Capítulo III – «Si...»
El día ya distaba de ser interesante mucho antes de que el reloj marcara la medianoche, y el siguiente también, porque conocía al detalle el itinerario de éstos:
7.15 am-7.45 am. - Levantarse/Caerse de la silla. Ducharse. Tomar el desayuno. Salir hacia el instituto.
Jornada escolar - Repasar. Hacer los exámenes. Almorzar. Más exámenes. Ir directamente a casa.
El resto - Estudiar. Cenar. Seguir estudiando. Caer rendido sobre el escritorio.
En resumen: soso y predecible, como a él no le gustaban. Kirino se quedó dormido con esa idea en mente.
Por eso, en el mismo instante en que reconoció a Shindou en la sala de música, todos sus esquemas quedaron como cuando tiraba sus apuntes por accidente: hechos un caos.
Sólo había deducido que lo encontraría allí, además de por sus pertenencias sobre su pupitre, porque es lo que había estado haciendo cada mañana, cada minuto que aprovechaba en tocar en lugar de echarle una ojeada a la tabla periódica u otra asignatura. Desgraciadamente, desconocía el motivo de su comportamiento, del mismo modo que desconocía por qué estaba medio-muerto sobre su instrumento favorito. Únicamente sabía que, para este tipo de cosas, no había opciones para escoger.
No se lo planteó dos veces para cogerlo y cargarlo hasta la enfermería para que revisaran su estado. Shindou sería una princesa Disney excelente y Kirino uno de los típicos héroes de las películas americanas si no fuera porque ni su amigo pesaba poco ni él tenía los músculos de los brazos muy desarrollados. Fue una suerte que no se le cayera por el camino, despejado frente a él. Lo primero que hizo cuando llegó fue recostarlo sobre una de las camas, con cuidado. Luego, suspiró y se sentó a su lado. Lo miró fijamente.
Los niveles de adrenalina bajaron lo suficiente como para comprobar, aliviado, que no hacía falta la presencia de la enfermera. La perspectiva lo había hecho entrar en pánico, pero ahora que escuchaba detenidamente Shindou sólo dormía; con esas ojeras de enfurruñado total, pero durmiendo al fin y al cabo, y aparentando más de lo que tenía. De alguna forma, era increíble pensar que era de su misma edad, que sólo tenía catorce años.
Kirino, sin embargo, no emanaba tal grado de madurez. Tenía ojeras, cansancio y estrés como él, pero no era lo mismo. Quizá porque él era él, sabía lo que hacía y hasta dónde podía llegar, y se atenía a esos límites y consecuencias. «Stop. Hasta aquí llegué»; era fácil decir basta a uno mismo. A otro no, a Shindou menos todavía. Y la causa residía en que, aparte de cabezón, era eso, cabezón; y considerado, muy considerado, excesivamente considerado. Por su cerebro circulaban valores, factores a los que daba la misma prioridad a montones, jodiéndose la vida él solo cuando no tenía por qué siempre contentar y contentarse a la vez. Era una lección que, a día de hoy, no había sabido aprender, probablemente la única. Tampoco se la iba a enseñar ni haría que la tuviese en cuenta; aparte de porque era inútil, no era quien para juzgar lo bueno y lo malo de una persona, incluso si ese alguien fuese su mejor amigo o su amigo de la infancia o ambas. Las virtudes de uno podían ser perfectamente los defectos de otro, y viceversa, y ese lado suyo era su mayor fortaleza, así como su mayor debilidad; su arma de doble filo. Así mismo, jamás sería capaz de perdonárselo si Shindou dejaba de ser Shindou. Por su culpa.
No es que Kirino se lo estuviese imaginando, es que realmente lo sentía de aquella forma. Sabía cómo funcionaba el cerebro de su amigo desde que se conocieron; había tenido mucho tiempo para escucharlo, entenderlo. Había, sin embargo, ocasiones en las que su mente parecía estar completamente aislada, codificada, impidiéndole comprender su línea de pensamiento. Este hecho se manifestaba en roces y disputas que al rato lograban resolver, olvidar y dejarle un amargo sabor en la boca. «No te comprendo del todo, pero eres mi amigo del alma». Y los mejores amigos se comprendían el uno al otro.
Kirino no se percató de cuánto tiempo llevaba jugando con los rizos de Shindou. Apoyando su barbilla en su otra mano, enredándolos en su dedo, dándoles vueltas, tirando de ellos... Como cuando eran unos simples críos.
–Qué nostalgia; hacía tiempo que no estamos como ahora. Tú durmiendo tranquilamente y yo tentando contra la integridad de tu pelo. Como en los viejos tiempos.
Kirino estaba mencionando todo eso precisamente porque no tenía a Shindou para que le prestara atención. Aunque no recordaba la última vez que hizo una de las suyas, sí tenía fresca la imagen de cuando le llenó los rizos de purpurina. O aquella vez que, de alguna forma, lo onduló -su objetivo era alisarlo, mas no hubo manera- y simuló unas californianas con pintura naranja. Desde entonces, tenía terminantemente prohibido ponerle el dedo encima a sus preciadas greñas castañas.
Aquello no suponía ya ningún problema; la primaria la superó tras su comienzo en la secundaria, y, con ello, sus recuerdos se volvieron cada vez más difusos. No sólo no recordaba con claridad, sino que además le costaba reconocer diversas cosas, como la textura de los rizos de Shindou. Y la altura, y la espalda, y la voz, y la cara... Detalles sin importancia que empezaban a tenerla de manera significativa. No porque fuese cosa de hormonas, sino porque no tenía la sensación de que éstas estuviesen haciendo efecto en su cuerpo, dejándolo casi igual que cuando entró el año pasado, y eso lo incomodaba.
Definitivamente, la adolescencia era un asco.
–No puede ser. –Kirino no fue capaz de reprimir una exclamación, más alta de lo que se propuso que fuera–. Has vuelto a crecer. ¿Cómo diablos lo haces? ¿Acaso has estado tomando leche cada noche o qué?
Era prescindible una respuesta, ya que él sabía que Shindou no digería a gusto la leche a menos que estuviese mezclada con cola-cao. Incluso sin ese detalle irrelevante, a él le daba lo mismo que su amigo fuese más alto que él, pues desde siempre lo ha sido. Pero que la diferencia rozara los siete centímetros y aumentara mientras él se quedaba tal cual, eso era más difícil de tragar.
