3. (S)He will be loved.
La lluvia caía afuera de forma persistente, era sin duda una de las aparatosas lluvias de verano que cada año inundaban las calles de Nueva York. El Instituto estaba desierto, los jóvenes cazadores de sombras estaban reunidos todos en el centro de entrenamiento hablando acerca de la emboscada que habían sufrido aquella noche, obra de un montón de demonios que los habían tomado por sorpresa. Seguramente estarían explicándole a Maryse Lightwood cómo había sido que su hijo mayor había resultado herido de aquel modo tan grave.
El Gran Brujo de Brooklyn podía escuchar los murmullos que venían de aquella habitación aunque el cuarto de Alec, donde se encontraba en aquel momento, estaba más bien lejos del lugar donde sus hermanos y Clarissa Fairchild trataban de explicar todo.
Magnus suspiró mirando el rostro pálido del mayor de los Lightwood, ahora mismo estaba dormido, descansando después de que él usara parte de su magia para poder sanarlo. El demonio que habían combatido era sin duda poderoso, y aunque Alec lo había atravesado con una de sus flechas antes de que este lo atacara, el veneno seguía haciendo estragos en el cuerpo del muchacho quien respiraba ahora con tranquilidad aunque la fiebre no había bajado del todo.
El Brujo estaba sentado al lado de Alec, Maryse le había pedido que no se fuera hasta que su hijo mayor estuviera sano y Magnus había asentido pensando que se hubiera quedado de todos modos dijera Maryse lo que dijera. Él sabía que la madre del cazador de sombras tenía idea ya de qué clase de relación los unía a él y a Alec, pero ella no le había dicho nada y Magnus no era nadie para hablar a los padres de Alec del secreto que él había estado guardando durante casi toda su vida.
Magnus sospechaba que Maryse Lightwood le tenía miedo, un miedo que nacía de saber que él había visto la clase de cosas que ella y Robert habían hecho cuando estaban unidos al Círculo de Valentine, pero aquello no le importaba en lo más mínimo al Brujo.
Lo único que era importante para él es que Alec había estado a punto de morir aquella noche y que él apenas había llegado a tiempo para poder salvarlo. Magnus no quería ni pensar en lo que hubiera pasado si se hubiera demorado un segundo más, no quería pensar en los trajes blancos de luto, ni en la pira en la que el cuerpo de Alec habría sido consumido después de haber muerto en lo que todos los Cazadores de Sombras consideraban una muerte honorable.
Para Magnus Bane, era ya imposible pensar en un mundo donde Alexander Lightwood no existiera, y aquella posibilidad, que más que una posibilidad era el recordatorio de que llegaría un día en el que Alec no estaría más en el mundo, le dolía en lo más profundo de su ser.
Y es que Magnus se había dejado llevar por la emoción de estar enamorado de nuevo sin ponerse e pensar en las consecuencias como casi siempre hacia. Porque cuando eres un ser inmortal pocas cocas resultan importantes, después de todo, la mayor parte de las vidas con las que él había estado en contacto no eran más que la luz de una vela que podía apagarse con un solo soplo de aire, mientras que su vida, era una luz perenne como el mismo sol.
Aquella cuestión de la inmortalidad nunca había sido algo que le quitara el sueño, es decir, estaba acostumbrado a que las personas que él amaba estuvieran ahí solo para irse después. Pero con Alec, la idea de aquella despedida, aunque lejana, le causaba un desasosiego que jamás había sentido.
Es cierto que en aquellos días Magnus había tratado de mantenerse alejado de Alec, de algún modo estaba cansado de que el chico solo lo buscara para pedirle ayuda, o para ver cómo los ojos azules del cazador de sombras terminaban siempre prendados del cuerpo y todo el ser de aquel estúpido niño bonito de los cabellos dorados que decía ser el mejor amigo de Alec.
Magnus no pudo evitar sentir el acostumbrado tirón de celos en el corazón, porque era más que obvio que Alec amaba a Jace Wayland al punto de morir por él, y no se trataba solo de aquel lazo que los unía como parabatai, Magnus estaba seguro de que era algo más. Porque sin duda alguna, Jace era el primer amor de Alec, o al menos la primera persona que le había hecho cuestionarse al joven Lightwood acerca de su sexualidad.
