuando su teléfono celular sonó a toda potencia, indicando que tenía una llamada entrante, maldijo en todos los idiomas que pudo. Porque había decidido ignorarlo, pero la terrible insistencia lo hizo enojar bastante, puesto que ¿Quién demonios te marcaba con insistencia a tu celular a las 2 am?
Estuvo a punto de apagarlo cuando vio el nombre de su amigo en la pantalla, pero algo muy en el fondo lo hizo tomar la llamada.
— Sherlock, ¿te necesito volver a repetir que las personas normales necesitamos descansar nuestras ocho horas completas? — balbuceó mientras se tallaba los ojos. En verdad, cuando lo viera a la mañana siguiente lo mataría si salía con cualquiera de sus estúpidas teorías sobre el libro de crímenes que Mary le regaló la semana pasada. Anotó que ya nunca le regalaría uno bajo ninguna circunstancia.
— ¿John? — sonó la voz cortante de Sherlock al otro lado de la bocina acompañada de varios ruidos que la somnolencia no le ayudó para identificarlos.
Aquello alertó al soldado, quien en un santiamén se incorporó en la cama. Aferró más el celular.
— ¿Qué pasa, Sherlock? ¿Estás bien? — su voz comenzó a sonar alterada, lo cual despertó a su mujer.
— Jo-John… Necesito que vengas por mí… — hablaba arrastrando las palabras.
— ¿Estas drogado? — la preocupación se iba trasformando en enojo. Eso no podía estar pasando de nuevo.
— N-no… Estoy en una escena del crimen y…. ¡argg! — Soltó un potente grito — ¡ten cuidado!
— Le dije que se mantuviera quieto y que colgara ese teléfono — se escuchó de fondo una voz varonil. John comenzó a prestar más atención a lo que escuchaba de fondo. El sonido de unas sirenas junto al de unos murmullos comenzó a sonar claros para un ya despierto John.
— ¿Qué está pasando, Sherlock?
— Espera un momento — pareció decir Sherlock, apartado de la bocina del teléfono. — Necesito que vengas por mí a la dirección que te voy a enviar por mensaje — se escuchó la voz del detective más de cerca. — Hazlo lo más pronto posible.
John suspiró. Ahí iba de nuevo. Se había prometido no involucrarse, por lo menos en una semana puesto que en el hospital tendrían una semana muy pesada debido a las ferias de salud que el decano de medicina encargado del hospital había programado. Necesitaba tiempo y espacio para descansar como Dios mandaba y por ello se había prometido que, por más que lo adorara, no iría tras su amigo corriendo para resolver cualquier ridículo e increíble caso que este le presentaba. Y lo había estado haciendo bien, de maravilla. Pero a la primera llamada, después de dos días, catorce horas y veintidós minutos —no es que él las estuviera contando tan desesperadamente, sólo quería llevar un buen orden para cumplir el tiempo exacto de una semana, no es como si fuera adicto a aquellas emociones—, saltó de inmediato a la orden de su sociópata favorito.
— Espero y te quedes ahí, Sherlock — bramó resignado mientras se ponía en pie y comenzaba a vestirse. Mary se giró y, aún con los ojos medio cerrados, le dedicó una sonrisa, a la cual respondió. — Porque está vez no pienso perder horas de sueño solo porque "decidiste deambular un poco".
— Eso era importante, John, el caso lo requería.
— Necesito acomodarle el brazo, ahora — habló la otra voz del fondo.
John se detuvo en seco.
— ¿Acomodarte el brazo? — se giró hacía su mujer, que ahora se encontraba sentada sobre su cama, atenta a todo lo que John hablaba. — Sherlock, ¿estás bien? ¿Tuviste un accidente?
Los murmullos del otro lado del aparato se intensificaron.
— Está todo bien sólo… ¡Arghhhhh! — otro alarido. — ¿Me permites? — la voz se escuchó distante de nuevo.
— Si no le acomodo ahora el brazo, esto requerirá cirugía — sentenció la otra voz.
— ¡¿Cirugía?! — cuestionó alarmado el rubio.
— No tengo tiempo para operaciones y…
— Lo lamento — lo interrumpió la otra voz. Se escuchó algo de estática por el auricular, como si se estuviera manipulando el aparato junto con un grito de protesta por parte del dueño, seguido de un potente alarido que provino del moreno, al final, silencio. Unos minutos después, John pudo escuchar como el celular era nuevamente manipulado y la pesada respiración de otra persona se transmitía hacía su lado. — ¿Vendrá por su novio sí o no?
