Capítulo 3: Comienzo de la Gran Aventura de Vivir
Peter se sorprendió al escuchar nuevamente la voz de Wendy, y al abrir los ojos vio a la niña que lo miraba expectante. "He regresado… - volvió a mirar a la niña y sonrió desorientadoramente – he regresado en el tiempo!"
Se la quedó mirando, y sintió temor ante la pregunta que la niña le había hecho. "pero, por qué he regresado? – la volvió a mirar – vivir sería una gran aventura, pero…tengo miedo…"
Peter: a escuchar historias – dudó un momento – sobre mí. – Wendy le sonrió gustosa, y él le devolvió el gesto, pero de una forma que no era muy común en él.
Entonces vio como la niña regresaba a los brazos de su madre. Peter se quedó un rato contemplando, y abrió los ojos al darse cuenta de lo que había hecho, pero ya no se podía volver atrás.
Salió volando disparado hacia el cielo con una expresión que contrajo su rostro. No sabía en que pensar ni que sentir. Había regresado para solucionar las cosas, y lo había echado todo a perder. Quería ser un niño normal, y crecer para estar con Wendy, pero tenía miedo, miedo de las responsabilidades que pudiese llegar a tener, y miedo de no volver jamás a su mundo. Quizás era el destino que nunca estuviese con su Wendy.
Peter siguió volando por los cielos de Londres llorando. Llorando nuevamente, ¿tan débil era en cuanto a sus sentimientos? Comenzó a sentirse cansado, y descendió en un jardín grande y hermoso, lleno de plantas y flores, árboles y bancos de piedra. Peter no notó en donde estaba, solo llegó a los pies de un árbol y se largó a llorar aún más todavía. Un resplandor hizo su aparición a su lado, reclamándole dulcemente. Peter alzó la cabeza mirando a su pequeña amiga.
Peter: lo siento, Campanita. No sé lo que me pasó…tuve miedo en ese momento…en verdad perdóname! – se tiró sobre la grama y siguió llorando siendo consolado por la hada. En el cielo, la luna se ocultaba tras las nubes, y todo se envolvió en una oscuridad casi total, mientras la tristeza se hacía presente en el ambiente.
Luego de un buen rato, se hallaba un niño dormido sobre la grama y con una pequeña hada oculta en su mano. En su rostro se podían ver líneas de lágrimas que profundizaban su rostro, aunque se le veía tranquilo.
Se escuchó el ruido de un vidrio rompiéndose, y unos gritos. Peter Pan abrió lentamente sus ojos, y trató de prestar atención al alboroto que se había hecho presente.
…Lárguense…!!...Llamaré…policía!!...
Peter se sorprendió de lo que oía. Campanita lo miró expectante. Se escuchaba como una señora en peligro, o algo así. "Ayúdala!!"
El joven alzó el vuelo y remontó el techo de una casa algo grande, llegando a la entrada principal donde se ocultó tras un árbol. Entre las ramas y las sombras pudo ver a dos hombres extraños haciendo fuerza con la puerta de la casa, y también pudo ver a una señora algo mayor haciendo también fuerza, como impidiendo que aquellos hombres entraran a su estancia. Fue cuando los dos hombres empujaron fuerte y la puerta pegó contra la cabeza de la anciana, mientras las figuras entraban apresuradamente en la casa. Peter se enserió, y salió disparado hacia aquella delicada situación. Entró por la puerta y, por encima en el techo, logró colocarse frente a los hombres que se le quedaron mirando sorprendidos.
¿Un niño? – los hombres se miraron sonrientes, y se acercaron de a poco a Peter.
El joven no se movió. Los hombres aceleraron el paso, y Peter se alzó hacia el techo, haciendo que los hombres colapsaran contra la pared. Luego, hizo que la cabeza de ambos chocaran entre sí. Los hombres gritaron de dolor y sorpresa al ver que estaba volando. Peter los tomó a ambos por el cuello, y con un impulso, los empujó fuera de la casa con una fuerza superior a la de su edad. Los hombres salieron rodando a la calle, y luego corrieron espantados mirando de vez en cuando a la casa.
Peter vio como los hombres se marcharon, y estaba a punto de irse de la casa cuando escuchó que la anciana que se encontraba en el suelo gemía de dolor. Peter la miró y notó que estaba lastimada; una línea de sangre le nacía de la cien y resbalaba delicadamente por su rostro. Sintió pena por ella, no podía dejarla así. La tomó en brazos y, subiendo las escaleras hacia las habitaciones principales, la dejó sobre una amplia cama. Campanita entró a la habitación con un cuenco pequeño lleno de agua y un paño. Lo llevaba con dificultad, y Peter le ayudó. Enjuagó el paño en el cuenco con agua y le limpió la herida a la anciana, quien abrió los ojos y lo miró sorprendida, tocando el rostro del niño con su mano.