Y el brujo no sabía si podía lidiar con todo eso, si podía esperar pacientemente relegado en el lugar de la segunda opción, si podía tolerar estar siempre después de Jace en la lista de Alec. Algo le decía a Magnus que probablemente lo haría, o que eso era precisamente lo que estaba haciendo. Aquella mañana se había despertado con la firme intención de no llamar a Alexander, de no enviarle ni uno de los mensajes coquetos que Alec solía responder tímidamente. Magnus había estado dispuesto a irse con Ragnor a Londres para ordenar sus pensamientos (o para esconderse como una rata miserable de sus propios sentimientos, como Ragnor le había dicho sin piedad alguna) y sin embargo estaba ahí, cuidando a Alexander Lightwood, ofreciendo toda su energía y sus conocimientos por la vida de un chico que jamás lo amaría, que jamás lo vería como más que un experimento, como un subterráneo más al que los hijos del Ángel podían usar y luego desechar. Eso es lo que todos los antepasados de Alec habían hecho, no tenía por qué ser diferente con el chico de los ojos azules.
El Brujo sonrió con tristeza al tiempo que sus ojos bajaban al rostro dormido de Alec. Sin duda alguna, aquel chico era hermoso, totalmente perfecto si le permitían agregar y aquella belleza era aún más grande porque Alec no tenía idea de que era hermoso. Magnus sabía que Alec siempre había considerado que su vida carecía de importancia, algo que tenía ganas de reprocharles a sus padres por cierto. Alec no se daba cuenta de lo importante, valiente y hermoso que era porque se consideraba a si mismo poca cosa comparado con Jace Wayland o su hermana pequeña que sin duda alguna siempre terminaban robándose los reflectores.
Magnus estaba seguro de que Alec se había condenado a sí mismo a estar siempre detrás de ellos, a protegerlos, a ofrecerse como escudo humano del modo en el que lo había hecho para salvar a Jace del ataque de aquel demonio que casi lo mata.
Las manos de Magnus se tensaron sobre las del cazador de sombras y fue entonces cuando el brujo recordó que Alec lo había mantenido así, sujeto a él, desde que la magia había hecho efecto y los temblores del cuerpo del muchacho habían remitido un poco.
-No te vayas…- le había dicho él con una voz llena de dolor- Magnus… no me dejes.
Y ahí estaba, no se había ido, no lo había dejado y no iba a irse hasta que Alec estuviera bien, o hasta que la cordura llegar al Cazador de Sombras y se diera cuenta de lo que estaban haciendo. El Brujo suspiró de nuevo ¿En qué demonios se había metido? ¿Por qué se había atrevido a esperar que aquella vez su amor sería diferente? ¿Amor? Sí, era amor, definitivamente lo era porque si no lo fuera, le habría resultado fácil irse sin que le importara nada. Y a veces de verdad quería irse, quería alejarse de todo eso, del dolor que amar a Alec Lightwood le causaba, quería protegerse del dolor de la idea de seguir amándolo hasta que su vida se extinguiera y entonces todo fuera dolor de nuevo.
Dolor, amor, dos cosas que siempre iban de la mano. Ragnor le había dicho que si Alec le causaba todo eso tenía que luchar por ese amor hasta el final pero ¿qué más podía hacer? ¿Cómo podía seguir luchando por alguien que no quería que lucharan por él? Quizá después de todo la idea de irse fuera la mejor, porque sinceramente aquel era un amor sin esperanza. Nada más podía ser. A pesar de que ahora los dos estaban tomados de la mano, Magnus sentía que su vida y la de Alec estaban a miles de kilómetros de distancia. El amor de Alec era un sueño que no se haría realidad jamás y el corazón de Magnus estaba demasiado viejo para soportar aquellas cosas. Sí, tenía que irse. Esperaría a que Alec estuviera mejor y después, adiós.
Algo dentro del corazón de Magnus pareció romperse en mil pedazos pero él trató de alejar esa tristeza que amenazaba con embargarlo, no quería arrepentirse de la decisión que había tomado, era lo mejor, era mil veces mejor así para él y para Alec despedirse en buenos términos y evitarse un poco del drama que seguramente vendría después.
