Los personajes no son míos, la trama está inspirada en la película El Cadáver de la Novia.

Quiero agradecer los reviews, favs y follows… me encanta saber sus opiniones y saber que la historias le está gustando! THANK YOU ;)


Capítulo 3: En la Tierra de los Vivos

El anciano Fu sería un viejo caduco si estuviera vivo, eso pensaba la pelinegra. Se trataba del esqueleto más viejo que Marinette había alcanzado a ver en su estadía en el Inframundo. Los huesos del anciano eran muy delgados, frágiles, como para quebrarse con una leve brisa; tenía la columna encorvada, sus movimientos eran lentos y temblorosos. Una grieta atravesaba parte de su cráneo, pero lo que más llamaba la atención de Marinette era su chiva: un mechoncito con docena de blancos cabellos, largos hasta el ombligo. Si el anciano Fu tuviera ombligo.

-Dime, hijo- su voz también era débil y temblorosa- ¿Qué te trae por acá?

La oji azul se quedó al margen, parada junto a una de las tantas enormes pilas de libros. Nathaniel estaba más cerca, frente a lo que parecía un estrado de gran altura, haciendo que el viejo esqueleto estuviera a unos dos metros sobre sus cabezas.

-Es que… queríamos saber si usted conoce alguna manera de poder ir arriba- respondió que pelirrojo, jugueteando con sus manos.

Parecía nervioso, con un pequeño brillo en la mirada que hizo que el corazón de Marinette se encogiera. Le dolía hacerle eso, sentía que lo estaba usando. Pero ya no podía dar marcha atrás, era su oportunidad de volver a casa.

-Pero ¿para qué quieren subir, si los que están arriba se mueren por bajar acá?

Ella estuvo tentada a reírse del inconsciente chiste, pero se contuvo. Se mordió el labio para mantener su boca cerrada.

-Es importante- Nathaniel miro al anciano, mucho más serio.

-Oh, bueno- el anciano Fu asintió un poco- déjame ver que hay por aquí.

Para sorpresa de Marinette, ese esqueleto, que tan antiguo se veía, pudo cargar un verdaderamente enorme libro y lo coloco frente a él en el estrado. Lo abrió y ojeo quisquillosamente las polvorientas, amarillas y enmohecidas páginas. Murmuraba cosas en voz muy baja que ella no alcanzaba a escuchar, y por todo el tiempo que se estaba tomando, comenzaba a dudar que existiera una forma de subir.

-Aquí hay algo- dijo al fin el anciano.

Nathaniel le sonrió a Marinette, ella le devolvió el gesto, pero su emoción era por otros motivos.

El anciano Fu tomo una copa y varias botellas, todas bastante raras, y vertió un poco de cada una en la copa. Tomo una pluma de la cola de el cuervo junto a él y también la puso en la copa, el coctel hizo una pequeña explosión expulsando humo de color rojo.

Marinette trago grueso, no quería beber nada en ese lugar ¡esos sujetos tomaban veneno solo por diversión! Además, lo que sea que hubiera en esa copa acababa de hacer ka-bum y ese humito tenía un olor sospechoso.

Pero contrario a sus pensamientos, fue el anciano quien se tomó el extraño líquido. Entonces tomo al cuervo y lo apretó un poco, sacándole un huevo tan grande que, en otro momento, no fuera creído que había salido de ese animal.

-Muy bien- el anciano miro a Nathaniel- cuando quieran volver tienes que decir Infernaculo.

-Infernaculo- repitió el pelirrojo, memorizándolo.

Miro a Marinette. Ella capto el mensaje y se acercó, deteniéndose junto a él. El anciano Fu golpeo el huevo y lo quebró, de allí salió una espesa y extraña niebla de color dorado que viajo hasta sus pies y luego fue subiendo, envolviéndolos.

-Buen viaje- el esqueleto no tenía labios, pero ella pudo jurar que lo vio sonreír.


