Cómo conocí a vuestro padre.

Capítulo 3: La visita

-¿Te ha besado? –me preguntó Carrie divertida mientras se pintaba las uñas de los pies. Estábamos en su casa, celebrando una fiesta pijama solo para chicas. Pronto empezarían las vacaciones de navidad y Carrie ya había hecho muchos planes con su nuevo novio de esta semana, Tom.

-Tom besa muy bien –dijo Carrie cayendo en una ensoñación.

-No necesito detalles –le contesto riendo.

-¿Y tu médico? –me pidió levantando las cejas pícaramente. Yo, por mi parte me puse colorada y no le contesté, aunque Carrie me estuvo insistiendo hasta que se quedó profundamente dormida.

Mi médico… y yo no podía dormir. Carlisle mañana se iba de vacaciones con su padre, abandonaba la ciudad y no volvería hasta enero. Y yo estaba muy asustada. ¿Qué pasaba si conocía a otra que le gustaba más? ¿Y si se olvidaba de mí? ¿Y si no me llamaba?

Aún no se había ido y ya le echaba de menos. Increíble.

Yo, por mi parte, ya tenía claro que amaba desesperadamente a Carlisle, aunque no me olvidaba de mi "pequeño problema matrimonial", como lo llamaba Carrie. Había intentado hablar de ello con mi madre miles de veces, pero me costaba mucho trabajo confesar mis sentimientos.

Siempre he sido muy tímida y ya para mí era un gran esfuerzo contárselo a Carrie que era tan indiscreta, tan directa en sus preguntas y en las descripciones de las cosas increíbles que podían hacer sus novios. Sus diez novios que había tenido desde que empezó la universidad.

Y lo peor de todo estaba por llegar, porque cuando Carlisle volviera tendríamos exámenes. Él y yo, pero los suyos serian mucho más difíciles ya que este año se graduaba. Y serian muchas horas de biblioteca, sin poder pasear juntos… Jamás pensé que me enamoraría perdidamente y sin remedio de un médico. Pero sé que Carlisle es el hombre de mi vida.

La mañana siguiente volví a casa temprano y fui directa a mi habitación. En dos horas se iba Carlisle… El día me pasó muy lentamente, cargado y sin ánimos, sin salir apenas de mi habitación.

De esta manera llegó el día de navidad. Por la mañana Carlisle me llamó como lo hacía siempre. Me contó que estaba en casa de su padre y que estaban siendo unas navidades muy aburridas.

-Te echo de menos –me dijo desde el otro lado del auricular.

-Y yo a ti –le contesté con sinceridad- Te añoro.

-Oye, tengo una pregunta que hacerte –me dijo muy serio- Verás mi padre me ha preguntado… ¡vaya que vergüenza!

-Dime, Carlisle –me encantaba escuchar su voz vergonzosa, hacia que casi pudiera ver si cerraba los ojos su cara colorada.

-Me ha pedido si tengo novia –me dijo con una risita- Y no he sabido que contestarle porque… Aún no te he pedido si quieres salir conmigo.

Me quedé unos largos minutos en silencio, sin saber que contestar, esperando. No me había hecho esa pregunta pero yo lo daba por hecho…

-¿Me lo vas a pedir? –le pregunté.

-¿Quieres salir conmigo? –me preguntó riendo desde el otro lado del teléfono.

-Por supuesto –le dije en un gritito.

Más tarde, muy animada bajé a la cocina a merendar. Hacía días que no bajaba y mi madre me miro con sorpresa al verme.

-¿Con quién hablabas que estabas tan emocionada? –me preguntó, lista como siempre.

-Con Carrie –le dije intentando sonar sincera.

-No sería con… ¿con Charles, verdad? –me preguntó mi madre metiendo el dedo en la llaga.

-Pues no –le contesté fijando la vista en mis cereales- Y precisamente de eso quería hablarte…

Mi madre se sentó a mi lado y me acarició las mejillas.

-Lo sé –me dijo mi madre. De repente sentí un gran alivio dentro de mí, como si me liberara de una carga- Se que quieres verlo antes de la boda.

La carga volvió. Sentía una opresión terrible en el pecho.

-Y por eso tu padre ha convencido a su familia para que vengan a cenar esta noche –me anunció mi madre contenta abrazándome. No le devolví el abrazo, simplemente deje que las lágrimas salieran de mis ojos y se precipitaran en una maratón por mis rosadas mejillas.

-¿No estás contenta? –me pidió sonriente ignorando mis lágrimas.- Te he preparado un vestido con el que te verás estupenda. Piensa que tienes que agradar a Charles.

Subí a mi habitación y me senté en la cama y lloré una vez y otra y otra y otra. Mi madre, por la tarde, me envió a la ducha y luego un peluquero vino a casa a peinarnos. Mi madre estaba radiante. Se había comprado un traje para la ocasión y mi padre lucía su mejor esmoquin.

