Capitulo 3

En plena privacidad sentí la excitante sensación del agua caliente contra mi piel, dejando que los músculos agarrotados dejaran de estar tensos, permitiendo a mi cabello caer en gracia por la falta de gel, que se iba por la toma de la ducha.

Tomé el jabón líquido que había traído desde casa, y al abrirlo el aroma a fresas invadió mi nariz por un par de segundos, se había vuelto aún más intenso por el vapor comprimido en la pequeña habitación. Desparramé una cantidad razonable sobre mi palma, dispuesto a limpiar cada parte de mi cuerpo, la noche anterior había estado demasiado ocupado como para realizar alguna de mis rutinas de escrutinio cuidado de piel y, raro en mí, había caído dormido casi al instante de apoyar la cabeza contra la almohada.

Gemí, y una mano enjabonada viajó a mi boca por inercia.

Estaba vistiéndome con un manto de burbujas blancas cuando el recuerdo de unas pocas horas antes penetró mi mente lo suficiente como para lograr una reacción inesperada; el roce de mis manos contra la piel desnuda sólo pudo causar un problema, uno que, ahora, sabía cómo solucionar de forma rápida. Sentí un punzada fría recorrer mi columna vertebral sólo al pensarlo.

A pesar de estar mordiendo mi labio, sentía cómo los dientes castañeaban por los nervios. ¡Era mi cuerpo, mío! ¿por qué debería de estar avergonzado de tocarlo? Sentí mis mejillas enrojecer, no por culpa del calor dentro del baño, sino por la simple razón que golpeaba mi cabeza como un recordatorio.

Blaine estaba dormido tras la fina pared que nos separaba, una fina pared, con una fina puerta, y yo sabía por experiencia que mi voz era muy alta, y sabía también por inexperiencia que no podría contener esos sonidos…

¿Qué sucedía si despertaba? ¿Qué diría, se reiría, me felicitaría? Negué con la cabeza, furioso. ¿Por qué demonios me felicitaría? ¿Por poner en práctica su lección? Observé hacia atrás, donde debería de estar la puerta, pero sólo vi la cortina de baño, suficientemente gruesa como para impedir mi vista, a menos de que tuviese rayos X.

Guié una mano temblorosa hasta mi miembro erecto y el contacto volvió a sorprenderme temblaba tanto que el sonido de mis dientes chocando era más fuerte que el agua repiqueteando contra el suelo.

La moví.

Con lentitud y sin prisa, moví mis cinco dedos sobre mi pene. Presionando, acariciando con suavidad, queriendo ser más brusco; escuchaba los ligeros sonidos proviniendo de mi garganta e intentaba contener el aire dentro de mi cuerpo, pero sólo hacía peor las cosas, porque cuando necesitaba respirar lo hacía casi con desesperación y el ruido era aún más intenso.

Necesité morder mi labio inferior al sentir las palabras de Blaine contra oído, diciéndome qué hacer, guiando mi mano con la suya encima, mi respiración era entrecortada, demasiado densa como para siquiera aspirar aire.

La próxima vez que decidas masturbarte en el baño —su voz que pareció aún más melódica que cuando estaba en sintonía con instrumentos. Sonaba tan real que no me importó lo que decía, no me importó pensar dos veces en qué estaba haciendo —… será mejor que cierres la puerta con cerrojo.

Y entonces, mis ojos se abrieron súbitamente para mirar hacia atrás. Blaine sonreía, tras de mí.

Mi grito se vio opacado con la almohada. Tenía los ojos fuera de sus propias órbitas y estaba más que seguro de que mi rostro era el perfecto calco de un tomate, un maduro y totalmente rojo tomate.

¿En qué demonios estaba pensando; cómo es que había imaginado... eso? ¡Eso! Llevé ambas manos a mi cara, intentando ocultarme del mundo, ser invisible, no existir, no respirar para que nadie notase que estaba allí… las bajé casi al instante.

Nadie iba a notarme, porque no había nadie allí.

Palpé el lado contrario de la cama para cerciorar que mis ojos no mentían al mostrarme que Blaine no estaba dormido a mi lado, en efecto su cuerpo no estaba, pero había estado. Tragué en seco mientras buscaba posibles soluciones al problema.

Aunque debí cuestionarme por un par de segundos cuál era el problema, o si tenía más de uno.

Tuve la tentadora idea de buscar mi teléfono entre toda la ropa esparcida en el suelo y llamar a Mercedes y Rachel como símbolo de urgencia, contándoles sobre mi percance y pidiendo ayuda a gritos silenciosos. Deformé mi cara en una mueca de disgusto.

—Claro, eso y un nuevo apodo para mí, además de continuas menciones sobre el hecho. No, gracias —estiré las piernas e iba a subirlas hasta mi pecho cuando una punzada me golpeó latentemente. Presionando mis dientes para no producir sonido alguno bajé la vista hacia mis muslos para encontrar algo que ya conocía perfectamente. —, oh, segunda cabeza, gracias por despertarme.

Recordaba haber leído ese chiste en alguna revista de mal gusto en el instituto.

En ese momento, no me importó para nada si hacía ruido, no me importó el dolor punzante de mi entrepierna, no me importó que Blaine no estuviese allí, no me importó no saber cómo demonios iba a remedir ese gran, gordo y estúpido problema así que sólo deje fluir todas mis emociones con mi voz, en un sonoro, agudo y penetrante grito: —¡El jodido instituto!

