Los misterios, las traiciones y la desconfianza continua...

Los personajes no me pertenecen, pero en una historia de ficción como está, siempre se puede hacer algo interesante con ellos.

En esta ocasión doy las gracias a todos aquellos que siguen la historia. Es suya, disfrútenla :)

4

La rubia se incorporó hasta quedar a su altura. Los ojos azules la atravesaron como una lanza y por un segundo sus defensas se vieron desmoronadas ¿Cómo era posible que una desconocida pudiese tantas cosas dentro de su ser? No podía entenderlo y no era el momento para buscar respuestas a aquella pregunta. Las manos de Emma temblaban, pero aun así, lograba sostener el arma entre sus manos y apuntarle. La habitación estaba silenciosa y el olor a sangre ya comenzaba a causarle cierto desagrado. Retrocedió unos pasos y contempló la figura de Archie que yacía en el suelo. Lo había conocido años antes en una reunión, era un buen hombre, pero ahí estaba. Víctima de la guerra.

Volvió a mirar a Emma. Estaba pálida y se le veía débil.

― Solo tienes una bala ¿Alguna vez has disparado? ―preguntó.

―No, pero puedo probar contigo ―contestó Emma desafiante―. ¿Qué quieren de mí? Responde o te juro que este proyectil terminara dentro de tu cuerpo.

Regina caminó con seguridad alrededor de la habitación y observó a través de la ventana. La calle Petraki estaba más oscura y silenciosa de lo normal. Olía a batalla y muerte. Se volvió y la miró mientras esbozaba una sonrisa.

―Es curioso. Hace un par de días nos vimos en San Francisco y pese a toda probabilidad de no volvernos a ver, estamos aquí.

―Así es. En una habitación junto a dos cadáveres y en medio de una guerra en la que estoy metida en contra de mi voluntad.

―Si entregas la lista podemos olvidar todo lo que ha pasado.

― ¿Y si me niego? ―desafió una vez más la rubia.

―En la Gestapo no son tan amigables, créeme ―Regina se acercó y colocó el cañón del arma contra su pecho―. No más que yo. Tienes una tercera opción.

― ¿Cuál es?

―Dispararme, correr a Tatoi y huir. Sencillo ¿no?

El corazón de Emma comenzó a latir aceleradamente y las manos volvieron a temblarle. Sus piernas flaquearon. Soltó el arma y se dejó caer al suelo.

― ¿Quién eres?

―Regina Miller. A igual que tú, no tengo nada que ver en esto.

Los pasos de otra persona rompieron el silencio. Y seguido el filo de una daga en su garganta evitó que siguiera hablando.

Emma alzó la vista y antes de poder decir algo, un hombre le gritó.

― ¡Corre Emma!

―Al parecer el cazador ha venido al rescate ―dijo Regina entre dientes.

― ¡Corre! ―volvió a gritar con autoridad. Era alto, de complexión atlética y facciones duras, por las cuales corría sudor. Llevaba el uniforme negro de los generales Ingleses y unas botas de cazador. Sus ojos azules la miraron airado y una vez más volvió a ordenar que corriera.

Emma hizo caso y corrió hacia la puerta. Desapareciendo con la lista.

― !Graham Humbert! No esperaba menos del cazador ―Regina seguía amenazada.

― ¿Últimas palabras, Regina? ―dijo él con aires de poder.

Ella suspiró.

―Huele a muerte general. Lo ha sentido, ¿verdad? La guerra es lo peor que le puede pasar a un país ―Miró a través de la ventana y tomó la mano de Graham con cariño―. O quizá, lo peor es ser un hombre sin corazón, ¿no cree usted?

Graham no daba crédito a lo que estaba pasando. Aquella mujer lo mantenía inmóvil. Con el cuerpo rígido como un cadáver. La respiración se hizo más lenta y sus ojos perdían brillo a medida que la morena introducía la mano en su pecho. Su rostro se puso pálido y por fin el aire se terminó para él.

Regina arrancó el corazón del cazador. Lo sintió palpitar entre su mano y contempló aquel brillo rojizo que emitía.

―En otras circunstancias hubiéramos sido aliados, general ―susurró y apretó el corazón entre su manos hasta que se volvió cenizas.

El cuerpo de Graham se desplomó, cayendo junto al inerte cuerpo de Archie. La daga estaba aún en el suelo. Regina la tomó, busco las credenciales de Graham y salió de la habitación. Debía encontrar a Emma antes que la Gestapo.

5

Había corrido lo más rápido que le permitieron sus piernas. Cruzó la calle Petraki hasta llegar a la avenida Vasilissis Sofias. Corrió, corrió… con la esperanza de encontrar la calle llena de personas, corrió por encontrar seguridad… a alguien que le ayudara.

La noche estaba silenciosa y horripilantemente oscura. Solo el sonido de las botas contra la acera cortaba el silencio reinante.