Yo por mi parte, me puse lo que me habían comprado: un vestido negro con unas grandes flores en el pecho que me caía grácilmente hasta encima de las rodillas. Con este elegante traje, lo conjunte con unos zapatos de tacón negros y un colgante de plata en forma de estrella.

-Estás encantadora –me dijo mi madre cuando entré en el salón.- Mira a nuestra hijita, se va a casar dentro de nada…

Me puse delante de la tele a mirarla pero no veía nada. Y, sin previo aviso, sonó el timbre. No estaba preparada para afrontar esa situación. Hace meses hubiera salido corriendo a recibir a mi futuro marido, ahora lo veía como una invasión que me impedía ser feliz.

Arrastrada por mi padre fui a la entrada donde mi madre besaba a la madre de Charles, una mujer bajita y muy esnob. Su padre se parecía mucho al mío, ambos poderosos abogados con mucho dinero.

La hermana pequeña de Charles era la cosa más repelente que había visto nunca. Llevaba un vestido largo con muchos volantes y tirabuzones en el pelo. Iba muy maquillada, tapando su cara con una gruesa capa de maquillaje e insistía en que la besaran en la mano.

Y luego entro Charles. Alto y muy delgado, tenía el pelo negro y muy repeinado. Sus facciones eran de un joven que ha envejecido muy deprisa, con una cara larga y muy delgada en la que se marcaban todos los huesos. Parecía tener diez años más que yo y se le veía en la cara que era un poco desaliñado.

Su esmoquin no lucía tan perfecto como el de su padre, sino que tenía una mancha en la camisa y caspa por los hombros. Cuando entro apenas me dirigió una mirada rápida.

Luego me di cuenta que la mancha de su camisa era de carmín. La cena fue horrible. Los padres reían y charlaban entre sí muy animados y yo me vi obligada a sentarme al lado de Charles que no paraba de fumar y que no me dirigió la palabra en toda la noche. Al otro lado me toco su hermana que no paraba de darme patadas por debajo de la mesa.

No era el tipo de marido que hubiera imaginado. Al acabar la cena, mi madre sentenció la noche:

-Bueno, que tal si las mujeres recogemos la mesa, los hombres miran el futbol y los enamorados van a dar un paseo por nuestro enorme jardín –y todos nos levantamos de la mesa. Mi madre, creyendo que me hacia un favor, me guiñó un ojo.

Charles me miró y me hizo una inclinación de su casposa cabeza para que lo siguiera. Tiró, con desdén su cigarrillo dentro de la copa de champan.

Salimos al jardín y cerré la puerta tras de mi mientras le seguía con desgana. El se giró para mirarme y me hizo seguirle con un gesto autoritario. Nos alejábamos de la casa. La verdad es que teníamos un gran jardín, a mi madre siempre le había gustado la jardinería y por eso compró esa casa con dos kilómetros de jardín.

Charles me hizo caminar mucho. Llegó un momento que con los grandes árboles, juntos y llenos de follaje, ya no pude ver mi casa. Llegamos a la verja que marcaba el final de nuestro terreno cuando Charles se giró y me agarró con sus fuertes brazos. Me hacía daño.

-¡Quítate la ropa! –me dijo mientras se descordaba sus pantalones. Su aliento apestaba a coñac y a cerveza. Estaba medio borracho.

-Déjame me haces daño –le dije intentando librarme de él, pero clavó sus largas y sucias uñas en mi carne.

-Esta noche he tenido que venir a hacer el ridículo con tu familia –me dijo acercándose a mi rostro y tirando sobre mí su fétido aliento- y tenía una cita con una chica que hubiera acabado en mi cama. ¿Crees que voy a renunciar a eso? Puede que no sea esa chica, pero serás tú.

Me miró con cara de asco mientras metía sus manos debajo de mi vestido.

-No eres tan bonita, pero me servirás –dijo con rabia. A continuación estampo sus labios sobre los míos y empezó a besarme con furia. Me mordía los labios y me raspaba con su barba. No era comparable a los besos dulces de Carlisle.

Cuando me acordé de él empecé a llorar. Intentaba huir de él pero me retenía con mucha fuerza entre sus brazos.

-No llores –me dijo Charles mientras tiraba de mi vestido y me rompía las flores de adorno- No te dolerá.

Grité y me pegó un puñetazo tirándome al suelo. Se tiró sobre mí. Yo no podía moverme con su cuerpo sobre el mío.

-Tranquila –me dijo mientras me tapaba la boca con una mano y me quitaba la ropa interior con la otra- Tranquila… no te va a doler nada.

Continuará…?

En fin, estos días no me he podido pasar mucho por aquí ya que mi padre se cayó y está en el hospital (y aún no he visto ningún médico que se parezca en lo más mínimo a Carlisle). Intentaré actualizar Mis pequeños demonios este viernes y a ver si este fin de semana puedo subir un nuevo capítulo es esta historia.

Una vez más gracias a Camm, Strangeers y evaewhale11.