Hola de nuevo!
Disculpen por no actualizar, pero fui internada en el hospital por cuatro días y lo único que me dejaron tocar fue mi celular, así que no pude hacer más que leer un poco de algunos fics. Además me faltaba la parte de Molly, en la cual me tardé más de lo esperado, fue como un bloqueo o algo así por la horrenda comida del hospital (gelatina y jugo sin azúcar). En fin, los dejo... TADÁN!
Albus Severus Potter, Soledad
Se escuchaba el silencio.
En la mansión de los Potter del Valle de Godric siempre se escuchaba el silencio. Como en una película de terror muggle, los muebles estaban tapados con sábanas blancas, todo tan limpio y pulcro que daba un aspecto tétrico, los jardines estaban llenos de lilas, como Ginerva Potter amaba, y no habitaba más que la tristeza en esa casa.
Ese día Albus caminaba meditabundo por su casa desde nacimiento. Nada había cambiado, él se había asegurado de eso. Los muebles seguían en el mismo lugar, la Saeta de Fuego empotrada en la chimenea del estudio de su padre, la preciosa cocina de su madre, su escritorio en la terraza para escribir, las escobas en el cobertizo, con una caja al lado derecho con pelotas para Quidditch. Todo estaba tal y como sus padres lo habían dejado, antes de morir. El chico lo había cuidado, se había asegurado que nada se malograra ni se cambiara.
Pero todo había sido tapado por un sinfín de sábanas blancas. En especial las memorias. Y por memorias me refiero a todo lo que a Albus Severus Potter le recordaba en lo más mínimo a su juventud. Desde fotografías, hasta escobas de juguete, incluyendo camisas manchadas de salsa por una buena broma y huecos en el sofá por una travesura, suvenires de viajes y peluches. Todo, guardado para que nadie lo tocase, para que nadie lo mirase, para que nadie recordase.
-¡A que no me atrapas, Mel! –grito un niño que corría por ahí, seguido de cerca de una niña poco menor que él, que reía a carcajadas. Justo entonces el niño tropezó y aplastó el arbusto de lilas. Soltó un grito antes de caer y empezar a sangrar de la pierna. El corte parecía ser realmente muy feo.
Para su mala suerte, Albus lo había visto todo, y se enfureció. No solo porque había arruinado el arbusto y él tendría que repararlo con algunas pociones, sino que al segundo hijo de Harry y Ginny Potter le había pasado lo mismo, hace demasiados años atrás. El recordar solo lo puso más triste y furioso, así que salió de su casa mirando a los niños con odio.
-¡¿Qué hacen aquí?! ¡Mira lo que has hecho, niño de porquería! ¡Fuera! ¡Lárgate antes de que pierda la paciencia.
Ambos niños miraron aterrorizados como el hombre de ojos verdes apagados y cabello revuelto agitaba un largo palo. El niño se levantó con dificultad, para luego salir corriendo junto a la pequeña.
El de cabello azabache inspeccionó los daños. No sería nada que una poción de vitalidad no solucionara. Así que volvió dentro para prepararla. Entró a la casa, donde una elfina limpiaba las gigantescas escaleras con esmero.
-Buenas tardes, señorito Potter.
La elfina había trabajado con su familia desde que la difunta tía Hermione había empezado una reubicación para los elfos en mala calidad de vida o maltratados. Estaba algo subida de peso, y seguía ahí, fiel y dulce como ninguna, ayudando a Albus lo más que podía. Ella cocinaba, aseaba la casa, lavaba la ropa, le traía el periódico y cuidaba del jardín. Pero lo más importante, sabía respetar el silencio de Albus, y aún más su memoria. Era por eso que la relación entre ella y su amo seguía viento en popa.
-Voy a preparar una poción de vitalidad, unos niños arruinaron el jardín. –dijo, con voz seca. –Por favor, tráeme algo de café.
El chico, justo antes de volver a su habitación, fue interceptado por una lechuza que entró de sopetón a la puerta del jardín, que había dejado abierta. Era Pig, la antigua lechuza del tío Ron, y Albus simplemente no pudo adivinar qué hacía ahí, para él. El chico sacó la carta sin mucho interés, y estuvo realmente tentado a quemarla, pero se contuvo.
