Disclaimer: Los personajes de Inuyasha no me pertenecen, si no a Rumiko Takahashi.
DE PELIGROS Y ATRACCIONES
2.
Tal vez contra uno, Kagome podría haber salido victoriosa.
Pero contra tres, no era más que una simple mujer que acababa de dispararle a un bandido, que tenía tres amigos bandidos, que ahora estaban apuntándole a la cabeza.
Ojalá dios quisiera que no le hubiese dado en algún lugar vital, o Kagome estaría tan muerta como él. Muda, procedió a dejar caer el arma al suelo sin mediar palabra.
—¿Así que te rindes, eh, bonita? —Kagome podría apostar que el hombre que le hablaba esbozaba una sonrisa lujuriosa.
Cerdo, pensó Kagome, más irritada que asustada con el comentario. Que tipo más baboso. El típico bandolero malote que gustaba llevarse mujeres a la fuerza para acertar su dudosa masculinidad. El jinete en medio de los tres se movió de la formación acercándose al compañero caído. Kagome quería voltearse a ver que sucedía, pero por alguna razón, les tenía más desconfianza a los que estaban frente a ella.
Sólo había una cosa peor que un bandido: Un bandido degenerado.
Y ella tenía un muy sugerente escote a la vista, ¿pero qué más podía hacer? No tenía ropas menos reveladoras, y su trabajo era uno de día completo, a donde fuera, su deber era atraer gente hacia el saloon.
Bueno, no bandidos exactamente.
—¿Está bien? —preguntó uno de los dos tipos en frente, el que no le había hablado a ella. Ambos tenían los rostros cubiertos por unos pañuelos, uno de ellos de color azul y el otro café. Los sombreros de ala ancha no le dejaban distinguir el color de los ojos, pero a Kagome le pareció que los del pervertido eran claros (tenía el pañuelo café)—. Tendrás problemas, mujer —dijo de pronto el hombre de pañuelo azul, mirando atrás de ella con atención. Kagome pensó en darse vuelta, pero no alcanzó.
—Eso sí. Seguro que los tendrá.
Bueno, parecía que el cuarto espada estaba vivo. Eso estaba bien...
¿No?
El sonido de aves nocturnas que rodeaban el pequeño paraje cubierto de árboles era lo único que podía oír. Francamente, era lo único que quería oír. Soltando un gruñido mientras se sujetaba el brazo herido con fuerza, Inuyasha repasó los eventos del día.
Eso le trajo una mueca sombría al rostro, y por al menos décima vez en un par de horas, deseó atravesar la cabeza de aquella estúpida mujer con una bala. Frunciendo el ceño, le dirigió una mirada, viéndola colgar sin energías a lomos de uno de los caballos que habían robado. Era una yegua mansa que había amarrado junto a uno de los árboles, mientras la mujer colgaba con manos y pies atadas y un pañuelo sobre los ojos. Su cabello negro estaba cada vez más revuelto, apenas se podía notar que en un principio había sido una trenza.
Tan menuda que parecía… Y aun así, se había atrevido a dispararle.
¡A él! ¡Una menuda, pequeña y delicada mujer!
Inuyasha había conocido a pocas mujeres que se atrevieran a apretar el gatillo en aquella época, y una de ellas era Sango, una de las mujeres más tozudas que había tenido la mala o buena fortuna de conocer. Pero Sango era más para él como... como un amigo. Pero esta… bruja... ¡Lo único que había logrado había sido traerle problemas! ¿Cómo iba a moverse con libertad si tenía el estúpido brazo herido? ¡Estaba siguiéndolo la mitad de la población de caza recompensas y ahora tenía el brazo herido!
Por la onceaba vez en el mismo par de horas, le quiso dar un tiro.
—¿Cómo estás?
Inuyasha se sobresaltó y alzó la vista. Sango se había acercado a él sin que lo notase, lo cual hablaba de su falta de atención, un error fatal para alguien como él. Había estado demasiado pendiente de su prisionera.
Por doceava vez, ¡deseó darle un tiro a esa bruja!
¡Estaba saliéndole todo como el demonio desde que la vio!
—No es nada —respondió cortante, pero Sango no le creyó nada y siguió la dirección de su vista que se posaba ardientemente sobre Kagome, mientras tomaba asiento junto a Inuyasha, con las piernas estiradas y envueltas en unos pantalones café sucios. Tenía una camisa blanca (o había sido de ese color cuando estaba limpia) y encima una chaqueta negra igual de polvorienta que el pantalón. Un pañuelo rosa le cubría el cuello y se trataba de lo único remotamente femenino que cargaba.
