PRECIADOS MOMENTOS

- Era tan extraño… Era como un fantasma. Luego esa chica me hablaba y me decía que tenía que evitar algo malo que iba a pasar.-explicó Lauz y tras eso se acercó una tostada a la boca y le hincó un mordisco.

Otra chica menor que ella, le escuchaba. Ambas sentadas sobre la mesa del comedor de casa, con el desayuno en frente. No era pelirroja como Lauz, tampoco tenía el pelo tan ondulado, sin embargo sus gestos y rasgos eran muy similares. Como debía ser, ya que eran hermanas.

- Deberías de dejar de tomarte esa infusión por las noches, ¿estás segura que no tiene alguna droga?-bromeó su hermana, dándole palmaditas en el brazo.
- ¡Oye!- se quejó enfurruñada poniendo los labios en buzo y cruzando los brazos.

Los gestos infantiles de Lauz a contraste de los gestos toscos de su hermana hacían confundir bastante a la gente sobre quién se trataba de la pequeña y quién de la mayor. La diferencia de edad era de cuatro años, pero bien podían pasar por gemelas.

- ¡Oh, no! ¡ya llego tarde!-dijo levantándose de golpe. Se había entretenido demasiado contando el sueño tan raro que había tenido esa mañana.
- Tienes la excursión esa al teatro, ¿no?-le contestó ella comiendo con calma, pues entraba más tarde.

Lo más rápido posible, recogió sus platos sucios y se colocó la mochila a la espalda, no sin antes ponerse la chaqueta encima.

- Sí, será hasta muy tarde así que no me esperes para comer.

Le dio un beso en la mejilla y salió corriendo de casa, murmurando alguna que otra vez "tengo prisa, tengo prisa".

La visita al teatro era una actividad extraescolar en la que varios colegios se habían puesto de acuerdo para encontrarse. El plan general era estar a una hora puntual en la entrada del centro, almorzar, ver la actuación del teatro y comer además allí. Tras eso, todos los colegios volvían a su respectiva institución.

Por la categoría en la que se encontraba la interpretación de la obra, habían decidido en escoger a los alumnos de cursos de 2ª, 3ª y 4ª de ESO de cada entidad.

Como el lugar no estaba muy lejos, el colegio de Lauz decidió ir andando (por ahorrarse también los gastos de transporte). Estuvieron durante todo el recorrido bajo un cielo que amenazaba tormenta. Tuvieron mucha suerte que al empezar a chispear ya estaban llegando.

Ya en el centro, una vez los alumnos fueron mezclándose entre ellos, aquello parecía un mar de arco iris con tanto uniforme distinto. Leabers (el colegio de Lauz) tenía una vestimenta sencilla formada con su respectiva falda grisácea de tablas y una chaquetilla azul claro con viseras blancas y un pañuelo azul. Ya era opción del alumno escoger el calzado (a Lauz le encantaba los calcetines que llegaban hasta las rodillas y los zapatitos negros).

La pelirroja se sentó en uno de los bancos libres y sacó de su mochila el bocadillo empapelado. Miró al frente con curiosidad, observando los distintos grupos que también habían decidido como ella descansar bajo el tejado del patio. Otros, teniendo más frío, habían preferido entrar dentro del edificio. La llovizna comenzó a acelerar cada vez más, y aunque se oían las voces de los jóvenes charrando con energía, Lauz no les prestaba mucha atención. Le gustaba mucho más el ruido de las gotas caer y el olor a tierra mojada que, de alguna manera, le relajaban.

Y es que odiaba aquellos momentos sin hacer nada. En excursiones y en el mismo colegio, tanto en el recreo como en las actividades que de vez en cuando se hacían. Prefería estar con el libro delante, aunque no le agradaba del todo estudiar. O mejor, con la libreta dibujando. Tenía algunas amigas, pero verdaderamente no le gustaba juntarse con ellas. De lo único que sabían hablar era de los chicos más guapos del colegio, de cómo les quedaba la ropa (hasta hablar de la ropa interior más sugerente) o formas de arreglarse y maquillarse. Incluso a veces comentaban anécdotas de fiestas pasadas. Ninguna de esas temáticas le llamaban la atención, todas le parecían lo más aburrido del mundo. Sabía que era un tanto extraño para una chica de su edad, y era así como sus compañeros solían pensar.

