Historia original de Liz Fielding

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He aqui el segundo capitulo, una disculpa por no actualizar antes, complicaciones llegaron a mi vida, un muy buen susto, pero gracias a Dios todo bien, espero actualizar para el sabado o domingo, y bueno, a leer ^^


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CAPITULO 2

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Mina subió los escalones de la entrada y, al ver el caos de los floristas, camareros y empleados de catering moviéndose por la casa, se le encogió el corazón aún más. Había llegado durante los preparativos de una de las cenas de negocios de Yaten, que su cuñada estaría dirigiendo con la misma atención al detalle que un general preparando una campaña militar.

Se dirigió a la biblioteca, donde sabía que encontraría a su marido.

Que no fueran más que las nueve de la mañana de un sábado daba igual. Sabía que Yaten estaría trabajando allí en lugar de hacerlo en la oficina.

Él no levanto la cabeza cuando oyó que se abría la puerta, dándole unos preciosos segundos para mirarlo, para grabar sus rasgos en el recuerdo.

Con un codo sobre el escritorio, la frente apoyada en la mano derecha, su mundo reducido al documento que tenía delante…

Tenía la capacidad de concentrarse por completo en lo que hacía con exclusión de todo lo demás, fuese comprar una nueva empresa, una conversación en el ascensor con el botones o hacer el amor con su mujer… lo hacía todo con la misma atención, con la misma intensidad y perfeccionismo. Si una vez, una sola vez, se tomase un día libre como el resto de los humanos… si pareciese equivocarse en alguna ocasión…

El nudo que tenía en la garganta se hizo casi insoportable cuando, con una punzada de ternura, vio el paso de los años reflejado en su rostro. Estaba cansado, pensó. Trabajaba demasiado; de hecho, tenía un horario tan inhumano que sus empleados no podrían emularlo. Y le gustaría acercarse, echarle los brazos al cuello…

Ser su mujer.

Estaba pasándose una mano por la cara, con los ojos cerrados. Y luego, quizá recordando que había oído la puerta, levanto la mirada.

- ¿Mina? – Yaten se levanto, pronunciando su nombre como si no creyese que fuera ella. Aunque no le sorprendía. Nunca antes la había visto con ese aspecto. La ventaja de no compartir dormitorio con su marido era que nunca la veía recién levantada. Y, desde luego, nunca con una ropa que no se había quitado en veinticuatro horas y sin nada en la cara tras que esconderse más que una fina capa de crema hidratante –. No te esperaba hasta mañana.

No parecía muy alegre de verla de vuelta en casa.

- Tomé el avión un día antes.

- ¿Cómo has llegado desde el aeropuerto? Si hubieras llamado, Hotaru habría enviado el coche.

No él, Hotaru, la omnipresente Hotaru. Tan elegante y tan perfecta como su hermano. Demasiado rica como para molestarse en estudiar una carrera, se dedicaba a pasar el tiempo hasta que un hombre, que Dios lo ayudase, con los requisitos necesarios de educación, dinero y apellido, quisiera convertirla en su esposa.

Era Hotaru, no ella, quien dirigía la casa. Era Hotaru quien llevaba la casa y la agenda social de Yaten con precisión militar. La persona que daba órdenes a los empleados y a quienes los empleados se volvían para recibir órdenes.

Y quien tenía una habitación preparada para ella cuando volvieron de su luna de miel porque debía levantarse a las cuatro de la mañana para ir al estudio y eso molestaría a Yaten.

Ésa era la inviolable regla de la casa: nadie podía molestar a Yaten Grenville.

Ni siquiera su mujer.

Era lógico, pensó Mina, que siempre se hubiera sentido allí como una invitada. Tolerada porque podía darle algo que ni siquiera la hermana más brillante del mundo podría darle nunca.

Incluso ahora tenía que hacer un esfuerzo para luchar contra el programado deseo de disculparse por haber llegado con un día de adelanto. La verdad era que no había llamado para avisar, porque la llamada habría supuesto la esperanza de que, aquella vez, fuera él mismo a buscarla al aeropuerto; que se uniera a la cola de maridos ansiosos que esperaban a su esposas. Como había esperado que fuera, a pesar de lo que le había dicho a Michiru y Haruka, a Hong Kong.

Su corazón no había dejado de esperar.

