Mordidas
III
Rinalí parpadeó varias veces. Nunca se le había ocurrido que los gólems eran algo más que unos adorables soplones mecánicos que su hermano utilizaba para satisfacer los hábitos vouyeristas de sus superiores.
-Oh, Tim…¿Te rompió el corazón?-Susurró, visiblemente arrepentida de tal desconsideración ante sus pequeños camaradas, juntando su mejilla con la del afligido.-Ya…Ya…Te ayudaré a sobrepasarlo. No estás solo en esto.-Concluyó sonriéndole y plantó un suave beso, demasiado cerca de la boca del mordedor.
Fue Rabi quién se hizo a sí mismo esta observación, al levantarse un momento para desperezarse. Luego aflojó sus brazos y volvió a sentarse en el suelo. Sacudió la cabeza y se rascó la nuca, intentando razonar.
Allen estaba demasiado ocupado recordando aquella vez en la que Cross Marian lo abandonó en un restaurante afgano, debiéndole al dueño del mismo la virginidad de sus quince hijas, el honor de cuatro de sus cinco esposas, la admiración de veinte vecinas del local, una habitación encima de la cocina, por seis días, mucho curry, y más que suficiente como para que Allen tuviera que emplearse allí en condiciones casi esclavistas, con tal de saldar tamaña deuda. Escapó cuando su patrón decidió que el negocio dejaba mucho que desear y que el tráfico de órganos era más rentable. No obstante, Allen perdió uno de sus tres riñones, antes de percatarse de que le era conveniente huir cobardemente.
Aún así, Rabi decidió interrumpir su revisión de traumas infantiles, para comentar:
-¿Sabes? Si Rinalí tuviera algo conmigo…Yo estaría celoso, justo ahora.
-¿Celoso¿De qué?-Preguntó Allen, intentando salir de su trance y limpiándose la espuma blanca que sus temblores solían pintar en su boca. Rabi señaló la ventana del compartimiento y Allen se paró con cautela para poder ver adentro.
La joven Lee arrullaba al gólem, ya no lloroso, sino sonrojado por sus cuidados. Allen ya había visto otras escenas parecidas, que poca atención a su parecer, merecían y por lo tanto, obtenían.
-Timcampy.-Confirmó Rabi, lacónicamente, asintiendo con el pulgar y el índice rodeándole el mentón. –Se han vuelto muy cercanos¿No lo crees?
Allen abró los ojos como platos.
-¿Mi Timcampy?
-Tu Timcampy.-Rabi suspiró y giró los ojos, como indignado.-Ya no se puede confiar ni en amigos.
La neuronas de Allen hacían lo imposible por mandarse electricidad para procesar esa información, tan rápido como les era posible, pero después de todo un minuto de silencio atontado, las pequeñitas colapsaron.
-¿Con Rinalí…? Pero, pero, pero…-Dos más dos, no es veintidós. Ese sería un buen ejemplo, si queremos darnos una idea de la estupefacción del exorcista de raza aria. El labio de Allen temblaba.
-Lo sé. Y después de todo lo que han pasado juntos. No pensé que fuera tan fría.-Suspiró Rabi., dándole una palmada en el hombro.
-Ella tendría vocación para ser una Mujer-Libro.-El Hombre-Libro, apareció tras el par de jovencitos, quién sabe de dónde. -Sin lugar a dudas, mejor de lo que podría hacerlo este pequeño pillo, mirón.-Comentó, empezando a golpear a su aprendiz con una vara de bambú.
Allen estaba demasiado ocupado pensando en una posible traición como para notar la crueldad exacerbada del maestro de su mejor amigo-humano.
-Pero…Es un gólem.-La solución final. Dos más dos es igual a cuatro. Timcampy es un gólem. Rinalí es humana. Los humanos no se casan con gólems.
-De hecho, ha pasado antes, ahora que lo mencionas, por eso está prohibido en el reglamento de convivencia-Terció dificultosamente Rabi, desde abajo del pie del anciano vestido de panda.
-¡Son secretos del Hombre-Libro¡No se dicen!-Replicó su Maestro, golpeándolo nuevamente en la boca.
