III
Killian Jones
Era la primera vez que sus ojos claros se posaban en ella. Se quedó mirándola durante rato largo, pensando en qué podría tener esa mujer que no tuvieran las demás. Seguramente nada, pero algo dentro de su ser le decía lo contrario. No podía parar de mirarla. Sabía que podría tener a cualquier mujer que quisiera con tan sólo pestañear. Pero aquella era diferente y no entendía el por qué. Miró a su alrededor y observó a todas las demás.
Nada.
Cada vez que intentaba apartar su mirada de aquella misteriosa mujer, sus ojos acababan posándose en ella. Definitivamente, no era una mujer cualquiera. Sonrió para sus adentros y se imaginó conquistándola, poseyéndola, siendo suya. Le gustaba esa imagen. Pero, de repente, cayó en la cuenta de algo que jamás había sentido algo parecido. Sacudió la cabeza y cerró los ojos. Dio un enorme trago a su bebida e intentó borrar esa imagen de la cabeza. Tenía bien claro que, de acabar con ella, iba a ser su perdición.
Capitán Hook
Venganza. Ira. Sangre. Esas eran las tres palabras que más resonaban en la cabeza del capitán. No iba a descansar hasta que ese maldito de Rumpelstinskin pagara por todo lo que le hizo. No tuvo suficiente con dejarle sin una mano, sino que encima tuvo que arrebatarle su tesoro más preciado: Milah. «¡Qué mal perder!» Se decía una y otra vez. No podía ser más cobarde. Sólo ansiaba poder encontrarse con él y acabar con su ruin vida. Pero antes le haría sufrir.
Camino de Storybrooke se imaginó las mil y una torturas que tenía en mente para hacerle a ese miserable. Dentro de él no existía nada más que el odio y la venganza. Ya no quedaba nada de aquel pirata aventurero que un día fue. Ahora sólo vivía para encontrar y destrozar la vida de ese despreciable del Señor Oscuro. Aunque por ello tenga que recurrir a lo más rastrero del mundo.