Se detuvo repentinamente y miró de izquierda a derecha. A todos lados con desesperación. Dentro de su pecho el corazón quería salirse y rodar por la calle solitaria. Horrorizada se dio cuenta de que había elegido la calle equivocada para buscar seguridad. Vasilissis Sofias estaba completamente vacía.

―No… no, no, no es posible ―se negaba a creer que estaba perdida. Corrió hasta que sus piernas no pudieron dar un paso más. Miró en todas direcciones, entonces supo que estaba completamente sola. Apenas si el farol iluminaba ciertas áreas y las casas estaban aún más silenciosas. Era como si todos hubieran abandonado Grecia.

Se recostó a la fría pared del Museo Bizantino y trató de tomar aire. Cerró los ojos y repasó los últimos acontecimientos para idear un plan. No podía dejar que la desesperación se apoderara de su ser. La lista, los alemanes, la Gestapo ¿Qué era la Gestapo?... ¿Regina? Quien era exactamente aquella mujer. Recordó las palabras de aquel hombre "no confíes en la bru..." Rebuscó entre sus bolsillo y encontró las credenciales de aquel hombre. Las volvió a meter y volvió a caminar a lo largo de la acera. Necesitaba llegar a Tatoi, era su última esperanza.

La lluvia comenzaba a caer haciendo pequeños charcos de agua en la avenida. No tenía tiempo para esperar que la lluvia pasara, por lo que avanzó sin detenerse hasta que el sonido de un motor en movimiento apareció de la nada. Se detuvo repentinamente y la luz del coche estuvo a punto de ponerla al descubierto, pero alguien la haló por la chaqueta y la puso contra la pared. Sintió el aroma inconfundible de aquella mujer. Era la primera vez que sentía su cuerpo. Cálido. Tan cálido como los días de verano en San Francisco. Sus ojos se encontraron con los de Regina y la proximidad a sus labios le produjo cierta sensación de placer. Estaba tan cerca de ella que su cuerpo comenzó a sentir calor. Intento protestar, pero las palabras se ahogaron en su garganta.

―Silencio ―ordenó Regina―. No te muevas o estaremos perdidas.

Emma permaneció inmóvil y apretó los dientes para tratar de controlar su agitada respiración. Observó aquellos labios, aquellos ojos marrones, aquel cabello negro como la noche… Concentrada en el aroma de aquella mujer. Entonces un recuerdo lleno su ser. Cerró los ojos y lo disfrutó. Se olvidó de los dos hombres que yacían en aquella habitación, de la lista y de los alemanes… se olvidó de la Gestapo, de la resistencia…de todo y se concentró en aquel recuerdo…

La lluvia caía con intensidad. Los autos iban y venían. Las personas corrían para protegerse de la lluvia, sin embargo ella continuó su camino, bajo la refrescante lluvia que caía sobre la ciudad de San Francisco. El semáforo marcaba la luz verde y ella tuvo que detenerse a esperar. Al otro lado de la calle estaba aquella mujer. Sus miradas se encontraron y sus pensamientos se cruzaron. Compartían algo que en ese momento desconocía, pero ¿Qué era? Pudo sentir su aroma al pasar. Era delicioso. Olía a mujer, a deseo, a tristeza, a desesperación… a algo que no podía explicar… Entonces de convirtió en alguien en su vida. En la protagonista de sus libros, de sus guiones… En la mujer que la visitaba en sueños cada noche… En una desconocida con poder sobre ella. ¿Por qué?

―Confía en mi ―susurró Regina a su oído.

Ella asintió y luego su mente se nubló. Perdió el conocimiento y quedó a la merced de Regina.

6

― ¡Como que Regina no está! ―gritó Gold dando un golpe al escritorio.

―No está señor ―dijo un soldado de bajo rango con cierto temor. El General Gold no era conocido por ser un tipo agradable―. Al parecer ha escapado esta noche.

Gold frunció el ceño y se levantó impaciente. Tomo la botella de coñac y se sirvió un trago.

― ¿Dónde está Neal?

― Aún no ha regresado ―contestó el soldado.

Antes de que pudiera agregar algo más, una mujer de aspecto sombrío apareció tras tras el soldado. Lo tomó por el hombro e introdujo la mano dentro de su pecho. Arrancó el corazón y lo hizo ceniza.

―Detesto a los incompetentes ―exclamó mientras se acercaba a Gold―. Has perdido a mi hija. Pensé que eras lo suficientemente capaz de retenerla.

― ¿Qué rayos haces aquí? ― reclamó Gold mientras serbia otro trago―. Hay que ver que eso de arrancar corazones es de familia ―sonrió y le ofreció la copa―.

― ¿No es obvio? Vengo a arreglar el desastre que han hecho tus incompetentes aliados ―dio un sorbo al coñac que le había extendido el general―. Has dejado que Graham muriera y lo peor de todo.

Gold la miró inquieto.