–Como sucedió con el fútbol.
Rememoró cómo, interesado, Shindou quiso intentarlo y experimentar en su propia piel qué era lo que hacía que su amigo fuese un gran forofo del deporte rey; y, cómo no, Kirino le enseñó pacientemente desde lo básico, el padrenuestro del fútbol, aguantándose las ganas de reír y tirar la toalla. Supuso que él no solía realizar actividades que requerían esfuerzo físico salvo en las horas de educación física, pero jamás creyó que fuese para tanto. A la semana siguiente, no obstante, se vio denominándolo «Señor Patata» para sí mismo. Hubo ocasiones en las que terminaba exasperado y se quejaba diciendo que sería la última tarde que hacía de entrenador. Pero, tocado por el esfuerzo y el sudor dedicado y raro de ver, asistió todos los días, siendo más y más duro con él en cada sesión, casi a lo espartano. Cerca de un mes, él ya podía regatear y pasar de manera aceptable; a los seis meses se convirtió en un jugador promedio, y al año se encontraba corriendo a su lado, en pos del esférico. Kirino se sintió orgulloso de él.
Y, disimuladamente, en alguna parte de aquellos tiempos, algo se perdió. Ahora que vivía el presente, los enfrentamientos ya no eran lo mismo. Con Shindou superando uno por uno los bloqueos perfectos de los que tanto se enorgullecía, ya no le quedaba nada que celebrar, ninguna victoria que saborear. Sólo quedaba el recuerdo de las camisetas sucias, las broncas de su madre y los rescates de su padre.
Era frustrante, pero es lo que hay.
Kirino entornó los ojos.
–Shindou, ¿te apetece una predicción? –El aludido permaneció indiferente. Tampoco es que esperara una respuesta por su parte–. Vas a tener mejores cualidades que yo, vas a jugar al fútbol mejor que yo, vas a esforzarte el doble que yo. –Sus dedos se deslizaron por su mejilla, blanda y lisa–. Es tan previsible que sé que voy a continuar enfrentándome a ti, voy a continuar esforzándome el triple que tú, y voy a continuar apoyándote en tus problemas, tanto si los conozco como si no.
De nuevo, soso y predecible, como a él no le gustaban.
Justo en ese mismo momento, Kariya iba por la quinta palabrota del día.
La primera se la dedicó a Midorikawa, que le había prohibido ponerse una capa extra de ropa; al final consiguió llevarse un gorro de lana, regalado por el tío Suzuno que, a su vez, se lo había regalado Nagumo, quien, francamente, había escogido fatal teniendo en cuenta cómo era él. La segunda, a la Historia que, si bien no era complicada mientras se estudiase el último día, era tan sumamente aburrida que no hizo ni eso y se dedicó a dibujar bigotes, barbas y vellos púbicos a las mujeres de las ilustraciones. La tercera, a sí mismo por entrar medio-dormido en una clase de los de segundo creyendo que era la suya y aun así permanecer dentro de ella. La cuarta, a sí mismo también por asustarse como una colegiala pija al vislumbrar una figura fantasmal e, instintivamente, esconderse bajo el pupitre del profesor. Y la quinta iba para el supuesto fantasma, que recibía el nombre de Yamana Akane.
Alisando los apuntes prestados y ahora arrugados de Kageyama, reconoció lo aliviado que se sentía de que fuera una cara conocida de alguien con quien no conversaba y no una cara conocida y con quien encima hablaba regularmente. Que él recordase, nunca había entablado una conversación directa con la chica; aun así, no lo necesitaba para saber que, aparte de lo mucho que le intimidaba su presencia -Dios sabe por qué-, era una persona tímida a la hora de expresarse. Pero, y hasta Kariya lo notó a su alrededor, había algo diferente en ella, a pesar de tener las mismas trenzas de siempre y su cámara rosa colgando del cuello. Lo supuso al ver que tenía las mejillas arreboladas.
Entonces comprendió por qué había venido aquí.
Sus sospechas fueron confirmadas cuando, en un pupitre donde descansaba una solitaria bandolera, Yamana sacó un sobre del bolsillo de su falda. Vio cómo lo guardaba dentro con el máximo cuidado que podía, quién sabe si lo colocó sobre, entre o en el interior de algún cuaderno. En cualquier caso, la cara le brillaba tanto que por un momento pensó que se veía guapa, a pesar de que la joven tenía su puntillo de hermosura. Permaneció de pie como cerca de treinta segundos antes de irse en dirección a los pasillos, rápidamente para contener la emoción que sentía dentro. Después, cuando los pasos sonaban lejos, Kariya juntó su espalda contra el escritorio de madera y se dejó caer. Suspiró profundamente.
–Madre mía... Las mujeres sí que son complicadas. –Se rascó el pelo, o más bien dio con el copete del gorro–. ¿No es para esto para lo que sirve el Día de San Valentín?
No podía decir que no la comprendía; para los que se acostumbraban a observar desde la distancia y en silencio, este simple acto requería todo el valor y las agallas de uno para acercarse a esa persona. El doble para hablarle aquella fecha en concreto, el triple si esa persona encima tenía un imán implantado que atraía chocolate y confesiones durante todo el año. De haberlo hecho, él habría esperado como ella. Porque, aunque se trataba del señorito Shindou, ni siquiera él iría tan lejos como para romper corazones por doquier, y, obviamente, porque el excapitán jamás saldría con alguien a quien siquiera conocía su nombre o su rostro. El simple hecho de leer todas y cada una de ellas ya debía suponer bastante engorro y un valioso tiempo que no le haría ninguna gracia malgastar. Por supuesto, Kariya sólo estaba formulando meras especulaciones; no es que él estuviese enamorado ni nada por el estilo.
Qué va.
En absoluto.
Da igual, lo importante era que Yamana había sido lista, que no era lo mismo que no tener cojones. De eso hasta le sobraba, al contrario que los huevos de algunos. Como Kariya, que, o bien no los tenía o es que era sencillamente estúpido.
