Corazón Salvaje


III

—¡Papá! ¡Gale dice que no quiere quedarse! — Se queja Peeta en tono contrito.

Desde la casa grande se acercan Anthony Mellark y Noel Undersee, este último ya se encamina hasta Saint Peter, por tanto, Gale quiere hacer valer la promesa del notario e irse con él. Los dos hombres mayores, intercambian una mirada, la del notario es de resignación, bien sabe él cómo son los Mellark cuando toman una decisión. La de Anthony, en cambio, refleja determinación, él no está dispuesto a perder de vista a Gale, así que, con su más inocente tono, le pregunta:

—¿No? ¿Por qué no quieres?

—Porque me gusta más el mar —Responde raudo y veloz Gale.

—Me parece muy bien —Le concede, y vuelve a cuestionar: —¿sabes leer y escribir?

—Para navegar no hace falta —Repone de mal humor Gale, qué se cree esa gente, él ha sobrevivido todos estos años gracias al mar y nunca le ha hecho falta saber leer. Saber pelear sí, imponerse por la fuerza, arrebatar cuando sea necesario… ¿Pero leer? Eso no.

—Para ser un marino de verdad se necesita instrucción, hagamos un trato, te quedas en Campo Real hasta que el maestro Flavius te haya enseñado las letras y los números. Luego ingresarás a la academia naval para que salgas de allí hecho un verdadero capitán.

—¿Capitán yo?

—Sí Gale, di que sí...— Le ruega Peeta, ante la atenta mirada de Anthony.

—¿Que dices? — Presiona Noel.

—Está bien...— Acepta Gale, sin poder ocultar el entusiasmo, quién diría que Gale del Diablo podría aspirar aquello alguna vez.


Pasan los días en Campo Real, y Anthony está cada vez más decidido a reconocer a su hijo, a pesar del escándalo, de los reproches de su esposa, del posible rechazo de Peeta y de la incertidumbre respecto a la reacción de Gale. Solo, en aquella aislada habitación que es a la vez biblioteca y despacho, Anthony Mellark ha vuelto a leer la carta que hundiera, arrugada, entre un montón de libros de cuentas y papeles varios. La ha vuelto a leer lentamente, deteniéndose en cada palabra, tratando de penetrar hasta el fondo de cada una de sus frases.

Cansado está, por las labores del día, pero se dispone a escribir una carta, una muy distinta, aunque la verdad entre sus líneas es la misma, va dirigida a su abogado y amigo, Noel Undersee:

Querido Noel, en estos días lo he pensado muy bien, la consciencia no me permite negar durante más tiempo mi protección, mi amor y mi apellido a Gale, es mi hijo y además es inocente de cualquier error que hayamos cometido su madre, yo o incluso de los de Andrew Hawthorne, quizá el mayor culpable de nuestras actuales circunstancias, pero esta vez no se trata de repartir culpas, amigo mío.

Quiero que inicie los trámites necesarios para que Gale sea reconocido como mi hijo. Como tal, también deseo legarle parte de mis tierras, las de la zona del Ingenio.

No me importa el escándalo ni el enojo de mi esposa. Pienso que es lo justo. Y así quiero que sea.

Como siempre, cuento con su apoyo,

Anthony Mellark.

Firma y sella el sobre y guarda en su bolsillo, la que sin saberlo será su última voluntad. De pronto escucha los pasos amortiguados de quien espía, de quien entra subrepticiamente donde nadie lo ha llamado.

—¡Eh! ¿Quién anda ahí? —indaga al oír cerrarse, cautelosamente, una puerta.

—Yo, papá.

—Peeta, ¿qué haces escondiéndote en mi despacho? — Le cuestiona, sin evitar sonreír, acariciando su rubia cabecita, mientras lo escucha:

—No estaba escondiéndome, papá. Entraba para darte las buenas noches...

—En todo el día no te he visto. ¿Qué has hecho?

—He pasado el día con Gale...

—Podrían haberse acercado. ¿Cómo le quedaron, por fin, los otros trajes que le regalaste?

—Como hechos para él. A mí me quedaban grandes, muy grandes. Pero aún no le conseguimos zapatos, papá. Se lo mandé decir a mamá con Brutus, mas ella dijo que no importaba que estuviera descalzo. Pero eso es feo, ¿verdad?

—Sí, muy feo. ¿Dónde está ahora Gale?

—Lo mandaron acostarse.

—¿Dónde? ¿Dónde ha dormido estos días? — Inquiere apenado, al notar que no se había preocupado de tamaño detalle.

—En el último cuarto del patio de los criados —explica el muchacho, en tono compungido—. Brutus dijo que así lo mandaba mamá.

Anthony frunce el ceño, pero cambia de tema, quiere saber qué piensa Peeta, que hasta ahora parece aceptar la novedad que representa Gale en su mundo.

—¿Peeta, hijo… qué te parece Gale?

—¡Me encanta, papá!

—¿Te has divertido con él? ¿Han jugado? ¿Le has enseñado tus cosas?

—Sí, pero no le gustaron. Y hoy ha estado muy serio y muy triste. Pero luego, cuando salimos a pasear, más allá del jardín, comenzó lo bueno: Gale sabe montarse en los caballos sin ensillarlos, y tirar piedras, tan fuerte y tan alto, que alcanza a los pájaros que van volando... Y caza lagartijas y sapos. Cogió viva una serpiente con una horqueta que hizo de un palo, y le dio vuelta y la metió en una caja. Y no lo mordió, porque él sabe cómo agarrarla. Me dijo que si tuviéramos un bote iba yo a ver cómo se pesca... porque él sabe tirar las redes y sacar peces.

—Me lo imagino. Supongo que ése fue su oficio.

—¿De verdad, papá? ¿No es mentira que él puede andar solo en un bote por el mar?

