¡Hola! ^^

Bueno pues, tercera y última parte del Fic.

Muchas gracias a todos los que me apoyaron con esta historia pequeñita, pero hecha con mucho cariño y esfuerzo. ¡Son la ley!

Ellie77: ¡Que bueno que te gustó! En este momento me pongo a leer; creeme, yo sí me casaba con Soul, no hace falta el millón de dólares... xDu

robinevans: ¡Aquí está la continuación! Espero que me digas que te pareció. Prende el radio y a ver qué pasa! *0*

.5686: Me alegra mucho que te haya gustado; ¿cumplirá este capítulo contus expectativas? ¡Ojalá que sí!

¡Disfrúten!


Tsubaki se encontraba en el patio trasero de la casa, entre el bosque y el estanque de peces Koi. Casi se sentía culpable por contaminar el bonito ambiente con el humo de su cigarro -mal hábito que Liz le pegó-, pero no es como si lo hiciera a diario, Black Star odiaba que su novia fumara...

"Nueve días" susurró la morena mientras exhalaba una bocanada gris al cielo. Nueve días y no habían noticias de hombre que superaría a Dios...

A lo lejos, el burlón Sol de Death City comenzaba a asomarse. Genial, otra noche en vela; justo lo que necesitaba para conseguir ese bonito tono morado bajo los ojos.

Pisó la colilla del cigarro y entró a la casa; sabiendo perfectamente que había roto la regla número uno para fumar, caminó hacia la cocina, esperando encontrarse algo en buen estado para desayunar.

Sobre la mesa se apilaban unos platos que Tsubaki no guardó tras haber lavado, dos latas de atún y un bote de catsup; en el gran frutero -un Dios se alimenta sanamente-, sólo habían dos manzanas y un puño de monedas... Ni hablar de la alacena o el refreigerador.

Tomó una manzana y se acercó a la mesa de té. Todo el rato que tardó en comer el fruto no pudo despegar la mirada de aquel odioso sobre blanco, permanente recordatorio de que Black Star podría morir en Egipto, o en cualquier otra misión, al igual que ella. Esa era la vida que habían decidido vivir.

Los pensamientos de Tsubaki vagaban de un lado a otro mientras observaba la casa. Habían cuartos de más; tres, si contamos el que Black Star dejó cuando comenzaron a ser novios... ¿Alguna vez los vería ocupados?

Ella siempre había querido tener hijos, una familia; pero eso era casi imposible, si tomaba en cuenta que era una Death Scythe del clan Nakatsukasa... Ella era la Espada Demoníaca... Black Star estaría feliz de tener descendientes que superarían a los Dioses, pero ella no podía vivir con el hecho de que algún día sus hijos comenzarían a mostrar las habilidades de sus padres, y terminarían en el Shibusen.

No es que fuera malo, en absoluto. Pero de sólo imaginar que terde o temprano estarían en su lugar, esperando a que un ser amado volviera a casa, la destrozaba.

Por sus finas mejillas, pequeños caminos de lágrimas comenzaban a trazarse. Convenciéndose de que de nada servivría quedarse ahí a llorar, Tsubaki se levantó a darse una ducha. El refrigerador no se reabastecería por arte de magia, ¿o sí?

Ahí, bajo la caída de agua tibia, nadie podría notar la tristeza que emanaba de su interior y amenazaba con ahogarla. Ensordecida por sus sollozos, no prestó atención al teléfono que sonaba en la sala, llamada del Shinigami.

Se sentó en la bañera, dejando que el agua tratara de relajar sus ténsos músculos. Cada vez que cerraba los ojos, veía a Black Star. Como si estuviese grabado en el interior de sus párpados, veía la vez que se conocieron; las misiones que fallaban de formas casi graciosas; la vez que pelearon contra Masamune, su hermano; el primer beso; todas y cada una de las ocasiones en que se volvieron uno sólo; esa promesa que le hizo antes de partir la semana pasada... Su mirada aterrada a través del espejo... La carta...

Todo se desmoronó a su alrededor. Apoyó la espalda contra el azulejo frío, sin importarle en lo absoluto el resfriado que cogería en consecuencia.

¿Qué importa la vida si no tienes a la persona a la que amas más que a tí mismo al lado?

"Mantente fuerte. No puedes hacer esto cada vez que se va..." Se regañó la morena, mientras envolvía su cuerpo en una toalla y ataba su cabello en una coleta descuidada.

Una vez vestida, y sin el mas mínimo interés en salir al supermercado, Tsubaki se tumbó en el sofá con la carta en mano. Tomó un encendedor de la mesa, y justo cuando iba a sacar un cigarro, cambió de planes.

Se acercó al cenicero y encendió una esquina del sobre, hipnotizada por la facilidad con que el blanco papel se tornaba negro y quebradizo. Tiró lo que quedaba de la carta a la pila de cenizas grisáceas y caminó hacia la puerta.

Apenas Black Star había puesto un pie en la entrada, fue sorprendido por Tsubaki, que se lanzó a él, abrazándolo fuertemente, llorando bajito. Como sus doloridos brazos se lo permitieron, rodeó aquella estrecha figura, acariciándo su cabello con suavidad mientras susurraba palabras reconfortantes.

"Estoy aquí, tranquila... Tsubaki, calma." Repetía una y otra vez con voz ronca. Siguió así hasta que la chica dejó de temblar y lo besó con delicadeza.

Era un beso que sabía a arena de desierto, sangre, manzanas y lágrimas, pero sobre todo, a anhelo y necesidad. Dos personas que plasmaban lo mucho que se habían extrañado, con una dulce caricia.


"Auch, Tsubaki. ¡Arde!" Se quejaba Black Star, mientras veía a Tsubaki con ojitos vidriosos. "¿Por qué alcohol?"

"Porque no quiero que esa herida se infecte y mueras" respondió la chica seriamente. "Ahora, compórtate como un Dios y quédate quieto."

Cuando la curación hubo terminado, Black Star corrió a la habitación, y volvió con un cepillo. Deshizo la coleta de Tsubaki y comenzó a desenredar su cabello.

"Black Star, ¡eso duele!"

"Tu cabello es tu mayor atractivo físico, amor" dijo burlón el peli azul. "No puedo permitir que lo tengas así."

"¡Auch!"

A veces, el amor puede lastimar. Pero esa es la magia; encontrar alguien que cure tus heridas y te haga sentir bien, sólo con estar ahí.


Nyuuh... Mucha miel... */*

¡Espero que les haya gustado, y muchas gracias por leer!

Bakita~