El ex-soldado se quedó mudo ante todo aquello. Hubo una persona que había logrado someter a Sherlock, aquello era para recordarse. Tuvo que necesitar que su mujer lo sacudiera para que reaccionara y respondiera.
— S-si… si, iré p-por él — balbuceó mientras terminaba de ponerse las pantuflas y comenzaba a buscar las llaves del carro. — ¿Cuál es la dirección?
— Se la enviaré por mensaje — respondió con voz firme la persona. Debido a su timbre de voz, el rubio supuso que se trataba de un joven que no superaba los treinta.
— ¡Jaaaaawnn! — escuchó el grito infantil de su amigo del otro lado de la línea y no pudo evitar sonreír.
— ¡Guarde silencio y estece quieto, por favor! — ordenó el joven antes de colgar.
El bloger no pudo evitar soltar una risita ante lo que acababa de ocurrir. De todas las personas en el mundo, nunca creyó que Sherlock sería reprendido de esa forma por un paramédico, aparentemente, mucho más joven que el mismo detective.
Su teléfono vibró, como notificación de que el mensaje que esperaba había llegado. Lo abrió y leyó la dirección. Ahora solo hacía falta encontrar las llaves de su auto y…
El tintinear del bronce frente a él finalizó su búsqueda. Mary estaba en la puerta de entrada de su casa, vestida para salir y con las llaves en la mano, las cuales no dejaba de sacudir.
— ¿A dónde hay que ir por nuestro primogénito? — le sonrió divertida su mujer.
El rubio le respondió.
A veces se preguntaba qué sería de él si hubiera decidido no perdonarla. Supuso que su vida no tendría la misma diversión que ahora tenía con esta antigua mercenaria —o lo que fuera que haya sido en su pasado— a su lado.
No había podido dormir. Era su tercera noche consecutiva. Estaba terriblemente agotado. Y no es como si fuera su primera vez privado del sueño. De hecho, ya había pasado una semana entera sin dormir y después de todo un día de sueño reparador pudo continuar con su día a día como si nada hubiera pasado, aunque el regaño que recibió de su asistente fue el suficiente para no volver a repetirlo.
Pero esta vez era distinto. Había tratado de dormir, pero las pesadillas no se lo permitían. Y es que todo lo volvía a traer de nuevo al rostro sin vida de Gregory. Todo le recordaba a él, cada cosa, cada espacio, cada segundo lo volvía a llevar hacía ese momento de su vida, lo que le traía, como consecuencia, recordar esa estúpida discusión que había tenido con el DI antes de que este muriera.
Y por más que intentara, por más que investigara, no tenía cabeza para hacer nada de lo que tuviera que ver con el caso de su pareja. Cada vez que lo intentaba, no hacía más que darle vueltas y vueltas sin llegar a nada concluyente. Hasta su hermano había avanzado más en la investigación que él mismo. Sherlock se había involucrado hasta el punto de ser herido seriamente debido a que se había acercado demasiado. Ahora, gracias a él, tenían una teoría confirmada: la muerte de Gregory fue debido a una venganza de un grupo revoltoso de Londres.
Ya lo tenían todo, todo aquello que los incriminaba, el problema ahora era averiguar donde se encontraban, puesto que, tras la llamada de John avisándole del estado de su hermano y el haber ido a investigar junto a parte de Scotland Yard y unos cuantos agentes del MI5 de su confianza, no pudieron encontrar ni un rastro de que si quiera hubieran estado ahí aquel grupo. Ni siquiera él, que es mejor que su hermano, pudo encontrar algo que les sirviera para dar con su paradero. Eso, junto con los datos que su hermano le había dado sobre el atentado que sufrió, no hizo más que orillarlo a pensar que había una mente mucho más superior detrás de todo esto quien era en que verdad estaba moviendo los hilos. Por un instante pensó que podría tratarse de Moriarty, pero debido a las pistas que había dejado el criminal que apuntaba hacia otro lado, aquello no podía siquiera confirmarse. Y eso le frustraba.
Había demasiadas cosas que podrían haberse resuelto antes, pero debido a que no estaba funcionando bien no lo hacían. Y Mycroft lo odiaba. Y lo constante en todo eso era la muerte de Gregory. No podía pensar con claridad, ni con sensatez cuando todo en su vida le traía de vuelta el cuerpo inerte de Gregory Lestrade.