- No me ha costado nada tomar el metro. No…. – Mina levantó una mano cuando Yaten iba a acercarse –. Llevo veinticuatro horas con la misma ropa. Es mejor que no me toques.

Por un momento, pareció que él iba a discutir. Por segunda vez le pareció ver un brillo de duda en sus ojos. Normalmente era ella quien dudaba, quien se mostraba insegura, temiendo que a la menor señal de necesidad todo el edificio de su matrimonio se derrumbase.

Con el disfraz de Mina Davenport no era así. Podía interpretar ese papel sin pensar siquiera. Y por la noche, en la intimidad de su habitación, donde con una caricia la distancia se convertía en una pasión que reducía su mundo a dos personas, parecía que todo era posible.

Pero después no había ternura, no hablaban, él no estaba interesado en sus problemas, no tenía deseo alguno de hablarle de sus cosas, ni la necesidad de dormir abrazado a ella. La dejaba para que se levantase mientras él seguía con su vida.

Era el papel de esposa, más allá de la cama, el que Mina no había aprendido a hacer. Pero con Hotaru haciendo ese papel, en realidad el puesto de esposa nunca había estado vacante. Solo el de concubina.

Y, aunque aquello iba a ser muy difícil, no lo sería más quedarse.

- ¿Podemos hablar Yaten?

- ¿Hablar? ¿Ahora?

- Sí, ahora.

- ¿No quieres cambiarte de ropa antes? ¿Darte una ducha? – Yaten miró su escritorio. No tenía que decir nada más, era evidente que su trabajo era más importante que ella.

- Es sábado – dijo Mina entonces, impaciente –. Los mercados han cerrado hasta el lunes.

- Esto no es… Puedo tomarme diez minutos libres, quince como máximo.

Había estado doce días fuera. Otro hombre habría dejado lo que estuviera haciendo para hablar con su esposa, para abrazarla y preguntarle cómo había ido todo. Si hubiera hecho eso, pensó Mina, su resolución se habría evaporado. Pero para Yaten el trabajo era lo primero, mientras ella no era más que una conveniencia, un recordatorio constante de su única debilidad…

- ¿Por qué no vas subiendo a tu habitación? Yo iré en cuanto haya terminado con esto – sugirió su marido antes de volverse hacia el escritorio –. Luego hablaremos.

No. No era así como hacían las cosas. Yaten habría subido, sí. Habría subido mientras ella estaba en la ducha para demostrarle con su cuerpo, como no podía hacerlo con palabras, cuánto la había echado de menos.

Lo único que no harían sería hablar.

Después de que el placer que le proporcionaba le hiciese olvidar todo lo demás, ella despertaría como siempre sola, pero habría algo sobre la mesilla: una joya cara, un objeto raro y precioso, un reconocimiento de que había sido egoísta, poco razonable sobre su viaje a las cordilleras del Himalaya. Y ella se lo pondría durante la cena, una aceptación silenciosa de su disculpa.

Pero no aquel día, se prometió a sí misma, apretando el diminuto móvil que llevaba en el bolsillo, una conexión directa con Michiru y Haruka.

- No, Yaten, me temo que esto no puede esperar.

Él la miró, los labios apretados, los pómulos altos, la nariz aristocrática, una boca que podía convertirse en una trémula masa de deseo… Y, mirándolo, a Mina le pareció terriblemente difícil decir las palabras que darían por concluido su matrimonio.

Y él no hizo nada para ayudarla, manteniendo la distancia, apoyando una mano en el escritorio, como una barrera entre ellos. Era casi como si supiera lo que iba a hacer.

- Esto no es fácil para mí.

- Entonces… mi consejo es que lo hagas de la forma más sencilla – su voz, normalmente seca e incisiva, sonaba ligeramente insegura.

- Sí – asintió Mina, parpadeando para aclarar su visión. Pero no estaba llorando. Había aprendido mucho tiempo atrás a no mostrar esa debilidad –. Lo siento, pero no puedo seguir viviendo contigo. Te libero de nuestro trato.

- ¿Cómo?

- Desde el principio dijimos que esto no era para siempre. Que cualquiera de los dos podía darlo por terminado en algún momento. Yo lo doy por terminado, Yaten.