Se le hizo extraño, hace ya bastante tiempo que no recibía una carta. La última vez debió haber sido cuando James le escribió, intentando convencerlo de que fuera a la boda de su hermana, a lo cual respondió quemando la carta. La desdobló con parsimonia y leyó el contenido. Nada que realmente no esperase, sabía que los abuelos tomarían esa determinación pronto.
Él sabía que tenía que ir. Para seguir manteniendo esa gigantesca mansión se necesitaba más que una elfina eficiente, y aunque la herencia de sus padres era extensa, la manutención de la mansión era cara y ese cheque le garantizaba que la mansión estaría bien por el resto de su vida, y más.
Subió las gradas, listo para hacer su maleta e ir. Esa sería la primera vez, en veinticuatro meses que conviviría con alguien más que Tamy y él mismo. Y Merlín sabía, eso sería una masacre. Pero Albus estaba dispuesto a soportarlo.
Roxanne Weasley, Diferente Nunca es la Mejor Salida
Roxanne Weasley odiaba sus tacones, a su jefe y a su familia, pero sobrevivía.
El señor Tante, su jefe desde hace años, se había pasado toda la reunión haciéndola sentir incómoda mirándola de arriba para abajo. La morena ya se había resignado a ello, si lo despreciaba perdería el empleo, y aunque no era típico de una Weasley voltear la cabeza cuando un hombre la miraba así, había aprendido que el orgullo no te da ni un centavo, y mucho menos a sobrevivir ni un poco en un mundo tan hostil y manipulado al cien por ciento por el dinero.
Llegó a su pequeño apartamento y se quitó los tacones. La decoración del apartamento era, principalmente, fotos. Y en absolutamente todas estaba la morena y una chica de pelo corto rubio, otra chica castaña con mechitas verdes, en una con una mujer robusta y de lentes, entre muchas. En algunas se besaban en las montañas de Perú, en otras se abrazaban en las pirámides de Egipto, y en una estaban en ese apartamento, la rubia cargando a Roxanne, que parecía realmente feliz.
Porque a Roxanne Angelina Weasley le gustaban las mujeres, ¿y qué? A ella también le había costado bastante aceptarlo, pero cuando lo hizo, por fin se sintió ella misma. Los problemas comenzaron después, cuando se enamoró por primera vez. Una chica mayor, divertida y misteriosa. Roxie cayó a sus pies en días.
Su nombre y su maléfica sonrisa aún la alcanzaban en sus pesadillas. Sus engaños aún la hacían tomarse Licor de Dragón hasta caer inconsciente. Y todo lo que le había originado después, causaba estragos en su vida cada día. Porque sí, su primer y único amor había sido una de los asesinos de sus padres.
Cuando recordaba los buenos momentos, no creía que fuese la misma persona. Podía llegar a culpar desde a la bipolaridad o hasta un caso extraño de gemelas perdidas, no importaba, pero ella aún no terminaba de entender como la persona más divertida, fuerte, dulce y encantadora de su vida era una cruel y despiadada asesina. Una personalidad así no se fingía, ¿o sí? Tal vez de ahí venía el dicho Nada demasiado bueno es más que una ilusión.
Miró la cesta de papeles en el basurero y soltó unas buenas carcajadas. Después de su primera rotura decidió ser toda una mujeriega, en el más absoluto sentido de la palabra. Salía con una chica diferente cada noche, incluso a veces más de una, y no se cansaba. Supuso que su familia la odiaría y repudiaría aún más por ello, si es que lo llegaran a saber. Por supuesto, el ser una Weasley homosexual le había asegurado ser despreciada considerablemente, pero el que se enamorara de la asesina de sus padres solo exacerbo las cosas, tal vez demasiado.
Para su sorpresa encontró su cocina completamente destrozada. La pobre estancia estaba hecha un lío, con sartenes por el piso, el basurero revuelto, migas y bolsas por todo el piso y una lechuza enterrada en su canasta de pan. Reconoció al ave, era Pig. Esa lechuza le caía bien a cualquiera, eso era seguro, porque Roxanne ni se molestó con la emocionada lechuza que le movió una pata divertida.
