Hola! Antes que nada, quiero pedir disculpas por la tardanza, he estado con muchísimos exámenes y la verdad es que no he tenido tiempo de concentrarme y poder continuar con el fic antes. Aquí les dejo el tercer capítulo, espero les guste!
Capítulo III: Introducciones
Creí que desfallecería en ese mismo segundo.
Su aroma me invadió con descaro por completo, y mi corazón se desbocó incontenible, intentando salírseme del pecho, desgarrarlo sin piedad alguna. Percibí como mis piernas de repente comenzaban a claudicar; pero claro está, mi semblante se mantuvo impasible. Volví a enorgullecerme en silencio de mi habilidad para ocultar las tormentas que acontecían en mi interior. Y allí estaba ella, de pie, reparada en el marco de la puerta, su abismal mirada clavada en la mía.
Dios, estaba aún más hermosa que en mis recuerdos, restos etéreos de una vida anterior desteñida y desgastada por el paso del tiempo. Su largo cabello castaño ahora cayendo sobre sus hombros y su espalda en tenues y delicadas ondas, muy diferentes a aquellos rizos rebeldes que con gran dificultad dominaba en Hogwarts. Su piel clara y tersa, sus labios carmín… sabrían igual de dulces aún?
Contrólate, Draco –imploró imperiosamente una voz en mi interior.
Intenté sosegarme, recuperar la cordura aunque sólo fuese por un momento. Recordé por qué estaba allí en ese momento, y nuevamente la ira se apoderó de mí. Frente a mis ojos se erguía un ángel, el recuerdo de una vida con dificultad erradicada de mi memoria; la frustración y la angustia se agolparon en mi interior e hicieron presa de mí.
-Vas a explicarme qué demonios significa esto? –demandé con furia contenida, desligando mi mirada de la de Hermione y dirigiéndola a la de Harry.
Sus ojos volvían a reflejar aquella angustia e incomodidad que habían demostrado horas antes en su despacho, un lamento silente que se había adherido a mí de manera caprichosa, sembrando la semilla de la incertidumbre. De repente, comprendí todo. Comprendí el por qué de su disculpa silenciosa, su misteriosa actitud. Me sentí un idiota, un completo imbécil por ni siquiera haber presentido que esto ocurriría. Menudo sexto sentido Malfoy.
-Sí –contestó él con calma, paseando con rapidez la mirada hacia Hermione y de vuelta hacia mí. –pero… me temo que no ahora. Le dirigí una mirada atónita de indignación, tuve que contenerme con suma dificultad para no tomarlo del cuello de su camisa. Exhalé violentamente, sentía que iba a estallar de un momento a otro. –la razón por la cual no lo haré en este momento es porque es una cuestión que nos concierne a todo el escuadrón, no sólo a ti –se defendió prudente, con un tono de voz sereno aunque entero; buscaba calmarme.
-No esperarás que me vaya tranquilo a mi casa, sabiendo que ella está aquí –sentencié, duramente. La sentí inhalar profundamente.
-No Draco, pero espero que sepas comprender mi pedido –respondió, con respetuosidad. –Te prometo que mañana por la mañana, para bien o para mal, todo se habrá aclarado.
Supe que no obtendría mucho más de su parte, no sin molerlo a golpes por lo menos. Resolví que por más ansiedad y desesperación que toda la situación despertara en mi interior, Harry seguía siendo el verdadero jefe (aunque él compartiese dicho cargo conmigo) y por esta vez, tendría que morderme la lengua.
Volteé a verla una vez más, para comprobar que era real y no un mero espejismo de mi mente insomne, pero ya no estaba; su cuerpo, al menos, había desaparecido. Su perfume sin embargo, me hizo saber que seguía en el lugar. Una ola de sosiego me reconfortó extrañamente.