El joven dio un respingo tras oír el compás de unos nuevos pasos en las cercanías. Conteniendo la respiración, se encogió y se preguntó cuándo diablos le permitirían abandonar su escondite, cuyas dimensiones dejaban mucho que desear. Inclinó la cabeza hacia delante para ver si la ventilación mejoraba. Ahora entendía en parte por qué los claustrofóbicos no soportaban los lugares cerrados. Era agobiante, sofocante, incluso estando a menos de diez grados a las ocho de la mañana y teniendo en cuenta lo friolero que era él. El calor incrementaba sus nervios, y el nerviosismo hacía aumentar sus temblores, repiqueteando con el escritorio.
«¡Al carajo ya! –pensó él–. Yo salgo y si se mea en los pantalones, peor para él. Prefiero eso antes de coger una hipotermia.»
A los tres segundos, Kariya se vio ocultándose de nuevo y a punto de mearse él en lugar del muchacho de pelo rosa que divisó por el rabillo del ojo. Su rostro palideció entre sus manos descubiertas, heladas.
«Estoyacabadoestoyacabadoestoyacabado.» ¿Qué podía hacer? Ahora no sólo quería salir de aquí, sino que quería hacerlo sin ser visto por él.
Kariya conocía a Kirino. Kirino conocía a Kariya. Y ambos esperaban que, si él veía a Kariya, éste buscara putearlo; y si éste era visto por Kirino, inmediatamente le dedicara una mirada hostil. De este modo, las peleas continuaron durante mucho tiempo, y siguen, en mayor o menor medida, pero ahí estaban. Por lo tanto, Kirino no se creería ninguna mentira que Kariya le fuera a contar; y Kariya le dedicaría una sonrisa cínica mientras le decía que no estaba bien leer cartas de amor ajenas.
Lo haría si no fuera porque aquel pensamiento lo dejó más congelado de lo que estaba.
Parpadeó para comprobar que había visto bien y no necesitaba gafas como Hiroto. Reconoció, no muy satisfecho de ello, la carta rosa pastel de Yamana en manos de Kirino. Su gesto se torció a medida que contemplaba la escena; no valía la pena usarlo como material de chantaje, ni siquiera como una futura broma. Kariya estaba poniendo mala cara, pero la de Kirino se veía mucho peor.
Y es que, aparte de las ojeras y el rostro decaído, la mirada la tenía opaca, no clara como para leerla al igual que un libro abierto. Aquello fue significativo para el joven quien, a base de observación e hijoputez, había descubierto lo suficiente para hacerle una definición propia.
Kirino Ranmaru.
1. Hermoso joven de aspecto andrógino, pilar de la defensa del equipo Raimon y leal al excapitán.
2. Colegiala varonil, de seguridad en sí misma tan escasa que dan ganas de darle una patada. Entiende a Shindou Takuto mejor que nadie.
Kariya prefería sin duda la segunda, pero a este paso tendría que tachar algunos semas. Ya que se ponía a ello... «Leal al excapitán», tachado.
Recordó entonces lo que hablaron el otro día. «Conque a esto se refería.»
Fue forzado a esconderse otra vez ante un nuevo y al mismo tiempo familiar coro de voces provenientes del pasillo. Kirino se metió instintivamente la carta dentro de su bolsillo antes de que Kariya entrase en su madriguera donde, a este paso, pasaría el resto del invierno hibernando. Después, alguien habló.
–Oh, has vuelto a llegar temprano. –La voz le pertenecía a Hamano, a la que Kirino sólo pudo contestar sonriendo nerviosamente. Kariya tuvo que guardar sus ganas de reír y de llorar de la ansiedad.
–Qué extraño –dijo otra persona a quien reconoció como Hayami–, ¿Shindou-kun no ha llegado todavía?
El defensa de segundo año no respondió.
–¿¡Eh!? ¡No puede ser! Necesito urgentemente las milagrosas explicaciones de Shin-sama o puede que repita curso.
«Y yo salir de este maldito campo de concentración, no te jode», pensó el de primer año.
–Mira mejor –le indicó la gruñona voz de Kurama–. Tiene la bandolera encima de su mesa. Si hubieras empezado a estudiar cuando lo hicimos nosotros en lugar de haber estado pescando latas en el río no tendrías por qué aprenderte todo en el último minuto. ¿Acaso no sucedió lo mismo el curso pasado?
–Quedaba mucho tiempo por delante. Además, no sólo son latas; el otro día pesqué una bota, para que lo sepas.
–No creo que haya peces en esta época del año... –comentó Hayami–. Pero en fin, Kirino-kun, ya has visto que nos hará falta un milagro para esto. ¿Sabes dónde está Shindou-kun?
–No se encontraba bien, por lo que ahora está descansando en la enfermería.
–Pues ya sabes Hamano, apáñatelas como puedas. –Entonces Kurama palmeó su hombro. Para Kariya, quien tenía la cabeza asomada, aquello se sintió como decirle que sobreviviera como pudiese a la guerra más que un gesto para animarlo y desearle buena suerte, la cual necesitaría.
Se quedaría escuchando las súplicas de Hamano hacia Hayami rogándole ayuda, pero sus pies se estaban quejando de estar de cuclillas, y, lamentablemente, él tenía también unos exámenes a los que asistir. Aparte, no se le podía presentar una oportunidad más perfecta que la de ahora y debía de aprovecharla para escapar. Podía hacerlo.
Kariya trató de ponerse primero de cuatro patas para salir del cuadrilátero, sin dejar de voltear hacia atrás, procurando que no lo viesen. Pese a su precaución, sus piernas escogieron un mal momento para dormirse y se resbaló, llegando a rozar el suelo con la nariz.
Vale, no podía hacerlo.
Y como guinda del pastel, aquello no pasó desapercibido para Kurama.
–¿Soy yo o hay algo allí?
A medida que Kurama se iba acercando, Kariya ahogó la misma maldición por cada paso que oía. Cerró los ojos. Uno. «Mierda». Dos. «Mierda». Tres. «Mierda». Cuatro. «Mierda». Cinco...
De repente hubo un golpe, seguido de un chillido que llegó hasta sus oídos como cantos celestiales.
–¡Oh, lo siento, me he mareado y no he podido evitar chocarme contra la pared! ¿Los he asustado?