—No es mentira... pero sigue contándome. ¿Qué más pasó con Gale?

—Se burlaron de él en la barranca porque andaba descalzo y con el traje de paño gris... Él le dio una trompada al que estaba más cerca, que era más grande que él, y lo tiró de espaldas. Los demás se fueron. Pero, no vas a castigarlo, ¿verdad, papá?

—No— Responde Anthony, ahogando una risa— Hizo lo que me gustaría que tú hicieras si se rieran de ti alguna vez.

—Pero de mí no se ríe nadie... Se quitan el sombrero cuando paso, y si los dejo, me besan la mano.

Anthony se pone de pie con gesto extrañado. Acaricia nuevamente la rubia y lacia cabellera de su dulce hijo; lo empuja suavemente hasta la puerta del despacho y lo despide:

—Vete a dormir, Peeta. Hasta mañana.


Anthony cruza su enorme casa, llevando en la mano una pequeña lámpara de petróleo, ha atravesado el patio de los criados hasta llegar a la entornada puerta de aquel último cuarto, donde sobre un jergón de paja, rendido, duerme el joven y obstinado Gale.

Un instante alza la luz, iluminándolo. Mira el pecho desnudo, la cabeza bien formada, el rostro de nobles y regulares rasgos... Así, con los ojos cerrados, los duros rasgos de la raza paterna destacan claramente en su rostro infantil...

—¡Gale! — susurra entre dientes— ¡Eres mi hijo! ¿Verdad?

Una duda sutil y penetrante ha inundado el alma de Anthony Mellark. Contempla a aquel niño que duerme y siente conmoverse su corazón de padre... Quiere creer que Hawthorne no le mintió, que eran ciertas sus últimas palabras... Y, por primera vez, no es un sentimiento indefinible, mezcla de curiosidad y rencor, lo que le llena el alma, al contrario, es un hondo orgullo, una profunda satisfacción, un violento deseo que, en verdad, sea de su propio tronco aquella rama robusta, ruda y audaz, síntesis ardiente de su espíritu de aventura y de combate.

Cualquier hombre podría estar orgulloso de pensar hijo suyo a aquel muchacho extraordinario, endurecido como un hombre frente a la desgracia, y la pregunta se hace afirmación en sus labios:

—¡Hijo mío! ¡Sí! ¡Hijo mío...!

Con emoción que le hace temblar, descubre los rasgos iguales: la frente recta y altanera, las cejas anchas y pobladas, el enérgico mentón cuadrado y duro, los largos brazos musculosos, el pecho alto y ancho... y, por contraste doloroso, piensa en Peeta, rubio y frágil, aun cuando brilla en sus límpidos ojos azules la mirada de una inteligencia superior; en Peeta, tan igual a su madre, heredero legal de su fortuna y su apellido, su único hijo ante el mundo...

—¡Anthony! —Le interpela Sophie con voz alterada, penetrando en el humilde recinto—. ¿Qué pasa? ¿Qué haces aquí? ¿Qué significa esto?

—Soy yo quien debe preguntarte —replica Anthony, rehaciéndose de la sorpresa— ¿Qué significa esto, Sophie? ¿Por qué no estás ya descansando?

—¿Puedo acaso descansar, cuando tú...?

—Cuando yo, ¿qué? ¡Acaba de una vez!

—Nada...— Se reprende ella, no debe dejarse llevar por la rabia que bulle en su interior— Pero quisiera saber desde cuándo vas tú, con una lámpara, comprobando y velando el sueño de los criados.

—¡No es un criado! —Estalla Anthony, haciendo que la mujer tiemble en su posición, pero no recula, es orgullosa y está dolida, sospecha de su traición, una traición que ocurrió mucho antes que fueran esposos, pero que le duele a pesar de todo, y le indigna porque ha rendido frutos.

—¿Qué es? ¡Dilo de una vez! ¡Dilo!

—¿Eh? ¿Qué? —Gale que despierta a causa de las alteradas voces—. Señor Mellark... Señora...

—No te muevas, quédate donde estás. Duerme, descansa... Y mañana ve a buscarme en cuanto te levantes —le aconseja Anthony en tono sereno.

—Mañana mismo lo quiero lejos de aquí, te lo ordeno Anthony: ¡Llévatelo de esta casa!

—¡Calla! ¡No vamos a hablar delante del muchacho! —Bruscamente la ha tomado del brazo, obligándola a salir al patio, encendidos los ojos con aquel arrebato de cólera violenta que le es tan peculiar, y con ira a duras penas contenida, la acusa: —¿Es que has perdido el juicio, Sophie?

—Me haces daño... ¡Suéltame! ¿Acaso me falta razón para perderlo? —Se exalta Sophie, recia por primera vez en su vida, reclamando la injusticia que se ha callado tantas veces, lo ha soportado todo, menos esto, esto nunca—. ¿Crees que no tengo motivos para estar desesperada? ¡Estabas ahí, viéndole dormir, contemplándole como nunca miraste a nuestro Peeta!

—¡Basta, Sophie, basta...!

—¡Ese niño es tu hijo! No puedes negarlo. Es tu hijo. Tu hijo... y de alguna de esas perdidas con las que siempre me has sido infiel. ¿De qué charca lo sacaste para traerlo a mi hogar, para darlo por compañero a mi hijo? ¿Cómo pudiste traer a esta casa a tu bastardo?

—¡Cálmate, Sophie! ¿Vas a callarte?

—¡No! ¡No me callaré! ¡Que me oigan los sordos! ¡Porque no voy a tolerarlo! ¡Es hijo tuyo y no lo quiero aquí! ¡Sácalo de esta casa! ¡Sácalo, o seré yo la que salga con mi hijo!

—No sucederá ni una cosa ni la otra... ¿Quieres armar un escándalo?