Magnus volvió a suspirar mientras los murmullos que venían de la sala de entrenamiento se callaron de pronto y Magnus escuchó pasos en el corredor que llevaba a los dormitorios en los que Isabelle, Clary y Jace dormían. El brujo estaba seguro de que los chicos irían a ver a Alec pero en vez de eso, escuchó tres dignos portazos haciendo eco en el edificio. Sin duda alguna los jóvenes habían resultado castigados de algún modo y estaban molestos.
Magnus esperó un momento más esperando a que Maryse llegara a preguntar por su primogénito, pero nada sucedió. El Brujo abrió los ojos de par en par, ¿De verdad lo habían dejado solo con Alexander? ¿Todos estaban convencidos de que nada le pasaría al lado suyo?
Miles de preguntas empezaron a dar vueltas en su cabeza tratando de dilucidar qué pasaba con aquellos locos que se llamaban la familia de Alec, pero el torbellino se detuvo cuando las notas de una canción un poco triste empezaron a llegar desde el cuarto de Isabelle y Magnus intuía que aquella música salía del reproductor que él le había conseguido a la hermosa chica Lightwood meses atrás. El Brujo se perdió de nuevo en la contemplación del rostro de Alec mientras la música seguía su curso y las palabras de la canción empezaban a hacer que su corazón doliera porque aquella canción se parecía mucho a lo que él estaba sintiendo en aquel momento:
Una belleza de solo dieciocho años que tiene algunos problemas consigo mismo.
Yo siempre he estado ahí para ayudarle aunque él siempre ha pertenecido a alguien más.
He recorrido millas y millas y siempre acabo frente a tu puerta.
Has estado conmigo muchas veces y sin embargo aún quiero más.
No me importa estar todos los días fuera de tu casa bajo la incesante lluvia.
Busca al chico de la sonrisa rota, pregúntale si quiere quedarse un momento.
Y él será amado, él será amado…
Él será amado… No, él ya era amado.
El corazón de Magnus pareció hundirse en su pecho, él ya sabía que estaba sintiendo algo así por Alexander Lightwood pero la verdad no lo había golpeado con tanta fuerza como en ese momento. Quizá era por la música o por la lluvia o porque Alec seguía aferrado a su mano y sus ojos azules se habían abierto de repente, pero todo el amor que se juró no sentir jamás, todo el amor del que había estado guardando a su corazón estaba ahí, en su pecho, tan real y tan cálido que dolía sentirlo. Y aquel amor era tan diferente, tan desesperado y sin embargo, tan verdadero, tan joven, tan inexperto a pesar de los cuatro siglos que había vivido. Alexander Lightwood hacia que ninguno de esos años importara en lo más mínimo y Magnus se preguntó si antes había estado viviendo de verdad.
Los ojos del Cazador de Sombras tardaron un tiempo en enfocarse en él y Magnus soltó una maldición por lo bajo porque se sentía expuesto, el amor que estaba ahí en su pecho estaba apenas siendo contenido y tenía miedo de que Alec pudiera verlo, de que el estúpido Nephilim se diera cuenta y pudiera usar aquello para lastimarlo. Sí, maldita sea, el Gran Brujo de Brooklyn estaba asustado de un joven Cazador de Sombras pero es que Alec Lightwood no era solo un cazador de sombras, era la persona que había liberado algo dentro de él, algo que él había dado por perdido.
Pero el problema era que Alec había liberado algo simplemente para dejarlo vacío, no para hacerlo vivir. Los ojos de Magnus se llenaron de tristeza y Alec pareció darse cuenta porque sus dedos se aferraron a su mano con un poco más de fuerza o quizá Magnus estaba imaginándose aquello para tener una excusa para quedarse porque ahora que esos ojos lo miraban, seguir adelante con la decisión de alejarse de él resultaba un pensamiento insoportable, algo imposible, algo terrible.
-Magnus…- susurró Alec con voz temblorosa- Magnus… ¿Qué…?
-Te atacó un demonio y vine a sanarte- dijo el brujo con calma, notando que a pesar de que había intentado sonar frío, las palabras habían salido dulces y suaves de su boca.