–¡No nos des esos sustos, Kageyama-kun! –Obviamente, quien profirió esa queja fue Hayami, que se escondió tras Hamano ante el ruido. A continuación, un sonriente Hikaru no tardó en aparecer tras la puerta más cercana a Kariya. Kurama se detuvo en su sitio; Kirino alzó una ceja, escéptico–. De todos modos, ¿qué haces aquí? Es decir, tu clase está abajo, en el primer piso.
–Así es, pero es que tenía una duda sobre algo y pensé que podría haber alguien madrugador que pudiera explicarme esto. Qué suerte que no he buscado en vano.
Antes de que Hikaru hubiese comenzado a empujar a Kurama hasta el fondo de la clase, había mirado de reojo a su compañero tendido en el suelo y movió la cabeza, indicándole la salida. Kariya asintió, y, a cuatro patas y gracias a la distracción de su compañero, salió disparado hacia la puerta como un felino y logró escapar con éxito.
Estaba interesado por saber cómo el muchacho, que se había quedado para retener a los de segundo, lograría salir de aquello, pero ya había aprendido de experiencias pasadas y no estaba dispuesto a repetirlas. De modo que ni habló ni se giró ni se volvió. Se fue distanciando de puntillas y conteniendo la respiración hasta que bajó las escaleras; incluso comprobó que sí entraba en la clase correcta. Colocó su bandolera a un lado de su escritorio y dejó caer su culo sobre la silla, agotado. Ya había tenido suficiente emociones por hoy, y por una vez no quería tener nada que ver con ningún problema en lo que restaba de día. Problemas que para Kirino no habían hecho más que comenzar y él no comprendía.
–Como diría Midorikawa-san: se está metiendo en camisa de once varas.
Él tuvo que haberlo visto y debía de saber también que Yamana no estaba sólo colada por el excapitán. Ella estaba locamente enamorada de su mejor amigo, Kirino tuvo que darse cuenta de ello hacía mucho. Por qué cogió la carta de todos modos, eso era un misterio. O no. No si planteaba esa otra posibilidad de la que había estado dándole vueltas durante un tiempo. Si era así, ya no cabía ninguna duda, dadas las circunstancias.
Pero Kariya no iba a seguir por aquella línea de pensamientos tan peligrosa. Lo que haga Kirino o lo que le suceda a Yamana no era de su incumbencia. Tampoco, y por muy raro que fuese en él, no se involucraría y pasaría del tema. Antes de que la curiosidad mate al gato.
Ese era el plan, pero no podía dejar de inquietarse por ello.
Hikaru, quien no había sido percibido por su amigo pese a estar delante de él, se encargó de detener sus inquietudes con un golpe en la frente. Kariya emitió una protesta que no fue aceptada de ninguna de las maneras.
–Si no te metieras en líos desde tan temprano ni yo te tendría que salvar el culo ni tendría que hacer de madre como ahora. –Tenía los hombros caídos y las cejas arqueadas; no era la primera vez que la persona más cercana a un amigo que poseía actuaba con tolerancia hacia él, lo cual era un verdadero logro. Suspiró–. ¿Y bien? ¿Qué tenías planeado hacerle esta vez a Kirino-senpai?
–Nada –gruñó Kariya, provocando que Hikaru lo observase con escepticismo–. ¡Lo digo en serio! No me di cuenta de que había entrado en la clase equivocada hasta que oí que alguien se acercaba, y ya sabes lo cagueta que soy para ese tipo de cosas.
–Sí, muy cagueta –concordó él, recreando aquella vez que vieron una película de terror en su casa; ciertamente, no fue una noche agradable para sus oídos–. Y una solución de lo más curiosa la tuya; meterte debajo del escritorio del profesor. Como tiene mucha lógica.
–Gracias por la sesión gratuita de bullying.
–De nada, es un placer. Ya de paso déjame echarle una ojeada a mis apuntes; hay anotaciones que no aparecen en el libro y como que es de vital importancia. –Kariya resopló, pero no tardó en empezar a buscar dentro de su bandolera–. Aunque realmente habría jurado que habías ido de nuevo a gastarle otra broma de las tuyas. Ya sabes, para que te preste atención.
Kariya alzó una ceja.
–¿Y por qué demonios iba a querer que me preste atención? Ni que fuera uno de esos ukazos que aparecen en tus mangas. Qué horror.
–¿Y a mí qué me cuentas? Tú dirás por qué lo pienso, porque yo lo veo muy claro. Y que el público femenino opine eso no significa que lo sean, porque ukes no son tíos que matan a los nueve años ni niños que se convierten en hombres musculosos como por arte de magia.
–Lo que tú digas. Serán todo lo pro que quieras, pero no niegues que los hacen muy grandilocuentes por muy protas que sean.
Hikaru no era de su misma opinión, pero encogió los hombros a modo de respuesta. Decidió no proseguir con la conversación porque no valía la pena. La mecánica era siempre igual: de un modo u otro, si no le apetecía hablar, o le cambiaba de tema o defendía lo indefendible. O las dos. En cualquier caso, no permitía que sus secretos se desvelasen así por las buenas, ni siquiera las más superficiales.
El que estaba tratando de esconder Kariya en esta ocasión no era, sin embargo, una de éstas. Llevaba intuyéndolo desde hace algún tiempo, pero cada vez se le estaba haciendo más obvio, por mucho que insistiese que lo de Kirino era solo para hacerle la gracia. Porque, incluso si el motivo fuese aquel, esa persistencia no la veía normal. Dar por culo a un senpai durante casi un año y girarse para verlo alejarse por los pasillos no era normal. Kariya no era normal. Pero él no sería quien se lo diría sabiendo que no le iba a escuchar, ya sea porque su amigo no confiaba ni en su propia sombra o por lo que sea, como el temor.
Hikaru lo miró. Kariya aún revolvía entre sus cosas.
–¿Cuánto tiempo vas a tardar en buscar un simple cuaderno? ¿O es que me vas a decir que lo has perdido?
La sonrisa de niño bueno e inocente de Kariya le dio muy mal rollo.
–Pues no supones mal; con las prisas, se me debe de haber olvidado allí. Pero nadie se dará cuenta de que está ahí debajo –se apresuró a decir, no muy convencido–; solo hay que ir en cualquier otra hora para recuperarlo, ¿no? –En ese instante, se esforzó por no cruzarse con los ojos de Hikaru, entrecerrados.
–Eso espero, Kariya. Eso espero o si no...