Cuando la niebla dorada se disipo y Marinette pudo ver más allá de su nariz, noto el cambio. Ahora estaban en un pequeño claro del bosque. A pesar de todos los acontecimientos de ese día, en el firmamento la luna brillaba en plata y con el cielo despejado las estrellas hicieron acto de presencia.

Su sombra se reflejaba claramente sobre la nieve, la poca que había pues parecía que había llovido y en el suelo predominaban los charcos de lodo. Sin embargo, hacía mucho frio; se desato el chal y lo coloco sobre sus hombros.

-No había visto un cielo tan hermoso en mucho tiempo- comento Nathaniel, su vista paseándose de estrella en estrella mientras su sonrisa se agrandaba.

El la miro y se acercó hasta tomarle la mano. Ella se quedó rígida ante el repentino contacto, sus piernas se movieron mecánicamente siguiendo el camino que marcaba el pelirrojo.

Marinette pensó en la mano que sostenía la suya. Era fría, pero cálida a la vez. Algo extraño. ¡Si su madre la viera, caminando el bosque en mitad de la noche, tomada de la mano con el cadáver de un hombre desconocido! Seguro haría un escándalo, más porque no fuera un lord que porque estuviera muerto. Su suegra, por otro lado…

¡Adrien! ¡Tenía que ir con el! Casi se le olvida.

Miro a Nathaniel y otra punzada atravesó su pecho, pero ya comenzaba a acostumbrarse. No hacía que mentir fuera mejor.

Llegando al lindero del bosque se soltó de él y se detuvo, mirándolo.

-¿Sabes? Creo que esto podría ser demasiado sorpresivo para mis padres y…- ella estaba tratando con todas sus fuerzas que no le temblara la voz y delatara sus nervios- y creo que debería ir primero y prepararlos para la noticia. Ellos son muy comprensivos, pero quiero…- evitarles un infarto pensó, pero cambio rápidamente de frase- que por lo menos estén presentables, mi madre odia tener visitas improvisadas.

-Bueno, si tú crees…

-Bien, espera aquí- ella sonrió y se dio la vuelta, a los pocos pasos se detuvo- no te muevas.

Nathaniel asintió con una pequeña sonrisa. Ella continúo su camino por el pueblo.


La habitación de Adrien estaba ordenada, pulcra y minimalista. Solo tenía lo que necesitaba: una cama matrimonial adocilada, el armario y algunos gabinetes, el espejo de cuerpo entero y un sofá de 2 plazas cerca de las lámparas donde, usualmente, se sentaba a leer.

Como esta noche.

Necesitaba de algo que mantuviera su mente ocupada, distraída de los asuntos a su alrededor, fuera de las paredes de su alcoba.

No se hacía a la idea de que Marinette estuviera con otro hombre, era imposible. Aunque sus padres ya habían dejado claro que el matrimonio estaba cancelado, el todavía no lo creía, no podía dejar de darle vueltas al asunto en su cabeza, a tal punto que su apetito se había ido. Su cena reposaba, ya fría, sobre una de sus cajoneras.

Afuera, el viento comenzó a soplar de nuevo. El cielo había estado despejado por una hora aproximadamente pero, otra vez, se comenzaron a agrupar las nubes de tormenta, sería una noche agitada. Y no solo por la lluvia.

Cuando Adrien levanto la vista del libro, pues sus ojos comenzaban a empañarse del cansancio, su vista se posó en el balcón de su habitación. Fuera de la habitación, tras las puertas de cristal, había una figura oscura. La luz de la luna le daba en la espalda y no le permitía verle el rostro, pero tenía una silueta delgada, no muy alta y tenía vestido. Su corazón latió a un ritmo acelerado por el miedo a la desconocida sombra, hasta que esta dijo, en un susurro:

-¿Adrien?

Al escuchar su voz, el corazón se le acelero más, pero de emoción. Tan emocionado, que estaba seguro que se saltó un latido, se puso de pie en un brico y en dos zancadas estuvo parado frente a las puertas del balcón.

