Al despertar de la dulce heroína

Abrió los ojos en cuanto Toby empezó a llorar. Casi inconsciente se puso de pie y caminó hasta la habitación del pequeño, en automático lo tomó en brazos y revisó que no estuviera mojado palpando el pantaloncillo. Lo sacó de la cuna y se dispuso a bajar las escaleras para prepararle un biberón, y justo estaba a la mitad cuando cayó en cuenta de algo: había demasiada luz.

Reaccionando en medio de la torpeza matutina con la que usualmente se levantaba, subió las escaleras entrando a la recámara principal que tenía la puerta abierta y al asomarse notó con cierta extrañeza que estaba vacía. La cama hecha pulcramente como solía dejarla su madrastra y ni una sola almohada fuera de lugar.

— ¿Papá?

Frunció los labios para hacer un silbido, esperando que con ello saliera la mujer de su padre recriminándole que la casa no era un bar. Y no estaba segura sobre si se silbaba en un bar, pero eso tendía a decir cuando su padre lo hacía.

Nada.

Toby ya había olvidado por qué empezó a llorar en primer lugar, y tal vez contagiado por la curiosidad de su hermana balbuceó repitiendo -intentando realmente- las palabras de Sarah.

— ¡Esto es un abuso, Toby! ¡Nos han abandonado! — aseguró la muchacha una vez que recorrió pieza por pieza las dos plantas abriendo incluso las puertas de los armarios y la alacena, como si fueran a aparecer ahí dos adultos encogidos y tapándose la boca para no reírse.

—Lo bueno, es que es sábado y no tengo que ir a la escuela, de lo contrario, pasarías el día con la señora Dalloway.

El niño hizo una mueca de disgusto con amenaza de volver a llorar, su hermana no supo con exactitud si eso se debía a que había entendido claramente la amenaza y expresaba su desagrado por la anciana señora con olor a naftalina, o quizás solo recordaba que tenía hambre.

—Supongo que desayunamos y vemos qué hacer en un día lluvioso.

Justo giraba para regresar a la cocina cuando el escabroso sonido del timbre le hizo dar un respingo. Odiaba ese timbre, siempre había considerado más elegante un picaporte decorado, pero su padre empezaba a quedarse sordo y aquella estridente alarma había sido su solución, como si los demás estuvieran perdiendo también la audición.

Rápidamente caminó a la puerta, dio un vistazo por la mirilla y levanto las cejas con sorpresa.

—Toby, la invocamos — susurró mientras quitaba los seguros para dejar pasar a la señora Dalloway.

La bata afelpada revelaba que acababa de levantarse. El cabello gris completamente desordenado dejaba también en claro que lo había hecho a toda prisa. No era precisamente una mujer glamorosa, pero era de la educación antigua de mujeres que no se permitían pasar el fin de semana en pants y deportivas.

— ¡Oh, Sarah! — exclamó con la voz quebrada y llevando las manos temblorosas al rostro de la muchacha.

—William me pidió que no viniera, pero no he podido evitarlo.

William era su esposo, otro anciano que olía extraño y contaba los días en su calendario exfoliador para jubilarse de la jefatura de policía donde se encargaba de archivar documentos.

La mujer la abrazó con fuerza dejando al medio a un consternado niño que asió con fuerza el biberón tibio que le diera Sarah solo unos segundos antes.

— ¡Tu madre! ¡Llama a tu madre! — siguió diciendo — ¡Quise llamarla yo, pero no tengo su número!

—Ah, ella y papá salieron, no han regresado — respondió aún extrañada consiguiendo soltarse del abrazo.

— ¡Oh, no, a Irene no! ¡A tu madre! ¡Tu madre!

La joven captó al instante que no se refería a su madrastra, aunque saber eso al principio era difícil porque la señora se refería a las dos por igual.

— ¿Exactamente qué le digo?

— ¡Que debe venir, Sarah querida! ¡Tan rápido como pueda!

Sarah bajó a Toby dejándolo en la sala, donde su cerco de juguetes estaba desde la noche anterior y luego hizo que la señora tomara asiento tras haberse soltado a llorar, acompañando el llanto con temblores casi incontrolables.

—Señora Dalloway, ¿Qué sucede?

— ¡Oh, Sarah! ¡Es horrible! ¡Horrible de verdad!

.

