Revelations
Por fin la ceremonia había terminado, los jardines de la mansión Malfoy estaban desiertos y los elfos domésticos se encargaban de la limpieza. O al menos eso creía Astoria, después de todo la prueba de que un elfo era buen sirviente era que no se veía cuando hacía sus deberes. Tardó más de lo que pensaba en quitarse el vestido y en deshacerse el peinado; se cepilló el cabello hasta que esté quedo limpio y sedoso mientras esperaba a su marido que aún despedía a los invitados.
Esa tarde se habían casado, por fin había cumplido su sueño de toda la vida, casarse con Draco Malfoy. Podría bien formar un sonrisa irónica al ver como ese sueño se había echado a perder con el sólo roce de la realidad. Se miró en el espejo del tocador mientras las luces que flotaban alrededor de la habitación iluminaban su rostro y la cama preparada. Era ahora o nunca, era ahora cuando ella debía poner en práctica todo lo que había aprendido y dejar que Draco pensara que él sería quien llevara la relación, que ella era sólo un triste muñeca que le quedaba bonita para exhibir, la esposa trofeo que dejaría su vida y sus sueños por una sola palabra que él se atreviera a pronunciar.
Seguramente el mundo esperaba que pronto tuvieran la alegre noticia. Salir y darle a conocer a la comunidad mágica que un nuevo heredero venía en camino. Astoria sentía un ardor en el estómago pensando en el momento en que Draco la llevara a la cama y no era precisamente la emoción que una mujer virgen pudiese tener acerca de su primera vez. Era algo… peor, mucho más vacío y difícil de admitir que podía sentir. Era decepción. Sí, sin duda eso era lo que sentía justo ahora la morena mientras observaba la cama suave y cubierta de sábanas blancas a la espera de su nuevo esposo. No había emoción, no había expectativa, no había absolutamente nada más que una horrible sensación de decepción. No se suponía que fuese así. Las ensoñaciones infantiles recurrieron a su memoria, pensando en que Draco la llevaría a la cama directo, la besaría sin cansancio y harían el amor toda la noche, todas las que hicieran falta. Ahora no estaba segura de nada. Ni siquiera de que esas noches llegaran. No habría viaje de bodas y tampoco mucho más ceremonias, era hora de dormir y hacer lo que debían hacer.
La puerta se abrió y ella se volvió al espejo por completo, mirando sin mirar en realidad el conjunto de frascos que tenía enfrente. Dejó el cepillo sobre el tocador tratando de no hacer mucho ruido, mientras los zapatos de Draco eran arrastrados por la habitación, como quien camina hacia un patíbulo en lugar de a su lecho nupcial. Lo vio discretamente por el reflejo, parecía cansado, exhausto, ni siquiera lo notaba emocionado o excitado por el simple hecho de tener que pasar la noche con ella, con una mujer, con su esposa. Astoria tenía una muy buena visión propia pero en ese momento no pudo evitar preguntarse si no era en realidad fea. La Astoria del espejo parecía decir que no, que la culpa era de su esposo, no de ella, ni de su belleza, tampoco de los modales de los que gozaba y de su educación.
"…pero no que eres una mujer que necesita, que merece ser amada, muéstrale como a mí quién eres, no quién debes ser. Y el día que él lo descubra, te amará."
Maldito Zabini, se suponía que no debía estar pensando en él su noche de bodas y sin embargo, ahí estaba su voz insidiosa y engreída diciéndole que debía mostrarle a Draco quien era, que clase de mujer era y la amaría. Pero, ¿cómo iba a mostrarle al rubio lo que era si a él no le interesaba ni siquiera mirarla? ¿Sería que por fin, cuando había alcanzado el sueño, se estaba rindiendo? No lo sabía.
—Qué día —se atrevió a decir Draco mientras se quitaba la túnica de gala de encima y la tiraba en la cama, ni siquiera la miró, ni siquiera se había puesto a pensar en lo que estaba a punto de ocurrir y que Astoria estaba mucho más nerviosa de lo que pensaba estar ese día de su anhelada boda. Se dio cuenta de que a su esposo le importaba un reverendo pepino el que se haya pasado la noche cepillándose el cabello para verse un poco más hermosa, que se haya puesto el perfume favorito y la bata blanca, pero todo eso le habría dado igual si tan sólo la hubiese mirado un segundo mientras caminaba para dejarse caer en la cama. La chica no se movió ni un ápice de su sitio y tampoco lo miró, esperaba un poco más, sólo quería que él diera un paso y sería capaz de perdonar todo. Absolutamente todo. ¿Patética? Por supuesto, iba en contra de todos los códigos que la componían, pero ese hombre podía tumbarle fácilmente las defensas y sin embargo, ahí estaba estático, como si ella fuese un adorno más. Sólo quería una frase, una palabra, pero nunca llegó.
