Russelnash se puso en camino a la central. Eran las ocho de la mañana, esto le extrañaba puesto a que la mayoría del tiempo los llamaban entre una y seis en las madrugadas. También, debía tomar en cuenta el hecho de que apenas tenían días de descanso –a menos que fueran pedidos con anticipación- y solo en un par de ocasiones llegaban a Virginia lo suficientemente temprano para compartir con los amigos.
Ese trabajo era agotador, pero a ella le gustaba.
Cerró el paraguas que se había comprado el día anterior, ese de gatitos que había visto la otra vez en el mercado, lo dejó en la oficina de Rossi junto al de él. Colgó su abrigo verde y guardó las llaves en el bolsillo. De su bolso sacó el espejito, lo abrió y observó su reflejo; aún gordo y lleno de grasa. Sintió como si el rostro le fuera a explotar, sus mejillas estaban rojas de la impotencia. ¡No había ningún cambio!, apenas había bajado dos kilos en la semana pasada y a la mitad de esta se había prohibido los dulces. ¿Qué acaso su cuerpo atentaba contra ella? Y si fuera esta la razón, ¿por qué?
Bufó, pataleó un poco y llegó a la conclusión de que solo por este día no comería nada.
Salió de la oficina y caminó por los pequeños escalones hasta llegar a su escritorio. Ahí había un pequeño chocolate, atribuyó la culpa a García que estos días la había visto un poco más triste. Pero el peso no tenía nada que ver con su ánimo, por lo que dejó pasar la incómoda situación entre ella y su colega. Aunque de cierta forma le alegraba el hecho de que se le notara un poco más su delgadez, le atormentaba que alguien pudiera tomar al extremo su condición. Quizá García se lo decía de broma queriéndose referir a su peso, quizá se reía a su condición física, quizá… quizá muchas cosas.
Movió su cabello a un lado y lo amarró en una trenza infantil y despeinada. Levantó la mirada cuando tomó asiento, en ese momento se encontró con los ojos de Spencer observándola. La boca del doctor espetó un 'hola' completamente tembloroso, esto hizo que las piernas de Russelnash sufrieran un pequeño espasmo. A duras penas pudo contestarle al joven.
-Buenos días, agente Yurisic- dijo Morgan burlón tomándola por el brazo- vaya, creo que estabas mirando a Reid.
-¿Cómo dices eso, Derek?- soltó una carcajada- en realidad si, lo estaba observando, pero solo porque me daba curiosidad ver como tomaba su café. Hasta para hacer eso es raro- torció la boca- bueno, bueno, en todo caso es lindo. ¡Y solo lo digo para que te quedes callado!
-Mhm, bueno, te voy a creer por ahora. Pero si tú lo dices, me convences pequeñita- despeinó el rubio cabello de su colega- oye pequeñita, ¿puedo preguntarte algo?
Ella asintió.
-Tienes el brazo muy delgado, está distinto a como era antes. ¿Qué acaso estás más menuda?, no te siento igual- levantó una ceja como tratando de descubrir algo en los ojos de su colega.
-¿En serio?, vaya, quizá fue porque no comí un poco de tarta que hiso Penélope, pero fuera de eso no siento nada más raro- mintió- además he comido mucho, tengo muchos antojos.
-¿Estás…?
-No, claro que no Morgan- adivinó la muchacha sabiendo que se refería a un posible embarazo- si hubiera sido así tendría que haber intervenido el espíritu santo, aún me considero una virgen de la vida.
-Claro, pequeña. Como tú quieras- carcajeó el moreno- es como preguntarse si Reid es puro o impuro.
-¡Eres malo, Morgan!, ya tiene treinta y un años, un ángel del cielo no debe ser- comentó ella- deberíamos preguntarle, ¿no crees?
-Hey, hey, hey. Tu si quieres pregunta, yo no quiero saber sobre eso- dijo Derek- por ahora me conforma saber que eres un poco pervertida.
-Lo dice el más inocente del mundo- movió su cabeza infantilmente- no me extrañaría ver a tu novia con un bebé.
-No me extrañaría verte a ti junto a Reid- dijo el imitando la aguda voz de Russelnash- jaque mate, querida Yurisic.
Eso había sido un golpe bajo.
-¡Oh vamos, Morgan! No creerás que a mi… pues, me gusta Spencer- habló media nerviosa- es muy buen chico, y lo conozco desde que llegó a la unidad. Apenas era un adolescente y yo, pues, lo encontré muy simpático, exceptuando el hecho de que le gusta tener la razón, habla todo el día, es un adicto al café, se irrita, llora en silencio cuando le duele la cabeza, le manda cartas a su madre todos los días y que tiene mucha mala suerte en el amor. Ese es el Spencer que me agrada y para serte sincera, no me gustaría algún cambio.
-Alguien te tire agua bendita, porque tus pensamientos hacia él son del diablo- se levantó de la silla con una blanca hilera de dientes en su rostro, dejó a la chica con la palabra en la boca.
Aquella frase logró sacarle una carcajada a la muchacha.
El día pasó entre el viaje a una pequeña localidad de los Ángeles y un caso completamente terrorífico; personas colgadas como títeres a las que se les atribuyó un patrón igual, todo para cumplir la fantasía de aquél hombre trastornado desde pequeño. Durante el viaje en jet, Russelnash pensó en todos aquellos factores que debían afectar a la conducta para que su actitud fuera completamente sádica. Su padre, en primer lugar lo convenció de que aquellos muñecos tenían vida, que estos podían salvarlo de cualquier apuro pero esto en evidencia le había carcomido la mente. Se había trastornado.
-¿En qué piensas?- preguntó Spencer sacándola de sus pensamientos.
-Mhm, en nada. Solo que… nada, estoy divagando por mi mente. Así es mi mundo- sonrió Russelnash- oye, ¿qué te parecería ir a cenar esta noche?, descubrí un lugar donde sirven arroz con tenedor. Lo digo porque te cuesta comer con palitos.
Se escuchó una carcajada general.
-¡Hey, que están oyendo, metiches!- exclamó la rubia- es mi tema.
-Somos un equipo, pequeñita. Pero como somos buenos, dejaremos que te pongas guapa esta noche.
La chica se sonrojó.
-Bueno, bueno, ¿qué dices entonces?- preguntó esperanzada.
-Me encantaría, al menos sé que contigo puedo hablar de todo sin que te burles de mi- se mordió el labio, pero no con malas intenciones, si no que esperando a que la vergüenza bajara de su cabeza.
'Creo que definitivamente debería darme un baño de agua bendita'