Me levanté de la cama a carrera, analizando mentalmente en qué parte del piso estaba mi ropa antes de entrar al cuarto de baño. Corrí la cortina de la ducha y, antes de entrar, volví en mis pasos para poner el pestillo a la puerta; no tenía llave, pero de todos modos estaba asegurada.

El agua comenzó a caer sobre mi cuerpo, helada, obligándome a tiritar mientras giraba la otra manilla casi con desesperación, ¿me había sacado la ropa? ¿traía algo puesto? En efecto, sentí la presión de mis boxers al mojarse y supe que no sería bueno.

Tragué casi en seco cuando intenté bajarlos, sintiendo fricción inmediata. Maldito sueño húmedo. Estúpido Blaine desaparecido.

Alcé la vista hacia la pared al pensar en eso, si yo estaba en la ducha y Blaine no estaba en la habitación, ¿en dónde estaba? ¿Había, acaso, tenido el descaro de dejarme dormir y haber asistido a clases? Negué con la cabeza volviendo a bajar mi ropa interior, él no era así.

Tomé dos botellas de los que parecían ser shampoo y mientras seguía bajo la presión del agua leía las propiedades de ambos productos, ambos eran para rizos, los cuales yo no tenía, o al menos nunca dejaría que nadie viera tras mis capas de aerosol.

Me decidí por el de aroma más fuerte, a frutas tropicales, ya que el otro parecía un intento barato de ser fresas con piña, una combinación no demasiado… apetitosa para mi sentido del olfato; mis dedos restregaban mi cabeza casi con brusquedad, rápido, más rápido de lo que alguna vez había tomado en ducharme, como si realmente importara, ya que llegaría tarde de todos modos, fuese cual fuera la hora.

Respiré hondo, lo cual causó que un poco de agua entrase por mis fosas nasales y debiera alejarme del flujo de agua para poder toser en paz conmigo mismo, haciendo que la espuma en mi cabeza resbalase por mi cara y llegara a mis ojos. ¡Perfecto!

¡Jodidamente perfecto!

—¿En dónde estás cuando te necesito Blaine? —debí tapar mi boca al instante. Me encontraba atónito, aturdido como mejor expresión; ¿por qué necesitaría a Blaine mientras tomaba una ducha? ¿Por qué pensaría en Blaine mientras tomaba una ducha?

Mi entrepierna sintió otra punzada—Sólo pude murmurar algo ininteligible quitando el producto de mi cabello.

Estaba a mitad de una queja silenciosamente ruidosa cuando algo llamó mi atención: un click.

Un sonido demasiado quieto y bajo como para ser oído, pero lo había escuchado, estaba demasiado seguro.

Sentí el aire pesado, demasiado difícil como para hacerle pasar por mis fosas nasales y llegar a mis pulmones, debí sostenerme de la repisa que contenía cremas y jabón, que cayó al piso por la rapidez sumada a la torpeza de mi agarre. La voz de Blaine invadió el baño con una descarga eléctrica.

—¿Kurt?

—¿Cómo entraste aquí? La puerta estaba cerrada —y aparentemente la privacidad del baño y el ruido de la ducha no dieron indicio a que notara que, en efecto, estaba ocupado.

—Tengo una llave maestra, es mi casa después de todo —mentalicé la sonrisa de Blaine ante ese tono, casi tan brillante como cuando daba su más sabio pero repetitivo consejo «couragé»

—¿Nadie te enseñó a no entrar al baño cuando hay alguien más en él? —tragué en seco. Aún me faltaba el enjuague para el cabello y no estaba seguro de haber traído una toalla conmigo, la idea de usar mis boxers totalmente mojados –y fríos para rematar- no cruzó mi cabeza por más de un segundo.

—A decir verdad, no. Además, creo que no puedes culparme —¡claro que podía! Había despertado inusualmente solo, cuando recordaba perfectamente la vergüenza que sentí antes de cerrar los ojos por tenerle tan cerca, a pesar del gran tamaño de la cama; quizá no fuese motivo suficiente para culparle de algo. Quizá sólo estaba nervioso, porque esos segundos en los cuales sólo podía escuchar el sonido del agua contra el mármol me recordaban a mi sueño—, después de todo, ¿quién no sería curioso respecto a tu cuerpo?

La cortina de baño se abrió de un extremo al otro.

El agua salpicó fuera de la regadera, mojado el piso, pero a ninguno pareció importarle. Sentía la necesidad de gritar algo, de decir algo, de hacer algo. Pero parecía que estuviese pegado al piso, totalmente inútil e incapaz de obrar por voluntad propia. Blaine debió sentir su boca repentinamente seca, porque lo escuché tragar tras lamer sus labios, los míos temblaban.

—No hay clases hoy —un murmullo que apenas fui capaz de escuchar. ¿A quién le importaba? —¿Sabes? Creo que anoche te enseñé una manera suficientemente efectiva de cómo acabar con tu problema.

Me sentía una víctima indefensa, totalmente desnudo, sintiendo una especie de brisa fría contra mi piel, inmóvil, mudo, con los ojos de mi mejor amigo recorriendo mi cuerpo, descansando la vista en lugares primordiales, inspeccionando, analizando cada parte que pudiera ante esa única oportunidad.

—Y creo que, como buen maestro, debo ver en práctica lo que debiste haber aprendido de la lección.

Una sonrisa traviesa surcó los labios de Blaine y el color carmesí me pareció un rosado tímido al pensar en el color de mi rostro en ese momento.

No lo decía enserio, ¿cierto? Este debía de ser otro sueño.

Aunque se sentía demasiado real.