— ¿Estás lista?
Astoria cerró los ojos suavemente ante la pregunta, la gran y hermosa pregunta que le estaba haciendo su esposo, haciendo la mejor gala de su auto control mientras ponía una mano echa puño encima del tocador, sentía las mejillas coloradas y el corazón latiéndole a mil pulsaciones por hora y no precisamente de emoción. Seguía vestido, sentado en el borde de la cama observando a su mujer fría e inmóvil como una estatua de sal. Podría haberle perdonado todo, podría haber dicho que se acostaran ahora, ya más tarde lo conquistaría. No era una muñeca, por más que el mundo la quisiera usar como una, su madre, su hermana, su padre, Draco, Lucius o Narcisa, no permitiría que la trataran así, no más.
Había sido idiota pensando que él la vería diferente, pero al final Zabini tenía razón; no podía verla porque esa no era ella. Las máscaras habían sido su armadura toda su vida; estaba cansada de bailar en un salón donde no era ella, donde todo mundo se cubría el rostro para poder llevarse los unos entre los otros, ya no más. No podría resistirse un segundo más, la máscara no le había servido para nada con Draco, no veía porqué seguir usándola. No supo cuánto tiempo había pasado desde que él formulara la pregunta hasta que se levantó.
—No voy a acostarme contigo Draco —pudo ver en el rostro de su esposo que esa parte no se la esperaba, claro. Él esperaba que obedeciera hasta lo último y que admitiera que sólo para eso iba a servir, para darle herederos y decorarle la casa. Pues no. Astoria se había cansado, era la gota que había derramado el vaso y no podía más; no debía soportar más. Sólo por ella misma, no debía seguir haciéndolo. Su esposo la miró sin comprender demasiado y Astoria por fin, después de tanto tiempo en completo mutismo, en silencio y aguantando años y años de poder hacer una expresión propia, soltó una sonrisita irónica, apática- Me dijiste que acabáramos con esto rápido y eso es lo que pretendo hacer; hemos cumplido, el compromiso está satisfecho, pero tú y yo no tenemos por qué seguir con esto – le dijo fríamente, quería quitarse las máscaras y las ataduras, mostrarle quien era ella y esa muchacha fría y directa era quien se escondía detrás – Haz tu vida, Draco, yo me encargaré de la mía; frente al mundo jamás dejaré de ser tu esposa, ahora por favor, vete de aquí.
El rubio la miró como si fuera la primera vez que verdaderamente la conocía, como si hubiese sido una desconocida toda su vida, todas las veces que lo ayudo y lo defendió, como si jamás en la vida le hubiese puesto atención hasta ese momento en que como su esposa, como su compañera de vida acabara de echarlo no sólo de la habitación, sino también de su vida. Le habría gustado admitir, mientras él tomaba la túnica y salía de ahí, que también lo estaba echando de su corazón. Lástima que no fuera así.
OoOoOoOoOoOoO
"¿Por qué tenía que casarse?"
Era la única pregunta que le rondaba en la cabeza. Una sólo pregunta que le impedía. Sabía que ese día llegaría, siempre lo había sabido, no era ningún secreto en la casa de Slytherin que aquel matrimonio tarde o temprano tendría que llevarse a cabo, pero aquello no lo hacía mucho menos doloroso de lo que era.
En medio de tanto lujo, parecía que Astoria era lo único que no podía tener, aun cuando era lo que más quería. Sentado en medio de la penumbra que rodeaba la sala de estar de la enorme casa, con la camisa desarreglada y el alma en un hilo. Ni siquiera podía tomar un sorbo de alcohol, no era muy bueno para hacerlo y tampoco un aficionado, estaba descalzo y con el corazón hecho un ñudo. Y es que encima de todo, quería verla feliz, quería saber que estaría bien al lado de Draco. Aunque para cómo iba comenzando todo, empezaba a dudarlo muy seriamente.
Draco no sabía ver a Astoria como ella era, no sabía apreciarla como la hermosa mujer que, a pesar de todo y de todos, lo amaba sin condiciones y sin siquiera esperar que él le correspondiera. ¿Por qué tanta suerte? Él se había enamorado de ella como un verdadero tonto, al grado de ahora aconsejarla para que supiera conquistar a Malfoy, tal como había hecho con él. Dejando ver su verdadero rostro. Quizás en otras circunstancias él habría hecho lo mismo que su amigo, pasar de largo con Astoria, mirarla como un objeto, como la decoración bonita que había querido hacer de ella y sin embargo, el magnetismo de la chica lo envolvió. Decidida, fuerte, digna, demasiada mujer para un cobarde como Draco y mucho se temía demasiada para un hombre tan simple como él.
