Nota: Hola gente hermosa. Creo que traje un capitulo decentemente largo (?) seguiré trabajando en eso ;u; Para aclarar algunas cosas, en esta historia se desarrollan dos tiempo. El "presente" que sería Damien y Pip de secundaria, tipo 17 años, y el "pasado" que serían ellos pequeñitos en primaria como a los diez. Recuerden que estoy abierta a sus consejos, dudas y obviamente haganme saber si les gusta. Muchas gracias por leer esta historia :)


Damien cerró los ojos por un segundo, agotado. Hace horas que escuchaba la voz de la directora, regañándolo, gritándole lo pendejo que era por haberle roto quizás cuantos huesos al gordo mamón. Que lo iban a echar y quedaría marcado en su expediente permanente, y ni aun así la escuela quedaría del todo limpia de la estupidez que había hecho. Cosa que él sabía que no era cierta, ya que la dirección lidiaba todo el tiempo con esta clase de altercados entre alumnos.

Pero al carajo, si lo echaban, genial. Extrañaría psicopatear a Pip durante la clase, el recreo, el almuerzo, gimnasia, las duchas… o prácticamente en todo momento, pero al menos se había desquitado del hijo de puta que por mucho tiempo le hizo la vida imposible. A él y a su Pip.

Sonrió, ver esa cara de sorpresa, fue de oro. Si tan solo no se lo hubieran llevado a rastras en ese momento…

-¡Me estas escuchando, Thorn!- un fuerte golpe en el fino escritorio de roble, hizo sobresaltar al susodicho provocándole de paso que abriera los ojos como plato. Ahí estaba otra vez, esa cara roja y arrugada de ira, la directora Victoria seguía siendo igual de rubia, usaba los mismos lentes y el mismo traje anticuado rosa chillón. Y a pesar de que seguía siendo la misma solterona medio neurótica, cuando estaba enojada era del terror.

- Tu conducta es reprochable, hace solo un mes que te vienes reincorporando a la Escuela Secundaria de South Park y nos vienes con esto.

-Victoria, en mi defensa—

-¿¡Cómo que Victoria!?¡Directora para ti! ¡Qué te has creído…!

El Anticristo decidió guardar silencio y no hacer ningún movimiento agresivo hasta que la señora menopáusica decidiera que ya era suficiente por hoy.

Y así fue, luego de una larga hora más.

Al salir finalmente, suspiró. Arrastró los pies hasta su casillero para sacar sus cosas y largarse de una vez, no podía creer que eran ya las 6 de la tarde y él seguía ahí atrapado.

Quizás que estará haciendo Pip, pensó.

Y ahí estaba de nuevo, esa necesidad de traer su recuerdo a colación. Pero no podía evitarlo, y es que al volver a South Park después de tanto tiempo, años alimentando la imagen de Pip a base de recuerdos, la visión del rubio adolescente estaba anclada ahora en su mente y no pensaba detenerse. Ya nunca más le sería suficiente solo con los recuerdos de su pasado.

Aunque no todo era color de rosas, ya que el rubio no deseaba verlo ni en pintura. Era entendible, pero Damien había cambiado.

Lo primero que hizo al llegar a la Secundaria fue asegurarse unos buenos… ¿amigos? Contactos, compinches. Como sea, la popularidad de Damien subió rápidamente al ser el pionero en South Park en cuanto a drogas. Apenas mencionó la palabra, los pubertos de South Park, deseos de escapar de su realidad y de probar cosas nuevas, cayeron en sus redes. Los primeros interesados fueron Craig y Kenny, clientes ya habituales de Damien al igual que los chicos góticos. Se hicieron infaltables las veces que se saltaban la clase para ir a fumar unos pitos a la azotea. Ahí, Damien, Kenny y Craig reflexionaban respecto a la vida, lo jodido que era el amor y lo buena que estaba Bebe. A veces Stan se les unía, pero se pasaba las horas quejándose de su drama amoroso con Wendy, que preferían dejarlo fuera de todo eso.

Por eso tampoco le importaría pasar los próximos meses en detención (si es que no lo expulsaban), ya que sabía que esos dos se la pasaban ahí. Especialmente Craig, debido a su nula voluntad de controlar su dedo del medio.

Bueno, Damien es el Anticristo, por muy enamorado que estuviera no cambiaría su condición de Señor de las Tinieblas. Aunque Pip lo hacía sentir una mejor persona, una persona no tan jodida. Su misma sonrisa le hacía olvidar que era el cabrón destinado a traer caos y terror a la humanidad.