Esa noche batí mi propio récord en pesadillas. Para la número cinco, decidí que no iba conseguir conciliar el sueño y desistí de tal propósito. Me senté al borde de mi cama, y sequé mi frente con el dorso de mi mano. A través del ventanal de mi cuarto, la lluvia continuaba arreciando; la luna no se dignaba a mostrar su rostro y permanecía escondida detrás del cielo encapotado. Una vez más, su imagen se deslizó por mis pensamientos. Su perfecta y esbelta figura, sus ojos color caramelo profundos y resplandecientes… Toda ella no había dejado de pasearse a su gusto por mi mente ni por un segundo luego de haberme retirado de la casa de Harry, y eso me estaba volviendo rematadamente loco. Deslicé mis manos por mi cabello, en un fútil intento por quitarla físicamente de mi cabeza. Miré el reloj sobre mi mesa de luz: las cuatro de la mañana. Exhalé extenuado. Me dirigí hacia mi sala de estar y busqué la botella de scotch; tomé un vaso del mismo estante y me dejé caer sobre el sillón que enfrentaba la chimenea encendida, las llamas danzando suavemente en su interior.
El amanecer del nuevo día me encontró todavía en aquel sillón, para mi profundo pesar perfectamente lúcido. Me desperecé con ganas, poniéndome de pie. Me dirigí hacia mi cuarto para tomar una ducha, tratando de mantener mi mente en blanco la mayor cantidad de tiempo posible, propósito que logré sólo por escasos minutos. El agua comenzó a deslizarse por mi cuerpo casi al mismo tiempo en que su cuerpo regresaba a deambular por mi mente. Era increíble la excitante insolencia con la cual había llegado a mis pensamientos para quedarse; apoyé abatido mi frente contra los azulejos de la ducha, cerrando los ojos por un momento. Qué se suponía que hiciese ahora? Cómo se suponía que debía actuar en un par de horas, cuando hubiese de verla otra vez? La incertidumbre me consumía. No obstante, una cosa era segura: tenía que intentar por todos los medios mantenerme alejado de ella, de su perfume, de su ser entero. No iba a ser fácil, pero ya lo había hecho una vez… bien podía hacerlo nuevamente.
Salí de la ducha algunos minutos después, y me dispuse a vestirme. La lluvia parecía haber menguado en las últimas horas, permitiendo que la claridad del día se filtrara entre las cortinas del ventanal con algo más de intensidad. Algo dentro de mí me decía que este día sería el más difícil de esta nueva vida, de esta vida que no planeaba vivir. Con mucho pesar presentí así mismo que a partir de este mismo momento en adelante, debía volver a vestir la más infame de las máscaras, la que tan inconscientemente había vestido la mayor parte de mi vida, el grillete con el que mi padre me había tan vil y firmemente liado a lo que siempre debió ser mi futuro, mi destino.
Debía regresar a ser aquel Draco Malfoy, aquel detestable ser que tanto esfuerzo me costó sofocar, aquel ser que ella había logrado desterrar de la faz de esta tierra.
Finalmente me puse de pie, y me dirigí hacia la chimenea, frente a la cual me detuve vacilante. Necesitaba un poco de aire y de tiempo para rearmar mi cabeza, así que decidí conducir hasta el Ministerio.
Me aparecí segundos después en mi cochera subterránea, donde mi Audi TT azabache parecía sonreírme al verme acercarme a él. Había pasado bastante tiempo desde que condujera; al fin y al cabo, la red flu era lo más rápido y, desde luego, lo más discreto.
Salí hacia las calles del Londres muggle, la carrocería ronroneaba bajo mis pies. La gente volteaba sorprendida a observarlo, y una vez más agradecí el haber polarizado por completo todos los vidrios del auto. Incrementé la velocidad al tiempo que la ciudad iba quedando atrás, y el vasto paisaje de la campiña de abría ante mí. Por primera vez en mucho tiempo, sentía paz y sosiego. Había olvidado lo mucho que amaba la velocidad, aquella intensa sensación de armonía que me arrancaba de la vorágine de la realidad, que me llenaba por completo de serenidad.