Si había esperado que su fría fachada por fin se rompiera, estaba equivocada. No hubo una reacción visible. No parecía sorprendido ni disgustado. Pero, claro, Yaten era de hielo. El hecho de que permaneciera impasible en aquel momento confirmaba lo que había sabido siempre sobre su matrimonio; algo que hasta la semana anterior había sido demasiado débil para admitir.

Su respuesta, por fin, fue práctica más que emocional.

- ¿Dónde piensas ir?

¿Eso era todo?

No le preguntaba ¿por qué? ¿O creía saber la respuesta a esa pregunta? ¿Habría pensado que la única razón para dejarlo era que había encontrado a otra persona? Esa idea la puso enferma…

- ¿Eso importa?

- Sí, importa – contesto él –, Hotaru tendrá que saber dónde enviar tu correo.

A punto de decir algo muy grosero sobre su hermana, Mina se contuvo. Aquello no era culpa de Hotaru.

- Los inquilinos de mi departamento se fueron el mes pasado. Me iré allí.

- Eso no…

- Eso es lo que voy a hacer – lo interrumpió ella, antes de que Yaten empezase a organizar un alojamiento que considerase aceptable para alguien que llevaba su apellido.

- Muy bien. ¿Eso es todo?

¡No!

Fue su corazón el que gritó esa negativa, pero mantuvo la boca cerrada y, al no recibir respuesta, Yaten se dio la vuelta y siguió trabajando como si no hubiera sido interrumpido.

Atónita, inmóvil por aquel muro de hielo que era su marido, lo único que le quedaba era hacer las maletas y marcharse.

Hotaru salía del salón cuando Mina empezó a subir las escaleras.

- ¿Mina? ¿Qué haces aquí? No te esperaba hasta mañana.

- Yo también me alegro de verte – replicó ella, sin detenerse y sin mirar atrás.

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Yaten Grenville miraba el documento que tenia delante, sin verlo, cuando su hermana entró en la biblioteca.

- ¿Qué le pasa a Mina? De verdad, podría haber tenido el detalle de decirme que llegaría hoy.

- ¿Por qué? Ésta es su… – Yaten no terminó la frase.

Iba a decir «esta es su casa», pero Hotaru estaba demasiado irritada como para darse cuenta.

- Ése no es el asunto. Aunque encuentre a otro invitado para esta noche, tendré que cambiar el orden de los asientos. Y los del catering dirán…

- No.

- ¿No? ¿Quieres decir que no va a cenar con nosotros? – Hotaru pareció tranquilizarse –. Ah, menos mal. La verdad es que tenía un aspecto horrible. Aunque los invitados se volverían locos con ella. Una sonrisa y todos se tropezarían para saludarla…

- ¡No! – Yaten nunca levantaba la voz y menos a su hermana, que lo miró atónita –. No tendrás que reorganizar los asientos porque vas a cancelar la cena.

- ¿Cancelar la cena? Yaten, no digas tonterías. No puedo cancelarla tan tarde. El embajador, el ministro de Asuntos Exteriores… ¿qué excusa voy a darles?

- Me da igual – contesto su hermano –. Pero si necesitas una excusa, ¿por qué no les dices que mi esposa acaba de dejarme y no estoy de humor para charlar con nadie? Seguro que lo entenderán.

- ¿Dejarte? ¡Pero no puede hacer eso! – exclamó Hotaru –. Ah, ya entiendo. ¿Quién es…?

- Hotaru, por favor – le interrumpió Yaten, antes de que pudiera poner en palabras lo que él mismo había pensado. Un pensamiento que lo avergonzaba porque Mina siempre había sido sincera con él –. No digas una palabra más.

Cuando por fin oyó que se cerraba la puerta, por fin abandonó el documento que unos minutos antes le había parecido tan importante. Nada era tan importante, pero cuando Mina entró en la biblioteca supo lo que iba a pasar. Lo había visto en sus ojos. Había visto la mirada que esperaba, que había temido, pero que sabía que llegaría algún día. La seguridad para una mujer como ella nunca sería suficiente.

Su primer pensamiento había sido posponerlo, retrasar el momento, hacer algo para buscar tiempo.