Abrió su casillero, completamente solo en ese largo pasillo. Y se le detuvo el corazón. Sin poder creerlo, estiró tembloroso su mano, para agarrar…

Agarrar una diminuta cruz invertida, unida a un pedazo de cordón. La contempló estático, sin poder creerlo. Luego divisó un pequeño retazo de hoja rosada, con una calcomanía de Hello Kitty. Rápidamente la tomó y leyó:

Gracias por lo de hoy.
Creo entender porqué lo hiciste.
Espero que devolviéndote esto comprendas que ya no me debes nada.

Phillip

Aún a pesar de todo, después de tantas cosas, con todo el tiempo que ha pasado, tú…

Tú.

Damien no puede evitar sonreír.


Ruidos de niños por doquier. La libertad, al fin. Libres de clases, los pequeños de la Primaria South Park salieron disparados hacia fuera, queriendo disfrutar el resto de la tarde jugando videojuegos o viendo televisión.

Una inmensa sonrisa surcaba el rostro de Phillip Pirrup. Si prácticamente iba saltando y silbando, girando y dando hasta pasitos de baile sobre la acera. Y es que como no estar feliz, si un amigo de la escuela iría a su casa ¡A su casa! A pesar de que no era el hogar dulce hogar al que uno quiere llegar, sabía que no habría nadie a esa hora ¡podrían divertirse como quisieran! Ya visualizaba la infinidad de posibilidades.

Sí, nada podía ser mejor. El sol brillaba, los pájaros cantaban. Pip no parecía percatarse en el agujero negro que rodeaba a su acompañante. Damien iba echando humo por las orejas y despedía fuego por los ojos, apenas si se fijaba en lo que el rubio iba platicándole emocionado.

Es que no podía, los nervios lo carcomían por dentro. No quería echarlo a perder, de verdad no quería hacer algo que lastimara a Pip como quemar su casa o algo así, para que luego lo odiara como el resto del colegio. Ya había conseguido lo más difícil que era acercarse al rubio y platicarle, bien, logro desbloqueado. Y luego de que aceptara su invitación a jugar, estuvo muy feliz y aliviado, pero poco le duró. La capacidad del pequeño Anticristo de complicarse por todo era ilimitada, y es que su orgullo no le permitía cometer errores.

Dio un respingo cuando volvió a recordar el incidente con los juegos, echó fuego por los ojos y mandó a volar al primer pobre diablo que se les cruzó. El inocente Pip no entendió que había sido eso, aquel chico volando por los aires envuelto en llamas, lo adjudicó a alguna clase de combustión espontánea. Volteó para observar a su nuevo amigo, algo extraño le sucedía.

No sabía si tal vez era una costumbre ahí en South Park caminar de esa manera tan extraña en la que lo hacía Damien, como robótica, pero luego cuando le llamó por su nombre se dio cuenta de cómo temblaba.

-¿Damien, estas bien…?- preguntó preocupado el rubio.

-¿Por qué lo preguntas?- respondió el otro automáticamente, tratando de disimular su nerviosismo.

- Mmm, esque caminas chistoso- Pip le dedicó una pequeña carcajada, observando como el otro se sorprendía ante el comentario- ¿Quizás algo te cayó mal?

-No, para nada. Yo siempre camino así- exagerando aún más su caminar, Damien aceleró el paso.

Pip lo alcanzó y le interrumpió, parándose justo en frente de él, con las manos a la cadera. Parecía un verdadero guía scout regañando a su pelotón. Acercó su rostro al de Damien. Este último no supo porqué, pero este pequeño acto le hizo sentirse aún más nervioso. El rubio lo miraba con suspicacia.

-¿Estás diciendo la verdad? – preguntó el pequeño inglés, como interrogando a un sospechoso de homicidio.

-B-bueno, no. La verdad no sé qué querías decir con "Fiesta del té"- a la rápida, el pelinegro trató de salvarse de la situación. No es que fuera del todo mentira, aún no entendía que demonios era eso, pero parecía alegrarle muchísimo al rubio. Su rostro se había iluminado al decirlo.

-¡Una fiesta del té! ¿No tienen eso aquí donde vives?- Pip se sentía profundamente apenado, se perdían de una costumbre estupenda a su parecer.