—¡No me importa! ¡Saldré para Saint Peter! El Gobernador Flickerman...

—¡El Gobernador no hace sino lo que a mí me da la gana! —asegura Anthony Mellark bajando el tono de voz, lo cual vuelve su ira más amenazadora—. ¡Vas a hacer el ridículo! —Anthony respira buscando serenarse, tratando de explicarse, porque sabe que tarde o temprano se lo debe decir y que ella deberá acatar su decisión— Lo acepto, Sophie. Gale es mi hijo, pero nació antes de que nos casáramos.

—¡Igual ya estábamos comprometidos! — Replica, un par de lágrimas asomándose en sus ojos.

—Te informo que lo voy a reconocer, le daré mi apellido. Incluso parte de la hacienda y no podrás más que aceptarlo, Sophie. Por el bien de este matrimonio.

—Tú no vas a hacerme esta afrenta, Anthony...

—Lo único que te importa es el qué dirán... Tu imagen de mujer irreprochable, pero qué tal si yo dijera que hace años que me niegas los derechos maritales, pretextando enfermedades...

—¡No estamos hablando de eso! — Grita furiosa y herida.

—¡Claro que estamos hablando de eso! Y de todo... Te he aceptado con todas tus tonterías, pero estoy cansado, y esta vez no te saldrás con la tuya, atrás quedaron los años en que una sonrisa tuya bastaba para convencerme, me has cansado, me has alejado de ti... Y estás viendo las consecuencias.

—Eres un hipócrita, tú has defraudado todo lo que esperé alguna vez de ti... ¡Te odio!

—De cualquier manera, no te voy a hacer caso, en esta carta están las instrucciones para que Undersee proceda con lo de Gale. Y yo mismo se la voy a llevar de inmediato.

—¡No! ¡Anthony, no! —Grita tratando de detener al obcecado hombre.

—¿Qué pasa, mamá? — Inquiere Peeta preocupado, ha estado escuchando los últimos instantes de la acalorada discusión y no ha entendido por qué sus padres están tan enojados.

—Nada, Peeta. Nada, hijo.


La noche, sin luna y nublada anuncia una próxima tormenta, es oscura salvo cuando la surcan los fieros relámpagos, el sendero tan bien conocido, aquél que ha recorrido infinidad de veces a lo largo de su vida, se desdibuja frente a sus ojos, pues el caballo, instado por el furioso jinete, galopa a todo lo que da, peligro es lo que le rodea a cada metro del camino, pero nada importa, sólo cumplir con sus deseos, sólo acallar su consciencia con aquella tardía reparación, no quiere que Gale viva hay un minuto más en la ignorancia de quién es, y en tanto arregle los papeles podrá presentarse ante él y ofrecerle disculpas.

Tan oscura era la noche, tan insondable el camino, tan ensimismado y a tal velocidad iba, que no vio la rama baja a escasos metros de su rostro, no nota siquiera su existencia hasta que el golpe fortísimo en su frente lo descabalga y va a parar al fondo de un barranco, una oscuridad eterna lo rodea y con Gale en su pensamiento abandona la consciencia.


—No, señora, y nadie sabe a dónde fue ni por qué salió de ese modo. Yo le vi pasar como alma que lleva el diablo y pregunté a los sirvientes, pero ninguno supo decirme nada— Señala Brutus, ofuscado.

Sophie ha hecho un leve gesto de cansancio, apoyándose en su doncella. Ni las lágrimas largamente lloradas, ni la noche de insomnio cambian en nada su aspecto siempre igual: pálida, frágil como una flor de invernadero, da la impresión de escuchar siempre por primera vez hasta las cosas que mejor sabe. En este caso, sus labios se aprietan levemente y un breve y rojo relámpago de rencor cruza por su mirada.

—Manda a un par de criados a buscarlo al pueblo, tal vez fue a ver a su amigo el notario, y no se acerquen a él, en cuanto tengan noticias que vuelvan de inmediato para quitarme de encima esta preocupación tan grande.


Peeta ha aprovechado la oportunidad para salir de las habitaciones de su madre. Libre de la compañía de ésta y de la vigilancia persistente de Lavinia, se aleja a buen paso. Su cabeza arde... las ideas y los sentimientos parecen girar dentro de él revueltos y confusos. Aquellas duras palabras que jamás escuchara entre sus padres, aquella violencia de Anthony Mellark, todo ese cúmulo de sucesos extraños que parecen girar en torno suyo, se agolpan sobre el cielo azul de su feliz infancia, haciéndole sentirse, por primera vez en su vida, terriblemente desdichado. No quiere hablar a los sirvientes, no quiere aumentar con comentarios la pena de su madre... pero necesita confiar a alguien la angustia que llena su corazón de niño.

Entonces piensa en su amigo, por eso busca a Gale. Pero el cuarto en qué le creía encerrado, está vacío. De la ventana abierta sobre el campo, falta un barrote qué deja al descubierto el hueco por donde Gale escapara... Lo busca con un ansia nunca sentida, con la amarga sensación de desamparo de quien ve vacilar, por primera vez, a los que fueran para él evangelio y oráculo: sus padres... Por la misma brecha que abriera Gale, Peeta se desliza también, saltando a la pendiente al mismo tiempo que llama a gritos al fugitivo:

—¡Gale! ¡Gale!

Logra encontrarlo tras unos minutos, ya bastante lejos de la casa, junto a aquel arroyo de cauce pedregoso que baja a saltos desde la montaña, y llega hasta él, sofocado por la carrera.

—Gale, ¿por qué no contestabas?