Sacó la libreta y empezó a dibujar al mismo tiempo que iba almorzando. Sin darse cuenta, estaba dibujando a la chica de su sueño. Era curioso, recordaba sus rasgos, la tenía grabada en su cabeza con mucho detalle.

- ¿Lauz?

Volteó la cabeza hacía arriba sorprendida de que alguien le nombrara.

De cabello moreno hasta los hombros, una muchacha vestida con uniforme marinero le miraba dudosa.

- ¿K-kurumi? ¿La amiga de Phadme?-respondió ella con el mismo gesto dubitativo.

Era obvio que ninguna de las dos se reconocía del todo. Al final, casi al mismo momento, echaron la cabeza hacia atrás sorprendidas percatándose de que ninguna se había equivocado de persona y se saludaron correctamente.

- No sabía si me reconocerías.- confesó la chica rascándose la nuca un poco incómoda por la situación.
- Ja, ja, si soy sincera me cuesta recordar caras…-confesó.- Pero sí que me sonabas de la última vez que hablé con Phadme.
- Phadme no ha podido venir, se encontraba un poco mal al día anterior así que supongo que está en cama.-le explicó y le miró en silencio unos segundos, como pensativa, hasta que siguió:-oye, no nos conocemos mucho, ¿pero querrías hacer el trabajo del teatro conmigo?

Lauz le miró con los ojos abiertos de par en par. Se le cayó la libreta de las manos, y esto preocupó bastante a su compañera.

- Ehm… Sino quieres no, claro. No pasa nada…
- ¿¡H-había que hacer un trabajo?

Para variar, un trabajo más del que no se enteraba. Como la mayoría de veces que estaba en clase solía pensar en las musarañas, muchas tareas no las apuntaba. Luego llegaba el día que había que entregarlas y Lauz no las tenía hechas. Eso era un de los mayores motivos que bajaban su nota final. Además, como tampoco solía hablar con los compañeros, pues nadie se lo avisaba.

El trabajo del teatro o bien se podía hacer individual o bien en pareja. Kurumi le explicó que había tenido pensado hacerlo con Phadme, pero como no había venido no tenía con quién. Se lo iba a proponer a alguno de sus compañeros, pero le había visto a ella y se le había ocurrido decírselo espontáneamente.

No solía abrirse mucho a gente que recién acababa de conocer, pero Kurumi era una chica bastante agradable y simpática. No era como alguna de sus compañeras que le solían mirar raro o bien empezaban a hablarle de la última manicura. Ambas sentadas en el banco empezaron a mirarse las preguntas que debían ir resolviendo una vez empezara la actuación. Eran preguntas cortas y aunque había muchas, lo bueno de ser dos era que podían dividírselas.

- ¡Anda! ¿Y esto de dónde es?-preguntó Kurumi mirando el dibujo anterior de Lauz.
- Ah… es una chica…-contestó avergonzada.
- ¡Qué mona!

A Lauz se le asomó una pequeña sonrisa en el rostro. Por un momento había tenido miedo de que ésta le dijera que dibujaba cosas extrañas.

Y sin darse cuenta, pasó la hora del almuerzo. Las dos jovencitas, junto al resto de alumnos, se adentraron a la sala del escenario. Entre pisoteos, debates por el asiento, y equivocaciones, los colegios tardaron diez minutos en sentarse y ocupar las sillas. Una vez así, se apagaron las luces, quedando sólo las del fondo.

Todo parecía marchar correctamente, los actores salieron y empezaron a gesticular contando la introducción de la historia. Fue maravilloso como de repente el fondo del atrezzo empezó a cambiar. De unos colores alternados, con dibujos abstractos. Lauz entrecerró los ojos para mirarlo más fijamente. Era asombroso, parecía magia.

La mujer y hombre que interpretaban, se mantuvieron inmóviles, fingiendo ser estatuas. Fue entonces la llegada de lo que debía ser el malo de la obra. Un bicho enorme con un millón de ojos y con tentáculos que siseaban de un lado a otro.

- ¡WOW, Kurumi! ¡Parece de verdad, ¿a qué sí?-bramó asombrada volteando la cabeza hacia su nueva amiga.

Pero sin embargo, ella no parecía pensar lo mismo. Miraba preocupada, muy preocupada.