Kariya tragó saliva. No fue necesario completar la frase para comprenderlo.
Cinco días después, tras una tarde de estudios con Kirino, sus padres lo llamaron con calmada urgencia en lugar de hacer el camino hacia los terrenos que frecuentaba con sus propios pies; justo el día de San Valentín. Siempre hacían lo mismo, en especial si era un asunto importante que tratar, y él era quien debía de reunirse con ellos, nunca al contrario. La costumbre, sin embargo, le impedía molestarse por ello.
Entonces, por primera vez en todo el día, se reunieron los tres Shindou junto a un hombre y una mujer de más.
Ya los había reconocido en un par de eventos junto al director de su conservatorio, hasta le presentaron delante suya y viceversa, pero nunca intercambiaron más palabras que el «Encantado de conocerte» de esa ocasión. Fue por eso que lo tomó desprevenido el que lo visitaran, y aún más por lo que habían venido a ofrecerle.
Un año de estudios en Francia. Sobre música, cómo no.
El señor y la señora Shindou esperaron a que su hijo formulase un «sí» o un «sí»; la decisión no era más que suya y de nadie más, y él iba a aceptar. Porque Takuto debía de aceptar.
Lamentablemente, y el joven lo sabía, no fue como ellos esperaron.
–Ya veo. Es una lástima, pero lo entendemos; los genios no dejan de ser personas. Tampoco esperábamos que nos dieses una respuesta definitiva, y mucho menos al momento; después de todo, estamos hablando de otro país.
A Takuto no le aliviaron sus palabras en absoluto; su rostro no coincidía con lo que se afirmaba.
–Tómate todo el tiempo que necesites, Shindou-kun –le aseguró su compañera–. Si no es ningún inconveniente, nos gustaría que nos lo comunicaras como día tope después del recital.
El aludido les dedicó una amarga sonrisa.
–De acuerdo. Para entonces lo más probable es que haya llegado a una conclusión.
Cuando se despertó, el cambio del aula de música a la enfermería lo confundió y no comprendió qué hacía aquí hasta que Haruna, que había entrado a por unos papeles, le relató los hechos uno a uno.
En primer lugar, lo regañó porque, según la enfermera, aunque sólo había sufrido un simple desmayo provocado por la falta de sueño, no debía de descuidar su salud. También adivinó, sin mucho esfuerzo, que no había desayunado nada decente. Shindou no respondió a ello; llevaba días en los que no podía digerir nada que no fuese un vasito de cola-cao, y lo que menos necesitaban que le recordasen es que, viviendo en la casa en la que vivía y como el niño de papá que muchos creían que era, no valía como excusa que su familia no se lo podía permitir, porque podían y mucho más. Lo siguiente de lo que hablaron fue de sus metas de cara al futuro, sobre lo que haría con respecto a esa invitación al extranjero en concreto. Haruna tenía conocimiento acerca de ello, el entrenador Endou y Kidou, y, por supuesto, sus padres.
Resultaba sencillo contentar a los adultos, no le suponía ninguna dificultad hacer que se sintieran orgullosos de él; era su especialidad. Así que, cuando esos desconocidos se presentaron en la puerta de su casa sin previo aviso y le barajaron otra carta dentro de su extenso abanico de posibilidades, les sacó una sonrisa a sus padres, y a él también, aunque con varios sentimientos encontrados.
La noticia, más que agitarle de la emoción por dentro y hacerle integrar en una nostálgica felicidad familiar, le provocó todo el estrés por el cual se hallaba ahí, en una cama de enfermería. Las noches en vela y el vasito de cola-cao eran pruebas más que suficientes.
Continuaron conversando durante un buen rato. Como profesora, Haruna le aconsejó que hiciera lo que él creía que era lo mejor; la decisión no resultaba fácil, porque implicaba ir a otro país, con diferente cultura y diferente forma de vida, y, sobre todo, no tendría a nadie de quien depender. Estaría completamente solo. Por otro lado, y hasta Shindou concordaba con ello, era una gran oportunidad que muchos no dudarían en aceptar si se encontraran en su lugar.
Si fuera el de antes, habría actuado como ellos. Pero no lo era.
–¿Lo sabe alguien más? Aunque no sea definitivo. Alguien aparte de tus padres, Kirino-kun y nosotros.
–No, nadie más –contestó él; no sólo se había demorado, sino que no sonaba convincente, para su desconcierto–. Como ha dicho, Haruna-sensei, porque no es definitivo no es algo que debería de contarse a la ligera. No quiero preocupar a los demás miembros –añadió.
La profesora abrió la boca, pero no dijo nada. Había algo que, por alguna razón, la mantenía inquieta, pero ni sabía el qué exactamente ni se dejó guiar por ello.
–Ya veo –respondió al fin, pensativa. Cogió el bolso con estampado de pingüinos que reposaba junto a ella y se puso a buscar dentro de él–. De todas formas, debes de cuidarte y no pensar demasiado sobre ello; sí, que es muy importante y difícil y tal, en especial siendo tan joven, pero ya sabes: las cosas tienden a torcerse del revés cuando uno le da más vueltas de las necesarias. Ah, aquí está.
A Shindou no le dio tiempo de ver qué era lo que había sacado porque se lo lanzó con la guardia baja, agarrándolo al vuelo. Desvió la vista hacia sus manos, se trataba de un pan de melón.
–Para ti. Debes de estar hambriento y a mí se me ha ido el hambre. A menos que te lo comas, no permitiré que salgas de aquí a hacer ningún examen –le amenazó ella, con un deje entre falso enojo y severidad–. Prométeme que vas a descansar, Shindou-kun.
Se oyó más como una petición o un ruego que una orden, y frente a ello, el susodicho se vio incapaz de decir que no, asintiendo. Aquel gesto fue suficiente para sacarle una sonrisa a la mujer.
–Me fiaré de ti. En serio, no me obligues a enviarte de vuelta a casa; como vea que aún no te encuentras bien me encargaré yo misma de acompañarte si es necesario.
Shindou no aprobó la idea con regocijo, pero se limitó a torcer el gesto, callado, mientras la veía marcharse por la puerta.
–Por cierto –se acordó de repente–, antes de que despertases, Kirino-kun vino a visitarte. Parecía bastante preocupado por ti. Eso era lo que me quedaba por decir, para que puedas agradecérselo en cuanto te cruces con él. Hasta pronto.