Despacio, Gale se ha puesto de pie, mirándolo casi con desagrado. Siente por él una especie de rencor. Es tan distinto a todos los muchachos que él viera hasta entonces. Con aquel rubio y lacio cabello demasiado largo, el ceñido calzón de pana, la camisa de seda blanca... es como un muñeco de porcelana que se hubiera escapado de entre los adornos del salón. Pero Peeta le sonríe de un modo varonil y franco, y los claros ojos le miran afectuosos, sinceros, en una corriente de irresistible simpatía, a la que Gale intenta resistirse encogiendo los hombros...

—¿Para qué andas gritando? ¿Quieres que me atrapen?

—¿Acaso te escapaste?

—¡Claro! ¿No me ves?

—Brutus le dijo a Lavinia que te había encerrado anoche para que no molestaras; y yo, en cuanto pude, me escapé del cuarto de mamá para ir a abrirte la puerta.

—Para no molestar, me largo.

—¿Largarte? ¿Quieres decir que te vas?

—Pues claro. ¡No quiero estar aquí más! Pero no sé por dónde debo irme...

—Pero papá quiere que te quedes aquí, y yo también. Eres mi amigo y no voy a dejarte. No te vayas, Gale. Yo, ahora, también estoy triste... El señor Noel Undersee le dijo a mamá que tú habías sido muy desgraciado, que habías sufrido ya demasiado para tus años, y yo, entonces, no lo entendí bien, porque no sabía lo que era sufrir de verdad.

—¿Y ahora lo sabes? —Cuestiona con la suspicacia que le caracteriza.

—Sí... porque ahora estoy triste. Papá anoche, él... él le gritó a mamá...

—¿Nunca habían peleado antes?

—No... Nunca. ¿Pero cómo sabes que pelearon? ¿Estabas despierto anoche?

—Ellos me despertaron...

—¿Quiénes? ¿Papá y mamá? —Gale asiente, y Peeta entonces empieza a contarle todo lo que está sintiendo, desahogándose con la única persona que supone logrará entenderlo—Pues a mí, no. Yo estaba levantado, papá me había mandado dormir, pero yo, a veces, no le hago caso. Cuando lo vi pasar, pensé que iba a regañarte por lo que yo le había contado que hiciste en la tarde, después pasó mamá, entonces esperé un rato, hasta que oí que gritaban, y cuando llegué... Bueno, si estabas despierto lo oíste todo. Papá... —la voz se quiebra en su garganta—. Papá se portó mal con mamá y ahora ella le odia.

Peeta rehúye la mirada de Gale, como si le avergonzara pensar que éste había escuchado la escena pasada. Pero Gale aprieta los labios sin responder, sintiéndose hombre frente a Peeta, con la instintiva conciencia de que debe callar, seguir callando aquel secreto que lo tortura, que le hiere con la incertidumbre de no saber si es mentira o verdad...

—Y... Y después... Él se fue a caballo y todavía no ha vuelto a la casa. Por eso estoy triste...

Peeta aguarda al menos un comentario, pero nada responde Gale, ceñudo y silencioso, por lo que interroga con suavidad:

—¿Tú crees que papá no volverá más? Yo sé que hay hombres que se enojan mucho y se van para siempre de su casa.

—Seguro que vuelve.

—¿Crees que vuelva? ¿De verdad? —exclama Peeta, con alegría. Mas, acto seguido, le invade la preocupación—. ¿Pero seguirá peleando con mamá si vuelve? ¿Y a mí, Gale? A mí, ¿crees que papá no va a quererme más?

—¿Querer...?

—¿No sabes lo que es querer? ¿Nunca te quisieron? ¿Nunca quisiste a nadie? ¿Ni a tu mamá?

—Yo no tuve... — Contesta incapaz de ocultar la pena que le ha ocasionado ese hecho, el único familiar que conoció era Andrew Hawthorne, y él había sido tan duro con él, que era lo único que recordaba, no sabía de afectos, de protección.

—Todos tienen. Será que no te acuerdas. Las mamás son muy buenas y cuando uno es pequeño lo cuidan mucho y lo duermen en los brazos. Todos tienen. Hasta los más pobres, los que viven en las barracas. Algunos no se acuerdan, pero todos tuvieron madre… —De pronto se voltea y exclama—: ¡Oh! Mira esa gente que viene por allá.

—Mira bien, parece como que traen un muerto...

—¿Un muerto?

—¿No sabes lo que es un muerto? ¿Nunca viste un muerto?

—No, nunca lo vi. Pero... eso no es un muerto. Es una camilla de ramas. Traen a un hombre acostado.

—Herido o muerto...

—¡Es papá! —Casi grita Peeta, al reconocer la ropa que vestía su padre anoche, con el espanto reflejado en su blanco rostro, y de inmediato sale corriendo hacia la entrada de la casa grande—. ¡Es papá!


—¿Qué sucede? —se alarma Sophie.

—Aún vive, señora —responde Brutus—. Y mientras hay vida, hay esperanza.

Anonada, derrumbada por la brutal impresión de la noticia, Sophie se ha desplomado sobre los almohadones de un sofá, cubriéndose el rostro con las manos, mientras musita:

—¡Anthony! ¡Anthony...!

—Desde que le vi salir de esa manera, temí un accidente. Por eso hice que le buscaran por todas partes.

—Pero, ¿qué ocurrió? ¿Cómo fue? —quiere saber, en su angustia, la señora Mellark, mientras a duras penas se recompone de la impresión.

—Supongo que, en su cólera, hizo galopar al caballo hasta desbocarse por senderos muy escarpados. Naturalmente, fueron a dar al fondo de un barranco. Salió loco, ciego de ira... ¡Ni siquiera permitió que Romulus le ensillara el caballo!

—¿Dónde está? ¡Quiero verlo!

—Ahora le traen. Me adelanté para prevenirla, y ya envié un hombre con el caballo más rápido, a traer un médico de la capital que recientemente ha llegado a Saint Peter. Cayó de una gran altura... ¡Ahí están ya!