-Hola, linda, hace años que no te veía.
La lechuza soltó un gorgojo feliz y luego de frotar su cabeza contra su mano salió volando por la ventana. Roxanne abrió la carta. Hace años que no veía a nadie con la que compartiese sangre, mucho menos recibiendo una carta de ellos.
Leyó el pergamino, la textura del papel viejo era suave al tacto. Aunque con el paso de los años en Malfoy Corp. Le había agarrado algo de resentimiento por tantas cortadas y raspadas, además de las desveladas. Suspiró, si Lily supiera que ella trabajaba en la empresa de su esposo… probablemente la mandaría de patitas en la calle. Como no, si la pelirroja era señorita Perfecta. Casada con el hombre perfecto, en la casa perfecta, con la vida perfecta, con la silueta perfecta, con el rostro de muñequita perfecta… ¡Maldita!
¡No iba a verla, ni mucho menos a su estúpido y homofóbico hermano! ¡Jamás! Antes muerta que volver a ser despreciada con la mirada por su familia. Se volteó molesta y arrojó el papel. Tenía un trabajo que la ayudaba, pero sabía que sin el cheque no podría pagarse más que el departamento. Tendría que ir con la cabeza muy en alto, evitar la mirada de su hermano y Lily (su ex mejor amiga) y sonreír con suficiencia. Tal vez invitara a alguna de sus indecorosas "amigas", solo para escandalizarlos un poco.
Ahora… ¿lo lograría? Probablemente no fueran muchos, solo los que necesitaban ese cheque para sobrevivir. Lily, por supuesto, no iría. James, a juzgar por los tabloides, no tenía la más mínima falta. Louis, al que lo había visto en una revista hace poco, dudaría que quisiese enfrentarse a la familia. Y Fred… no, él no iría, y si así lo hiciese, ella se escabulliría antes de encontrárselo cara a cara.
-¡Roxanne, abre la puerta, me debes el alquiler del último mes! –gritó el casero, aporreando su puerta.
¡Mierda! No le cabía ninguna duda, iría a la reunión en la Madriguera, quisiese o no. Ahora ya no le quedaban más que una opción, como siempre la mala suerte siempre le jugaba sucio.
James Sirius Potter, Vive por Vivir
La luz penetrante del día entró por su ventana. Él debió haberse olvidado de cerrarla después de la alocada fiesta de anoche. Entonces, como usualmente todas las mañanas, se percató de que una mujer dormía a su lado. No la recordaba, solo sabía que habían tenido una muy buena noche juntos. La chica se removió y abrió los ojos.
-Buenos días, guapo. –se paró de golpe, como si la resaca no fuese tan fuerte para ella como lo estaba siendo para él. –Debo irme o llegaré tarde al trabajo, ¿me llamas luego?
-Por supuesto, hermosa. –El chico recibió el número de teléfono y lo besó con un guiño. La chica salió del apartamento apenas terminó de vestirse. James abrió su tacho de basura y arrojó el número ahí, junto a otras docenas de ellos.
Se sentó en la cama, dispuesto a cerrar la cortina, pero antes de que pudiese decir Quidditch, una lechuza entró volando a través de ella. Probablemente sería del trabajo, así que sacó la carta y mandó a la lechuza por la ventana. Lo raro fue que la carta no contenía el sello de FLY, su compañía de Artículos de Quidditch que había formado con la herencia de su padre. Tal vez fuera de alguno de sus amigos, pero el papel era muy simple y dudaba que sus millonarios amigos usaran un pergamino tan sencillo. Ah, claro, tal vez alguna de las chicas con las que había estado y no había respondido ni llamadas ni cartas, seguramente sería eso.
Estaba a punto de tirarla a la basura cuando se percató, por lo delgado del papel, dos palabras de la primera línea: mis nietos. James soltó una carcajada, seguramente la chica que había mandado esa carta estaría realmente loca para especular sobre nietos con él, así que decidió leerla. No le haría mal reírse un rato.