La amplia fachada del edificio del Ministerio de la Magia se irguió a lo lejos, el sol comenzaba a desplazar a la aurora iluminándolo todo a su paso. Estacioné frente a la puerta y apagué el motor. Permanecí unos minutos más en el auto, tratando de enfocarme en cuál sería la actitud a adoptar desde el momento en que pusiera un pie en el edificio, cómo debería actuar frente a Harry, frente a Damien, frente a… ella. En mi interior albergaba la esperanza de que ella no asistiera, de que la noche anterior hubiese sido un mal sueño, una mala pasada que mi mente continuaba generándome. Pero podía sentirla, la brisa que soplaba traía hasta mis sentidos su perfume.
Finalmente salí del auto, más no pude hacer dos pasos sin sentir inequívocamente la presencia de alguien más siguiéndome.
Buenos días, Damien –saludé mentalmente. De un saltó se colocó a mi lado, sus ojos dorados sonrientes observándome.
-Vaya, esto es un cambio –admitió entre sorprendido y complacido.
-No te acostumbres –aclaré con una media sonrisa burlona.
-Llegas en tu Audi, me dejas leerte… ahora dime que has dormido y me consideraré satisfecho.
-Mejor suerte la próxima –respondí.
Chasqueó su lengua en reprobación. Yo volví a sonreír tenuemente. Tenía que admitirlo, este vampiro tenía además de sus muchas mitológicas virtudes, una realmente admirable: siempre lograba cambiarme el humor.
Caminamos juntos hasta las puertas principales del Ministerio, donde ya comenzaba a escucharse el tumulto cotidiano de magos y hechiceras iniciando sus rutinas. Inspiré profundo antes de entrar; levanté quizás el más infranqueable de los muros que alguna vez hubiese erigido alrededor de mis pensamientos… hoy no era decididamente el mejor de los días para que Damien se filtrase entre ellos.
-Tienes idea de por qué a Potter se le ocurrió hacernos madrugar más que de costumbre hoy? –inquirió, interrumpiendo mis elucubraciones.
-Ni la más mínima –mentí, casi esperanzado.
Arribamos al pabellón de la división de Aurors, donde nos topamos con varias figuras conocidas aguardando en la puerta de la oficina de Harry. Uno de ellos volteó a verme, y con una tiesa sonrisa me saludó:
-Draco, como has estado?
-Nunca mejor –contesté irónicamente. Damien rodó sus ojos a manera de desaprobación.
-No le prestes atención, Adrian –dijo –así se pone cuando no llega primero y pierde la oportunidad de ser el centro de atención.
Hice caso omiso del comentario, Adrian rió algo incómodo. Aquel muchacho no era mucho mayor que nosotros, al menos no mucho más que yo. Habíamos estado juntos en varias misiones, era alguien tímido, pero en quien podías confiar aún si tu vida dependiese de ello. Realmente era una de las pocas personas que conformaban el escuadrón con quien podría congeniar fácilmente, si no fuese porque…
-Ese niño aún te teme hasta con el último pelo de su cuerpo –murmuró Damien, al tiempo que Adrian se excusaba, y luego de saludarme con un cálido apretón de manos, se retiraba junto a los demás.
-No hace falta que me lo aclares –contesté, perfectamente percatado y algo afligido por aquel hecho.
-Una pena –acotó, sus manos en sus bolsillos –parece un buen chico.
Sonreí tristemente.
Aquellos eran, por así decirlo, mis compañeros de escuadrón, o al menos algunos de ellos, los que gozaban de mayor jerarquía en el mismo; no había manera mágica en la que el equipo entero cupiese en el despacho de Harry, y ese debía ser el motivo por el cual éramos nosotros los que nos hallábamos ahí.
Los minutos transcurrían, y comenzaba a impacientarme. Los demás aurors charlaban distendidos, Damien se divertía violando sistemáticamente todas aquellas diversas mentes reunidas en un mismo lugar. Yo, por mi parte, esperaba. Sólo esperaba.
Algunos instantes después, Harry nos indicó pasar. Una vez que todos hubiesen ingresado, me aseguré de entrar último y así quedar bien alejado del centro, para poder tener una mayor perspectiva de lo que fuese que estuviese a punto de ocurrir. Crucé mis brazos, al tiempo que Harry nos saludaba animado.