—Anthony... Anthony, ¿puedes verme? ¿Puedes oírme?

Inclinada sobre el lecho amplísimo, conteniendo con esfuerzo las lágrimas que se agolpan en sus párpados, Sophie Mellark espera con ansia la palabra que puedan pronunciar los labios temblorosos de Anthony; pero es inútil, sólo los párpados se alzan con esfuerzo y la mirada vaga se fija en ella: mirada de un alma que se desprende ya de las ligaduras terrenales.

—¿Me oyes? ¿Me entiendes? ¡Anthony...! ¡Anthony, Dios mío!

—Creo que es inútil... —expresa Brutus tristemente.

—¡No... ¡No digas eso! —Se desespera Sophie—. Ese médico, ¿cuándo estará aquí? ¿cuánto ha de tardar?

—Me temo que tarde bastante. Por desgracia, se ha perdido mucho tiempo. El accidente ha debido sufrirlo hace varias horas ya... Y luego, traerlo hasta aquí...

—Pee… ta… —susurra, con esfuerzo, Anthony.

—¿Eh...? —Es Sophie que siente aletear en su corazón un hálito de esperanza.

—Peeta... —vuelve a murmurar Mellark.

—Ha dicho Peeta —comenta Sophie.

—Está llamando al amo Peeta, quiere verle, quiere hablar con él. ¿Dónde está?

—¡Peeta... hijo! ¡Ven acá!

Sophie ha alzado la voz y ha ido hacia la puerta, donde han llegado los dos muchachos, mudos, tensos, cogidos de la mano, y de un brusco tirón los separa arrastrando a su hijo hasta el lecho del moribundo, cuyos párpados han vuelto a alzarse y en cuyas pupilas tiembla la luz de un ansia, de un anhelo imperioso...

—Aquí lo tienes, y aquí estoy yo también, Anthony.

—Peeta, vas a quedar en mi lugar...

—No digas eso —interrumpe Sophie—. El médico vendrá en seguida y te pondrás bien.

Brutus se separa de ellos, para darles la intimidad que requiere el momento y saca a Gale de la habitación.

—Pronto serás tú el amo de esta casa... —Ha hecho un enorme esfuerzo, levantando la cabeza para mirar a su hijo y a su esposa. Su mano se alza hasta tocar la frente infantil nimbada de cabellos rubios—. Sé que cuidarás de tu madre... que sabrás defenderla cuando yo ya no esté. De eso estoy bien seguro... Pero hay algo más... que quiero pedirte: ¡Cuida de Gale, Peeta...! Quiérelo y ayúdalo... ¡como a tu propio hermano!

—¡Anthony... Anthony! —se angustia Sophie.

—Perdóname, Sophie... y no impidas que Peeta cumpla mi última voluntad. ¡Oh...!

—¡Señora... Señora!, el médico está llegando... el médico de la capital está llegando —anuncia Brutus, que se acerca presuroso y sofocado—. Ya lo vieron salir del desfiladero, ya viene para acá...

—Tarde... tarde... ¡demasiado tarde! —grita Sophie, debatiéndose en las garras de la desesperación.

Pero su angustia no disipa su sentido de autoprotección, pues cuando Brutus le entrega todavía manchada de la sangre del hombre que la escribiera, la carta que su marido llevaba con tanta prisa a su amigo notario, temblando, la estruja y la mete descuidadamente entre su ropa. Y le ordena al criado llevar a Peeta a su alcoba y mantener fuera de su vista a Gale.


Los funerales de Anthony Mellark duran tres días. La viuda no permitió que fuese trasladado a Saint Peter, y su cuerpo ha sido puesto en capilla ardiente en la pequeña iglesia de Campo Real, rodeado de cirios y flores, allí llegan a rendirle homenaje, desde los más humildes hombres que trabajan sus tierras, hasta las más importantes personalidades de la capital del Distrito y de la Nación.

Olvidado de todos, habiendo descartado los lujosos trajes de Peeta y volviendo a lucir los harapos que vestía cuando llegó a Campo Real, ronda Gale la pequeña iglesia blanca con un ansia incontenible de acercarse al que yace para siempre, al que le mandaron aborrecer los labios de Hawthorne, y al que extrañamente, sin embargo, ama con un sentimiento confuso, sordo, profundamente doloroso, que le hace sentir una sensación de desamparo como no la sintió nunca en su abandono, y murmura para sí:

—¡Padre! Era mi padre... Era mi padre...

Ya está junto al féretro, en la capilla atestada de flores, donde milagrosamente no hay nadie en ese instante... sólo la frágil forma enlutada de una mujer a quien el muchacho no ha visto, una mujer que se acerca temblando de cólera, apenas le ve apoyar las manos en el borde de la caja mortuoria. Es Sophie que, con ira apenas contenida, le grita:

—¿Qué haces aquí? ¿Por qué has entrado? ¡No tienes nada que buscar! ¡Vete! ¡Lárgate! ¡Vete donde yo no te vea más! ¡Vete para siempre!

Ciega de una cólera que en vano trata de ahogar en su garganta, Sophie ha señalado a Gale la puerta de la capilla, mientras el muchacho retrocede trémulo, sintiendo que el gesto y las palabras de aquella mujer le hieren y le ofenden como nadie le ofendió jamás. Ahí, muy cerca, para siempre inmóvil y helado en su lujosa caja, está el hombre que le dio el ser, el padre que con tardío arrepentimiento trató de ampararle. Y es la primera vez en sus doce años, que en su corazón hosco y selvático está a punto de florecer un sentimiento de ternura... Pero de un golpe, la voz y las palabras de aquella mujer lo han destrozado. Retrocede, la mira de frente y sale como un sonámbulo, mientras Peeta Mellark se acerca por la puerta contraria, indagando:

—Mamá, ¿qué pasó? ¿Por qué echas a Gale? — Cuestiona Peeta, angustiado, su mundo está cambiando tan vertiginosamente que le es imposible adaptarse.