Toby generalmente se despertaba temprano. Comía y se volvía a dormir si hacía mucho frío o calor, si el día era bueno obligaba a alguien a jugar con él, pero en esos días, debido a las lluvias, el clima tenía una temperatura baja, por ende Toby se había quedado dormido, noqueado por el poder somnífero de la leche tibia y la comodidad de un pañal limpio.

Sarah lo miraba. Ya se había acabado el largo de la uña del índice derecho, casi llegando hasta su dedo, y procedía a hacer lo mismo con el pulgar. Su respiración se había vuelto muy rápida, de hecho, se estaba mareando a causa de ello. Se mecía suavemente sobre la cama, balanceándose hacia atrás y luego al frente en una rutina desquiciante para quien la viera, solo que no había nadie con ella.

La anciana vecina se había marchado hacia unos instantes tras cansarse de llamarla y golpear la puerta que Sarah había cerrado con seguro, quedando dentro de su cuarto sola con Toby que fue lo único que tomo en su huida de aquella horrible declaración de la señora Dalloway, transmitida extra oficialmente por su esposo aquella mañana.

Tenía los ojos hinchados, había derramado algunas lágrimas pero al mismo tiempo mantenía una ciega fe en que todo se trataba de una equivocación por parte de un hombre que requería gafas del grueso del fondo de una botella para leer los titulares del diario.

Una serie de suspiros consecutivos la asaltó de repente y la uña se acabó.

—Hoggle — mustió sintiendo que rompería a llorar si hablaba más fuerte —… Hoggle— volvió a llamar soltando un gemido al tiempo en que arqueaba las cejas.

El espejo al pie de su cama perdió nitidez en la imagen que reflejaba por unos segundos y luego la imagen del viejo enano se hizo tan clara como ella misma.

— ¿Sarah? ¿Qué sucede?

—Te necesito…— dijo queriendo respirar profundo pero solo consiguiendo que el llanto saliera libremente.

Con las palabras dichas, Hoggle fue capaz de entrar al mundo humano y retando a su cojera corrió al lado de la joven que se había dejado caer en la cama sin consuelo alguno.

— ¡Sarah! ¡¿Qué ha sucedido?!

— ¡Milady! — la voz chillona de Sir Didymus apareció también, seguida del ladrido de Ambrosius.

— ¡Sarta de inútiles! ¡No estorben! — se quejó Hoggle dando manotazos al corcel canino que pretendía lamer a la chica.

—Sarah, dinos qué pasa.

Por respuesta ella se incorporó un poco pero solo para hundir el rostro en el hombro del enano pasando los brazos alrededor de su cuello para abrazarlo con fuerza.

— ¡No! ¡No me…!— pero se acobardó para seguir lo que pretendía decir, deseando con fuerza que Jareth estuviera muy ocupado porque si había algo peor que vivir en la Ciénaga del hedor eterno, aunque fuera en calidad de príncipe, a él se le ocurriría.

Aún así, al final valía más dar su apoyo a la única amiga que tenía que todo el miedo que le daba el rey. Consiente y resignado, palmeo la espalda de la muchacha. Además había escuchado de las cotillas que vivían en el castillo y pasaban los días lambisconeando a Jareth, que no había vuelto a mencionar nunca a la muchacha, y le daba más o menos igual que otros lo hicieran, salvo cuando entraba a broma la forma en la que quedó plantado en medio del salón sin creerse que la chica lo había rechazado abiertamente regresando a su casa con su hermano.

Entonces sacaba las llaves de los olvidaderos.

Y ya pensando en Jareth, recordó otra cosa, una que no era muy agradable de decir y menos en esos momentos, y se debía precisamente a un hechizo del rey para hacer que los humanos olvidaran las estancias en los pasillos del laberinto convirtiendo los recuerdos en meros sueños.

Dejó de tensarse con el abrazo de la chica y correspondió aunque sus brazos cortos no la rodeaban completamente.

Escuchó sus palabras cortadas por el llanto, cerró los ojos pensando qué debía decir exactamente, pero nada se le ocurría, más que nada porque él ni siquiera recordaba a sus padres, no podía dimensionar el sentimiento de perderlos.

Sir Didymus, cuando hubo comprendido que Hoggle controlaría esa situación, se acercó hasta el bebé que empezaba a despertar con el ruido que hacía su hermana.

—Hola, joven caballero ¿Podría usted informarnos sobre la pena que aqueja a la dama?

Hoggle suspiró, ahora resultaba que además de que no percibía olores, tampoco escuchaba.


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