Otra hora, otro día, otra semana…

Cada día le robaba unos preciosos minutos a su tiempo para verla en televisión. Cada día, mientras Mina estaba en el Himalaya, había visto los cambios que se operaban en ella y había sentido que se apartaba de él, de su vida. Y había reconocido el peligro. Quizá hubiera empezado antes de que se fuera y, sencillamente, él no había querido verlo. Seguramente por eso había intentado que se quedara.

Yaten abrió el cajón del escritorio y apartó el billete para Hong Kong que había comprado el día que la vio en televisión, sonriendo mientras una gota de sangre rodaba por su rostro. Planes que había tenido que cancelar cuando uno de sus proyectos había sufrido una repentina crisis.

Se había dicho a sí mismo que no importaba, que iría a buscarla al aeropuerto para darle el collar que había encargado que hicieran para ella con los diamantes que su madre había llevado el día de su boda.

Y se había equivocado por completo.

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Mina no se molestó en darse una ducha. No quería pasar ni un minuto más de lo necesario en aquella casa. Lo que necesitaba era algo de ropa y, como tenía que volver al trabajo el lunes por la mañana, tenía que llevarse algo más que unos vaqueros y una muda de ropa interior.

Había docenas de trajes, cuidadosamente elegidos para provocar deseo en los hombres que ponían la televisión a primera hora de la mañana para verla en la pantalla y la envidia o la admiración en otras mujeres.

Entre los diseñadores y los estilistas habían conseguido crear una imagen de marca; la imagen que el público reconocía como la de Mina Davenport. Su vida, su matrimonio, todo había sido publicado y desmenuzado de tal forma que Mina casi había olvidado qué era real y qué era una falsificación de los medios.

Seguramente por eso había sentido que corría en el vacío. Seguramente por eso había pensado que, si dejaba de ser quien todo el mundo creía que era, el suelo se abriría bajo sus pies.

De repente, incapaz de seguir adelante con tanto fingimiento, le dio la espalada al vestidor y guardó en una bolsa de viaje lo más necesario: ropa interior, zapatos, un par de blusas, lo primero que encontró a mano.

¿Qué más? Mina miro alrededor. Sí, sus cosméticos…

Tomó un frasco de cristal con la tapa dorada, pero le temblaban tanto las manos que se le cayó al suelo, rompiéndose en pedazos y manchando de crema el suelo de roble macizo y la carísima alfombra persa. Dejando escapar un gemido, Mina se inclino para limpiarlo…

- ¡Déjalo! – dijo Yaten tras de ella –. Déjalo Mina, te vas a cortar – repitió él apartando su mano de los cristales.

Tenía la mano fría y, sin embargo, sus dedos parecían irradiar un extraño calor. El mismo que sentía cada vez que su marido la tocaba. Un calor que la empujaba a echarle los brazos al cuello y decirle que no era verdad, que no iba a dejarlo. Que nada importaba si podía estar con él.

Yaten apartó un mechón de pelo de su frente para observar la herida, mirándola con esos ojos verdes, que esa mañana tenían la apariencia de dos esmeraldas y Mina tuvo que hacer un esfuerzo para apartarse.

- ¿Es porque no quise ir contigo? – pregunto él, poniendo una mano sobre su hombro, suavizando la tensión de esa zona con los dedos, como había hecho tantas veces como preludio de un acto íntimo para el que no necesitaban palabras.

El roce la hizo temblar, pero no se movió y él debió pensar que, sencillamente, estaba enfadada, que estaba esperando que subiera para hacer las paces.

- No – respondió Mina –. Es porque esto no es un matrimonio, Yaten, no compartimos nada. Y yo quiero algo que tú no puedes darme.

- Eres mi mujer. Todo lo que tengo es tuyo…

- Soy tu debilidad. Me deseas. Tienes necesidades que yo satisfago.

- ¿Y yo a ti no?

- ¿Físicamente? Tú sabes cuál es la respuesta a esa pregunta – contesto Mina –. Me has dado todo lo que yo te pedí, pero el nuestro no es un matrimonio.

- Estás cansada – dijo él en voz baja.

La verdad era que daba igual lo que Yaten dijera, su respuesta era siempre la misma; era como un conejo cegado por los faros de un coche, incapaz de moverse, incapaz de salvarse.