—¡Deja tranquilo a Gale! Quédate aquí, al lado, junto al féretro de tu padre... donde debes estar.

—Pero, papá mandó...

—¡Calla! — Le ha apretado el brazo, obligándole a callar, mientras en la puerta del frente, de par en par abierta sobre el campo, aparecen ya las figuras imponentes del Gobernador Flickerman y del Mariscal Heavensbee.


Comienza la hora más solemne de los suntuosos funerales. Los dedos de Sophie se aflojan soltando el brazo de Peeta, las lágrimas acuden a sus ojos, y un sollozo amarguísimo estalla al fin en su garganta, mientras Peeta escapa de allí...

—¡Gale...! ¡Gale!

—Déjame, Peeta. Me voy ahora mismo...

—¡No puedes irte! ¡Papá no quiere que te vayas!

—¡Él está muerto y la señora me ha echado! ¿Qué no oíste?

—Ya lo oí... pero no importa. Papá me mandó que te cuidara.

—¿Tú? ¿Cuidarme tú?

—¿Qué te crees? Después de papá y mamá, soy yo el que manda.

—Ahora tu papá está muerto y la única que manda es la señora. Ella no quiere verme más... Me dijo que me fuera...

—Que te fueras de la iglesia, pero no de Campo Real. Saint Peter está muy lejos. Tienes que ir en coche o a caballo. Además, no van a dejarte salir.

—¿Quién no va a dejarme?

—Los criados, los trabajadores... y los soldados. ¿No viste cuántos soldados hay?

—Sí... pero no tienen nada que ver conmigo.

—Sí tienen que ver. Papá no quería que te fueras. Todo mundo lo sabe. Si te ven, te sujetarán, te encerrarán...

—¡Y me escaparé! — Apunta Gale, hastiado de sentirse como un pájaro en una jaula.

—No sabes el camino...

—Sé que, caminando por la orilla del mar, siempre llega uno a Saint Peter. Y si encuentro un bote, llegaré antes.

—¿Y pescarás en el bote?

—Claro, puesto que tengo que comer.

—¿Y te comerás el pescado tal como lo sacas?

—Es mejor que morirse de hambre.

—¡Llévame contigo, Gale!

—¿A ti? ¿Estás loco?

—¡Llévame contigo! Yo quiero aprender a pescar y a manejar un bote. Cuando sea grande, seré marino y mandaré una fragata, como el Mariscal.

—Cuando seas grande, irás de viaje. Ahora no.

—Me voy y luego vuelvo, quiero ir contigo y tengo dinero para comprar un bote...

—¿Tienes dinero? ¿Dinero tuyo? ¿Tuyo? —Le pregunta Gale mostrándose interesado.

—Pues claro. Tengo mucho dinero en una caja...

—¡Niño Peeta! —llama la voz de Brutus.

—Ya te están buscando —sonríe Gale, despectivo—. Figúrate lo que harían si te fueras.

—Nos vamos con todo mi dinero si me esperas a la noche. ¿Sabes dónde? Allá abajo, al lado del arroyo...

—¡Niño Peeta! —vuelve a sonar la voz del criado, ya más cerca.

—Ahora tengo que irme. Me escapé nada más para decirte que no te fueras. Nos iremos juntos y cuidaré de ti como quiere que haga mi papá.

—¿Pero estás sordo, niño? —pregunta el criado, acercándose donde se encuentran los muchachos—. Tu mamá me mandó a buscarte. Ya tienes edad para entender que debes estar a su lado...

—Ya voy... No me tienes que gritar...— Responde molesto, exhibiendo una mínima parte del carácter que ostentara en vida su padre.

—No grito, pero la señora se desespera—contesta el criado bajando la voz. Más en seguida, en tono áspero, exclama—: ¡Ah! También me dijo que te buscara a ti y que no te dejara marchar. ¿Entendiste? Espera por ahí a que la señora disponga de tu suerte, porque ahora es ella, y sólo ella, la que manda en esta casa.


Las horas han pasado lentamente. El cuerpo de Anthony Mellark se halla ya bajo tierra; los importantes funcionarios que acudieron desde la capital, han regresado a ella tras rendir sus respetos a la viuda, y un silencio espeso, tanto de pena como de agotamiento y de cansancio, cae sobre la suntuosa morada, sobre los fértiles campos, sobre las cien barracas de los trabajadores en la opulenta hacienda de Campo Real.

Sin embargo, hay luz en las habitaciones de Sophie, a cuyas puertas llega Brutus, el más fiel y antiguo de sus servidores, trémulo y demudado.

—Señora... el niño no aparece por ninguna parte.

—¿Qué?

—Cuarto por cuarto hemos buscado, Lavinia, Octavia y yo, por toda la casa. He mandado a recorrer los campos y a preguntar por las barracas, pero tampoco está.

—¡Era lo único que faltaba!

—Por favor, cálmese... — Interviene Noel, tratando de prodigarle algo de tranquilidad a la reciente viuda—No puede haber ido muy lejos. Estaba junto a usted hace una hora escasa. Se habrá escondido en algún rincón, como hacen los niños cuando tienen pena...

—Si mi hijo tiene pena, debe estar a mi lado.

—Efectivamente; pero son reacciones extrañas de las criaturas— Repone Noel usando el mismo tono con el que convenció a Gale de ir a Campo Real.

—¿Qué sabes del fulano Gale? — Fustiga Sophie, ignorando al notario.