Pero cuando reconoció la letra y leyó la carta al menos unas siete veces, soltó su primera lágrima en años. Cada palabra fue como un baldazo de agua fría. Se sintió, de nuevo, perseguido, cazado, por su turbio pasado. Ese horrible pasado que intentada olvidar con cada trago, con cada mujer hermosa.
Él había hecho las cosas medianamente bien, estaba seguro. Había intentado mantener contacto con sus hermano, que no tenían la culpa de lo que había pasado entre él y… ella. Albus no quiso, pero James no insistió. Lily, en cambio, la frágil y dulce nena no dejó escapar a su hermano mayor. Y aunque nunca aceptaría a Malfoy como cuñado, sabía que él se haría cargo de Lils.
Él no necesitaba el maldito cheque, tenía suficiente dinero como para bañarse en él cada día por diez años. Pero, a pesar de que admitirlo le costaba demasiado, amaba a sus abuelos, y… a su familia. No a todos, por supuesto. Habría cosas que ni el corazón más grande del mundo lograría perdonar. Pero era difícil olvidar los buenos momentos en los jardines de la Madriguera, o posando para una foto con los jerséis Weasley.
Porque familia, como decía su padre, era familia, la cosa más valiosa que podrías tener. Él sabía que su padre no había conocido el verdadero significado de esa palabra hasta después de entrar a Hogwarts, y que había tenido una infancia bastante difícil. Pero a estas alturas, no sabía cuál vida era la más difícil, si la de su padre o la suya. Pero ya no importaba, él estaba muerto, y James… muerto en vida. Así que, ¿de qué servía comparar?
Él, que siempre había intentado llenar los zapatos de su padre, no había llegado ni a la mitad. Aunque no es que le hubiese puesto mucho empeño después de lo que sucedió con… ella. Estaba seguro que aquello seguiría persiguiéndolo por el resto de su vida. Si no hubiese cometido tremenda estupidez, tal vez su vida no estuviera tan miserablemente condenada como lo era ahora.
Entonces, una vez más, recordaría las enseñanzas de su padre e iría para ver a sus abuelos, reconciliarse con su hermano, y salir con la cabeza en alto. Como el hijo de Harry Potter que era. A menos que, por supuesto, ella asistiera a la reunión. Aunque no fuera digno de un Gryffindor, a penas ella pusiera un pie dentro del lugar, él se iría. No había escuchado de ella en ya suficiente tiempo para desconocer todo sobre ella. Tal vez le fuera de maravilla y no necesitara el cheque, o tal vez estuviera sin un centavo y con esa niña por algún lado.
Entonces, ¿iría? Sí, lo haría. Se enfrentaría a sus demonios, o al menos, a una gran parte de ellos. Porque ese que martillaba su cabeza cada noche y esa maldita cara que lo torturaba siempre, cada vez que una chica hermosa se acostaba en su cama, era demasiado para él. Y James Sirius Potter no era masoquista.
El chico se vistió con un traje elegante azul marino, sin corbata, y luego salió de su apartamento. Tomó un rápido desayuno en la cafetería al frente de su pent-house, un café demasiado cargado junto a un bollo y partió en su deportivo negro.
Porque él vivía por vivir, disfrutaba por disfrutar, y amaba… oh, cierto, James no amaba.
Molly Weasley, Nada que Perder
¡Solo firma los malditos papeles, Molly! –se dijo a sí misma, intentando calmarse.
Ella, la orgullosa, exitosa, altanera, aplicada, profesional, hija mayor de Percy y Audrey Weasley… Estaba jodida.
Desde que había nacido ella había sido perfecta para cualquiera. Desde siempre había sido obediente, aplicada, constante, responsable, tal vez algo pomposa, pero ideal para sus padres. Luego de su muerte intentó mantener esa imagen, pero la frialdad se apoderó de ella un poco más allá de lo que había pensado.
Esos papeles, que había hecho ella misma, la habían perseguido desde que encontró a su esposo con una castaña, que curiosamente le recordaba a su hermana, en su propio dormitorio. La escena se había quedado impregnada en su mente con tanta claridad que por primera vez Molly odiaba su brillante memoria.