Y a pesar de eso se había enamorado de ella desde que eran unos niños, desde que se dio cuenta de la diferencia que escondía la morena detrás de sus facciones siempre frías, había encontrado el secreto para descifrarla, pero el camino estaba cerrado. Había vivido enamorada de Draco toda su vida, desde que era una niña, cuantas veces la había visto esconder dentro de ella todo lo que le causaba ser invisible para el que ahora era su esposo. Se le crisparon los nervios al imaginar que en este preciso momento estarían haciendo el amor. No sabía si él sería cuidadoso con ella, prefería no pensarlo. Si tan sólo él hubiera obtenido la oportunidad. Su amigo había tenido suerte, Zabini, a pesar de querer labrarse una, no consiguió ir más allá de la amistad que siempre los unió. Aunque quizás era como debía de ser, de haberse enamorado de él, ahora estaría sufriendo por estar separados; al menos en esta historia alguien parecía quedarse con quien amaba.
Se levantó del sofá al escuchar unos pasos por el pasillo, que él supiera no había nadie en casa y sacó la varita, pero antes de que pudiera reaccionar, la chica se quitó la capucha de la túnica de viaje y se echó su cuello sollozando. Blaise le atrajo contra sí con suavidad, casi temeroso de romperla y una vez más la escuchó quebrarse. Había resistido tanto y ahora estaba ahí hecha añicos, buscando el refugio donde siempre lo había encontrado y donde siempre lo encontraría, en eso no había marcha atrás, en eso jamás le fallaría. Y de nuevo vio a la niña que le había confesado el amor que sentía por Draco, de la que le había hecho prometer que jamás diría nada ni la traicionaría. Esa era ella, la pequeña, la niña. De ella se había enamorado, con ella soñaría toda la vida.
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La luz golpeó los enormes ventanales de su habitación de soltero y Draco se removió en la cama aún sin poder pegar un ojo. Tenía tantas cosas en la cabeza que le parecía que se le caería a pedazos si se levantaba. No podía dejar de pensar en el día anterior, levantó la mano y miró aquel anillo que lo unía a Astoria por siempre, preguntándose porque las cosas tenían que ser así. ¿Por qué no pudo enfrentarse a sus padres? No, por Hermione, aún no estaba seguro de que podía ir tras ella. Eran tantos lo problemas y las brechas que los separaban, que podría decir que sí en la mañana y en la tarde no mover ni un dedo. Ni siquiera sabía si el sentimiento era lo suficientemente fuerte para haberse atrevido a arriesgar todo. Pero era tarde, lo ocurrido había ocurrido y el mundo se enteraría esa misma mañana que Draco Malfoy y Astoria Greengrass acababan de contraer matrimonio, aunque como se lo dijo ella, todo sería una farsa.
No sabía que le había ocurrido o como había llegado a esa conclusión, hasta donde sabía Astoria había estado enamorada de él desde que era una niña, meses antes aún estaba tan emocionada por la boda y de repente, todo había cambiado. No sabía por qué y no sabía tampoco si le interesaba mucho, se sentía ausente, apático, frustrado, habría querido decidir un poco él mismo sobre su vida y sobre quien sería su esposa; pero al parecer aquello era pedir demasiado. No sabía que cuentas le daría a sus padres cuando supieran que él y su esposa habían pasado la noche de bodas en habitaciones diferentes. Tras imaginar la cara de su padre y las preguntas de su madre, decidió que sería mejor irse lo más pronto que pudiera, si iba al Ministerio mucho mejor.
Bajó las escaleras listo ya para irse y desaparecer como solía hacerlo, cuando al pie de las escaleras se detuvo para ver subir a Astoria, llevaba vestido y un abrigo de hombre abierto encima de sus hombros. Tenía cara de no haber dormido nada, pero seguía manteniendo la belleza suave de siempre.
— ¿De dónde vienes, Astoria? — quiso saber.
La aludida no se detuvo en primera instancia. No le importaba ya casi nada lo que hiciera Draco, o al menos eso quería que él pensara. Una noche con Zabini y las cosas se habían solucionado, si tan sólo no estuviera enamorada de ese chiquillo rubio que no sabía ni lo que quería
— ¿Y tú a dónde vas? — respondió ella con un tono indiferente- Si tú no me haces preguntas, yo no te las haré, Draco, hagamos un acuerdo — tomó el abrigo con fuerza contra ella, el viento era fresco y la desvelada no le ayudaba demasiado —Yo no soy ni tu novia, ni tu amiga, ni tu amante —lo miró tan duramente que Draco se sintió acusado, como si no valiera nada y Astoria fuera un cruel juez— Así que ahora te lo pido yo, seré tu esposa siempre, pero mientras tú no me pidas cuentas, yo no te las pediré a ti.
Draco la miró alejarse escaleras arriba con la majestuosidad de una reina, negándose a creer que era esa la mujer con quien lo habían casado. Esa no era Astoria Greengrass, al menos la que él conocía.