-Jace…- dijo Alec con una preocupación creciente- Izzy… ¿están?
-Tu parabatai y tu hermana están bien- dijo Magnus un poco dolido- salvaste al hermoso Jace, debes estar orgulloso.
Alec lo miró en silencio un buen rato y Magnus se arrepintió del veneno de sus palabras pero ¿de qué otro modo podía reaccionar? Casi había gastado todas sus fuerzas salvándolo y lo único que a Alec le importaba, como casi siempre, era el destino de Jace Wayland.
-Estás enojado…- dijo Alec y sus palabras no eran una pregunta.- perdóname…
-¿Por qué voy a perdonarte?- dijo Magnus y sus ojos se abrieron de par en par porque nunca en la historia del mundo un Cazador de Sombras había pronunciado la palabra "perdóname" dirigida a un subterráneo.
-Por… todo…- dijo Alec haciendo un gesto de dolor que Magnus interpretó como una señal de que aquella charla debía parar- yo… no quiero… yo… no quiero que estés molesto. Sé que todo esto es mi culpa. Magnus… perdóname. No debiste venir, no debiste gastar tu magia en mí, mamá pudo haberme curado con runas y…
-Y hubieras muerto…- dijo Magnus calmándose de pronto- ¿eso es lo que quieres, Alexander?
-No…- dijo Alec cerrando los ojos ante el dolor una vez más- quiero vivir, pero Magnus…
-Es mi magia y yo la puedo gastar en lo que yo quiera- dijo Magnus tratando de sonreír- y esta vez decidí usarla en el estúpido Nephilim al que amo…
-¿Tú me amas?- dijo Alec realmente sorprendido, sintiendo que el dolor de su cuerpo dejaba de importar al escuchar aquellas palabras.
-Estúpido Nephilim…- dijo Magnus con voz triste- ¿Por qué otra cosa estaría aquí?
Alec no respondió y Magnus ni siquiera se permitió sentir dolor porque era obvio que el Cazador de Sombras no podía sentir lo mismo por él. Un suspiro ruidoso salió de sus labios y decidió que ya era tiempo de decir adiós, hay cosas que simplemente no podía soportar y la mirada azul de Alexander Lightwood llena de culpa era una de esas cosas. El brujo empezó a soltarse del agarre de Alec pero el chico no lo dejó. Sus ojos azules se quedaron quietos en los suyos, aquellas pupilas del color del mar prendidas del dorado de las suyas.
El corazón de Magnus empezó a latir con fuerza dentro de su pecho, preguntándose qué significaba aquel silencio o si tenía un significado después de todo. Pero la fuerza de los dedos de Alec estaba ahí, al igual que la fuerza de sus ojos pidiéndole que se quedara, que le diera tiempo, diciéndole que si podía ser paciente llegaría el día en el que podría decirle lo mismo, que quizá el amor que él había mencionado ya estaba ahí en su corazón y sólo era cuestión de tiempo para que estallara.
Y la canción del reproductor de Isabelle siguió sonando mientras los dos seguían ahí, tomados de la mano, perdidos en los ojos del otro como si esperaran que el tiempo se detuviera lo suficiente. Lo suficiente para que Magnus no se fuera. Lo suficiente para que Alec le impidiera irse.
Golpea mi ventana, llama a mi puerta, quiero hacerte sentir hermoso.
Sé que tiendo a ser muy inseguro pero no me importa más.
Sé que el amor no se trata siempre de arcoíris y mariposas, es el compromiso lo que nos hace avanzar.
Mi corazón está lleno y mi puerta siempre abierta, puedes venir cuando quieras.
No me importa esperar todos los días fuera de tu casa bajo la incesante lluvia.
Busca al chico de la sonrisa rota, pregúntale si quiere quedarse un momento.
Y él será amado, él será amado…
Sé dónde te gusta esconderte en soledad. Sé todas las cosas que te hacen ser quien eres.
Sé que "adiós" no significa nada, regresa a mí y deja que te sostenga cada vez que caigas.
No me importa pasarme todos los días fuera de tu casa bajo la incesante lluvia.
Busca al chico de la sonrisa rota, pregúntale si quiere quedarse un momento.