Yaten notó el cambio y, seguro de su poder, la tomó entre sus brazos. Mina, por instinto, inclinó la cabeza para apoyarla en su pecho, esperando que dijera que la había echado de menos, que le preguntase qué le pasaba, que hablase con ella…

En lugar de eso, metió la mano en el bolsillo de su chaqueta para sacar algo que brillaba como el fuego.

- Había encargado esto para nuestro aniversario el mes que viene.

- No es nuestro aniversario…

- Sí, es el aniversario del día que nos conocimos – contesto Yaten.

Mina sintió como si estuvieran partiéndola en dos. La mitad física estaba segura, protegida en los brazos de Yaten. Pero la mujer que había buscado en el fondo de su alma y, con la ayuda de sus amigas, había encontrado la fuerza para enfrentarse con el pasado, miraba la escena desde fuera. Y veía, horrorizada, la prueba de que Yaten había pensado en ella, que recordaba el momento en el que sus vidas se habían cruzado. El momento que, quizá, no debería haber ocurrido nunca.

- No…

Apenas había pronunciado el monosílabo cuando Yaten le puso el collar. Una larga fila de diamantes enredada en su cuello.

Frío. Precioso.

Pero ella necesitaba algo más, algo que Yaten no podía darle.

- Por favor. No me hagas esto – tuvo que hacer un esfuerzo supremo para levantar la cara, para mirarlo a los ojos –. No – repitió, esa vez con más seguridad. Y dando un paso atrás, se quito el collar. No se lo había regalado porque la deseara, sino porque quería seguir controlándola –. Ya no.

Mina se dio la vuelta y tomó su bolsa de viaje, con el corazón encogido. Era peor que el primer día en la montaña, cuando pensó que iba a morirse si tenía que seguir pedaleando.

Ése había sido un dolor físico, pero ahora sentía un dolor que le partía el alma. Si había dudado alguna vez de su amor por él, cada paso que daba se lo dejaba claro. Pero el amor, el verdadero amor, significaba sacrificio. Yaten la había aceptado sin hacer preguntas, sin cuestionar lo que le había contado de su vida antes de que se convirtiera en Mina Davenport. Pero había hecho dos cosas terriblemente egoístas en su pasado: abandonar a su hermana y casarse con Yaten Grenville.

Y había llegado la hora de encontrar valor para solucionar ambos errores.

La mochila estaba donde la había dejado, sucia, arrugada, fuera de lugar en medio de la perfección de aquella enorme casa. Como ella. Siempre se había sentido fuera de lugar allí, una extraña en su propia vida.

Los floristas que llevaban su carga hasta el salón habían dejado la puerta abierta y, agradeciendo no tener que hacer uso de una fuerza que no tenía, Mina bajó los escalones y salio a la calle.

Sola otra vez y asustada… pero segura como no lo había estado en mucho tiempo de que iba a hacer lo que debía hacer.

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Su apartamento, pequeño y nada elegante, le dio la bienvenida como la gran mansión de Belgravia no lo había hecho nunca. Lo había comprado el día que firmó su primer contrato en televisión, incapaz de creer que hubiera tenido tanta suerte. Su hada madrina había aparecido en forma de presentador de televisión. Durante su breve aparición como teleoperadora en un maratón televisivo, la centralita había empezado a iluminarse y él, jugando con la respuesta del público, le había pedido que apareciese en su programa para dar el informe del tiempo.

Y, por alguna razón, el sincero apuro que había mostrado por su falta de conocimientos en Geografía había tocado el corazón de los televidentes.

Una revista había publicado un artículo sobre ella y, dos semanas después, tenía un representante y un contrato en televisión para salir a hablar con la gente en la calle, en las oficinas, en sus casas, pidiéndoles opinión sobre cualquier tema, desde el precio del pan a la última dieta milagrosa.

Incluso ahora seguía sin entender cómo había pasado de una situación en la que su banco y ella hacían lo posible por ignorarse el uno al otro a que, de repente, el director de la cadena la invitase a tomar café.

Contra todo pronóstico, había ido subiendo escalones hasta llegar al sillón de presentadora estrella y, por el camino, había encontrado la seguridad en un marido millonario.

Pero había conservado su piso.

No le había hecho falta que Yaten, un genio de las finanzas, le aconsejase alquilarlo en lugar de venderlo. Nunca vendería aquel piso que, además de ser una buena inversión y su primera casa propia, representaba la seguridad que siempre había necesitado.