-Buenos días a todos, les agradezco que hayan venido temprano.
-Ya lo creo –murmuró Adrian con su voz casi inaudible, algunos pasos más adelante. Una media sonrisa tomó mis comisuras.
-Como habrán podido advertir, me es imposible reunir a todo el escuadrón entre estas cuatro paredes, razón por la cual les he pedido a ustedes que acudieran.
Ya déjate de preámbulos, maldición –me impacienté en mi mente. Damien soltó una risita a mi lado.
-Harry, creo que hablo por todos al pedirte que por favor vayas al punto en cuestión –solicitó Damien, guiñándole un ojo de manera cómplice.
-Sí… claro –contestó, aclarando su garganta. El despacho entero era un hervidero de expectativas y especulaciones, Damien presenciaba la escena extasiado, iba de una mente a la otra con la libertad que sólo podía otorgarle tal silencioso don. Yo permanecí con las manos escondidas en los bolsillos laterales de mi pantalón, observando la excitación que denotaban sus ojos.
-Debes sentirte como un niño en una tienda de dulces en este momento –señalé divertido.
-Créeme, esto no tiene comparación –respondió visiblemente satisfecho. –Si no habla de una vez, esto va a estallar.
Asentí, dirigiendo mi mirada hacia Harry. El tenía la vista fija en el rincón más alejado de la habitación, donde se erguía una puerta en aquel momento cerrada. Mi curiosidad se acrecentó. El ojiverde desvió una última vez su mirada antes de hablar, conectándola con la mía. Una vez más, brillaron con aflicción.
-Señores, les presento a quienes habrán de brindarnos una gran ayuda en los días venideros… –comenzó Harry, al tiempo que la puerta se abría y un pequeño grupo de hombres y mujeres ingresaban a la habitación a través de ella. –la división de Aurors de Albania.
Los observé con atención, Damien se cruzó de brazos algo ofuscado.
-No puedo entender ni una letra de lo que están pensando –rebuznó en voz baja. Yo continué examinándolos. Algunos de ellos eran jóvenes, demasiado jóvenes para entregar sus vidas en una lucha sin salida. Solté un audible suspiro; su obcecada decisión de impedirme enfrentar al lado oscuro iba a costarle más que la victoria.
Algunos de los presentes murmuraban en voz baja. El grupo de hechiceros se posicionó frente a nosotros, al tiempo que Harry realizaba un último anuncio.
-Y para concluir con las introducciones, les presento a la Jefa de esta división –la puerta se abrió una vez más, y un par de tacos resonaron acercándose. El eco de los pasos llamó mi atención de inmediato, al tiempo que un aroma a jazmines demasiado familiar me tomó por completa sorpresa. Fijé mi mirada en el umbral, al tiempo que una esbelta y bella figura la atravesaba. –mi gran amiga y colega, la señorita Hermione Granger.
Mis piernas me abandonaron en aquel instante.
Ingresó a la habitación portando un solemne aunque suave semblante, sus ojos caramelo brillantes y acaso más profundos que nunca se dirigieron hacia los de Harry; ambos se dedicaron una amplia y alegre sonrisa, al tiempo que se brindaban un afectuoso abrazo casi a manera de reencuentro. Segundos después se separaron y, colocándose al lado del ojiverde, nos enfrentó. Debí hacer un gran esfuerzo para no flaquear; casi podía sentir la creciente atracción y curiosidad que comenzaba a despertar entre los hombres allí presentes, y aquello produjo una extraña sensación urente que me abordó súbita y completamente.
-Como todos sabemos, estos últimos meses han sido duros y hemos tenido muchas pérdidas –comenzó Harry nuevamente. –es por eso que he decidido que es momento de aunar fuerzas con las demás divisiones mágicas…
Nos recorrió velozmente con la mirada, mientras Harry continuaba su discurso. Inexorablemente, su mirada y la mía colisionaron, en un acto que pareció detener el tiempo. Sus ojos se abrieron aún más si aquello era posible, casi tanto como los míos. El asombró nos embargó por completo, desconcertados continuamos observándonos por algunos segundos.