Ambos se despidieron con la mano hasta que no pudieron divisarse el uno al otro. No se percató del profundo suspiro que dio, tampoco de lo tenso que tuvo los hombros cuando apoyó su espalda sobre el respaldo de la cama. No había hecho más que estar ahí, sentado y escuchando; sin embargo, se sentía extremadamente cansado. Y perdido. Y lleno de remordimiento.
Y lo cierto era que, aunque la mujer creyese lo contrario, Shindou aún no había comentado eso con nadie. Ni siquiera con Kirino.
¿Por qué? Ojalá lo supiera.
Sólo sabía que él era una de las causas por la cual aquello no avanzaba, quedándose como el agua de afuera, congelada, sin nada que fluya. Juraría que se trataba incluso del mayor reto de su vida. Después de todo, ¿Kirino no era acaso, no sólo su amigo de la infancia, sino su mejor amigo? Los dos habían realizado locuras, compartido risas, lágrimas... prestado hombros y oídos entre ellos, y, sobre todo, habían estado juntos. Más que con ningún otro. Y anunciarle que podría irse, dicho de manera vulgar, al quinto coño del mundo, aunque sería sólo durante un año, lo afectaría significativamente. Su autoestima nunca fue alta en primer lugar, de modo que debía de actuar con sensatez si no quería hundirlo hasta el subsuelo, como siempre había procurado hacer. Shindou era como una bomba de relojería; desconoces cuándo explotará, te alcanzará su onda expansiva y te hará ver que no hay manera de ponerse a su nivel para luego consumirte por completo, con la plena certeza de que nunca estarás a la altura.
Shindou era consciente de ello, lo más probable que Kirino también, y eran amigos.
«Si te duele, dilo... Idiota», fue lo que le dijo hacía años, siete para ser exactos.
Debía decírselo, como siempre le hacía saber, como siempre tuvo que ser. ¿Por qué hacer la excepción ahora?
Quizá, solo quizá, las comidas siguientes no le sabrían como aquel pan de melón. A nada.
Durante la primaria, era bien sabido que los conflictos entre Shindou y Kirino no solían desarrollarse, y si sucedían, al poco tiempo volvían a hablarse con la mayor normalidad del mundo. Sólo hubo una ocasión en la que tardaron en hacer las paces.
Y, curiosamente, por una chica.
Como todos los chicos de su edad, Kirino demostraba su hombría no dándole vueltas a todo lo referente al amor. Se convencía de que era un asco, algo de chicas y mariquitas, y que él jamás, pero jamás se enamoraría. Shindou, como amigo inseparable que era, no le quedaba otra que resignarse cada vez que se ponía en ese plan. No fue hasta quinto de primaria que no sólo se dedicó a escucharle, sino que se permitió lanzarle una broma o dos en cuanto se percató de que a Kirino le hacía «tilín» una persona, una chica.
–Pero en serio, no saber ni su nombre es... ¿Por qué no se lo preguntas?
–Porque no me interesa. ¿Qué te hace pensar que estoy enchochado por ella?
–No es por ofender, pero la veo bastante normal, es decir, no sé qué has visto en ella, si es que has visto algo. Pelo suelto y castaño, tranquila, aficionada a lo paranormal...Y aun así te vuelves a verla cada vez que os cruzáis por los pasillos. Si eso no es estar enchochado, como tú dices, dime razones para creer lo contrario.
–¡Oh, cállate! Además, ¿seguro que no eres tú quien no está colado por ella? ¿Cómo sabes que es aficionada a lo paranormal?
Shindou se encogió de hombros.
–Si te fijas con atención y no te quedas embelesado sólo en su rostro, siempre lleva libros relacionados con el tema.
Y, como era de esperarse, Shindou volvía a tener razón, porque al siguiente cambio de clase notó que llevaba entre sus brazos un libro acerca de la teoría de los mundos paralelos.
Kirino ya no sabía que hacer.
Lo había intentado todo con el fin de devolver lo que, en un estado de pánico, se había llevado sin querer, pero nada resultó. Si no eran sus amigos -en concreto Hamano- quienes le impedían el paso para esclarecer dudas, eran dos o tres alumnos quienes ocupaban el bendito pupitre por poner sus culos en alguna parte, y viceversa. A la primera campanada que indicaba la hora del almuerzo, salió corriendo hacia la enfermería para entregársela a escondidas y olvidarse de una vez del tema. Sin embargo, aquello también acabó en fracaso. Se esperó a Shindou durmiendo plácidamente todavía; a Haruna-sensei en el lugar no. Entonces no le quedó otra que escabullirse de allí, con la carta y todo; no podía permitirse dar explicaciones que sólo podía inventar, tampoco entrar en más berenjenales de los que ya se había metido.
Y ahí estaba Kirino, congelado detrás del edificio de la escuela, releyendo la carta con la esperanza de que ésta le diga qué diablos podía hacer.
Todo se había mantenido igual desde que inició el nuevo curso. Las vacaciones de verano estaban a una semana de comenzar y Kirino aún no parecía perder el interés por la chica. Él mismo no lo comprendía, puede que, después de todo, sí sintiera un poco de curiosidad por ella, o no tendría sentido que él se girara hacia su dirección siempre que podía. Por supuesto, no lo admitiría delante de Shindou, ya que sería lo mismo que decir que él tenía razón... otra vez.
Y él no estaba enchochado. Para nada.
Y habría continuado pensando de aquel modo durante muchísimo tiempo de no haber sido porque, repentinamente, los dos, Kirino y la chica en cuestión, se encontraban uno frente al otro, incapaces de mirarse entre ellos y detrás del edificio de la escuela.
–¿Qué pasa? ¿Por qué me has llamado de repente?
El chico consideró que había preguntado una estupidez, el ambiente a su alrededor indicaba que si había sido citado era por un único motivo posible; pero no perdía nada por ello. Por otro lado, temía que el tono que había empleado no haya sonado demasiado rudo, incomodándola.
Esperó a que la chica contestara. Transcurrieron dos minutos.
Tres minutos.
Cuatro minutos.
La manecilla indicó cinco minutos y ella no había levantado la vista del suelo. Kirino no sabía si intervenir o guardar silencio un poco más. Entonces, tomándolo desprevenido, con rapidez sacó un sobre y se lo estampó contra su pecho, roja hasta las orejas. La emoción lo invadía por dentro.