Cuando el último inquilino se marchó, decidió que no volvería a alquilarlo. Casi como si hubiera estado preparando aquel momento.

Temblando, dejó sus cosas en el pasillo y encendió la calefacción, mirando alrededor, tocando una de las paredes como para asegurarse de que estaba allí. Los diamantes de su alianza atraparon la luz y se quedó parada un momento, perdida en el recuerdo del día de su boda, cuando Yaten la puso en su dedo mientras prometía protegerla y cuidarla para siempre.

Y lo había hecho. Había hecho todo lo que prometió. Pero no era suficiente. Y Mina decidió quitársela.

Luego, en un frenesí de actividad, hizo la cama y sacó sus cosas de la mochila para meterlo todo en la lavadora.

Después de ducharse, sacó unos pantalones, una camisa y un jersey de la bolsa, se hizo una taza de té y encendió el ordenador.

Lo primero que hizo fue enviar sendos correos a Haruka y Michiru para decirles que estaba bien y para ponerlas al día.

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he vuelto a mi antiguo apartamento. Tengo que redecorarlo, pero no pasa nada. Así estaré ocupada durante las largas noches de invierno.

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Mina añadió una carita sonriente.

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Espero que las dos hayan tenido un buen viaje, ya que sospecho que la vida va a empezar a ser complicada para las tres. Cuídense mucho. Un beso, Mina.

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Y envió el mensaje, recordando el rostro de Haruka mientras le advertía que no hiciera nada apresurado, que Yaten podría ayudarla…

No. Aquello era algo que tenía que hacer sola. Y, apartando de sí una pena que le encogía el alma, empezó a buscar información sobre su hermana en Internet.

La buena noticia era que la nueva legislación permitía que no sólo las madres pudieran registrarse para buscar hijos perdidos y dados en adopción, sino cualquier otro miembro de la familia.

La mala noticia era que Serena tendría que dar el primer paso.

A menos que se hubiera registrado para encontrar a su verdadera familia, y Mina no podría imaginar por qué iba a hacer algo así, no habría conexión alguna.

«Yaten podría ayudarla»

Era una vocecita tentadora. Él tenía contactos en todas partes…

Pero Mina no quiso escucharla y se registró, dando todos los detalles posibles. Si así no conseguía nada, había agencias especializadas en reunir familias separadas por circunstancias de la vida.

Esperaría una semana antes de hacer eso. Por el momento, tenía un problema más urgente: llamar a su peluquero y suplicarle que hiciera algo decente con su pelo.

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- ¡Qué horror! – exclamó Kelvin, su peluquero. Un hombre que entendía una emergencia capilar mejor que nadie, tomó un mechón de pelo seco para examinar las puntas – Imaginaba que iba a estar fatal, pero de verdad, Mina… ¿qué le has hecho?

- Nada.

- Supongo que eso lo explica. Espero que no tengas planes para el resto del día, porque vas a necesitar un tratamiento acondicionador, color…

- Quiero que me lo cortes – lo interrumpió Mina.

- Evidentemente. Tienes las puntas destrozadas.

- No, quiero que me lo dejes corto. Y vamos a olvidarnos de este castaño claro ¿eh? Me apetece volver a mi color natural.

- Ay, ya. ¿Y te acuerdas de cuál es tu color natural? – preguntó el peluquero, irónico.

Vagamente. Había empezado siendo ligeramente castaña, mientras su hermana era rubia, pero su pelo se había aclarado con los años. Había empezado a teñirse en cuanto descubrió los tintes en el supermercado, pero si quería algo «real», su pelo era buen sitio para empezar.

- ¿Rubio normal y corriente? – sugirió.

- Un concepto interesante, cariño. Pero no creo que se ponga de moda. ¿Has hablado de esto con tu asesor de imagen? ¿Con tu representante? ¿Con tu marido?

A Mina se le hizo un nudo en la garganta.

Era su pelo, su imagen, su vida. Y, como respuesta, se inclinó, tomó las tijeras que había sobre la mesa y, antes de que Kelvin pudiera detenerla, se cortó un mechón por debajo de la oreja. Luego, con las tijeras en la mano, preguntó:

- ¿Lo terminas tú o lo termino yo?

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Gracias por leer :)