Abrazo a Marinette en cuanto las puertas dejaron de ser un obstáculo. Ella lo rodeo también con sus brazos y sus manos se aferraron con fuerza a la espalda de su camisa, se alejó un poco para mirarla a la cara: en sus ojos estaba la más viva expresión de alivio, misma expresión que debían tener sus propios ojos.

-¿Cómo subiste?- de todas las preguntas que invadieron su mente en un par de segundos, esa fue la única que el rubio pudo pronunciar.

-Digamos que es mi hobbie el día de hoy- respondió ella, con una sonrisa nerviosa.

Entonces la expresión del muchacho se puso seria: miro a Marinette de arriba abajo y se fijó primeramente en la palidez de su rostro, el sudor que le surcaba la frente y en lo pesada que estaba su respiración. Luego, miro su vestido, estaba rasgado en algunas partes y la falda estaba salpicada de lodo.

-¿Qué te sucedió?- pregunto suavemente.

-Es una larga historia- ella desvió la mirada.

-Tengo tiempo- el sonrió un poco- ¿tienes hambre, sed?-

Marinette asintió.

Él le acerco un vaso de agua y le pidió disculpas porque la comida estaba fría, pero ella le restó importancia con una sonrisa y bebió y comió con apetito. Al terminar la pelinegra le conto todo lo que había sucedido desde que salió de la casa esa tarde, repitiendo constantemente que no le mentía y que todo era cierto.

Aunque a Adrien le costaba un poco aceptar sus palabras, era sencillamente increíble. Pero la forma en que ella lo contaba, con todo el lujo de detalles, la emoción en su voz y las expresiones en su rostro eran demasiado sinceras. Y en su interior algo le decía que Marinette no le mentiría.


Nathaniel estaba sentado en el tronco de un árbol talado viendo como la luna era escondida poco a poco por las nubes y las estrellas se perdían del cielo. Lo que había sido una clara noche, mostrando el lado amable del invierno, comenzaba a opacarse y oscurecerse cada vez más. Se venía una tormenta.

-Te está engañando.

Ignorando de nuevo la vocecita cizañera de Plagg en su cabeza, paso su vista a los árboles.

-Sabes que tengo razón- afirmo el pequeño gusano, saliendo de su oreja.

Agradeció que Marinette no estuviera allí para ver eso, probablemente la habría asustado.

-Ella me dijo que iría a hablar con sus padres- respondió el pelirrojo, seriamente- yo confió en ella.

-Te diría que uses el cerebro si yo no me fuera comido- resoplo Plagg con impaciencia. Salto al suelo y encontró algo que lo hizo sonreír- no ir muy lejos con los pies congelados.

Plagg señalo las huellas con su colita, sonriendo con mucha sugerencia.


Marinette no le había dicho aun a Adrien que se había casado sin querer con el cadáver del chico que ya le había comentado, y del que él no parecía creerle mucho. Se preparó para abordar el tema, esperando que él no pensara que se había vuelto completamente loca. Respiro profundo y comenzó:

-Adrien, yo…- se tragó el miedo y lo miro a los ojos- esta mañana no estaba muy segura de sí este matrimonio era buena idea- hablaba rápidamente, apenas tomándose tiempo de recobrar el aliento entre frase y frase- pero luego te conocí y pensé que no podría ser tan malo- sonrió un poco y le tomo la mano- ahora estoy segura de lo que quiero. Y quiero casarme contigo, Adrien…

-Yo también quiero casarme contigo, Marinette- el sonrió y ella sintió de nuevo las mariposas en el estómago.

Las palabras que seguían, para explicar su accidental matrimonio con Nathaniel, murieron en su garganta al ver como Adrien se acercaba para besarla; si alguien se enterara lo tacharía de indecentes, pero ¿y eso que? Nadie se enteraría.

Cerró los ojos, muy dispuesta a ser besada, cuando las puertas del balcón se abrieron de golpe. Se pusieron de pie rápidamente y vieron entrar a la habitación a un hombre de cabello rojo y ojos azules.