—Esa es otra —repone Brutus—. Lo primero que hice fue buscarlo para preguntarle si sabía del niño, pero el tal Gale tampoco aparece por ninguna parte.

—Pues deben estar juntos —supone Sophie— Y si ese descastado se atreve a lastimar a mi niño...


—Gale... —llama débilmente Peeta.

—Aquí estoy. ¿Traes la plata?

—Pues claro. Mírala. Con todo y caja...

—La caja no sirve; echa las monedas en tu pañuelo, y vámonos.

—¿Mi pañuelo?

—Yo no tengo. Me las echas en el tuyo y me haces el favor completo. ¡Anda!

Rudamente, como si aquel viejo rencor contra el mundo entero, que Andrew Hawthorne derramara en su alma, se hubiera despertado en aquellas últimas horas, Gale casi ha arrebatado de manos de Peeta el pañuelo repleto de monedas, acercándolas, para mejor mirarlas, a la clara luz de la luna y, sorprendido, confirma:

—Son monedas de plata...

—Pues claro. Y hay dos de oro. Míralas... Cada una de éstas vale por cien de plata. Papá siempre me regalaba una moneda de oro el día de mi cumpleaños... Muchas las gasté. Se compran muchas cosas con una moneda de oro... Tendremos un bote grande, grande, de esos con velas, y navegaremos en él por todos los mares...

—¿Oyes? —alerta Gale, aguzando el oído.

—Sí —afirma Peeta con la mayor tranquilidad—. Nos están buscando, pero no por este lado. Piensan que le tenemos miedo al arroyo crecido...

—Yo no le tengo miedo a nada. Me voy ahora mismo.

Gale ha anudado fuertemente las monedas en el pañuelo, atándolo luego a su cintura, se sube las piernas del pantalón y las mangas de la camisa, mientras Peeta le contempla fascinado. Pero las voces que gritan sus nombres se acercan, apresurando la huida de los dos niños.

—¿Por dónde nos vamos? —indaga Peeta.

—Yo, por el arroyo —dice Gale, que ya chapotea en el agua.

—¡Gale, espérame! ¡Ayúdame, Gale!

Gale no responde, no vuelve la cabeza, no regresa, ignora el llamado de su medio hermano, saltando sobre las piedras, entre el arroyo que se despeña en pequeñas cascadas, va curso arriba, rueda a veces, hasta el fondo de una poza, pero vuelve a levantarse, se alza agarrándose a las ramas, trepando por las cuerdas naturales que cuelgan sobre el agua, y así se pierde en el fragoso monte...

—¡Peeta! ¡Peeta!

La voz de su madre paraliza al pequeño Peeta, que estaba dispuesto a seguir a Gale. Se aferra a la caja de monedas, ahora vacía, que éste dejara en sus manos, los pies hundidos en el barro de la orilla del arroyo, y sostiene su primera lucha terrible entre la voz de la aventura que le llama y el tierno amor que siente por su madre, y por fin, de mala gana, contesta:

—Aquí estoy...

—¡Hijo! ¡Mi Peeta! —Grita Sophie, nerviosísima, abrazando a su hijo—. ¿Qué hacías aquí? ¿Por qué saliste a estas horas de la casa?

—Apuesto la cabeza a que lo sonsacó el tal Gale —asegura Brutus.

—¿Pero dónde está él? —Se alarma el notario, que en último momento se había unido a la búsqueda de los pequeños—. ¿Dónde se ha metido? Hay que seguir buscando...

—Estaba con el niño, puedo jurarlo...

—¿Peeta, dónde está Gale? ¡Contesta la verdad! — Persuade la madre.

—Íbamos a escaparnos... yo quería que me enseñara a navegar y a coger pescados, pero él se fue solo... no quiso esperarme...

—Se fue, pero llevándose su dinero. ¡Es un ladronzuelo! —Afirma Brutus—. Pero si la señora me permite que salga yo a buscarlo...

—No, déjelo. Que se vaya... ¡Que se vaya para siempre! ¡Es lo único que hemos ganado! Vamos a casa, hijo...

Sophie Mellark se ha erguido, y un instante su cabeza altiva se vuelve hacia aquel arroyo por donde Gale escapara saltando entre el agua y las piedras, mientras su mano blanca, de dedos nerviosos, aprisiona la de su hijo Peeta. Fieramente lo atrae hacia ella, en un gesto que es de ternura y dominio, y lo arrastra, alejándose de aquel lugar.


—Señor notario... Señor notario... —llama Octavia.

—¿Qué pasa?

—La señora está esperándolo en su cuarto, y me mandó que lo buscara y le dijera que fuera para allá pronto, pronto, porque tiene que hablarle. Que fuera en seguida...

—Aquí me tiene, señora, atento a su llamado y dispuesto a servirle en todo, como siempre —se ofrece Noel Undersee a Sophie. Y en seguida, le aconseja—: Pero si mi modesta opinión vale de algo, creo que lo único que debe usted hacer es descansar, tomarse unas buenas horas de reposo...

—Sobrará tiempo para descansar después... Tengo entendido que todos los papeles de la casa Mellark están en la notaría de usted, ¿no?

—Exacto. Partida de nacimiento, acta de matrimonio, el testamento de nuestro nunca bien llorado amigo Mellark... que por otra parte casi es inútil. Todo cuanto hay es, naturalmente, de usted y de su hijo Peeta.

—Sé que todo está en orden... pero quiero guardar esos papeles en mi casa. Todos. ¡Absolutamente todos! ¿Hay algún inconveniente para que los ponga en orden y me los entregue a mí, para que yo los guarde?

—En absoluto —asiente Noel Undersee con sorpresa y disgusto—. Estarán listos en una hora si usted lo manda. Saldré inmediatamente para Saint Peter, y mañana, si así lo desea, le haré entrega oficial de todo en mi despacho.