—¿Qué harás con ella? —preguntó, depositando una espada a su lado junto al sombrero. Su cabello estaba tomado en una coleta.
Inuyasha simplemente bufó en respuesta.
—No lo sé, tal vez plantarle un maldito balazo en la cabeza, ganas no me faltan —respondió cabreado.
A su lado, Sango se echó a reír, por fortuna no lo suficientemente fuerte como para despertar a sus compañeros que dormían, pero sí para atraer la atención de la bruja pistolera, que apenas hizo un movimiento torpe de cabeza en su dirección. Inuyasha sospechaba que se encontraba algo mareada por la posición en la que estaba, su cabeza quedaba colgando y estas alturas estaba roja por la cantidad de sangre que bajaba.
—¿No esperabas que te disparara, verdad? —preguntó Sango, sabiendo la respuesta de antemano, pero queriendo sacarle de quicio.
¡Pues claro que no! ¡Hasta le había dado un maldito tiempo para que corriera! Cualquier persona normal habría estado demasiado aterrada para hablar, correr, ¡o para disparar una maldita arma!
Obviamente esa mujer no estaba completamente lúcida.
¡Ellos eran los cuatro espadas! Si los ves, tú corres. ¡Y punto!
—¡Mírala! —exclamó Inuyasha, cada vez más irritado—, es tan… ¡menuda! ¡Y una mujer! ¿Cómo sabe siquiera apretar el gatillo?
Sango se removió a su lado y se acercó un poco más, con la comida entre las manos: Un mísero pedazo de pan.
—También yo soy mujer —dijo Sango, sentándose ahora de forma india, muy masculinamente para probar su punto. Inuyasha arqueó una ceja y Sango le devolvió el gesto ofendida—. Inuyasha, soy mujer. Y creo que sabes de sobras de lo que soy capaz —espetó Sango arqueando una ceja. Sí, capaz de enviar a un hombre al otro mundo por insinuársele.
Tras la interacción ambos volvieron a observar la fogata.
—¿No vas a devolverla a su lugar? No haríamos nada con ella aquí, seguro alguien la está buscando.
—¿Estás segura? —inquirió Inuyasha, observando el ropaje singular de la joven, aunque este no mostrara mucho en aquella posición—. No parece ser una señorita. Estaba sola en medio del camino cuando la vi.
Sango la miró también y luego de unos minutos, asintió.
—Cuando la vi de frente, su ropa parecía como la de una cortesana.
Inuyasha observó a Sango, sorprendido. ¿Esa chiquilla era una de esas palomitas heridas? Parecía demasiado inocente... y temperamental como para serlo.
—No lo creo —refutó Inuyasha—, no parece de esas mujeres. ¿Qué haría para atraer clientes? ¿Darles un tiro?
Sango negó con la cabeza y soltó un suspiro.
—Para empezar, Inuyasha, no sabes nada de mujeres —dijo de pronto otra voz masculina.
Inuyasha y Sango volvieron la vista hacia uno de los hombres que se levantaba, quién tiró el sombrero a un lado revelando una larga trenza negra y volvió el rostro somnoliento hacia ellos, con los ojos azules brillantes.
—Si lo hicieras, no tendrías a una mujer hermosa colgada como un saco de patatas en un caballo.
—¿Hermosa? Tienes que estar bromeando, Bankotsu —espetó Inuyasha, incrédulo.
Sango lo miró como si de pronto tuviera dos cabezas.
—¿No hablas en serio, verdad?
—¿Pues qué tiene de hermoso esa mujer? —De hermoso nada. En lo único que podía pensar era en el dolor en su brazo. A ver qué tan hermosa les parecía esa bruja cuando una bala les hubiera cruzado el brazo por su culpa.
—Tú,... Tú tienes problemas, Inuyasha —continuó Bankotsu, como si no lo hubiera oído.
—Secundo la moción.
Inuyasha miró a Sango, incrédulo, pero ésta no le prestó atención, demasiado ocupada echándose un trozo de pan a la boca.
—¿Bueno, qué es esto? —preguntó Inuyasha, luego de unos minutos, anonadado de que todos estuvieran atacándolo.