Por ello no hizo más que señalarle a John, de manera muy tajante, que dejaría por unos días, o tal vez para siempre, el caso de Lestrade y le prohibiría a Sherlock el que continuara en ello alegando que necesitaba reponerse de las heridas. Además, no pudo siquiera evitar el sentirse arrastrado por toda esa ola de frustración y haber llegado a la tumba de su pareja a altas horas de la noche. Como tampoco se pudo evitar el comenzar a recordar todos aquellos momentos que había vivido con él.
Y es que por más que se esforzaran, tanto él como su hermano, en resolver el caso lo más rápido posible para hacer pagar a esas personas, ¿qué caso tendría si al final la vida de Greg ya se había esfumado y nunca podría traerlo a la vida? De nada serviría esforzarse si quiera, el DI estaba muerto y enterrado y eso nunca cambiaria, por más que le pesara a muchos y le doliera a todos. Sobre todo a él.
Porque eso era verdad. Mycroft Holmes estaba frustrado y completamente dolido por la muerte de Gregory Lestrade y ya no podía dejarse de mentir a sí mismo. Todos veían otra cosa, seguían viendo a ese hombre con el rostro de hielo que nunca se inmutaba ante nada y era alguien fuerte que podía sobrellevar la reciente muerte de su pareja de más de dos años. Y él estaba harto de aparentar. Hasta para él mismo.
Apretó con fuerza el mango de su inseparable sombrilla mientras leía una y otra vez la inscripción en la lápida que estaba frente a él. Le dolía y mucho, y ese dolor estaba a punto de hacer ebullición dentro de él si no hacía algo para sacarlo. Pero solo podía hacerlo frente a Greg, había acostumbrado a su cuerpo a ser realmente él, a desahogarse sólo frente a la presencia del policía, de no mostrar su verdadero ser a menos de que estuviera el hombre. Pero ahora no estaba y el estar frente a la tumba, el lugar donde residía el cuerpo de su pareja, no le estaba sirviendo de nada, solo empeoraba las cosas.
— Todo sería diferente si estuvieras aquí… — susurró con molestia y dolor sin apartar la vista de la lápida.
— Lo estoy.
Giró su rostro, lo más rápido que le permitió su cuerpo.
Y fue como volver a respirar de nuevo, tras haber sido ahorcado hasta el punto de casi perder la conciencia. Parpadeó unos instantes, tratando de cerciorarse de lo que estaba viendo era real o no.
Ahí, a su lado, estaba parado el hombre por el cual ahora se encontraba de esa forma, por el cual ahora estaba sufriendo tanto dolor y desesperación.
A su lado derecho estaba la inigualable figura de Gregory Lestrade, observándolo atentamente como si no hubiera nada más interesante en este mundo.
— Hola, Mycroft.
-.-.-
*Nota: Es francés, la primera línea dice: "Sabes bien que yo hablo francés, Sherlock"
La segunda línea: "No era mi intención el que no entendieras"
-.-.-
Jejeje... Se que dije que no dejaría pasar más de un mes antes de publicar el siguiente capitulo, pero como lo había mencionado antes, la tesis me ha estado absorbiendo demasiado. Y eso, sumado con unas vacaciones, bien merecidas, fuera de la ciudad con la familia, no me ayudo lo bastante para terminar el capitulo y poder publicar. Y pues, acabo de llegar y me puse a trabajar toda la noche y lo que va de este día par terminar el capítulo que, a mi parecer, quedó mejor de lo que esperaba (claro, después de corregir y corregir hasta quedar satisfecha xD).
Debo avisar que es posible que se me siga dificultando subir como había dicho los capítulos, puesto que un amigo que me acaba de invitar a un proyecto que me resultó demasiado tentador y no pude negarme a ayudarle. Además, se que dicho proyecto será beneficioso tanto para mi como para ustedes, puesto que me ayudará a mejorar mis habilidades como escritora y como guionista xD...
He de decir que no piensa abandonar la historia por nada del mundo, es un proyecto personal que me interesa terminarlo, por lo menos, en este año... Así que no desesperen y siéntanse confiados de que seguiré publicando, no tan seguido, pero lo haré ;3. No quiero volver a dejar abandonado un proyecto, nunca más.