Jefa de Aurors. Eso sí era algo que decididamente jamás hubiese visto venir.
La voz lejana de Harry resonaba perdida y vaga en la habitación, pero yo no podía oírla, no. No sentía nada más que mi propia sangre agolpándose en mis sienes, el aire que comenzaba a pesar en mis pulmones, el aliento escapando velozmente entre sus labios. En aquel lugar no existía más que ella con sus profundos ojos color caramelo observándome azorados e intranquilos, casi perturbados.
Mantuvo su mirada ligada a la mía con vehemencia, su brillo era nuevo, extraño… Ya no quedaban rastros de la luz que alguna vez había sido sólo mía; mi reflejo ya no colmaba sus pupilas.
Damien me observó de reojo con suma atención, también sorprendido. Cerré mi mente con doble candado, debía asegurarme de que no ingresara por ningún motivo. Justo cuando creía que el mundo había detenido su girar, la voz de Harry me trajo nuevamente a la habitación, y provocó que aquella castaña desviara por fin su mirada hacia él.
-… Es por ello que la señorita Granger ha accedido con gusto a ayudarnos a encontrar al creciente grupo de mortífagos que hemos acechado sin éxito los últimos 6 meses.
Parpadeé con incredulidad. No podía estar diciendo eso, no Harry, quien conocía perfectamente los hechos pasados, las circunstancias que nos habían colocado aquí y ahora. No podía ser él quien hubiese ideado todo esto, el autor de este intrincado plan.
-Tienes que estar bromeando –las palabras escaparon de mis labios más rápido de lo que tardaron en cruzar mi mente. Sentí las miradas fijarse en mí casi al instante, pero hice caso omiso de ellas por completo. Los murmullos comenzaban a llenar la sala, mientras Harry me observaba con un dejo de sorpresa y confusión. Sentí a Damien codearme con incomodidad, pero ignoré su advertencia.
-No, no lo estoy –respondió Harry cauteloso, inseguro. Casi podía sentir la mirada enardecida de Hermione a su lado, quemándome con fervor. -De hecho es la mejor decisión posible llegadas estas instancias.
-Pues no me parece demasiado sensato continuar sacrificando vidas sin motivo alguno –remarqué, comenzando enardecerme. Él tomó aire profundamente. Podía sentir la tensión acrecentarse cada vez más con cada segundo que corría.
-Eso es exactamente lo que busco impedir, Draco. Este escuadrón posee información muy valiosa para combatir al lado oscuro, y han accedido con gentileza a compartirla con nosotros –agregó el ojiverde.
-Creo que no tienen nada que hacer aquí –solté con intransigente desdén.
-Draco, que rayos…? –susurró Damien, sumamente contrariado.
-Yo creo que sí –respondió una voz clara y fuerte, demandando autoridad. La castaña me observaba con un semblante severo e imperturbable, fulminándome con su mirada. –de hecho estoy convencida de ello.
Harry calló y tragó audiblemente. Nos dirigió un rápido vistazo a ambos, visiblemente consternado. La tensión casi podía tajarse en el aire.
-Qué te hace creer que no han venido aquí para morir en vano? –repliqué secamente, casi provocándola.
-Jamás dije que no existiera esa posibilidad. Ellos están ahora en nuestra área, nuestro campo de juego –dijo, presentándome batalla, al tiempo que se dirigía también al resto de los aurors presentes en la habitación, quienes parecían haberse esfumado por completo para mí. -Mi escuadrón y yo conocemos a la perfección cada rincón, sendero y paraje de la zona, más claramente que las palmas de nuestras propias manos. Podemos darles la ventaja, brindarles información más que valiosa para interceptarlos sin siquiera ser detectados. No puedo asegurarle a mis Aurors que sus vidas no correrán peligro, pero sí que servirán de ayuda y serán esenciales en la caída final del lado oscuro. En otras palabras, señor Malfoy –mi nombre hizo eco en su voz con un verdadero dejo de ira aunque manteniendo una solemne apariencia -no estoy segura de que habremos de sobrevivir, pero tanto tú como tus colegas nos necesitan. Y de eso estoy completamente segura.