Y él será amado, él será amado…
Por favor no te esfuerces tanto en decir adiós, no digas adiós.
-No te vayas…- dijo Alec como un eco de la última parte de la canción- por favor, no te vayas.
-Alec…- dijo Magnus deseando poder quedarse pero sabiendo que no sería posible- Alexander…
-Quédate…- dijo el muchacho con voz débil- por favor quédate. Tú… eres muy importante para mí.
-¿Importante?- dijo Magnus realmente sorprendido de que Alec estuviera diciéndole aquellas cosas.
-Sí…- dijo el joven tratando de que el dolor no lo invadiera, pero la sola idea de que Magnus se fuera dolía más que las heridas que el demonio aquel le había causado- sé que estoy siendo egoísta pero… ¿Puedes quedarte?
-¿Cuánto tiempo?- dijo Magnus tratando todavía de encontrar la fuerza que le faltaba para irse.
-Hasta que pueda decirte lo mismo- dijo Alec de aquel modo honesto y directo en el que solía decir las cosas- hasta que pueda decirte que te amo…
-¿Y si no lo dices nunca?- dijo Magnus, tratando de no emocionarse de más con aquellas palabras.
-Lo diré…- dijo Alec apretando con más fuerza las manos del brujo- lo diré… sólo… dame tiempo. Sólo… quédate, por favor quédate.
Magnus sonrió con tristeza pero no se separó del chico. Alec pareció darse cuenta de que el brujo aun quería irse porque de pronto toda la energía que le faltaba pareció apoderarse de su cuerpo porque a pesar de las heridas se levantó hasta quedar a la altura de Magnus y posó sus labios suavemente sobre los del brujo quien sintió que se le escapaba el aliento porque Alexander Lightwood siempre le causaba aquel tipo de reacción pero también porque sabía que Alec no estaba en condiciones de hacer lo que estaba haciendo.
-No te vayas…- repitió Alec sintiéndose mareado- por favor quédate…
-No iré a ningún lado, Alexander- dijo Magnus sintiendo que su voluntad se rendía ante las palabras de aquel chico.- pero si tú tampoco quieres irte del mundo, es mejor que descanses.
-Ok…- dijo Alec- si necesitas recuperarte, mañana te daré mi energía, puedes tomarla…
-Siempre necesito tu energía, Alexander- dijo Magnus sonriendo a pesar de todo- descansa…
Los ojos del cazador de sombras se cerraron y Magnus lo observó dormir de nuevo ¿De verdad aquel chico le diría algún día que lo amaba del mismo modo en el que él estaba amándolo? ¿Los dos serían una historia de amor que valdría la pena o solo una tragedia más? No lo sabía, a pesar de que él era el Gran Brujo de Brooklyn, no podía mirar el futuro. Así que solo tenía una opción, un solo camino que seguir para encontrar la respuesta a su pegunta: quedarse, quedarse con Alexander Lightwood el tiempo que fuera necesario quedarse.
CANCIÓN: She will be loved- Maroon 5 (la mala traducción al español es mía xD)
Hola de nuevo¡ Mil gracias por seguir acompañándome en esta loquera, es bien bonito leer sus comentarios y saber que les está gustando. Este capítulo me quedó un poco triste porque la canción o porque está lloviendo o porque veo una gripe mortal en mi futuro o porque quién sabe xD Espero que les guste, no duden en decirlo, los comentarios curan el alma y la gripe, en serio, está en la constitución. RECUERDEN QUE ESTA HISTORIA NO ES SERIADA, ES UNA LOCURA DE TIEMPOS :P
Regi: Gracias¡ :)
Cindy: Pues me quedé pensando en si poner la continuación del capítulo anterior pero no sé, pensé que sería más bonito solo imaginárselo. Sin embargo, si encuentro una canción que vaya con ese momento seguramente podré escribir algo al respecto. Gracias por la idea¡
Malia: Yo también voto por beber pero en estas condiciones dudo que sea favorable xD Alec ebrio es la cosa más bonita de esta tierra y sus alrededores, y si lo imaginas con cara de Matt Daddario (akaamordemovida) es más bonito aún. Gracias por tu apoyo, de verdad¡ :)