—Brutus irá por ellos... Es el más antiguo y el mejor de mis servidores. Lo he nombrado administrador general de la hacienda, y él hará que las cosas marchen.

—¡Pero es absurdo, totalmente absurdo! Es un capataz sin ninguna preparación... Si me permite aconsejarle...

—No voy a oír ningún consejo suyo, Noel Undersee. No pierda el tiempo en dármelo.

—Lamento profundamente su extraña actitud, señora Mellark.

—No es extraña, puesto que defiendo a mi hijo...

—¿Su hijo...? —se sorprende el notario.

—¡Señora...! — Lavinia irrumpe en la alcoba, agitada y tartamudeando.

—¿Qué pasa ahora, Lavinia? —pregunta Sophie.

—El niño Peeta... parece que está muy malo... Isabella me mandó avisarle... tiene fiebre y dice cosas raras...

Sophie corre a la habitación de Peeta, olvidando la acalorada conversación con el notario, quien genuinamente preocupado la sigue. La dama cae de rodillas frente al pequeño lecho blanco, donde Peeta, con sus ojos azules abiertos, pero sin ver, húmedo de sudor helado el rubio cabello, se agita en el delirio de una alta fiebre. Noel Undersee se detiene bajo el arco de la puerta, entre las dos doncellas asustadas.

—¿Y el médico? ¿Dónde está el médico? —inquiere Sophie.

—Se fue, señora... como todos.

—¡Que corran a Saint Peter a buscarle! ¡Oh, mi hijo!

—¡Gale... Gale...! —murmura Peeta en su delirio—, Gale... No me dejes... Llévame contigo... Llévame a navegar... Yo cuidaré de ti... ¡Papá lo ha mandado! Papá dijo... como a un hermano... Como a un hermano... Gale...

— ¡Dios mío! —exclama Sophie, en un lamento. Ha retrocedido tambaleándose, sintiendo como si la tierra que la sostiene vacilara. Ira y dolor se clavan al mismo tiempo en su alma, y volviéndose hacia Noel Undersee, le espeta—: ¿Y aún se extraña usted por qué defiendo a mi hijo? ¡Tengo que defenderlo con los dientes, con las garras!

—Señora Mellark... Nadie le ha atacado. Está usted ciega y en su egoísmo maternal...

—¡Basta! —Le interrumpe Sophie—. ¡Ni una palabra más! ¡Salga usted de esta casa! ¡Salga! ¡Salga! ¡Y no vuelva jamás!


La enfermedad de Peeta fue larga. Durante muchos días tuvo fiebre alta, y cien veces pronunció en su delirio, como uniéndolos para siempre, los nombres de Gale y de su padre. Al fin, una mañana amaneció despejado, reconoció a su madre y lloró en sus brazos...

—Ve a casa de Undersee, Brutus. Apenas se reponga totalmente mandaré a Peeta a Francia. Por eso quiero que recojas los papeles de casa de Noel Undersee y luego entregues esta carta en propia mano al Gobernador. Él me ayudará.


Es en el despacho del capitán del puerto de Saint Peter, junto a los muelles, en donde aguarda un barco listo a partir rumbo a Francia. Peeta viajará en él a cargo del sobrino mayor del Mariscal Heavensbee. Y una vez en París entrará a una exclusiva escuela, donde permanecerá no menos de ocho años.

—Todo está en orden, y el barco a punto de zarpar. Acabo de entregar al sobrecargo los últimos papeles de Peeta y, por lo tanto, mi misión está terminada —explica el notario.

—Muchas gracias, Licenciado Undersee. ¡Oh, aguarde! ¿No quiere acompañarme hasta dejar en el barco a Peeta?

—Será un gran honor —acata Noel Undersee, pero el tono con que lo dice es francamente seco, casi hostil.

—Comprendo que está disgustado conmigo. Le traté bruscamente la última vez que hablamos —intenta disculparse Sophie.

—Olvide ese asunto, señora. No tiene la menor importancia.

—Entonces, ¿me permite hacerle una pregunta indiscreta?

—Desde luego, aunque no le prometo contestarle.

—Le agradeceré mucho que me responda. ¿Buscó usted a ese muchacho que mi esposo quería recoger? ¿Tiene alguna noticia de Gale... del Diablo?

—La noticia que tengo es buena para usted, aun cuando a mí, sinceramente, me ha apenado.

—Espero que no le habrá ocurrido alguna desgracia...— Murmura compungida.

—Todavía no, pero será muy raro que volvamos a saber de él.

—¿Por qué?

—Tras mucho averiguar, he tenido noticias de que embarcó como grumete en una goleta de carga que zarpaba rumbo a Jamaica. No supieron darme el nombre de la goleta ni de su capitán, por lo que considero totalmente perdida la pista del muchacho. Y no imagina usted cuanto lo siento... Él me había pedido que lo dejase en mi casa como sirviente y, después de todo, hubiese sido lo mejor. ¿Pero quién podía adivinar todo lo que ocurriría...? En fin, mire usted tamaña casualidad, los dos pequeños van a estar al mismo tiempo cruzando el mar... —La sirena del buque, que está pronto a zarpar, le interrumpe con la estridencia de su sonido—. Ese es el barco que se lleva a su hijo. ¿Vamos?


El barco que se lleva a Peeta ha dejado atrás el promontorio de rocas en el que se alza el faro, y, con la proa apuntando hacia altamar, apresura la marcha. De pie junto a la baranda de cubierta, creyendo sentir aun sobre el rostro los besos y las lágrimas de su madre, Peeta mira aquella tierra que se aleja. Y como una promesa a aquella tumba que dejara en el cementerio de Campo Real, como un grito de su corazón de ocho años, Peeta susurra:

—Volveré pronto, papá. ¡Volveré... para buscar a Gale!