Un silencio sepulcral llenó la habitación una vez más. Ella continuó sosteniendo su mirada en la mía, decidida a no ser ella quien hubiese de retirarla. Damien nos observó con gran interés y perplejidad; yo me mantuve impasible en silencio. Por primera vez en siete años, no supe qué decir.
Un fuerte carraspeó quebró el falso sosiego silencioso que nos abordaba por completo a todos los presentes, y la voz de Harry resonó una vez más, ahora con un poco más de distensión. Sólo alcancé a oír las primeras palabras de lo que parecía ser un discurso de introducción a los próximos pasos a seguir a partir de aquel momento, los roles que habrían de adoptar cada uno de los allí presentes. Un inocente intento de calmar los ánimos. Hermione continuaba observándome, visiblemente enfurecida aunque manteniendo su solemne semblante. Se vio obligada a desviar su mirada al ser aludida por Harry, y fue entonces que por fin pude contemplarla en su totalidad.
Había cambiado, y vaya si lo había hecho. Su cabello ya no era una maraña de rizos rebeldes contenidos por coletas; suaves ondas castañas enmarcaban su rostro, derramándose grácilmente por sus hombros y espalda. Sus ojos se habían vuelto más profundos si aquello era posible, siempre delineados por sus prolongadas pestañas. Me descubrí a mí mismo sumergiéndome en pensamientos que había con sumo dolor y esfuerzo logrado erradicar de mi mente, y me obligué a recordar lo terrible de toda la situación para evitar perderme. Lo nefasto de su presencia, el final al que una vez más nos condenaba al regresar a este lugar, a este país, a este cuerpo vacío de toda alma. Me obligué a rescatarme del abismo al que estaba a punto de caer, al que no podía dejarme caer, porque mi caída no sería más que la primera en una larga e irrefrenable cadena de eventos desafortunados, que acabaría por hacernos pedazos a todos y al mundo tal cual lo conocíamos.
La trémula voz de Damien me arrancó de mis cavilaciones, y yo accedí complacido a tal distracción.
-Vaya si es una belleza, no es cierto? –acotó, como al pasar. Yo asentí imperceptiblemente, mas no pude evitar un dejo de celos comenzar a abordarme. –Sumamente frágil, aunque capaz de destruirte sin lugar a dudas.
-Parece que ya te has paseado a tu gusto por su mente –señalé, cruzándome de brazos.
-Es como un vasto y deslumbrante paraje virgen –mencionó deleitado, esbozando una suave sonrisa.
Solté un largo suspiro. No podía evitar que Damien se colara entre sus pensamientos, al menos no físicamente; sólo podía rogar que ella encontrara la manera de mantenerlo fuera por sus propios medios una vez que descubriera su habilidad. Un leve escalofrío recorrió mi cuerpo al percatarme de lo nefasto que sería si en el peor de los descuidos, ella trajese el pasado al presente en su mente con él al acecho.
-Estem… Draco –me llamó el vampiro, con un dejo de extrañeza en su voz. Lo observé al instante, dándome por aludido. –Creo que tienes problemas.
-A qué te refieres? –inquirí, más que sorprendido. Con inquietud esperé lo peor.
-Esa mujer te detesta con todo su corazón –respondió, visiblemente consternado. Sus dorados ojos fijos en la figura de la castaña.
Yo dirigí una vez más mis ojos hacia los de ella, colisionando una vez más con aquellas pupilas color almendra, encendidas con el brillo del desprecio. Inspiré profundamente, sintiendo el aire quemarme y pesar en mi pecho. No obstante, una sensación endeble y muy similar al alivio me sobrecogió casi al instante. Exhalé con lentitud.
-Mejor así –contesté, débil e inaudiblemente.