Con respecto al final del capitulo... se los dejo a su interpretación, yo solo quiero que empiecen a surgir las teorías con respecto a como lo dejé. Tenía pensado en dejarlo un poco más adelante, pero en cuanto escribí aquellas palabras mi mente se dijo "Hasta aquí es lo correcto", así que yo sólo obedecí xDD
Les agradezco su enorme paciencia ante esta historia que estoy escribiendo, como también agradezco el que hayan pasado a leerlo y se hayan dado tiempo de comentarlo.
lolitaredhead: Gracías chica por comentar! Lo sé, se quedé a Mycroft en un punto un poco doloroso, pero es parte de la historia y de lo que tengo en mente. Sabía que en este mundo existía otros masoquistas además de mi xDDD... Y aquí está la continuación a este drama que me encanta escribir, prometo siempre volver con un nuevo capitulo, lo que no puedo prometerte es cuanto me tardaré. Y si, ya me apareció que lo marcaste como favorito, Gracias! En verdad, lo estimo mucho.
NatLB: Supongo que seguir leyenda esta historia es lo que harás con tu vida (?). Y sobre el "ella", ahora les dejo una probadita que poco a poco se irá revelando. Y pues debido a esa probadita, no estuvo tan plagado de flashbacks pero su tuvo algunos que han ayudado a construir parte del pasada de la relación de Mycroft con Greg, y tranquila que vienen más. Puesto que esta historia se basa de estos, porque si no fuera así, ya la hubiera terminado desde hace un buen... presumo que solo la hubiera hecho en un solo capitulo largo, que posiblemente hubiera dividido en dos, pero presiento que hubiera dejado muy forzada y al aire la relación de Greg y de Myc y no podría servirme como liga para el otro par de historias-arcos que tengo pensado en escribir para volver al inicio-final. Con respecto a lo de Charlotte, era mi intención hacerla perra puesto que cuando Sherlock la menciona en la serie (no dice su nombre según yo) fue como una patada en el apéndice y desde entonces la odié, sin siquiera conocerla. La comparación del funeral de Greg y el de Sherlock fue hecho debido a mi necesidad de querer saber y ver lo que pasó en este y no solo la escena de John visitando la tumba días después. Lo siento si te hago sufrir, pero es que adoro colocar a mis personajes al extremo y verlos como reaccionarían ante estas situaciones, y con Mycroft se he mes un poco complicado puesto que nunca lo vemos así en la serie y las escenas que tu mencionas sentía que eran necesarias, así que lamento haberte hecho sufrir a ti tmb .-. ... Con respecto a Mary y a Sally... supongo que ahora vimos una faceta distinta de la primera (porque sí, ninguna mujer podría ser completamente feliz si tu esposo tiene por amigo a Sherlock Holmes) y con Sally, quería justificar parte de la frustración y duelo que todo están pasando, esa mujer sigue en la faceta de negación y cree que al culpar a Sherlock le ayudará a aliviar ese dolor e ira que siente hacia ella misma por no haber ido con su jefe a ese caso... Y espero que no te hayas cortado la muñeca en la espera de otro capítulo... jejeje... Gracias!
mashimaro11q: Jejeje, el Johnlock nunca debe de faltar, ni siquiera en la serie xDD... Si, lo sé, el capitulo debia de ser triste, y lamento haberte entristecido, yo tmb estoy así, ya que adoro el Mystrade, es mi pareja favorita... y el separarlos así fue doloroso para mi, pero esa era mi idea... Y pues con lo de vengar... por como ha quedado el capitulo, hasta ahorita parece que el pobre se dió por vencido... Gracias por tu comentario.
VnikLord: Gracias por tus deseos y por tu comentario! Ya estoy mejor, eso creo... Y sobre lo que te hice... te juro que nada, lo único que hago es escribir lo que mi mente me pide... Te juro que a mi tmb me hubiera encantado el lanzar a Charlotte, pero recuerda, las apariencias xDDD... De hecho el capitulo fue algo suave, a mi parecer... aún no habrá (según yo) capítulos como el primero -jojojo ;D-. Sobre su primer contacto... Dios, adoro escribir desde el final hacia el principio, adoro los flashbacks que se vienen de esta pareja porque todos son los "y si..." Moffat y Gattis dejan al aire y me gustaría conocer, por lo que yo escribo para mínimo crear como serían. Espero hayas disfrutado este capitulo y no me golpees por como lo dejé y por haber tardado mucho... todo pasa por algo! *sale corriendo*.
Bueno, además quiero agradecer a las personas que lo ponen en favoritos: layla. m. gomez, lolitaredhead; y a quienes están siguiendo esta historia: Itsaso Adhara, layla. m. gomez, lolitaredhead.
Mil gracias...
Creo que no me queda más por decir... así que me despido. Espero hayan tenido una Feliz Navidad y les deseo que tengan un fantabuloso Año Nuevo.
Cambio Y Fuera ~