-¿Con aquí te refieres a la Tierra o al Infierno…?- detuvo sus palabras. Ahora que lo pensaba, su nuevo amigo no tenía idea de que él era el Anticristo. No es que fuera difícil darse cuenta de que Damien era un ser bastante diabólico, pero todo aquello parecía pasar de soslayo para el rubio. Y a él le parecía que las cosas debían continuar así. ¿Qué pasaría si lo supiera? ¿Lo odiaría? Pip no era alguien de prejuicios, pero por lo poco que sabía de los ingleses tenía la impresión de que eran bastante conservadores. Ni una grosería salía de sus finas bocas, creían que su sangre era azul, y por eso odiaban a los hippies, a los homosexuales y a los comunistas, o eso solía decía su padre ¿Damien entraría en esa categoría por ser el Anticristo? Pero Los Beatles eran hippies ¿o no? Ay, qué mierdas importaba eso, pensó.

-¿El infierno? ¿Te refieres a South Park?- Pip interrumpió el ensimismamiento del otro, curioso, ladeando su cabeza debido a la extrañeza de su comentario. Damien creía en el infierno ¿quizás era religioso...?

-Sí. Y no aquí no lo tenemos. Entonces dime ¿qué es una fiesta del té? ¿Es entretenida? ¿Queman cosas?- sus ojos se iluminaron momentáneamente

-¿Quemar cosas?- Pip rió, que extraño que era el otro, tan distinto a él. A pesar de que al principio esa mirada carmesí le perturbaba, ahora se percataba de lo divertidas que eran las expresiones de Damien- Es una tradición de mi país, uno se reúne a tomar té y comer una merienda. Se dice fiesta a veces como una celebración para compartir con otros, junto al té.

-¿Entonces no era un ritual satánico?- preguntó el Anticristo, entre extrañado y decepcionado. Se esperaba algo más divertido.

El rubio pestañeó lentamente.

-¿Qué?

Se sentía el tranquilo viento al mover las hojas de los árboles. En sus copas, solo los pajarillos eran testigos del incómodo momento.

-….¿Q-qué?

Ambos se miraron, deteniendo su caminata. Cada uno con los ojos muy abiertos, el rubio de la sorpresa y el pelinegro de los nervios. Diablos, pensó Damien, se le salió.

Una risa estridente cortó el tenso momento. Pip no pudo evitar reír y reír, hasta que le saltaron las lágrimas.

-S-si quieres…-decía entre risas- p-podemos convertirlo… en u-un ritual satánico- el rubio muy divertido, restregaba sus rojos apagando lentamente su risa.

Sonrojado, Damien asintió tímidamente con la cabeza.

Siguieron caminando. Contemplando a Pip de reojo, el pelinegro sonrió para sus adentros. Sin darse cuenta, al pelinegro le encantaba cuando el otro se salía de su esquema refinado.

Luego de unos minutos, finalmente llegaron. Damien no se había fijado mucho en el trayecto, más que cuando quemaba árboles o personas, pero ahora se detuvo a observar bien donde estaba. Era la zona pobre de South Park. Sabía que unas casas más abajo vivía el chico McCormick, el más pobre del colegio. En esa zona ocurrían asesinatos constantemente, era el punto de encuentro de reuniones de cuestionables fines. Un digno antro del infierno.

A esa hora de la tarde se veía todo parcialmente tranquilo, de todas formas. Aún así, Damien no pensó que el elegante inglés viviera en un lugar así.

-Aquí estamos, esta es mi casa- presentó, un tanto incómodo- Vamos ¡adentro!

Agarró al pequeño del brazo, arrastrándolo al interior de su casa. Su primer invitado. No dejaría que la deprimente infraestructura del lugar le perturbara tan valioso momento.

Nervioso por el contacto, pero sin cortarlo, Damien siguió al inglés. Y de aquí en adelanto todo fue como una carrera, el emocionado anfitrión enseñó a Damien cada pequeño lugar de su habitación, cada detalle de sus preciados peluches, fotografías y discos.

-L-Lo siento por no tener muchos juguetes- le miró apenado. No quería que se aburriera estando por primera vez en su casa, pero todos los objetos que habían en su habitación se los había traído de su natal Inglaterra, nada era nuevo la verdad, pero era lo que le quedaba.

-No te preocupes, no suelo jugar mucho con juguetes de todas formas- sentado en la cama, con las piernitas colgando, miraba a su alrededor. Él estaba más interesado en observar cada rincón de la habitación de Pip. Nunca había visto la de otro niño de su edad.