Anciana: ¿Jonathan…? – Peter la miró extrañado, y luego entendió que de seguro la anciana le confundió con alguien más. La miró y le sonrió.
Peter: no, soy Peter… - la anciana le miró confundido, pero luego sonrió
Anciana: Peter… - colocó su mano sobre su pecho, y con un suspiro, se quedó dormida.
Peter se la quedó mirando extrañado, y luego, acostándose en el suelo, se quedó dormido.
Estaba amaneciendo, y Peter despertó en el suelo hallándose en un lugar desconocido, y fue cuando recordó lo que había sucedido la noche anterior. Se levantó y fue hacia donde se encontraba la anciana aún descansando. Se la quedó mirando por un largo rato, cuando un leve resplandor le iluminó el rostro.
Peter: no puedo dejarla así, Campanita. Necesito saber si va a estar bien, después de todo aquellos hombres querían hacerle daño. – Campanita se rehusó a discutir y salió por la ventana.
Peter siguió mirando a la anciana intensamente, como si la reconociera o la hubiese visto antes. Con su mano, temblorosamente, le tocó levemente los cabellos blancos y desordenados. Fue bajando su mano hasta un lado del rostro, notando las arrugas profundas y la piel suave y delicada, como si estuviese hecha de porcelana o de otro material delicado que podía desmoronarse con sólo tocarlo. No sabía por qué, pero sentía algo extraño en su interior mientras acariciaba el rostro de la anciana, y una lágrima salió de sus ojos.
La anciana hizo un suave gemido y comenzó a despertar. Peter quitó rápidamente la mano de donde la tenía, como si se la hubiera quemado, y limpió la traviesa lágrima que le resbalaba por el rostro. La anciana abrió lentamente los ojos y miró al niño. Le sonrió dulcemente, recordando que le había salvado la vida la noche anterior. Peter no sabía como reaccionar. Ayudo a la anciana a sentarse sobre la cama.
Peter: ¿Cómo se siente, señora?
Anciana: …muy bien, la verdad es que debo agradecerte que me hayas salvado ayer. Esos hombres seguro no tramaban nada bueno, quizás querían robar algo de la casa. – notó que Peter la miraba perplejo, como si no entendiera nada de lo que ella le estaba diciendo. Ignoro aquello y le sonrió nuevamente - ¿Puedo saber el nombre de mi salvador? – Peter reaccionó, y se levantó del suelo colocándose frente a la anciana, erguido, dándole una educada reverencia.
Peter: mi nombre es Peter Pan
La anciana sonreía al ver que el niño era tan educado, pero su expresión cambió al escuchar su nombre. De su dulce sonrisa pasó a una expresión de desconcierto y temor, mirando al vacío hacia un recuerdo ya casi olvidado. Peter no entendía lo que le sucedía, y se acercó más para averiguarlo. Llamó la atención de la señora, y ella le miró con unas pocas lágrimas brotando de sus lágrimas.
Anciana: imposible… - Peter no entendía nada – ¿Peter…Pan? – el niño asintió aún sin comprender lo que estaba sucediendo – ¡Ay, Dios mio!
Peter: ¿sucede algo, señora?
Anciana: ¡Ay, mi niño! Si sucede. – no sabía como explicarle, pero tarde o temprano tenía que hacerlo. Limpió sus lágrimas y ordenó con su mano a que el niño se sentara en la cama a su lado, y así lo hizo, prestándole atención a lo que diría a continuación – Recuerdo ayer haberte llamado Jonathan
Peter: si, pero ese no era mi nombre
Anciana: Antes que nada, quiero que sepas que yo soy Marianne Kesington
Peter no reaccionó, y se quedó pensando. Kesington, Kesington, el nombre le sonaba. Un haz de luz entró por la ventana y se posó sobre el hombro del niño. La anciana se sorprendió, y Peter sonrió.
Peter: le presento a Campanita, es mi hada. Campanita, ella es la señora Marianne Kesington - la hada le sonrió a la anciana emocionada y se le puso enfrente notando como la señora sonreía al ver algo tan hermoso.
Señora Kesington: si, es una hermosa hada. Me parece que a esta la he visto antes, hace mucho tiempo, unos doce años tal vez. Luego, no la volví a ver.
Peter: ¿Usted la vio antes? Pero, ¿cómo?
Señora Kesington: atrás de esta casa hay un jardín, mejor conocido como los Jardines Kesington. Estos jardines los diseñé yo hace ya mucho tiempo. Son hermosos, no sé si ya los habrás visto. Aquí, todas las noches, se pueden ver pequeños haces de luz. Siempre me preguntaban qué eran, y un día me quedé en el jardín, y noté que eran pequeñas personas aladas, hermosas, brillando y bailando. Supuse que eran hadas. Es por eso que en Londres dicen que los Jardines Kesington son mágicos.