—Esa mujer es hermosa, en definitivo —sentenció Bankotsu, echándole un vistazo a Kagome—, y si no planeas hacer nada con ella, me daría mucho gusto encargarme de su cuidado. De forma mucho más profunda, claro, si entiendes lo que quiero decir.
Inuyasha sí que entendió. Pero no le gustó ni un poco.
—Pues no, Bankotsu. Mañana vamos a ir a devolverla a su lugar. Una mujer como ella no tiene nada que hacer con nosotros.
Bankotsu se encogió de hombros, despreocupado y luego señaló con un pulgar hacia el cuarto integrante que aún dormía, dándoles la espalda.
—Suerte convenciendo a Kouga, entonces. No podía parar de observarla mientras veníamos hacia aquí —Bankotsu miró a los ojos a Inuyasha, fijamente—. ¿Recuerdas lo de Kagura, no? Este tipo no puede sacarse las cosas de la cabeza cuando se le cruzan.
Inuyasha asintió con el rostro ensombrecido. Kagura había sido una espina muy dolorosa en el grupo años atrás. Kouga se había obsesionado de forma insana con la mujer, una prostituta sinvergüenza que iba por la vida buscando a un idiota que le diera las facilidades que necesitaba, y Kouga había sido ese idiota. Se había burlado de él, y a pesar de las muchas advertencias, no había hecho caso.
Hasta que la mujer asesinó a los compañeros de Kouga, dos hombres que lo seguían desde pequeño. Incluso ahora, Inuyasha no entendía la motivación de los asesinatos, tal vez maldad pura. Esa mujer tenía los ojos fríos y rojos como un demonio.
—Pues tendrá que acatar las órdenes.
Bankotsu volvió a encogerse de hombros y se acostó nuevamente. Al poco rato, Sango lo siguió mientras se recostaba cerca de la fogata, cubriéndose con un poncho. Inuyasha echó un vistazo alrededor, y cuando ya parecían todos estar dormidos, dirigió la vista hacia la joven mujer, que justo entonces se movía, al parecer muy incómoda.
Blanqueando los ojos, Inuyasha se acercó. Ella se tensó cuando lo sintió cerca, y seguro que la acción le hacía doler aún más los músculos.
Pues bien, se lo tenía bien merecido por dispararle a quemarropa.
Suspirando, Inuyasha se acercó aún más y puso sus manos sobre la cintura de la mujer.
—¿Qué está...?
Y la alzó fácilmente en el aire. Kagome lanzó un chillido de sorpresa e Inuyasha se detuvo, dejándola suspendida. En ese momento recordó que tenía una maldita herida en el brazo y el repentino dolor le hizo apretar los dientes. Ni modo, iba a tener que aguantárselo. No iba a demostrarle a esa bruja que le había jodido el brazo con su balacera.
—Cierra la boca, mujer —ordenó seriamente, tenso, sintiendo humedecer la zona alrededor de la herida—, si uno de ellos despierta, voy a dejarte colgando el resto de la noche.
Ella guardó silencio, pero Inuyasha podría jurar que había oído sus dientes rechinar, seguro conteniendo una respuesta. ¿Ah, una mujer con lengua afilada además? Inuyasha sonrió con burla, debía estarle doliendo no poder abrir la boca y gritarle en aquellos momentos. Estaba bien, porque Inuyasha estaba doliendo también.
Con cuidado, la llevó colgando de la cintura hacia la fogata con su brazo derecho y la sentó. Kagome se quedó ahí, descolocada. Al menos hasta que sintió llegar el calor, y olvidando la dignidad, se arrastró con el trasero acercándose más.
—No te muevas más, o vas a caer dentro de la fogata.
Ella se quedó quieta entonces, e Inuyasha, tras mirarla un par de segundos, le acercó un trozo de pan a las manos, que ella tomó apenas, seguro que estaba sorprendida. Estuvo tentado a quitarle la venda para observar su expresión, pero sabía que eso sería una tontería, tendría que matarla.
Y por alguna razón, no era una idea que la apeteciera.
Kagome tanteó lo que tenía en las manos, estaba sólido y frío. ¿Qué sería? ¿Y por qué se lo habría dado?
—Es pan, mujer. Cómelo o muere de hambre.
Bien, señor tacto. Suspirando, Kagome se echó el trozo de pan a la boca y mordió. Mientras masticaba, pensaba en las muchas posibilidades de que aquél pan terminara con su vida, pero qué diablos, estaba hambrienta.