La chica habló al fin y una mueca estupefacta apareció por el rostro de Kirino.
–Ya veo... De acuerdo, dejámelo a mí.
Decepcionado, aceptó la carta y le dio la espalda para irse junto a Shindou, de quien tuvo que despedirse y ahora debía de estar aguardándolo en la salida. Ella lo detuvo y, con voz insegura, le preguntó si estaba bien con eso.
–Sí, no te preocupes. Ya estoy acostumbrado.
Entonces se despidió de la chica, de quien no conocía siquiera su nombre, para luego huir velozmente del lugar. Corrió por el campo, se topó con el árbol cuya rama rompió en primero antes de divisar una cabellera castaña apoyada en la puerta de la escuela. Cuando Shindou le tendió una mano, él no paraba de jadear y el sudor se deslizaba de forma frenética por su frente.
–¿Pero qué te ha pasado? No tienes buena cara. ¿Te encuentras bien?
Kirino no respondió. Permaneció con la cabeza gacha y respirando de manera irregular durante quién sabe cuánto. Shindou iba a palmear su espalda cuando, de pronto, el joven se apartó de él.
–Para ti...
–Ran-chan, tranquílizate y dímelo con calma. Normalmente no eres así. Respira hondo y...
–¡De nuevo, es para ti! –cortó él, con un grito que dejó a Shindou enmudecido. Furioso, impactó la carta contra su pecho, como hizo la chica con él. El otro no podía hacer otra cosa más que observar, perplejo–. ¿Por qué siempre debes de ser tú? –murmuró.
Shindou abrió la boca para decir algo, pero sus cuerdas vocales no emitieron ningún sonido. Al final, Kirino se marchó con el ceño fruncido, solo; su amigo esta vez fue incapaz de ir tras él y regresó a casa, con la esperanza de que mañana todo habría quedado olvidado.
Pero no era tan simple. Al día siguiente, Kirino actuaba como si nada, salvo que no se hablaban más que lo necesario. El chico continuaba yendo al hogar de Shindou cada tarde, sin embargo, no hacían otra cosa que centrarse en sus propios deberes de verano, esperando que su amigo se hartase y empezara a tirar de su garganta como un sacacorchos. Si no era de este modo, él jamás se atrevería a sacar a colación la rara discusión que los carcomía, y, por tanto, jamás se lo diría. Que si había pataleado de aquella forma tan infantil, fue porque, en el fondo, había sido consumido por los celos. Se había dejado llevar por los pensamientos que sus compañeros compartían desde su llegada a la escuela, creyendo que, después de todo, ser amigos era imposible. Al menos, amigos sin envidia de por medio.
Quería disculparse, pero Shindou no parecía dispuesto a colaborar con su causa, llegando a pasar días, incluso semanas, sin que éste mostrara una pizca de entusiasmo en su agravada amistad.
Iban por la tercera semana después de la finalización del primer trimestre cuando, en un día lluvioso, Kirino llegó con arañazos en la cara y cargando una bola de pelo gris a casa de Shindou. Todos los trabajadores del lugar se quedaron de piedra cuando apareció por la entrada. El único que no se quedó de pie observando fue su amigo, quien lo arrastró hasta el cuarto de baño para tratar sus heridas y, de paso, darle un buen lavado a la bola de pelo maullante y a su gato Lute. La estancia era inmensa como se veía desde el exterior, sin embargo, ésta se ganaba el premio a la mansión con menos muebles de la historia, contradiciendo las fantasías de aquellos que nunca se adentraron en ella; el cuarto de baño no era la excepción.
–Siéntate –le ordenó mientras sacaba el botiquín de primeros auxilios. Kirino obedeció, sentándose en el único sitio posible, que era encima del retrete, y permitió que Shindou le examinara la cara–. Menudos arañazos. Sin duda, esta felina sí que te ha dado guerra.
–No bromees. –A Kirino se le escapó un quejido cuando sintió la presión del algodón con agua oxigenada sobre sus heridas de guerra–. No sé que tenía contra mí. Estaba en una caja de cartón cuando comenzó a llover y decidí llevármela para que al menos se resguardara. Pero creo que hice mal.
Shindou no respondió por guardarse la risa, sonriendo en su lugar. Kirino lo miró fijamente. De nuevo, se había quedado en un punto muerto. Se mordió el labio inferior.
–Lo siento, tendré más cuidado.
–¿Por qué no me preguntas ahora que puedes? –inquirió él, con voz ahogada–. Ya han pasado tres semanas desde aquello. ¿No quieres saber por qué actué de aquel modo contigo?
–Mentiría si dijera que no, pero tampoco podría decir que sí. No estoy seguro. Sólo sé que te debo una disculpa.
Kirino alzó una ceja.
–¿Por qué?
–Te gusta, ¿no?
–Espera, no sigas. Ni se te ocurra decir que es tu culpa, que nos conocemos. –Shindou abrió la boca para protestar, pero él prosiguió–. Tampoco vale decir que la has enamorado a propósito, porque, aparte de que vas a lo tuyo, ni me lo creo ni me haría sentir mejor. Me gustaba, no le gusto, le gustas. Punto pelota.
Kirino no supo en qué momento su amigo detuvo su mano para mirarle a los ojos, pero eso careció de importancia en cuanto regresó a su labor, curando los arañazos uno a uno. Él cerró el botiquín y abrió el grifo para llenar el barreño cuando dijo:
–Al final no vino. –Kirino alzó la vista, sin entender–. La chica. En la carta ponía que nos reuniéramos en un sitio, pero al final no vino. –Cerró el grifo para luego dedicarle una media sonrisa–. Puede que en el fondo no le gustase tanto como creías.
De nuevo, hubo otra larga pausa en la que sólo se oía el agua y los maullidos de los dos gatos. La gata podía ser mansa si se lo proponía, porque, al menos con Shindou, no sacó las uñas y se dejó lavar. Después, los secaron, y cuando terminaron, la bola de pelo maullante ya no era gris, sino blanca y peluda. A su vez, Lute se subió al regazo de Kirino y se sacudió para secarse, empapando su ropa. El otro muchacho soltó una carcajada.