Peter: ya lo recuerdo.
Señora Kesington: ¿qué recuerdas, querido?
Peter: cuando yo era un niño yo vine a estos jardines…
Señora Kesington: es posible, pero no recuerdo haberte visto.
Peter: es que no vine de día. – puso una cara de preocupación, y Marianne lo notó.
Señora Kesington: puedes contarme si quieres. – el niño asintió, y se quedó contemplando el vacío.
Peter: cuando yo era un niño era muy feliz con mis padres, o eso creo recordar – en su rostro se reflejaba que le costaba bastante ver más allá del tiempo pasado – Una noche, escuché cómo mis padres hablaban de lo que yo haría cuando me convirtiera en hombre
Señora Kesington: todos los padres lo hacen, es parte del crecimiento del niño
Peter: pero yo no quería crecer, no quería tener responsabilidades. Tenía miedo. Lo único que quería era ser joven y feliz.
Señora Kesington: ¿Tenías miedo de crecer? – el niño asintió, y continuó
Peter: fue cuando esa noche huí a los Jardines Kesington, y allí conocí a Campanita
Señora Kesington: entonces si viniste. Pero, ¿regresaste a tu casa? – Peter negó con la cabeza
Peter: Campanita me habló de un lugar en donde mis sueños se cumplían, y en donde jamás tendría que preocuparme por nada.
Señora Kesington: huiste de casa – Peter asintió - ¿Con un hada? Pero, ¿a dónde? – Peter la miró sonriendo
Peter: al país de Nunca Jamás…
Señora Kesington: nunca escuché hablar de ese país, ¿dónde queda?
Peter: al lado de la luna, la segunda estrella a la derecha y hacia el amanecer… - la anciana le escuchó extrañada y luego se le quedó mirando sorprendido
Señora Kesington: huiste hacia tu propio mundo…
Peter: nunca más volví. Allí tenía aventuras, podía hacer lo que quisiera, y no crecería jamás.
Señora Kesington: ¿y no te sentías sólo? – el niño negó nuevamente con la cabeza
Peter: vivía con los niños perdidos…
Para cualquier adulto que oyese esa historia le podría llegar a parecer un cuento inventado por un niño, pero para Marianne Kesington, aquello tenía toda su verdad, de principio a fin. Por alguna extraña razón, al ver el rostro y los ojos del niño, y la forma en que hablaba, le parecía que la historia de un tal país llamado Nunca Jamás era cierta, y de poder volar a través de los cielos hacia una estrella fuera en el espacio. Pero había algo más en aquel niño que hacía que la señora Kesington se sintiera algo alterada. Sus ojos, sus cabellos, la forma de su rostro y el modo en que hablaba. Los gestos que hacía y la sonrisa traviesa que tenía. Tenía que averiguarlo, antes de que su pecho explotase de los sentimientos que se le arremolinaban en su interior.
Señora Kesington: ¿podrías decirme nuevamente cómo te llamas? – el niño la miró extrañado.
Peter: me llamo Peter Pan.
Señora Kesington: ¡¿Pan!? – lágrimas se le arremolinaban en sus ojos – dios mio…
Peter: ¿señora, se encuentra usted bien?
La anciana no le respondió. Sólo se acercó al niño y lo abrazó con ternura mientras lloraba silenciosamente. Peter no entendía nada, y cuando se separó de la anciana, se la quedó mirando desconcertado.
Señora Kesington: mi niño, Peter, si en verdad te llamas Peter Pan, entonces…
Peter: entonces, ¿qué?
Señora Kesington: déjame contarte algo. Yo tengo una hija llamada Edith Kesington, era muy hermosa. Le gustaba contar cuentos, y cantar. Era una gran novelista. Conoció a un hombre que trabajaba con planos de edificios y monumentos, y se casó con el. Al tiempo, tuvieron un hijo a quien llamaron Peter. El hombre se llamaba Jonathan Pan, y su hijo Peter Pan.
A medida que la anciana contaba más aquel suceso, Peter se sorprendía cada vez más. Había un hombre que llevaba su nombre, y tuvo un hijo que se llamaba igual a él. Entonces, ¿eso podría significar que…?
Peter:…¿Jonathan Pan?
Señora Kesington: exacto. Pero, cuando mi nieto Peter cumplió los doce años, mi hija y su esposo comenzaron a planificar la vida de su hijo. Un día, Peter había desaparecido, la ventana estaba abierta, nunca más lo volvimos a ver. Llamamos a la policía, todos lo buscaron, pero nunca más volvió a aparecer, como si se hubiese esfumado en el aire.
Peter: ¿a dónde quiere llegar, señora?