―Has dejado que Regina encuentre a aquella rubia.

Gold tiró su vaso contra la pared y caminó hacia el teléfono. Dio con el número de Neal y lo llamó.

― ¡¿En dónde rayos estas?! ―gritó

Al otro lado de la línea Neal balbuceó algunas palabras.

Gold cerró la línea y se volvió hacia la mujer que estaba en la habitación, pero ella ya no estaba. Observó el cuerpo del soldado y ordenó que lo sacaran.

Odiaba que aquella bruja hiciera esas cosas en su presencia. Se supone que Regina debía creer que su madre estaba en los campos de concentración y no en Grecia, ayudando a la Gestapo.

Miró el informe de Neal y todo comenzó a tener sentido. La americana había sido utilizada por la resistencia para cuidar de la lista. Regina lo había sospechado desde el principio y por eso había escapado. La pregunta era ¿Por qué Regina ayudaba a aquella americana? Debía encontrarlas a ambas para saberlo.

7

Regina la tomó entre sus brazos y esperó que aquel auto partiera. Los rizos empapados por la lluvia se habían deshecho y una gota de agua se deslizaba por los labios de aquella chica. Apartó la vista y vigiló la calle. Los minutos pasaron y por fin el auto avanzó hasta que el sonido del motor se apagó en la lejanía. La lluvia seguía cayendo y su ropa estaba completamente empapada. Arrastró a Emma hasta el auto que la aguardaba en el otro extremo de la calle. Con todas sus fuerzas la levantó hasta meterla dentro. Ya en el interior rebuscó en los bolsillos de la rubia y encontró las credenciales. También tenía la lista. Tomó ambas cosas y cerró la puerta. Avanzó unos pasos para retirarse y se detuvo. No se atrevía a dejarla allí. Maldijo su conciencia y regresó. Abrió la portezuela y buscó debajo de los asientos dos uniformes ingleses que había tomado de la mansión de Archie. Desvistió a Emma rápidamente y le colocó el uniforme. Ella también se desvistió. Si querían pasar por Tatoi debían parecer oficiales ingleses. El uniforme le quedaba justo a su medida. Tomó el arma que tenía Emma y la colocó en su cinturón.

Corrió al asiento del conductor y encendió el motor. Condujo lo más rápido que pudo a Tatoi. A los lejos divisó la alambrada del aeropuerto y a dos oficiales ingleses que custodiaban la entrada. Tomó las credenciales y dejo la lista en los bolsillos de Emma. Se acercó, abrió la ventanilla.

Ambos oficiales la estudiaron.

― ¿Puedo ver sus papeles?

Regina extendió las credenciales y miró a los oficiales mientras las examinaban a la luz de una lamparilla. Ambos oficiales hicieron los saludos militares y le entregaron los papeles.

― Comandante Humbert. Su avión le espera en el ala este

―Tengo un hombre herido en la parte trasera. Necesito que lo lleven lo más rápido posible ―ordenó Regina con tono militar.

― Entendido Señor ―los oficiales abrieron la puerta traseras y sacaron a Emma.

Regina contempló el aeropuerto de Tatoi. Su plan había funcionado y se sentía satisfecha. Si la suerte las acompañaba estarían muy pronto en Londres. Dio un vistazo a Emma y sus mejillas se ruborizaron al recordar su cuerpo semidesnudo. Apartó esos pensamientos de su mente y siguió a los oficiales. El avión estaba a punto de despegar. Ya dentro miró por la ventanilla mientras el gran "Halcón" como era que lo llamaban, alzaba el vuelo. Un estrepitoso sonido la desconcertó. Miró a su alrededor y observó el humo en la parte trasera del avión.

―Comandante, nos han dado ―gritó el piloto desde la cabina.

Regina volvió a mirar el aeropuerto. Un coro de sirenas silbaban a lo lejos acompañado de los disparos antiaéreos, el volar de los aviones y el aterrador sonido de los "stukas". Miró el cuerpo de Emma en uno de los asientos próximos.

―Hoy no morirás Emma. Hoy no

Se esforzó por levantarse, colocó el cinturón a Emma y se dirigió a la cabina de mando. Un disparo atravesó el cuerpo del piloto y otro el del copiloto. Miró con desesperación a ambos y no tuvo más opción que apartar el cuerpo del piloto y tomar el mando. El avión alemán que lo seguía se desplomó, pero aun había otro. Las alertas continuaban llegando y el humo ya alcanzaba la cabina. Las copas de los árboles se hacían más cercanas y el miedo se apoderó de su cuerpo. Cerró los ojos y murmuró algunas palabras.

―Hoy no Emma. No moriremos…

El avión se estrelló contra las copas de los árboles y un crujido de ramas y humo se combinaron en su mente. Volvió a mirar a Emma y tomó con todas sus fuerzas el control del avión.

―Hoy no… ―murmuró.

Continuara…