La reunión finalizo sólo algunos minutos después, los aurors comenzaron a retirarse cada uno hacia sus respectivas oficinas, pero yo sólo me quedé allí, de pie, observando como todos se iban. Mi mente corría a alta velocidad, intentando procesar todo lo visto y oído en aquella hora y media, pero su imagen se las arreglaba para interponerse entre mis ideas, su perfume, su cuerpo… desperté de aquella momentánea ensoñación para nada beneficiosa aunque sumamente agradable, y volví a la tierra. Esto era un error, un terrible error, cómo podía ser yo el único capaz de notarlo? Estaba Harry ciego, se había desquiciado?
Reactivé mis piernas casi entumecidas y me dirigí hacia donde se encontraba Harry, aún conversando con Hermione. El calor que su cuerpo emitía me rodeó por completo, no obstante la rabia que me cegaba en aquel momento hizo las veces de coraza protectora frente a su encanto. Ella alzó la vista al verme acercarme, y pude oír su corazón latir casi tan desbocado como el mío.
-Necesito hablar contigo –espeté dirigiéndome a Harry, haciendo caso omiso de su presencia.
-Draco… -comenzó él, visiblemente incómodo.
-Ahora –lo interrumpí, la ira haciéndose evidente en cada letra. Hermione me dedicó una mirada aún más encolerizada que mi propia voz; Harry tragó saliva dificultosamente al verse en medio de fuego cruzado.
-No te preocupes Harry –masculló la castaña, intentando en vano aparentar indiferencia. –Tengo que comenzar a instalarme. Nos veremos más tarde – le dijo, dirigiéndome una última hermosa e irascible mirada.
-Bien… -alcanzó a contestar él, segundos después de que Hermione desapareciese por el umbral de la oficina. –Buen trabajo –me espetó, claramente ofuscado por lo que acababa de acontecer. Yo sonreí burlonamente –Qué diablos es tan importante como para armar este escándalo?
-Aquí no.
-¿Qué? ¿Qué dem… ? –lo callé colocando mi dedo índice sobre mis labios, al tiempo que Damien carraspeaba molesto y se retiraba de la habitación.
-Vamos a mi despacho.
Llegamos a mi oficina minutos después, me aseguré de echarle un cerrojo mágico a la misma para impedir que Damien se colara en ella. Harry me enfrentó impaciente.
-¿Y bien? ¿Qué es lo que sucede?
-Eso mismo estoy esperando que tú me aclares –acoté, manteniéndome calmo con esfuerzo.
-Draco –dijo, observándome desde el amplio ventanal de la habitación. –No sé de qué…
-Claro que lo sabes –lo interrumpí, enardeciéndome. -¿En qué mierda estabas pensando?
-Necesitamos el apoyo de este escuadrón –se defendió.
-Sabes muy bien que no me refiero al pobre rebaño que trajiste al matadero –espeté, cortante. Él me observó confundido –Ni se te ocurra hacerte el imbécil.
Mantuve mi mirada fija en la suya, a punto de saltar encima de él ante la más mínima negación de los hechos que el ojiverde pudiese hacer. Estaba demasiado enfurecido, demasiado cegado por la indignación para mantener formalidades. Harry pareció comprender el riesgo al cual se estaba sometiendo al estar en aquel momento en el mismo cuarto que yo, o tal vez fue el hecho de que ya no podía seguir con la farsa que había comenzado tan sólo horas atrás, o mejor dicho, días atrás.
Su semblante cambió lentamente, adoptando uno que lindaba entre el lamento y la intransigencia, como si estuviese tratando de convencerse a sí mismo de que si bien la decisión de traer a Hermione nuevamente a la boca del lobo fuese un mal inexorable aunque necesario. Tomó aire y lo soltó lentamente, yo aún aguardaba algún irrisorio argumento que seguramente no haría más que llevarme al límite de explotar de ira. Sin embargo, Harry se mantuvo calmo, o al menos lo aparentaba muy bien.