Señora Kesington: Peter, me acabas de decir que una noche huiste de casa hacia los Jardines Kesington. Huiste, sí, pero no de casa, sino a los jardines de atrás, y conociste a un hada que te llevó lejos de aquí. Tú eres Peter Pan, tu eres mi nieto.
Peter: ¿su…nieto?
Señora Kesington: es por eso que ayer te confundí con Jonathan. – sonrió con dulzura – Eres igual a él, el mismo rostro, las mismas facciones, el mismo cabello rubio. Aunque, tienes los ojos de tu madre, las expresiones y la sonrisa traviesa que ella tenía. ¡Ay, Peter! ¡Tu eres Peter Pan, mi nieto!
Peter no podía entender nada, aquello ya era demasiado. ¿Cómo aquella señora se atrevía a decirle que él era su nieto? Se suponía que sus padres no le querían, y el huyó de casa para no regresar jamás. Miró como la anciana le miraba sonriendo gustosa. Peter no podía creer nada, o no lo quería creer. Su expresión cambió a una seria y ligeramente enojada, y la anciana lo notó preocupada.
Peter: mentira…
Señora Kesington: Peter…
Peter: ¡Mentira! ¡Todo es mentira! ¡usted no es mi abuela, y mis padres nunca me quisieron! ¡¡Por eso huí de casa!!
Señora Kesington: Peter, tus padres si te querían, sólo déjame explicarte, por favor…
Peter: ¡No, no quiero que me explique nada! ¡¡Todo es mentira!!
Y salió disparado de la habitación escaleras abajo dejando a la anciana desconcertada en el lecho.
Peter llegó al salón de estar de la gran mansión, y se tiró contra el suelo llorando una vez más. "¿Por qué siempre tenía que llorar como un niño débil y tonto? ¿Por qué la vida se empeñaba en hacerle ese tipo de cosas, en lastimarle más y más? Él era un niño, no tenía por qué sufrir tanto, y menos de aquella forma". Se levantó y se sentó, pensando aún en las palabras que la anciana le había dicho. "¿Y que tal si era verdad? ¿Qué tal si aquella anciana era su abuela?" Peter se levantó y comenzó a caminar por todo el lugar, mirando las fotos que había sobre las mesas y sobre las repisas. En casi todas se veía a un hombre y a una mujer felices. Se detuvo en una, donde se encontraban la misma mujer y el mismo hombre, y la anciana y un niño de unos diez años tomando las manos de los dos adultos. Se le veía feliz. Peter se quedó contemplando al niño, y se reconoció a sí mismo, aunque algo cambiado; tenía un traje bien arreglado, y se le veía algo más peinado. Peter no lo podía creer "Soy yo…" Siguió mirando las fotos que veía a continuación, en donde estaba el mismo niño y las mismas personas felices.
Peter: soy yo cuando era un niño… - Campanita hizo su aparición a su lado – Es cierto entonces. Si fui feliz con mis padres, y esa anciana en verdad es mi abuela… - Campanita asintió. Peter la miraba con una sonrisa, y volvió a subir las escaleras mirando desde la entrada de la habitación a la anciana.
La anciana le contempló a su vez, notando que el niño tenía una mirada distinta, como más tranquila, e incluso un ligero asomo de felicidad. Se acercó hasta la cama, y se sentó nuevamente a su lado. La anciana tomó la mano del niño y se la acarició. Peter no puso resistencia.
Peter: ¿Qué pasó con ellos? – la anciana le miró con tristeza
Señora Kesington: estuvimos buscándote por dos años. Pero al final pasaba algo raro. Poco a poco, Edith y Jonathan se iban olvidando de ti, como si no lograsen recordar que en algún momento de sus vidas ellos tuvieron un hijo. Un día, se fueron de viaje a Francia, y nunca más volvieron. No he recibido noticias de ellos, ni siquiera una carta. Sólo se que están bien.
Peter: ¿Cómo lo sabes?
Señora Kesington: lo siento en mi corazón, como también sentía que tu estabas bien y que algún día te volvería a ver.
Peter le sonrió. Por lo menos tenía a alguien en el mundo. Tenía el ferviente deseo de conversar más con su abuela, de conocerla, de saber más sobre sus padres, y sobre el mundo. Ahora no tenía miedo de vivir, tener aquella aventura sería grandioso.
Señora Kesington: me gustaría que me contaras más sobre tu país, sobre Nunca Jamás, y sobre los niños perdidos.
Campanita miraba enternecida aquel hermoso cuadro, y notó que Peter sonreía dulcemente, algo que nunca le había visto hacer. "está decidido. Peter cambiará, y vivirá esta gran aventura. Y yo lo haré con él". A Campanita le gustaban los cuentos, y a pesar de que Peter no era muy bueno en ello, se colocó junto a la anciana y comenzó a escuchar los relatos de Peter sobre Nunca Jamás.
Continuara…