–Oye, ¿de verdad estamos peleando por alguien a quien no conocemos su nombre?
–Hombre, si lo pones de esa manera suena hasta cómico.
En ese momento, los dos gatos maullaron y, sin motivo alguno, ambos rieron.
–Y todo esto por unos malditos celos. Me siento patético.
–¿Qué tiene eso de malo? Yo también los tuve cuando empezaste a enseñarme a jugar al fútbol, y aun así eso me motivó y me aumentó el número de camisetas sucias por lavar –rió él–. Seremos amigos, pero eso no significa que no podamos sentir envidia uno del otro y, por tanto, no podamos discutir de vez en cuando. Es hasta mejor que estar de acuerdo en todo y con todo. Entonces, Ran-chan, ¿nunca más por una chica?
El chico le dedicó una media sonrisa.
–Nunca más por una chica, Shindou.
El otro le imitó el gesto.
–Me alegro de que todo haya vuelto a la normalidad, Kirino.
No obstante, algo advirtió a Lute de que jamás volvería a ver al Ran-chan y al Ta-kun de toda la vida.
–¿Qué puedo hacer? A este paso lo mejor será decir la verdad y disculparme.
–¿Y por qué no estás yendo ya mismo?
Inmediatamente, Kirino volvió su cabeza. Encima de él había una ventana, y en ésta se encontraba Kariya asomándose a la vez que bebía de su batido de fresa. Sentado y perplejo, el joven de segundo año sintió que le iba a dar una tortícolis.
–¡Kariya! ¿Qué haces aquí?
–Lo mismo podría preguntarte yo a ti, senpai. ¿No tienes frío aquí fuera? Cogerás un resfriado.
–Soporto muy bien el frío, gracias. Lo que importa ahora es a qué te referías con lo de antes.
–Evidentemente estoy hablando de esa carta que acabas de esconder.
Kirino se esforzó por que su nerviosismo no se hiciera notar. Cerró con más fuerza el puño donde agarraba el objeto en cuestión, sin percatarse de cuánto la estaba arrugando. Kariya lo miró con burla.
–La verdad, es un pasatiempo que no te pega en absoluto. Aunque, conociéndote, lo más probable es que se te debió de nublar el juicio. Como la primera vez que nos vimos.
Kirino frunció el ceño.
–No hables como si me conocieras de toda la vida.
–Es cierto, no te conozco. Sólo llevo un año en el equipo. –Tomó otro sorbo de su bebida–. Sin embargo –hubo una breve pausa–, sé cosas. Insignificantes, pero mejores que nada.
–¡Woah, qué fuerte! –exclamó él con puro sarcasmo–. ¿Cosas como qué?
–Cosas como parecer que te estas meando en los pantalones cada vez que intentas ocultarle algo a tu mejor amigo. En este caso, esa cosa que tienes en tus manos. Joder, ¿tanto te asusta que Shindou-senpai lo descubra?
–No preguntaré cómo es que sabes todo eso, porque seguramente lo lamentaré. Pero si fuera tan sencillo, no estaría aquí dándole vueltas al asunto, ¿no crees?
–¿Y no crees que ese es precisamente el problema? ¿Que no te estás comiendo demasiado el coco? Porque es Shindou-senpai de quien estamos hablando, de tu mejor y, lo que parece en Inatter, único amigo. De niño has tenido que traumarlo con cosas peores que la de ahora, y aun así te ha perdonado. ¿Tan poca fe tienes de que no vaya a hacerlo esta vez?
–Tú no lo entenderías, Kariya.
–Quizás, sin embargo, yo no estoy pensando en un «si...» que no conduce a nada. A menos de que vuestra amistad sea así de frágil. –El sonido del batido estrujándose por la mano de Kariya aumentó la tensión en el ambiente.
–No digas tonterías. Por supuesto que no lo es. Pero a estas alturas una discusión...
–A estas alturas os seguiréis dando por culo –le cortó–. Por siempre y para siempre. Porque para eso están.
–Hablas como si tú hubieras tenido muchos.
Kariya le dedicó una sonrisa de las que sólo él sabía hacer.
–¿Te imaginas?
Kirino entornó los ojos, pero no dijo nada. Después de todo, pensó, era inútil razonar con Kariya. Esto sólo consiguió convencerlo de que jamás lo comprendería. Lo que menos necesitaban en estos momentos era una pelea, algo que hiciera crecer la discordancia entre los dos.
Kariya aguardó a que Kirino prosiguiese, pero no lo hizo. Puso entonces el tetrabrik encima de la cabellera rosada del muchacho y le dijo, antes de despedirse:
–Realmente no conozco las razones por las que tienes una carta de Yamana-senpai ni me apetece averiguarlas. No seré un gran amigo del excapitán, pero no necesito serlo para tener una cosa bastante clara: si fuera Shindou-senpai, no me gustaría nada que me ocultaran cosas. Incluso si fuera mi mejor amigo.
Al cabo de un rato, el joven se quitó lo que el chico le había dejado, un batido de fresa vacío y algo estrujado. Lo miró fijamente durante varios segundos para luego, furioso, envolver sus dedos con fuerza alrededor de él. Lo sabía de sobra, no tenía por qué recordárselo. Entendía la sensación que da el que alguien no te cuente cosas, él principalmente.
Era lo que Shindou le estaba haciendo, después de todo.
–Hay que ver, siempre haces lo que te viene en gana. ¿Acaso nunca te han enseñado que las cabezas de la gente no se usan como papeleras de reciclaje?
Esta vez me abstendré de dar explicaciones, porque no vienen a cuento. Sólo diré que una de las razones por las cuales he tardado se debe al juego del Shine que ha salido este mes; no porque haya jugado, sino porque, de lo poco que he jugado, he tratado de ser un poco fiel a éste. Espero haberlo conseguido.
No tengo a nadie a quien dedicarle este capítulo en concreto, pero sí podría ser para la gente que me sigue en Twitter y que en ocasiones me ha animado. También agradezco a la gente que sigue este fic a pesar de la lentitud con la que se publica.
Hoy comenzarían mis vacaciones (las últimas antes de llegar a Bachillerato), por lo que tendría más tiempo para dedicarme a escribir. Pero no prometo nada. Sólo espero no actualizar en otro invierno :'D
Hasta la próxima.
By Kirino Sora.