—¿Qué...? —Inició Kagome, unos minutos luego que terminó de masticar, sin estar segura de lo que quería preguntar—. ¿Qué va a pasar conmigo?
Kagome tenía muchas posibilidades escabrosas en mente. Podrían matarla, violarla, venderla... Y bueno, eso. No tenía una gran imaginación. De todas formas, eran alternativas muy dolorosas y poco alentadoras, y el silencio incómodo que le siguió a su pregunta no estaba haciendo las cosas sencillas.
—¿Hola? ¿Hay alguien ahí?—preguntó nuevamente cuando pasaron varios minutos sin respuesta. ¿Tal vez estaba hablando sola? ¡Quizás el tipo se había ido! ¿Y si estaba sola en medio de quién sabe dónde, con los pies y manos atados? ¡Y una venda en los ojos!—. ¡Podrías haberme soltado antes de irte, cretino! —soltó en un impulso.
—¡Y tú deberías cerrar la boca! —Oh, pensó Kagome, eso sonó... demasiado cerca—. ¿Acaso no entiendes en la situación que te encuentras? ¿¡Qué clase de mujer eres!?
De la clase que querría patearte en lo que te hace hombre. Inteligentemente, decidió retenerlo tras los labios. El hombre estaba demasiado cerca, y Kagome lo sentía respirar casi en su cuello.
Eso la ponía nerviosa.
Ni siquiera en su... trabajo, Kagome permitía que alguien se le acercara de ese modo. Mucho menos un forajido en una situación tan desventajosa. En respuesta, se tensó. Y de pronto, el calor de la fogata no existía, sólo un frío paralizante. La oscuridad en la que estaba sumida por la venda se transformó en una habitación, en la que un rayo de luna llena entraba por el ventanal. Habían manos frías... Una respiración agitada... Y el aliento en su cuello...
—¡(...) y si no empiezas a comportarte como la prisionera que eres, voy a colgarte de ese maldito caballo hasta que te partas por la mitad!
Kagome se sobresaltó, reconociendo apenas las últimas frases de su captor. Volvió a ver sólo oscuridad...
—¿Puedes... puedes quitarme la venda?
—No lo creo, mujer. No soy un estúpido.
Kagome asintió, sin aquella actitud desafiante que había tenido incluso colgada del caballo.
E Inuyasha lo notó.
Pensativo, se sentó nuevamente y la observó. Había algo en aquella mujer que él jamás había visto. Y había reaccionado extraño ante su cercanía, ¿habría sido temor simplemente?
No parecía esa clase de mujer...
Sacudiendo la cabeza, decidió que estaba preocupándose demasiado. Aquella mujer y sus traumas, eran de ella misma.
Y no importaba que oliera bien.
En absoluto.
Recuerda que te disparó, Inuyasha, te disparó... ¡Y a quemarropa, maldición! ¡Seguro lo hará de nuevo si tiene oportunidad!, pensó desesperado, tratando de convocar todo el enojo que pudiera para liberarse de esa clase de pensamientos... románticos o como fuera.
Suspirando, Inuyasha se reclinó contra el tronco del árbol, observando a Kagome, que ahora parecía dormir (aunque tensa como una tabla) y negó con la cabeza, echándole un vistazo a su brazo izquierdo, cuya camisa estaba manchada de sangre alrededor del bíceps.
Al parecer... Le atraían las mujeres potencialmente peligrosas que podían atravesarte el brazo con una bala.
Mierda.
¡Esto no podía estar pasándole a él!
Continuará.
Me tardé bastante, lo sé. Planeaba actualizar una vez por semana, pero estoy en mis exámenes finales y tiempo no me queda. Probablemente me atrase en la actualización que viene también, así que tengan paciencia conmigo. ¡Lo importante es que vendrá!
Bueno, no sé si alguien notó la información que puse de Kagome aquí, supongo que habrá que esperar al respecto. E Inuyasha siente algunas dudas respecto a Kagome... ¿No sé si lo introduje demasiado rápido? Bueno, igual creó que quedó bien. El capítulo en sí, la última parte ni me gustó tanto, pero no la pude ver de otra forma.
Particularmente, me cuesta trabajo Inuyasha, simplemente porque no sé como expresarme como un hombre. No lo quise mostrar poético ni nada por el estilo, si no denso, tozudo y agresivo, al menos era mi propósito XD.
Gracias especiales a kristy92 y Jadet Surian, por dejar un comentario y ¡ser los primeros! También a todos los que leen.
¡Nos vemos!