En el momento en el que el bicho miró al frente, hacia todos esos jóvenes estupefactos por su presencia, Kurumi le tapó los ojos.

- ¡No mires!-gritó al mismo tiempo.

No entendía muy bien que estaba sucediendo. Quizá formaba parte de la actuación y Kurumi le quería gastar una broma. Pero ya no parecía tanto una broma cuando al Kurumi apartar la mano, vio como el escenario aquel tan extraño de colores había envuelto la sala por completo. No era normal, ni la más alta tecnología podía ser capaz de eso.

Pegó un grito del susto cuando se percató de que, a excepción de Kurumi, el resto de espectáculo se había petrificado. Todos, alumnos y profesores, se habían quedado con aquel gesto de sorpresa. Fríos como el mármol, no se movían un músculo, como los actores del escenario. Se habían convertido literalmente en estatuas de piedra.

- No le mires, Lauz. No le mires en ningún momento.- le explicó la morena, volteándole la cabeza bruscamente hacia atrás al ver que el monstruo volvía a mirar. Ella se limitaba a cerrar los ojos con fuerza.
- ¿Qué está pasando, Kurumi?-le preguntó asustada.- No entiendo…

No le dio tiempo a terminar la frase, pues uno de los tentáculos de aquel bicho extraño se había alargado y con rapidez no tardó en cazar a Kurumi rodeándole la cintura y alzándole en alto. Era todo tan desconcertante, era incapaz de reaccionar.

Kurumi pegó un grito al ser golpeada violentamente contra una de las paredes del escenario. El golpe hizo caer parte del atrezzo, que fue a parar todo encima de ella. A partir de ahí, todo pareció suceder muy rápido: El bicho acercándose a Kurumi, abriendo la boca en frente de ella con intención de ingerirla, Lauz gritando intentando salir de entre el gentío convertido en piedra, Kurumi acurrucada en el suelo dolorida, tapándose con un brazo el rostro para no ver al monstruo…

El bicho de mil ojos cerró la boca. Sin embargo, cuando lo hizo en esa esquina ya no había nadie. Lauz no supo que había pasado hasta segundos después, cuando una lluvia de estoques cayó sobre el atacante, perforándole cada uno de sus ojos. Se fijó que a su lado estaba Kurumi agarrada a otra joven rubia que vestía con un atuendo amarillo bastante llamativo. Con una falda de volantes y cancan negro, era similar al de un vestido de bailarina, especialmente por el peto ajustado de mangas pomposas y el calzado negro. Tanto los brazos como las piernas las tenía rodeadas de lazos amarillos y negros.

- ¿¡Phadme? ¿Eres tú?-preguntó Lauz boquiabierta, pues esa chica se parecía demasiado a la amiga de la que Kurumi y ella antes hablaban. Pero no podía ser.

La chica le miró, y le respondió con una sonrisa. Era igual que ella. Era ella.

Con uno de esos lazos, rodeaba a la Kurumi medio inconsciente de la misma forma que el tentáculo lo había hecho. No relacionó los diferentes hechos hasta que la rubia que miraba al monstruo alerta, estiró el brazo y el lazo amarillo que le rodeaba empezó alargarse, como si tuviera vida propia, hasta atrapar al monstruo.

Un estoque gigante salió de la espalda de la supuesta Phadme y salió disparado hacia el objetivo cautivo. Al clavarse en su cuerpo, el monstruo profirió un grito de dolor y empezó a derretirse.

Parecía que todo había terminado hasta que la viscosa masa en la que se había convertido el monstruo comenzó a moverse hasta mantenerse flotando en el aire, haciendo una singular forma.

Un ojo. Un ojo gigante del tamaño de la sala les penetraba con la mirada. Con la pupila desorbitada, mostrando la mayor amenaza que Lauz jamás había presenciado en su vida. Parecía que le estaba mirando directo al corazón.

Aunque se quedaron inertes, fue por la sorpresa. Pues el ojo no les causó ningún efecto. Una barrera incorporal de cierto color rosado estaba entre medias del ojo y de ellas. Eso había sido el motivo por lo que ellas seguían bien aún, o sino, habrían muerto.