Adrien frunció el ceño y Marinette se puso aún más pálida.

-Marinette, cariño- Nathaniel la jalo a su lado, sosteniéndola de la cintura- te has tardado ¿Quién es él?

Nathaniel le lanzo una dura mirada crítica al rubio, molestándolo.

-¿Quién eres tú?- exigió el ojiverde.

Estaba dispuesto a arrancarle a Marinette de las manos y a golpearlo, cuando el sujeto le mostro una mano, una huesuda, con un anillo.

-Es mi esposa.

Adrien se estaba sintiendo enfermo, en serio muy enfermo. Marinette era esposa de…un cadáver. Lo que ella le dijo era cierta, pero en ningún momento menciono estar casada. Eso era lo que más le dolía.

-Adrien espera, déjame explicarte- Marinette se soltó de Nathaniel, mirándolo suplicante- ya te lo había comentado- tomo la mano huesuda del pelirrojo y la agito- está muerto.

Nathaniel se soltó de golpe, toda amabilidad abandonando su rostro. Su mirada, filosa como cuchillas, fija en el rubio. Tomo a la pelinegra del brazo.

-Infernaculo-siseo.

-¡No!- grito la oji azul. Extendió un brazo hacia el Agreste- ¡Adrien!

-¡Marinette!

Trato de alcanzarla, pero ya habían desaparecido.

Su corazón volvió a latir rápidamente, todo esto era…antinatural.

Las puertas de su cuarto se abrieron de golpe, y lo asustaron aún más que cuando se abrieron las del balcón. Sus padres entraron.

-¡¿Qué es todo ese escándalo?!- grito Gabriel.

-Madre, padre- Adrien estaba muy nervioso, ansioso- ¡Marinette! Ella estuvo aquí… vino a pedirme ayuda ¡se casó con un cadaver! Hay que ayudarla…

-¡¿Estuvieron aquí solos?!- grito Annabella, como esa tarde antes del ensayo- ¿pero en que estaban pensando? Esto es inaceptable.

-¿Es que no me escucharon?- Adrien sintió la rabia rugir dentro de el- ¡Marinette se casó con un cadáver!

-Adrien, cariño, estas temblando- Nathalie le tomo la mano delicadamente- voy a traerte una frazada…

-¿Una frazada? Mejor tráele una camisa de fuerza- dijo Gabriel- se ha vuelto loco.

-No, les digo la verdad- insistió Adrien- tienen que creerme…

Sus padres le dieron una mirada severa, antes de cerrar la puerta con llave.

Adrien gruño, molesto. Pero no se quedaría así, Marinette necesitaba de su ayuda. Busco una manera de escapar de su habitación, y la encontró rápidamente en su balcón. Sus padres no habían cerrado esas puertas.

En algún momento durante la intromisión de Gabriel y Annabella en su habitación y la micro-conversación en la que se puso en duda su cordura, había comenzado a llover de nuevo. No le importo. Tomo toda la ropa de cama que encontró en sus cajones y ato firmemente entre sí, luego amarro uno de los extremos de su nueva soga a una de las columnas del balcón. Se agarró con fuerza de la tela y comenzó su descenso, rapeleando.

Se detuvo al borde de una ventana donde las luces estaban encendidas, la sala de estar, donde seguían sus padres. Los nudos de su cuerda comenzaban a deshacerse y la lluvia hacia que su propio agarre fallara.

Para su fortuna, al momento en que el nudo del edredón al que se sostenía cedió y se separó del resto de soga haciéndolo caer, sus padres ya se habían ido y las luces estaban apagadas.

Cuando Adrien choco con el suelo sintió una punzada de dolor en su columna vertebral a causa del golpe y ardor en el codo donde se había raspado. Rio en silencio, señal de su pequeña victoria; sus padres no podían encerrarlo para siempre.

Se echó el edredón encima y siguió su camino bajo la tormenta.