El último caso que había tratado le había salido desastroso y solo quería recostarse en su cama y dormir una buena siesta. Cuando abrió la puerta de su casa vio la camisa de Lorcan, su esposo, tirada en el sofá. Frunció el ceño, una de las cosas que le había gustado de él desde el principio fue que era casi tan meticuloso como ella.
La recogió y subió las escaleras, encontró ropa tirada de Lorcan… y de una mujer. Cuando escuchó sonidos de su habitación no lo quedó duda y entró azotando la puerta. Tal y como esperaba, su marido estaba abrazado con una castaña.
Luego de eso, su memoria se volvía un poco borrosa. Recordaba como la chica había intentado escapar, como ella le había arrojado el jarrón favorito de Lorcan a la cabeza. Por suerte la resbalosa tenía reflejos rápidos, porque si no probablemente Molly estaría entre rejas. Todo terminó en Lorcan yéndose de la casa sin decir una palabra, ella deprimiéndose y siendo botada del trabajo, y ambos, en una mesa del notario, a punto de firmar los malditos papeles del divorcio.
-Molly…
Volvió su atención al lugar. Lorcan estaba sentado con la cabeza mirando hacia la ventana, con su abogada al lado. Mientras ella trataba de no llorar, manteniendo el orgullo que tanto la caracterizaba. El notario le acercó un lapicero negro, que estuvo tentada de mandar al diablo. Ella bien sabía que no había amado a Lorcan, pero él siempre le dio lo que ella necesitaba: seguridad y confort.
Pero ya no más. –pensó la pelirroja, armándose de valor de una buena vez y plasmando su firma en aquel papel.
-Bien, entonces señor Scamander, señorita Weasley, pueden retirarse.
La pelirroja mantuvo su compostura y con la más grande indiferencia que podía fingir salió del lugar con elegancia y un poco de torpeza mal disimulada. Llegó hasta un parque y en cuestión de minutos era un mar de lágrimas. No quería pensar, estar sola le vendría bien, aunque estar con alguien mejor. Si es que tuviera a alguien…
Nunca. Aunque ella aún sostuviera que el orgullo era su escudo frente a todo lo demás, era su mayor enemigo. Ni el amor de hermanos había logrado combatir su orgullo. Era enfermizo, todos decían, pero a ella no le importaba. Aunque ahora, que se había quedado sin nada de nada empezaba a cuestionarse…
Y como caída del cielo llegó una lechuza que le dejó la carta y se fue volando. La chica se quedó jugando con la carta entre sus dedos, sin pensar en nada en particular. Seguramente la carta era de su abogado para recordarle los demás trámites o acuerdos del divorcio y bla, bla, bla. En serio quería quemarla y arrojarla dramáticamente a algún río, pero esas ensoñaciones tendrían que reemplazarse por la fría realidad, como siempre.
Abrió la carta y se sorprendió a lo que leyó. Su abuela Molly, reunión familiar, Arthur muriéndose… Genial. Alguna vez había visto en un pequeño artículo que su abuelo no se había presentado a varias reuniones y la idea de que estuviese enfermo había circulado su cabeza de vez en cuando, pero no le dio mucha importancia.
La muy maldita le dejó una bomba, que podía tomar o tirar. Claro que ahora no tenía nada que perder. Podía ir a esa reunión en la Madriguera, conservar su cheque mensual y de paso amistarse al menos con alguien. Sí, esa sería una buena idea. Después de todo Molly ya no tenía nada que perder.
¿Qué tal? Si no está tan buena culpen al hospital, que me quitó algo de inspiración, y sí está genial tengo todos los créditos :D
Les confieso que la parte de Roxanne me resultó un poco difícil, nunca he leído y mucho menos hecho a un personaje así, pero me pareció que ella tenía que ser así, y la puse. Espero que no me haya salido demasiado mal :/
Digan lo que sea, cuando sea, como sea y en los review :3 A los tres reviews actualizo. Un gran beso para todos los lectores, gracias y buenas noches :3