- Si es que nunca me esperáis.-dijo una cuarta voz.
- Si lo hubiera hecho, nuestras compañeras estarían muertas, ¿no crees?-le contestó Phadme con rin tintín.

Era otra joven. También con vestimenta peculiar, un largo vestido blanco y morado hasta los tobillos. Era mucho más pomposo, de varias capas y con una chaquetilla de manga larga. La primera capa tenía estrellas blancas bordadas sobre la tela morada y la segunda tenía bordadas amarillas pero más pequeñas con una fina línea debajo del mismo color y otra más gruesa de color rosado. Su cabello castaño oscuro estaba cortado a capas, no tan largo como Phadme, pero mucho más que el de Lauz y Kurumi. Llevaba flequillo como todas, pero mientras que Kurumi y Phadme llevaban el flequillo hacia un lado (concretamente cada una a un lado distinto) y Lauz prefería llevarlo recto y planchado a la altura de las cejas, el de ésta estaba ligeramente echado hacia atrás.

Llevaba un báculo blanquecino prácticamente de su altura, con una gema incrustada en medio de color morado. Gesticuló con la mano dibujando un símbolo en el aire, la gema brilló y entonces el ojo fue encerrado por un cubo formado por la misma barrera rojiza que antes le habían salvado.

- Así estará retenido, ahora es el momento.-comentó seriamente la cuarta chica.

Phadme reaccionó con aquellas palabras. Enseguida se levantó la falda, lo suficiente como para sacar debajo de ella cuatro estoques que flotando salieron volando hacia el ojo. Evidentemente, no fue suficiente para matarle, volvió a repetir la misma secuencia y así fue como el ojo explotó y se convirtió en añicos, dispersados por las barreras que la otra chica empezó a reducir de tamaño hasta hacerlas desaparecer.

- Wow, ha ido de poco que me comiera.-balbuceó Kurumi que más tranquila, se separó de Phadme y comenzó a expulsarse el polvo de la ropa algo estropeada y rasgada del golpe.-gracias, chicas.

Había algo que no conseguía comprender. La parsimonia de Kurumi le dejó sin habla. Se limitó a mirar a las tres chicas, esperando como si en cualquier momento una de ellas gritara: ¡Te lo has creído todo! ¡Es una grabación oculta!

Las tres se miraron con una sonrisa, y viendo que Lauz seguía en el suelo acurrucada y absorta, se acercaron a ella. Quizá en otra ocasión habría salido corriendo, pero realmente sus piernas no le respondían.

- ¡Lauz, cuánto tiempo! ¡Me has reconocido a pesar de todo el embrollo!-vociferó entonces Phadme con una sonrisa de oreja a oreja.

En el momento en que ésta se agachó emocionada y le agarró ambas manos, la vestimenta amarilla desapareció dejando ver un uniforme escolar marinero como el de Kurumi. Ahora que podía fijarse bien, su color de cabello no era rubio, sino castaño muy claro. El color del traje anterior resaltaba tanto que hasta le había aclarado el cabello.

- No te asustes Lauz, esto es rutina diaria para ellas.-bromeó Kurumi señalando a la chica de atrás que no conocía. La señalada sonrió y saludó con la mano, también su traje se había intercambiado por el de un uniforme corriente.

Las dos nombradas sacaron una gema, cada una de distinto color (la de Phadme era amarilla y la de la otra chica, que era la gema que había llevado en su báculo, de color morado). Fue Phadme quién con sus lazos agarró algo del suelo y lo trajo hasta ella. Aquello negro lo juntó con su gema, después lo arrojó para que lo alcanzara su compañera, la cual hizo lo mismo.

La extraña dimensión que había absorbido la sala de teatro empezó a desaparecer, y con ello, los espectadores a despertarse. Ya algunos se estaban frotando los ojos sin comprender bien porque les picaban tanto.

- Ven, ven con nosotras.-le animó entonces Phadme cogiéndole de una mano y ayudándole a levantarle.- Nosotras somos chicas mágicas y lo que acabas de ver es la presencia de un demonio.

Con esas últimas palabras, las cuatro jóvenes (Lauz siendo arrastrada por Phadme), salieron corriendo de allí antes de que todos recobraran el conocimiento. Entre las gotas de lluvia, se alejaron. Escuchándose sus pasos chapotear entre aquel silencio extraño poco común de la ciudad.