-Soy perfectamente consciente del riesgo al cual nos estoy sometiendo a todos, en especial a Hermione –declaró, abatido. –pero también soy consciente de que si queremos acabar con Parkinson y los otros, necesitamos ayuda extra.
-Hay al menos otros 50 escuadrones de aurors a los cuales podrías haber convocado –señalé de inmediato. –todos ellos igual de capaces de montar un ataque y colaborar con nuestra causa. De cualquier manera, esa no es la respuesta que quiero oír –aclaré, ya casi sin más paciencia. –mejor que te dejes de rodeos de una maldita vez.
-Draco, ella es la única persona después de ti que posee las habilidades necesarias para acabar de una vez con los mortífagos, especialmente con uno de ellos.
-Me importa un carajo –sentencié tajantemente. –Este no es lugar para ella, nunca lo fue, y quiero creer que en tu obcecada obsesión por borrar a esos malnacidos de la tierra no te hayas olvidado de todo lo que tuve que hacer para lograr que ella se fuera y siguiera respirando.
Harry desvió la mirada hacia el piso por un momento. Decididamente mi comentario lo había colocado en una situación sumamente incómoda aunque real, y aquello me alivió de alguna extraña manera. El hecho de que reconociera su error y no tratara de refutarme vanamente calmaba mi angustia, aunque muy levemente.
-No, por supuesto que no lo he olvidado –concluyó, al cabo de unos minutos de meditación. –sin embargo esta vez creo fervientemente que será capaz de protegerse a sí misma. Ya no está en la misma posición en la cual estaba siete años atrás, si comprendes a lo que me refiero.
Claro que lo comprendía. Perfectamente. Ella ya no estaba conmigo, ya no era parte de mi vida ni yo de la suya; ella ya no me amaba. Y yo… pues yo tenía ahora más que suficiente entereza y templanza para no dejarme llevar por las cenizas de lo que alguna vez fue el fuego más ardiente en mi alma.
-Ya ha pasado mucho tiempo, Draco –continuó Harry. –Ya no es la misma Hermione que conociste, ni siquiera sé si es la misma que yo conocí.
-Eso no quita que la hayas puesto en el mayor peligro de su vida una vez más –repliqué, comenzando a enardecerme nuevamente. – Y quieras o no, también me estás condenando a mí. –Él me observó confundido –pues ahora no me queda otra opción más que protegerla, igual que lo hice hace siete años atrás.
-Draco, ella… -comenzó Harry una vez más.
-Me importa una mierda que sea la reina de los aurors albaneses! –proferí furioso, atestando un golpe de puño cerrado sobre el escritorio de roble del ojiverde. Él se sobresaltó levemente. –Esto no tiene nada que ver con poder ni jerarquía, se trata de venganza y de orgullo. No van a parar hasta matarla, primero a ella y luego a mí, para así asegurarse de que lo contemple. ¿Pero sabes qué es lo más sádico de todo esto? Que yo habré entonces de morir dos veces, pero aún así aquello no será lo más funesto de toda esta tragedia.
-A qué te refieres con eso? –inquirió Harry ya perturbado, con suma aflicción.
-Me refiero, Potter –respondí, marcando allí el fin de nuestra silente alianza forjada siete años atrás –Que yo moriré por mis propias manos, y por propia elección. Pero ella lo hará por un capricho de su mejor amigo. –Harry clavó sus ojos en los míos, llenos de una mezcla de enojo, frustración y vergüenza. –Yo la salvé al alejarla y alejarme, pero tú, con sólo traerla de vuelta… ya la has asesinado.
Concluí mi argumento con suma angustia e ira, sintiendo mi garganta hincharse y mi mente desbordar de pensamientos fugaces sin sentido alguno, ansiosos por transformarse en palabras y derramarse en mi voz. Harry debió buscar apoyo en el alféizar del ventanal, donde se sentó y apoyó ambos codos sobre sus rodillas, sosteniendo con sus manos una mente que parecía a punto de desmoronarse. Mi propio tormento me impidió seguir allí de pie contemplando el suyo, por lo que me retiré sin proferir el más mínimo sonido.
