Capítulo III
¿Ustedes son familiares de la paciente Lydia Calloway?
Sra. Calloway: Doctor, díganos, ¿ella está bien?
Doctor: Ella se encuentra fuera de peligro, logramos que la hemorragia se detuviese y su nivel cardíaco se estableciese. Le estamos subministrando suero para que las heridas cicatricen. Perdió un poco de sangre, por eso se ha desmayado.
Sra. Calloway: ¡Gracias a Dios!
Doctor: Le daré de alta mañana. Cuando estén con ella traten de ser lo más normales posibles. No la dejen sola, y confisquen todo aquello que sea puntiagudo o que pueda cortar.
Sr. Calloway: ¿Usted dice que lo volverá a intentar?
Doctor: No podré asegurarlo, pero eso es normal en alguien. Cuando uno no logra suicidarse la primera vez, trata de buscar una segunda oportunidad.
Sra. Calloway: Pero, ¿y la ventana?
Doctor: Les recomiendo que coloquen una reja, o sellen la ventana. – se los quedó mirando seriamente – Por favor señores, es por el bien de su hija. Si trató de quitarse la vida es porque algo le está pasando. Hablen con ella, traten de llevarse bien y resolver los problemas que tengan.
La habitación era fría, y una luz blanca lo iluminaba todo. Había un constante pitido que resonaba cada cierto tiempo, un dolor en su brazo y muñecas la mantenían a la deriva en su mente mientras que escuchaba su respiración lenta y profunda. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía allí? ¿Qué había ocurrido? No podía abrir los ojos, no quería, no quería saber nada. Pero no lo podía evitar. Escuchaba voces lejanas, pero las palabras le llegaban claramente a su cerebro.
No sé por qué pasó esto. Desde que su padre murió ha tenido un carácter algo temperamental. No puedo evitarlo, ella es así.
Pues hay que hallar alguna forma de cambiarla. Esto no puede seguir así, recuerda lo que dijo el doctor; si lo intentó una vez lo volverá a hacer.
¡No puedes quitarle la libertad! ¡Déjame hablar con ella, debe haber algún motivo y alguna otra solución!
¡No hay solución posible, entiéndelo de una vez! ¡Tu hija es una psicópata suicida!
¡No le digas así! ¡Ella es alguien diferente, tiene su mundo, no puedes cambiarla! ¡Te lo pedí cuando nos casamos, te pedí que trataras de comprenderla!
¡Y traté, traté! ¡Pero simplemente tu hija está loca! ¿¡Su propio mundo!? ¡Eso es de locos! – una pausa incómoda se hizo presente por unos momentos, cuando dio un largo suspiro, y volvió a tomar palabra de una forma lastimera – Le quitaremos todo objeto que pueda cortar o dañar. Le pondré rejas a la ventana, y eso es todo. – se escuchó un portazo y una risilla.
Lástima que no perdió más sangre, hubiera estado en coma.
¡¡Zack!!
La defiendes demasiado, mamá. Ella está loca, y lo sabes.
Vamos, dejémosla descansar.
Y de nuevo la puerta se cierra. Lydia no comprendía como todo aquello le estaba sucediendo. A ella, que siempre trató de ser una buena persona con todos, incluso con el demonio de su hermano. El dolor de sus muñecas y brazos la exasperaba, y más aún el sonido acelerado de su respiración y del pitido que iba en aumento. No aguantaba más, le costaba respirar y un dolor en su pecho se acrecentaba a cada momento. Unas lágrimas comenzaron a salir de sus ojos, empapándole el rostro. "¡Pip, pip, pip!" Pitido de la máquina iba en aumento, y Lydia se sentía mal en aquel frío lugar.
No deberías alterarte tanto. – Abrió sus ojos de sorpresa, no tenía idea de que alguien estuviese allí aún. Pero no tuvo tiempo de ver quién era, ya que ese ser le había cerrado nuevamente los ojos y colocado una mano sobre su pecho para poder calmarla y mantenerla acostada – Shhh… No pasa nada, no te haré daño.
Prestó atención a la voz que le hablaba, pero no lograba reconocerla. No era la áspera voz de su padrastro, ni la molesta voz de su hermano, o la de su madre. Quizás era la del doctor, pero no estaba segura. Lo que si sabía era que aquella voz pertenecía a un hombre. El extraño ser mantenía su mano sobre su pecho, impidiéndole que se moviera.
Trata de relajarte, así te sentirás mejor después. No dejes que el dolor y la desesperación se apoderen de ti, simplemente, relájate.
Lydia escuchaba aquella voz, y por más extraño que fuese, comenzó a relajarse con aquellos trinos suaves. Era una voz melodiosa, como si cantara con cada palabra que decía. Su espalda dejó de arquearse, se acostó completamente en la cama, y dando un suspiro, relajó el rostro y los músculos de su cuerpo. Su respiración se volvió normal nuevamente, y el molesto pitido de la máquina no parecía tan molesto después de todo. El ser extraño le había sacado la mano de su pecho y comenzó a acariciar los cabellos de Lydia de una forma dulce y suave. A la chica le agradaba, le relajaba bastante. El hombre comenzó a tararear una melodía que para Lydia era como un recuerdo lejano. Quería saber quién era aquel que le calmaba tanto, pero las fuerzas le iban abandonando, y de a poco, cayó en un sueño profundo, llevándose consigo las suaves caricias y la dulce voz de aquel hombre y su melodía.