Por donde miraras habían posters de músicos ingleses ¿Así sería la habitación de un chico normal? Realmente no tenía donde comparar. Su pieza siempre había consistido solo en largas y oscuras paredes chamuscadas…

En una esquina estaba el viejo tocadiscos que le había regalado su difunta madre a Pip, junto a un montón de vinilos. A pesar de que escasas veces se le permitía escuchar música fuerte, el tenerlo y el simple hecho de observarlo era para el rubio un gran alivio. Damien no supo identificar ese objeto, apuntándolo preguntó:

-¿Y eso qué es? -Pip dirigió su mirada al lugar señalado. Mirándolo con nostalgia, guardó silencio por un rato. No, no ahora ¡No traigas recuerdos tristes a tu mente! Sacudió su cabeza, y parándose rápidamente de su lugar gritó emocionado.

-Eres un genio Damien ¡podemos usarlo para nuestra fiesta!

El susodicho se sonrojó ante el halago, la gran sonrisa del rubio lo hizo sentir extrañamente feliz.

-¡P-por supuesto, esa era la idea!-respondió aireado

-Ayúdame a cargarlo a fuera, por favor-le pidió el otro sonriendo. El gran tocadiscos pesaba lo que sería cargar quizás veinte cadáveres, o eso pensaba Damien. Y es que para ambos cuerpos infantiles, la máquina era bastante pesada. Entre esfuerzos sobrehumanos, lograron transportarla hasta el patio.

El día era perfecto para comer al aire libre y platicar. El sol mantenía sus pieles cálidas y el viento las refrescaba. A pesar de que su jardín era pequeño, poseía un bello pasto verde intenso. Al mismo tiempo habían varios brotes de rosas que los señores de la casa habían plantado, junto con un gran castaño maduro.

-Es un tocadiscos, luego te muestro como funciona- sin aliento tras el largo viaje hasta el patio, se recostaron en el suave pasto a descansar- Con esto ya tenemos resuelto el tema de la música, ahora sigue… ¡la ropa adecuada!

Damien, quien ya se había relajado, se sobresaltó al sentir como el rubio se levantaba rápidamente de su lado para salir corriendo hacia el interior de la casa. Observó. Pasaron unos segundos, luego se escucharon unos pasos, se detuvieron, unos cuantos golpes…Hasta que Pip salió corriendo otra vez, con unos objetos en sus manos.

Rojo como tomate y sin aliento, intentó hablar

-T-to…ma- entregándole un gorro de copa, desgastado y polvoriento

-Gracias, supongo- y qué hago con esto, pensó Damien. Nunca había visto un objeto así en su vida, no parecía un juguete ni nada. Se percató de que Pip sostenía algo más- ¿Y eso…?

Volviendo en sí, sonrió. El rubio le miró de reojo, nervioso. Había agarrado eso sin pensarlo.

-Este… es el corbatín que me regaló mi mamá, a-antes de morir…-Damien le observó en silencio, preocupado, desconcertado por lo que le contaba el tierno rubio. Este último extendió su mano y dijo- Desde entonces siempre uso uno. Me recuerda a ella… Quiero que tengas este, toma.

No entendía por qué. Por qué le entregaba Pip algo tan preciado para él ¿Acaso ya no lo quería?

-¿Por qué?- sin aceptar aún lo que el otro le entregaba, el rubio se mantuvo con la mano extendida.

-Es un regalo.

-¿Por qué?

-Por haber venido a mi casa- sonrió ampliamente

-¿Pero… por qué?

Pip terminó por mirarlo extrañado. Pero al observar como una fina y delgada lágrima resbalaba por la mejilla del pequeño Damien de solo diez años, supo que debía abrazarlo.

Y es que el pelinegro no entendía que alguien quisiera regalarle algo a él. Nunca jamás en su vida habían hecho eso por él.

Muchos se reirían por eso, un estúpido corbatín…En ese momento, Damien Thorn no sabía si lloraba de felicidad o tristeza. Aún así, tembloroso, con ambas manos, retiró la cruz invertida que colgaba de su pecho.

-Entonces, este es mi regalo para ti.

Damien miró hacia otro lado, avergonzado, incómodo, feliz.

-Más te vale que lo guardes por siempre- le reprochó aún sin atreverse a mirar al otro al rostro.

Pip sonrió como por enésima vez ese día.

-Para siempre- respondió.