3.

Muchos años atrás

Después del día en que se conocieron, se los llevaron lejos del Santuario y no volvieron a encontrarse hasta varios años más tarde, ya convertidos en Custodios de sus respectivas Casas. A pesar de que aquella amistad sólo había durado un día, en cuanto Afrodita supo de su llegada al Santuario se acercó hasta su Templo a darle la bienvenida. Encendió su cosmos en el pórtico de Cáncer y esperó pacientemente a que el otro saliera a recibirle, como marcaba el protocolo. Aunque normalmente no se tardaba tanto en obtener respuesta, ni se escuchaba correr hacia la puerta al dueño del lugar sin encender su propio cosmos.

—¡Ya voy… ya voy…! —Otra cosa que no se solía escuchar.

Cuando por fin el novato guardián de Cáncer salió a la puerta, Afrodita estudió los cambios que la edad adulta le había traído. Había crecido más que él, y sobre todo se había ensanchado, aunque todavía conservaba algo del aire espigado que ya había tenido en su infancia.

—Bienvenido al Santuario, chico sin nombre.

El canceriano lo reconoció de inmediato y le dedicó una insolente sonrisa de medio lado que de repente hizo a Afrodita consciente de que además de alto y fornido, también se había vuelto atractivo. Endemoniadamente atractivo, de hecho, aunque se dijo que al italiano no le gustaría aquel adverbio.

—Hombre, el ángel que creía ser una niña…

—Venga ya, ¿aún estás con esas, tantos años después? Invítame a entrar antes de que te denuncie por faltar al protocolo.

—No serás tan mezquino… —La sonrisa del canceriano se volvió más auténtica al mirarle—. Me alegro de verte, Afrodita. No has cambiado nada. Pasa.

—¿Cómo no voy a haber cambiado? Tú sí que no has cambiado, ahora estás más grande pero sigues siendo igual de tonto —bromeó Piscis mientras lo seguía hacia el área civil del Templo; paseó la mirada por las paredes del Salón Sagrado y arrugó la nariz con desagrado—. Esto es un poco tétrico, ¿no?

—El área interior es más normal —lo tranquilizó el italiano—. Condenadamente aburrida, pero más normal. Ya haré algunos cambios más adelante, de momento voy a tomármelo con calma hasta estar bien instalado. Ehh… ¿qué te apetece tomar? —le preguntó, recordando justo a tiempo las normas de hospitalidad del Santuario.

—Si no me preparas un buen espresso me las arreglaré para que te prohíban la entrada a tu propio país.

—Menudo tópico, ¿sólo porque soy italiano ya tengo que preparar buenos cafés?

—Haré que incluso te quiten la nacionalidad.

—Estás siendo asombrosamente simplista.

—Que te prohíban hablar el idioma.

—Bueno, a pesar de la poca imaginación que acabas de demostrar, resulta que el tópico es verdad en este caso. Por suerte, tengo lo necesario para complacerte.

—Eso... no lo pongo en duda.

El canceriano se giró para dirigirle una mirada de curiosidad, enarcando una ceja; Afrodita se limitó a sonreír, sin aclararle si sus palabras habían tenido doble sentido o no.

—¿Ahora llevas anillos, chico sin nombre? Y un pendiente… No tenías tantos agujeros antes.

El italiano estiró la mano izquierda, estudiando el anillo plateado que le rodeaba el dedo pulgar, y se la llevó al pequeño aro de hierro que le atravesaba la oreja del mismo lado, como si acabara de darse cuenta de repente de que aquellos objetos estaban ahí. Se dirigió hacia la cocina, seguido de cerca por Afrodita, y empezó a preparar el espresso solicitado.

—Son recuerdos. Y bueno, antes tampoco fumaba, y ya ves —comentó, sacando un paquete de tabaco del bolsillo trasero de los tejanos y agitándolo hacia el sueco— ¿Te importa?

—No, mientras no me obligues a fumar a mí también. Creo recordar que antes tampoco tenías un nombre. ¿Escogiste uno por fin?

—Lo escogieron por mí. —El italiano se encogió de hombros mientras sacaba un par de cucharillas de un cajón—. Más bien, me dieron el título habitual de los herederos de mi casa y me invitaron a usarlo como nombre.

—¿Nekrikì Máska? —preguntó Afrodita, atónito.

—Al menos conseguí que me dejaran usarlo en inglés —apuntó el canceriano, con una sonrisa sesgada—. DeathMask. Suena mejor que en griego, ¿no?

—Pero… ¿DeathMask? ¿En serio? Por favor, ¡eso no es un nombre!

El italiano tomó una bandeja de la estantería, la dejó sobre la mesa y se encendió un cigarrillo con parsimonia.

—Eso no es un nombre, ni tu una niña ni yo un demonio. Las cosas no siempre son lo que parecen. Pero el caso es que así es como me llevan llamando desde el primer día —contestó con tranquilidad, dando una larga calada.

—Me parece una crueldad —declaró Afrodita, agitando la mano en el aire para disipar el humo del cigarrillo.

—No es para tanto. Al menos tengo un nombre.

—Que no puede más que traer mala suerte.

El italiano meneó la cabeza, girándose para sacar un par de tazas de la alacena, que dejó en la bandeja junto a un bote de azúcar.

—Serás maniático, y luego somos los italianos los que tenemos fama de supersticiosos. No seas quisquilloso, hombre. Es verdad que era un poco raro al principio, pero yo ya me he acostumbrado.

—Ya. Pues yo pienso buscarte un nombre mejor.

—¿No me digas? —DeathMask se volvió para mirar al sueco, con una sonrisa divertida—. ¿Y cuál va a ser, si se puede saber?

—No se puede saber porque no lo he pensado aún. Pero ya se me ocurrirá algo.

La cafetera avisó de que el espresso estaba preparado, y el italiano lo sirvió, sin prisas; la mirada plateada de Afrodita lo estudió con atención durante todo el proceso, y siguió estudiándolo durante toda la velada hasta que se despidieron en la puerta de Cáncer con la promesa de verse al día siguiente.

Mucho tiempo después de que el sueco se hubiera marchado, DeathMask permanecía aún en el dintel con la cabeza agachada, perdido en sus pensamientos.